lunes, 28 de febrero de 2011

Aniversario


Hoy celebramos en segundo aniversario en esta Corte, así que habrá una fiesta con música de Lulli, baile de máscaras y fuegos artificiales. Con un poco de suerte el evento resultará igual de interesante que en nuestra novela.

Muchas gracias a todas las personas que siguen esta historia, y muy especialmente a los miembros de nuestra Orden, con los que seguimos pasándolo en grande fuera de aquí. La mejor parte de todo esto ha sido tener la ocasión de conocerles y el placer de colaborar con ustedes en alguna que otra locura.



Diana de Méridor

domingo, 27 de febrero de 2011

Madame Memorando


Madame de Maintenon y el duque de Maine

La viuda de Scarron no se atrevió a recoger personalmente al niño en el apartamento de las damas en Saint-Germain, pues su persona no resultaba del agrado del rey. “Doña Perfecta, Madame Memorando, con sus aires de santurrona, olfateando el pecado en el aire y con esos vestidos rancios de viuda honesta”, debía de pensar Luis irritado. Oh, esos inoportunos sonrojos, delatores, acusadores, como si él hubiera cometido el peor crimen al engendrar a la criatura. Guapa, eso sí, pero con cara de sermón de los domingos. Lo miraba como si llorase de antemano por su alma condenada. ¡Cómo se atrevía! Por más que la encontrara adecuada para educar a sus hijos, también le parecía Madame Antipática, Madame Aburrida, Madame Vinagre. ¡Madame Remilgos, Madame Insoportable!

El recién nacido fue envuelto en un pañal y entregado al marqués de Puyguilhem, el amigo de Luis, aquel personaje que acabó en la Bastilla tras frustrar un encuentro del rey con la princesa de Mónaco y reírse de su hazaña escondido en un armario.

Puyguilhem cubrió al pequeño con su amplia capa y atravesó con la mayor discreción posible los aposentos de la reina, suponemos que no por la misma habitación en la que ella se encontraba, ya que María Teresa tampoco esta vez se dio cuenta de nada. Su despiste estaba alcanzando cimas antológicas. De ese modo llegó el marqués a la verja del parquecito de Saint-Germain, donde madame de Scarron aguardaba en su carroza para dirigirse con el bebé al palacio de Vaugirard, una casa comprada por el rey, ricamente dispuesta y con abundancia de servicio para facilitar la labor de crianza del futuro duque y su hermana.


Por cierto que, hablando de Puyguilhem, resulta que Mademoiselle de Montpensier nos relata en sus memorias a comienzos de ese año cómo ya no podía ocultar que se había enamorado de él. “Yo consideraba que era el hombre más honesto del mundo, el más agradable, y que nada faltaría para mi felicidad si tuviera un marido como él, al que amaría mucho y por el que también sería amada… que era preciso por una vez en la vida saborear la dulzura de sentirse amada”.

El problema de Anne Marie era cómo iba a plantear el asunto. Puyguilhem no osaba hacerlo, pues imaginaba la reacción poco agradable de Luis al verlo aspirar nada menos que a su prima, una princesa de sangre real. Tendría que ser ella quien diera el primer paso, pero, ¿a quién dirigirse en busca de ayuda?



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

viernes, 25 de febrero de 2011

Nacimiento del Duque de Maine

Duque de Maine

El 31 de marzo de 1670 Athenaïs daba a luz nuevamente. La criatura, esta vez un varón, llevó el nombre de Louis-Auguste de Borbón, y más adelante sería duque de Maine. 

De creer a Primi Visconti, Bussy-Rabutin y otros indiscretos de la Corte, el parto fue ciertamente pintoresco. Todos los rumores que circularon en torno del acontecimiento fueron recogidos mucho más tarde por Touchard-Lafosse en sus Chroniques de l’Oeil de Boeuf. El relato debe ser acogido como puro cuento, pues contiene inexactitudes evidentes —como creer que se trataba de la primera criatura que Madame de Montespan tenía con el rey— y alguna que otra extravagancia. Parece que mezcla momentos pertenecientes a los dos partos de Athenaïs en uno solo. Sin embargo es tan curioso y divertido que me ha parecido oportuno publicarlo aquí. 

La crónica dice así: 

Madame de Montespan dio a luz anteayer por la noche el primer fruto de su real galantería, y ese acontecimiento, rodeado de un misterio que se juzgaba impenetrable, ya me ha sido relatado por diez personas. Clément, famoso partero, fue llamado por una dama de confianza de la marquesa, quien lo había hecho ir a buscar por un coche de alquiler. El cirujano llegó a la alcoba de la favorita con una venda en los ojos; pero se la quitaron, después de tomar la precaución de apagar las velas. 

—¡Ah, ah! —dijo Clément, que es jovial— ¡Parece que debo ir a buscar al niño a tientas al lugar en que se encuentra, tal como lo hicieron! 

—Tranquilizaos —le dijo una voz de hombre que salía de detrás de la cortina del lecho. 

—¡Caramba! ¡No tengo ningún temor! ¿Acaso no estoy habituado a estas pequeñas expediciones misteriosas, en una época en que mis jóvenes clientes llegan al mundo como pueden? 

—Monsieur —respondió la voz de detrás de la cortina—, estáis aquí para desempeñar vuestro oficio, y no para hacer disertaciones morales. 

—Entiendo… no vienen al caso… pero no había cenado cuando fueron a buscarme, y tengo hambre, os ruego, haced que me den de comer, mientras espero que el niño se decida a venir. 

El rey, pues era él quien se encontraba allí, salió entonces de su escondrijo y fue a tomar un tazón de confitura y pan, que entregó al partero. 

—No ahorréis ni una ni otra cosa —dijo Su Majestad—; hay más en el pabellón. 

—No me cabe duda —respondió Clément—. ¿Pero la bodega está menos provista? No me dais vino, y yo me ahogo. 

—Un poco de paciencia, no puedo hacer todo a la vez. 

Su Majestad habría podido agregar que no tenía costumbre de servir a los demás... 

—¡En buena hora! —continuó el cirujano, al recibir un vaso que, en la oscuridad, Luis XIV había llenado hasta el borde. 

—¿Eso es todo? —preguntó el rey. 

—Todavía no… Un segundo vaso, para beber con vos a la salud de la comadre. 

—Pero monsieur… 

—Vamos, las cosas saldrán mejor de ese modo. 

El rey volvió a servir, acercó un vaso, que tomó de la chimenea, al de Clément, y se mojó los labios con unas gotas de vino. En ese momento, un agudo grito, arrancado a la marquesa por la salida al mundo del huésped esperado con impaciencia, puso fin a la comida del partero y al servicio del rey. 

