sábado, 30 de octubre de 2010

Regalo de despedida


Tras conocerse el documento por el que el rey concedía un ducado a Luisa de la Vallière, María Teresa no era la única que lloraba. La propia Luisa también lo hacía; no tenía consuelo ante aquel honor que en realidad era para ella una afrenta: se moría de vergüenza viendo cómo sus pecados se hacían públicos y cómo, además, se la compensaba por ello. Todo aquel asunto repugnaba a su espíritu, y por eso siempre se había negado a recibir ningún honor. Pero Luis ya no podía esperar más.

¿Y por qué? Pues porque en realidad era un regalo de despedida, y necesitaba compensarla de algún modo por lo que iba a hacer. Ella, además, lo sospechaba.

Entonces él anunció que la reina y sus damas de compañía, entre las que se encontraba madame de Montespan, serían las únicas en acompañarlo a los Países Bajos. Luisa no podría hacerlo; debía quedarse en Versalles. No era cuestión de hacer largos viajes en carroza hasta tierras flamencas dado su nuevo embarazo. Minette, igualmente encinta, tampoco iría. Este anuncio confirmó las peores sospechas de Luisa, que regresó a casa llorando.

Cinco días más tarde Luis salía hacia el norte en compañía de un gran cortejo y seguido por su ejército.


En Versalles, mientras tanto, Luisa se lamentaba viendo al rey partir hacia la guerra sin haber previsto nada para el nuevo hijo que esperaba. El 24 de mayo escribe una carta a su amiga, madame de Montausier, unas líneas en las que resulta patente que conocía las intenciones del rey y que temía lo que pudiera sucederle a ella y al niño si Luis no regresaba y quedaban a merced de la cólera de María Teresa. 

La carta de Luisa de la Vallière a su amiga comenzaba así:

“Madame, las nuevas inquietudes producidas por mi embarazo me mantienen muy alejada de la tranquilidad que deseaba. Siéndome imposible esconderlo por más tiempo, recurro a vuestra benevolencia para expresaros, liberando así mi corazón, algunas de mis reflexiones.”

Y luego continúa con un párrafo que revela claramente que temía cuáles pudieran ser las intenciones de Luis al hacerle tanto honor y recompensa al cabo de siete años, unos honores que ella no deseaba cambiar por su cariño. Sentía que la trataba como a uno de sus servidores al que le había llegado la hora del retiro, y no como a la que aún era su amada:

“Es costumbre establecida entre gentes razonables que cuando cambian sus domésticos prevean sus gastos futuros y reconozcan sus servicios. Pues bien, siento temor de encontrarme en esa situación, y que el rey, siguiendo su generosidad, intente mantener mi retiro y alimentar mi vanidad, para que prevaleciendo ambición sobre amor sufra yo este olvido con mucha más moderación.”

Y después con otro en el que revela sus temores sobre lo que podría ocurrirle a ella y sus hijos si llegara a faltarle su protección:

“El rey es mortal y va a la guerra. Si algo funesto le ocurriera, ¿qué sería de mí entonces? ¿Y qué sería del fruto de sangre real que ya siento moverse en mi vientre? El rey lo sabe y aunque comprometido sobre su fortuna, nada ha hecho por el momento.

“Tengo absoluta necesidad de vuestra asistencia y consejo prudente.”


María Teresa, madame de Montespan y el resto de las damas de compañía habían quedado aguardando en Compiègne la autorización para aproximarse a los ejércitos.

De repente, el 9 de junio, viendo a los enemigos retirarse ante él, Luis interrumpió su victoriosa marcha y retornó a Avesnes, junto a la frontera. La sorpresa fue general, nadie lo esperaba tan pronto. 

Pero él se moría de ganas de ver a Athenaïs. Aquella campaña había servido para que se diera cuenta de lo mucho que la extrañaba cuando no la tenía cerca. Llevaba demasiado tiempo resistiendo y ya no podía más. Estaba completamente seducido; le era preciso rendirse como el enemigo ante él. 

El anuncio de este viaje del rey inquietó en exceso a Luisa, que comprendió la causa. Allá en Versalles tomó una decisión que sorprendió a sus acompañantes, pues pese a ser habitualmente sosegada, ahora era presa de una extraña agitación impropia de ella. Finalmente, no pudiendo más, se subió a una carroza y dio orden al cochero de dirigirse a Flandes al encuentro del rey.


En la Corte del Rey Sol

jueves, 28 de octubre de 2010

La Duquesa de Vaujours

Luisa de La Vallière con sus hijos

Continuando con los testimonios recogidos en los archivos de la Bastilla, y obtenidos mediante los poco ortodoxos procedimientos de la época, a punto de producirse la salida de Luis XIV hacia su campaña militar madame de Montespan fue nuevamente a solicitar la ayuda de la Voisin. Ésta le aconsejó ir a ver al abad Mariette, sacerdote en Saint-Severin, y al mago Lesage.

Algunos días más tarde la marquesa se presentó en una casa de la calle Tannerie, donde los brujos habían instalado un altar en una habitación sórdida. Se encendieron los cirios, Lesage cantó el Veni Creator y después Mariette, vestido con ornamentos sacerdotales, pronunció invocaciones sacrílegas ante un cáliz que contenía un corazón de palomo. Por último, apoyando un Evangelio sobre la cabeza de madame de Montespan, que se había arrodillado rezando oraciones contra Luisa, leyó un pasaje a la manera satánica. Cuando todo hubo terminado, Athenaïs añadió:

—Pido el amor del rey, que sea continuo, que la reina sea estéril y que el rey abandone su lecho y mesa por los míos. Querida y admirada por los grandes señores, deseo ser llamada a los consejos reales donde pueda conocer los advenimientos. Y que por este amor redoblado con respecto al pasado, el rey abandone a mademoiselle de la Vallière, y, que siendo la reina repudiada, yo pueda desposar al rey. 

Según esto, las ambiciones de Athenaïs habrían aumentado considerablemente, y ya no se conformaba con ser la favorita. Sin embargo, yo preferiría que más adelante, cuando llegue el momento, sometiéramos a Madame de Montespan a un proceso aquí en este espacio. Nosotros expondremos los argumentos a favor y en contra y ustedes serán el jurado que debatirá si la Historia ha sido justa con esta mujer, y si debemos creer o no los testimonios que la acusan. 

María Ana, Mademoiselle de Blois, y su hermano el conde de Vermandois

Después de la última ceremonia que describimos ayer, Athenaïs regresó a casa segura de su victoria, pero al día siguiente iba a llevarse una gran decepción: el 14 de mayo, a mediodía, llegó a la corte la noticia de que finalmente el rey acababa de otorgar el título de duquesa de Vaujours a mademoiselle de la Vallière, y que su hija, la pequeña María Ana —la única que aún vivía hasta que en octubre naciera su hermano el conde de Vermandois—, era legitimada. Luis seguía siendo muy feliz con la Vallière.

Madame de Montespan, lívida, se precipitó en el apartamento de la reina para recibir noticias detalladas. María Teresa lloraba. Alrededor de ella los cortesanos comentaban en voz baja; todos hablaban acerca de las cartas que el Parlamento acababa de difundir. Estaban asustados, pues desde tiempos de Enrique IV no se vivía nada parecido, pero sólo los más ancianos habían conocido aquella época, dado que el Rey Galante había fallecido hacía casi 60 años. El texto decía:

“Luis, por la gracia de Dios rey de Francia, a los presentes y venideros, salud.

“Siendo los beneficios que los reyes conceden en sus Estados la marca exterior del mérito de aquellos que los reciben y el más glorioso elogio para los sujetos que con ellos son honrados, hemos creído no poder expresar mejor públicamente la estima particular que sentimos hacia la persona de nuestra querida, bienamada y fiel Luisa de la Vallière, que confiriéndole los más altos títulos honoríficos por el sentimiento singular, excitado en nuestro corazón por raras perfecciones, por ella despertado en nosotros después de algunos años en su favor. Y aunque su modestia se haya opuesto a menudo a los deseos anteriores para elevarla a un rango proporcionado a nuestra estima y a sus buenas cualidades, la afección y la justicia que sentimos por ella y merece, no nos permite dilatar el testimonio del reconocimiento de un mérito que nos es conocido, ni negar por más tiempo a la naturaleza los efectos de nuestra ternura por María Ana, nuestra hija natural, en la persona de su madre. Nos, le hemos hecho adquirir la tierra de Vaujours, situada en Touraine, y la baronía de Saint-Christophe de Anjou…” 

Mignard retrata a  quien se piensa que es Mademoiselle de Blois haciendo pompas de jabón

Madame de Montespan, desolada, corrió a cubrir de reproches a la Voisin. ¡Cómo podía ser! ¡Con lo que ella había pagado y se le proporcionaba un hechizo de tercera categoría! ¡Ah, no sabía bien con quién estaba tratando! 

La bruja, toda angustiada, mató dos sapos y los maceró en la orina de un caballo, exquisitez con la que el demonio debió de sentirse encantado. Ante un soborno así, es de suponer que pusiera a trabajar de inmediato a todos los infiernos para ayudar a la marquesa.


En la Corte del Rey Sol

martes, 26 de octubre de 2010

Las misas negras de la Montespan


Athenaïs, mientras tanto, continuaba maniobrando. Desde hacía algún tiempo iba a ver a la tal Catherine Monvoisin, cuyos talentos mágicos comenzaban a ser conocidos. La Montespan esperaba que la bruja la ayudara a lograr sus propósitos. Recurría a ella de vez en cuando para pedirle algún filtro capaz de permitirle sustituir a Luisa en el corazón del rey. 

Era el tiempo dorado de las brujas. Muchísimas personas en aquel tiempo, arrastradas por la superstición, estaban convencidas de que era posible pactar con el diablo y obtener así cuanto deseaban. Para ello, lamentablemente, llegaban a cometer auténticas barbaridades inconcebibles a nuestros ojos, en la creencia de que era necesario para la consecución de sus fines.

Muchas damas nobles buscaban entonces “pactar con el diablo firmándolo con su propia sangre, para destronar a mademoiselle de La Vallière de la soberanía que ejercía sobre el rey, y ocupar así su lugar”. Las cosas iban mejor para Luis XIV antes de decidir convertir a la favorita en duquesa. Hasta ese momento las mujeres se le acercaban porque se sentían atraídas hacia él en algún aspecto, pero sabían que no iban a obtener ningún beneficio. A partir de entonces las ambiciones comenzaron a desatarse. Fue un error, un tremendo error, puesto que incluso Luisa hubiera sido más feliz sin su título.


Con respecto a Madame de Montespan, es difícil decidir dónde termina la realidad y comienza la fabulación y la calumnia, de modo que nos limitaremos a trasladarles los testimonios que existen acerca de ella para que sean ustedes mismos quienes extraigan conclusiones. 

Hay un testigo que cuenta cómo había llegado a participar en una misa negra en la capilla del castillo de Vilbourg, cerca de Montlhéry, oficiada por el abad Guilbourg, sacerdote endemoniado amigo de la Monvoisin. 

Este relato y muchos otros, por razones que se verán en su momento, constaban en los archivos de la Bastilla y serán analizados aquí más adelante. Mucho más adelante. Esto es un anticipo. 

El hombre declara que, con la cara cubierta por un sombrero pero el cuerpo totalmente desnudo, habían tendido a Athenaïs sobre el altar iluminado con velas, donde Guilbourg había puesto sobre su vientre un mantel y un cáliz. 

La ceremonia se había desarrollado normalmente hasta el beso que el celebrante da a la piedra del altar, y que el brujo había puesto sobre la carne de la bella marquesa. Pero durante la consagración sucedió una escena horrible. Si son personas sensibles a este tipo de escenas, les aconsejo que no sigan leyendo, porque les resultará francamente desagradable. 


Mientras que durante la mayor parte de las veces los acólitos de la Voisin, como se la solía llamar, se contentaban ofreciendo en sacrificio un feto, esa noche se habían hecho suntuosamente las cosas: un niño, perfectamente vivo, había sido asesinado por Guilbourg. Éste lo había comprado por un escudo, diciendo a la pobre madre, obligada a venderlo, que estaba destinado a una mujer que necesitaba alimentar a un niño.

Después de un extraño credo, el oficiante, arrodillado, había pronunciado el conjuro:

—Astaroth, Asmodée, príncipe de la amistad y del amor, os conjuro a aceptar el sacrificio que os ofrezco de este niño, para los beneficios que os solicito. Os conjuro, espíritus del nombre aquí escrito, a acompañar a la voluntad y propósito de la persona para la cual la misa ha sido celebrada.

Madame de Montespan, aun acostada sobre el altar, habría formulado su deseo:

—Pido el amor del rey y la obtención de todo lo que yo le solicite para mí y mis padres; que mis servidores y domésticos le sean gratos, y que abandone y no encuentre más a la Vallière.

El niño había sido decapitado por Guilbourg con una navaja, y su sangre cayó dentro del cáliz. Por fin, los ayudantes habían tomado a la pequeña víctima y le habían arrancado el corazón y las entrañas “que fueron aprovechadas en una segunda oblación para ser calcinadas y reducidas a polvo a la intención de Luis de Borbón.”

domingo, 24 de octubre de 2010

Júpiter y Polimnia


En 1667 Inglaterra iba a verse obligada a firmar la paz de Breda, mediante la cual las leyes que regulaban el comercio se modificaban para favorecer a los holandeses. No se trataba de un acuerdo ideal para los intereses ingleses, pero después de afrontar el terrible brote de peste y el gran incendio de Londres era preciso concluir la paz cuanto antes. 

Mientras se desarrollaba esa guerra, Luis XIV entablaba ante la corte española negociaciones que se prolongaron durante más de un año, secundadas por polémicas entre juristas de ambas nacionalidades. Pero Luis no depositaba su confianza exclusivamente en las argumentaciones de sus juristas, y preparaba su ejército para apoyarlas.

Y así se llegó al 2 de enero de 1667. La corte había salido de Fontainebleau para ir a Saint-Germain. Se organizaban nuevas fiestas, en concreto una llamada El baile de las Musas. El rey interpretaba a Júpiter, faltaría más; el papel de Terpsícore correspondía a la Vallière, el de Euterpe a Minette, y el de Polimnia —la musa que enseñó la agricultura a los hombres— a Athenaïs, todo según un libreto de Benserade. 


Durante el transcurso de ese baile Luis tuvo para con la Montespan delicadezas y miradas que nunca había tenido hasta entonces. María Teresa, que no comprendía nada del ritual que estaba teniendo lugar ante sus ojos, aplaudía a rabiar mientras el rey ejecutaba una danza muy bella.

Luisa, en cambio, entendió bastante más. Continuó representando su papel hasta el final y cuando todo terminó corrió hacia sus aposentos y lloró con desesperación.

Sin embargo, él no se rindió ante los encantos de Athenaïs y todo quedó reducido a eso. No estaba dispuesto a abandonar a la Vallière. Es más: por esas fechas se anunció un nuevo embarazo de Luisa, en palabras de Madame de Sévigné, de esta “pequeña violeta que se ocultaba bajo la hierba, y que se avergonzaba de ser amante, de ser madre, de ser duquesa.” 


El 8 de mayo, al cabo de numerosas negociaciones con Inglaterra, Holanda y la propia España, Luis estima que es el momento de pasar a la acción militar y sale de Saint-Germain rumbo a Flandes. El Delfín, con cinco años, también participa en la campaña, una campaña fulminante en la que todas las plazas irán cayendo.

No parecía que Luis XIV se tomase muy en serio el inicio de aquella campaña. Para comenzar, el rey fue a pasar revista a las tropas, reunidas en las llanuras de Houilles. Invitó a la reina y a algunas damas de la corte a asistir en su compañía a las maniobras y ejercicios. Había sido dispuesto un campo lujoso y peculiar que madame Chatrier nos describe:

“He visto una gran llanura con una gran cantidad de tiendas situadas simétricamente. La del rey, que visité, estaba compuesta de tres salas y de una habitación con dos cabinas doradas. Todo, cubierto de raso de China, estaba lleno de amazonas de buen aspecto, más propio para atraer al enemigo que para darle miedo. Esta tropa, de la que Su Majestad era el jefe, se componía de Madame, mademoiselle de la Vallière, madame de Montespan, madame de Rouvre y de la princesa de Harcourt, que permanecían bajo la tienda durante el calor del día. Allí comían, no rancho, sino con gran magnificencia. Por la noche las damas montaban a caballo con el rey, las tropas tomaban las armas y las descargas de mosquetería se sucedían sin dañar a nadie.”



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

viernes, 22 de octubre de 2010

De guerras, incendios y plagas

Batalla de los Cuatro Días

Un conflicto entre Inglaterra y Francia iba a aplazar el asunto español: en enero de 1666 Luis XIV declaraba la guerra a su primo inglés. 

Inglaterra estaba en guerra con Holanda desde el año anterior, y Luis se posicionaba ahora del lado de los holandeses. Holanda desafiaba la supremacía comercial inglesa, muy especialmente la de la trata de esclavos. Debido a ello ambas potencias tuvieron graves enfrentamientos en las colonias de la costa de África y en América, unos incidentes que finalmente desencadenaron el conflicto bélico. El 4 de marzo de 1665, al recibir los holandeses órdenes de permitir a sus barcos abrir fuego cuando se sintieran amenazados, Carlos II, arrastrado por los argumentos de su hermano Jacobo, duque de York, declaró la guerra. 

Jacobo infligió a los holandeses la mayor derrota que habían conocido en toda su historia naval. Capturó o hundió 17 barcos, mientras que él sólo perdió uno. Holanda tuvo que reorganizar su flota, deshacerse de los capitanes más incompetentes e idear nuevas estrategias que les permitieran rehacerse de tan duro golpe. 

La suerte cambió entonces de modo súbito. La flota inglesa, al mando de Monck y del príncipe Rupert, fue derrotada de forma contundente en la llamada Batalla de los Cuatro Días, librada entre el 1 y el 4 de julio de 1666. Pero al mes siguiente era Carlos quien volvía a resultar victorioso. Esto le permitía encontrarse en una posición lo bastante fuerte para firmar la paz, lo que le era necesario a causa de las calamidades que asolaban el reino: un funesto brote de peste hacía presa en sus súbditos, que además tuvieron que enfrentarse en septiembre de ese año al gran incendio de Londres. 


Se calcula que la epidemia causó entre 70.000 y 100.000 muertes en todo el reino, y que en la capital pereció más de la quinta parte de la población. Se trataba de la famosa peste bubónica, transmitida por las pulgas de las ratas. Fue, de hecho, uno de los últimos grandes brotes en Europa. 

El rey se trasladó a Oxford con su Corte huyendo de la terrible enfermedad. Durante el verano de 1665 la situación era desesperada; las tiendas cerraban, los mercaderes abandonaban la capital espantados y sólo unos cuantos clérigos, médicos, barberos y cirujanos tomaron la heroica decisión de quedarse. Los médicos recorrían incesantemente las calles atendiendo a los enfermos y tratando de aliviar su mal. Por todo Londres se mantenían hogueras encendidas día y noche, en la esperanza de que eso serviría para sanear el ambiente. Se quemaban sustancias con olores muy fuertes, como el pimiento y el incienso, pensando que de ese modo se prevenía la infección, y se recomendaba fumar tabaco. 


En febrero de 1666 la epidemia había remitido lo suficiente como para que el rey pudiera regresar, pero continuaba habiendo casos cuando la población de Londres hubo de hacer frente a una nueva catástrofe: a la una de la madrugada del domingo 2 de septiembre se declaraba el gran incendio que destruyó la mayor parte de la ciudad. 

Todo comenzó en una panadería de Pudding Lane, posiblemente porque el encargado había olvidado apagar los hornos y dejó las puertas abiertas. El viento soplaba con fuerza y Londres sufría una gran sequía tras dos veranos lluviosos; ahora los edificios de madera se encontraban excepcionalmente resecos bajo un tiempo muy caluroso. Todo se aliaba para que, si una chispa prendiera, el fuego se propagara a gran velocidad. Dos horas más tarde estaba fuera de control. Los equipos extintores de la época resultaron inútiles, y mucha gente no veía otra salida que arrojarse a las aguas del Támesis para escapar a las llamas. 


Samuel Pepys observó aquella escena dantesca desde lo alto de la Torre de Londres y escribió en su diario el desgarrador relato de cuanto vio aquella madrugada. “Verlo me hizo llorar”, diría. 

"Todos estaban intentando sacar sus bienes, y arrojándolos al río o trayéndolos a las gabarras; la gente pobre se quedaba en sus casas hasta que el incendio los tocó, y entonces corrieron a los barcos, o trepaban por un par de escaleras de un lado del río al otro”. 

La confusión era tan grande que, sin saber cómo, comenzó a correr el rumor de que habían sido los franceses y holandeses, con quienes estaban en guerra, los que iniciaron el incendio. La muchedumbre, en aquel estado de pánico, rabia y desesperación, se abalanzaba sobre los inmigrantes de estas nacionalidades, que fueron víctimas de linchamientos y toda clase de violencia. 


Al cabo de tres días, cuando al amainar el fuerte viento el incendio finalmente quedó sofocado, sólo quedaba en pie una tercera parte de la ciudad. Las cifras son demoledoras: el fuego destruyó más de 13 000 casas, 87 iglesias, mató a varios centenares de personas y dejó a otras 80 000 sin hogar. Entonces se dio en decir que todo había sido un complot de la Iglesia Católica. Apresaron a un pobre relojero francés y lo torturaron para que confesara que era agente del Papa y que había sido él quien originó el fuego en Westminster. Fue sentenciado y ahorcado en Tyburn el 28 de septiembre, pese a las abrumadoras evidencias de que era completamente inocente. 

Londres tuvo que ser reconstruido después de eso, a base de ladrillo y piedra. El arquitecto Christopher Wren diseñó calles mucho más abiertas y espaciosas para evitar las aglomeraciones, y un sistema básico de alcantarillado. Por precaución se prohibió que en adelante las casas tuvieran tejados de paja, y fue tal la impresión que el incendio dejó para siempre en el ánimo de las gentes que aún hoy está vigente la prohibición.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Aires de guerra

Elegante Leopoldo

La Corte del Rey Sol bullía de agitación. Luis XIV estaba muy ocupado; constantemente se despachaban y recibían mensajeros, porque la muerte de su suegro el rey Felipe IV de España abría grandes expectativas para Francia, y no era cuestión de desaprovecharlas. 

Por un lado era mala suerte que, después de haber perdido tantos hijos, Felipe hubiera sido capaz de dejar a su muerte un niño de corta edad, que ahora reinaba como Carlos II. De los siete hijos que el difunto monarca tuvo de su primera esposa, Isabel de Borbón, sólo vivía María Teresa. De su segundo matrimonio con Mariana de Austria, únicamente Margarita había superado la infancia y se casaba en 1666 con el emperador Leopoldo. En cuanto al pequeño Carlos, por lo que se sabía, ese pobre niño jamás llegaría a representar un gran obstáculo, y ello contando con que alcanzara la edad adulta, cosa que en aquel momento no parecía probable.

Por aquellas fechas Luis llevaba a cabo negociaciones con Leopoldo de Austria. Ambos firmaron un tratado para repartirse España y sus dominios en cuanto el desgraciado Carlos siguiera a su padre a la tumba, lo que les parecía inminente. Francia obtendría los Países Bajos y el Franco Condado, y el emperador el resto de las posesiones españolas. 

La Infanta Margarita

La primera vez que se habló de ese reparto fue en 1665, poco antes incluso de que falleciera Felipe IV. En esa ocasión Luis propuso un acuerdo en el que se quedaría con el Franco Condado, Nápoles y Sicilia, los puertos de la costa de África y Filipinas. El emperador se quedaría con el resto, es decir, los reinos peninsulares y los territorios americanos. La oferta era muy generosa, pero Leopoldo no se decidió entonces a firmar el pacto secreto. Lo haría al comenzar el año de 1668, acuciado por problemas internos y ante las demostraciones de fuerza que hacía Luis XIV frente a los demás Estados de Europa.

Voltaire nos cuenta que Leopoldo sintió escrúpulos apenas firmó el acuerdo. Se arrepintió, intentó retractarse y, ante la imposibilidad, pidió que al menos ninguna otra Corte tuviera conocimiento de aquello, que no se hiciera una doble copia como era la costumbre y que el único documento fuera encerrado en una caja metálica de la cual él tendría una llave y Luis otra. Esta caja debía ser depositada en manos de Florencia. 

El emperador la entregó al embajador de Francia en Viena, y Luis envió a 16 de sus guardias a la puerta de la ciudad para acompañar al correo, por miedo a que Leopoldo cambiara de opinión y se apoderara de la caja durante el trayecto. Es decir, ésa fue la excusa oficial. La realidad es que esos guardias se ocuparon de que la caja llegara sana y salva… pero no a Florencia, sino a París. Un poco de dinero aquí y allá sirvió para silenciar las quejas de Leopoldo y garantizar la abstención de los príncipes alemanes en aquel asunto. 

Carlos II

Mientras tanto Luis se declaraba protector de su cuñado Carlos y firmaba con la madre de éste, la regente Mariana de Austria, un tratado de comercio. Pero al mismo tiempo hacía preparar sus ejércitos.

El plan de Luis era el de reclamar los Países Bajos en nombre de su esposa, con el argumento de que la dote de María Teresa nunca había sido pagada. Al desposar a Luis XIV ella se obligaba a renunciar a sus derechos a suceder a su padre, lo que incluía los Países Bajos españoles. A cambio, Felipe IV se comprometía a pagar, en tres cuotas, una dote de 500.000 escudos de oro. Si no se pagaba, los franceses interpretaban que la renuncia caducaba, y se acogían a una ley de los Países Bajos: era el uso en Brabante que los hijos del primer matrimonio tenían todos mejor derecho a heredar que cualquiera del segundo. Hay que explicar que este droit de dévolution se aplicaba en Brabante exclusivamente a herencias y sucesiones de particulares, pero no en asuntos públicos, como pretendía Luis XIV.

Les recuerdo que tienen este tema del droit de dévolution magníficamente expuesto en el blog de nuestro Marqués de la Gabachade sobre el reinado de Carlos II de España. Mando un beso a monsieur, que está muy disgustado estos días.

***

Comunico a los miembros de la Orden que ha sido preciso construir una nueva sala capitular, puesto que la de la Corte se nos quedaba demasiado pequeña. Encontrarán la nueva pinchando en este link. También podrán acceder a través del enlace que he puesto en la columna de la derecha.

lunes, 18 de octubre de 2010

¡Dios me guarde de ser la amante del rey!


En 1665 Luis XIV aún no se sentía atraído por Madame de Montespan. Sin embargo, fue por entonces cuando le hizo donación de una sucesión sin herederos, la de las más grandes carnicerías de París. Esto lo hizo a causa de la delicada situación financiera en la que ella se veía inmersa por las deudas que contraía su marido. Al hacerle esa donación le procuraba cierta autonomía financiera con respecto al marqués.

Posiblemente a partir de ese momento ella comenzó a alentar esperanzas y a planear la conquista del rey. Luis parecía sentir simpatía por ella, así que, ¿por qué no intentar ir un poco más allá? Resulta extraño este empeño en una mujer que se había casado enamorada hacía unos pocos años. Por desencantada que estuviera de su marido, no deja de ser sorprendente la laboriosa persecución que comenzó. Ella, que había demostrado no ser interesada a la hora de elegir esposo, empezaba a manifestar una ambición fuera de lo común, y una gran tenacidad a la hora de alcanzar sus objetivos. Pero, al mismo tiempo que desplegaba sus artes, solía decir con gran hipocresía, como crítica hacia Luisa: 

—¡Dios me guarde de ser la amante del rey!, pero, si lo fuera, me daría vergüenza comparecer delante de la reina. 


Contaba con buenas armas para luchar. No sólo era hermosa, sino que además sus contemporáneos afirman que era sumamente divertida y que uno no se aburría nunca con ella. Era ingeniosa, punzante, mordaz a veces en sus críticas. Apenas había un personaje en la corte al que no fuera capaz de ridiculizar o imitar. Tenía talento de comediante, y un gran sentido del humor. Luis se abandonaba a la risa cuando ella se ponía a imitar los arrumacos de las damas que hacían melindres alrededor de él.

Eran muchos los admiradores empeñados en su conquista. Se dice que uno de ellos fue Puyguilhem, ¿lo recuerdan?: el caballero que impidió el encuentro del rey con la princesa de Mónaco escondido en un armario. El caso es que ella lo detestaba, y tal vez el origen estuviera en alguna pequeña aventura con mal final, o en el temor posterior de Athenaïs con respecto a lo que él podría contar sobre su pasado. O tal vez no. Realmente nunca se sabrá con certeza.

Llegó a rumorearse que el mismísimo Monsieur también sentía especial inclinación hacia ella, aunque claro, por contradictorio y desconcertante que fuera a veces Philippe, esto nos parecería excesivo. La Fare también lo intentó, pero él mismo confiesa que se retiró inmediatamente al ver que ella lo ponía en ridículo. El joven conde de Saint-Pol, hermano menor del duque de Longueville, le hizo la corte más asiduamente. Era novato e ingenuo a sus diecisiete añitos solamente, de modo que, aunque no se sabe a ciencia cierta si logró o no sus fines, las circunstancias lo hacen parecer también poco probable. Se menciona al conde de Frontenac, una relación que se remontaría a la época en que ella rondaba los 17 años. Es el que cuenta con más probabilidades de haber triunfado. Como fuera, en su tiempo lo dieron por hecho. Diez años después llegaron a circular las típicas coplillas por París con respecto a ese asunto. 

Frontenac

Sin embargo, la marquesa nunca tuvo reputación de mujer promiscua o ligera. Por el contrario, como dice el marqués de La Fare, “había tenido la habilidad de transmitir una extraordinaria opinión de su virtud, y comulgaba todos los días”. 

Athenaïs, pues, ya estaba completamente desencantada de su marido, que ni siquiera le era fiel. Por tanto, es probable que algún pecadillo tuviera ella ya por ahí durante los últimos meses de 1666, cuando tenemos pruebas de que Luis se había percatado de las intenciones de la bella, pues le hace una confidencia muy reveladora a Philippe:

—¡Ella hace lo que puede, pero yo no quiero!

Luis comenzaba a mirar a Athenaïs con otros ojos, pero se daba cuenta de que no era la clase de mujer que se conformara con un apresurado homenaje sobre el borde de un canapé. Con ella se trataba de llevar una relación o abstenerse por completo, y lo cierto era que él aún quería a la mujer que para entonces ya había sido madre de cuatro de sus hijos: Luisa de la Vallière.

sábado, 16 de octubre de 2010

El grafólogo y el rey

Toussaint Rose

En palabras de Benedetta craveri, Athenaïs “no parecía prisonera de su belleza. Eran más bien su brío irresistible y su energía contagiosa los que seducían a hombres y mujeres. Como la mayoría de las personas ingeniosas, la marquesa podía ser cruel, pero su maldad duraba generalmente el tiempo de una carcajada, si bien sus mordacidades dejaban más de un herido en el campo… Nadie como la marquesa sabía engañar el ocio y la monotonía de la vida de corte transformándola, como hacía con todo lo demás, en ocasión para el juego”. 

Y la ingenua Luisa de la Vallière, incapaz de pensar mal o de juzgar a las personas, iba a ser la primera en buscar su compañía para divertir al rey. “Si hubiera sido prudente”, decía Mademoiselle de Montpensier, “se habría guardado bien de acudir a una mujer cuya belleza y cuya fascinación eran iguales a su inteligencia”. Athenaïs, sin embargo, como nos recuerda Madame de Caylus, “no se inclinaba en absoluto a la galantería, y tendía a la virtud”. 

A la marquesa la habían favorecido sus dos embarazos. Ahora presentaba un talle algo más redondeado y, según el abate Primi Visconti, “admirablemente proporcionado al gusto del rey”.

Este abate, por cierto, era un personaje bastante insólito que a menudo relata escenas que no ha vivido, puesto que él no llega a la corte del Rey Sol hasta unos años después. La gente lo consideraba un mago, una especie de profeta que, además, pretendía ser grafólogo. 

Carta autógrafa de Luis XIV

Según él, en una ocasión la duquesa de Orleáns decidió ponerlo a prueba. Quiso saber si era cierto que Primi Visconti podía conocer la personalidad de la gente a través de su caligrafía, así que convenció al rey para que le diese una notita escrita de su puño y letra, destinada a poner a prueba la habilidad del abate. Primi leyó la nota y después de mucho observar y analizar llegó a la conclusión de que la caligrafía era la de “un viejo charlatán que haría su fortuna con la pluma”.

La duquesa se sintió ofendida y desconcertada. Vaciló mucho antes de hacerle llegar al rey tales conclusiones, pensando en la cara que iba a poner Luis, pero finalmente se decidió. ¡Cuál no sería su sorpresa al ver que él se mostraba encantado y que comenzaba a reír a carcajadas! La razón era que el astuto monarca había hecho trampa y había proporcionado una nota escrita en realidad por su secretario, Toussaint Rose, que tan bien sabía imitar su escritura. Toussaint, de quien Visconti dijo una vez que “el ocio nunca había tenido un enemigo más temible”, había nacido el 3 de septiembre de 1611, y fue secretario de Mazarino antes que de Luis. Como “secrétaire de la plume” estaba encargado de firmar los documentos oficiales por el rey cuando éste no podía hacerlo. Y resulta que el caballero se correspondía con bastante precisión con la descripción del abate.


En la Corte del Rey Sol

jueves, 14 de octubre de 2010

Marquesa de Montespan

La Marquesa de Montespan

Athenaïs se quedó sin novio a raíz de aquel duelo que había provocado la huida del duque de Noirmuoutier hacia otras tierras, pero resulta que otro de aquellos duelistas, el malogrado marqués de Antin, tenía un hermano menor que llevaba el título de marqués de Montespan. El joven gascón, Louis Henri de Pardaillan de Gondrin, descendiente de las poderosas casas de Foix y de Cominges, sólo tenía 22 años, igual que ella. Los dos se gustaron tanto que el marqués fue aceptado muy pronto como pretendiente oficial.

Ella se había enamorado. Era feliz, estaba más hermosa que nunca. “Un perfil altivo y noble, una frente de mármol, cabellos rubios que brotaban en haces rebeldes a las mordeduras del peine, ojos sarcásticos, que punzaban alternativamente por el ingenio y la pasión, una nariz franco-griega… una boca riente, que mostraba a medias unos dientes destinados a vivir cien años, como las perlas; un cuello divinamente unido a hombros de dibujo firme y de tono vivo. Cuando la pinta, Mignard desnuda su pecho, porque tiene el seno muy bello y muy orgulloso, como todo el resto.” 

“Uno no pasaba impunemente ante los ojos de Madame de Montespan”, diría de ella Madame Caylus. “No había nadie que mostrase una inteligencia más brillante, una cortesía más exquisita, un modo de expresarse más original”, añadiría Saint-Simon.

El día de San Silvestre que ponía fin al año de gracia de 1662, ese seno se hallaba púdicamente velado cuando tuvo el honor de recoger las limosnas ante la corte bajo las cúpulas de la iglesia de Saint-Germain-l’Auxerrois. Pero aun así todos cayeron rendidos ante sus encantos. Los poetas comienzan a escribir versos en su honor.

Saint-Germain-l'Auxerrois

Al cabo de un mes Athenaïs se convierte en la marquesa de Montespan. Estamos en 1663. Es el año en que Canadá se convierte en posesión de la Corona francesa, el mismo en que André Le Nôtre diseña los jardines de Versalles. 

No se trataba de un matrimonio de conveniencia, como era habitual, sino que esta vez fue por amor, o, como se llamaba en la época, “un matrimonio de inclinación”. Ni el rey ni su hermano, ni tampoco sus respectivas esposas, firmaron al pie del contrato, pese a que la tradición exigía sus firmas cuando se casaba la hija de un duque. El motivo era que a Luis no le gustaba nada la familia Montespan, porque en el pasado digamos que habían sido un poquitín frondistas e incluso contaban con algún prelado jansenista, cosa que el rey detestaba. (La teología propuesta por Jansenio estaba basada en una interpretación literal de los textos de Agustín de Hipona). 

No fue la ambición la que impulsó a Athenais. El esposo apenas contaba con recursos económicos. De hecho el joven marqués pronto se vio cargado de deudas que no podía pagar. En lugar de moderar sus gastos para tratar de hacer frente a la ruinosa situación, lo que hizo fue redoblarlos alegremente. Era, en una palabra, un manirroto y, para mayor desgracia, un jugador empedernido y con muy mala fortuna. Tuvo que comenzar a pedir prestado a todo el mundo y a solicitar anticipos, sin que nada pareciera ser suficiente. No pagaba a sus servidores ni a sus sastres, y no tardó en empeñar las joyas de su esposa. Hasta los muebles tuvo que comenzar a vender. El caballero era además celoso, violento, “en perpetua búsqueda de inverosímiles ocasiones en las que hacer valer sus aptitudes militares”.

A finales de ese año, al tiempo que Luisa de La Vallière daba a luz al primer hijo del rey, también Athenaïs se convertía en madre de una niña, Marie-Christine, que falleció a los doce años. El marqués continuaba muy enamorado de su esposa. Las dificultades económicas no habían hecho mella en el cariño que ambos se tenían, pero se agravaban con el nacimiento de sus hijos. 

Minette

Por suerte para ellos, dos años antes, y gracias al afecto que Ana de Austria sentía por la madre de Athenaïs, la joven tenía un buen puesto en la corte. Pero a finales del año siguiente Athenaïs y Minette se disgustaban, y la princesa le rogaba que no volviera a aparecer por sus aposentos. La razón era que la marquesa había intrigado contra madame de Mecklembourg, a quien juzgaba demasiado influyente. La conspiración fracasó y provocó su propia caída en desgracia.

Sin embargo, esto al final se tradujo en una recompensa, puesto que, por recomendación de Monsieur, pasó a formar parte de las seis damas de compañía de María Teresa —dos princesas, dos duquesas y dos marquesas o condesas—. Podía considerarse un ascenso. 

El 5 de septiembre del año siguiente, 1665, nació el segundo hijo de los Montespan, Louis-Antoine, primero marqués y luego duque de Antin. Éste sí que llegó a anciano y, según cuenta Saint-Simon, “supo sacar gran provecho de la vergüenza de su casa”.

martes, 12 de octubre de 2010

Duelo entre Chalais y La Frette


La primera vez que la joven Françoise-Athenaïs de Rochechouart brilló en la corte fue en una fría noche de invierno de 1662, cuando se bailaba el último ballet-ópera cuyo libreto había sido compuesto por Isaac Benserade: Los amores de Hércules. No llamó la atención del rey, enamorado de Luisa, pero sí la de muchos otros caballeros. El duque de Noailles nos la describe: “La rubia Athenaïs, de hechiceros ojos azules, con pestañas más oscuras, que une la vivacidad a la languidez, de tez de una blancura deslumbrante… una de esas caras que iluminan los lugares donde se presentan.”

El duque de Noirmoutier quedó prendado esa noche, le declaró su amor y pidió su mano. Ella encontró de su agrado al galán y, según Madame de La Fayette, le dio algo más que esperanzas.

Pero, ¡oh, desdicha! El destino tenía sus propios proyectos. La noche del 20 de enero se celebró un baile en el Palais Royal, que acababa de amueblarse para Monsieur y Minette. Un incidente empañó la fiesta: el príncipe de Chalais, cuñado de Noirmoutier, tuvo una riña con un caballero que respondía al nombre de La Frette. Éste, despechado y celoso por causa de una dama, le dio un empujón a su rival. Chalais se volvió y dedicó al agresor los más injuriosos adjetivos que pasaron por su mente, los cuales fueron generosamente devueltos. Entre ellos se encontraba “fils de prêtre” (hijo de un cura). Siguió un desafío con bofetadas, y sólo el hecho de no haber acudido armados al baile impidió que desenvainaran las espadas en aquel mismo instante. Se concertó el duelo para el día siguiente al amanecer, en el cercado de una cartuja del Faubourg de Saint-Germain. 


Desde 1651, los edictos reales prohibían, bajo pena de muerte, esa manera sangrienta de lavar el honor, lo cual no impedía que los caballeros continuaran retándose a la antigua usanza. Resulta que cuando uno se batía, metía en un compromiso a sus amigos, porque lo normal era que no acudiera sólo, sino en compañía de otros que tomarían también parte en el duelo. Noirmoutier fue uno de los que acudió por parte de su cuñado. 

El rey, enterado de que tendría lugar un lance de honor, envió de inmediato al caballero de Saint-Agnan con órdenes de impedirlo y decirle a La Frette que respondería con su propia cabeza si el asunto continuaba adelante. La Frette, que era primo del caballero, lo recibió diciéndole que le consideraba demasiado amigo suyo para que se empeñara en tal misión, y que lo más honorable sería que él mismo tomara parte en el enfrentamiento. Le aseguró que Chalais no tendría ninguna dificultad en encontrar otro caballero para batirse con él. Saint-Agnan acabó olvidando que era un enviado del rey y que los duelos estaban prohibidos, y no encontró otra salida honrosa que la de acceder a la propuesta de su primo. 

Así pues, habían llegado a ser cuatro contra cuatro, cosa poco usual. La Frette iba con su hermano menor, con el marqués de Flammarens y con su primo Saint-Agnan, mientras que el príncipe de Chalais era apoyado por Noirmoutier, el marqués de Antin y el vizconde de Argenlieu. 


El combate duró poco, porque tras el intercambio de unas cuantas estocadas pronto el marqués de Antin fue atravesado por uno de los rivales y cayó muerto en el acto, y el propio Noirmoutier resultó gravemente herido. Así como estaba tuvo que huir a toda prisa junto con los demás duelistas supervivientes para no enfrentarse a la sentencia del Parlamento, que consistía en una condena a muerte. La sentencia fue pronunciada el 24 de abril de ese mismo año: la decapitación.

Louis-Alexandre de Noirmoutier se vio obligado a cruzar los Pirineos y atravesar España hasta llegar a Portugal, a cuyo servicio puso su espada. Unos cinco años más tarde falleció en combate contra un español. 

Luis estaba furioso, y más aún el padre de Saint-Agnan. Los caballeros a menudo ignoraban las prohibiciones, y años más tarde, en 1679, el rey se vería obligado a endurecer las penas al emitir el Edicto de los Duelos, que prescribía condena a muerte tanto para los principales rivales como para sus segundos y terceros junto con la confiscación en mayor o menor grado de sus propiedades y la pérdida de sus títulos de nobleza. Sus blasones serían borrados y rotos, y se estipulaba que aquellos que perdieran la vida en un duelo serían privados de sepultura cristiana. El mero hecho de desafiar a otro caballero llevaba aparejado el destierro y la confiscación de propiedades, mientras que los servidores que aceptaran la misión de transmitir mensajes de esa clase o asistir a sus señores en tales menesteres, serían azotados y marcados con la flor de lis. Al mismo tiempo se establecía un tribunal compuesto por mariscales de Francia para decidir qué satisfacción debería darse en caso de provocación, además de la correspondiente pena de prisión, multa o destierro. 


Nada de esto se demostró demasiado eficaz para combatir algo tan arraigado entre los caballeros franceses, y el rey a menudo tenía que hacer la vista gorda ante los duelos. De hecho su reinado estuvo marcado por innumerables lances de honor.


En la Corte del Rey Sol

domingo, 10 de octubre de 2010

Madame de Montespan

Françoise Athénaïs de Rochechouart de Mortemart, Madame de Montespan

Françoise Athénaïs de Rochechouart de Mortemart había nacido el 5 de octubre de 1640, de modo que cumplía 26 años en el momento en que Luis se fijó en ella. En realidad llevaba algún tiempo en la corte, pero cuando ella llegó el rey sólo tenía ojos para Luisa.

Sus contemporáneos nos han dejado este retrato de la bella: “Cabello rubio, grandes ojos azules con tonalidad celeste, nariz aquilina, pero bien conformada, boca pequeña y roja, cerrando bellos dientes; en una palabra: un rostro perfecto. En cuanto al cuerpo era de estatura media y bien proporcionada. Su tez, de una blancura maravillosa, la volvía radiante entre todas. Su mayor encanto era una gracia, un ingenio y cierta manera de hacer bromas”. “Era bella como el día”, diría Saint-Simon.

Athenaïs era la tercera de cinco hermanos. Su familia pertenecía a la nobleza antigua, remontándose a 1205. Siempre fue muy consciente de que descendía de los duques de Aquitania, una nobleza más antigua que la de la propia Casa de Borbón. Ella nació en Lussac-les-Châteaux, en el castillo de Tonnay-Charente, una antigua fortaleza medieval desaparecida hoy. Fue bautizada con el nombre de Françoise, pero ella misma, influida por la corriente de preciosismo imperante, decidió llamarse Athenaïste, apodo que pronto pasó a ser Athenaïs.

Su padre era Gabriel de Rochechouart, duque de Mortemart, Señor de Vivonne y par de Francia. El caballero era bastante libertino, mientras que su esposa, Diane de Grandseigne, era, por el contrario, muy devota. Cuentan que una noche en la que él regresaba más tarde que de costumbre, su esposa le preguntó:

—¿De dónde venís? ¿Pensáis pasar la vida de ese modo, con los diablos?

A lo cual Gabriel respondió con el ingenio que le caracterizaba y con la mordacidad que transmitió a su hija:

—No sé de dónde vengo, ¡pero sé que mis diablos tienen mejor humor que vuestro buen ángel! 

Gabriel de Rochechouart, el padre

La madre de Athenaïs, Diane, era en realidad de carácter alegre y jovial, pese a ese reproche de su esposo. Cantaba, recitaba, y se la consideraba una de las damas más hermosas entre cuantas rodeaban a Ana de Austria. Sólo tardó 19 días en seguir a la tumba a la reina madre.

Su esposo, hombre tan culto como insolente, ocupaba en el Louvre el puesto de primer gentilhombre de la alcoba del rey Luis XIII y fue íntimo amigo de Richelieu, con quien además tenía cierto grado de parentesco. Gustaba de la caza, la música y, por supuesto, el amor.

Cuando Athenaïs era apenas una niña, Gabriel comenzó una relación con la presidenta Tambonneau que iba a durar 22 años. Todo comenzó con ocasión de las honras fúnebres del anterior amante de ella. Monsieur de Mortemar la consoló y al cabo de tres semanas los ojos verdes de la dama volvieron a brillar entre los brazos de este galán que ya rebasaba los 40 años y que, por tanto, le doblaba la edad. El presidente Tambonneau, el esposo, nunca representó un problema: era de los comprensivos, de los dispuestos a cerrar los ojos a cambio de que se le tendiera la mano para algún ascenso o gratificación, cosa que solía necesitar, ya que ella era desenfrenada en sus gastos.

Athenaïs tenía tres hermanas: Gabrielle, casada desde 1655 con el marqués de Thianges, y Marie-Christine, que fue religiosa en el convento de las Hijas de Santa María de Chaillot, y Marie-Madeleine, abadesa de Fontevrault. Tuvo también un hermano: Louis Victor. 

Marie Madeleine de Rochechouart

La niña tendría más o menos 10 años cuando fue enviada a Saintes, al convento de Sainte Marie para su educación. Era un buen sistema, y menos costoso pagar una pensión en un convento que los servicios de un preceptor. Y tenía la ventaja de que, si no se presentaba ningún candidato dispuesto a tomar a las jóvenes por esposa, de paso podían quedarse en el convento para siempre profesando como religiosas. Estudió latín, griego e historia, pero aprender no parece que aprendiera mucho, a juzgar por su ortografía.

Al cumplir los 18 años, la señorita de Tonnay-Charente, como era conocida entonces, era una criatura bellísima y angelical. Al cabo de un tiempo, y por ruego de su madre, fue elegida por Ana de Austria en calidad de dama de honor para formar parte del séquito de Minette, recién casada con Philippe. Más tarde, ya casada también la propia Athenaïs, iba a pasar al servicio de María Teresa.

¡Qué poco instinto demostró Ana de Austria en aquella ocasión!


En la Corte del Rey Sol

viernes, 8 de octubre de 2010

Una rival muy peligrosa

Luisa de La Vallière

Una vez fallecida la reina madre, Luis dejó de disimular su relación con la Vallière. El asunto de oficializó de modo que la desdichada María Teresa tuvo que acogerla entre las damas que formaban parte de su entorno. Siete días después del fallecimiento de Ana de Austria, Luisa se sentaba junto a la reina en misa, lo que jamás hubiera consentido Ana.

La favorita no se sentía feliz por esta nueva situación, sino todo lo contrario, pues no le gustaban los fastos de la corte, y prefería las demostraciones de afecto en la intimidad. Nunca logró acostumbrarse a ese nuevo papel ni sentirse cómoda.

La Vallière estaba de nuevo embarazada. María Teresa se atrevió a reprocharle que se presentara ante ella en su estado, lo cual enfureció al rey. Como modo de reparar la ofensa hecha a Luisa, decidió que la favorita ofrecería una cena a las principales damas de la corte. Minette se considera ofendida y se niega obstinadamente a asistir. La familia real estaba lejos de alcanzar la armonía.


Pero Luis iba a llevar el asunto mucho más allá: el 2 de octubre de 1666 nació la hija de Luisa, María Ana de Borbón, y esta vez no estaba Ana de Austria para impedir que el rey reconociera a la niña públicamente. Esta vez su hijita estaba destinada a vivir, e iba a crecer con las consideraciones debidas a una princesa. Se la conoció por el título real de Mademoiselle de Blois, y más tarde fue legitimada. Dicen, incluso, que fue su hija favorita, porque le recordaba mucho a Luisa.

Meses después La Vallière se convertiría en duquesa. Irónicamente, el momento en que la favorita era más elevada por su amante fue al mismo tiempo el que marcó el inicio del declive de su relación. Él aún la quería, la necesitaba; pero no como antes. Dejemos que sea Hilaire Belloc quien nos resuma la situación:

“Luisa no cambió jamás. La misma llama de amor ardía intensamente en su corazón y así ardería hasta el fin… En realidad Luis nunca fue suyo, porque después de María Mancini jamás pudo amar sin reservas. Luis había permanecido a su lado sujeto por una atracción muy distinta de la que él ejercía sobre ella. Y aun este estado de ánimo había ido desapareciendo con el tiempo. Un nuevo afecto iba a terminar por suplantarla. ¡Y ella no tenía todavía 24 años!”. 

Luisa de La Vallière

La culpable era una dama bellísima y muy astuta. Se llamaba Françoise Athénaïs de Rochechouart de Mortemart. Desde hacía tres años estaba casada con Louis Henri de Pardaillan Gondrin, el marqués de Montespan, con el que tenía dos hijos. 

Naturalmente, tendremos que ocuparnos ampliamente de esta dama.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Muerte de Ana de Austria

Ana de Austria como Minerva

Durante el año de 1665 Ana de Austria estaba muy enferma. Padecía un cáncer de mama, y ese verano su estado empeora. La enfermedad progresaba; según Madame de Motteville habían llegado a mortificarle la carne del pecho enfermo cortándola en tiras con una navaja. Esa operación se realizaba mañana y noche, en presencia de la familia real y de aquellas personas entre quienes la servían que tenían el derecho de acercársele familiarmente.

También se tuvo la idea de alimentar ese cáncer “depositando en los huecos abiertos algunos trozos de carne cruda”, para que la enfermedad se alimentara de ellos y no tocara la parte sana. Cuando se la vendaba había que agitar muchos saquitos aromáticos, porque los olores que emanaban de esa podredumbre ulcerada eran realmente insoportables.

—Dios quiera castigar con esto el amor excesivo que he sentido por mi cuerpo —se lamentaba la enferma.

Continuaba preocupada por la relación de su hijo con Luisa de la Vallière. Un día le advirtió a Luis que si llegaba a saberse que se dedicaba a divertirse con ella durante la agonía de su madre, las gentes podrían murmurar contra él.


El 17 de septiembre murió el rey de España, para gran dolor de su hija María Teresa. Luis acompañó a su esposa en su duelo y llevó luto de color violeta, pero, eso sí, sin privarse de asistir a los bailes ni de adornar las ropas de luto con perlas y diamantes.

A comienzos de enero hubo muchas grandes fiestas, sin que nadie imaginara que la reina madre estaba a punto de llegar al final de sus padecimientos. Pero entonces, el día 18, la vida de Ana de Austria comienza a extinguirse y recibe los últimos sacramentos. Tiene una última conversación con sus dos hijos y con María Teresa, pero no con Minette, a la que no lograba perdonar ni en el momento de la muerte. 

Luis, Philippe y María Teresa velaron toda la noche a Ana de Austria. Minette no estaba. Ana siempre fue madre antes que reina, había luchado con uñas y dientes por salvar la vida de sus hijos y conservar su herencia cuando eran unos niños de corta edad y los frondistas conspiraban para asesinarlos y hacerse con el poder. Aún le costaba demasiado perdonar a quien lastimara a uno de sus hijos, y consideraba que Minette continuaba haciendo demasiado daño a Philippe, el más débil de los dos. 

Al día siguiente la reina madre salió de su estado de somnolencia y trató de incorporarse en el lecho, pues, como explica madame de Motteville, “quería hacer ver… que después de haber llevado a cabo todos los actos como cristiana… quería también morir con la majestad de una reina.”


Luis no pudo soportar la escena y tuvieron que obligarlo a retirarse. Madame de Motteville continúa relatándonos que “entró en el cuarto de baño, donde fue preciso arrojarle agua a la cara. Y esa fue la última vez que vio a esta madre admirable que tanto había amado.”

Ana de Austria murio el 20 de enero de 1666, entre las cuatro y las cinco de la mañana. Luis lloró toda la noche. Al día siguiente le dijo a la duquesa de Montausier que le quedaba el consuelo de pensar que jamás había desobedecido a su madre en nada de importancia, y añadió que su madre no sólo había sido una gran reina, sino que merecía ocupar un lugar entre los más grandes reyes que habían existido.

Philippe, igualmente destrozado por el dolor, se refugió en su palacio de Saint-Cloud por unos cuantos días. Cuando los dos hermanos volvieron a encontrarse lloraron juntos y se produjo un acercamiento entre ambos. El rey prometió a Philippe que educaría a su hijo junto al Delfín, aunque lamentablemente ese niño falleció meses más tarde.


Para María Teresa también fue muy duro. Hacía pocos meses que había perdido a su amadísimo padre y ahora perdía también su principal apoyo en la corte. Ella siempre había estado muy unida a su suegra, que además era su tía.

La reina madre había sido la única especie de freno que podía ejercer alguna influencia sobre Luis XIV. Una vez desaparecida, el rey quedaba liberado de sus últimas cadenas. Podía dominar completamente y en solitario, y llevar la existencia de un dios del Olimpo.

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Los miembros de la Orden pueden pasar por la sala capitular para conocer su primera misión y la primera presidencia.

lunes, 4 de octubre de 2010

El pisotón de la discordia



Puyguilhem no había salido precisamente mal librado por su insubordinación: seis meses en la Bastilla pero con el régimen de quienes podían costearse ciertos lujos, gracias a lo cual pudo permitirse tener personal a su servicio. Es evidente que eso no es algo al alcance de todos, ni dentro ni fuera de prisión.

Había recuperado el favor real y se movía por la corte con la soltura de costumbre cuando se vio involucrado en un problema que pudo haber tenido mayores consecuencias si Luis no se hubiera puesto decididamente de su parte.

Sucedió que, debido a un accidente desafortunado, la princesa de Mónaco acusó a Puyguilhem de haberla agredido intencionadamente. Pero Luis, que había presenciado muy de cerca la escena, tuvo una percepción muy diferente. Para él el asunto estaba claro, así que ofreció las pertinentes explicaciones exculpando a Antoine ante el esposo de la dama, que ya investigaba el asunto dispuesto a exigir una reparación. El rey dirigió esta carta al príncipe de Mónaco:

“Sabréis que el pasado lunes, estando en Versalles… las damas se sentaban en el suelo por hallar más frescor. Yo me encontraba de pie y seguía atentamente el juego para ver quién ganaba. Sucedió que, al retirarme dos pasos para ver mejor, los que se encontraban entre mi persona y la pared se vieron obligados a moverse, entre ellos Puyguilhem, quien abandonando su lugar apresuradamente para hacerme sitio, tuvo la fatalidad de pisarle una mano a Madame la princesa de Mónaco. Ella la tenía, como he dicho, sobre el suelo para apoyarse, pero, cubierta por la falda, era imposible verla… Dicha princesa pasó algún tiempo mirándose los dedos y mostrándoselos a las damas que se encontraban a su lado; se quejaba de que se había hecho daño. De pronto, alzando la voz para decir que había sido Puyguilhem quien la había pisado, se puso a llorar, se incorporó, arrojó con furia al suelo un libro que tenía consigo y se retiró a otra cámara donde permaneció llorando durante largo tiempo, en presencia de muchas personas que no eran capaces de apaciguarla ni de hacerle entender que había sido un desgraciado accidente sin ninguna intención de agraviarla, y menos aún de lastimarla. Puyguilhem, por su parte, no dejaba de testimoniar lo desesperado que se encontraba por lo ocurrido; no sólo ofrecía cuantas satisfacciones se le exigieran por lo que no había sido otra cosa que un mero accidente, sino que afirmó que se arrojaría por la ventana si eso podía contentar a dicha princesa y le hacía comprender que nada había más lejos de su mente que la intención de disgustarla”.

Se conserva, también, la carta de respuesta del príncipe de Mónaco, fechada el 27 de mayo de 1666:

“En cuanto al fondo del asunto, siempre me ha parecido tan extravagante que jamás cruzó por mi mente la idea de que no hubiera sido todo un simple accidente. Ahora estoy completamente persuadido, puesto que tal es el parecer de Vuestra Alteza”.

Por el momento debemos abandonar al marqués para ocuparnos de Ana de Austria, que está muy enferma. No significa que nos despidamos de Puyguilhem. Antoine aparecerá de vez en cuando por la corte, muy en su línea. El episodio del armario no era nada comparado con los disgustos que aún habría de darle a Luis.

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Se han publicado los resultados de las votaciones en el salón. Se convoca a los ilustres miembros de la Orden para el míércoles, a fin de conocer cuál será la primera misión que se les encomiende.

sábado, 2 de octubre de 2010

Puyguilhem en la Bastilla



Días más tarde, en junio de 1665, Puyguilhem recibía la habitual nota del rey en estas circunstancias: “Mon intention est que vous vous rendiez dans mon château de la Bastille”.

Era el procedimiento a seguir con los oficiales y los personajes distinguidos de la corte: una simple nota del rey, casi una invitación, y ellos se presentaban por su cuenta en la fortaleza. En los restantes casos, acudían a arrestar al condenado y lo hacían subir en una carroza con las cortinas echadas.

Ese día el marqués se dirigió a la rue Saint-Antoine y entró en el portal de la Bastilla, adornado con un sinfín de trofeos. A través de él se ingresaba en el primer patio, en medio de los tenderetes, y al pie de las ocho torres se cruzaba por el puente levadizo. El lugarteniente del rey y un capitán acudían entonces al encuentro del recién llegado para conducirlo ante el gobernador, el severo monsieur de Besmaux. De allí llevaron a Puyguilhem a la sala del consejo, donde hubo de vaciar él mismo sus bolsillos, y por último a su habitación, en la que habría de pasar seis meses. 




En los aposentos a veces había un retrato del rey sobre la chimenea. Los prisioneros podían amueblar su habitación con sus propios muebles o bien dirigirse al tapicero de la Bastilla. A menudo se les permitía tener dos servidores consigo. Puyguilhem, encarcelado en secreto al principio, no los tuvo desde el primer momento. Habría de esperar al 30 de julio.

El lugarteniente del gobernador era paisano suyo, y además amigo. Se llamaba Henri de Barrail. Había sido condenado a muerte a raíz de un duelo 10 años atrás, por lo que hubo de abandonar el Agenais y, gracias al apoyo de Antoine, logró ingresar en el ejército al servicio del mariscal Fabert. Hacía ahora tres años que ocupaba ese puesto en la Bastilla. Los prisioneros lo amaban y lo llamaban el buen alcaide.

Desde la fortaleza el marqués dirige cartas a Colbert, solicitando que le sea permitido escribirle al rey y mostrándose en todo momento como pecador arrepentido. El 15 de diciembre Luis decide que el insolente ya ha tenido suficiente castigo y ordena su puesta en libertad. 



Durante su estancia en prisión el apuesto marqués había descuidado mucho su aspecto, dejándose crecer la barba. Cuentan que al rey habría expresado su deseo de ver al recién liberado “con su gran barba de capuchino”, y que al verlo con esa facha tuvo que hacer esfuerzos por contener la risa. Puyguilhem afirmó alegrarse de haberle proporcionado al rey un breve momento de diversión. 

La relación entre Luis y él era así. Aunque cueste creerlo, habitualmente eran buenos amigos, pero a veces tenían enfados que podían terminar muy mal, porque el marqués tan pronto le reía las gracias como se le plantaba con toda su insolencia.

Meses después de su puesta en libertad, ocurrió un nuevo incidente que dio mucho que hablar, y del que tenemos constancia por una carta del propio Luis XIV al príncipe de Mónaco. Pero eso es otra historia.


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Damos la bienvenida al Marqués del Cotillón, Condesas de la Remanguillé y del Cabriolet, Baronesa de Poulet-Roti y Vizconde de la Chauvinade, que han sido recibidos ya en el salón de la Orden.

Recuerden que el domingo termina el plazo para votar. El lunes publicaré los resultados.