viernes, 30 de diciembre de 2011

Feliz Año Nuevo


En Francia, el día de Año Nuevo no siempre se ha celebrado el 1 de enero. Durante los siglos VI y VII, con los merovingios, solía considerarse en buena parte de las provincias que el año comenzaba el 1 de marzo, y con Carlomagno, allá por los comienzos del siglo IX, empezaba en Navidad. Los reyes de la dinastía Capeto introdujeron un nuevo cambio al hacer coincidir el inicio del año con la Pascua.

Para encontrar la primera celebración del Año Nuevo coincidente con el 1 de enero, hay que remontarse a 1564, en tiempos de Carlos IX. Para entonces el cómputo había llegado a ser caótico. El rey, durante uno de sus viajes, había constatado que la fecha variaba considerablemente dependiendo de la parte de su reino en la que se encontrase: en Lyon, por ejemplo, comenzaba el 25 de diciembre, pero en el Delfinado se celebraba el 25 de marzo. A fin de unificar criterios, decidió en el edicto de Rosellón que en adelante el año comenzaría el 1 de enero. El edicto entró en vigor en 1567.

“Deseamos y ordenamos que en todas las actas, registros, instrumentos, contratos, órdenes, edictos, patentes, despachos, y en toda escritura privada, el año comience en adelante el primer día del mes de enero. Dado en el Rosellón, el 9 de agosto del año de gracia de mil quinientos sesenta y cuatro, y cuarto de nuestro reinado. Así lo firmó el rey en su Consejo”.

El Réveillon se acerca de nuevo. Las uvas, los postres, el champagne y el cava aguardan en las mesas; los besos acechan su momento bajo el muérdago...

Es tiempo de celebrar. ¡Feliz Año Nuevo a todos!

Diana de Méridor

lunes, 26 de diciembre de 2011

Indomable Enriqueta de Francia


Henrietta Maria de Francia, reina de Inglaterra, retratada por van Dyck

Cuentan que Enriqueta de Francia, esposa de Carlos I de Inglaterra, a su llegada a Londres fue conducida por el rey a su gabinete. Entre otras obras de arte y objetos preciosos que en él había, advirtió la presencia de un imponente retrato de Calvino que lo representaba con la pluma en la mano sobre un libro y los ojos clavados en el cielo. La reina, mujer de fuerte carácter, católica a ultranza y poco hábil a la hora de morderse la lengua, se quedó pensativa contemplándolo. El rey le preguntó la causa.

—Pienso —respondió ella— que no es extraño que Calvino haya escrito tantos desatinos, pues que no miraba lo que escribía.


Espero que sigan disfrutando de sus fiestas. De momento continúo recopilando todo lo relacionado con la corte y que había escrito para mi otro espacio.
Nos vemos pronto.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Felices Fiestas



Cuenta una vieja leyenda francesa que, durante la misa de gallo, en el momento en que el sacerdote lee la genealogía de Cristo, hay una roca en la cima de una montaña que gira tres veces sobre sí misma. Entonces comienzan a abrirse las arenas, las rocas de las colinas y los valles profundos, y los tesoros enterrados en las entrañas de la tierra aparecen a la luz de las estrellas.

Ojalá cada uno de ustedes encuentre en estas fechas el que le está destinado.

¡Feliz Navidad!

Diana de Méridor

lunes, 19 de diciembre de 2011

El verdadero mosquetero Athos


Se llamaba Armand de Sillègue d’Athos d’Autevielle. Athos-Aspis es el nombre de un pueblo entre Sauveterre-de-Béarn y Oraas.

Las familias Athos y Sillègue habían sido en un tiempo plebeyos que se enriquecieron con el comercio, adquiriendo derecho a título de nobleza. A comienzos de siglo XVII Adrien de Sillègue, Señor de Athos y de Auteville, se casó con la señorita de Peyré (o du Peyrer), prima hermana de Arnaud Jean de Peyrer, conde de Troisvilles (Tréville), que años más tarde llegaría a ser el jefe de los mosqueteros. El matrimonio tuvo dos hijos. Armand, el menor, nació entre 1615 y 1620 según las fuentes. Puesto que su hermano mayor, Jean, heredaría los señoríos, las únicas opciones que le quedaban a Armand eran ingresar en un monasterio o en el ejército, y eligió sin vacilar la vida militar. Hacia 1640 entró en la compañía de mosqueteros del rey, gracias a la influencia de su tío Tréville. 

"Lassalle. Restos del castillo donde vivió Armand de Silègue, el mosquetero llamado Athos" 

Athos encuentra trágicamente la muerte el 21 de diciembre de 1643 en el Pré-aux-Clercs, en París, lugar de cita de los duelistas de la época. Su acta de defunción se conserva en los registros de la iglesia de Saint-Sulpice: 


Convoy, service et enterrement du deffunct Armand Athos dautebielle, mousquetaire de la garde du Roi, gentilhomme de Béarn, pris proche la halle du Pré au Clercs.

“Cortejo fúnebre, servicio y entierro del difunto Armand, Athos d’Autebielle, mosquetero de la guardia del Rey, gentilhombre de Béarn, recogido en las inmediaciones del Pré aux Clercs”

jueves, 15 de diciembre de 2011

La Place Royale de Ana de Austria

Place Royale (actual Place des Vosges), París

Hoy les invito a pasear por el París de los últimos años del reinado de Luis XIII. Les propongo visitar las librerías de la Rue Saint-Jacques, recorrer en carroza el paseo del Cours-la-Reine, entrar en las tiendas de curiosidades del Marais y, para finalizar, darnos cita en la Place Royale. Pero dejemos que la condesa Benzoni sea nuestra guía y nos conduzca a este lugar en el que siempre ocurría algo interesante: duelos, intrigas, amoríos, diversiones… Esto es lo que ella nos cuenta en Secreto de Estado:


«Para quienes vivían en el Marais, e incluso más lejos, dar un paseo significaba un único destino: la Place Royale, lugar de todas las delicias y centro de la vida elegante. Construida por Enrique IV en el espacio ocupado por un antiguo mercado de caballos, esta magnífica plaza ofrecía un conjunto arquitectónico plenamente conseguido. El color rosado del ladrillo se aliaba con gracia al blanco de la piedra de los sillares y al gris azulado de la pizarra que cubría las altas techumbres de una serie de pabellones aristocráticos, unidos entre ellos por una agradable galería cubierta, una especie de claustro por el que paseaba toda la alta sociedad parisina cuando el tiempo no permitía el acceso a los hermosos senderos flanqueados por olmos cuidadosamente recortados. En el centro, unos armoniosos setos de boj encerraban los arriates floridos, que recordaban las villas del campo romano o florentino.


»En la plaza se vendía limonada fresca, pastelillos, tortas y barquillos napolitanos. Antes de los edictos del cardenal el lugar era también escenario de duelos, pero incluso después subsistía la costumbre de las citas, con la diferencia de que ahora se trataba sobre todo de citas galantes. Las mujeres más bonitas de París exhibían allí los atuendos más lujosos, rodeadas por elegantes pretendientes. Ellas habían instaurado una especie de código de la coquetería por medio de nudos en las cintas, cuyo significado variaba según el lugar en que estaban colocados. Por ejemplo, el favori colocado sobre la cabeza mostraba los colores del pretendiente preferido; el mignon iba prendido con agujas sobre un corazón disponible, y el badin colgaba del abanico lleno de libertad desafiante…


»En cuanto a los felices propietarios —o inquilinos, en ocasiones— de los pabellones de la plaza, pertenecían a la alta nobleza o a la gran magistratura, porque hacía falta ser muy rico para tener el derecho de contemplar desde un balcón propio la alegre animación cotidiana o los festejos públicos dados por el rey o por la ciudad con ocasión de un matrimonio o de una visita real. Allí residían el duque de Rohan, la princesa de Guéménée, el conde de Miossens, que más tarde se convertiría en mariscal d’Albret, la marquesa de Piennes, la mariscala de Saint-Géran, el mariscal de Bassompierre —a pesar de la circunstancia de que se alojaba en la Bastilla desde hacía unos diez años—, el consejero Aubry, el consejero Larcher, la condesa de Saint-Paul y algunos otros, todos ellos en mansiones suntuosas cuya riqueza de ornamentación y mobiliario respondía a la gracia exterior de los edificios».

La Place Royale se inauguró en 1612 con un gran carrusel para celebrar que se había concertado el matrimonio de Luis XIII con Ana de Austria

lunes, 12 de diciembre de 2011

Los Mosqueteros


Los mosqueteros se crearon en el año 1622, cuando el rey Luis XIII dotó de mosquetes a la compañía de caballería ligera de la guardia. Sus armas, por lo demás, solían ser una espada, las pistolas y un fusil. Los candidatos tenían que ser de origen noble y haber servido ya en la guardia. Su paso a los mosqueteros se consideraba un ascenso. Combatían indistintamente a pie o a caballo, y formaban la guardia habitual del rey en el exterior, pues en el interior de los apartamentos reales eso era tarea de los guardias de corps o la guardia suiza.

En 1634 el rey nombró capitán de la compañía de mosqueteros al famoso Señor de Tréville.

Tréville

Al poco tiempo de su creación, el cardenal Richelieu creó una guardia para sí mismo. Para que el rey no se ofendiera con lo que podría parecer excesiva arrogancia por parte de su ministro, no llamó a este cuerpo guardia de corps, demasiado pretencioso, sino mosqueteros, como los recién fundados. Este fue el origen de una apasionante rivalidad.

Mazarino, que no apreciaba a los turbulentos mosqueteros del rey, disolvió la compañía en 1646, aunque volvieron a reaparecer once años más tarde, contando entonces con 150 hombres. A la muerte del cardenal, en 1661, su compañía de mosqueteros pasó al rey Luis XIV, que se hizo capitán de la misma como ya lo era de la primera. Fue reorganizada en 1664 y la vieja guardia del cardenal recibió el nombre de mosqueteros negros, debido al color de sus caballos, mientras que a la otra compañía se la llamó los mosqueteros grises. Cada una pasó a tener 250 hombres, pero en tiempos de guerra aumentaban considerablemente con los voluntarios que se presentaban.

Fueron uno de los cuerpos militares más prestigiosos del reino. Se consideraban como una escuela de preparación para la guerra, y Luis XIV había establecido que todos los jóvenes aristócratas deberían servir allí al menos un año. Nombres tan conocidos como el del duque de Saint-Simon fueron mosqueteros.

Y por cierto que el verdadero d’Artagnan (Charles de Batz-Castelmore, conde d'Artagnan) fue en realidad la criatura de Mazarino, que lo empleó en misiones secretas. Entre los ilustres nombres de los mosqueteros encontramos también el de Armand de Sillègue d'Athos d'Autevielle, nacido en Béarn en 1615 y fallecido en 1643, Isaac de Portau, llamado Porthos, nacido en Pau el 2 de febrero de 1617, y Henri d’Aramitz, llamado Aramis, un abate laico cuya hermana estaba casada con monsieur de Tréville.

D'Artagnan

En 1776 fueron disueltos por Luis XVI, por razones de economía. Después fueron refundados en 1789, vueltos a disolver al cabo de poco tiempo, refundados de nuevo durante la Restauraciónen 1814 y disueltos definitivamente el 1 de enero de 1816.



Este es otro de los textos extraídos de mi otro blog, De reyes, dioses y héroes

miércoles, 7 de diciembre de 2011

El capitán Mazarino


Bahía de Mazzaro

La información que poseemos sobre la familia de Julio Mazarino no nos permite remontarnos mucho en el pasado. El padre, Pietro Mazzarino o Mazzarini, era siciliano. Algunos biógrafos suponen que nació en Palermo, y otros en un lugar llamado Mazzaro, del que habría tomado el nombre. Todos coinciden en señalar que era de origen humilde, si bien uno de sus tíos era un conocido predicador que lo llevó a Roma. Allí le hizo cursar estudios de literatura, filosofía y Derecho. 

Pietro Mazzarino entró al servicio de los Colonna, una de las dinastías romanas más ilustres. Los Colonna fueron cardenales, embajadores, condotieros. Orgullosos y temerarios, habían adquirido inmensos bienes, siempre guerreando y tratando de igual a igual a reyes y papas. Felipe Colonna, a cuyo servicio entró Pietro, era gran condestable del reino de Nápoles. 

El joven siciliano pronto quedó encargado del gobierno de muchas de sus propiedades, pero además Felipe honró a Pietro con su afecto, encargándole con frecuencia delicadas misiones relacionadas, sobre todo, con las reivindicaciones populares y la resistencia al pago de impuestos. Lo casó con una de sus ahijadas,Hortensia Bufalini, una hermosa joven de buenas cualidades, y, además, miembro de una familia auténticamente noble. Uno de los hermanos de Hortensia era comendador de Malta, título que implicaba una nobleza comprobada en 16 cuarteles. 

Palazzo Colonna

Esta unión resultó dichosa y colocó a Pietro en un plano muy superior al de sus comienzos. La ascensión iba a continuar mediante los matrimonios de sus hijas. Tuvo cuatro, y dos hijos. El pequeño, Miguel, se ordenó de sacerdote y llegó a cardenal y virrey de Cataluña. El mayor era Julio. 

Julio Mazarino nació el 14 de julio de 1602 en la abadía de Pescina, en los Abruzzos, adonde su madre había ido a pasar los últimos meses de embarazo. Era el día de San Buenaventura, señal de buen augurio. Se decía, además, que su primer sonido había sido una carcajada, y más aún: decían que había nacido peinado y con dos dientes. 

La joven madre pasó allí poco tiempo, y luego regresó a Roma con el niño. La familia, sin ser muy acaudalada, gozaba de una buena posición que les permitía alentar altas ambiciones para su hijo, que desde los primeros años mostró gran brillo intelectual, mucho encanto, precocidad y capacidad de seducción. Las primeras enseñanzas se las dio su madre, mujer piadosa que “hubiera querido que él también lo fuese”. Con apenas cinco años recitaba con vivacidad los sermones, haciendo gala de una excelente memoria. 

Hacia los siete años lo enviaron al Colegio Romano, en el que los jesuitas impartían una educación religiosa y liberal a la vez. Los hijos del condestable estudiaban en el mismo centro, y pronto se estableció una camaradería al margen de jerarquías sociales. Mazarino fue un magnífico estudiante, mimado por sus maestros y admirado por sus compañeros. 

Colegio Romano

Era alegre, irradiaba pasión por la vida, cualidades que lo hacían simpático a todo el mundo. Los jesuitas utilizaron todo su poder de convicción para alistarlo en sus filas, pero el muchacho no se sentía atraído en absoluto por la vida religiosa. Amaba la libertad, el juego, el mundo, la conversación con las mujeres hermosas. Dotado de un temperamento ardiente y aventurero, no tenía intención de renunciar a todos los goces que la vida comenzaba a abrir para él. 

Terminados sus estudios, entre los 16 y los 17 años, no vivió más que para el placer. Jugaba, y casi siempre con extraordinaria suerte. Pero nada más lejos de su pensamiento que la idea de ahorrar. No jugaba por amontonar dinero, sino “por la embriaguez del combate y la plenitud de la victoria”. Llevaba las vestiduras más fastuosas, los diamantes más puros. Y cuando la suerte le era esquiva, todo el mundo se admiraba de su impasibilidad. Una de sus frases favoritas era: “Un verdadero jugador recoge los escudos con una pala… Un hombre verdaderamente magnífico tiene por tesorero al cielo”. Sin embargo, un día nefasto hubo de empeñar sus ropas, sus joyas e incluso sus medias. Volvió a la partida, puso sobre el tapete cuanto le habían dado y volvió a ganar todo lo perdido. 

Esta pasión por el juego preocupaba a sus padres. Una vez más el condestable les sacó entonces del apuro y, para tratar de enderezar los pasos de Julio, lo envió a España con su hijo Jerónimo, quien, destinado a la Iglesia, iba a estudiar Derecho canónico en la Universidad de Alcalá de Henares y diplomacia en la corte de Madrid. Jerónimo trató siempre de igual a igual a su amigo, que sacó más beneficio que él de aquel viaje: hizo con más provecho los mismos estudios, aprendió en tres años a hablar español perfectamente y se inició en todas las intrigas religiosas y políticas que tenían su centro en Madrid. 

Universidad de Alcalá de Henares

Una aventura amorosa hizo que Mazarino abandonara España. No habiendo renunciado a su diversión favorita, jugaba como había jugado en Roma. En una racha de mala suerte pidió prestado dinero a un español apellidado Nodaro, al que inspiró una viva amistad, hasta el punto de que el caballero le presentó a su hija, una joven muy bella, con la esperanza de casarlos. Los dos jóvenes se enamoraron, y Mazarino fue a pedirle a Jerónimo permiso para contraer matrimonio. A Jerónimo aquella apresurada unión le pareció peligrosa. No encontraba razonable casarse a los 20 años y renunciar tal vez a un porvenir brillante por una satisfacción pasajera. Pero no quiso revelarle su disconformidad, sino que prefirió fingir que aprobaba su decisión mientras le rogaba que antes aceptara una misión de capital importancia. Debía partir de inmediato a Roma llevando al condestable una carta que no podía confiarse a cualquier correo, y en cuanto regresara tendría lugar la ceremonia. 

Mazarino emprendió el viaje sin saber que estaba siendo engañado. La misiva que portaba era en realidad el relato de su aventura con aquella joven, y el deseo de que el galán no volviera a Madrid. El condestable leyó la carta, sermoneó a Mazarino y le prohibió marcharse de nuevo. 

Julio se dedicó entonces a reanudar sus estudios y, tras aprobar su tesis, alcanzó el grado de doctor in utroque jure. Esto podría permitirle obtener un buen cargo en la judicatura o en la administración, e incluso llegar a ser profesor de Derecho, pero nada de ello le tentaba. Él soñaba con una vida aventurera.“Necesita tempestades: si se sigue el movimiento de la ola, ésta nos eleva”. 

Valtelina

Por entonces la tempestad había estallado sobre la Valtelina. La Casa de Austria ocupaba Nápoles y Milán. Francia le disputaba la supremacía en Italia. Por un tratado firmado el 14 de febrero de 1623, España aceptaba el abandono de la Valtelina, cuya custodia se confiaría momentáneamente al Papa. Gregorio XV se veía obligado a enviar tropas a tal efecto. Por tanto, necesitaba un ejército, e hizo un llamamiento a los grandes señores de los Estados Pontificios. Entre ellos estaban los Colonna. Mazarino encontraba en todo ello su gran oportunidad, porque su protector hizo que se le diese una compañía de infantes.Julio se convertía en capitán de lansquenetes.

Julio Mazarino

Los primeros tiempos de permanencia de Mazarino en el ejército no le permitieron llamar la atención sobre su persona, pero comenzó pronto a ganarse las simpatías de sus camaradas. Encontrándose en Ancona recibió noticias del grave estado de salud de su madre, a la que adoraba. Inmediatamente, y sin pensar en advertir a sus jefes, se marchó a Roma. Una vez tranquilo, comprendió la grave falta que había cometido y fue a pedir perdón al Papa, quien, totalmente ganado por el joven capitán, le dio permiso para quedarse en la ciudad hasta que no tuviera el menor motivo de inquietud. 

Mazarino maniobró hábilmente para obtener el puesto de subcomisario, en el que pronto se hizo indispensable. Como hablaba a la perfección el español y bastante bien el francés, prestaba los mayores servicios en las negociaciones. Se iniciaba así en todos los secretos de la política más confusa, y sus informes causaban una impresión tan viva al general en jefe que no dudaba en transmitirlos a Roma. 

Cuando en 1626 Urbano VIII retiró y licenció a su ejército,Mazarino pasó a formar parte de las tropas de la provincia de Ferrara. Era el encargado de transmitir los informes entre el Papa y los Sacchetti. Sus visitas a la corte pontificia le permitieron conocer al cardenal Bentivoglio, encargado en Roma de la protección de los intereses franceses. Bentivoglio lo situó cerca del cardenal Barberini. 

Cardenal Bentivoglio

—Os lo doy —dijo— porque yo no soy digno de guardarle; al haceros este regalo, creo pagar una parte de las deudas que tengo con una familia tan ilustre como la vuestra. 

—Lo acepto encantado, como todo lo que venga de vuestra mano; pero decidme para qué lo consideráis apropiado. 

—Para todo, sin excepción. 

—Entonces lo mejor que podemos hacer es enviarle a Lombardía con el cardenal Ginetti, junto al cual hace falta un hombre activo. Habladle de mi parte. 

Y Ginetti recibió al joven Mazarino en calidad de secretario de legación. 

En 1630 se anunciaba una nueva guerra. Urbano VIII no quería una dominación de la Casa de Austria en Italia, pero tampoco le agradaba la idea del dominio francés. Lo que deseaba era una paz general que le dejara su independencia. Careciendo de poder para triunfar por las armas, le era preciso recurrir a la diplomacia, una diplomacia en el fondo simpatizante con Francia. El capitán Mazarino aparecía entonces como el negociador indispensable. Fue enviado a Lyon. Para obtener de Richelieu un armisticio sólo se confiaba en su habilidad y elocuencia. 

Alcanzó Lyon el 28 de enero de 1630 por la noche. Sólo pasó allí el día 29, pero aquellas horas constituyeron una etapa decisiva en su vida. En tan poco tiempo se ganó el favor del cardenal Richelieu. Según Brusoni, “Después de celebrar con él una conferencia de tres horas, Richelieu aseguró a los grandes de su corte que jamás había conocido a un hombre que, en el primer encuentro, le diera tal sensación de valor intelectual ni que se mostrara tan bien informado de los asuntos políticos, en particular de los de Italia”. Aún habrían de reunirse otra vez en Grenoble. Durante esa segunda entrevista Luis XIII intentó hacer aceptar a Mazarino una suma de dinero que él tuvo la habilidad de rechazar con gran destreza para que el rey no se ofendiese. 

El momento más dramático de aquella larga serie de gestiones y debates fue el célebre episodio de Casal, el 26 de octubre de 1630. A mediodía estaba a punto de entablarse una batalla. Se preparaba una salida de la ciudadela, y las tropas españolas aguardaban. El choque iba a producirse, y ya avanzaba el ejército francés. Al llegar casi a tiro de mosquete, los soldados se detuvieron para rezar, y terminada la plegaria se lanzaron al ataque. La artillería empezó a tronar del lado español. Las primeras líneas francesas estaban a punto de tomar contacto con el enemigo cuando apareció sobre el campo de batalla un jinete que espoleaba a su caballo en una furiosa galopada y blandía, en lugar de la espada, un crucifijo, mientras gritaba: 

—¡La paz! ¡La paz! 

Era Mazarino. Jugándose la vida, penetró en la línea de fuego, agitando desesperadamente la cruz que acababa de pedir prestada al legado. Su presencia causó tal estupor que interrumpió el combate. Todos los generales se acercaron, agolpándose alrededor de aquel mensajero temerario que traía las disposiciones de paz que había conseguido que se firmase aquella misma mañana. 

Urbano VIII

El tratado se acogió en Roma con muestras de alegría. El Papa hizo acuñar monedas destinadas a conmemorar el acontecimiento y mandó pintar un cuadro aparatoso representando a los dos ejércitos alineados en orden de batalla y en el centro Mazarino, solo, a caballo, imponiendo la paz. 

Mazarino se convertía en el verdadero embajador del Papado en lugar del nuncio. Como resultaba indecoroso que un diplomático al servicio del pontífice siguiera vistiendo el uniforme de capitán de infantería, el Papa le concedió las dos canonjías de San Juan de Letrán y de Santa María la Mayor. Con ello, y sin pertenecer a la Iglesia, podía adoptar el hábito eclesiástico, más adecuado a las misiones que desempeñaba como ministro pontificio. 

Desde entonces Mazarino ya sólo tenía una aspiración: la púrpura cardenalicia. No había hecho sus votos como sacerdote; no lo era, y, de hecho, hubiera podido casarse. No era necesario haber recibido las órdenes sacerdotales para ser elevado a la dignidad de cardenal, sino que bastaba con el canonicato, beneficio que puede concederse a un laico. 

Château de Saint-Germain-en-Laye

Julio Mazarino era nombrado nuncio en Francia poco después y recibido en la corte con todos los honores. Una carroza real acudió a su encuentro en Picpus para conducirlo escoltado y seguido por otros cien carruajes hasta París. Entró por la puerta de San Antonio y se dirigió a la Nunciatura, donde acudieron a saludarle los representantes de los reyes. Luego fue conducido al castillo de Saint-Germain, donde le recibieron Luis XIII y Ana de Austria. El capitán Mazarino abría así un nuevo capítulo de su vida, el capítulo que iba a colmar todas sus ambiciones. 

***

Continúo con los textos publicados en mi otro blog relacionados con la corte del Rey Sol

jueves, 1 de diciembre de 2011

Hortensia Mancini


Como he hecho un resumen de la biografía de Hortensia para mi otro blog, aprovecho para dejarlo almacenado aquí en la corte, a la espera de poder desarrollar un día esta historia junto con tantas otras que aún quedaban pendientes.

***
Hortensia Mancini, duquesa de Mazarino, es probablemente la más notable entre cuantas mujeres formaron parte del “serrallo” de Carlos II de Inglaterra. Durante su juventud fue una de las más ricas herederas de Europa, y, desde luego, también una de las más hermosas. Por la época en la que Carlos no era más que un príncipe errante, sin trono ni fortuna, había sido uno de los pretendientes a su mano, pero la oferta fue rechazada por el tío de Hortensia, el cardenal Mazarino, que no calculó que un día el Estuardo podría recuperar la Corona de su padre. Resulta irónico que al cabo del tiempo Hortensia terminara convertida en su amante y subsistiendo gracias a su generosidad. 

Se trataba de una criatura irreflexiva, casi se diría que salvaje, una joven no carente de ingenio y que prefería la emoción de la aventura a cualquier idea de grandeza. Nació el 6 de junio de 1646, hija de Lorenzo Mancini, un aristócrata romano, y de Girolama Mazarino, hermana del cardenal. Cuando tenía seis años su tío la hizo llevar a Francia para ser educada. La vivacidad y el gusto por las bromas siempre formaron parte de su carácter. En realidad con el paso de los años jamás dejó de ser una niña traviesa. Su tío la adoraba, si bien le inquietaba un tanto percibir la indiferencia de Hortensia hacia la religión. En una ocasión el cardenal le dijo: 

—Si no asistes a misa por amor a Dios, hazlo al menos por temor a los hombres. 

María Mancini

Mazarino las sometía a ella y a sus hermanas a una férrea vigilancia para asegurarse de que no se desviaban del camino recto. Según se narra en las memorias de Hortensia, las jovencitas estaban bajo la vigilancia de Madame de Venel, “tan acostumbrada a su papel de guardiana, incluso por la noche, que solía levantarse para ir a ver qué estábamos haciendo”. Una noche, creyendo oír un ruido sospechoso, madame de Venel se temió lo peor y adormilada como estaba entró en la habitación donde dormía apaciblemente María Mancini, a la que por entonces pretendía Luis XIV. Nerviosa ante la posibilidad de toparse con Su Majestad y sin saber muy bien cómo debería reaccionar en el caso de que lo sorprendiera en tan embarazosa situación, la dama se puso a tantear la cama en la oscuridad para comprobar que había una sola persona en ella. Pero en su exceso de celo tuvo la mala fortuna de ir a meter un dedo en la boca de María. Esta, al despertarse sobresaltada con la intrusión, le mordió el dedo con todas sus fuerzas. Entre el susto y el dolor, madame de Venel lanzó lo que más que un grito fue un bramido, de tal modo que despertó a todo el piso. “Imaginad el asombro de ambas cuando se despejaron por completo, al encontrarse en esa situación. Mi hermana estaba sumamente enfadada por tan intensiva vigilancia. Al día siguiente le contaron la historia al rey y toda la corte se rió.” 

El 1 de marzo de 1661, a punto de cumplir quince años,Hortensia contrajo matrimonio con Armand Charles de La Porte, duque de La Meilleraye y de Mayenne y Par de Francia. Desde entonces el matrimonio llevó el título de duques de Mazarino. El cardenal había querido casar a Armand con otra de sus sobrinas, pero el duque se enamoró perdidamente de Hortensia apenas la vio, y aseguró que si no se casaba con ella moriría en tres meses. 

Mazarino falleció al año siguiente dejando a su sobrina una herencia fabulosa y un esposo difícil de soportar. Armand se mostraba excesivamente celoso, era caprichoso, tenía un carácter malhumorado y no se destacaba por su brillante intelecto, sino que, por el contrario, daba muestras de ser mentalmente inestable. Más que un cristiano devoto, se creía inspirado por Dios, y sus supuestas visiones y revelaciones divinas eran el hazmerreír en la corte del Rey Sol. Llevaba hasta tal punto su fanatismo que no quería que las nodrizas amamantaran a los niños en los días en que se celebrara alguna festividad religiosa. Tampoco le gustaba que las lecheras ordeñaran las vacas, porque eso tenía para él connotaciones sexuales. Además hacía que a sus sirvientas femeninas les arrancaran dientes para impedir que atrajeran la atención de los hombres. Tenía una magnífica colección de arte, pero él la estropeaba haciendo que pintaran encima de los desnudos para que no se viera nada indecoroso. 



El matrimonio fue un infierno: Armand prohibía terminantemente a su esposa quedarse a solas con cualquier hombre, la obligaba a rezar durante buena parte del día en la capilla, pidiendo perdón por los pecados de la carne, y organizaba extravagantes búsquedas a medianoche, a la caza de posibles amantes secretos. 

Al cabo de seis años el matrimonio se rompió. Harto del comportamiento de una esposa mundana y que amaba reír sobre todas las cosas, Armand decidió enviarla a un convento

Mientras permanecía con las monjas, Hortensia tuvo por amiga y compañera, y al parecer por algo más, a la marquesa de Courcelles, otra dama casada, joven y alegre como ella, a la que el esposo había encerrado allí acusándola de adulterio. Una de las diversiones de ambas era echar tinta en la pila del agua bendita para que los rostros de las monjas se mancharan de negro al persignarse. A veces trataban de escaparse por la chimenea, y por la noche, cuando todas dormían, disfrutaban corriendo por los dormitorios con un montón de perritos ladrando y aullando tras ellas. En una ocasión llenaron de agua las camas de las religiosas a través de unas grietas en el suelo del piso superior. Hortensia lo confiesa, y añade que “con el pretexto de hacernos compañía, no nos perdían de vista. Las más ancianas, como eras las más difíciles de sobornar, eran las elegidas para esta misión; pero como no teníamos nada mejor que hacer que corretear por ahí, pronto las cansábamos a una tras otra, y hubo una o dos que se hicieron un esguince por intentar darnos alcance”. 


Finalmente se decidió que regresaría al palacio Mazarino, donde ella y su esposo ocuparían habitaciones separadas. Su hermano Felipe, duque de Nevers, residía en un palacio contiguo. Hortensia hizo abrir un pasadizo mediante el cual tenía acceso a sus apartamentos a cualquier hora del día o de la noche. Esto dio pie a Armand para llegar al extremo de sugerir una relación demasiado íntima entre Hortensia y su hermano. 

La duquesa de Mazarino no soportaba aquella situación, de modo que decidió emprender la huida. La noche del 13 de junio de 1668 abandonó furtivamente el hogar conyugal ayudada por su hermano. Dejaba atrás a los cuatro hijos habidos de su matrimonio, el menor de los cuales tenía tan solo dos años. 

Para llevar a cabo su propósito se fingió indispuesta y se retiró a sus aposentos con una de sus servidoras. Allí se disfrazaron de hombre, y de ese modo atravesaron las puertas de la ciudad hasta alcanzar un carruaje que las estaba aguardando.


La fuga de Hortensia no fue descubierta hasta la mañana siguiente. El marido corrió entonces a ver al rey para solicitarle que fuera detenida en la frontera, pero no le sirvió de mucho: Luis XIV profesaba un gran afecto a las sobrinas del cardenal, y, desde luego, en este asunto estaba inequívocamente de parte de Hortensia. El rey incluso la ayudó con una pensión que le permitiera vivir con independencia del esposo. 

La duquesa de Mazarino se dirigió primero a Suiza, y desde allí aItalia, donde vivía su hermana María, casada entonces con el príncipe Colonna. El disfraz no conseguía engañar a nadie. “Se sabía en casi todas partes que éramos mujeres. Nannon, mi sirvienta, continuaba llamándome Madame sin darse cuenta. Sea por eso o porque mi rostro despertaba sospechas, la gente, cuando nos encerrábamos en una habitación, solía espiar por el ojo de la cerradura; de ese modo descubrieron nuestras largas trenzas, que, tan pronto como nos sentíamos libres, como resultaban tan incómodas bajo las pelucas, solíamos soltarlas despreocupadamente. Nannon era muy bajita, y su figura se adaptaba tan mal a la que debería ser la de un hombre que yo era incapaz de mirarla sin reírme”. 

Sería prácticamente imposible seguir a Hortensia durante todos sus viajes por Europa y sus aventuras a partir de ese momento. Alta, deslumbrante con cualquier atuendo, incluso con el masculino que se aficionó a vestir de vez en cuando, vivió como quiso vivir, sin temor a los prejuicios de la época. Aprendió a disparar y a manejar el florete con maestría, fue una magnífica amazona, apostó fuerte en el juego y bebió como un cosaco, nadó desnuda en los ríos, tocó la guitarra, bailó como una gitana y tomó amantes de ambos sexos. 

María y Hortensia Mancini

Después de una estancia en Roma “y tras una serie de accidentes en los que encontró rudos soldados y cardenales galantes”, regresó a Francia disfrazada. Pero al enterarse su marido, Hortensia vio su libertad en peligro y rápidamente se dirigió aSaboya. Allí se convirtió en la amante del duque, que curiosamente había sido otro de sus pretendientes. 

A la muerte de este en 1675, la celosa viuda le ordenó hacer las maletas y largarse a otra parte. Hortensia puso sus miras en Inglaterra, se embarcó en Rotterdam y, tras superar una furiosa tormenta que duró cinco días, consiguió llegar a Londres en diciembre de 1675. El pretexto era visitar a su prima María de Modena, que se había casado con Jacobo, el hermano del rey. 

Su situación era desesperada para entonces, porque su marido no solo había conseguido apoderarse de su fortuna allá en Francia, sino también de la pensión que le concedía el rey. Sin embargo, aún contaba con su belleza, que continuaba siendo irresistible cuando comenzó su premeditado ataque al corazón de Carlos II. No tardó en convertirse en la principal rival de la duquesa de Portsmouth. Poco después de su llegada, el rey le asignaba unos apartamentos en el palacio de Saint-James y le concedía una generosa pensión. 


Su triunfo, sin embargo, fue breve. Hortensia se enamoró del príncipe de Mónaco, de visita en Inglaterra, y, fiel a sí misma, no hizo ningún intento por ocultarlo. Carlos, muy molesto, le retiró la pensión, aunque pasado el enojo se la volvió a conceder. Sus enfados nunca duraban. Si bien la relación terminó, ambos continuaron siendo buenos amigos hasta el fin de los días del rey. 

No había otra dama en la corte inglesa cuyos lances galantes fueran más notorios y sus intrigas más descaradas. Hubo un gran escándalo cuando se la relacionó con la joven condesa de Sussex, la mayor de las hijas del rey con Barbara Palmer. Ambas celebraron una extravagante competición de esgrima en St-James Park, vestidas en camisón mientras una multitud de cortesanos las jaleaban. Fue demasiado para el marido de la condesa, que tomó cartas en el asunto y envió a su esposa al campo. Allí la jovencita yacía desconsolada en su cama y no hacía otra cosa que besar una miniatura de Hortensia. 

La casa de la duquesa de Mazarino en Chelsea se convirtió en la más notable de su tiempo. Sus salones eran centro de reunión de lo más granado de la intelectualidad y de la belleza. En palabras de Saint-Evremond, “Sus invitados no ven otra cosa que no sea ella. Nunca vienen lo bastante pronto ni se van lo bastante tarde. Se acuestan lamentando haber tenido que dejarla, y se levantan con el deseo de verla de nuevo”. 


A la muerte de Carlos II, continuó siendo tratada con deferencia por su hermano y sucesor, Jacobo II, quien no solo la recibía en la corte, sino que le hizo el gran honor de invitarla a estar presente cuando la reina dio a luz. 

Hortensia sobrevivió a los turbulentos tiempos en los que Jacobo perdió el trono. Encontró también cortesía en la sombría corte deGuillermo de Orange, pero fue privada de la pensión que le había sido concedida y del apartamento del que disfrutaba en el palacio de St James. De pronto ya no era persona grata en la corte. Se le permitió, no obstante, permanecer en Inglaterra, en atención al temor que experimentaba ante la posibilidad de regresar junto a su esposo. 

Durante los últimos años de su vida vivió en la pobreza. Falleció en su casa de Chelsea en 1699 por causas no suficientemente aclaradas, aunque se habló de suicidio


Hortensia tenía 53 años y estaba enamorada del duque de Albemarle, mucho más joven que ella. Por desgracia otra mujer se interpuso entre ambos, y fue precisamente aquella que más agonía podría causarle: la mayor de sus hijas, la marquesa de Richelieu, cuya historia era bastante parecida a la suya. Hortensia reaccionó del peor modo posible y, loca de celos, solo encontraba consuelo en el brandy. Consiguió que el rey hiciera a su hija abandonar el país tan solo para sufrir el dolor postrero de ver a Albemarle partir en pos de ella.Su final fue el de una tragedia griega: se encerró en su casa y, al cabo de unos días, unos dicen que bebió un preparado que supuestamente la mató, y otros que se emborrachó hasta el coma etílico. Sea como fuere, allá en sus aposentos fue encontrada muerta, “rodeada de sus monos, sus loros y sus facturas impagadas”. 

El esposo reclamó su cuerpo. Los acreedores se habían apoderado de él; lo tenían secuestrado, por así decir, y no se lo entregaron hasta que Armand accedió a pagar las deudas

Pasó casi un año antes de que el excéntrico marido enterrara a Hortensia. Durante ese tiempo llevaba el ataúd consigo por dondequiera que iba, como en su día había hecho la reina Juana de Castilla con Felipe el Hermoso. Finalmente depositó los restos de su esposa a los pies de la tumba del cardenal Mazarino.

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La Corte volverá a cerrarse por el momento

miércoles, 9 de noviembre de 2011

DESPEDIDA


El final de la historia de la marquesa de Brinvilliers, para los que no lo recuerdan, fue narrado ya el jueves 1 de septiembre: 

“La carreta llega a la plaza de Grève entre las exclamaciones de la multitud. Trae a una mujer de unos 45 años…” 

Y nos detuvimos entonces a contar quién era esa mujer y cómo y por qué había llegado hasta allí. 

El pasado domingo terminó la parte dedicada a la marquesa de Brinvillers. Era llegado el momento de abrir la caja de Pandora y hablarles de hasta qué punto estaba extendido el uso de venenos y el recurso a la brujería, escándalo que alcanzó a algunos importantes personajes de la corte. Era llegado el momento de presentarles al jefe de la policía, Nicolas de la Reynie y sumergirnos en las investigaciones policiales. Era llegado el momento de examinar las pruebas y testimonios que acusaban a Madame de Montespan, a la condesa de Soissons y a otros cortesanos, de modo que ustedes mismos emitieran su veredicto. 

Lamentablemente no podrá ser. Me es preciso asumir que no me es posible seguir llevando los dos blogs y pasar asiduamente por todos los que me gusta leer, que ya son muchos. La familia bloguera aumenta, y la tarea requiere un tiempo del que últimamente no dispongo, de modo que debo renunciar a una de las dos páginas. Cerraré esta, que me supone un mayor esfuerzo, aunque también es cierto que me divierte más. 

Quisiera poder anunciarles, como otras veces, cuándo será abierta de nuevo, pero me temo que no puedo aventurar una fecha. Supongo que entraré alguna vez, cuando me atenace la nostalgia, y tal vez entonces regresaré con una nueva historia sobre la Corte del Rey Sol. 

Hemos pasado buenos ratos juntos. Hemos fundado una Orden y escrito una novela entre trece miembros de la misma. Nos hemos reído y hemos hecho buenos amigos a los que no pienso renunciar, así que seguiré en contacto desde De reyes, dioses y héroes. 

Muchas gracias a todos los que se han detenido aquí alguna vez, un abrazo a quienes lo han hecho asiduamente… 

Y hasta siempre.


Diana de Méridor