lunes, 31 de enero de 2011

La viuda de Scarron

Cristina de Suecia

Durante el otoño de 1657 Scarron y su esposa conocen a la reina Cristina de Suecia. Françoise resulta muy de su agrado, y más aún Ninon, tanto que al parecer, y dados sus gustos un tanto eclécticos, llega a insinuársele, “prometiéndole la fortuna y el amor”. Pero la cortesana le responde sonriente: 

—Que Vuestra Majestad me perdone, pero haré mi felicidad por las vías ordinarias. 

La esposa de Scarron había logrado vencer las reticencias que supuso su entrada en el gran mundo. Consiguió ser aceptada, y era consciente de lo mucho que agradaba a la gente. 

“En mi juventud, cuando estaba con ese pobre inválido, no conocía ni la pena ni el aburrimiento. Las mujeres me amaban porque me ocupaba más de los otros que de mí; los hombres porque tenía los encantos de la juventud. Yo no deseaba ser amada en particular; quería serlo por todo el mundo, y hacer pronunciar mi nombre con admiración y respeto.” 

El 26 de agosto de 1660 asiste desde una ventana a la entrada en París de Luis XIV y María Teresa, recién casados. Para entonces Scarron está muy enfermo. El dolor es insoportable y no le permite conciliar el sueño. Las constantes dosis de opio ya no le hacen efecto, pero mantuvo su humor hasta el último aliento. 

El poeta fallece entre el 6 y el 7 de octubre. Sobre su tumba, en la iglesia de Saint-Gervais, pidió que se grabara este epitafio: 

Este que aquí ahora duerme 
hizo sentir más piedad que envidia, 
y padeció mil veces la muerte 
antes de perder la vida. 

Paseantes, no hagáis ruido 
Por temor a que despierte, 
Pues es la primera noche 
En que el pobre Scarron duerme. 

A Paul le había preocupado pensar que moriría sin haber asegurado el futuro de su esposa, a quien no tiene apenas bienes que dejar. En su testamento la animaba a volver a contraer matrimonio. 

Iglesia de Saint-Gervais

Françoise se quedaba viuda a punto de cumplir 25 años. Los acreedores de Scarron invadían su hogar, y también aparecieron los hermanastros del poeta, que en su momento se habían negado a entregar a Paul la parte que le correspondía en la herencia paterna, pero que ahora esperaban recibir algo de él. 

La viuda se retira en compañía de una servidora al convento de la Plaza Real, donde una amiga suya, madame d’Aumont, posee un apartamento. Allí pasará un tiempo de retiro antes de encarar una situación que se presenta difícil otra vez. 

Un marqués, hombre muy rico, aunque agotado y enfermo por su vida licenciosa, pide su mano, pero Françoise lo rechaza. Cierto que la situación económica de la joven es precaria, pero por primera vez en su vida se siente libre, y sabe que cuenta con el apoyo de mucha gente que la aprecia. La propia madame de Sévigné la invita con frecuencia, y escribe sobre ella “Su conversación es deliciosa; tiene un carácter maravillosamente recto. Se viste modesta y magníficamente. Es amable, bella y buena”. 

Pero además, una de las razones por las cuales era tan amada por sus amigas es que para ellas es de una lealtad inconmovible. Incluso con las personas desconocidas tiene gestos enormemente altruistas: en una ocasión se le vio velar sin descanso a una joven a la que apenas conocía y que había contraído la viruela. Sobre los motivos, ella misma escribió: “Había un poco de piedad, pero sobre todo el deseo de hacer algo que nunca se había hecho. ¿Hay algo más opuesto a la verdadera virtud que ese orgullo en el cual gasté mi juventud? ”. 

Quería, en suma, ser admirada en lugar de inspirar lástima, y lo conseguía. El intendente Basville dijo: “Sentía por ella el mismo respeto que habría sentido por la reina; su sola mirada lo inspiraba, y a todos nos sorprendía que se pudiera aliar tanta virtud, pobreza y encantos”. 


La viuda también frecuentaba el hôtel d’Albret, hogar de César Phoebus, d’Albret, conde de Miossens. Las malas lenguas atribuían a Françoise una relación con él, aunque nada se puede probar más allá de una gran amistad. 

César, primo de la marquesa de Montespan, había nacido en 1614. Era uno de los galanes de la Corte. Hizo fortuna cuando se posicionó del lado de Ana de Austria durante la Fronda, lo que le valió ser nombrado mariscal. Se había casado en 1645 con Madeleine de Guénégaud, hija del Señor de Plessis-Belleville, pero su lista de conquistas femeninas era muy extensa, y continuó siéndolo después del matrimonio. 

Albret y otros buenos amigos de Françoise logran conmover a Ana de Austria, que le concede a la viuda una pensión de dos mil libras. No era mucho, pero le permite vivir más decentemente. Puede así abandonar su alojamiento en el convento y trasladarse a una vivienda en el Marais. 

Demasiado cerca del marqués de Villarceaux.



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

sábado, 29 de enero de 2011

Ninon de Lenclos y el Marqués de Villarceaux

Ninon de Lenclos

París rumoreaba acerca de la amistad entre Françoise d’Aubigné y Ninon de Lenclos. Françoise acudía con frecuencia a visitarla a su casa en la rue des Tournelles, y llegó a decirse que su relación fue bastante íntima. 

Ninon, cuyo verdadero nombre era Anne, vivía rodeada de admiradores en su salón parisino del hôtel de Sagonne. Allí recibía cada día de cinco a nueve a las personalidades más relevantes de la época. 

No todos sus adoradores eran del mismo tipo: estaban los que la mantenían sin obtener apenas nada a cambio la mayoría de las veces; tal vez un beso, o menos aún. Eran los “pagadores”, envidiados por los llamados “mártires”, que no eran ni lo bastante ricos ni lo bastante seductores para tener acceso a ella. Los mártires suspiraban sin esperanza y se limitaban a adornar su salón. Unos y otros debían resignarse ante el elegido del momento, un caballero que tendría el honor durante una noche, una semana o, como mucho, algunos meses. 

Eso sí, nunca los engaña. Ella no simultanea sus relaciones. Y es que la propia Ninon había anunciado en su día: “He decidido vivir como un hombre honesto”. Porque, como dijo en otra ocasión, “mi corazón y mi mente son totalmente masculinos”. 

Entre sus amantes se encuentran muchos nombres importantes: el Gran Condé, La Rochefoucauld o Saint-Evremond son algunos de ellos. Pero la cortesana elige a quien más le place sin dejarse deslumbrar por títulos o fortuna. Todo eso le da igual si el admirador no resulta de su agrado. En tal caso, dejará que se arruinen sin concederles el menor favor. Si se entrega, no será por interés. 


Se decía que hasta el mismísimo Richelieu había ofrecido en vano 50.000 coronas por pasar una noche con ella. Ninon, que sentía aversión hacia él, aceptó el dinero, pero envió a una amiga en su lugar. Aunque, a decir verdad, ni las versiones acerca del escaso éxito del cardenal no siempre son coincidentes ni a mí me cuadran bien las fechas. 

En una ocasión un caballero despechado le dedicó estos versos: 

Indigna de mi llama, indigna de mis lágrimas, 
Renuncio sin pena a vuestra débil seducción: 
Mi amor os prestaba encantos, 
Ingrata, que vos no poseíais. 

En la misma hoja, Ninon le responde dando pruebas de su brillante ingenio: 

Insensible a vuestra llama, insensible a vuestras lágrimas, 
Os veo renunciar a mi débil seducción; 
Pero si el amor presta encantos, 
¿por qué no los lograsteis vos? 

El amor también llegó para ella una vez. Ninon se enamoró perdidamente de Louis de Mornay, marqués de Villarceaux. Y es plenamente correspondida. La cortesana cerró su salón, renunció a sus conquistas y se marcha con él al castillo de Ruel. Después se dirigirán a Villarceaux, cerca de París. 


En invierno regresan a la capital. El marqués instala a su amante en una casa y compra la mansión vecina para sí, una vivienda cuyas ventanas se abrían frente a la de Ninon. Allí, tras despedirse de ella cada noche, se deleita contemplando su toilette por la ventana. 

Louis es celoso. Una noche, al ver una vela encendida en la habitación de ella, imagina que está recibiendo a algún galán y corre hacia allá fuera de sí. La encuentra sola, pero ella, enojada, se niega a justificarse y se despiden disgustados. El marqués enferma, la fiebre le hace delirar y no dejaba de repetir su nombre. Entonces Ninon, para darle una prueba de que es el único hombre en su vida, corta su hermosa cabellera y se la envía. Esos bucles perfumados devuelven al enfermo el sosiego y la vida. 

Después de eso, ya recuperado, ella regresa a su lecho, en el que permanecerán acostados durante ocho días. La consecuencia será un hijo: Louis-François de Mornay, el caballero de la Boissière. 

Pero después de tres años se acaba el amor, y ella vuelve a sus antiguos hábitos.



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jueves, 27 de enero de 2011

Madame Scarron

Madame Scarron

Pronto todo París comienza a manifestar curiosidad acerca de la jovencita que se ha casado con Scarron. Las envidias comienzan a desatarse. Françoise es una intrusa en la gran sociedad, que no perdonará fácilmente sus orígenes. 

“Además de ser muy hermosa y de una belleza que agrada siempre, es dulce, agradecida, reservada, fiel, modesta, inteligente; y, para mayor virtud, no usa su inteligencia más que para divertir o para hacerse amar. Sin embargo, los notables de la corte y los más poderosos en las finanzas la atacan de todos lados. Pero la conozco, resistirá muchos asaltos antes de rendirse”, escribió un contemporáneo. 

El matrimonio atraviesa graves dificultades económicas. Paul está pagando caras las Mazarinadas que salieron de su pluma, y termina por verse obligado a doblegarse ensalzando al cardenal. 

Françoise no tarda en adquirir enorme influencia sobre su esposo, cuyos malos hábitos mejoran ostensiblemente. Ella misma revisa sus escritos, aportando cierta moderación. Paul nunca ha estado tan alegre. Es feliz. 

Madame de Caylus escribió que “esa joven persona, con sus maneras honestas y modestas, inspiró tanto respeto que ninguno de los jóvenes que frecuentaba la casa se atrevió jamás a pronunciar ante ella una palabra de doble sentido, y uno de ellos declaró: “Si hubiera que tomarse libertades con la reina o con madame Scarron, yo no dudaría: ¡me las tomaría más bien con la reina!”. 

En febrero de 1654 el matrimonio abandona el palacete de Troyes y se muda al Marais. En su hogar se da cita toda clase de personas: aristócratas, escritores, abates, mujeres de mala reputación y gorrones que vienen a comer, dada la buena fama de la mesa de Scarron; todos son bien recibidos. Paul es generoso incluso cuando no nada en la abundancia, y a nadie cierra la puerta ni niega un lugar a su mesa. 

Cierto es que había también muchos que acudían por ver a la bella Françoise, persuadidos de que la joven, privada de los placeres del amor conyugal, bien podría terminar por buscar consuelo en otra parte. Día tras día esperaban ver una señal de debilidad, cualquier cosa que les permitiera lanzarse a la conquista. Duques y mariscales le dirigen miradas abrasadoras, pero ella finge no verlas. 

Supuesto retrato del marqués de Villarceaux

Paul sí las ve, y no puede fingir lo mismo. Los celos lo devoran; son como una espina clavada en el mismo centro de la felicidad recién encontrada. Sospecha de todo el mundo, en especial del apuesto Villarceaux, asiduo concurrente a su salón. 

Louis de Mornay, marqués de Villarceaux, es un notable seductor. Nacido en 1619, formaba parte del entorno del rey desde que fuera nombrado capitán de la guardia del Delfín durante la infancia de Luis XIV. El marqués había conocido el encierro en la Bastilla por haber seducido a una joven cuyo padre, desesperado por el comportamiento de su hija, tomó cartas en el asunto y no lo dejó estar hasta que el seductor obtuvo su castigo. Pero tal contratiempo no había aplacado en absoluto su afán de conquista. 

Se había casado el 8 de mayo de 1643 con una dama de Ana de Austria, Denise de la Fontaine d’Esche, inmensamente rica pero mucho mayor que él; una pareja poco adecuada para conseguir la estabilidad a su lado. 

En 1652 Louis se convirtió en amante de Ninon de Lenclos, con la que se instaló en su château de Villarceaux. Ella dio a luz a un hijo suyo que llevó su nombre. En 1657, el marqués lo reconoció ante notario. Este hijo, conocido como el caballero de la Boissière, siguió después la carrera militar. 

Château de Villarceaux

Scarron cree detectar que a Françoise le agrada demasiado el galán. Es cierto. Ella, por supuesto, nunca cedería a esa atracción, pero es poco consuelo para el esposo. 

Los celos enfermizos de Scarron se extienden a las mujeres. Pensándolo bien, es asombroso que ella no lo engañe con el marqués. ¿No será más bien que prefiere a las mujeres? ¡Para qué la animaría él a hacerse amiga de Ninon de Lenclos! ¡Cómo se le ocurriría ponerla tan cerca de una hábil cortesana a quien no le quedaba exceso por cometer!


En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

martes, 25 de enero de 2011

El dilema de Françoise


Madame de Neuillant regresa a París en compañía de su pupila. La joven Françoise d’Aubigné acude de buen grado. Ya no siente repulsión hacia el poeta, pero seguramente tampoco espera su propuesta. 

Ella carece de dote, de modo que seguramente no logrará encontrar esposo. No tiene otra alternativa que acabar por ingresar en un convento. Pero Scarron no está dispuesto a permitir que sea condenada a una vida para la que no manifiesta la menor vocación, de modo que se ofrece caballerosamente a pagar la dote para que pueda casarse, y expone, también, una alternativa: tímido, balbuceante, inseguro y sintiéndose ridículo, propone desposarla él mismo. 

Madame de Neuillant le traslada a su pupila la doble propuesta, que en realidad se veía reducida a una sola: en conciencia Françoise no hubiera encontrado honorable aceptar el dinero de Scarron para casarse con otro, después de haberse ofrecido él mismo. Así que el dilema estaba claro: o entraba en el convento o se convertía en la enfermera de un inválido 25 años mayor que ella. 

Françoise elige sin vacilar el matrimonio con Scarron. 

Su tutora le advierte que tal vez está cometiendo un error, y que debería dejar transcurrir un poco más de tiempo, puesto que sólo tiene 16 años. A lo mejor no era imposible encontrar una forma digna de aceptar la primera oferta de Paul y buscar otro novio, después de todo. O quizás podrían encontrar otro candidato capaz de renunciar también a la dote. Era mejor esperar aún. Al fin y al cabo era tan joven… 

Pero ella no quiere oír hablar de una espera. Su decisión está tomada. Piensa que la vida no le ha ofrecido nunca una oportunidad, y que si deja pasar ésta, tal vez ya no tendrá otra. Scarron no era el galán capaz de cumplir sus sueños de adolescente; no está enamorada ni pretende hacer creer lo contrario, pero a su lado podría vivir veladas inolvidables junto a los más reputados artistas e intelectuales del momento, conocer a grandes personajes y disfrutar de un mundo que nunca hubiera esperado poder compartir. Tendría en ese hombre admirable al mejor maestro y al mejor amigo, junto con la certeza de ser amada. 

Todo eso era mucho mejor que arriesgarse a esperar tan sólo para acabar en el convento, así que Françoise toma la mano que se le tiende y acepta a Paul sin reservas. El 4 de abril de 1652 se celebra la boda. 


El novio declara al notario encargado de establecer el contrato: 

—Reconozco a la acordada cuatro luises de renta, dos grandes ojos muy traviesos, un bello busto, un par de hermosas manos y mucha inteligencia. 

Sorprendido y confundido por este galimatías, el notario pide a Scarron que le indique bien qué pensión concederá a su esposa, y él responde sonriendo: 

—¡La inmortalidad! ¡El nombre de las mujeres de los reyes muere con ellas, el de la mujer de Scarron vivirá eternamente! 

El enlace causó asombro general. El propio sacerdote oficiante tuvo sus reticencias, y se atrevió a preguntarle al poeta: 

—¿Podréis ejercer el matrimonio? 

—Eso es cosa mía y de la señora —responde Paul—. No le haré tonterías, pero se las enseñaré. 

Ana de Austria compartía la perplejidad de la gente al tener conocimiento de la noticia. 

—Pero ¿qué va a hacer Scarron con mademoiselle d’Aubigné? —exclama—. Será el mueble más inútil de la casa. 

El enfermo, en efecto, no podía hacer gran cosa. Un día, años más tarde, Françoise escribiría a su hermano: “Sabéis que jamás estuve casada”. “Era una unión en la que el corazón intervenía poco, y el cuerpo, en verdad, nada”.



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domingo, 23 de enero de 2011

El amor de un poeta


Luis XIII había concedido a Paul Scarron una pensión de 500 escudos, aunque posteriormente la perdería debido a sus simpatías por la Fronda. Ese sentimiento se refleja en Las Mazarinadas, unos versos contra Mazarino que, aunque escritos de modo anónimo, dejan adivinar quién es el autor. Otras plumas se sumaban por entonces a las que escribían sátiras contra el cardenal. Siete de las Mazarinadas eran obra de Cyrano de Bergerac, aunque también él lo negaba. 

Paul llevaba un lujoso tren de vida. Era un anfitrión encantador y la gente buscaba con afán una invitación a sus cenas. Debido a tanto derroche, siempre estaba sin un céntimo. Sus obras obtenían grandes éxitos, pero no llenaban su bolsa, de modo que bromeaba diciendo que vive en el hôtel de l’Impécuniosité (la mansión de la escasez pecuniaria). En él recibe a intelectuales y grandes personajes de la Corte. La marquesa de Sévigné es una de las asiduas. 

Madame de Sévigné

Otra de las personas que frecuentaban la casa del poeta era su vecina Marie-Marguerite de Saint-Herman. La joven Françoise d’Aubigné había entablado amistad con ella durante su estancia en París, y cuando regresó a Niort comenzó a mantener correspondencia con ella. Marguerite encuentra tan exquisita, tan bien escrita aquella carta que se la muestra a Paul, y él, divertido, toma la pluma para escribirle personalmente. 

Esta es la carta de Scarron a Françoise: 

“Mademoiselle, siempre sospeché que esa jovencita que vi entrar hace seis meses en mi habitación, con un vestido demasiado corto, era tan espiritual como su rostro delataba. La carta que habéis escrito a mademoiselle de Saint-Herman está tan plena de inspiración que estoy descontento de la mía, que no me hizo conocer antes todo el mérito de la vuestra. Para deciros la verdad, jamás hubiese creído que en las islas de América o entre las religiosas de Niort, se aprendiese a escribir bellas cartas, y no puedo imaginar por qué razón habéis tenido tanto cuidado en ocultar vuestra inspiración, siendo que todos quieren mostrar la suya. Ahora que habéis sido descubierta, no debéis oponeros a escribirme tan bien como a mademoiselle de Saint-Herman. Haré lo posible por escribir una carta tan buena como la vuestra, y a vos os complacerá ver que me falta mucho para tener tanta inspiración como vos…” 

El irreductible poeta cedía al impulso de lanzarse a un juego emocionante, una misión casi imposible: tratar de conquistar a la hermosa joven a la que tanto había horrorizado hasta conseguir que al menos lo viera de otro modo y ya no se espantara en su presencia. ¿Sería capaz aún de desplegar su encanto? 


Françoise se siente sorprendida al recibir la carta, y, desde luego, aliviada, puesto que pensaba que lo había ofendido gravemente con su reacción durante aquella visita. Madame de Neuillant autoriza la correspondencia con Scarron, y comienza así una actividad que le resultaba muy grata, un consuelo en medio de su soledad. 

Para entonces Françoise se había convertido en una joven muy hermosa. Madeleine de Scudéry nos la describe así: 

“Es alta y de buen talle, cutis muy liso y hermoso, cabellos de un castaño claro y muy agradable, nariz bella, boca bien dibujada, aire dulce, noble, alegre, modesto, y, para hacer su belleza más perfecta y radiante, tiene los ojos más hermosos del mundo, negros, brillantes, dulces, apasionados, llenos de espiritualidad. En ellos solía aparecer la dulce melancolía con todos los encantos que la acompañan casi siempre. La jovialidad se dejaba ver a su vez, con los atractivos que la alegría puede inspirar.” 

Sus manos eran también muy admiradas, de ahí que un día, mucho después, harán exclamar a Luis XIV: “Una bella mano vale un blasón”. 

Paul ha visto todo eso. Demasiado bien lo ha visto, y canta en rendidos versos su belleza. 

El fuego que brilla en sus ojos 
No es un fuego fácil de pintar. 
Los versos no sabrían expresar 
Ni la languidez de su rostro, 
Ni ese aire tan suave, modesto y prudente 
Que al tiempo que inspira amor, 
Quita el espíritu y el coraje. 
Si todos esos visibles tesoros 
Y el aspecto de su adorable talle, 
Forman un objeto muy amable, 
Lo que ella oculta de su cuerpo 
Sólo podría ser admirable. 


Scarron está perdido. 

Cuando recibe noticias de que Françoise está enferma —tiene paludismo—, le escribe para destaparle por fin sus sentimientos: 

“Confío en mis fuerzas, agobiado de males como estoy, para participar en los vuestros. No sé si no hubiese sido preferible que desconfiase de vos la primera vez que os vi… Pero también, ¿quién podía pensar que una joven debiera turbar el espíritu de un viejo? Sé que estáis enferma, pero no sé si se os prodigan todos los cuidados que se os deben… ¡Y todo por amaros más de lo que yo pensaba! ¡Vaya si os amo! Y es una tontería amar tanto. ¡Qué ganas tengo, en todo momento, virtud de mi vida, de ir al Poitou! Y con el frío que hace, ¿no es una locura? Volved, por Dios, volved, pues estoy tan loco como para echar de menos las bellezas ausentes”.



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

viernes, 21 de enero de 2011

Paul Scarron


Durante el otoño de 1650 madame de Neuillant se traslada a París. Lleva consigo a Françoise, a punto de cumplir 15 años. Una vez en la capital, es enviada al convento de la calle Saint-Jacques, donde no se encontrará con monjas tan amables como Celeste. Para Françoise fue un infierno. Desesperada, escribe a su tía lo siguiente, pidiéndole ayuda: 

“¡La vida es peor que la muerte! ¡Ah, mi señora tía!, no imagináis el infierno que es esta casa supuestamente de Dios, ni los malos tratos, durezas y crueldades de quienes han sido encargadas de cuidar mi cuerpo y mi alma…” 

Pero Arthemise nada puede hacer, ya que ha sido una orden de la propia reina la que le ha quitado la custodia de su sobrina. 

Françoise claudica finalmente, acepta renovar los votos de su bautismo y recibir la comunión. No lo hace convencida aún, sino solamente para salir del infierno. 

Ahora, por fin, vencida su resistencia, puede regresar al hogar de madame de Neuillant. Para entonces se ha convertido en una hermosa joven, alta, delgada, con unos bellos y expresivos ojos oscuros. Resulta evidente que posee encanto, y, sobre todo, inteligencia. 

Su tutora está complacida. Ha acudido a París para concertar el matrimonio de su hija Suzanne, madrina de Françoise, con el duque de Navailles, y empieza a pensar que tal vez pueda encontrar también un marido para ella. 

Lo primero que tenía que hacer era presentarla en sociedad, y a tal fin la lleva a la casa de Paul Scarron, en el palacete de Troyes. Es el poeta de moda. 


Paul también había tenido una infancia dura. Había nacido en 1610, hijo de un parlamentario parisino. Perdió muy pronto a su madre, y el padre volvió a casarse. La nueva esposa lo trataba tan mal que siendo aún muy joven Paul huyó de casa para escapar a su madrastra. 

Estaba previsto que entrara en religión, pero con 19 años a él no le parecía una idea apetecible, y primaban las ganas de divertirse. Y se divirtió, desde luego. Por su vida desfilaron actrices, famosas cortesanas, prostitutas y toda clase de mujeres. No había ninguna a la que no pareciera encontrar buena. En compañía de otros poetas, todos tan arruinados como él, cometió mil y un calaveradas que acaban por alarmar a su padre. Este, para tratar de reconducirlo, recurre al obispo de Le Mans y obtiene para él un puesto de secretario. Era el año 1635, aquel en el que nacería Françoise. Paul tiene 25, y consigue hacerse apreciar por el obispo lo suficiente como para acompañarlo a Roma. 

Cuando años más tarde la joven conozca al poeta en aquel salón, Scarron será ya un inválido con los huesos deformados. Apenas se puede reconocer al seductor que fue un día. Tal vez si ella hubiera leído antes su obra lo hubiera comprendido, pero no había sido así, y no estaba preparada para encontrarse con su desagradable aspecto físico. 

Él mismo nos deja esta descripción de su persona: 

“Sin pretender que pudiera ser un obsequio para el público, me habría hecho pintar, si algún pintor se hubiese atrevido. A falta de pintura, voy a decirte más o menos cómo soy. Tengo 30 años pasados; si llego a los 40, agregaré muchos males a los que padecí desde hace ocho o nueve años. Mi estatura es normal, aunque pequeña, pero mi enfermedad la ha reducido en unos 30 centímetros. Mi cabeza es un poco grande para mi talla; tengo el rostro bastante lleno por tener el cuerpo muy descarnado; mi vista es buena, aunque mis ojos son saltones; los tengo azules, uno más hundido que el otro del lado que inclino la cabeza; mi nariz es de bastante buen dibujo. Mis dientes, antaño perlas cuadradas, son del color de la madera, y pronto serán del de la arcilla; perdí uno y medio del lado izquierdo, dos y medio del derecho, y dos están un poco picados. Mis piernas y mis muslos formaron primeramente un ángulo obtuso, luego uno recto, finalmente uno agudo. Mis muslos y mi cuerpo forman otro, y al inclinarse mi cabeza sobre el estómago, me parezco bastante a una Z. Los brazos se me han achicado tanto como las piernas, y los dedos tanto como los brazos. En fin, soy una abreviatura de la miseria humana.” 


Padecía espondiloartritis, una terrible forma de reumatismo deformante. Ya no podía mover aquellas piernas con las que en otro tiempo tanto y tan bien había bailado. 

Eso era lo que Françoise iba a encontrar en su primer contacto con el mundo. Ella no podía conocer toda la inteligencia, el talento, la fuerza de carácter que encerraba aquel cuerpo deforme. Su espanto al verlo fue tan grande que en vez de saludarlo estalló en llanto y, sin encontrar su propia voz, fue a esconderse en un rincón, muerta de vergüenza. 

El poeta no logrará arrancarle ni una palabra. Pero no se ofende; la comprende. A base de humor logra dominar la situación y calmar las cosas. Scarron es capaz de reírse de todo, incluso de sí mismo, a pesar de los horribles dolores que soporta cada día.



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

miércoles, 19 de enero de 2011

La pequeña hugonote

Château d'Aubigné

La humillación que supone verse reducidos a mendigar para subsistir es tan insoportable que Françoise recibe con alivio la decisión de su madre de enviarla nuevamente con su tía Arthemise. Ésta se hace cargo de ella y busca acomodo a sus hermanos: Carlos es colocado como paje del gobernador del Poitou y Constant ingresa en el ejército. 

Pero a Arthemise tampoco le sobraban los medios con los que mantener a su sobrina. La niña no viste mejor que cualquier campesina y debe ayudar en las tareas domésticas. 

Poco después madame de Neuillant la esposa del gobernador de Niort cae en la cuenta de que se ha confiado a hugonotes la educación de Françoise, y en 1648 obtiene de Ana de Austria la orden que la retira de su custodia para pasarla a la de esta dama. 

En ese tiempo la niña aún habría de afrontar una nueva tragedia en su vida: la muerte de su hermano mayor, Constant, de sólo 18 años. La explicación oficial fue que se ahogó accidentalmente, pero circulaba el rumor de que se había tratado de un suicidio. 

En su nuevo hogar, la niña es rebajada a la categoría de sirvienta: “Yo mandaba en el corral, y por ese gobierno comenzó mi reinado”. 

Calzada con zuecos, ayudaba al cochero a cuidar de los caballos y peinaba el cabello de la campesina que mandaba a la servidumbre. Cada mañana debía ir a guardar los pavos, aunque, eso sí, la enviaban con un sombrerito de paja para proteger su hermoso cutis de los estragos del sol. 

Su educación religiosa fue confiada al sacerdote de la parroquia, pero Françoise muestra un carácter obstinado y rebelde, y no quiere volver al seno de la Iglesia católica. Blandiendo su Biblia, le dice al sacerdote: 

—Sabéis más que yo, señor cura, pero éste es un libro que sabe mil veces más que vos, y este libro no dice lo que vos decís. ¡Y es por esa razón por la que no queréis que se lo lea! 

Los protestantes de Niort la apoyan. Les resulta indignante que hubieran arrancado a su propia familia a la nieta del glorioso Agrippa d’Aubigné, y le hacen llegar libros a escondidas, junto con cartas en las que le suplican que no falte a la memoria de su abuelo. 


La rebeldía de Françoise es tal que madame de Neuillant decide encerrarla en el convento de las ursulinas de Niort. La lleva allí engañada, haciéndole creer que van a visitar a una religiosa vinculada a su familia. 

Dentro del convento tiene la fortuna de conocer a una religiosa inteligente, la hermana Celeste, una joven muy culta. Como buena educadora, Celeste se da cuenta de que nada sacará de ella por la fuerza, y prueba otro método. 

“Caí felizmente en las manos de una maestra llena de inteligencia y razón, que me ganó con su cortesía y su bondad. No me hacía ningún reproche, me dejaba libre en el ejercicio de mi religión, no me obligaba a ir a rezar al oratorio común donde había varias imágenes, ni tampoco a asistir a la misa, y ella misma me proponía comer carne los viernes y los sábados. Pero, al mismo tiempo, me hacía instruir a fondo en la religión católica. Lo hizo con tanto esmero, me gobernó con tanta suavidad, que al cabo de algún tiempo hice mi abjuración en plena libertad”. 

Esta adolescente tan falta de cariño, vuelca en la religiosa toda la ternura que desborda su corazón y ama a la única persona que le mostraba afecto como a esa madre que le falta. 

“Yo no tenía mayor placer que sacrificarme por su servicio. Estaba muy avanzada en los ejercicios, de modo que en cuanto ella salía, yo hacía leer, escribir, contar, y enseñaba ortografía a toda la clase, y me daba gusto hacer todo su trabajo sin que me hiciera falta más recompensa que complacerla. Pasaba noches enteras planchando la ropa fina de las pupilas para que estuviesen siempre limpias e hiciesen honor a la maestra sin que ella tuviese que trabajar. Me encantaba ver su asombro al encontrar toda su obra hecha sin su intervención…” 


Pero el cariño que profesa a sor Celeste no se extiende al resto del convento, que en esos momentos la veían como un caso irrecuperable. La superiora llega a pedir a madame de Neuillant que se la lleve. 

La dama, que tan presta se había mostrado a la hora de arrancar a Françoise del hogar de su tía, no lo era tanto cuando tocaba pagar las facturas por su manutención, por lo cual sugiere a las monjas que se dirijan a tal efecto a Arthemise. Lamentablemente ésta no tenía los medios para hacerlo, por lo que la esposa del gobernador hubo de volver a admitirla en su casa. 

Françoise abandona así el convento, pero nunca olvidará a Celeste. Su amistad sólo terminará con la muerte.



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

***

Les recuerdo que la novela de la sala capitular es una obra llevada a cabo por 13 personas, cada uno de nosotros elabora un capítulo. El autor de cada capítulo figura en la firma, que incluye un link hacia su propia página. 

lunes, 17 de enero de 2011

La Bella Indiana

Niort

La infancia de Françoise, o Aubignette, como la llamaba cariñosamente su madre, estaba destinada a ser dura. Su padre se encontraba en prisión en Niort y sus deudas eran tantas y tan grandes que no iba a ser fácil para Jeanne criar sola a sus hijos. 

Afortunadamente para ellos, Constant tenía una hermana, Arthemise, que lo idolatraba. Arthemise se horrorizó al descubrir hasta qué extremos de miseria habían llegado. Encuentra a los niños vestidos con harapos, sin apenas alimentos que llevarse a la boca, y, conmovida por tan penosa situación a la que se veían reducidos, decide recoger a sus sobrinos en su castillo de Mursay, una vieja construcción medieval rodeada de fosos llenos de agua y a la que se accedía a través de tres puentes levadizos. 

La separación familiar no duraría muchos años, puesto que finalmente Jeanne consigue la liberación de su esposo gracias a que Mazarino había sucedido a Richelieu y se mostraba mucho más indulgente. Aubignette tiene siete años cuando abandona el hogar de su tía para reunirse con sus padres. 

Arthemise d’Aubigné la había educado en la religión protestante, con la consecuencia de que la niña manifestaba sistemático rechazo hacia las enseñanzas católicas que su madre trataba ahora de inculcarle. Cuando se veía obligada a acompañarla a misa, Françoise daba ostensiblemente la espalda al sacerdote y al altar. Tal comportamiento es castigado con una bofetada que ella soporta como una mártir, “sintiéndose orgullosa de sufrir por su religión”. No duraría mucho, sin embargo, su fe hugonote. 


En 1644 la familia se embarca en La Rochelle a bordo del Isabelle de La Tremblade, un barco mercante que zarpa rumbo a la isla de Guadalupe, donde Constant esperaba poder conseguir la gobernación de Marie-Galante. La niña enferma durante la travesía, hasta el extremo de que todo el mundo la cree muerta. Estaban a punto de arrojar su cadáver al mar cuando Jeanne se da cuenta de que su hija aún respira. 

Tras superar la enfermedad y escapar el barco a un corsario inglés, en agosto llegan a la isla. Allí Constant ve frustradas todas sus ilusiones: el cargo que esperaba obtener había sido entregado a otro candidato. 

Durante algunos meses monsieur d’Aubigné intenta ser colono, pero pronto se cansa y se traslada con su familia a la Martinica. Desde allí se despide de su mujer y sus hijos y se embarca de regreso a Francia a comienzos de 1645, prometiéndoles regresar cuanto antes. Jeanne se establece con los niños en el barrio de los pescadores. 

La estancia en la Martinica le valdrá más tarde a Françoise el apodo de la Bella Indiana. Allí pasa a recibir una educación muy estricta por parte de su madre, cuyo carácter se había agriado con tantos contratiempos. La pequeña Aubignette apenas recibió nunca una muestra de cariño. La severidad llegaba a tal punto que, según cuenta ella misma, “mi madre nos prohibía a mis hermanos y a mí hablar entre nosotros de otra cosa que no fuera lo que leíamos en Plutarco”. 

Martinica

Constant regresó, pero por un breve periodo, y luego volvió a irse, dejando nuevamente desamparada a su familia. Jeanne, al no poder hacer frente a los gastos, liquida sus pertenencias y en el verano de 1647 se embarca con sus hijos rumbo a La Rochelle. Por entonces aún no sabe que su esposo, cuya última locura había sido partir hacia Turquía, ha muerto por el camino. 

Fue la catástrofe definitiva. Sin recursos, ella y sus hijos se veían obligados a vivir de la caridad, uniéndose a las largas filas que formaban los mendigos ante las puertas de los jesuitas para recibir una escudilla de sopa y un mendrugo de pan. Françoise tiene once años, casi doce. 

Pero esta niña, hija de un delincuente, nacida en prisión, obligada por la pobreza a emigrar primero a las Indias y después a mendigar comida, va a demostrarnos de una vez por todas que es bien cierto que en esta corte la realidad supera a la ficción: 

Françoise d’Aubigné se convertirá un día en Madame de Maintenon, y el rey se casará con ella.



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

sábado, 15 de enero de 2011

La familia d'Aubigné


A finales de marzo de 1669 madame de Montespan dio a luz a una niña a la que pusieron por nombre Louise. El parto tuvo lugar en la calle de L’Echelle, al lado del Louvre y las Tullerías, en una casita ofrecida por el rey a Athenaïs. Era preciso ser especialmente discretos, esta vez no sólo para protegerla a ella contra las iras de María Teresa, sino sobre todo para evitar las de monsieur de Montespan, porque si él llegaba a enterarse, el escándalo que organizaría podría ser antológico. Eso por no mencionar que, según la ley de la época, el marqués tenía derecho a reclamar a la niña, por ser el esposo de Athenaïs. 

En realidad el marqués de Montespan no la reclamó nunca, pero en el momento del nacimiento de la pequeña no podían estar seguros de que no lo haría, así que se dispusieron rápidamente todos los preparativos para prevenirse contra tal eventualidad. Se buscó de inmediato una educadora adecuada para la pequeña Louise, una mujer discreta de 33 años llamada Françoise d’Aubigné y que vivía sola desde la muerte de su esposo, el poeta Scarron, con quien se casó cuando contaba solamente 16.

Su esposo, séptimo hijo de un consejero del tribunal de cuentas, era uno de los máximos representantes dentro del género burlesco. Se comentaba que se había quedado paralítico al caer enfermo con 27 años, después de haberse bañado desnudo a la intemperie en un carnaval. Había sido un libertino en su juventud, pero cuando se casó con Françoise era ya un hombre maduro, pasados los 40 años, y paralítico de las dos piernas a causa de estas dolencias reumáticas. 

Paul Scarron

Ella era una huérfana pobre a la que de ese modo trató de salvar del convento, único destino que la esperaba al no poder encontrar marido en su situación. 

Françoise había nacido el 24 de noviembre de 1635 en la prisión de Niort, no en un calabozo, sino en la conserjería. Su padre, Constant d’Aubigné, había sido encarcelado por deudas, y también, al parecer, bajo la acusación de haber intentado falsificar dinero. No era la primera vez que monsieur d’Aubigné tenía problemas con la ley: ya en 1613 había sido condenado por haber raptado a la hija de un magistrado. Entonces había sido su padre, el célebre poeta y ardiente calvinista Agrippa d’Aubigné, quien movió los hilos necesarios y tocó todos los resortes para obtener su perdón. 

Según el duque de La Force, el asunto de las falsificaciones no era nuevo en la familia, puesto que Agrippa, plebeyo, habría falsificado algunas actas cuando se casó con Susana de Lezay, al objeto de hacerse pasar por noble. 

El caballero no estaba muy satisfecho con su hijo, como reflejan sus propias memorias: 

“…Puesto que Dios no concede Sus gracias según la carne y la sangre, mi hijo mayor, llamado Constant, no se me parece, aunque tuve todos los cuidados necesarios para su educación. Lo crié con tanta aplicación y gastos como si hubiese sido un príncipe. Pero ese miserable se entregó primero al juego y a la embriaguez, en Sedán, adonde lo había enviado a las Academias [protestantes], habiéndose desinteresado enseguida del estudio. Luego, de regreso a Francia, se casó sin mi consentimiento con una desdichada a la que después mató”. 

Agrippa d'Aubigné

La esposa era Ana Marchant, una hermosa viuda de La Rochelle. Constant la sorprendió con su amante y los mató a ambos a puñaladas. Luego huyó a París, pero contó esa vez con el apoyo de su padre, que, si bien había desaprobado el matrimonio, sí aprobaba el modo en que había lavado su honor. Logró que saliera libre de todo aquel asunto, y además consiguió para él el mando de un regimiento. 

Pero cuando Constant regresa a la Corte se dedica a gastar mucho más de lo que tiene y a contraer cuantiosas deudas. Por si fuera poco, abjura del calvinismo y se hace católico. No hubiera podido hacer algo que disgustara más profundamente a su padre. 

El descontento de Agrippa aumenta al enterarse de que su hijo se casa por segunda vez, el 27 de diciembre de 1627, con la católica Jeanne de Cardilhac, una joven de 17 años a la que había conocido mientras estuvo prisionero en Burdeos. El padre de Jeanne era el director de la prisión, y Constant había entretenido su estancia seduciendo a la joven, de tal modo que ella estaba encinta. 

Antes de tres años fallecía Agrippa, dejando un testamento en el que calificaba a su hijo de “destructor del bien y del honor de su casa”. 

Constant continuó su vida desordenada y su recorrido por diversos calabozos. Finalmente, al cabo de ocho años de matrimonio con Jeanne, había ido a parar a la prisión de Niort, donde iba a nacer su tercera hija.



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

jueves, 13 de enero de 2011

Robes Battantes

Robe battante

Por mucho que Athenaïs trata de disimular con sus vestimentas, ya no puede ocultar que está embarazada. Molesta por las miradas de la corte, lanzó una nueva moda: tiró de su camisa dejándola suelta en la cintura, lo que ocultaba el vientre. De tal modo creaba la robe battante, el vestido al que ella misma llamó “inocente”. Tenía la ventaja de que disimulaba la figura, pero llevar uno era como anunciar públicamente lo que se trataba al mismo tiempo de esconder. 

Luis había llegado a la conclusión de que, ya que monsieur de Montespan se había tomado tantas molestias en airear aquel asunto, no había ninguna razón para seguir disimulando, sino que lo que convenía era hacer oficial su relación para demostrar que no temía a ninguna crítica. De manera que a principios del año 1669 instaló a Luisa y a madame de Montespan en el castillo de Saint-Germain, en dos apartamentos contiguos comunicados por una única puerta. Además les exigió que aparentaran llevarse bien.

Así, cada noche el rey se dirigía a los apartamentos de las favoritas y disfrutaba de aquel ambiente tranquilo. En palabras de Mademoiselle de Montpensier, “era lo que se llamaba ir de mujeres”. Entraba primero en la habitación de Luisa, y, dependiendo de su humor esa noche, se acostaba con ella o bien pasaba a la de Athenaïs. 

Saint-Germain-en-Laye

La Montespan era claramente la preferida. Ella estaba más que satisfecha con Luis, pues “las amables maneras del rey le permitían olvidar las brutalidades de su esposo. Luis XIV, que era el más gentil de los hombres, la trataba, efectivamente, con arte, sabiendo, por haberlo leído en Ambroise Paré, que el cultivador no debe entrar en el campo de la naturaleza humana a tumba abierta”. Para entonces Luisa seguramente no estaba igual de satisfecha con tan repartida gentileza.

A principios de ese año, según el historiador Ludovic Lalanne —que fuera presidente de la Société de l’Histoire de France—, la corte de Saint-Germain se ocupaba mucho de hechiceros y adivinaciones, aunque el rey apenas se interesaba en esos asuntos, en los que no creía. Le dijeron que los cortesanos que habitaban en el piso superior del castillo iban a hacer venir de París a una famosa adivina. Ludovic continúa el relato:

“Tuvo la curiosidad de escucharla y la sociedad consintió en admitirlo, bien disfrazado, en su pequeño aquelarre. Cuando le llegó el turno de consultar, la maga lo escudriñó atentamente y le dijo que estaba casado, pero era galante y de buena suerte; que quedaría viudo y que se apasionaría con una viuda mayor, de baja cuna, desairada por todo el mundo; que la desposaría y tendría tal ceguera con ella que la mujer lo gobernaría y lo llevaría toda la vida de la nariz.”

El rey, naturalmente, se atragantó de risa. Era lo que él decía: embaucadores y engañabobos. No comprendía cómo podía haber gente que les consultara para todo.



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martes, 11 de enero de 2011

Un funeral extravagante


Al marqués de Montespan se le leyó la orden de Luis XIV, que decía lo siguiente: 

Por el rey. 

Su Majestad, estando insatisfecho con la conducta del señor marqués de Montespan, ordena al caballero de patrulla de la ciudad de París que en el acto, después de que, en virtud de la orden de Su Majestad que le ha sido enviada, el mencionado señor marqués sea puesto en libertad de las prisiones donde ha estado detenido, le ordene, de parte de Su Majestad, que salga de París dentro de las 24 horas, para ir sin demora a una de las tierras pertenecientes al señor marqués de Antin, su padre, situada en Guyenne, y permanecer allí hasta nueva orden, prohibiéndole Su Majestad salir de ellas sin permiso expreso… 

Louis Henri eligió el lejano castillo de Bonnefont, en Gascuña, donde su madre, Chrétienne de Zamet, lo recibirá con los brazos abiertos. Con él viajaba su hijo de tres años. 

Una vez allí, fiel a su estilo, reúne a sus familiares, amigos y servidores y les anuncia la muerte de su esposa. Después solicita al sacerdote celebrar exequias por ella. 

Al día siguiente un extraño cortejo desfiló por los patios del castillo. Los niños del coro llevaban cirios y entonaban el De Profundis rodeando un ataúd negro forrado de tela. El féretro viajaba en una carroza cubierta de crespón de luto y extrañamente adornada con unos cuernos de ciervo. Detrás iba monsieur de Montespan acompañado por sus dos hijos, Louis-Antoine y Marie-Christine. 


Cuando llegó el momento de entrar en la capilla ordenó abrir los portalones grandes. Como todos se sorprendieron ante esta nueva extravagancia, él explicó: 

—¡Mis cuernos son tan grandes que no pueden pasar por la portezuela pequeña! 

Entre las caras de circunstancias de los presentes por fin el ataúd fue enterrado, grabándose sobre la piedra que lo cubría el nombre de madame de Montespan. La noticia, claro, llegó pronto a la corte. A Athenaïs no le hizo ninguna gracia. 

Mientras tanto el rey se retiraba a Chambord, cuyo parque, rodeado de muros, podía desafiar cualquier tentativa que se le ocurriera volver a hacer a aquel loco. 

Chambord

A finales de ese año, por cierto, Gabriel-Nicolas de la Reynie era nombrado teniente general de policía. Athenaïs aún no sabía la importancia que esto llegaría a tener un día en su vida. 

Por el momento la estrella de la Montespan continuaba brillando con fuerza. Circulaba por la corte una bonita canción que atestigua cómo se iba imponiendo sobre su rival: 

Se dice que La Vallière
Va a su declinación;
Sólo por buenos modales
Sigue sus pasos el rey.
La reemplaza Montespan,
Para que todo pase
Así de mano en mano.



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

domingo, 9 de enero de 2011

La venganza de Monsieur de Montespan


De creer ciertas memorias, como las de Saint-Simon, el marqués de Montespan había tramado un plan maquiavélico para vengar la infidelidad de su esposa. Para ello parece haberse inspirado en una antigua historia que se contaba sobre los tiempos del rey Francisco I. En aquella época el marido engañado de la Bella Ferronière decidió contraer una enfermedad venérea y transmitírsela a su mujer para que ésta, a su vez, contagiara al rey. Monsieur de Montespan, supuestamente, habría decidido imitarlo, frecuentando toda clase de tugurios con el fin de salirse con la suya. 

Pero si quería que el plan prosperase, era imprescindible que después se dirigiera al encuentro de Athenaïs y procediera con la segunda parte. Para ello le fue preciso burlar todas las vigilancias y forzar puertas de aposentos. Finalmente, amenazando a un lacayo con su bastón, consiguió presentarse ante su esposa. 

Madame de Montespan se encontraba en compañía de madame de Montausier, que no ganaba para sustos con el marqués. La crónica continúa así:

“En cuanto la marquesa lo vio, lanzó grandes gritos y fue a refugiarse en brazos de su amiga, y él corrió en su persecución. Allí se produjo una escena terrible. No ahorró palabras. No hubo injurias, por sucias o atroces que fuesen, que no vomitase a la cara de madame de Montausier, con los reproches más violentos. Como quiso ir más allá, en su presencia, para la ejecución por la fuerza de lo que había proyectado, recurrieron una y otra a los gritos más penetrantes, que hicieron acudir a la servidumbre, en presencia de la cual, como no podía hacer nada mejor, las mismas injurias fueron repetidas, y él fue llevado por la fuerza, no sin haber blandido el bastón y terminado de hundir a las dos damas en el pavor más espantoso.” 


Muy frustrado por esta tentativa fallida, el marqués pensó en regresar a sus tierras y desahogar allí sus rencores. Pero antes quiso despedirse del rey como la ocasión merecía.

Apenas dos días después de aquella escena, según nos cuenta Voltaire, se dirigió a Saint-Germain todo vestido de negro, en una carroza cubierta de crespones de luto tirada por caballos de hermoso color de ébano.

El rey se sorprendió al ver todo aquello y le preguntó:

—Pero ¿por quién lleváis luto?

—Por mi esposa, Sire, por mi esposa. ¡No volveré a verla!

Después de lo cual hizo una reverencia, salió dignamente y regresó a París, donde se dedicó a proclamar por todas partes que su esposa estaba muerta.


Aquello era ya demasiado para la paciencia del rey. Monsieur de Montespan había entrado a saco en casa de una dama para cubrirla de injurias, después había tratado de forzar a su mujer y organizado otro gran escándalo, amenazando a guardias y rompiendo puertas, y ahora se dedicaba a exhibir sus cuernos por todo París de forma bastante embarazosa para la pareja. No, no iba a permitirle regresar a su Gascuña. El 20 de septiembre de ese año de 1668, por orden del rey, fue conducido a Fort l’Evêque, en la calle Saint-Germain l’Auxerrois.

Una vez allí, lo primero que hace el marqués es convocar a dos notarios para que registrasen sendas actas: la primera para que se le hiciera un adelanto de seis mil libras destinadas a pagar los gastos de encarcelamiento y a su sastre, y la segunda para anular la procuración general que había otorgado a Athenaïs.

Su encarcelamiento, naturalmente, sólo tenía por objeto calmarlo un poco, así que fue muy breve. Al cabo de dos semanas era autorizado a salir. 

¿Creen ustedes que se había calmado al fin?


En la Corte del Rey Sol

***

Recuerden que esta medianoche arrancará el primer capítulo de la novela en la Sala Capitular. Muchas gracias.

viernes, 7 de enero de 2011

... Y la venda cayó de los ojos


El buen humor de monsieur de Montespan desapareció. Empezó a observar que su esposa tenía familiaridades excesivas con el rey. Después se fijó en los extraños homenajes que recibía por parte de los cortesanos, incomprensibles en el caso de una simple dama de la reina. Algunas confesiones arrancadas a sus amigos le confirmaron las sospechas.

Entonces Athenaïs, para disimular, se puso a contarle a su marido que tenía la impresión de que el rey sentía amor hacia ella, y le pidió con insistencia que la llevara a sus tierras hasta que Luis la hubiera olvidado o estuviera entretenido en otra cosa. 

Pero el marqués no se dejó engañar. La discusión fue fuerte; le hizo una escena terrible, lanzó grandes gritos e incluso abofeteó a su esposa. Lo peor vino cuando ella se negó a seguir cumpliendo sus deberes conyugales, según nos cuenta Bussy-Raboutin:

“Madame de Montespan, que había tomado gusto a las caricias del rey, no podía sufrir por más tiempo las de su marido, y no quiso concederle nada, lo que irritó y desesperó de tal modo a monsieur de Montespan que, a pesar de amarla, no pudo contener una bofetada.”


Asustada, la marquesa aprovechó la primera oportunidad para huir del domicilio conyugal y refugiarse en casa de madame de Montausier.

Entonces el marqués decidió conmover a toda la corte. Veamos lo que nos cuenta al respecto Mademoiselle de Montpensier:

“Monsieur de Montespan, que es un hombre de carácter extravagante y celoso de su mujer, se desarregló extraordinariamente ante los dichos sobre la amistad del rey con ella: recorrió todas las casas explicando historias ridículas. Cuando se dirigía a Saint-Germain para seguir con sus prédicas, madame de Montespan se desesperaba. Acudía a menudo a mi casa: es pariente mío y yo le amonesté. Había compuesto un panfleto que me trajo una noche y me leyó, que pensaba dirigir al rey y en el que citaba pasajes de las Sagradas Escrituras, como el ejemplo de David y Betsabé. Por último le añadía mil cosas para obligarlo a devolverle a su mujer y temer el juicio de Dios…” 

La prima del rey continúa relatándonos la conversación que tuvo con él al respecto: 

“ Le dije: ¡Estáis loco, amigo mío! Nunca se creerá que hayáis escrito ese sermón, que es admirable. ¡Se lo achacarán al obispo de Sens, vuestro tío, que tiene muy malas relaciones con madame de Montespan!” 

Al día siguiente la Grande Mademoiselle acudió a Saint-Germain, donde encontró a Athenaïs muy molesta. 

—Ayer vi a vuestro esposo en París —le dijo—. Está más loco que nunca. Le hice muchos reproches, y agregué que si no se callaba, merecería que lo hicieran encerrar. 

—Mi marido ha organizado un gran escándalo. Me avergüenzo de ver que mi loro y él divierten a la plebe —repuso ella con un encogimiento de hombros. 


Mientras tanto el marqués también había sido informado de que madame de Montausier no era ajena a la intriga galante entre el rey y su esposa, sino que más o menos había hecho de intermediaria. 

Fue como si estallara una bomba. 

Monsieur de Montespan entró como una tromba en casa de la duquesa cuando ésta se hallaba rodeada de amigas que habían acudido a felicitarla por el nombramiento de su esposo para el cargo de gobernador del Delfinado. Sin cortarse lo más mínimo por la presencia de tantos testigos, le hizo una escena de gran violencia, la insultó y luego salió dando un portazo. 

Athenaïs y la Grande Mademoiselle, avisadas de lo sucedido, se apresuran a acudir a ver a madame de Montausier. La encuentran en cama, enferma de miedo y de furia al mismo tiempo. La prima del rey continúa así el relato de aquella escena:

“Casi no podía hablar. Por fin contó lo que había ocurrido: ¡Monsieur de Montespan entró en la casa como un loco! Dijo, de su señora esposa y de mí, todas las insolencias imaginables. Agradecí a Dios que no hubiese más que damas, porque si hubiese habido entre nosotras algún caballero, creo que lo habría arrojado por la ventana.”



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

jueves, 6 de enero de 2011

Misterio en la Corte



Como algunos de ustedes ya saben, hace alrededor de tres meses que fundamos la Orden de la Eterna Luz de la Sapiencia con algunos de los seguidores de esta Corte del Rey Sol. 

Esto se hizo como un simple pasatiempo, con la única finalidad de divertirnos. A tal efecto, cada miembro de la Orden interpreta el papel de un cortesano. Imaginando que nos encontramos en aquella época y lugar, emprendimos juegos y relatos sobre el tema. La actividad se desbordó hasta el punto de quedarse pequeña la pestaña que ocupábamos dentro de Cierto Sabor a Veneno, por lo que fue preciso habilitar otra página que hace las veces de Sala Capitular de nuestra Orden. 

Ahora nos disponemos a dar un paso más y abordar un nuevo proyecto más complejo. Manuel (nuestro Marqués de Fricasé, del blog DOCMANUEL), tuvo la idea de escribir entre todos una novela de intriga y aventuras ambientada en la Corte de Luis XIV durante los últimos meses de vida del cardenal Mazarino, y en la que los personajes reales se mezclan con los ficticios. 

Como si de asistir a una cena de Agatha Christie se tratara, 13 personas de diversos países y dos continentes nos hemos reunido en la Sala Capitular para aceptar este reto, turnándonos para escribir allí un capítulo cada uno. 

Los blogs que hemos recogido el guante somos: 















El Marqués de Fricasé titulará la obra Misterio en la Corte. El prólogo será publicado mañana mismo, y a partir del lunes comenzarán los capítulos, a razón de dos por semana. Si les divierten estas locuras, serán bienvenidos. 

Nos encontrarán en este enlace

Ya saben:

Aliquando et insanire iucundum est


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miércoles, 5 de enero de 2011

Georges Dandin

Sitio de Besançon

Llega el mes de febrero de 1668. El príncipe de Condé había presentado un plan para apoderarse del franco-condado en pleno invierno, cuando nadie lo espera. Toma Besançon, Salins y Luxemburgo, con lo que la guerra se reanuda y el día 2 Luis parte a su encuentro. En dos semanas el franco-condado queda casi conquistado.

Europa empieza a inquietarse mucho. Comprenden que el joven rey no tiene freno, y que sólo acaba de comenzar. Holanda, Inglaterra y Suecia se unen para reprimir su ambición. Louvois le hace ver el peligro de esa coalición y le aconseja el cese de las hostilidades. A Luis le parece un buen consejo y opta por la astucia y la prudencia al volver a pedir la paz a España, a la que incluso ofrece devolver la mitad de sus conquistas.

Los holandeses se pusieron muy contentos y acuñaron una moneda significando que habían detenido al sol. 

Durante ese tiempo el rey se resistía a desprenderse de Luisa a pesar de la gran pasión que le inspiraba Athenaïs. Gustaba de mostrarse con una a su derecha y otra a su izquierda, y los celos de la Montespan eran terribles. Ya no soportaba más aquella situación ambigua.


En cuanto a la reina, estaba en su quinto embarazo, pues Luis no descuidaba sus deberes conyugales ni el asunto de tratar de asegurar la sucesión. En ese momento sólo vivía el Delfín y una niña nacida el año anterior y a la que habían puesto por nombre María Teresa. La niña sólo iba a vivir 5 años, mientras que el nuevo embarazo de la reina terminaría dando a luz a un varón, Felipe, duque de Anjou. Lamentablemente tampoco sobreviviría más de tres años.

La princesa palatina nos cuenta que Luis siempre pasaba parte de la noche en el lecho de la reina. Solo que algunas veces se limitaba a dormir, demasiado agotado para comportarse en él “como lo deseaba el temperamento español de esa princesa”, por emplear las palabras textuales de la cronista.

Ahora Luis preparaba una gran fiesta en Versalles para celebrar sus victorias. En esa fiesta “La Vallière pareció más dueña aún del corazón del rey, en tanto que nadie ignoraba quién reinaba sobre sus sentidos.”

Pero dos semanas antes había llegado a París un incómodo personaje: monsieur de Montespan. A principios de junio había pedido al rey licencia para regresar. Por consejo de Louvois, Luis le respondió lo siguiente:

“Luego de considerar que vuestra presencia ya no es necesaria a mi servicio en los lugares en los que estáis, os hago esta carta para deciros que encuentro bien que vengáis por aquí y vayáis adonde vuestras ocupaciones os llamen.”


El marqués galopó hacia Versalles a marchas forzadas y se unió a las fiestas alegremente, sin comprender a cuento de qué venían las sonrisas de la gente. En julio, sentado junto a su esposa, aplaudía incluso más fuerte que los demás una comedia de Molière titulada Georges Dandin o El marido engañado.

Pero al cabo de unos días comenzó el mosqueo de monsieur de Montespan.



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno