jueves, 31 de marzo de 2011

Con la muerte en el rostro

Minette

La duquesa de Orleáns, de regreso de Inglaterra, desembarcó en Calais. Un nutrido cortejo la aguardaba para escoltarla hasta el palacio del gobernador, preparado para recibirla. A la mañana siguiente, tras haber escuchado misa en los Capuchinos, emprendió el camino a Boulogne, donde se le rindieron igualmente honores reales. En Montreuil el duque de Elbeuf le hizo una recepción magnífica, y en Abbeville una escolta militar estaba dispuesta para acompañarla hasta Beauvais. Allí vino a recibirla el gobernador, monsieur de Mennevillette, a la entrada de la villa. También se encontró con Montagu, el embajador inglés, que venía a cumplimentar a la hermana de su soberano. 

La etiqueta disponía que el rey, con toda la corte, se trasladara ante la princesa para conducirla al château de Saint-Germain, pero Monsieur, cada vez más celoso del prestigio de su esposa, se negó a cumplir con las normas y rogó al rey que tampoco acudiera. Luis meditó el asunto y concluyó que se notaría menos la ausencia de su hermano si él mismo no iba hasta allá. Lo único que consiguió de Philippe fue que, para salvar las apariencias, consintiera en acercarse solamente hasta cierta distancia de Saint-Germain y regresar en compañía de Minette. 

La entrevista entre ambos esposos no hubiera podido ser más fría. Por contraste, desde la llegada de Madame, el 18 de junio, Luis se esforzó por testimoniarle toda muestra de afecto y estima y por hacerle olvidar la difícil situación en que la había puesto el mar humor de Monsieur. Feliz y agradecido por el gran papel que ella había representado en la conclusión del tratado con Inglaterra, que hacían de Minette uno de sus instrumentos más poderosos en sus planes de conquista, no cesaba de dedicarle todas las atenciones imaginables, tanto en público como en privado. 

Monsieur

La corte se mostraba encantada con el regreso de Madame. Con ella volvían los hermosos días, la alegría y los placeres. Todos, a excepción de Philippe, rivalizaban por festejarla, y ella se veía hermosa y contenta, habiendo recuperado en su país natal su quebrantada salud. 

El rey decidió entonces partir hacia Versalles, pero Monsieur se negó en rotundo a seguirle por contrariar a Minette y separarla de Luis. Ella no pudo contener las lágrimas al conocer ese nuevo castigo que su esposo le deparaba. 

El día 20 el matrimonio se dirige a París, donde los embajadores extranjeros, las damas y toda la nobleza acuden presurosos a recibir a Madame. Los incidentes de su viaje se convirtieron en tema de todas las conversaciones de la corte y de la villa. 

Cuatro días después ambos partían hacia Saint-Cloud con sus hijas. Allí Monsieur, más amargo que nunca, retomó sus quejas por el exilio del Caballero de Lorena, empeñado en culpar del mismo a Minette y en exigirle que le pusiese fin. Philippe juraba que ella no tendría un momento de tranquilidad mientras ese asunto no estuviera resuelto. 

Saint-Cloud

Esta persecución implacable causaba gran sufrimiento a Madame, aunque la situación aún habría de empeorar el día 26, cuando ambos fueron a pasar el día a Versalles. Minette mantuvo una animada conversación con el rey sobre los asuntos de los que se había ocupado en Douvres, pero la charla cesó de pronto al aparecer Philippe ante ellos. Monsieur se interesó por el tema de la conversación, pero no se le comunicó. Su descontento parecía haber llegado al límite. 

Ese día Minette parecía muy enferma. Mademoiselle de Montpensier nos cuenta: 

“Entró en los aposentos de la reina como una muerta… y como tal salió, todo el mundo lo dijo, y la reina y yo recordamos que entonces dijimos: “Madame lleva la muerte pintada en el rostro”. Al abandonar Versalles Monsieur era presa de una cólera extrema, y la princesa iba deshecha en lágrimas”.



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martes, 29 de marzo de 2011

La joya más valiosa

Castillo de Dover

El mal tiempo aplazó la partida de Minette, de modo que hasta el 24 de mayo no pudo llegar a Dunquerke. Se embarcó entonces en uno de los navíos de la escuadra inglesa al mando del conde de Sandwich. Al día siguiente, a las 4 de la mañana, el barco zarpó rumbo a la costa de Inglaterra. 

Al llegar ante Douvres (Dover) una barca se aproximó al navío que transportaba a Madame. En ella venían el rey y su hermano el duque de York, el príncipe Rupert, su primo, y el duque de Monmouth, hijo bastardo del rey. La entrevista fue sumamente emotiva, y pronto Minette pudo pisar de nuevo su tierra natal. 

El viejo castillo había sido dispuesto para alojar a los huéspedes reales, con tanto esmero como permitían las circunstancias y el propio lugar. Las personas de su séquito se acomodaron lo mejor que pudieron con los recursos que fueron capaces de encontrar en la villa. 

Al día siguiente, Colbert de Croissy, que la acompañaba, escribía a Francia: “Madame se encuentra aquí gozando de perfecta salud; el rey de Gran Bretaña hizo venir a la reina y a la duquesa de York y hace cuanto puede en un albergue tan miserable para que a Madame le resulte agradable”. 

Castillo de Dover

El duque de York había tenido que regresar a Londres, donde los ministros temían que durante la ausencia del rey se produjeran ciertos movimientos entre los presbiterianos. Afortunadamente los temores no resultaron fundados. 

En Douvres cada momento era precioso. Minette apresuró la conclusión del tratado de comercio y la alianza defensiva frente a Holanda. La graciosa e inteligente negociadora no perdía tiempo. Siguiendo las instrucciones de Luis XIV, que temía que la habitual lentitud y la indolencia de Carlos retrasarían sus proyectos, Madame había disuadido a su hermano de abjurar del protestantismo antes de declarar la guerra a Holanda. Carlos, con más sentido común que ardor religioso, se dejó convencer con facilidad, consciente él mismo de las graves consecuencias que podía traerle una conversión pública. 

El tratado se firmó finalmente. Luis XIV, que durante las negociaciones había desplegado tanta habilidad como perseverancia, conseguía ver realizados sus principales objetivos, y la gloria de su conclusión le correspondía a Minette. Fue ella quien supo vencer los últimos escrúpulos de su hermano. Sin su intervención directa, el asunto hubiese requerido más tiempo, y tal vez los planes de Luis hubieran acabado por echarse a perder. Al mismo tiempo Minette fue capaz de reconciliar a dos enemigos cuya rivalidad se hacía cada día más peligrosa para Carlos II: el duque de Buckingham y el conde de Arlington. 

Carlos II

Resuelto el asunto que la había llevado a Inglaterra, aún le quedaban unos días que pasar en compañía de su hermano. Había llegado el momento de las diversiones y las fiestas. Carlos la condujo hasta Canterbury para asistir a un ballet y a una comedia, seguidos de una magnífica cena que fue ofrecida a toda la corte. 

La reina de Inglaterra, Catalina de Braganza, había llegado a Douvres con la duquesa de York. Madame se ganó su afecto desde el primer momento, y ambas la colmaron de muestras de amistad. Catalina incluso tuvo la deferencia de cederle el paso en más de una ocasión. A su regreso, Minette diría de ella: “Es una buena mujer. No es hermosa, pero sí honesta, tan llena de bondad que se granjea la amistad de todo el mundo”

En cuanto a la duquesa de York, tenía sus propios motivos para estar agradecida a la princesa: su hija Ana, que un día llegaría a reinar en Inglaterra, había sido enviada a París para curarse de una enfermedad ocular, y confiada allí al cuidado de su abuela Henrietta Maria. Tras la muerte de esta, fue Minette quien se ocupó de la niña, prodigándole todas las atenciones imaginables. 

Anne Hyde, duquesa de York

Allá en Inglaterra había muchas cosas que celebrar: el 29 de mayo Carlos II cumplía 40 años, y además era el aniversario de la Restauración. Las fiestas eran a cada cual más brillante. El 8 de junio toda la corte, escoltada por tres navíos de guerra, hizo una excursión marítima para conocer las costas vecinas. El rey no sabía qué más hacer para testimoniarle a su hermana la enorme alegría de tenerla a su lado. Parecía como si quisiera compensarla en esos días por tantos años de separación. 

A punto de regresar a Francia, Minette recibió una curiosa petición por parte de su hermano. Carlos le entregó un dinero para contribuir a los gastos del viaje, pero le solicitó que a cambio le dejara una de sus joyas como recuerdo. Ella se apresuró a aceptar y pidió a Louise de Kéroualle que le trajera su joyero. Cuando Louise regresaba con él, Carlos tomó la mano de la dama y le dijo a Minette que esa era la joya que él quería conservar a su lado. Madame, atónita, se negó; le explicó a su hermano que la joven pertenecía a una noble familia de Bretaña que se la había confiado, y que consideraba una cuestión de honor defenderla contra todo peligro y llevarla de regreso a Francia. El rey insistió, pero todo cuanto pudo conseguir fue la promesa de Minette de que no se opondría a que mademoiselle de Kéroualle regresara a Inglaterra más adelante si se le pudiera encontrar un puesto de dama de honor junto a la reina, como así fue al cabo de unos meses. 

Eso deja a Minette fuera de toda sospecha de haber formado parte del supuesto complot urdido por Luis para que la bella Kéroualle se convirtiera en su instrumento junto al rey de Inglaterra. Madame permaneció siempre ajena a toda maniobra de ese género.



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domingo, 27 de marzo de 2011

El viaje de Minette

Minette

Durante 1669 Minette no pudo visitar aún Inglaterra. Su hija había nacido en agosto, y al mes siguiente fallecía su madre, la reina Henrietta Maria. Todo ello hizo que el viaje tuviera que ser aplazado, pero era preciso que los planes se reanudaran cuanto antes: Minette necesitaba pasar a Inglaterra para culminar ese tratado con su hermano Carlos II. No fue fácil vencer la oposición del esposo, que finalmente accedió a que pasara a Douvres (Dover) con la condición de que no pisase Londres y que su ausencia no durase más de tres días. 

Luis organizó personalmente con sumo placer los preparativos del viaje de su cuñada, a la que hizo entrega de 200.000 escudos para los gastos. Desde principios de abril de 1670 todo estuvo listo para emprender el camino, pero antes Minette quiso hacer bautizar a su hija Anne Marie, Mademoiselle de Valois. La ceremonia tuvo lugar el 8 de abril en el Palais-Royal, en presencia de los reyes y de toda la Corte. El padrino fue el Delfín y la madrina Mademoiselle de Montpensier. Después del bautismo Monsieur ofreció una fiesta. 

Palais Royal

Finalmente el 28 de abril daba comienzo el viaje con el pretexto de hacerle conocer a María Teresa las villas que constituían su herencia. El camino pasaba por Senlis, Compiègne y San Quintín, y como ya había escrito Madame de Montespan en su carta y refleja también Voltaire en El Siglo de Luis XIV, jamás monarca alguno había desplegado tal fasto y magnificencia. La carroza real era de una riqueza extrema. El Delfín iba con Mademoiselle de Montpensier, que sólo tenía ojos para el marqués de Puyguilhem, al mando de la escolta real. Damas, ministros y grandes oficiales del rey ocupaban el resto de las carrozas. Un ejército de 30.000 hombres abría o seguía la marcha de la comitiva. Estaba destinado a reforzar las guarniciones de las villas conquistadas. Se transportaban los más bellos muebles de la Corona para ser dispuestos en cada alto del camino, y se servía la mesa igual que en la Corte. Desde Saint-Germain hasta Lille no hubo más que fiestas, bailes y fuegos artificiales. Decidido a ganarse el corazón de sus nuevos súbditos, el rey sol repartía oro generosamente. Todo aquel que se dirigía a él recibía pruebas de su munificencia, bien fuera en metálico o en piedras preciosas. 

Los elementos, sin embargo, no fueron tan amables. Las lluvias incesantes producían frecuentes inundaciones que hicieron a la comitiva detenerse en aquel lugar cerca de Landrecies, tal como vimos en su momento, y apañarse con una sola cama. Lamentablemente la salud de Minette se acomodaba mal a las fatigas del viaje. Apenas era capaz de ingerir algo más que leche ni abandonaba el carruaje si no era para acostarse, y sin embargo soportaba las penalidades con la mejor presencia de ánimo y sin perder nunca la amabilidad. La peculiar situación que se produjo aquella noche, lejos de incomodarla, la hizo reír de buena gana, tanto a ella como a Mademoiselle de Montpensier. 

A Courtrai, donde las damas de Gante y de Bruselas habían acudido a visitar a Luis XIV y fueron recibidas a su mesa, llegaron también los enviados del rey de Inglaterra para anunciarle a Minette que su hermano la esperaba en Douvres, rogándole que no se demorara. Le dijeron que la flota que debía transportarla estaba a sus órdenes en el puerto de Dunkerque. Después todos regresaron a Lille, desde donde Minette debía ganar las costas del Canal de La Mancha. 

Louise de Kéroualle

La partida fue complicada, porque la princesa llevaba un séquito de 237 personas. Entre ellas, cómo no, iba Louise de Kéroualle. Es conocida la fuerte impresión que esta joven dama iba a ejercer sobre Carlos II. En palabras del conde de Baillon, su belleza “no era inferior a la de Madame de Montespan, tal vez tenía aún más encanto, pero ni en sus mejores tiempos gobernó esta última Francia, mientras que la futura duquesa de Portsmouth no dejaría de ser la verdadera soberana de Gran Bretaña hasta la muerte de Carlos II. Francia no hubo de lamentarlo”. En efecto, grandes iban a ser los servicios que la Kéroualle rendiría a Luis.



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jueves, 17 de marzo de 2011

Preparando el Tratado de Douvres

Carlos II de Inglaterra

Carlos II de Inglaterra se había visto obligado durante la Paz de Breda a aceptar un tratado con Holanda que distaba de ser honroso para su reino. En realidad se sentía inclinado a una alianza con Francia, pero su pueblo era hostil a esa idea. Para ellos Francia significaba Roma y la religión católica, mientras que Inglaterra seguía siendo leal a la Iglesia anglicana. 

Carlos sabía que Luis XIV necesitaba de él, puesto que el éxito de la expansión continental de Francia dependía de su aquiescencia. Así que, como el Parlamento se negaba a proporcionarle fondos suficientes, el inglés contemplaba sin demasiado sonrojo la posibilidad de sacarle el dinero a su primo. Decidido a no venderse barato, maniobró con su duplicidad habitual para obtener sus fines. 

Sus condiciones iniciales resultaban tan rapaces que indignaron a Luis. Carlos estaba dispuesto a permitir a Francia robarle a España si a cambio recibía parte del botín, fuese dinero en metálico, privilegios mercantiles, o una parte de los Países Bajos. Cuando sus propuestas fueron rechazadas, hábilmente autorizó a sus ministros para firmar un nuevo tratado con los holandeses. Los suecos se sumaron de inmediato, formándose la Triple Alianza el 23 de enero de 1668, una unión que pretendía frenar los avances de Francia sobre los Países Bajos españoles. Luis, viendo su posición debilitada, firmó la paz con España en Aix-la-Chapelle en mayo. Con ello se ponía fin a la Guerra de Devolución. Acto seguido consideró las bondades que obtendría de atraerse la buena voluntad de su primo inglés. 

Barbara Villiers, condesa de Castlemaine

Luis XIV cambió a su embajador por Charles Colbert, marqués de Croissy y hermano del famoso ministro Colbert. Minette mantenía una correspondencia incesante con su hermano el rey de Inglaterra para favorecer las negociaciones, y Luis no olvidaba sobornar a cualquier persona que pudiera ejercer alguna influencia sobre Carlos. Incluso una de las amantes del inglés se benefició de este generoso reparto de oro: la condesa de Castlemaine. 

Colbert de Croissy abordó su tarea con excepcional energía. En una carta del 7 de febrero de 1669 dice: “He regalado todo lo que traía de Francia… y no tengo dinero suficiente para continuar a este ritmo. Ni tampoco veo la utilidad de incurrir en grandes gastos para satisfacer la codicia de las damas de aquí con ricos presentes. El rey suele decir que la única mujer que realmente tiene alguna influencia sobre él es su hermana la duquesa de Orleáns. Si se le ofrecen costosos regalos a Madame de Castlemaine, Su Majestad puede pensar que pese a sus afirmaciones en sentido contrario, nosotros imaginamos que ella le gobierna, y así tomárselo a mal. Por tanto aconsejo darle solo algunas fruslerías como un par de guantes franceses…” 

El duque de Buckingham fue el primero en sugerir emplear a Minette. Ya la conocía, y la había perseguido con ánimo conquistador, inasequible al desaliento, durante los meses anteriores a su matrimonio con Philippe. Buckingham, cuyo ingenio divertía a Carlos, tenía gran influencia sobre él. 

Luis no descuidaba tampoco a Arlington, el secretario de Estado que, aunque a sueldo de los españoles, tal vez podría mudar de amigos si se le pagaba mejor. En ese sentido escribía a Colbert: “En vista de lo indeciso que es el rey de Inglaterra, no descuidéis ganaros a Arlington. De buena gana invertiría en él 20.000 piezas de oro. Y cuidad de no asustar al rey haciéndole sospechar que busco arrastrarlo a una guerra con Holanda”. 

Arlington no aceptó el soborno para sí, pero en cambio permitió que su esposa aceptara un “regalo” de 10.000 coronas. 

Jacobo, duque de York

El deseo de Carlos, aparte de recaudar dinero, era el de devolver a su reino su antigua fe. El 25 de enero de 1669 había admitido durante una conversación “qué incómodo le resultaba no profesar la fe en la que creía”. En agosto del año anterior había mantenido correspondencia con el general de los Jesuitas en Roma. Su hermano Jacobo, el duque de York, estaba dispuesto a confesar su conversión al catolicismo, y Carlos, tras una charla con sus ministros católicos, decidió que la reconciliación de Inglaterra con Roma solo sería posible con el apoyo de Francia. De lo contrario, reabrir el problema religioso podía llevar a otra revolución y a una segunda pérdida de la Corona. 

La intención de Luis era apurar las negociaciones, y nada servía mejor a sus propósitos que esa inclinación de Carlos a buscar la protección de Roma. Si lograba restaurar el culto católico en Inglaterra, Whitehall llegaría a depender en buena medida de París, y su política exterior se alinearía con los intereses de Francia. Pero si Carlos fracasaba, eso significaría años de agitación interna, y mientras tanto Francia sería libre para seguir su propia política en el continente. Por tanto, él podría obtener beneficio de cualquier giro que tomara la historia. 

En el otoño de 1699 Colbert de Croissy y Arlington habían llegado a un acuerdo. Francia pagaría un subsidio anual a Carlos. Si el problema religioso provocaba la rebelión, Luis le ayudaría con tropas y dinero. Desde el punto de vista francés la condición más importante era la última: en un futuro Francia e Inglaterra se aliaban para abatir el creciente poder de Holanda.




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viernes, 11 de marzo de 2011

Carta de Madame de Montespan


Para Madame de Montespan aquel viaje fue triunfal. Conocemos sus impresiones por una carta suya dirigida a su hermano:

“¡Qué mal habría hecho en seguir vuestro consejo y quedarme en París, donde sin duda se aburren de la mañana a la noche, ya que la mayoría de la gente agradable ha seguido a la corte a Flandes! Tal vez creéis que aquí experimentamos los terrores unidos al estado de guerra, que hacemos política, que estamos rodeados de muertos y heridos; no, hermano mío, no, nada de eso turba mi alegría, que no nos ha abandonado desde nuestra partida. Ante todo, hemos hecho el viaje muy cómodamente… Las aclamaciones más halagüeñas precedían y seguían a Sus Majestades. Madame, que posee todas las gracias del cuerpo y del espíritu, tenía su parte en las aclamaciones. También podría confiaros, en voz muy baja, que creo que hubo algunas cositas para mí; porque después, habiendo salido sola, fui acogida casi diría que con entusiasmo. El rey llevó su bondad hasta el punto de darme guardias; siempre tengo cuatro en las portezuelas de mi carruaje. En cada ciudad tenemos un baile de máscaras y de disfraces… Jamás he visto al rey tan hermoso. Nunca se habría osado pensar que lo ocuparan tan grandes intereses: galante con todas las mujeres, respetuoso con la reina más allá de cuanto es posible decir; en fin, todo el mundo tiene motivos para sentirse muy contento con su viaje… Madame se embarcó con gran valentía. Pero hemos creído, toda la corte y yo, que su última entrevista con el rey había sido enternecedora, porque sus bellos ojos estaban cargados de lágrimas. La reina la tuvo abrazada mucho tiempo, y sólo la dejó cuando el rey dijo: “No es una separación eterna, volveremos a verla pronto”. Entonces Madame recuperó su serenidad y se embarcó con expresión tranquila… La corte permaneció en el puerto mientras fue posible hacer señales. De pronto el rey tomó a la reina de un brazo, de un lado, y a mí del otro…”


***

Estaré ausente de la Corte tal vez por una semana aproximadamente. Seguiré presente en los otros espacios en la medida de lo posible.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Louise de Kéroualle

Louise de Kéroualle

Louise era una joven de 20 años, “rostro aniñado, ojos melancólicos y paso lánguido”. Era hija de Guillaume de Penancoët, conde de Kéroualle, y de Marie de Ploeuc de Timeur. Ella se jactaba de estar emparentada con todas las grandes familias de Francia, y estando en la corte inglesa nunca omitía vestirse de luto cuando fallecía cualquier miembro de la alta aristocracia francesa, remarcando así su parentesco. A ese respecto se cuenta una anécdota: en una ocasión se produjo la muerte de un príncipe francés y del Kan de los tártaros al mismo tiempo. Mademoiselle de Kéroualle apareció de luto, y entonces su rival, la actriz Nell Gwyn, amante de Carlos II, se presentó vistiendo también ropas de duelo. Cuando le preguntaron a ésta última por qué vestía de negro, ella respondió: 

—Por el Kan de los tártaros. 

—¿Y qué relación teníais vos con él? 

—¡La misma que tenía el príncipe con Mademoiselle de Kéroualle! 


En una de las cartas de Madame de Sévigné a su hija, se lee lo siguiente: 

Madame de Kéroualle se había puesto de luto por el rey de Suecia; poco después resultó que falleció el rey de Portugal. Nell Gwyn apareció con una carroza cubierta con crespones negros y explicó: 

—La Kéroualle y yo nos hemos repartido el mundo: ella se queda con los reyes del norte, y yo con los del sur. 

Nell Gwyn

A pesar de las burlas de la que era su rival en el corazón del rey de Inglaterra, lo cierto es que Louise podía presumir de tales ancestros, pues procedía de un linaje de Bretaña muy antiguo, tanto por parte de padre como de madre. El número de reyes y reinas que entroncan con su árbol genealógico, por no mencionar otros importantes personajes, es notable. Era una auténtica patricia. Su abuela era una de Rieux, y su tatarabuelo había sido primo segundo del rey Francisco I. Por si fuera poco, Louise descendía de Juana de Francia, hija de Carlos VI; de los duques de Bretaña y de Juana de Navarra, emparentando de este modo tanto con los últimos Valois como con los Borbones. De hecho, podía considerarse una prima lejana tanto de Luis XIV como de Carlos II. 

Louise había nacido en septiembre de 1649. Se educó en el convento de las Ursulinas en Lesneven, una pequeña ciudad cerca de Brest. Su familia, considerablemente empobrecida en esos momentos, se veía en apuros para procurar un futuro a sus tres hijos. No podían darle una dote a Louise, de modo que, como tantas otras jóvenes, fue destinada a la vida religiosa. Pero para cuando cumplió 19 años, y a pesar de que parecía demasiado delgada, se había convertido en toda una belleza, a la que sumaba una gran inteligencia y mucho encanto en su trato. Sus parientes dieron en pensar que algo podría hacerse con todo eso, y que no era buena idea dejar que se marchitara en un convento sin sacarle provecho. 

La familia de Louise concibió grandes proyectos para ella. Por mediación de Monsieur de Chaulnes, gobernador de Bretaña, la llevaron a la Corte en 1668 y le consiguieron un puesto entre las damas de honor de Minette. La conducta de Louise era irreprochable y de lo más decorosa mientras permaneció en París al servicio de la duquesa de Orleáns. Según Le Moine, “Fuera por frialdad o por virtud, por ambición o por escrúpulos religiosos, Mademoiselle de Kéroualle no dio que hablar”. A excepción de un galanteo con el conde de Sault. 

Louise de Kéroualle

No es tan sorprendente. Tenía que reunir méritos, porque su familia esperaba que haría carrera al lado de un rey de Francia tan sensible a los encantos femeninos, y ella se relamía con las perspectivas. Sin embargo Luis tenía el corazón ocupado, y ya no cabían tantas mujeres en él. La joven hubo de conformarse con las atenciones del conde. 

Se decía que el rey, en efecto, no pensó en ella para sí mismo, sino para Carlos. Encajaba con sus gustos y además era muy inteligente, así que la envió con la misión de ayudar a Minette y, digámoslo así, espiar para él. 

Fue un éxito rotundo. El rey de Inglaterra se apasionó de tal modo que la retuvo entre las damas de su esposa. Y Luisa, que sólo se entregó después de estar segura de que Carlos se había enamorado, comenzó con él una relación que tuvo como consecuencia el nacimiento de un hijo en 1672. De ella descendía, por cierto, Diana de Gales, y también Camilla Parker-Bowles es una rama de ese tronco.

Carlos la cubría de honores, la nombró duquesa de Portsmouth, condesa de Fareham, baronesa de Petersfield, y cuando se le acabaron los títulos ingleses solicitó a Luis que le concediera el ducado de Aubigny. La amó hasta el día de su muerte, y, sin embargo, lo más interesante es que a pesar de todo Louise de Kéroualle nunca dejó de ser leal al rey de Francia.



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lunes, 7 de marzo de 2011

Tres reinas de Francia


Al día siguiente olvidaron los sinsabores de la pasada noche al recibir la acogida triunfal en las ciudades recién conquistadas. El pueblo los aclamaba a su paso y los flamencos se daban codazos al ver la carroza mientras señalaban a María Teresa, la Montespan y La Vallière:

—¡Ahí van las tres reinas de Francia! —decían atragantados de risa por el insólito vigor del rey.

En París, sin embargo, la gente se tomaba el asunto con menos humor. En realidad no les hacía ninguna gracia que el rey se paseara en compañía de sus amantes haciendo esas exhibiciones públicas. De hecho, cuando la corte regresó a Saint-Germain se produjeron manifestaciones hostiles ante el palacio.


Un día una mujer salió al paso del rey y lo cubrió de insultos al cruzarse con él, llegando a llamarlo “rey putero”. Luis, atónito, no daba crédito. Preguntó a la mujer si se dirigía a él, y ella aún tuvo el valor de responder que sí. Los guardias la apresaron y la condujeron a Petites Maisons, donde fue azotada públicamente. Poco después a un hombre que criticó el comportamiento del rey y lo llamó “ladrón de mujeres” se le cortó la lengua y fue enviado a galeras.

Pero estos castigos severos, lejos de apagar las críticas no hacían más que aumentar el descontento. Ese año Luis, que disfrutaba bailando, decide dejar de tomar parte en los ballets desde que en Saint-Germain escucha los versos de Britannicus, unos versos en los que Racine hablaba de aquel Nerón que se ofrecía a sí mismo como espectáculo a los romanos. No quiere correr el riesgo de que acaben por compararlo con él.

Pero de momento el viaje continuaba según lo previsto. En Courtrai Minette recibió la invitación oficial de su hermano, quien por entonces simulaba encontrarse por casualidad junto al canal de La Mancha y le transmitió sus deseos de que pudieran verse en Douvres.

Douvres (Dover)

Minette embarcó en Dunkerque sin contratiempos. La travesía fue feliz. Madame parecía encontrarse mejor y revivir al regresar a su patria, y las damas de su séquito estaban alegres y encantadas. Entre ellas viajaba una muy bonita, llamada Louise Renée de Penancoët de Kérouaille. Al parecer el rey la había elegido personalmente, sabiendo que agradaría a su primo inglés.

La intención de Luis era clara: la dama haría muy buena espía.



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sábado, 5 de marzo de 2011

Una cama para todos


A finales de abril de aquel año de 1670 Luis decide emprender el viaje a Flandes y llevar consigo un séquito numeroso. Puyguilhem partía al frente de la escolta real.

Los acompañaría Minette, cuya salud era muy mala por entonces, pues nunca se había recuperado del nacimiento de su última hija y sufría de fuertes dolores de estómago. Un día en que ella se encontraba muy mal, su esposo dijo con aire indiferente:

—Una vez me vaticinaron que tendría varias esposas, y lo creo, pues en el estado en que se encuentra Madame es fácil adivinar que no sobrevivirá, y que morirá pronto.

Y esto lo sabemos por su propia prima, Mademoiselle de Montpensier, que estaba presente cuando pronunció estas palabras.

Sin embargo era preciso que Minette hiciera ese viaje. Debía embarcarse en Dunkerque y llegar a Dover para cumplir una importante misión diplomática ante su hermano, Carlos II de Inglaterra. Se trataba, además, de la firma de un tratado secreto por el cual Carlos declaraba su intención de convertirse al catolicismo. Para ello, y en previsión de la fuerte oposición con la que iba a contar en el reino, Luis le aseguraba ayuda financiera e incluso militar. A cambio el inglés se comprometía a apoyar los derechos de Luis al trono de España en caso de fallecimiento del monarca español, cosa que seguían esperando inútilmente que se produjera. Pobres, la cosa iba para largo.

Para esta ocasión Luis estrenó un vehículo muy suntuoso que parecía más un harén que una carroza, pues se instaló en él en compañía de la reina, de La Vallière y de la Montespan. María Teresa llevaba inevitablemente la cara larga, pero como su cortesía podía llegar a ser exquisita, optó por tragarse su amargura y dirigir de vez en cuando una palabra amable a sus rivales.


En Landrecles, sin embargo, un incidente irritó a la reina: resulta que al haberse desbordado un riachuelo la corte se vio obligada a pernoctar en una miserable casa de campo provista de un solo lecho. Rápidamente se extendieron sacos, mantas y pieles por los suelos, y María Teresa, que había ido protestando por todas las incomodidades desde el inicio del viaje, contemplaba con aprensión los preparativos y aquella única cama.

—¿Qué? ¿Es que vamos a acostarnos todos juntos? ¡Pero esto va a ser espantoso! —se alarmó.

Una inevitable sonrisa burlona se dibujó en la boca del rey al contemplar la posibilidad desde su propio punto de vista.

—¿Por qué no? —le respondió—. El lecho va a ser para vos. Dormiréis sola en él.

Y, sin inmutarse, se desvistió para pasar la noche. Todos lo imitaron y pronto Philippe, Minette, Mademoiselle de Montpensier, la marquesa de Béthume, la duquesa de Créqui, madame de Montespan y mademoiselle de La Vallière se fueron acomodando sobre el suelo, acompañadas del bucólico sonido que hacían las vacas mugiendo en el establo vecino.


Cuando María Teresa subió al lecho, tenía los labios apretados como para impedir que brotaran las palabras de desaprobación que se agolpaban en su mente. Entonces miró al rey y se encontró con una desquiciante sonrisa suya y con las siguientes palabras:

—Lo único que tenéis que hacer es mantener las cortinas del lecho abiertas, y así nos veréis a todos.

Y a continuación fue a acostarse él también sobre el suelo, entre su prima Mademoiselle de Montpensier y su otra prima Minette.



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jueves, 3 de marzo de 2011

Puyguilhem mueve pieza


El marqués de Puyguilhem no dejaba de dar vueltas en su mente a aquella conversación. Sabía muy bien cómo interpretarla; de lo que no estaba tan seguro era de cómo avanzar por ese camino sin pisar en falso.

Al día siguiente fue a buscar a Mademoiselle para continuar la charla en el interesante punto en que la reina los había interrumpido. Le tocaba mover pieza en aquella partida.

—Podría hacerse un libro con todas las cosas que se me han pasado por la cabeza después de tener el honor de hablaros —dijo él—. He estado fantaseando mucho.

—Yo también. Pero lo que hemos pensado podría convertirse en realidad.

Puyguilhem rió y dijo:

—¡Oh!, no lo creo.

—Por favor, hablemos seriamente, pues todo esto es de la máxima importancia para mí.

—De acuerdo. Me sentiré muy honrado siendo vuestro principal consejero.

—Más que eso: sabed que seguiré vuestros consejos sin desviarme nunca de ellos, y que no le diré nada a nadie —le aseguró Anne—. Todo el mundo me resulta sospechoso. Estoy convencida de que sólo vos me aconsejaréis lo mejor, sin otro interés que el mío propio. Hablad.


—Creo entender que lo que ha hecho nacer en vos el deseo de contraer matrimonio es tal vez desairar a todos aquellos que están esperando el momento de poder heredaros. Eso está bien: hay que vivir tanto como se pueda y no amar a aquellos que desean nuestra muerte. Porque claro, no es posible que vuestro deseo de casaros se deba a que habéis encontrado a alguien que os agrada, puesto que no hay nadie en el mundo que os pueda merecer. Yo me siento feliz de que me hayáis elegido para descargar vuestro corazón de vez en cuando. Me doy cuenta de que hace tiempo que buscáis a alguien digno de merecer el honor de vuestra confianza sin encontrarlo. Me considero el más dichoso de los hombres a causa de esta elección vuestra, y me atrevo deciros que eso constituirá para mí en adelante mi placer y mi única alegría después de la de servir al rey. Me aplicaré a ello con devoción. Y ahora es preciso haceros salir del estado que os inquieta. Veamos: se os estima, se os honra por vuestra virtud, por vuestro mérito. El rey os trata admirablemente bien; os ama. Veo que le agradáis. ¿Qué más deseáis? Si hubierais sido reina, emperatriz, os hallaríais más contrariada, pues no seríais tan libre. Quedaos, pues, aquí, durante toda la vida, con todas las ventajas de las que gozáis. Y si deseáis casaros, entonces buscad a alguien, y si os agrada y ha sido elegido por vos, será un hombre admirable. No le faltará nada, pero, ¿dónde está? Todo eso está muy bien, pero temo, como os he dicho, que no sea más que una quimera, una fantasía, por la imposibilidad de encontrar a alguien que os pudiera agradar.

Anne se echó a reír y le dijo:

—Todo eso es posible, y voy a seguir vuestro consejo.

A partir de ese momento comenzaron a hablar todos los días, pero él no acudía a ella, sino que era Anne quien tenía que ir a buscarlo. Obviamente no estaba decidido a dar ese paso por sí mismo. Le asustaba demasiado; temía que si cometía la osadía de ser él quien propusiera matrimonio a una princesa de la sangre, la reacción de Luis no sería precisamente agradable.



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

martes, 1 de marzo de 2011

La pasión de Mademoiselle


Mademoiselle de Montpensier no podía seguir ocultando el amor que sentía por el marqués de Puyguilhem, y ahora había llegado el momento de tomar una determinación. Era urgente, porque comenzó a circular el rumor de que el rey pretendía casarla con Carlos de Lorena. Antes de que tan horribles perspectivas pudieran materializarse, se hacía preciso hablar con el galán.

El servidor que envió a sus aposentos regresó diciendo que el marqués no se encontraba en ellos, así que Mademoiselle comenzó personalmente una afanosa búsqueda hasta dar por fin con él en los apartamentos de la reina, hablando con la condesa de Guiche. Anne se dirigió a él con decisión y le dijo directamente:

—Me alegra haberos encontrado. En realidad había enviado a buscaros porque tengo algo importante que deciros.

“El corazón me latía con fuerza, y creo que el suyo también, y que adivinaba por mi expresión que lo que tenía que decirle era agradable.”

Antoine Nompar de Caumont, marqués de Puyguilhem, no dejaba de mirarla mientras se despedía de la condesa, preguntándose a qué obedecería aquel nerviosismo de ella. Luego Anne lo condujo hasta una ventana.


—Monsieur, me habéis testimoniado tanta amistad desde hace algún tiempo que eso me obliga a confiar en vos, y no quisiera hacer nada sin vuestro consejo —le dijo.

—Os agradezco el honor que me hacéis. Quisiera que pudieseis ver dentro de mi corazón, y de ese modo comprobaríais que no estáis equivocada en la buena opinión con la que me honráis.

—El asunto que me preocupa es que dicen que el rey quiere casarme con el príncipe de Lorena. ¿Habéis oído algo al respecto?

—No. Sin embargo no creo que debáis preocuparos por eso. Estoy seguro de que el rey deseará para vos aquello que vos misma deseéis, y no os contrariará…

—Ciertamente a mi edad ya no se casa a la gente en contra de su voluntad —convino Anne—. Hasta ahora se ha hablado de muchos matrimonios para mí; yo lo he escuchado todo, pero a decir verdad me hubiera desesperado que alguna de las negociaciones hubiese culminado con éxito. Yo amo a mi país, y desde que alcancé el uso de razón siempre he sabido que, por muy gran dama que se sea, lo único importante por encima de cualquier ambición es encontrar la felicidad en esta vida, y yo no podría ser feliz lejos de Francia junto a un hombre al que ni siquiera conozco. No podría amarlo.

—Vuestros sentimientos son bien razonables y dignos de aprobación. Pero vos sois feliz así, tal como estáis. ¿O no? Me pregunto si tal vez desearíais casaros.

—Sí, estoy feliz. Pero nada deseo tanto en estos momentos como casarme.

Entonces se acercó la reina, por lo que fue preciso interrumpir la conversación. Puyguilhem le dijo:

—Quisiera aprovechar el honor que me hacéis al confiar en mí, y hay muchas cosas que decir sobre un tema tan importante como para no retomar más adelante la conversación en el punto en el que la hemos dejado.

Anne se retiró muy satisfecha por cómo se habían desarrollado los acontecimientos. Estaba segura de que Puyguilhem había comprendido lo que ella sentía por él. Al día siguiente continuarían con su charla, y tal vez entonces…



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