viernes, 15 de abril de 2011

Se busca esposa para Monsieur

Minette

El rey ordenó una autopsia que determinara las causas de la muerte de su cuñada. Los médicos decidieron que la causa había sido cólera mórbido, y de su informe se tiende a opinar actualmente que se trató de una peritonitis. 

La preocupación de Luis no sólo se debía a motivos particulares, sino a que, además, si resultaba que Minette había sido envenenada, seguramente el rey de Inglaterra no iba a reaccionar muy bien. Peligraba el tratado recién firmado y, por tanto, la seguridad de toda Francia. Un asesinato podía traer graves consecuencias políticas. 

Carlos II, sin embargo, tal vez convencido por el informe de la autopsia o consciente de la gravedad que implicaría la otra alternativa, optó por conformarse con las explicaciones que se le ofrecieron. Luis podía respirar tranquilo al menos por ese lado.

Pero la explicación oficial no convenció a los cortesanos ni frenó los rumores que ya habían comenzado a circular. 

Como supuestamente no había crimen, entonces tampoco se podía perseguir a los presuntos culpables. De ese modo, poco después el caballero de Lorena era autorizado a regresar, a falta de una excusa, y era acogido tiernamente por Philippe.

Anne Marie Louise d'Orléans, Mademoiselle de Montpensier

El suceso iba a tener grandes repercusiones para otra dama de la corte: la prima del rey, Anne de Montpensier, a la que habíamos dejado enamorada de Puyguilhem y deseando casarse con él a pesar de que el duque no tenía rango suficiente para aspirar a su mano. Pensando cómo llevaría adelante el asunto, aún no le había hablado a Luis de sus intenciones, pues Puyguilhem, además, se mostraba aparentemente reacio a dar ese paso.

Resulta que después de la muerte de Minette, el rey llamó a su prima y le ofreció convertirse en la segunda esposa de Philippe tras un luto decoroso. Debió de recorrerla un tremendo escalofrío. 

Algunos días más tarde Puyguilhem vino a hablar con ella y le dijo:

—El rey desea que os caéis con Monsieur y es preciso que obedezcáis. Considerad quién es Monsieur, y que no hay nadie más que el rey y el delfín por encima suyo. Veréis al rey todos los días en vuestra casa. Se organizarán comedias, bailes, en fin, todos los placeres, muchos de ellos en vuestro honor.

—Pensad que no tengo 15 años y que vos me proponéis cosas propias de niños. 

Después de eso, Anne se presentó ante el rey y le dijo claramente que no deseaba casarse con Monsieur. Luis, por supuesto, aceptó su decisión: sólo se trataba de ofrecerle a ella antes que a nadie el honor de ocupar tan alto puesto. Teniendo en cuenta que a sus 42 años ya no era muy probable que otro príncipe fuera a pedir su mano, y sin saber que Anne se había puesto a hacer planes por su cuenta a esas alturas cuando nunca los había hecho antes, le pareció un buen acomodo para ella; pero si no quería no se hablaría más de ese asunto. 

martes, 12 de abril de 2011

El relato de Saint-Simon

Saint-Simon

En cuanto a Luis XIV, la muerte de Minette le causó un extraordinario dolor. Su duelo era tan profundo que la gente encontró que excedía del que era habitual sentir por una cuñada. Comenzaron a desatarse toda clase de rumores con respecto a la paternidad de las hijas de Minette. Si ya antes se murmuraba, ahora los comentarios arreciaban. 

Pero es que él perdía demasiado. No era sólo su cuñada, su prima; con ella se iba su amiga más leal, la que siempre lo había amado sin condiciones desde que era niña, la persona en la que podía confiar y con la que mejor podía entenderse, su más estrecha colaboradora y el recuerdo de una apasionada aventura amorosa que sólo duró un verano pero que sirvió para reforzar ese vínculo entre ambos. 

El rey también sospechaba, al igual que toda la Corte, que se había tratado de un asesinato, por lo que comenzó personalmente una investigación el mismo día del fallecimiento de Minette. Según Saint-Simon, por la noche envió a Brissac a buscar a Purnon, primer mayordomo de Madame. Seguimos literalmente sus memorias:

Así que el rey le vio, ordenó retirarse a Brissac y a su ayuda de cámara, y adoptando el tono más impresionante posible dijo, mientras le miraba de arriba abajo: 

—Amigo mío, escuchadme bien: si me lo confesáis todo y respondéis en verdad a todo lo que deseo preguntaros, y cualquiera que sea lo ocurrido, os perdonaré sin más mención. Pero tomad precaución de no esconder nada, pues de lo contrario sois hombre muerto antes de salir de aquí. ¿Ha sido envenenada Madame? 

—Sí, Sire 

—¿Quién y cómo? 

Respondió que era el caballero de Lorena quien había enviado el veneno a Beuvron y Effiat. Entonces el rey, renovando las amenazas de seguridad o muerte, dijo: 

—Y mi hermano, ¿está al corriente? 

—No, Sire, ninguno de los tres somos lo bastante tontos como para decírselo. No tiene secretos y nos habría perdido irremediablemente. 

Ante esta respuesta, el rey exhaló un suspiro de alivio. 

—¡Esto es lo que deseaba saber! ¿Estáis seguro de ello? 

Llamó a Brissac y ordenó llevar a aquel hombre a un lugar, dejándolo después en libertad. El mismo lo relató, años después, al señor Joly de Fleury, procurador general del Parlamento y por el que yo conozco esta historia.


Lamentablemente el relato de Saint-Simon, hecho tantos años después, resulta poco verosímil. En primer lugar, los culpables no coinciden, pues ahora también Purnon está metido en el asunto, mientras que la Palatina no lo menciona. En segundo lugar, el rey va a parar directamente a Purnon sin investigación previa y además le arranca la confesión sin ningún esfuerzo durante una simple charla confidencial. Le pregunta si ha sido envenenada y Purnon no sólo le responde automáticamente que sí, sino que además se implica a sí mismo de modo espontáneo, cuando a menudo eso no se conseguía ni bajo tortura. Por si fuera poco, se supone que luego el rey lo deja en libertad para que en cualquier momento pueda contarle a alguien la historia, todo lo cual parece fuera de la realidad y obliga a pensar que con el transcurso del tiempo la bola corría y se hacía más grande a medida que cada cual iba añadiendo detalles de su cosecha. 

Saint-Simon tenía una gran imaginación, pero era un mal guionista.




En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

domingo, 10 de abril de 2011

La teoría del veneno

Roma

Durante la primavera de 1670 la intriga flotaba sobre Roma. El Papa Clemente IX había fallecido en diciembre del año anterior y aún se trataba de elegir un nuevo Pontífice, asunto que no quedaría resuelto hasta finales de abril. El duque de Chaulnes, gobernador de Bretaña, se encontraba en Roma como enviado de Luis XIV. 

Como era habitual, todas las grandes familias romanas maniobraban para promover la candidatura de alguno de sus cardenales favoritos. Las conspiraciones resultaban animadas en buena parte por las mujeres que tomaban parte en ellas, nombres tan importantes como el de María Mancini o la reina Cristina de Suecia. 

El Caballero de Lorena se sentía como en casa dentro de ese ambiente. Philippe, cuyos intereses se hallaban en realidad muy lejos de allí, tramaba su propia intriga en el palacio Colonna, donde frecuentaba el trato de María y Hortensia y el del hermano de ambas, Felipe, duque de Nevers, un joven inestable y excéntrico que gustaba de componer versos. La bella Hortensia continuaba teniendo legiones de admiradores, y sus gustos eran tan eclécticos que nunca le costó pasar de reyes (más adelante sería amante de Carlos II) a lacayos. En la Ciudad Eterna, desde luego, daba mucho que hablar. 

Palazzo Colonna

Según la historia que había comenzado a circular por la Corte, Philippe de Lorena acabó encontrando lo que buscaba en la persona de Antoine Morel, un joven de Provenza, alegre, astuto y libertino. Probablemente lo había conocido antes en Marsella, y ahora aprovechó para entregarle el veneno destinado a terminar con la vida de Minette. Su padre, un rico comerciante en paños, dirigía todo el sistema postal y de transportes de mercancías entre Aix, Marsella, Montpellier y París. Nadie metería la nariz en cualquier cosa que transportara el hijo de este hombre. Cualquier mensaje o saquito de polvos pasaría desapercibido en la frontera italiana con toda seguridad. 

Pero entonces Morel y el hermano del caballero de Lorena se hicieron una pregunta. La propia Princesa Palatina, que llegó a ser la segunda esposa de Monsieur, nos lo relata así:

Mientras los malvados ponían a punto su proyecto, deliberaron sobre si era preciso informar a Monsieur o no. El caballero de Lorena dijo: 

—No se lo digamos, pues no sabría callarse. Aun si no hablara el primer año, nos haría detener diez años después. 

Hicieron creer a Monsieur que los holandeses habían dado a Madame un veneno lento que no produjo sus efectos hasta entonces.

Palazzo Colonna

Ella, por cierto, conoció personalmente a Morel, de quien dice que era “listo como el diablo”

Al llegar a París Morel supo que Minette y su esposo se habían trasladado a Saint-Cloud para pasar allí el verano. Entonces concertó una cita discreta con el marqués de Effiat, compañero de aventuras del hermano del caballero de Lorena, y después desapareció tras confiarle a él el veneno. 

La siguiente pregunta que se nos plantea es cómo habría hecho Effiat para conseguir que Minette tomara el veneno. La Palatina también nos habla de eso:

No era el café lo que Effiat había envenenado, sino la taza. Esto era un refinamiento, pues de este modo otros podían beber del mismo líquido sin sufrir los efectos, y además era difícil una confusión de destino, pues ello significaría que éste usaba la taza de Madame. Un camarero de Enriqueta, que después tuve yo a mi servicio, me contó que por la mañana, mientras Monsieur y Madame acudían a misa, Effiat fue a la cómoda y tomando la taza frotó el interior con un papel. 

—Caballero —dijo el camarero—, ¿qué hacéis en nuestro armario y por qué tocáis la taza de Madame? 

Él respondió: 

—Me muero de sed. Buscaba algo para beber, pero viendo esta taza sucia la he limpiado con este papel. 

Después de comer, Madame pidió café. Así que lo tomó, aparentó efectos de envenenamiento, mientras que los otros presentes, a pesar de haber bebido del mismo líquido, pero en distinta taza, no se sintieron incomodados. Se vieron obligados a llevar a Madame al lecho, pero su mal empeoró y dos horas después de medianoche moría entre dolores terribles. La taza había desaparecido cuando fue requerida, y no apareció sino más tarde; había sido necesario limpiarla al fuego.

La Princesa Palatina

Saint-Simon también acusa a Effiat, y afirma que emponzoñó no la bebida, sino la taza. Y un hombre de la corte, Gaigmières, al comentar un pequeño poema que estaba de actualidad por entonces, dice que Madame fue envenenada por orden de Philippe, caballero de Lorena, que “se sirvió de un provenzal llamado Morel y que este miserable vino a Francia encargado de la comisión de envenenar a Madame.”



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

viernes, 8 de abril de 2011

La primavera romana del Caballero de Lorena

Basílica de Saint-Denis

“¡Oh, noche desastrosa! ¡Oh, noche aterradora!”, exclamará el preceptor del Delfín, obispo de Condom, ante toda la corte reunida en Saint-Denis para el funeral de Minette.

Las elucubraciones que se hicieron por entonces acerca de la causa de su muerte resultan a cada cual más extravagante. Uno escribió:

“Madame ha muerto porque padecía del mal del mar, que agita la bilis y hace que algunas personas queden paralíticas.”

Otro dirá que “había tomado chocolate al cruzar el mar, y eso la acaloró demasiado.”

Y el tercero que “su bilis se averió por efecto de la alegría y el júbilo que experimentó al volver a ver a su hermano.”

Pero toda la corte achacó su muerte al café que le habían llevado. La historia que corría de boca en boca era que la bebida contenía en realidad un poderoso veneno que el caballero de Lorena habría conseguido en Italia y enviado a Monsieur para que se librara de su molesta esposa. Según esta historia, el asunto habría comenzado así:

El caballero de Lorena, después de llegar a Roma en la primavera de 1670 en compañía de su hermano menor Carlos, conde de Marsan, se convirtió en el amante de María Mancini, aquella sobrina del cardenal Mazarino que fue el gran amor de Luis XIV y que ahora estaba casada con el príncipe Colonna. A este respecto se conserva un epigrama que habla de las cuentas que a su regreso el Caballero tendría que rendir a su amante, la marquesa de Coetquen, y en el que se juega con el significado de Colonna (columna): 

María Mancini, Princesa Colonna

Recommençons, belle Coetquen 
J’apporte indulgence pleniere; 
Votre coeur est il moins humain 
Que celui de notre saint Pere, 
Qui en partant me pardonna 
D’avoir baisé la Colonna 


Volvamos a empezar, bella Coetquen 
Traigo indulgencia plenaria
¿Es vuestro corazón menos humano 
Que el de nuestro santo Padre, 
Que al partir me perdonó 
Por haber besado a la Colonna? 


El Caballero de Lorena fue muy bien acogido en casa del príncipe. Sus visitas eran frecuentes. Estaba presente en los juegos, mascaradas, conciertos, y a medida que avanzaba la primavera hacía excursiones con sus anfitriones a las villas que los Colonna poseían en las colinas, donde se organizaban fiestas a la luz de la luna en los jardines de cipreses o fiestas acuáticas a orillas del Tíber. 

Fue en el hogar de María donde conoció a uno de esos astrólogos entre cuyas ocupaciones se hallaba la de proporcionar veneno a los aristócratas italianos, práctica que estaba muy solicitada en la época. Esposas molestas, maridos inoportunos, amantes de los que uno quería librarse o rivales políticos sucumbían así con relativa frecuencia en Italia y sin mayores complicaciones. Como alguien dijo, “el envenenamiento era tan corriente que ya había dejado de ser un crimen. Era, simplemente, un método para vivir tranquilo.” 

Pero, por supuesto, era preciso ser discretos, y los alquimistas se esforzaban por descubrir nuevos venenos de los que fuera imposible encontrar rastro en las víctimas. Los Borgia, por ejemplo, habían tenido predilección en su tiempo por los venenos de acción lenta, mientras que otros eran instantáneos. En algunos tratados se cuenta que la forma de obtener estos venenos era la siguiente: el alquimista envenenaba a un cerdo y después lo dejaba descomponerse. Al cabo de algunos días los líquidos que fluían del cadáver en descomposición se destilaban, y de ahí se obtenían unas gotas de licor cuyos efectos eran terribles.

Hortensia Mancini, duquesa de Mazarino

El caballero de Lorena, pues, habría adquirido una de estas pócimas mortales y buscó la manera de hacerla llegar a Francia. Al principio pensó en enviarla por medio de su hermano Marsan, que se había convertido en el amante de Hortensia Mancini. Ella se encontraba también en Roma desde hacía un par de años. Había llegado allí tras abandonar su hogar con la ayuda de su hermano Felipe, duque de Nevers, a causa de un matrimonio desgraciado, dejando atrás esposo y cuatro hijos de corta edad para acudir a ponerse bajo la protección de su hermana María. 

El Caballero de Lorena descartó pronto la idea de servirse de su hermano Marsan, porque no era posible que Carlos pudiera entrar en palacio sin despertar sospechas. No, lo que había que hacer era buscar a un desconocido…



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

miércoles, 6 de abril de 2011

El compositor de tormentas


Monsieur Andrés Pascual presenta a los seguidores de esta Corte su novela El compositor de tormentas, con la que quedó finalista de la VIII edición del Premio Ciudad de Torrevieja. Ya ha vendido 40.000 ejemplares en España, y ahora la obra está siendo traducida a varios idiomas.

Monsieur nos cuenta: "Quería escribir una historia que mostrase a un Rey Sol desconocido para muchos, el soberano que trató de conquistar el mundo con el arte como arma. A partir de una trama de ficción he tratado de revivir los perfiles más fieles de los personajes reales de la corte, abordándolos desde su lado más romántico".

Andrés Pascual es licenciado en Derecho por la Universidad de Navarra, y ejerce como abogado. Apasionado de la música y gran viajero, ha recorrido cuatro continentes. Fruto de su gusto por los países exóticos fue su primera novela, El guardián de la flor de loto.

El compositor de Tormentas transcurre entre Versalles y Madagascar. Un asesinato, una peligrosa expedición, una fórmula escondida en una partitura, una misteriosa mujer y mucho romanticismo son algunos de los ingredientes de esta novela.

"A través de la web podéis acceder a mis redes sociales. Tanto en Facebook como en Twitter encontraréis mensajes de aficionados a la historia (y, en concreto, a la magia versallesca) que han disfrutado con la novela. Confío que vosotros también lo hagáis algún día".

Aquí les dejo un link a la página del autor, donde encontrarán más información sobre la novela. Espero que resulte de su interés.


lunes, 4 de abril de 2011

"Madame se meurt... Madame est morte"

Minette

Sainte-Foy, primer valet de Monsieur, le trajo un remedio a Minette; se le hizo tomar otras drogas que le causaron vómitos y sólo consiguieron agravar los dolores. Viendo que los antídotos no producían ningún resultado, Minette se resignó a la muerte con una paciencia admirable. 

Madame de Gamaches constató que tenía las extremidades frías. Esto inquietó a Monsieur, y cuando Esprit le dijo que eso era un efecto corriente del cólico y que no había razón para preocuparse, Philippe, furioso, le respondió: 

—Lo mismo me dijisteis de Monsieur de Valois, y ahora está muerto. 

Monsieur se refería a su propio hijo, Philippe-Charles, duque de Valois, fallecido en diciembre de 1666 cuando contaba tan sólo dos años. 

Minette fue entonces sangrada en el brazo por orden del médico. En ese momento llegó el sacerdote y ella le manifestó a su esposo sus deseos de confesarse. Una de sus damas la sostuvo para que pudiera incorporarse un poco. Luego, al retirarse el sacerdote, Madame volvió a dirigir a su marido palabras dulces y amables. 

Pronto llegaron de París y de Versalles los médicos Yvelin y Vallot, a los que se había ido a buscar. Se reunieron en consulta con Esprit y, después de conferenciar durante largo tiempo, volvieron a dar toda clase de seguridades a Monsieur de que no había ningún peligro. Minette, al escucharlos, dijo con voz tranquila, como si la muerte le fuera indiferente, que todos se equivocaban, y que no había cura posible. Llegó a verla el príncipe de Condé, y también a él le dijo que se moría, y que anhelaba la muerte para librarse de esos dolores. 

—Si no fuera cristiana, me mataría, tan excesivos son mis dolores. 

Como quiso cambiar de cama, le prepararon una más pequeña, pero tan pronto como fue trasladada se sintió peor. Tomó un poco de caldo, aunque en lugar de recobrar fuerzas le causó más sufrimiento. 

El rey, mientras tanto, no hacía más que enviar mensajeros en busca de noticias. Como Monsieur de Créquy vino a decirle que la encontraba muy mal, Luis quiso ir a verla. Llegó sobre las diez y media de la noche, en compañía de la reina, de Olimpia y de Mademoiselle de Montpensier. La Vallière y Madame de Montespan llegaban juntas poco después. 


Los duques de Orleáns - Detalle de La Familia de Luis XIV representados como dioses del Olimpo por Jean Nocret

Minette experimentaba un agravamiento en sus dolores, y Luis llevó aparte a los médicos para preguntarles cuál creían que era la causa de su mal. Ellos, que poco antes decían que respondían con su vida de que la de Madame no corría peligro, comenzaban ahora a confesar que su estado era grave y que era preciso administrar a la princesa los últimos sacramentos. 

Luis parecía desesperado. No comprendía que no pudieran hacer nada por ella. 

—No es posible dejar morir a una mujer sin aportarle ningún socorro —se lamentaba impotente. 

Minette hizo un esfuerzo por abrazar al rey y a la reina. Luis trató de infundirle ánimos y darle esperanzas, pero todo en vano. 

—La primera noticia que recibiréis mañana al levantaros —dijo ella— será la de mi muerte. Abrazadme, señor, por última vez. ¡Oh, no lloréis! Perdéis una buena servidora que siempre ha temido perder vuestra gracia más que a la propia muerte. 

Luis apenas podía hablar. Su pena era tan grande que le fue preciso retirarse. 

El mariscal de Gramont, padre del conde de Guiche, acompañaba al rey. Gramont se aproximó entonces a ella y le murmuró las más cariñosas palabras de despedida. Después, a petición de Madame de la Fayette, Monsieur envió a buscar a Bossuet, pero mientras lo aguardaban llamaron a Feuillet, canónigo de Saint-Cloud, para que le administrara los sacramentos. 

Llegó el embajador de Inglaterra. Minette se mostró feliz de verlo. 

—Escribid al rey —le dijo—, escribidle que pierde a la persona que más lo amaba. 

Montagu le preguntó si realmente había sido envenenada, y ella respondió con toda lucidez, pensando aún en las funestas consecuencias que tal posibilidad podría acarrear sobre Inglaterra y Francia. 

—No le digáis nada de eso al rey mi hermano. Quiero evitarle ese dolor. Es preciso que no piense en tomar venganza. El rey no tiene culpa de lo sucedido, y no deben empeorar las relaciones entre ambos reinos. 

A las once entraba Feuillet y comenzaban las exhortaciones piadosas. Minette, que parecía sufrir mucho, pidió el crucifijo que Ana de Austria había tenido entre sus manos en el momento de la muerte, lo besó con devoción y solicitó que le dieran también un rosario. 

Después de recibir la Eucaristía solicitó la extremaunción. Brayer, un médico muy famoso que acudía desde París, se aproximó para tomarle el pulso. Los síntomas que encontró en ella le parecieron cruelmente decisivos. 

—Dios mío, ¿no cesarán pronto estos dolores? —se quejó Minette. 

—Pero Madame —repuso Feuillet—, lleváis 26 años ofendiendo a Dios y sólo seis horas de penitencia. 

Monsieur se había alejado a petición de la moribunda. Ahora fueron en su busca y acudió llorando a abrazarla. Ella, con dulces palabras, le pidió que se retirara de nuevo, de modo que pudiera concentrar sus pensamientos sólo en Dios. 

Bossuet

Le dieron finalmente la extremaunción y en ese momento llegó Bossuet. Su llegada fue para ella un consuelo, pues consideraba a este hombre el verdadero médico de su alma. El obispo le recordó que, dada su posición, debía un gran ejemplo al mundo, y que debía pedir perdón a Dios por todas las irreverencias cometidas. Luego le mostró el crucifijo y dijo: 

—He aquí, Madame, a Jesucristo, que os tiende los brazos; he aquí al que os dará la vida eterna y resucitará vuestro cuerpo, que sufre tanto. 

—¡Credo, credo! —respondió ella. 

Minette, aún capaz de esbozar una sonrisa resignada, pidió un momento de reposo y el obispo de Condom se retiró hacia la ventana mientras rogaba a Dios por ella. Al cabo de unos minutos volvió a llamarlo. El obispo le presentó el crucifijo. 

—Madame, creéis en Dios, esperáis en Dios, amáis a Dios. 

—Con todo mi corazón. 

Tomó la cruz y la mantuvo apretada contra sus labios, hasta que la debilidad de su brazo lo soltó. Había perdido el conocimiento. Su boca se movió apenas dos o tres veces y entonces expiró. Eran las dos y media de la mañana. Minette fallecía ante la mirada impotente de los médicos y tras una horrorosa agonía. 

Hacía apenas dos semanas que la infeliz Henrietta había cumplido 26 años.



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

sábado, 2 de abril de 2011

Cierto sabor a veneno

Minette

Entre las personas que Minette recibía con más frecuencia en Saint-Cloud se encontraban el mariscal de Turenne, el duque de La Rochefoucauld, su buena amiga Madame de la Fayette, Monsieur de Tréville y muchos ingleses distinguidos, como el embajador Sir Ralph Montagu; pero al que con mayor favor acogía durante esas jornadas era Bossuet, entonces obispo de Condom. “Como si una mano, invisible para los demás, le hubiera marcado la hora próxima de su adiós a este mundo, las cuestiones religiosas le causaban cada vez mayor preocupación, y cada día se complacía más en sus momentos de soledad con el obispo”. 

—He pensado en mi salvación demasiado tarde —le había dicho ella. 

Desde su regreso a Saint-Cloud se quejaba de dolores en el costado y en el estómago. Hacía un calor excesivo que no contribuía a que se sintiera mejor. El viernes 27 de junio, a pesar del consejo de monsieur Yvelin, su médico de costumbre, quiso bañarse en el Sena, pero al encontrarse indispuesta aplazó el baño hasta el día siguiente. 

Madame de la Fayette llegó a las 10 de la noche del sábado y la encontró paseando por los jardines iluminados por la luna. Minette seguía encontrándose mal, y así se lo manifestó a su amiga. 

Al día siguiente se levantó temprano y se presentó en los aposentos de Monsieur. Permaneció en ellos bastante tiempo y luego pasó a la cámara de Madame de la Fayette, le dijo que había pasado bien la noche y se marchó pronto. Su amiga se reunió después con ella. No dejó de observar que durante todo el tiempo Madame estuvo triste y con poco ánimo. 

Minette

Cuando vinieron a avisarla de que la misa estaba a punto de comenzar, Minette acudió. Al regresar pasó a ver el retrato de su hija que estaba realizando un pintor inglés. A esa hora se puso a conversar con Madame de la Fayette y Madame d’Epernon sobre su viaje a Inglaterra y sobre su hermano el rey, lo que le procuró una cierta animación. 

Comió en público, y después, hablando con Madame de la Fayette, le preguntó si tenía miedo a la muerte. Se recostó con la cabeza apoyada sobre las rodillas de su amiga y se quedó dormida. Su mal semblante se hizo aún más perceptible cuando despertó. El propio Monsieur fue consciente de ello y lo comentó así. 

Minette pasó al salón y se entretuvo conversando con Monsieur de Boisfranc, tesorero de su esposo. Con frecuencia interrumpía la conversación para quejarse de un dolor en un costado. 

De lo que sucedió a continuación ese día nos hace un relato detallado madame de La Fayette:

Marie-Madeleine Piochet de la Vergne, Madame de La Fayette

Madame… se acercó a madame de Meckelbourg. Mientras hablaban, madame de Gamaches le llevó, al mismo tiempo que a mí, una taza de café que había pedido hacía rato. Madame de Gourdon, su dama de compañía, se la sirvió. Bebió, y devolviendo la taza al platillo, se llevó las manos al costado mientras que con tono dolorido dijo: ¡Ah! ¡Qué punzada en el costado, no puedo más! 

En tanto pronunciaba estas palabras enrojecía y, un momento después, tomó una palidez lívida que nos sorprendió a todos. Continuó chillando sin medida por el dolor desmesurado que la invadía. 

La tomamos en brazos, pues marchaba penosamente y encorvada. En un instante estuvo desvestida; yo la sostuve… Se lamentaba continuamente, con lágrimas en los ojos. Esto me sorprendió y enterneció, pues conocía su natural paciente. 

Mientras bajaba los brazos, que había mantenido en alto, le dije que comprendía lo que sufría, a lo que respondió que más de lo imaginable. Se la recostó en un lecho, pero, chillando aún más que antes, se revolcaba de un lado para otro. Fue llamado el médico, Monsieur d’Esprit, quien diagnosticó cólico, recetando remedios ordinarios para semejantes males. No obstante, los dolores no se detenían. Madame afirmaba que su mal era más importante de lo que se pensaba y que iba a morir por su causa. Pidió un confesor… 

Todo esto se desarrolló en menos de media hora. Madame no dejó de chillar por sus dolores en el centro del estómago. Inesperadamente, pidió que se observara el café que había tomado: pensaba que podía ser veneno, que se habían equivocado de botella. Quería un contraveneno. 

Yo permanecía en un rincón, junto a Monsieur, y, aunque le creo incapaz de un crimen semejante, una sorpresa natural a la malignidad humana me hizo observarle atentamente. No se encontraba emocionado ni molesto por la opinión de Madame”. Dijo que había que dar la bebida a un perro, y opinaba que había que ir a buscar el contraveneno que ella pedía para quitarle esa idea de la cabeza. 

Philippe

Según el médico Bourdelot, en su Relation de la maladie, mort et ouverture du corps de Madame, Minette exclamó: 

—¡Ah, qué dolor! ¡No puedo más! ¡Me han envenenado! 

Pidió que se hiciera acudir a su confesor. Madame de la Fayette continúa diciendo que “Monsieur estaba en pie ante su lecho. Ella lo abrazó y le dijo con una dulzura capaz de enternecer el más duro de los corazones: “¡Ay, Monsieur, hace mucho tiempo que vos ya no me amáis, y eso no es justo; yo nunca os he faltado”. 

Philippe parecía muy afectado, pero no respondió nada. El silencio en la cámara era total, sólo interrumpido por los sollozos de los presentes. Fue entonces cuando pidió que se examinara la bebida. Repetía que había sido envenenada de forma accidental. 

Madame des Bordes fue a buscar el café y la taza de la que ella había bebido. Volvió a llenarla en su presencia y apuró el contenido. Madame de Meckelbourg también bebió…




En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno