martes, 9 de noviembre de 2010

Guerra entre caballeros


Luis XIV se aproximaba a Lille, ciudad que deseaba capturar a toda costa. El sitio se desarrolló, escaramuzas aparte, con un tono de exquisita cortesía que lamentablemente se ha perdido. El gobernador de Lille era Philippe Hippolyte Charles Spinola, conde de Bruay. Tan pronto como supo que el rey en persona acudía a sitiar la plaza que él defendía, Monsieur de Bruay le envió un mensaje ofreciéndole que eligiera entre los más bellos châteaux que se encontraran a una distancia de una hora de Lille, y poniendo a su disposición cuanto fuera necesario para su entretenimiento. Además rogó al rey que no encontrara injusto que defendiera la plaza hasta las últimas consecuencias. Luis XIV le respondió que, por el contrario, cuanto mayor fuera la resistencia, mayor sería la gloria de la victoria. Bruay, en esta escalada de cortesías y rizando el rizo, rogó ser informado del emplazamiento del cuartel general de los franceses, para evitar el error de disparar sobre Su Majestad. 

—Mi puesto de mando está en todos lados —repuso Luis, rechazando tales consideraciones por parte del enemigo. 

Por fin monsieur de Bruay le ofreció todo cuanto le fuera preciso para el servicio de su mesa, enviándole cada mañana hielo para refrescar su vino. Este hielo, por cierto, se conservaba entonces durante todo el año después de sacarlo de lagos y estanques, y se metía en frigoríficos de aprovisionamiento excavados en los suelos. 


Un día el rey le dijo al gentilhombre español que acababa de traérselo: 

—Rogad al gobernador que me envíe más hielo, pues hace calor. 

—Señor —respondió el español—, lo administra porque espera que el sitio sea largo y desea que a Vuestra Majestad no le falte nunca.

El marqués de Puyguilhem había acudido con tropas de refuerzo para auxiliar en las trincheras al duque de Vivonne, hermano de Athenais. Nuestro Puyguilhem se destacó por su arrojo durante la jornada del asalto, a consecuencia de lo cual resultó herido, si bien no de consideración. Pero su intervención posibilitó el acercamiento de los cañones a las murallas para someterlas a un bombardeo eficaz. Después de eso, fue cuestión de horas que la plaza se rindiera. 

Al cabo de unos cuantos días Lille capituló. El rey entró con gran pompa y se dirigió a la iglesia de Saint-Pierre para el juramento de rigor. Después fue al encuentro de Bruay, diciéndole: 

—Monsieur, lamento vuestra desdicha puesto que sois un caballero que cumplió con su deber al servicio de su señor, y por consiguiente os tengo en la más alta estima. 

Tomada la plaza, ya podía Luis dirigirse a Compiègne al encuentro de las damas. Como gobernador dejaba a un viejo conocido de todos ustedes: d’Artagnan. 

¿Y monsieur de Montespan, a todo esto?

domingo, 7 de noviembre de 2010

Despachos nocturnos


Mademoiselle de Montpensier nos relata los comienzos de la relación del rey con la marquesa de Montespan: 

“Madame de Montespan había adquirido la costumbre de permanecer en su habitación, que era la alcoba de madame de Montausier, próxima a la del rey. Se advirtió que se había retirado un centinela, ubicado hasta entonces en una grada que tenía comunicación desde el alojamiento del rey con el de madame de Montausier, y que se lo colocó abajo para impedir que nadie entrara por la escalera. El rey permanecía en su habitación casi todo el día, y él mismo la cerraba, y nadie veía a madame de Montespan, sólo iba a jugar a las cartas, y ya no seguía a la reina cuando ésta iba a pasear.”

Anne Marie continúa relatando que una noche, durante la cena, la reina, quejándose de que se acostaban siempre muy tarde, se volvió hacia ella y le dijo:

—El rey no se acuesta antes de las cuatro. Es ya madrugada, y no sé en qué puede entretenerse.

Luis, presente durante la escena, respondió por sí mismo a la pregunta:

—Leía los despachos y los contestaba —explicó sonriente, pero volviendo la cabeza hacia el lado de su prima para que la reina no viese su sospechosa sonrisa.

Mademoiselle nos cuenta que estuvo a punto de atragantarse de risa ella misma, pero que optó por no levantar los ojos del plato para poder contenerse. 


La reina suspiró.

—Bien podríais hacerlo a otra hora —le reprochó María Teresa. 

La pobre seguía obsesionada con Luisa, que continuaba siendo el objeto de todo su odio. Jamás se le hubiera ocurrido sospechar de Athenaïs.

El 27 de junio el rey volvió a ponerse a la cabeza de los ejércitos. Antes de partir rogó a las damas que tuvieran la bondad de retirarse y esperarlo en Compiègne.

Una vez allí, Athenaïs cae enferma y se le diagnostica un sarampión, lo que no garantiza que lo fuera, pero es que en la época se llamaba sarampión a casi todas las enfermedades de ese tipo, como por ejemplo la rubeola. También el pequeño Delfín había padecido la enfermedad durante esas jornadas, aunque en forma leve, y pronto se recuperó.

viernes, 5 de noviembre de 2010

La Guirnalda de Julie


Durante los días siguientes el rey y Madame de Montespan se reúnen en la alcoba de una distinguida dama que ya había protegido anteriormente los amores de Luis con la Vallière. Se trataba de Julie Lucinne d’Angennes, duquesa de Montausier. 

La duquesa, hija de la marquesa de Rambouillet, era dama de honor de la reina desde hacía unos años, y gobernanta de los hijos del rey. Casada con Charles de Saint-Maure, duque de Montausier, el suyo había sido un larguísimo noviazgo de 14 años, hasta llegar al matrimonio el 15 de julio de 1645. 

El gran amor del duque por la mujer que finalmente logró conquistar quedó registrado en la historia de la literatura a través de la Guirlande de Julie, los famosos versos que fueron compuestos en honor de la bella. Montausier pidió a los 17 poetas más reconocidos de su tiempo, todos ellos habituales del salón de la marquesa de Rambouillet, que cada uno escribiera un madrigal en el que una flor sirviera para alabar a Julie. El mismo Montausier compuso 16 de los 62 poemas que conforman en total la obra. 

El texto, en el que participó incluso el mismísimo Corneille, fue adornado por el caligrafista Nicolas Jarry, mientras que Nicolas Robert se encargó de pintar la flor mencionada en cada poema. El resultado final fue uno de los más extraordinarios manuscritos del siglo. 

Julie d'Angennes

La mañana del día de Año Nuevo de 1641 Julie encontró en su cama al despertarse el libro encuadernado en tafilete rojo y con las iniciales J. L. (Julie Lucine). Al abrirlo aparecía una miniatura del viento Céfiro en medio de una nube. A su derecha hay una rosa, y a la izquierda una guirnalda con 29 flores que sopla sobre la tierra. A medida que pasaba las hojas iba encontrando los delicados versos de Saint-Sorlin sobre la violeta, probablemente mis favoritos de la guirnalda, o de Tallemant sobre el lirio. 

Éste es uno de los del propio Montausier. No puede competir con los grandes, pero ahí queda para la posteridad su afanoso empeño: 

Le Narcisse 

Je consacre, Julie, un Narcisse à ta gloire, 
Lui-même des beautés te cède la victoire ; 
Etant jadis touché d’un amour sans pareil, 
Pour voir dedans l’eau son image, 
Il baissait toujours son visage, 
Qu’il estimait plus beau que celui du soleil ; 
Ce n’est plus ce dessein qui tient sa tête basse ; 
C’est qu’en te regardant il a honte de voir 
Que les Dieux ont eu le pouvoir 
De faire une beauté qui la sienne surpasse; 


Como información para los interesados en esta guirnalda, se conserva en el departamento de manuscritos de la Biblioteca Nacional de Francia. 

Obvio, a Julie le agradó. Pero no lo suficiente para aceptarlo de inmediato como esposo: la bella aún le haría esperar otros cuatro años, hasta que él accedió a eliminar el último obstáculo para su unión abandonando la religión protestante para convertirse al catolicismo. 

Gustavo II de Suecia

Pero había, además, otro hombre con el que el duque tuvo que rivalizar en el corazón de Julie: nada menos que el rey Gustavo de Suecia, victorioso guerrero por el que ella había expresado la más abierta de las admiraciones. Incluso había hecho colocar un retrato suyo en sus aposentos, y declaraba que no amaría a otro que a Gustavo. Y así fue, pero para cuando recibió la guirnalda hacía tiempo que el rey de Suecia había fallecido. 

Montausier seguramente se vio obligado a recurrir a los versos para tratar de convencer a Julie de que no era el misántropo que sus contemporáneos imaginaban. El caballero tenía reputación de rudo y austero, por lo que no solía resultar simpático ni popular. De hecho, se pensaba que Molière se había inspirado en él para su personaje de Alcestes. 

El duque había nacido el 6 de octubre de 1610. Durante la Fronda permaneció siempre leal a la Corona, a pesar de su aversión hacia Mazarino. Resultó gravemente herido en la contienda en 1652, por lo que comenzó a gozar de alta estima y consideración por parte del rey y la reina madre. Recibió de Luis XIV la Orden del Espíritu santo, el gobierno de Normandía y un ducado. 

El duque de Montausier con el Gran Delfín visitando una cabaña

Posteriormente iba a convertirse en ayo del Delfín. Para la educación del niño utilizó férrea disciplina y Ad Usum Delphini, una colección de textos griegos y latinos de los que fueron eliminados o cambiados los pasajes menos apropiados para la edad del príncipe. En la actualidad utilizamos la expresión “ad usum delphini” con carácter peyorativo, para referirnos a algo que ha sido podado o alterado por la censura para ser adaptado a todos los públicos. 

En cuanto a Julie, era tres años mayor que el galán. Había nacido en París en 1607, por lo que ya tenía 38 cuando contrajo matrimonio con el duque de Montausier. Educada en un ambiente en el que sus padres recibían a los más célebres artistas e intelectuales de la época, estaba abocada a convertirse junto a su madre en una de las preciosas de la época, con el nombre de Princesse Julée. Pertenecía así a un movimiento que, aunque cayera en el exceso, pretendía depurar la lengua y las costumbres, “borrar la aspereza que tiempos pasados habían dejado en los ánimos, ennoblecer las almas e introducir el buen tono en la conversación”. Julie era mujer instruida, amante de todo aquel que se distinguía por su talento, generosa. Protegía las artes y sentía viva pasión por el teatro, llegando a interpretar ella misma tragedias en representaciones que organizaba en su propio hogar. 

Y ésta era la mujer que se disponía a amparar ahora la relación del rey con su nueva amante.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

El guardia suizo


Luisa de la Vallière seguía al carruaje de María teresa cuando la Corte se dirigía al encuentro del rey, pero entonces hizo algo que nadie hubiera esperado: se salió del camino y a través del campo se dirigió a toda velocidad hacia Luis.

La reina, que asomaba la cabeza por la ventanilla, al verla se puso a chillar fuera de sí, de un modo igualmente impropio.

—¡Detenedla! ¡Detenedla! 

Los caballeros partieron al galope, pero no pudieron alcanzar el coche de la favorita, que se detuvo pronto ante el rey. Luisa descendió y, sin preocuparse de los oficiales y tropas que la observaban con sorpresa, fue a inclinarse temblorosa ante él.

A Luis no le gustaban las escenas de ese tipo. Nadie debía salirse de la norma, ni siquiera ella. Resulta que María Teresa era mujer y al mismo tiempo era reina. Luisa estaba en su corazón muy por encima de aquella mujer, pero jamás estaría por encima de la reina de Francia. Eso no podía volver a suceder. Nunca.


De manera que deparó a la Vallière una acogida glacial. Ella, avergonzada y arrepentida de su arranque, regresó a su carroza gimoteando, para diversión de los soldados que observaban la escena. El rey se dirigió entonces hacia la carroza de la reina para saludarla, y María Teresa le instó a acomodarse en el interior, pues tenía prisa por presentarle sus quejas; pero Luis se excusó para evitar la escena. Sólo una vez llegado a Avesnes se entrevistó primero con la reina y después le trasladó a Luisa todo su malestar por lo sucedido. 

Aquello parecía ser el pretexto para una especie de ruptura anunciada. El disgusto de Luisa fue grande; ya no se dejó ver en todo el día. 

Pero al día siguiente la cólera del rey había desaparecido. Ella era madre de sus hijos y estaba nuevamente embarazada; no le convenían estos disgustos. Además, aún quedaba mucho cariño a pesar de todo. La mandó llamar, y la Vallière compareció ante él bastante demacrada por una noche de insomnio. Debía acompañar a la reina a misa y, aunque la carroza real estaba llena, Luis exigió que se le hiciera un sitio. La reina y sus damas, furiosas, debieron apretarse para dejarle espacio.


Durante toda la misa madame de Montespan mantuvo su aire colérico e indignado. Y más tarde, durante la cena, sus celos se redoblaron al ver que el rey invitaba a la Vallière a ocupar el lugar junto a la reina. Él, simplemente, quería que regresara la armonía y trataba de compensar a Luisa por los agravios padecidos desde su llegada, cuando hasta le habían negado la comida; pero la Montespan se clavaba las uñas en la palma de la mano para poder contemplar impasible la asignación del honor a su rival. 

La inquietud de Athenaïs duraría poco, porque esa misma noche iba a llegar el momento que tanto había estado aguardando.

Athenaïs compartía habitación con madame de Heudicourt. Bonne de Pons, marquesa d’Hedicourt, también había mantenido una aventura con el rey un par de años atrás, pero sin la menor trascendencia, puesto que su propia familia se encargó de poner fin al asunto. La esposa de su tío el mariscal la reclamó con el pretexto de que éste se encontraba enfermo, obligándola así a abandonar la corte. Cuando la joven descubrió el engaño, y al no serle posible regresar entonces, decidió casarse con el marqués de Heudicourt, Michel Sublet. 

Aunque la relación con el rey había terminado, la amistad permanecía. No se terminaría hasta 5 años más tarde, por haber cometido la imprudencia de revelar en sus cartas los amores secretos de Luis con la Montespan. 


Según el relato del mariscal de Villeroi, las dos jóvenes marquesas conversaban en la oscuridad cuando surgió un guardia suizo con una antorcha en la mano. Se incorporaron desconcertadas en el lecho y vieron cómo el hombre avanzaba hacia ellas. Entonces se dan cuenta de que el tal suizo es el rey disfrazado. Madame de Heudicourt comprende rápidamente la situación y se va discretamente en busca de otra alcoba en la que pasar el resto de la noche.



En la Corte del Rey Sol

martes, 2 de noviembre de 2010

Una visita inesperada


El día 20 de junio, la reina, que acababa de llegar a la Fère, jugaba tranquilamente a las cartas según su costumbre cuando se le anunció que la carroza de mademoiselle de La Vallière había sido vista acercándose. Ante esta noticia, según mademoiselle de Montpensier, María Teresa fue súbitamente presa de una crisis de ansiedad e histeria. Lloró, aulló y vomitó todo lo que había cenado, pues además tenía el estómago delicado. Las damas se pusieron a correr de un lado para otro armando un gran alboroto ante la indisposición de la reina, y finalmente todos se retiraron a acostarse muy enervados aún.

A la mañana siguiente Luisa estaba en la Fère. Mademoiselle de Montpensier la encontró sentada sobre un cofre, agotada por la falta de sueño, de modo que fue a avisar a María Teresa. La reina había pasado la noche conversando con madame de Montespan sobre la extraña llegada de la Vallière. Continuaba llorando, vomitando y encontrándose mal. Durante todo el tiempo Athenaïs no dejaba de hacer alarde de gran hipocresía.

—Observad el estado en que se encuentra la reina —exclamó con pretendida indignación, en un tono claramente acusatorio contra Luisa.


María Teresa asistió a misa, pero al salir no respondió al saludo que le hizo su rival. Es más, cuando llegó la hora de comer, ordenó al jefe de cocineros que no le diera nada. Pero él, temeroso de incurrir en el desagrado del rey si lo hacía así, le llevó alimentos en secreto. 

Después de comer, la reina subió en una carroza con la Gran Mademoiselle, con madame de Montausier y con la Montespan, saliendo en dirección a Avesnes. Cien pasos detrás seguía el vehículo de mademoiselle de la Vallière. Durante todo el trayecto Athenaïs no dejaba de azuzar la inquina y el malestar de la reina contra la que aún era oficialmente la favorita.

—Es admirable la audacia de osar presentarse ante la reina —decía—, y de trasladarse con ese apresuramiento sin saber si ella lo aprobará. Seguramente el rey no sabe nada.

En ese momento la reina estalló en un nuevo sollozo y, fue precisamente entonces cuando Athenaïs tuvo la desvergüenza de ponerse a consolarla, diciendo aquella famosa frase:

—Dios me guarde de llegar a ser la amante del rey. Pero, si lo fuera, me sentiría avergonzada ante la reina.

La inocente María Teresa tenía toda su confianza depositada en madame de Montespan, quien, para satisfacerla, comulgaba cada mañana.


Durmieron en Guise, última etapa hacia Avesnes, pero Luisa no se presentó a cenar. Inquieta por ello, la reina temía que la favorita intentara adelantársele en la llegada junto al rey, de manera que dio órdenes de que nadie saliera antes que ella, y de que las tropas que la acompañaban no escoltaran a nadie. Por tanto, Luisa tuvo que contentarse con seguir nuevamente a la carroza real.

Todo iba transcurriendo sin incidentes cuando, al llegar cerca de Avesnes, el rey fue visto en la lejanía. Entonces mademoiselle de la Vallière perdió la cabeza y cometió un acto extravagante e impropio de ella.




EN LA CORTE DEL REY SOL