Mientras Clément ponía manos a la obra, madame de Montespan tomó las de Su Majestad, quien mientras duró el trabajo preguntaba, de minuto en minuto, si eso terminaría pronto. Por último, al cabo de una hora más o menos, de dolores muy fuertes, apareció un robusto varón, para la más viva satisfacción de nuestro amo, y para el máximo renombre de monsieur de Montespan. Como el cirujano pidió entonces una vela para poner en orden ciertas cosas, Luis XIV se envolvió de nuevo en la cortina, y permaneció así hasta la partida de Clément. Éste, provisto de una bolsa de cien luises, volvió a ponerse alegremente la venda para salir del palacete; fue conducido otra vez a su casa por la persona que lo había traído. 

—No olvidéis, en circunstancias similares —dijo al despedirse—, que soy vuestro humilde servidor. 

Madame de Montespan y el duque de Maine

Nuevo error el de hacer nacer al niño en una casa apartada. En parecido lugar había nacido poco antes su hermana, pero el duque de Maine vino al mundo en el château de Saint-Germain. Y según Madame de Caylus el vaso de vino servido por el rey al partero pertenece también al primer nacimiento. En cualquier caso es cierto que el rey no se separó de ella durante este segundo parto, y que “sufrió con los dolores de ella hasta dejarse desgarrar sus puños de encajes”.

miércoles, 23 de febrero de 2011

El traidor


Sólo había cuatro personas que estuvieran al corriente de los planes que se hacían para que Minette pudiera entrevistarse con Carlos II: Louvois, Turenne, De Lionne y la propia Minette. Dado que era a Philippe a quien había ido a parar el secreto, por difícil que le resultara aceptarlo el rey pensó que había sido Madame quien había hablado demasiado o cometido alguna indiscreción. Así que la mandó llamar.

—Madame, me habéis traicionado —le reprochó Luis—. Para que mi hermano conozca el secreto de vuestro viaje a Inglaterra, es preciso que se haya enterado en vuestros apartamentos. 

Pero Minette, muy sorprendida, juró que ella no se lo había contado a nadie. Luis la creyó. Ella le era leal, siempre lo había sido, de modo que tenía que haber otra explicación. 

Muy intrigado por todo aquello, convocó a Philippe y le hizo hablar. Para ello utilizó la astucia y mucha mano izquierda. Comenzó por informar a su hermano de que estaba a punto de concluir un tratado con Inglaterra, una confidencia que llenó de satisfacción a Monsieur, que veía cómo al fin se lo estaba teniendo en cuenta. Al final, acabó declarando que el aviso del viaje de Minette le había llegado por mediación del caballero de Lorena. 

—¿Y quién se lo ha comunicado a él? 

—Madame de Coëtquen 

Ya estaba. Luis lo comprendió todo. 

La dama, Marguerite Gabrielle Charlotte de Rohan-Chabot, esposa del marqués de Coëtquen, era una de las amantes del caballero de Lorena, a quien, como vimos, también le gustaban las mujeres. Por la época en la que fue arrestado no sólo era amante de Madame de Coëtquen, sino que, según afirma Madame de Sévigné en sus cartas, también hacía la corte a Louisa-Elizabeth Rouxel, a quien ella llama “el ángel”. Y todo ello con la aprobación de Monsieur. 

Y resulta que la joven había despertado una violenta pasión en el viejo mariscal Turenne, una de las cuatro personas que conocían el secreto. El pobre hombre estaba enamorado hasta el punto de cometer las mayores tonterías, y al saber que Minette viajaría acompañada de un cortejo de bellas damas, para ganar puntos en la apreciación de aquella cuyos favores pretendía, se lo anunció junto con la promesa de que haría lo posible para que ella estuviera incluida entre el séquito. 


Entonces el rey mandó llamar a Turenne para interrogarlo. Entre ellos tuvo lugar una conversación que recoge Saint-Simon y que Anquetil plasma de modo similar: 

—Habladme como si fuera vuestro confesor —le pidió el rey a Turenne—. ¿Habéis dicho algo a alguien sobre mis intenciones acerca de Holanda o sobre el viaje de Madame a Inglaterra? 

—¿Cómo, Sire? ¿Alguien conoce el secreto de Vuestra Majestad? 

—No es eso —repuso con rapidez—. Pero respondedme, ¿habéis dicho algo? 

—No he hablado de vuestras intenciones sobre Holanda. Pero debo decíroslo todo: tenía miedo de que madame de Coëtquen, que deseaba hacer el viaje con la corte, no pudiera, y para que tomara sus medidas a tiempo le dije que Madame pasaría a Inglaterra para ver a su hermano. Eso es todo, y solicito perdón a Vuestra Majestad por ello. 

El rey comenzó a reír aliviado. 

—Monsieur, ¿entonces amáis a madame de Coëtquen? 

—No se trata exactamente de eso, pero es una de mis mejores amigas. 

—¡Bien! Lo hecho, hecho está. Pero no añadáis más, pues si vos la amáis, y me es molesto deciros esto, ella ama al caballero de Lorena, al que todo se lo cuenta, y éste, desde Roma, informa a mi hermano. 

Turenne, muy avergonzado por la insospechada trascendencia que había tenido su gesto galante, solicitó y obtuvo el perdón del rey, tras de lo cual se retiró con la cabeza gacha. 

Luis quedó muy aliviado, ya que lo que temía era que se supiera todo, incluyendo sus planes con respecto a Holanda. Lo del viaje para que dos hermanos se encontraran al fin después de unos años no tenía la menor importancia mientras no se asociara a la misión secreta que en realidad llevaba Minette. Así las cosas, pudo permitirse seguir sonriendo al pensar en la pasión del viejo soldado.



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

lunes, 21 de febrero de 2011

Conferencias secretas


Inmediatamente Minette reanudó sus conferencias secretas con Luis. Ella y su esposo ocupaban sus habitaciones de costumbre en el Château Neuf, pero Minette, además, disponía de un gran salón en el viejo palacio, un lugar donde pasaba largas horas con el rey, debatiendo proyectos, redactando y modificando párrafos hasta quedar todo perfecto. ¡Ah, si María Teresa hubiera tenido la mitad de la inteligencia y el talento de Minette para estas cuestiones! Tal vez los dos hermanos habían terminado mal emparejados, y era esta princesa quien debería haber sido reina de Francia. Es posible que la vida de los dos hubiera sido muy diferente en ese caso, aunque las razones de Estado hicieron imposible tal arreglo.

Ella conservaba un gran cariño por su antiguo amante. Le era leal; jamás lo hubiera traicionado, y Luis sabía que podía confiar plenamente en Minette. Eran momentos de gran satisfacción para ella, de compensación por todos los sinsabores; pero cuando regresaba junto a su esposo debía enfrentarse a sus celos. Lo único que Philippe sabía era que ella pasaba muchas horas a solas con el rey, con quien ya en otro tiempo había tenido una aventura, y ahora sospechaba que la historia se estuviera repitiendo.

—¿Qué habéis hecho con el rey? —le preguntaba sistemáticamente.

—Hemos hablado de caza.

Y así se continuó ocultando a Monsieur los preparativos del viaje de su esposa a Inglaterra. El plan era que Luis organizaría un viaje en compañía de la corte con el pretexto de visitar las provincias de Flandes recién conquistadas, y una vez llegados a Dunkerque, sugeriría a Minette como si fuera una ocurrencia espontánea que fuera a saludar al rey de Inglaterra, que hacía tiempo que deseaba su visita. 

Para evitar que a última hora Monsieur entorpeciera sus planes volviendo a retirarse con su esposa a Villers-Cotterêts, y a petición de la propia Minette, demasiado agobiada ya por aquel asunto, Luis cumplió la promesa que le había hecho a Philippe y dio órdenes de que el caballero de Lorena fuera puesto en libertad.

No fue buena idea.


Philippe de Lorraine-Armagnac, el caballero de Lorena, fue a instalarse en Roma, lleno de odio contra Minette, pues continuaba persuadido de que había sido ella la culpable de su encarcelamiento. Desde allí reanudó su correspondencia con el duque de Orleáns y con el resto de sus amigos, que le iban poniendo al corriente de cuanto acontecía en la Corte. Así fue como, hilando fino, llegó a la conclusión de que se estaba preparando el viaje de la duquesa, y así se lo comunicó a Philippe.

Éste, con cara de pocos amigos, entró un día en el despacho del rey para tener una conversación con él.

—Acabo de informarme —dijo— de que estáis dispuesto a enviar a mi esposa a Inglaterra. Ahora ya sé qué escondían aquellos encuentros secretos, y desearía conocer por qué no se me había dicho nada. ¿Soy acaso un incapaz, un inútil? Debo de serlo, puesto que el rey de Inglaterra no espera mi presencia junto a la de mi esposa. Me habéis dejado en ridículo y no olvidaré jamás esta afrenta. Si vos sois el señor del reino, yo lo soy de mi mujer, y le prohíbo trasladarse a Inglaterra.

Y a continuación se dio media vuelta y desapareció con paso airado, dejando a Luis muy preocupado y preguntándose quién podría haber traicionado el secreto.



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

sábado, 19 de febrero de 2011

En Villers-Cotterêts

Château d'If

Luis se enfureció ante la respuesta que le trajo Colbert: Monsieur se negaba a regresar o a reconsiderar siquiera su posición. Por si fuera poco, se entera de que continuaba manteniendo correspondencia diaria y de la peor especie con el Caballero de Lorena. 

El rey, nada dispuesto a permitir que su hermano le eche un pulso, endurece su postura, da otra vuelta de tuerca y ordena a sus guardias que trasladen al caballero a un calabozo del castillo de If, el mismo lugar en el que Alejandro Dumas encerró al Conde de Montecristo. Allí sería tratado con todo rigor y se le prohibiría la correspondencia con el exterior, para impedirle continuar intrigando e incitando a Philippe contra Minette. 

Tan grande era el escándalo producido por esta ruptura entre ambos hermanos que Luis se vio obligado a informar a sus embajadores en las cortes extranjeras de los pasos que la extravagante conducta de Monsieur le había impulsado a dar. La pelea entre ambos y el arresto del Caballero eran tema de discusión tanto en París como en provincias. Los periódicos y las cartas escritas por los cortesanos durante aquella época están llenas de alusiones al tema, y de expresiones de solidaridad con la pobre Minette. 

Villers-Cotterêts

Pero era Philippe quien más sufría. Estaba desconsolado sin las cartas de su amigo. Lloró mucho durante aquellas jornadas, encerrado a solas en su alcoba, destrozado por la pena y sintiéndose impotente por no encontrar la forma de ayudar a quien más amaba. Así pasó una semana, hasta que un día, de pronto, cesaron los lamentos. A base de reflexionar, Monsieur había llegado a la conclusión de que la única solución a sus males era obtener a cualquier precio la libertad del caballero de Lorena, y que para ello tendría que someterse. 

Luis envía de nuevo a Colbert. Iba cargado de regalos: joyas, encajes, perfumes, guantes y 20 monederos con 100 luises de oro cada uno que el rey enviaba a Minette con un mensaje en el que justificaba su galantería delicadamente para que ella no sintiera reparo en aceptar los presentes. En él le decía que, como había estado ausente durante el carnaval de la Corte, había jugado por ella a la lotería y esos eran los premios que había ganado. 

Esta vez el enviado tiene más éxito: explica a Monsieur que si acepta regresar, el Caballero será puesto en libertad y se le permitiría viajar a Italia, aunque no se le autorizaría a aparecer por la Corte. 

Escalera de Francisco I en Villers-Cotterêts

El día antes del regreso el propio Lord Falconbridge se entrevistó con Madame. 

“Hay algo especial en todo lo que ella dice o hace… Supe por ella que, aunque Monsieur ya estaba de mejor humor, aún se acuestan separados; que no tenía esperanzas de persuadirlo de que diera su consentimiento a su entrevista con el rey mi señor en Dover o en Canterbury esta primavera… Y, a decir verdad, encuentro que ella tiene una gran influencia en esta Corte, donde todos la adoran, tal como merece…” 

Monsieur llegó a Saint-Germain la misma noche del 24, mientras que su esposa hizo su entrada al día siguiente. Fueron recibidos con los brazos abiertos. Mademoiselle de Montpensier mostraba sus simpatías por Minette a raíz de aquel episodio, que sirvió para estrechar los lazos de amistad entre ambas. 

—Hasta ahora no nos habíamos tratado mucho, prima —le dijo Minette—, y no éramos tan íntimas como deberíamos haber sido. Pero sé que vos tenéis buen corazón, y hallaréis que el mío no es malo. Seamos amigas. 

También la reina estaba de su parte. Sentía compasión por ella y le mostraba gran amabilidad. La situación de Madame no era envidiable, porque, a pesar de la aparente reconciliación, Monsieur pasaba días sin hablarle. 

Saint-Germain

Poco después de su regreso, Minette escribe esta carta a Madame de Saint-Chaumont, enemiga declarada del Caballero de Lorena: 

“No os escribí desde Villers-Cotterêts porque no tenía medio seguro de hacerlo, y el correo es demasiado peligroso para confiarle algo que no sean meros saludos. Mientras estuve allí recibí vuestra respuesta a la carta en la que os informaba del arresto del caballero de Lorena… Monsieur aún cree que fue una maniobra mía, y que forma parte de las promesas que os hice a vos, pero ese es un honor que no me corresponde, a no ser de pensamiento. No tuve ninguna culpa de lo sucedido, si realmente puede llamarse culpa a desear la ruina de un hombre que ha sido la causa de todos mis problemas. Vos en vuestra piedad parecéis haber dejado de desear vengaros. Esa es una virtud que confieso no se me alcanza a mí; yo me alegro de ver cómo recibe su merecido un hombre que nunca se ha portado bien con nadie. La mala influencia que ha ejercido sobre la mente de Monsieur aún persiste, y cada vez que me ve me cubre de reproches. El rey nos ha reconciliado, pero como Monsieur ya no puede darle al caballero las pensiones que desea, está de mal humor en mi presencia, y espera que al tratarme mal me hará desear el regreso del caballero. Le he dicho que esa clase de conducta jamás hallará respuesta. Él contesta con esos aires que vos conocéis bien…”



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

jueves, 17 de febrero de 2011

Carta de Minette

Minette

Esta es la carta que Minette dirige a Turenne antes de emprender el camino de Villers-Cotterêts:

“Sólo escribo para despedirme, pues las cosas han llegado a un punto que, a menos que el rey nos detenga con mucho afecto y un poco de fuerza, hoy nos vamos a Villers-Cotterêts y no sé cuándo regresaremos. Comprenderéis el dolor que siento por la decisión que Monsieur ha tomado, y lo poco que me importa, comparado con esto, lo aburrido del lugar, lo desagradable de su compañía con su actual humor y mil otras cosas de las que podría lamentarme. El único motivo por el que realmente me lamento es tener que abandonar a mis amigos, y el temor que siento de que el rey me olvide. Sé que él nunca tendrá nada que reprocharme, y todo cuanto le pido es que me ame durante mi ausencia como si estuviera a su lado. Con eso me daré por satisfecha por lo que a él respecta. En cuanto a vos, no os libraréis fácilmente de mí. Pretendo que me echéis de menos, sin contar las cien pistolas que perdéis con mi ausencia, y, hablando en serio, haríais mal en no echarme de menos, pues no tenéis amiga más sincera que yo.”

Ella esperaba que Luis impidiera la partida con una orden, pero él decidió no complicar las cosas interfiriendo en el derecho que tenía Philippe de llevarse a su esposa. Lo hubiera impedido si Minette se hubiera negado expresamente a acompañarlo, pero ella, aunque nada deseaba más que permanecer en la Corte, tal como estaban las cosas encontró más prudente no rebelarse contra la voluntad de Monsieur.

Este asunto resulta patente en la larga carta que Philippe escribió al ministro Colbert al día siguiente de su llegada, y en la que declaraba indignado que cuando el rey tuvo conocimiento de su decisión de abandonar la corte, había enviado a preguntarle a Minette qué intenciones tenía ella al respecto, animándola de ese modo a faltar a sus deberes de esposa.

En la misma misiva, además, Monsieur se quejaba amargamente de la crueldad del trato recibido por el Caballero de Lorena, y de la afrenta que consideraba le había sido hecha a él mismo con el arresto de su mejor amigo.

Villers-Cotterêts

Al recibir esa carta Colbert se apresuró hacia Villers-Cotterêts con la esperanza de que a Monsieur ya se le hubiera pasado el paroxismo de rabia, y con la intención de persuadirle que regresara a la Corte. Pero Philippe se negó en rotundo a hacerlo hasta que el Caballero de Lorena fuera liberado.

En Villers-Cotterêts hacía la vida imposible a su esposa, convencido de que era la culpable del arresto de su favorito. Casi diariamente Monsieur recibía una carta de él llena de acusaciones contra Minette, lo que hacía que se produjeran continuas y fuertes discusiones entre el matrimonio. Pronto dejaron de compartir el lecho. Porque lo curioso es que hasta ese momento continuaban compartiéndolo, y de modo eficaz, a juzgar por los seis embarazos de Minette en ocho años.

En Inglaterra el rey estaba preocupado por la suerte que podría estar corriendo su adorada hermana, hasta el punto de escribirle a Luis al respecto expresándole su desaprobación. Temía que estuviera sufriendo maltrato físico.

El enviado inglés, Lord Falconbridge, envió a su secretario Dodington a Villers-Cotterêts, donde mantuvo una larga entrevista con Minette.

“Madame me recibió con toda la amabilidad imaginable, mucha más de la que podría esperar un hombre como yo, y me hizo el honor de concederme una hora de conversación privada. Al darse cuenta de que no estaba familiarizado con sus asuntos, suponiendo en mí la capacidad suficiente, o al menos la inclinación a servirla, me contó con agrado que tenía intención de ver al rey su hermano en Dover cuando la corte pasara por Calais a Flandes, que el rey… ideó el modo de persuadir a Monsieur para que diera su consentimiento, y que este fue que tanto sus hermanos como milord de St. Albans escribieran a Monsieur a tal efecto. Así lo habían hecho, pero las cartas llegaron un día o dos después de la desgracia del Caballero de Lorena. Monsieur estaba de tan mal humor con Madame, incluso para compartir el lecho, que el rey de Francia ordenó que no se le entregaran las cartas hasta que estuviera mejor preparado para recibir la noticia… El rey de Francia es sumamente gentil con Madame, y lo había demostrado sobradamente con todo este asunto del Caballero de Lorena. Fue por ella por quien lo castigó, y también por ella invita ahora a Monsieur a regresar a la Corte… Todos allí la adoran…”



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

martes, 15 de febrero de 2011

Asombro en París

Château de Saint-Germain-en-Laye

El incidente que concluyó con el arresto del Caballero de Lorena y la subsiguiente reacción de Monsieur causó el asombro general. El secretario de la embajada inglesa describe así la escena: 

París, 1 de febrero de 1670 

El jueves por la noche hubo una novedad, algo extraordinario, en la Corte de Saint-Germain. Monsieur llegó aquí desde la Corte, completamente arrebatado, y el Caballero de Lorena, su favorito, fue enviado a la Bastilla. Todo era confusión. Le había pedido al rey que le concediera al caballero las tierras del obispo de Langres. Antes incluso de que el obispo expirara, había dicho que se las entregaría al Caballero de Lorena. El rey lo escuchó y se enojó mucho al ver cómo Monsieur disponía de las tierras sin su consentimiento, y, para demostrar su malestar, dijo que el Caballero no las tendría. Éste, al haberse expresado de modo inapropiado al respecto, fue enviado a la Bastilla, lo que sumió al duque de Orleáns en una cólera tan violenta que se presentó ante el rey a exigirle cuentas… Dijo que estaba cansado de esa vida e iba a abandonar la Corte, y después de haberlo anunciado así, ordenó que su carruaje estuviera dispuesto y a sus guardias que se pusieran en marcha. Esa noche abandonó la Corte y vino a París, y hoy tiene intención de retirarse a Villers-Cotterets. Pero supongo que pronto se solucionará el asunto. 

La disputa, sin embargo, no iba a arreglarse tan fácilmente como el secretario esperaba. 

Philippe culpaba a su esposa de intrigar contra el caballero. En la correspondencia de Montagu encontramos que “Madame se esforzó por reconciliar al rey y a Monsieur. El rey está muy satisfecho con su comportamiento, y ha declarado que ella no tuvo nada que ver en este asunto contra el Caballero… Creo que Monsieur en el fondo piensa que fue cosa de Madame, aunque todo el mundo opina que no podría haberse portado mejor con él”. 

Palacio del Luxemburgo

Ella fue a contarle sus penas a la reina y Monsieur, después de hablar también con María Teresa, se acercó en París a la Gran Mademoiselle y se despachó a su gusto contra Minette. Mademoiselle de Montpensier, que había llegado el día antes a su palacio del Luxemburgo, se apresuró a cerrar la puerta para tratar de impedir que el discurso de Monsieur trascendiera más allá de aquel salón. Atónita, escuchó aquel atropellado torrente de palabras que su primo arrojaba como piedras contra la esposa. Le dijo que sólo la había amado los quince primeros días, y comenzó a relatar cosas que causaban el asombro de Mademoiselle. Ella nos cuenta que quedó desconcertada por la violencia de su lenguaje y por la rudeza con la que trataba a Minette. 

—Recordad al menos que vuestra esposa es la madre de vuestras hijas —le reprendió. 

Pero poco significaba eso para Philippe en tales momentos: se habían llevado al caballero, condenado a sufrir prisión en Pierre-Encise, y ni siquiera se le había permitido tener un valet a su servicio, en contra de lo que era habitual. Monsieur no podía privar a Madame de sus servidoras, pero al menos podía hacer que ella también permaneciera confinada en Villers-Cotterêts hasta el día en que el Caballero fuera autorizado a regresar a París. Le parecía lo justo. 

Madame, por su parte, le hablaba a él muy suavemente e insistía en que, aunque no tenía ningún motivo para sentir agrado por el Caballero de Lorena, estaba muy disgustada por el dolor que ello le había causado. Una y otra vez negaba tener nada que ver con el arresto, lo cual era cierto: 

—Si me hubiera estrangulado cada vez que hice algo mal, hubiera tenido razón; pero entonces me perdonó y ahora viene a atormentarme sin motivo alguno. 

Al día siguiente Philippe se llevó a su esposa a Villers-Cotterêts, pero antes de eso Minette tuvo tiempo de escribirle una carta al mariscal de Turenne, uno de los pocos íntimos a los que confiaba sus secretos. Es una carta muy reveladora, muy valiosa a la hora de explorar el corazón de Madame. La examinaremos el próximo día.



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

domingo, 13 de febrero de 2011

El arresto del Caballero de Lorena



Abadía de Saint-Benoît-sur-Loire

La insolencia del Caballero de Lorena había llegado a extremos insoportables. Se jactaba de su absoluto dominio sobre Monsieur y decía abiertamente que éste iba a divorciarse de Minette. 

Así se encontraban las cosas cuando a finales de enero de 1670 falleció el obispo de Langres. Dejaba dos ricas abadías que dependían de las propiedades del ducado de Orléans. Monsieur, como duque de Orleáns, dispuso de ellas para entregarlas a su favorito, lo que encolerizó al rey. 

Luis se negó en rotundo. Una de esas abadías, Saint-Benoît-sur-Loire, siempre había estado reservada a los principales eclesiásticos del reino, tales como el cardenal de Châtillon o el propio Richelieu. Era la segunda basílica más grande de Francia, consagrada al fundador de la Orden benedictina. El rey estimaba que el caballero de Lorena no era la persona más adecuada para entrar en posesión de la misma, e hizo saber a su hermano que se opondría a la donación, pues no le gustaban ese tipo de irregularidades. Philippe hizo caso omiso y, alentado por su amigo, insistió en seguir adelante sin el consentimiento del rey. 

Montagu lo cuenta así: 

“Me encontraba casualmente en los aposentos de Madame cuando Monsieur… ante numerosos testigos, le dijo al Caballero de Lorena que le daría esos beneficios, aunque al parecer el rey ya le había advertido que nunca consentiría que se le concedieran al Caballero de Lorena, al no considerarlo un hombre adecuado para percibir beneficios eclesiásticos”. 

Saint-Benoît-sur-Loire

El duque de Orleáns trató de hacer cambiar de opinión a su hermano, pero Luis se mantuvo firme. Entonces Monsieur regresó a sus apartamentos y pidió a Minette que fuera ella quien hablara con el rey para persuadirlo. Madame apenas pudo disimular su disgusto por la misión encomendada: detestaba al Caballero de Lorena, a quien culpaba del absoluto desastre en que se hallaba sumido su matrimonio, pero a pesar de todo hizo cuanto estuvo en su mano por mediar entre ambos hermanos y apaciguar los ánimos. 

Tampoco Minette logró nada, excepto que la paciencia de Luis se agotara con aquel asunto al ver de qué modo indignante Philippe obligaba a su esposa a interceder por su mayor enemigo. El 30 de enero el rey ordenó al conde de Ayen, capitán de la guardia, el arresto del caballero de Lorena en Saint-Germain. 

Olivier d’Ormesson lo relata así: 

“El rey dio orden de arrestar al Caballero. Se colocaron guardias en torno al apartamento donde estaba el Caballero. Monsieur Le Tellier informó a Monsieur de la resolución del rey y, después de que Monsieur le hubiera abrazado y testimoniado su amistad, el Caballero salió, y a la puerta de la cámara encontró al capitán de la guardia, que lo hizo prisionero…” 

Olivier d'Ormesson

El duque de Orleáns se desvaneció. Sus amigos le rodearon, le dieron cachetes en las mejillas, le hicieron oler sales y frotaron su frente con agua de colonia para que volviera en sí. Cuando se encontró en mejor disposición para actuar, pidió antorchas y allá se fue en plena noche a reclamar ante el rey la libertad del de Lorena. Pidió a su hermano que reconsiderara su decisión, pero se encontró ante un Luis que se había puesto la máscara real y lo contemplaba imperturbable. 

Ante la negativa del rey, Monsieur, lleno de cólera, insulta abiertamente al rey y anuncia que se retira al château de Villers-Cotterêts con su esposa. 

Luis envió al ministro Le Tellier para persuadirlo de que se quedara, pero en vano, así que finalmente le permitió la salida. No quería dejar traslucir su enojo, pero estaba muy, muy irritado, porque además Monsieur se llevaba a Minette cuando más la necesitaba él para ultimar el acuerdo con Inglaterra. Precisamente con ese objetivo estaba previsto que ella viajara a su patria a finales de primavera. 

Le Tellier

Para Minette el disgusto no era menor: ansiaba seguir representando el papel diplomático que le había sido asignado, ser una pieza importante en la política de Luis y de su hermano Carlos, asunto en el que se había volcado con pasión en los últimos tiempos. Su esposo la apartaba de todo ahora que su labor estaba a punto de dar sus frutos. 

Hay que tener en cuenta que Philippe ignoraba todo eso, pues se procuraba mantenerlo al margen de cuanto tuviera que ver con la política, algo para lo que no se le veía ninguna utilidad y que, en cambio, podía ser un peligro poner en sus manos. Era de esperar que correría a poner toda la información secreta en poder de sus favoritos para su provecho personal, porque, en palabras de Saint-Simon, Philippe “hablaba tanto como varias mujeres juntas” y todo se le escapaba. 

Esa misma noche Monsieur y Minette abandonan Saint-Germain en dirección a París.



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

sábado, 12 de febrero de 2011

Chez la Neveu


Minette no tenía mejor opinión que el abate de Cosnac acerca de estas extravagancias de su marido, que a veces alcanzaban proporciones desmesuradas. Un día que estaba de fiesta con el caballero de Lorena y sus compañeros habituales de diversión, Monsieur tuvo una idea que se salía un tanto de lo común. Se encontraba entre ellos un coronel del regimiento del Languedoc, un tal Wallon, cuya obesidad llamaba la atención. Según nos relata Dulaure, el príncipe imaginó como cosa deliciosa comer una tortita sobre el vientre dilatado del coronel. Todo el mundo aplaudió, y Wallon, una vez despojado de su camisa, se tendió sobre el suelo. Un cocinero acudió entonces a depositar la ardiente tortita sobre el vientre desnudo y los demás empezaron la comida sin hacer caso del coronel, que rabiaba de cosquillas. 

Después de esta cena Monsieur y el caballero de Lorena decidieron partir hacia París con sus amigos para acabar la noche en casa de una cortesana famosa llamada la Neveu. Allí permanecieron hasta la madrugada. 

Dulaure continúa su relato: 

Inesperadamente el príncipe prometió una pequeña diversión. Envió a buscar a un comisario, bajo pretexto de que se producía demasiado ruido en la casa. Este comisario llegó escoltado y encontró a la Neveu acostada en un lecho, entre el príncipe y Wallon; mientras los demás estaban escondidos en una habitación vecina. 

El comisario, que desconocía la identidad de los hombres acostados, les ordenó levantarse, y como se burlaron de su orden mandó a los miembros de su escolta ponerlos en pie por la fuerza. Mientras se realizaba esto, los que estaban escondidos en la cámara vecina salieron, saludaron al príncipe de la manera más respetuosa posible y guardando sus sombreros en la mano hicieron gesto de ayudarlo a vestirse. 

El comisario, sorprendido por los honores que se conferían a aquel hombre, cayó en el mayor de los temores cuando reconoció al príncipe por el título de dignidad con que se dirigían a él. Inmediatamente se inclinó ante los pies de Su Alteza e imploró piedad. 

—Calmaos —le respondió—, saldréis bien librado.

El Caballero de Lorena

Minette estaba muy mortificada con aquel asunto y deseaba ver alejado al caballero de Lorena, que era quien incitaba a Philippe a cometer toda clase de extravagancias. Pero Monsieur respondía con insultos groseros a los reproches de su esposa. Se sucedían escenas terribles entre los dos, discusiones muy subidas de tono. Una noche Monsieur, durante una crisis nerviosa, pataleó, rompió un mantel y derribó sillones mientras gritaba: 

—Si continuáis atacando a mi amigo, os envío a Inglaterra. 

Conmocionada por esta amenaza, Minette corrió a contárselo a Luis, que se sintió muy contrariado por este problema. Es que, precisamente ahora, el rey llevaba dos años intentando concluir con el rey de Inglaterra, el hermano de Minette, una alianza contra los holandeses. Ella, por quien su hermano Carlos sentía una gran debilidad, servía de enlace y se ocupaba, sin que su marido lo supiera, de la correspondencia secreta que intercambiaban los dos reyes sin pasar por sus respectivas embajadas. Tenía un talento especial para la diplomacia, y varias veces había allanado los problemas que surgían entre ambos. Minette era, pues, una pieza esencial en la política de Luis en esos momentos. ¡No podía renunciar a ella! Philippe no debía repudiarla ahora o desbarataría todos sus planes. Es que no era ninguna broma, porque como represalia Inglaterra podía unirse a Holanda y España, formando así una coalición fatal contra Francia. 

—Es el caballero de Lorena quien incita a mi marido en contra de mí —le dijo Minette. 

Luis asintió. Ese joven venía causándole problemas desde hacía ya tiempo. Bien sabía él que era el responsable no sólo de las orgías de Saint-Cloud, sino también de los aires insolentes que comenzaba a adoptar Philippe ante él cuando acudía a la corte. Así pues, era preciso buscar un medio de librarse de ese estorbo, y resulta que entonces ocurrió algo que le proporcionó la ocasión, algo ajeno a las peleas entre el matrimonio.



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

jueves, 10 de febrero de 2011

Los dos Philippes


El Caballero de Lorena fue sin duda el gran amor del duque de Orleáns. A pesar de las numerosas aventuras galantes del Caballero, cuando era Monsieur quien se sentía atraído por otra persona, él se mostraba celoso y surgían agrias disputas que siempre terminaban haciendo que su amante se sintiera culpable y le pidiera perdón. 

Conspiraba sin cesar contra todo aquel que estorbara a su ambición. Por tanto, dedicaba todo su esfuerzo a intrigar contra la esposa de su amante, nada dispuesto a dejarse arrebatar sus prerrogativas y su posición de poder junto al príncipe. Minette estaba desesperada por el modo en que incitaba a Monsieur contra ella. Había tenido que escuchar de labios de su esposo que no podía amarla sin el permiso de Philippe de Lorena. 

Monsieur se sentía terriblemente celoso de mademoiselle de Fiennes, la cual era una de las damas de honor de Minette. Para apartarla del Caballero, la despidió sin consultar siquiera con su esposa, lo cual la enfureció. Minette, para vengarse, se apoderó de unas cartas que el de Lorena había dirigido a la dama, extrajo las más interesantes y se las dio a guardar a Cosnac, uno de los principales enemigos del caballero. 

La influencia que el joven ejercía sobre Monsieur era notable, tanto que había llegado a ocupar un magnífico apartamento en el propio Palais Royal. Una noche, durante un baile de gala en palacio, se pudo ver al hermano del rey vestido de mujer y bailando un minueto con su caballero. 

La primera campaña militar de Philippe de Lorena tuvo lugar siendo muy joven. Fue en 1658, durante el sitio de Turín. Luego pasa a Hungría con las tropas enviadas por el rey de Francia al emperador en su lucha contra los turcos, y se distingue en la batalla de Raab, durante el verano de 1664. Cuando posteriormente el joven resultó herido en un pie durante la campaña de Flandes, Monsieur, que hasta entonces había estado luchando con un ardor militar desconcertante para con su sensibilidad habitual y del que nadie lo había creído capaz, dejó su regimiento empapado en lágrimas para correr hacia la cabecera de su amigo y transformarse en su enfermero. 

Saint-Cloud

Ambos regresaron al palacio de Saint-Cloud, la residencia de Monsieur y Minette. Ella, que se encontraba encinta cuando su esposo partió a la guerra, acababa de sufrir un aborto. Los dos caballeros reanudaron su relación a la vista de todos. Se los encontraba abrazados por los corredores, por los jardines y los bosquecillos. Son muchos los que testifican haberlos visto incluso “acariciarse la cara, las espaldas y las rodillas con aspecto de felicidad.” 

Monsieur no abandonaba a su amigo más que para emprender sus campañas militares, a las que se sentía tan inclinado. Le gustaba la vida militar, y extrajo de ella ciertas costumbres para cuando regresó al hogar. Según el abate de Cosnac, se entretenía practicando estrategias con sus enseres domésticos: “hacía situar todas las sillas sobre una misma línea, fortificaba los salones con cuadros, tablas y placas, situaba espejos en lugares estratégicos, rodeaba cada mesa de cuatro tablas de mármol, en fin, distribuía todos sus muebles en un orden de combate maravilloso. Yo observaba estas ocupaciones con desprecio y me hice la reflexión de que era casi imposible cambiar la naturaleza humana.”



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

martes, 8 de febrero de 2011

El Caballero de Lorena

Philippe de Lorraine-Armagnac, el Caballero de Lorena

Hacía algún tiempo que el amor del duque de Orleáns por el joven caballero de Lorena dificultaba considerablemente las relaciones con su esposa. 

Philippe de Lorraine-Armagnac, Caballero de la Orden de Malta, era el segundo de los hijos de los condes de Harcourt. Por parte de su padre pertenecía a la Casa de Guisa, mientras que por línea materna sus ancestros se remontaban a los duques de Bretaña. Durante la infancia recibió una educación muy severa y que incluía el castigo corporal, lo cual no sirvió para enderezar su carácter. 

Era un joven brillante, ambicioso y, según las crónicas, “fait comme on peint les anges” (de aspecto como el que se pinta a los ángeles). Sus cabellos eran largos y castaños, ligeramente ondulados, ojos azules de mirada profunda, boca bien delineada. Vestía con elegancia, tenía una maravillosa figura y su estatura era elevada para la época: medía 1’82. Sus músculos estaban perfectamente moldeados, según una descripción que de él nos deja el propio Monsieur, quien además nos dice: 

“A fe mía que es hombre meticuloso e impetuoso. Al igual que yo, ama las diversiones de la corte, los diversos placeres. Es muy atento y amable. Su linaje y su nombre son, como en todo noble que se respeta, muy caros a su corazón”. 

Pero de él también se dice que fue “codicioso como ave de rapiña”, y que carecía de moral. Tal vez en su relación con Monsieur hubo más cálculo e interés que amor: no le era fiel. Sus gustos eran amplios. En realidad tuvo varias amantes que le dieron hijos. Además, según Saint-Simon se casó en secreto con su prima Béatrice Hiéronyme de Lorraine-Lillebonne. 

Marguerite du Cambout de Coislin, madre del caballero

Con mademoiselle de Fiennes tuvo a Alexandre, caballero de Beauvernais, que fue legitimado, pudiendo así acceder a la herencia del pequeño señorío de Beauvernais, en Borgoña. Tuvo al menos otro hijo más con la misma dama, ambos nacidos entre 1668 y 1674. Mademoiselle de Grancey, que al parecer el de Lorena compartía en buena camaradería con Monsieur, fue madre de otro de sus hijos. Madame de Sévigné describe cómo la condesa de Armagnac, esposa de su hermano Louis, los criaba como si fueran suyos. 

Louis, conde de Armagnac, nació en París el 7 de diciembre de 1641. Había heredado el legendario valor de su padre en la batalla y, al igual que su hermano menor, era considerado muy apuesto, tanto que Benserade repetía a menudo que “jamás se consolaría por no poder ser monsieur d’Armagnac”. A la muerte de su padre heredó el cargo de Grand Écuyer de Francia (Caballerizo Mayor), oficio que requería su presencia siempre que Su Majestad montaba a caballo. 

El conde, a quien a veces llamaban Monsieur le Grand, gozaba de la estima del rey. Su elevado nacimiento lo convertía en una compañía adecuada para él, y de hecho era uno de los pocos nobles de su entorno a los que Luis podía considerar un amigo, junto con el duque de Villeroy. Tomaba parte en los ballets y en las fiestas de la corte, y era uno de los jugadores de billar habituales en las tardes. Amaba la pintura; era un gran coleccionista que poseía obras de Rafael, Mignard, Leonoardo, Tiziano o Rubens, entre otros grandes artistas. Y por cierto que no le iba a la zaga su hermano en esa hermosa pasión. 

Louis de Lorraine, conde de Armagnac

El conde de Armagnac se había casado el 7 de octubre de 1660 con Catherine de Neufville, dama del entorno de la reina. Hija del duque Nicolas de Villeroy y de Marguerite de Créquy, era un par de años mayor que su esposo, pero también célebre por su belleza. Saint-Simon dijo de ella que fue hasta su muerte la mujer más bella de su tiempo, y madame de La Fayette afirmó que su belleza atraía la mirada de todo el mundo. Antes de casarse, Catherine había manifestado un comportamiento un tanto coqueto, dando esperanzas a todos sus pretendientes. Pero después, seguramente porque se enamoró de su esposo, su actitud fue mucho más circunspecta, dedicándose plenamente a la familia. Y a alguna que otra intriga de otro carácter. 

La estima en que Luis tenía a Armagnac no impidió que Catherine hubiera de abandonar la corte durante un par de años, debido a que el rey descubrió que trataba de alejar a madame de Montespan mediante una carta en la que pretendía abrirle los ojos a la reina y revelarle que era su amante.



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

domingo, 6 de febrero de 2011

La insolencia de Madame de Montespan


La exultante Athenaïs, mientras tanto, disfrutaba de su poder mortificando a Luisa constantemente. La trataba como a su sirvienta. Madame de Caylus nos cuenta en sus memorias:

“Madame de Montespan, abusando de sus ventajas, se hacía servir por mademoiselle de La Vallière… y aseguraba que no podía sentirse satisfecha de su vestimenta más que cuando la otra daba el último toque. Mademoiselle de La Vallière se prestaba a ello con toda la disposición de una camarera cuya fortuna dependiera del agradecimiento que le mostrara su ama. ¿Cuántos disgustos, bromas y humillaciones no debió soportar mientras permaneció en la corte junto a su rival?”

Athenaïs se atrevía incluso a bromear a costa de la reina. Cuando le contaron, por ejemplo, que en uno de sus paseos la carroza de María Teresa se llenaba de agua al cruzar un vado, exclamó:

—¡Ah, si hubiéramos estado ahí, habríamos gritado: la reina bebe!

El rey, molesto por lo que consideró una falta de respeto, sermoneó a Athenaïs:

—¡Es vuestra reina, madame! —le recordó.

Sin embargo, como la insolencia de Athenaïs no conocía límites, le replicó incluso al rey. Irguiéndose con altivez, le espetó:

—¡La vuestra, Sire! 

Lo cual, por otra parte, Luis se había ganado a pulso. 

Por esas fechas Philippe y Minette se pelean. 

El motivo de todo era... el Caballero de Lorena.




En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

jueves, 3 de febrero de 2011

Vuelve el Marqués de Montespan


Después del extravagante funeral por su esposa, monsieur de Montespan había hecho cavar una tumba en la que enterró su amor. Sobre ella colocó una simple cruz de madera con la inscripción 1663-1667. 

No se aplacó con este desahogo su carácter turbulento, sino que continuó causando problemas y graves disturbios, hasta ser acusado de haber raptado a una joven. Para evitar ser apresado, huye a España, por entonces en guerra aún con Francia. Acababa de decidir que los enemigos de Luis eran sus amigos. Se lleva a su hijo, de cuatro años, mientras que la niña, un año mayor, se queda al cargo de la abuela. 

Luis moría de angustia al imaginar a Montespan ofreciendo a la corte española el mismo tipo de espectáculo que había dado en Francia, vestido de luto y explicando a todo el mundo sus cuernos, tal vez con algún cortejo fúnebre desfilando tras él y coros de niños entonando el De Profundis por Athenaïs. A los españoles se les desencajarían las mandíbulas de tanto reír a costa de aquel asunto. Así pues, era necesario transigir y mostrarse flexible con aquel hombre, causa de todas sus pesadillas últimamente. 

El exilio del marqués no fue largo. En la primavera siguiente Louvois anunció que se le había concedido la gracia, y posteriormente el rey firmó las pertinentes cartas de perdón, con lo que ya podía regresar a sus tierras. El rey le propone entonces hacerle duque, para que de ese modo su esposa pueda ser duquesa. Pero el marqués rechaza el ofrecimiento. 

Luis estaba equivocado si pensaba que se había librado del enojoso monsieur de Montespan, porque en cierta forma seguía allí en espíritu en la presencia de su tío, Henri de Gondrin, arzobispo de Sens y Primado de las Galias, un hombre que predicaba con mucha energía y no precisamente las cosas que al rey le gustaba escuchar, ya que encima se inclinaba hacia la doctrina jansenista. 


La reputación de este arzobispo parece ser que era limpia por lo que se refería a las mujeres, lo que no quita que en alguna que otra ocasión hubiera hecho objeto de sus galanteos precisamente a la viuda de Scarron, a la que al parecer encontraba “muy bella, y de pecho bien formado”. Hasta se atrevió a ofrecer una cena en su honor, aunque, según nos cuenta madame de Coulanges, el ambiente durante la velada fue glacial, ya que la homenajeada se mantuvo en silencio y dejó muy claro que no tenía la menor intención de alentar semejante actitud: “Estábamos en primavera, pero en esa sala había un pie de nieve.” 

Gondrin se mostraba tan dispuesto como su sobrino a arremeter contra Luis y su amante. Fue a ver a Athenaïs y, furioso, la cubrió de reproches y la abofeteó. Al día siguiente montó en su silla de manos y se dirigió a pronunciar un sermón contra el adulterio de su sobrina y del rey. 

Luis se enfureció y le ordenó regresar a su diócesis. Lo hizo, sí, pero sólo por el tiempo necesario para hacer publicar allí los antiguos cánones que castigaban esa violación de la ley religiosa. Después volvió a aparecer por Fontainebleau, donde estaba la Corte, y comenzó a amenazar con la excomunión a diestro y siniestro. El rey, desesperado, optó por fingir que no oía nada y que aquel hombre ni siquiera existía. Los Montespan eran el infierno en la tierra.


miércoles, 2 de febrero de 2011

Madame Scarron entra en la Corte

Françoise Scarron retratada por el marqués de Villarceaux

La viuda de Scarron era ahora libre, de modo que no tarda en comenzar una relación con el caballero que su corazón había elegido hacía ya algún tiempo: Louis de Mornay, marqués de Villarceaux. Ambos pasan unos días juntos en el hogar de unos primos de él, y después solían reunirse en casa de Ninon de Lenclos. La propia anfitriona nos cuenta que “a menudo les presté mi habitación amarilla a ella y a Villarceaux”. 

También Françoise vive su amor en el château de Villarceaux. El amante, artista de talento, la pintó allí desnuda, y en aquella habitación de la torre luce aún el retrato. 

El caballero reunía cuantas perfecciones hubiera podido desear la joven viuda, y además tenía reputación de buen amante. La relación, sin embargo, no duró mucho, porque Françoise se debatía con sus problemas de conciencia y al final estos ganaron la partida. Su amiga Ninon dijo lo siguiente al respecto: “Madame de Maintenon era virtuosa por debilidad de carácter. Yo hubiera querido curarla, pero ella temía demasiado a Dios”. 

De modo que al cabo de tres años Françoise le escribe a su amante: “No quiero volver a veros aquí ni en ningún otro lugar durante un año, y después volveremos a encontrarnos como viejos amigos, pero la puerta de mi alcoba permanecerá cerrada para siempre.” 

Curiosamente, Louis de Mornay se parecía físicamente al rey, y él, divertido por la circunstancia, se complacía en resaltar cuanto podía el parecido. 

Villarceaux

En cuanto a la situación de la viuda, volvió a complicarse a la muerte de Ana de Austria, porque Françoise perdía así la pequeña pensión que ella le pagaba. Constantemente ella y sus amigos dirigían peticiones a Luis XIV para que se le continuara concediendo una, pero en vano. El rey está harto de ese continuo bombardeo por parte de la viuda de Scarron con escritos interminables e indigestos. Se agobia; la detesta. ¡Esa mujer es como una pesadilla! 

—¿Oiré siempre hablar de la viuda de Scarron? —exclama desesperado. 

Pero entonces Françoise tiene un golpe de suerte: Madame de Montespan frecuenta la casa de sus primos, los Albret, y allí se encuentra con la viuda. Athénaïs, condescendiente, decide ayudarla e interceder ella misma ante el rey para que se le restituya esa pensión. Claro, a ella Luis no se lo negó. La favorita incluso le consigue una entrevista con él, para que pueda darle personalmente las gracias. 

A partir de entonces Françoise suele ser invitada a la Corte. Su reputación era tan buena que madame de Montespan la eligió para atender a la hija que acababa de tener con el rey. Françoise aceptó el cometido y le fue enviado el bebé. Entonces alquiló una casa en el faubourg Saint-Germain, lejos de miradas indiscretas, y fijó allí su residencia en compañía de algunas sirvientas. 

Durante los primeros meses, cada vez que la viuda recibía una visita enrojecía ante lo embarazoso de la situación, temiendo que acabara por descubrirse la verdad acerca de la criatura que tan discretamente había sido entregada a su custodia. Para tratar de evitar estos delatores sonrojos, tuvo la curiosa idea de hacerse sangrar, aunque no sirvió de nada. Lafont D’Aussonne nos cuenta: 

“…Estas súbitas emociones venían de su sensibilidad natural y no de la presión de las venas. Su sangre llenó bastantes probetas, debilitándola mucho, pero ella no dejaba de sonrojarse ante las primeras miradas interrogantes que la sorprendían y desconcertaban.” 

Al cabo de poco tiempo todo el mundo estaba al tanto del secreto del rey, a excepción, como siempre, de la reina. 

¿Y monsieur de Montespan?



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno