jueves, 30 de septiembre de 2010

Un Marqués en el armario


Desde que la princesa de Mónaco llegó a la Corte, a finales del año de 1664, brillaba en todas las fiestas. En el Louvre, en Villers-Cotterets, en Saint-Germain o en Versalles, Catherine se desquitaba por el tiempo perdido junto a un esposo con tan pocos atractivos. La Vallière no se encontraba presente; se imponía su alejamiento de la Corte por estar próxima a dar a luz. En esas circunstancias, no era de extrañar que el rey pronto reparase en la belleza de Catherine, en el encanto de sus ojos negros. Por un momento todos estuvieron convencidos de que la princesa iba a suceder a la favorita en el corazón de Luis.

El marqués de Puyguilhem también lo creyó. No recibió la idea precisamente con alegría, puesto que se trataba de la mujer que él aún amaba. Antoine llevaba en su cuenta un gran número de conquistas, pero Catherine no era una aventura más para él; era diferente, era su gran amor. Sus sentimientos no habían cambiado con el tiempo ni con la distancia, y se mostraba tan apasionado como antes de que la casaran con el príncipe de Mónaco. Ella, en cambio, se había enfriado. Ahora deseaba volar libre.

Ultrajado por la atención que el rey prestaba a la princesa, Puyguilhem se dispuso a jugarle una mala pasada, un arranque muy novelesco que, con ligeras variantes, nos llega a través de dos cronistas diferentes: Cosnac y Saint-Simon.


Estaba por entonces la corte en el château de Saint-Germain. Antoine se enteró por una doncella, a la que pagaba espléndidamente para que le hiciera las veces de espía, de que Catherine tenía una cita con Luis a altas horas de la noche. El marqués se presentó un poco antes de la hora convenida por los amantes en los pasillos que conducían a los apartamentos reales. Allí se escondió en un armario y aguardó.

Pronto entró el rey en sus habitaciones y dejó la llave en la puerta de la antecámara en espera de la bella, para que ella pudiera entrar y cerrara luego tras de sí. En cuanto el rey se alejó en dirección a la alcoba, el marqués se acercó rápidamente, dio una vuelta a la llave y la retiró. Otros pasos sonaban ya en el pasillo, así que volvió a esconderse en el armario para observar el desenlace por el ojo de la cerradura. Entonces llegó madame de Mónaco, protegida bajo una capa y acompañada de Bontemps, primer ayuda de cámara del rey. Bontemps, al no encontrar la llave, llamó a Su Majestad.

—¿Quién es? —preguntó Luis, al otro lado de la puerta.

—¡Soy yo! —respondió Catherine.

El rey reconoció su voz e intentó abrir. En vano. Sacudió la puerta, se lamentó, masculló imprecaciones en voz baja y suspiró inútilmente mientras Antoine se atragantaba de risa en el armario y escuchaba toda la escena. En ella los dos amantes, entristecidos, tomaron la decisión de acostarse por separado para no dar más escándalo, pues no era cuestión de pedir ayuda en aquellas circunstancias.


Pero resulta que la princesa conocía bien al marqués y tenía sus sospechas acerca de quién había sido el responsable de la misteriosa desaparición de aquella llave. Ella se había cansado de Puyguilhem, y no le hizo ninguna gracia que interfiriera en sus asuntos tratando de frustrar su nueva aventura. Consideraba que no tenía ningún derecho a hacerlo, así que mantuvo una airada discusión con él. Antoine le hizo entonces una escena de celos, recordándole que contaba con “cartas suyas que la perderían”.

Catherine fue a contárselo todo al rey con gran indignación. Luis opinaba lo mismo que ella. Había que deshacerse discretamente del molesto rival, y, como Antoine era militar, el pretexto para alejarlo era bien fácil: lo llamó a su presencia y le pidió que fuera al Béarn a ver qué tal estaba su regimiento de Dragones.

Poco contaba él con que el marqués le plantaría cara. Fuera de sí, Antoine le respondió con insolencia.

—Antes que irme renunciaré a mi cargo. Mi dimisión está dispuesta. No volveré a poner mi espada a vuestro servicio.

Luis no daba crédito. ¡Puyguilhem se rebelaba! ¡Un militar negándose a acatar unas órdenes que procedían directamente del rey!

—No estáis siendo sensato —le advirtió. Estaba tan furioso como Antoine, pero Luis siempre parecía dueño de sí aunque en su interior se desencadenasen tempestades.

Antoine abandonó la estancia y corrió hacia los aposentos de Catherine. Iba ciego de cólera y, al no encontrarla, desahogó su frustración rompiendo un enorme espejo.

No sólo la Corte, sino todo París estuvo pronto al corriente de los hechos. Se trató de dar una versión oficial, según la cual se habría producido un incidente cuando el marqués defendió con excesivo ardor ante el rey a uno de sus lugartenientes. Nadie la creyó: para entonces la otra historia ya circulaba por toda la ciudad.
***
Los ilustres miembros de la Orden encontrarán importantes novedades en el salón.

domingo, 26 de septiembre de 2010

El Marqués de Puyguilhem

Marqués de Puyguilhem

Durante el verano de 1665 Minette da a luz a una niña que nació muerta. Hubo gran inquietud en la corte por saber si el bautismo podía ser eficaz en ese caso o si el alma de la pequeña estaba condenada a vagar en el limbo.

Ese fue el verano en el que Minette aprovecha para intentar arrojar en brazos de Luis a Catherine de Gramont, princesa de Mónaco desde que, contra su voluntad, la habían casado con Louis de Grimaldi, al que Sain-Simon describe como “un italiano avaro, ... que no veía más allá de la punta de su vientre”. 

La princesa, mientras se recupera del parto, vuelve de nuevo sus ojos hacia su cuñado. Esperaba, como la condesa de Soissons en su momento, que con esa estrategia él olvidara a la Vallière y acabara por regresar a ella. Por algunos meses Luis se rinde ante los encantos de la bella Catherine, cuyas aventuras galantes eran ya muy numerosas (algunos afirman que durante esos meses incluían una relación bastante íntima con la propia Minette). Pero su principal conquista había sido el irresistible Puyguilhem. 

Antoine Nompar de Caumont, marqués de Puyguilhem y futuro duque de Lauzun, procedía de una familia bastante empobrecida. Había nacido en mayo de 1633, hijo de Gabriel de Caumont, conde de Lauzun, quien había contraído matrimonio tres años antes con una prima suya: Charlotte de Caumont La Force, hija del futuro duque de La Force. Antonin y sus hermanos llenaban el castillo de Lauzun. 

Château de Lauzun

Cuando tenía 14 años fue enviado a París con el título de Marqués de Puyguilhem (en la corte lo pronunciaban “Peguilén”). Allí Antoine fue educado junto a los hijos de su pariente el mariscal de Gramont, entre los que se encontraban nuestro famoso Guiche y la princesa de Mónaco. 

Así un día de invierno de 1647, el mariscal vio entrar en su casa a un jovencito “delgado y de muy buena planta, con las piernas más hermosas del mundo, bellos ojos…”. Cuando contaba 15 años entró en la academia militar. Mostraba buena disposición para montar a caballo, para el ejercicio de las armas y la danza, pero también aprendió Historia y Matemáticas, muy útiles para su carrera. 

Estalla entonces la Fronda, y su padre, como casi toda la nobleza del Agenais, se declara partidario de Condé. Antoine, mientras tanto, seguía su exitosa carrera militar, que lo convirtió en coronel del real regimiento de dragones. Tenía un ingenio rápido y era muy aficionado a bromas y chistes, lo que pronto le hizo ser muy apreciado por el rey. Era simpático, encantador, chispeante y más osado que nadie, todos los ingredientes necesarios para convertirlo en uno de los personajes más interesantes y divertidos de aquella corte. 

Lauzun

No siguió a su padre durante la Fronda. Por el contrario, se puso de parte de Mazarino y de Ana de Austria. Cuando Luis enfermó al punto de temerse seriamente por su vida, él rindió al ministro el importante servicio de advertirle que sería arrestado una hora después de fallecer el rey. Era, además, amigo de una de las sobrinas del cardenal: Olimpia. Fue en casa de esta intrigante dama, entre la rue Coquillère y la rue des Écus, donde Antoine había sido presentado a Luis XIV.

En 1659 fue uno de los personajes elegidos para acompañar a Mazarino cuando se dirigió a la frontera para negociar el matrimonio de Luis. Acompañó igualmente al rey cuando acudió a casarse con María Teresa, y tuvo el honor de asistir muy de cerca a la ceremonia. 

Catherine de Gramont acababa de casarse por entonces con el príncipe de Mónaco. Mademoiselle de Montpensier escribe que “había alguien en la corte que le gustaba mucho más que su marido. Y no tenía mal gusto”. Se trataba, naturalmente, de Puyguilhem. Cuando la princesa tuvo que abandonar Francia para acompañar a su esposo a Mónaco, Madame de La Fayette cuenta que “amaba a su primo apasionadamente; se separaba de él con enorme pena, y él, por volver a verla, la seguía, disfrazado… de todas las maneras que podrían hacerle irreconocible para cuantos la rodeaban”. 

La Princesa de Mónaco

Pero Antoine no podía permanecer mucho tiempo lejos de la corte, y en junio de 1662 lo encontramos de nuevo en París. Siguió sirviendo en el ejército: en 1663 acudía a Lorena, y en enero del año siguiente a Italia. Poco después de que regresara, Catherine, ya madre de dos hijos, también volvía a la corte. El pretexto era obtener de Luis XIV el reconocimiento de las aguas que bordeaban el principado. 

Venía sola; su esposo se quedaba en Mónaco ejerciendo como soberano. 

viernes, 24 de septiembre de 2010

Aparece Catherine Monvoisin



La Orden fundada por aquel grupo de libertinos provocó un escándalo de grandes proporciones y larga duración. Porque, además, la extravagancia había llegado a traspasar el límite entre lo inmoral y lo delictivo: se supo que una noche los miembros de la secta llevaron a una cortesana hasta su sede, la ataron desnuda sobre un lecho y después se divirtieron hundiéndole un petardo donde se podrá imaginar. Tras otras mil bromas inhumanas y sádicas, uno de los grandes maestres había encendido el petardo y todos se habían reído viendo lo que ellos denominaron un pequeño fuego de artificio que salía del interior de la dama.

La infeliz mujer, terriblemente quemada, fue al día siguiente a quejarse al rey, quien, al ser informado, tomó medidas enérgicas para acabar con esta vergonzosa sociedad. 

Era más o menos la época en la que había tenido lugar uno de los embrollos galantes de la corte, de esos que son un poco su seña de identidad. Se trata de aquel en el que Vardes insultó gravemente a Minette, cuando el asunto de las cartas que intercambiaron Guiche y Madame. La cosa se desarrolló así: el Caballero de Lorena, favorito de Monsieur, se había acercado sin éxito a una de las damas de Minette, y parece ser que Vardes, al conocer su fracaso, le dijo que hubiera hecho mejor en acercarse a su señora. 



El comentario llegó hasta Madame, que se lo transmitió al rey, y eso fue la gota que colmó el vaso para que el intrigante Vardes acabara en la Bastilla. Allá fue el marqués como si le hubieran concedido una condecoración, y todo el mundo iba a visitarle. 

Luis continuaba apoyando a Minette. Cuando Olimpia intentó persuadirle de que la princesa había traicionado a Francia tratando de impedir que su hermano Carlos II devolviera Dunquerke, no consiguió nada. Luis conocía bien a Olimpia, así que fingió creerla, pero continuó sirviéndose de Minette para llevar a cabo su política, sin retirarle nunca su confianza. En una ocasión incluso le advirtió que tuviera mucho cuidado con su rival. Él sabía lo peligrosa que podía llegar a ser la condesa de Soissons, la cual, por cierto, también sería madre a comienzos de ese nuevo año de 1665, el 1 de enero. Para ella se trataba de su quinto hijo. 

Por esa época se hablaba mucho de una mujer llamada Catherine Monvoisin, o, más familiarmente, la Voisin. Era una mujer de unos 29 años y aspecto bastante vulgar. Su marido había sido sucesivamente joyero y sedero en el Pont Marie, pero los negocios habían ido mal y tuvo que cerrar la tienda. 

La escasez de recursos había llevado a Catherine a dedicarse a la quiromancia, o, mejor dicho, a volver a ella, puesto que en realidad desde que tenía 9 años decía la buenaventura por los puentes de París. Pero a estas ocupaciones añadía ahora otras de carácter más infernal: hacía conjuros, hechizos amorosos, prometiendo a las viudas un nuevo marido, al tiempo que ayudaba a los niños a llegar al mundo y a salir de él. 



La Voisin vivía en una parte poco recomendable de París, llamada Villeneuve-sur-Gravois o Villeneuve Beauregard. Allí poseía un jardín que utilizaba como cementerio. Disponía, además, de un horno en el que carbonizaba huesos, destilaba sapos y realizaba las demás tareas propias de toda bruja que se precie. 

Un día llamaron a su puerta tres damas distinguidas. Una de ellas le ofreció su mano para que la leyera, y la Voisin, que seguramente supo de algún modo de quién se trataba, le dijo que debía de haber sido amada por un gran príncipe. 

—¿Y volveré a ser amada por él? —quiso saber Olimpia. 

—No. Eso nunca. 

—Pues es preciso. 

Y entonces, a sabiendas de que había sido reconocida, habló con franqueza a la bruja: era la Vallière quien apartaba al rey de ella. Por tanto, había que encontrar el medio de desembarazarse de la favorita. 

—Eso será extremadamente difícil —repuso la Voisin. 

—Yo encontraré la manera. Y si no puedo vengarme de ella, iré más lejos. 



En ese momento una de sus acompañantes era Mademoiselle de Fouilloux, que también fingía ser amiga de Luisa mientras la traicionaba. 

Poco después de esta visita a la Voisin, el Hôtel Brion, que ocupaba Luisa por entonces, fue atacado. Una noche la Valliére estaba a punto de quedarse dormida cuando la sobresaltaron los ladridos de su perrito. Oyó un ruido en la ventana y pisadas en un apartamento próximo al suyo. Corrió de inmediato a la habitación de su doncella y se dio la alarma. Entonces se hallaron ganchos y escaleras de cuerda que los asaltantes habían dejado atrás en su huida. 

A pesar de que se ofreció una sustanciosa recompensa, los autores nunca fueron encontrados. Luis consideró oportuno poner guardias en el edificio para protección de la Vallière, y hacer que un maître probara todo lo que ella comía.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Los nuevos Templarios

San Miguel

No, no hay ases en la manga. Como les decía, aquí termina el misterio de la Monja Negra, y el resto son opiniones: las suyas. Yo no voy a pronunciarme, porque no me corresponde. No negaré hipótesis sólo porque me parezcan incómodas o no me gusten, ni tampoco me apuntaré a ellas porque resulten más emocionantes y den más juego. Mi misión ha consistido en exponerlas y en tratar de reducirlas descartando aquello que era físicamente imposible, como que fuera hija de María Teresa. En cuanto al resto, varias posibilidades están abiertas: lo que no sea imposible no puede ser descartado. Sólo cabe recordar que las cosas a veces no son lo que parecen, y que unos cuantos indicios no constituyen una prueba. Piensen, queridos cortesanos, que no era extraño ver a una servidora de raza negra, pero sí ver a una monja de raza negra, y que ese hecho podría justificar por sí mismo el remolino de importantes personajes a su alrededor sin que el rey tuviera nada que ver. Ahora bien, al argumento también se le puede dar la vuelta y preguntarse, ya que no era lo habitual, por qué desde que era muy niña se decidió apartar a esa mujer del humilde trabajo que le hubiera estado destinado, de un matrimonio y unos hijos con un igual, y en cambio se la había dotado muy generosamente para que ingresara en un convento. 

¿Ven? Siempre habrá al menos dos modos de ver las cosas, y a mí me gusta contemplarlas desde ambos. Pero esta dama que a ustedes se dirige, por naturaleza más escéptica que dogmática, considera que todo eso han sido, son y serán meras especulaciones, y que lo que podría ser no tiene por qué coincidir necesariamente con lo que es

Hecha esta aclaración, regresemos ahora a la corte, porque las cosas estaban al rojo vivo: la Vallière, recordemos, también estaba próxima a dar a luz cuando nació la hija de Luis y María Teresa, aquella niña prematura que no logró vivir y que dio origen a la leyenda. 

Iglesia de Saint-Eustache, París

El segundo hijo de Luisa de la Vallière nació el 7 de enero de 1665. Ese día Boucher entró por la puerta que daba a los jardines del Palais-Royal, y justo a mediodía nacía el niño. De noche, a las 9, Colbert volvía a esperar furtivamente para conducir al recién nacido hasta su destino. 

El bebé fue bautizado en la iglesia de Saint-Eustache con el nombre de Philippe, “hijo de François Dersy, burgués, y de Marguerite Bernard, su esposa”, y confiado también a gentes discretas por Colbert. El desdichado niñito sólo iba a vivir 11 meses. Falleció prácticamente al mismo tiempo que su hermano mayor.

La corte no se fijó esta vez en el nacimiento porque estaban todos muy ocupados con otro asunto que absorbía su atención. Se trataba de un enorme escándalo: acababa de descubrirse que un grupo de jóvenes caballeros, amigos de Monsieur, habían fundado una curiosa Orden Templaria cuyo objeto era reunir a los partidarios de Sodoma.

Los mayores cofrades eran Antoine Charles, duque de Gramont y hermano de Guiche; el caballero de Tilladet, y el marqués de Biran. Llevaban entre la camisa y la faja una cruz de plata dorada en la que aparecía un hombre pateando a una mujer, por asociación con la cruz de San Miguel, que representa al santo pisando al demonio. Las reuniones tenían lugar en una casa de campo suficientemente retirada y concluían invariablemente con una orgía.


Las reglas de la secta llegaron un día a conocimiento de la corte, para asombro de todo el mundo: 

1º Antes de ingresar en la orden, los peticionarios serán visitados por los Gran Maestre, para verificar si las partes de su cuerpo son sanas y capaces de soportar las austeridades.

2º Darán voto de obediencia y de castidad con respecto a las mujeres. Si alguno lo violara será expulsado sin pretexto alguno que pueda justificar su readmisión.

3º Todos serán admitidos en la orden sin distinción de categoría. Esta no excluirá los rigores de un noviciado, duradero hasta que la barba pueble el mentón.

4º Si uno de los hermanos se casa, deberá justificarlo por el bien de sus negocios, por obligación paterna o por necesidad de dejar heredero. Jurará no amar jamás a una mujer, no acostarse con ella más que para tener el heredero y, aún en este caso, deberá pedir autorización, concedida exclusivamente para un solo día a la semana.

5º Los padres estarán divididos en cuatro clases y cada Gran Prior tendrá el mismo número de ellos. Con respecto a aquellos que soliciten su ingreso en la orden, serán tenidos por turno en cada una de las clases, con objeto de que los priores estén libres de rivalidad.

6º Los miembros de la orden deben mantenerse al corriente de los acontecimientos interiores, con objeto de que, cuando deba cubrirse un cargo, se atribuya exclusivamente por mérito.

7º Con respecto a las personas indiferentes, no se les revelarán los secretos. Quien lo hiciera será privado de su conocimiento durante ocho días, si el gran maestre de quien dependa lo considera oportuno.

8º Aquellos que lleven hermanos al convento gozarán de las mismas prerrogativas, durante dos días, que los grandes maestres; naturalmente, no obstante, cederán el paso a los grandes maestres o se contentarán con los restos de su mesa.

9º Se podrá participar algún secreto a aquellos en los que haya alguna esperanza de atraerlos a la orden. Para ello será preciso un máximo de discreción y seguridad en el éxito de la medida.




En la Corte del Rey Sol

lunes, 20 de septiembre de 2010

El fin de un enigma

Voltaire
Éste es el relato de Voltaire sobre su entrevista con la Monja Negra, a la que él imagina hija del rey:

“Se suponía, con mucha verosimilitud, que una religiosa de la abadía de Moret era su hija. Era de piel muy oscura, y por lo demás se parecía a él. El rey le dio veinte mil escudos de dote al colocarla en ese convento. La opinión que ella tenía de su nacimiento le otorgaba un orgullo del cual se quejaban sus superioras. Madame de Maintenon, en un viaje desde Fontainebleau, fue al convento de Moret; y deseando inspirar más modestia en esta religiosa, hizo cuanto le fue posible por quitarle la idea que alimentaba su orgullo. “Madame —le dijo esta persona—, las molestias que se toma una dama de vuestra condición en venir expresamente aquí a decirme que no soy hija del rey, me persuade de que lo soy”.

Esto es desconcertante, porque a juzgar por el retrato es evidente que no existe tal parecido, pero el comentario nos indica cuál era la íntima convicción de Voltaire.

Moret-sur-Loing

Olivier Dovergne contribuye a esclarecer el asunto con el siguiente comentario: “…Marie-Anne, la hija de Luis XIV y María Teresa, nació con el rostro cianosado, violáceo e incluso negruzco, a causa de un alumbramiento catastrófico. Murió poco después. Unos 20 años más tarde una religiosa del convento de Moret, cerca de Fontainebleau, de tez oscura, declaró que lejos de estar muerta, Marie-Anne había sido cambiada por otra niña y escondida en ese convento; y por supuesto, que ella era precisamente esa niña en persona, nacida de una relación de la reina con su paje negro, Nabo. Nadie dio crédito a tales fabulaciones, puesto que Madame de Maintenon demostró que 20 años antes ella misma había llevado al convento a una chiquita huérfana, nacida de una pareja de moros que trabajaban en la Ménagerie del rey. El asunto se quedó ahí”.

Recordemos, por cierto, que la dama que llevó a la huérfana al convento, antes de alcanzar destinos más altos fue casualmente la institutriz de los hijos bastardos del rey.

Moret-sur-Loing

Gary McCollim abunda en esa hipótesis cuando dice que otra de las historias que circulaban era la de que la monja negra de Moret era la hija de uno de los cocheros de Luis XIV, que era un moro y un converso del Islam al cristianismo. “Varias fuentes informan que Luis XIV tenía un cochero morisco casado con una hermosa mujer. Tuvieron una hija de la que el rey y la reina fueron padrinos. Cuando los padres murieron, Madame de Maintenon la metió en este convento. Como ahijada del rey y de la reina, esta niña podía referirse al Delfín como su hermano”

Y después añade: “Todos los autores parecen eludir la explicación más simple, que es que la chica, excitada por el interés que suscitaba en otros (en aquella época en Francia las monjas negras eran muy poco comunes) podría haber inventado ella misma la historia.”

Y aquí nos proponíamos llegar: al servidor casado con esa hermosa mujer, al parecer también mora. ¿La encontraría muy hermosa al rey?

Moret-sur-Loing

Hay que puntualizar que ella y su esposo no eran esclavos. Recordemos que en el reino no había esclavitud desde que Luis X la prohibiera en 1315, con un edicto mediante el cual el Sol de Francia garantizaba que todo esclavo que pisara suelo francés obtendría automáticamente la libertad. En cambio sí existía en las colonias, desde luego. La posición francesa con respecto a la esclavitud se mantuvo hasta después de la muerte de Luis XIV, cuando un edicto de octubre de 1716 daba paso a una mayor tolerancia hacia su práctica. Las condiciones aún se endurecerían más con la declaración real de 1738, que preveía un mayor control sobre la población negra. En cualquier caso, es evidente que siempre hubo mulatos, algunos de los cuales llegaron a alcanzar gran notoriedad. Dos de los más famosos vivieron en Francia durante el siglo XVIII: uno de ellos fue el Caballero de Saint-Georges, famoso espadachín y músico de renombre al que llamaron el Mozart Negro (pueden escucharlo aquí, y leer su biografía aquí). El otro fue el padre de Alejandro Dumas, que hizo carrera en el ejército y llegó a ser general. Las madres de ambos fueron esclavas en las colonias, mientras que sus padres fueron aristócratas franceses.

En cuanto a la hija de sus servidores, era un honor, aunque no infrecuente, que Luis tuviera la deferencia de apadrinar a un bebé junto con la reina. Pero, si eso fue así, ¿por qué precisamente a esa niña? En Versalles había una enorme cantidad de servidores de todo tipo, y la mayoría de ellos eran padres de varios hijos, a veces de muchos, como era frecuente en la época. No podían esperar todos ellos recibir el mismo trato de favor, los mismos honores y la misma atención. Eso era materialmente imposible. ¿Qué podía tener de especial esta niña, entonces? Cabe preguntarse si Luis se consideraba obligado a tanto porque había contraído una gran deuda de gratitud con su servidor o si acaso tendría motivos de carácter menos confesable.

Moret-sur-Loing por Macondo

Los padrinos tenían la obligación de hacerse cargo de sus ahijados cuando faltaban los padres. Era cosa común que los niños llevaran sus nombres, y recordemos que, en efecto, la monja se llamaba Luisa María Teresa. También se dice que Luis siguió velando hasta su muerte por el bienestar de esta religiosa, por medio de su fiel Bontemps, encargado siempre de los “asuntillos” del rey.

La benedictina, cavilando acerca del misterio de tan importantes visitas como recibía, llegó a la conclusión de que su nacimiento debió de ser muy elevado. Habiendo escuchado la historia de aquella extraña hija de los reyes, tal vez pensó que la respuesta al enigma es que se trataba de ella misma, y puso en circulación la historia del cambio de bebé, posiblemente convencida de que era la única explicación. Más adelante, sin embargo, atando más cabos podría haber llegado a la conclusión de que nada, ni siquiera su edad, coincidía con la que tendría aquella niña. Se dio cuenta, además, de que era el rey quien más empeño ponía en velar por su bienestar siempre, antes y después de morir María Teresa, y se imaginó, con razón o sin ella, en qué dirección tenía que mirar.

Y hasta aquí el misterio de la Monja Negra. Ahora son ustedes quienes tienen la palabra.

sábado, 18 de septiembre de 2010

El otro sospechoso

 El otro sospechoso

Como ya mencionamos, la reina María Teresa dio a luz una niña prematura que nació amoratada, cubierta de vello y especialmente fea, lo cual debió de ser una enorme decepción para cuantos lo contemplaron. En cuanto a los que no pudieron verla, se guiaron por el poco afortunado comentario de Philippe sobre el parecido con Nabo, totalmente jocoso y desprovisto de cualquier doble intención, pero que alguien se tomó de otra forma más adelante, según convino a sus intereses o porque realmente lo interpretó así.

Podemos asumir, incluso, que seguramente sería un bebé Médicis, no precisamente rubio. Recordemos a aquel Alejandro al que llamaban El Moro. Pasaba por hermanastro de Catalina de Médicis, aunque se cree que en realidad era hijo de otro Médicis: el Papa Clemente VII. La identidad de la madre de Alejandro no está del todo clara. Dados sus rasgos, ha sido asumido comúnmente que fue Simonetta da Collevecchio, una mujer de origen africano al servicio de Alfonsina Orsini. Y es muy posible que fuera así, pero eso no justifica que, casualmente, el hijo menor de Catalina de Médicis naciera con unas características que propiciaron que se le llamara despectivamente Moricaud. También de él, como indica su apodo, se decía que era excesivamente oscuro, y que su madre, avergonzada de su aspecto, tan poco común hasta entonces entre los príncipes de Francia, lo tuvo medio escondido durante años. La propia Catalina define a su hijo como “un petit moricaud, ne rêvant que guerre et tempête” (un morucho que no tiene más que guerras y tempestades en la cabeza). No obstante es evidente que el príncipe no era negro.

Tampoco lo fue la hija de María Teresa. No se trata de la Monja Negra de Moret, ni podemos aceptar la historia del cambio del bebé en la cuna, tema tan frecuente en las leyendas de otros tiempos. Teniendo en cuenta el elevado índice de mortalidad infantil, pocas probabilidades tenía una niña prematura de la que, como vimos por el comentario de Monsieur, ya en el momento del nacimiento nadie esperaba que fuera a vivir.

Aunque las crónicas que relatan los hechos no proceden de testigos directos de la muerte de la niña, sí sabemos por otros cronistas que hubo testigos en abundancia. La Princesa Palatina, muchos años después, asegura que, aunque nadie podía quitarle de la cabeza a la gente que aquella niña aún vivía y era la religiosa del convento en Moret, cerca de Fontainebleau, lo cierto era que la niña había muerto, y que toda la corte la había visto morir.

Hubiera sido imposible que, como pretende la leyenda, el médico, para evitar el escándalo (que en cualquier caso después de 40 días ya se habría producido sobradamente, si tenemos en cuenta que las reinas de Francia daban a luz en público), decidiera sustituir al bebé por una niña muerta. Tal vez en muchos casos un recién nacido se parezca mucho a otro, pero resulta que no sucedía así con esta pequeña, dotada de unas características tan especiales que difícilmente hubieran dejado de percatarse los familiares y miembros de la corte de que la niña que velaban era otra diferente. Absurdo. De hecho, en aquel momento y durante más de 20 años nadie mencionó nada de un cambio. Hasta que apareció la misteriosa Monja Negra de Moret.

Alejandro de Médicis

¿Quién era, entonces, la Monja Negra de Moret?

Una de las teorías la hace hija ilegítima de Luis XIV y de una sirvienta africana o de las Antillas. No existen pruebas, y se objeta que resulta extraño que no se conociera la identidad de la amante en esa ocasión, puesto que sus rasgos harían que fuera muy difícil que pasara desapercibida. En cualquier caso, no hacía falta que fuera una relación larga ni consolidada, y los cortesanos, pendientes de las damas que rodeaban al rey, no solían molestarse en mirar entre las servidoras. Por otra parte, quien diga que no la ha encontrado tal vez sea, una vez más, porque no se ha buscado bastante.

Sabemos de esta monja que tomó los velos el 30 de septiembre de 1695. Si hubiera nacido en el mismo año que la hija de María Teresa, tendría 31 años, o estaría a punto de cumplirlos. Un tanto tardía esa decisión para alguien que se había criado en el convento y que no tenía otras posibilidades fuera de allí. No es imposible, pero sí sospechoso. ¿Tal vez era más joven en realidad?

Esta fecha, por cierto, casa mal con el retrato que un estudio hizo datar de hacia 1680. Habrá que concluir que, o bien el estudio está equivocado, o bien no estamos ante el retrato correcto: no es muy normal que alguien pinte vestida de monja profesa a una adolescente que no decidirá tomar los velos hasta 15 años después. La mujer del retrato ni siquiera lleva el velo blanco de novicia benedictina.

La cuestión es que la religiosa, ante las visitas tan importantes que recibía, estaba convencida de que era hija del rey, y era ella misma la encargada de afirmarlo, lo cual le valía severas amonestaciones por parte de Madame de Maintenon, que sistemáticamente se lo negaba.

Hay que mencionar también que Voltaire llegó a ver a la monja y a entrevistarse con ella. Tras la entrevista, hizo el curioso comentario de que se parecía al rey.


martes, 14 de septiembre de 2010

De miradas penetrantes y los peligros del chocolate

Según aparece recogido en las memorias de Madame de Montespan —que aunque con toda probabilidad sean apócrifas arrojan mucha luz sobre la época— “Siguiendo la moda impuesta por Su Majestad, todas las damas de la corte querían tener pequeños moritos negros que las acompañaran… Así fue que Mignard, Le Bourdon y otros pintores de la aristocracia, solían introducir NIÑOS negros en todos sus retratos”. En la imagen, Louise de Kéroualle retratada por Mignard




Sobre el tema del insólito nacimiento de una hija de la reina con un extraño color negro, se cuenta la anécdota de que el médico quiso explicárselo al rey diciendo que seguramente se debía a la mera presencia del africano Nabo durante el embarazo.

—Sire, una mirada puede ser suficiente —dijo.

A lo que Luis habría respondido socarrón:

—¿Una mirada? Entonces debió de ser muy penetrante.

Y es que en la época se buscaban a veces curiosas explicaciones para esos extraños accidentes. Por ejemplo, cuando la marquesa de Coëtlogon le dio a su marido el mariscal la sorpresa de dar a luz un hijo tan subido de color, los médicos de Versalles expresaron la docta opinión de que este contratiempo genético se debía a un abuso inmoderado del chocolate por parte de la señora.

Lo que resulta lamentable que haya habido tantos nombres que se apuntaran a la hipótesis de la aventura de la reina con el enano africano. Y cuando yo haya terminado con este tema, ustedes también comprenderán que es lamentable.

La historia, como toda leyenda, se fue engrosando, y circula por ahí la versión de que Nabo falleció repentinamente algunos días después del anuncio del embarazo de María Teresa, con lo cual pretenden significar que fue eliminado para silenciarlo. Pero la desfachatez va mucho más allá, por supuesto. En esta enrevesada e imaginativa corte, una bifurcación de la leyenda afirma que Nabo no murió en realidad, sino que se convirtió en El Hombre de la Máscara de Hierro.

Veamos qué fue lo que dio origen a la leyenda:

La Princesa Palatina menciona que la niña que dio a luz María teresa era horrorosa, pero afirma con rotundidad que es completamente falso que fuera negra. Parte del problema podría haberlo creado Philippe y su a veces poco oportuno sentido del humor, puesto que al nacer la niña y verla tan pequeña, fea y amoratada, no se le ocurrió otra cosa que comentar que se parecía a Nabo, según recoge Mademoiselle de Montpensier en sus memorias:

“Monsieur me dijo que la niña que había dado a luz la reina se parecía a un morito que había traído monsieur de Beaufort, que era muy bonito, el que siempre estaba con la reina, que cuando se comentó que el bebé se le parecía, fue apartado; que la pequeña era horrible y no iba a vivir…”

Lo que se puede afirmar, entonces, es que Nabo seguía con vida después de nacer la niña. Pero es que además, la mejor prueba de que el comentario de Monsieur era mucho más inofensivo de lo que años después se quiso suponer, es que NABO ERA UN NIÑO. Sólo tenía 10 ó 12 años cuando le fue regalado a la reina en Francia “como juguete y mascota”. María Teresa llevaba dos años y medio en la corte cuando comenzó su tercer embarazo. En cuanto al niño, debía de ser un recién llegado: sabemos que por entonces comenzaba apenas a chapurrear algo del idioma, tan mal que provocaba la hilaridad de la reina, y ello pese a que María Teresa nunca llegó a hablarlo del todo bien.

María Teresa

Sí, era un niño, y no precisamente muy desarrollado: Nabo medía unos 68 centímetros cuando fue entregado, y se informó que apenas llegaría a rebasar más de 90. Es evidente, pues, que aún le faltaba mucho para alcanzar el tope de su estatura, y que esto es igualmente indicativo de su corta edad.

Es comprensible que a los padres de la niña no les hiciera gracia que comenzaran las burlas comparando su físico con el del pequeño bufón que llevaba la cola del vestido de la reina y la entretenía con sus saltos y piruetas, por tanto no resulta sorprendente que haya sido apartado, y no hacen falta más razones. Pero como quienes difundieron la leyenda de la relación entre Nabo y la reina 20 años después no habían conocido al africano, ni siquiera tenían la menor idea de que se trataba de un niño, e interpretaron de otro modo el comentario de Monsieur.

Nada se había rumoreado sobre una relación extramatrimonial de María Teresa hasta décadas después, lo cual hubiera sido insólito si realmente la reina hubiera dado a luz a una niña de raza negra. Pero es que no fue así. Además del rotundo testimonio de la Princesa Palatina, contamos con el de La Princesa de Conti, hija bastarda del rey, que sostenía que la coloración de la niña se debía a las dificultades del parto, durante el transcurso del cual al bebé le faltaría oxígeno, produciéndole convulsiones que le habrían dado ese color negro-violáceo sólo momentáneo.

Sabemos, además, que Luis apenas se separa de su esposa durante esos días en los que ella entra en agonía. María Teresa aprovecha para arrancarle la promesa de que olvidará a la Vallière, a la que debe casar con algún caballero. El rey le promete todo lo que desea oír en ese momento; cualquier cosa con tal de aliviar su sufrimiento y darle un poco de sosiego. Pero, en cuanto ella estuvo fuera de peligro, él olvidó sus juramentos y regresó junto a Luisa.

¿Imaginan al rey reconociendo como hija legítima suya a la bastarda de su esposa con una especie de bufón, o mascota, y ello sin poner el menor inconveniente, mientras que a sus propios hijos con la Vallière tiene que esconderlos? Nadie podría considerar esto sostenible si hubiera sido claro que la niña no podía ser suya debido a que era de otra raza. Tampoco es sostenible que además, lejos de enfadarse, lo único que le preocupa al rey es que su esposa, con la que se muestra sumamente cariñoso y solícito, recupere cuanto antes la salud.

Y ahora viene lo mejor de todo: ¡la reina elige precisamente ese momento para pedirle a él que deje de serle infiel! O sea, justo cuando ella, según la extravagante teoría, acaba de hacerle aceptar a la bastarda de su servidor como legítima, se atreve a exigirle que abadone a la Vallière. Y él le promete lo que sea, todo lo que ella quiera en esos momentos.

Mesdames et Messieurs, ¡eso sí que es talante!

No, no se puede aceptar una hipótesis tan descabellada. Es comprensible sucumbir alguna vez a la tentación de aceptar una atractiva historia en la que una pequeña pieza queda suelta, pero lo que de ningún modo puede hacerse es sostener aquella en la que ni una sola encaja bien.

¿Dónde podría encontrarse, entonces, la verdad?

jueves, 9 de septiembre de 2010

El misterio de la Monja Negra


Convento de Val-de-Grâce

Ana de Austria estaba indignada por la relación de Luis con la Vallière e iba a llorar sobre el hombro de su otro hijo:

—¡Ved cómo me trata!, exclamaba.

Se quejaba porque Luis había dejado de dirigirle la palabra a causa de la creciente animosidad que ella mostraba hacia la favorita. Era el primer disgusto serio entre madre e hijo, la primera discusión que no se resolvía en cuestión de horas. La reina habló por enésima vez de retirarse al convento de Val-de-Grâce, y Luis accedió a visitarla y dirigirle nuevamente la palabra, en parte para evitar el escándalo y en parte conmovido.

Durante la entrevista el rey derramó abundantes lágrimas, un modo de liberar sus emociones que, por cierto, era habitual en él. Cubrió a su madre de palabras de afecto y arrepentimiento, lo que no le evitó los reproches con los que le respondió Ana. Luis replicó entonces:

—Conozco mi mal, y a veces me avergüenzo. He hecho cuanto me ha sido posible para abstenerme de ofender a Dios y no abandonarme a mis pasiones, pero me veo obligado a confesaros que han llegado a ser más fuertes que la razón; no puedo resistir su violencia y ni siquiera siento el deseo de hacerlo.

Ana guardó silencio. Viendo a su hijo tan deseoso de una reconciliación aceptó recibir a la favorita. Estaba muy enferma, pues padecía un cáncer de mama y su espíritu de lucha se apagaba.


Luis se encontraba en su apogeo, alcanzando el mediodía. Tropas francesas reforzaban los ejércitos imperiales que se enfrentaban a los turcos. Los franceses tomaron una parte gloriosa en la batalla de Saint-Gothard, que detuvo la invasión otomana el 1 de agosto de 1664. Sin la intervención decisiva de las tropas enviadas por Luis, los turcos habrían tomado Viena y sometido a Austria, provocando la caída del Imperio.

El rey no deseaba ver aumentado el poder de los turcos, lo que sería demasiado inquietante; pero su objetivo principal al enviar sus soldados no había sido el de ayudar altruistamente a Austria, sino provocar que los Habsburgo contrajeran una gran deuda de gratitud que minaría la eterna alianza con sus parientes de España, una alianza que tenía arrinconada a Francia desde hacía 150 años. La gran obsesión de Luis era acabar con el poderío español. Era preciso que España muriera para que Francia comenzara a vivir.

La suerte le sonreía: ni siquiera hubieran sido necesarias tantas molestias, porque el destino tenía sus propios planes. A Felipe IV le quedaba un año de vida. A su muerte dejaba como único heredero un niño de corta edad, raquítico, enfermizo, de escasa inteligencia y que se demostraría estéril, todo ello producto de la degeneración causada por tanto matrimonio consanguíneo entre la dinastía. Luis XIV tenía el camino despejado para su propia gloria: no encontraría a nadie al otro lado.

Felipe IV

Minette acababa de dar a luz a su segundo hijo, nacido el 16 de julio en Fontainebleau. Este nuevo hijo, Felipe Carlos, sólo viviría dos años.

Ese otoño María Teresa da a luz prematuramente a una niña que tampoco sobrevive. El parto a poco acaba también con la vida de la madre. A comienzos del mes de noviembre había empezado a encontrarse mal. Tenía contracciones prematuras, ya que el nacimiento no estaba previsto hasta Navidad. Los médicos deciden practicarle una sangría, tras lo cual la reina da a luz el 16 de noviembre. Pero algo más salió terriblemente mal: la niña, Ana María, era monstruosa, velluda y con aspecto de morisca.

Esto último, por cierto, no era un caso único entre los Médicis, cuya sangre llevaba Luis por su abuela paterna, pero resultaba insólito y absolutamente desconcertante en la corte de Francia. Una de las actuales teorías acerca de la pigmentación oscura en su piel es que ésta era causada por una cianosis, es decir, por la presencia de pigmentos hemoglobínicos anómalos. Sea cual fuera la causa, esta circunstancia resultó muy embarazosa para la reina. Los médicos intentaban buscarle explicación en la dieta que había llevado, a que no había tenido suficiente aire durante el parto y a un sinfín de excusas, pero sólo la sobradamente probada virtud de María Teresa la protegió contra las murmuraciones de los cortesanos, que apuntaban hacia uno de sus pajes, un enano africano llamado Nabo, por el que ella tenía especial afecto.

Moret-sur-Loing (foto por David Giral)

El pobre bebé contrahecho vivió poco más de un mes, pero no existen testimonios de testigos directos de su muerte, y comenzó a circular la leyenda de que la hija de la reina había sido cambiada por una niña muerta, para evitar el escándalo. Decían que en realidad el bebé vivió y que, oculta bajo otro nombre, llegó a la edad adulta. En definitiva, se pretendió que esa niña era la Monja Negra de Moret, Louise-Marie-Thérèse, la religiosa benedictina de la abadía de Moret-sur-Loing.

Saint-Simon menciona que a veces la reina, y después Madame de Maintenon, visitaban el convento, y que, aunque no siempre la veían, no dejaban de velar por su bienestar. Tampoco deja de ser curioso el nombre de la monja, que representa la suma de los del rey y la reina.

La religiosa parecía estar convencida de su origen real, y Saint-Simon dice que en una ocasión saludó al Delfín llamándolo “mi hermano”. Pero aún hay más: una carta en la que se le concedía una pensión de 300 libras por parte del rey Luis XIV, “para ser pagada de modo vitalicio en este convento o en cualquier otro donde pudiera encontrarse, por los guardias del Tesoro Real”.

La Monja Negra de Moret

Una investigación llevada a cabo por la Société de l´histoire de Paris et d’Ile-de-France, publicada en 1924, concluía que el retrato fue pintado hacia 1680 por la misma mano que había pintado la serie de 22 retratos de reyes de Francia hasta Luis XIV entre 1681 y 1683, por iniciativa del padre Claude du Molinet.




CONTINUARÁ. Y LA HISTORIA DARÁ UN GIRO INESPERADO

martes, 7 de septiembre de 2010

Los Placeres de la Isla Encantada



A pesar de todas las precauciones que se habían tomado, el rey no pudo evitar que comenzaran las murmuraciones. Contaban que una noche habían metido a Boucher con los ojos vendados en un carruaje, y que había sido conducido hasta una habitación en la que se encontraba una mujer enmascarada a punto de dar a luz. Decían que era él mismo quien se lo había contado a Madame de Villeroy, y, ¿quién podía ser la misteriosa dama enmascarada excepto Luisa de la Vallière, que no había recibido a nadie durante cuatro días? Además el miércoles por la mañana Colbert había ido a ver al rey, que todavía estaba acostado, y ambos habían hablado durante mucho tiempo.

Luisa, destrozada por la pena, decidió permanecer oculta y no salir. Pero la camarera no tardó en venir a informarla de los rumores que se difundían por la ciudad. Empezaba a rumorearse que el rey había tenido un hijo bastardo. Era preciso, pues, mostrarse para tratar de atajar las murmuraciones.

Fue un error. El 24 de diciembre, aún lívida y con las piernas temblorosas, asistió a la misa de gallo en la capilla Quinze-Vingts. Toda la corte la contempló sonriendo, pues si alguien había albergado alguna duda hasta entonces, no había más que verla para darse cuenta de que los rumores eran ciertos. Comprendiendo que la gente no era tonta y no se había dejado engañar, Luisa regresó a casa llorando.

Saint-Antoine des Quatre-Vingts, París

Durante todo el invierno se mantuvo encerrada sin recibir a nadie, excepto al rey, muy preocupado por ese retiro que indicaba una fuerte depresión. Pero sus múltiples ocupaciones no le permitían dedicarle todo el tiempo que hubiera deseado, y luego estaba el niño, esa pobre criatura que no llegaría a cumplir dos años y a la que sólo podían ver en secreto.

Todo esto ahondaba la tristeza de Luisa, que no participó en el ballet que se organizó el 13 de febrero de 1664 en el Palais Royal. Ese día destacó una ninfa marina de extraordinaria belleza: se trataba de Mademoiselle de Mortemart, convertida recientemente por su matrimonio en Madame de Montespan.

En mayo, concluida la primera parte de las obras en Versalles, Luis decidió dar una fiesta muy especial con la que esperaba rescatar a Luisa de su abatimiento y hace que recuperara la sonrisa. Quería que fuera la más bella fiesta de todos los tiempos, y encarga al conde de Saint-Aignan organizar una serie de diversiones como ballets, música, teatro y fuegos artificiales, todo combinado.

Los Placeres de la Isla Encantada, Versalles

El conde se inspiró en el Orlando Furioso de Ariosto y tomó como tema la estancia de Roger en la isla de la hechicera Alcina, la que fuera también tema de una ópera de Haendel, y organizó una fiesta extraordinaria que llamó “Los placeres de la isla encantada”, un espectáculo en el que colaborarían Molière y Lully. Oficialmente se daba en honor de Ana de Austria y María Teresa, aunque soterradamente fuera a Luisa de la Vallière a quien el rey tenía intención de agradar.

La fiesta contó con la asistencia de 600 invitados que ocupaban pabellones de madera y tela adornados con las armas del rey. El rey gustaba de interpretar y bailar en público, y en esta ocasión representó el papel de Roger. Apareció con una corona formada de lágrimas de plata y las piernas cubiertas de un bordado de oro y festones de diamantes. Un casco con largas plumas de color fuego aureolaba su cabeza.

Durante la noche del segundo día se estrenó el ballet comedia ideado por Molière y Lully: La princesa de Elide, y al día siguiente hubo fuegos artificiales. Se suceden las carreras de caballos, lotería y representaciones teatrales. Luisa lloraba de emoción al pensar que toda la fiesta le estaba dedicada. El rey interpretaba un papel por complacerla y los más grandes artistas de su tiempo habían trabajado para que le fuera dedicado un homenaje sin precedentes. La favorita aún no sabía que en aquel momento esperaba un nuevo hijo.


Cerrando estas jornadas, se representó de las obras maestras del teatro francés: Tartufo. El estreno causó una gran conmoción: contó una vez más con todo el apoyo del rey, pero escandalizó a los más devotos entre el círculo de la reina madre, que llegó a interrumpir la representación.

Con este desgraciado incidente se puso fin a los festejos y la corte regresaba al día siguiente a Fontainebleau.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Un nacimiento clandestino


Olimpia Mancini, condesa de Soissons, había reanudado sus planes para provocar la caída de La Vallière. Consiguió interesar en la trama a Minette, de quien la reina María Teresa, en su ignorancia, pensaba que seguía siendo la amante de Luis. Eso dejaba a Minette en una posición muy incómoda a la que estaba deseosa de poner fin, máxime si al mismo tiempo se sacaba la espinita de no haber sido capaz de retener al rey. Madame, pues, estuvo de acuerdo en denunciar ante María Teresa las infidelidades de su esposo, de forma clara e inequívoca.


Fortalecida por esta importante alianza, Olimpia solicitó y obtuvo una entrevista secreta con la reina en el locutorio del convento de la Rue du Bouloi. Allí le contó, a su dañina manera, la relación de Luis con La Vallière, e incluso el escarceo que él había tenido con mademoiselle de La Mothe-Houdancourt.

No satisfecha con ello, la condesa llevó más allá la intriga y fue a hablar con el propio Luis. Se lo contó todo, pero añadió que se había encontrado con que la reina ya había sido informada por la duquesa de Navailles, haciendo recaer así las culpas sobre la dama a la que Vardes y ella tenían ojeriza.


Pasaron algunos meses. Minette, nuevamente encinta, sufrió un aborto durante ese año de 1663, el mismo en el que estaba previsto el nacimiento del hijo de Luisa. En cuanto al rey, hubo de ausentarse en agosto debido a una campaña militar en Lorena. El conflicto arrancaba del tratado de Montmartre de 1662, en virtud del cual el duque Carlos IV le vendía a Luis XIV la sucesión a cambio de una compensación económica y una buena renta vitalicia. Pero resulta que los loreneses, tal vez con el acuerdo secreto del duque, se negaron a ratificar el tratado.

Mientras el rey estuvo ausente mantuvo continua correspondencia con su amante. Colbert y su esposa se ocuparon de ella en su ausencia. Madame Colbert era una mujer muy agradable, experta en el cuidado infantil, puesto que había criado a sus siete hijos.El 1 de septiembre encontramos esta nota de Luis para su ministro: “Os dirijo las cartas para las reinas; y ya sabéis cuanto se refiere a las que no llevan dirección”.

El día 15 de octubre de 1663, cubierto de gloria y seguido de su ejército triunfante, Luis regresa a casa. Había encargado a Colbert que buscara un lugar discreto en el que Luisa pudiera pasar la parte final de su embarazo, antes de que se hiciera demasiado evidente. Era preciso ponerla a salvo de las miradas indiscretas y las murmuraciones de la corte.

El ministro encontró un pequeño pabellón de un piso, cerca del Palais-Royal y a la altura de la antigua calle des Bouchers. De ese modo Luisa abandonó la sombría habitación que ocupaba junto a Minette. En su nueva residencia vivía “de modo muy retirado, sin salir nunca, vestida siempre con ropa suelta. Aquellos a los que recibía por la tarde para jugar a las cartas, la veían sólo en la cama”.

Colbert

Colbert, además, buscó para ella una sirvienta, demoiselle du Plessis, encargada de traer toda la ropita necesaria para el bebé. No omitió nada a la hora de poner en marcha la estratagema para tratar de preservar el secreto del rey. Él mismo nos cuenta en sus memorias:

“Para la educación del niño, con el secreto que el rey ha ordenado, dispuse al llamado Beauchamp y a su mujer, antiguos servidores de mi familia, que viven en la calle des Ours… y a los que he dicho, como en secreto, que mi hermano está a punto de tener un hijo con una noble dama, y que yo estaba obligado, para conservar su honor, a tomar bajo mi protección al recién nacido y confiarles su educación, lo que aceptaron con alegría.”

El ministro buscó también a un tal Boucher para que atendiera a Luisa adecuadamente en el parto, y con todo ya dispuesto al rey y a él sólo les quedaba esperar.

El acontecimiento se produjo bien entrada la madrugada. Fue el 19 de diciembre, entre las 3 y media y las cuatro de la mañana, cuando Colbert recibió esta nota de Boucher: “Tenemos un niño bien sano. La madre y el recién nacido están perfectamente, a Dios gracias. Espero vuestras órdenes.” Las órdenes eran crueles para con Luisa. El biógrafo de Luisa, J. Lair, nos cuenta:


“La madre no dispuso ni de tres horas para abrazar al niño. A las seis de la mañana, antes del amanecer, siguiendo un acuerdo previsto, Boucher llevó al niño a través del Palais-Royal y, de acuerdo con sus instrucciones, lo entregó a Beauchamp y a su mujer, que esperaban frente al palacio Bouillon. El mismo día, el recién nacido fue llevado a Saint-Leu, donde, por orden secreta del rey, fue bautizado como Carlos, hijo del señor de Lioncourt y de mademoiselle de Beux.”

Las sospechas de la reina

Galería de Apolo - El Louvre

Luisa de La Vallière no salía de su asombro al ver que, por el contrario, él mostraba una enorme alegría ante su próxima paternidad. Había pensado que recibiría con disgusto y preocupación la noticia, pero sucedió todo lo contrario: Luis, saliendo de su reserva habitual, comenzó a pasear con ella por todo el Louvre, cosa que nunca había hecho.

Estaba encantado con ella. Desde que había comenzado su relación hacía año y medio, Luisa había permanecido fiel y desinteresadamente a su lado. Jamás le había pedido nada. Ocupaba una pequeña y humilde habitación y no había recibido más que algunas joyas y fruslerías como las que cualquier caballero de la corte regalaba a la dama objeto de sus atenciones. Ningún beneficio material obtenía, y, sin embargo, debía hacer frente a las envidias, intrigas y rivalidades que suscitaba su posición junto al rey.

Luis se mostraba muy celoso con todo aquel que se acercaba a ella. Un día, durante una revista militar, vio que La Vallière sonreía con especial agrado a un joven militar que se inclinaba hacia ella como si fueran viejos conocidos. Esa noche le preguntó a Luisa quién era aquel joven. Ella respondió que era su hermano. El rey, cauto como de costumbre, hizo sus averiguaciones y descubrió que Luisa era tan sincera como desinteresada. Se trataba de su hermano Jean-François de la Baume, que desde la muerte de su padre había permanecido recibiendo instrucción en el colegio, y después, en 1659, fue enviado como teniente a Amboise con una paga miserable. Tampoco él había aprovechado la situación para solicitar nada, ni se había presentado con pretexto alguno ante el rey, que ni siquiera lo conocía.


Cuando Luis enfermó durante ese año de 1663, no quiso ver a La Vallière por temor a contagiarla también a ella. “Soñaba continuamente con su amante, a quien no deseaba ver por miedo a ponerla en peligro. Cuando el peligro se alejó, Monsieur de Saint-Aignan fue a buscarla”.

Y, en cuanto se recuperó, su pasión pareció cobrar nuevas fuerzas. Durante aquellos días en los que Luis quedó a merced de la muerte, fue más consciente que nunca de la situación en la que quedaría La Vallière si él desaparecía. Para protegerla contra esa eventualidad, decidió ocuparse del futuro de su hermano casándolo con una joven heredera bretona, Gabrielle Glé de Cortadais, huérfana e hija única de Jean Glé de Cortadais y Marie de Montigny.

La reina, a quien Ana de Austria procuraba por todos los medios mantener aislada de cualquier tipo de murmuraciones, parecía, en efecto, no saber nada. Encerrada en sus apartamentos conversaba durante horas con su primera dama, doña Molina, y con algunos íntimos más que temblaban ante la idea de que pudiera enterarse. J. Lair, Biógrafo de La Vallière, dice de la reina:

María Teresa

“Parecería increíble, y sin embargo es cierto, que aunque hubieran pasado más de dos años María Teresa aún no supiera con exactitud quién era el objeto de la pasión del rey, y es imposible pensar que se tratara de ignorancia fingida. La reina era incapaz de tales cálculos. Ni tampoco se trataba de estupidez, como algunos creen. Cuando el cariño del rey por ella comenzó a desvanecerse, ella fue perfectamente consciente. Era española y celosa, pero española con orgullo de estirpe, y celosa como una verdadera reina puede ser. Su mente franca y honesta detestaba el espionaje, el cotilleo de los cortesanos y las murmuraciones de los sirvientes. Por tanto, sus sospechas casi siempre se desviaban, recayendo a veces sobre Madame, y otras sobre La Mothe-Houdancourt”


Pero una noche vio pasar a La Vallière y llamó a madame de Motteville.

—¿Es a esa doncella que lleva las arracadas de diamantes a la que el rey quiere? —preguntó.


Los presentes, sobresaltados, se contemplaron sin poder pronunciar ni una palabra. En el silencio que siguió se hubiera podido escuchar el vuelo de una mosca. Finalmente madame de Motteville ideó una respuesta e intentó convencerla de que todos los maridos aparentaban infidelidad porque la moda lo requería así.

María Teresa, por supuesto, no la creyó. De pronto adquirió un aire tan triste que todos comprendieron que era menos ignorante de lo que aparentaba.

Pero ¿cómo había llegado a saberlo? La respuesta es que todo se debió a una nueva intriga contra Luisa.


***

Les ruego disculpas, pero he tenido un grave problema y me ha sido preciso rehacer esta entrada, que se había perdido. Lamentablemente no he podido recuperar sus comentarios. Lo siento muchísimo.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Construyendo Versalles


Según los contemporáneos de Luis XIV, el rey trabajaba muchas horas. Los embajadores venecianos nos han dejado el siguiente testimonio: “se dedica al trabajo con un celo extraordinario… fatiga demasiado su espíritu y en ocasiones sucumbe a fuertes dolores de cabeza”. Pero lo que más consumía las energías del rey por esas fechas era Versalles. Desde 1661 se esforzaba, junto con Le Brun, Le Vau y Le Nôtre, en edificar sobre el viejo pabellón de caza el más bello palacio del mundo, una tarea tan absorbente que ocupaba casi todo su tiempo.

Aún faltaban largos años para que se aproximara a lo que Luis quería. La corte tardaría en ser trasladada oficialmente a Versalles, y mientras tanto Colbert rezongaba por las grandes sumas que consumía el palacio, puesto que el rey quería que todas las personas a las que destinaba apartamentos los encontraran amueblados también. Eso sin contar con que daría de comer a todos, o con detalles como la gran cantidad de velas que se precisarían.

No era un simple capricho real todo esto, sino que obedecía a unas razones prácticas muy concretas: Luis deseaba reunir a toda la nobleza en un lugar en el que él tuviera total control y donde pudiera tenerlos bien vigilados y entretenidos con fiestas y espectáculos, de forma que no pudieran volver a urdir contra él las mismas conspiraciones que hubo de padecer en su infancia. No habría más Frondas. 

Al mismo tiempo aquel edificio debía ser símbolo del poder de la nueva Francia; debía deslumbrar. Luis tenía un gran sentido de la publicidad, y nada mejor para servir a su propaganda que todo ese fasto que alentaba la imaginación de la gente. Las fiestas ayudaban a demostrar todo esplendor de la monarquía francesa. 


Aun absorbido por la construcción del nuevo palacio, cuando disponía de un momento escribía tiernos mensajes dirigidos a Luisa de La Vallière. Cuando el rey regresaba De Versalles iba junto a Luisa, y el placer de encontrarse hacía cometer a los dos buen número de imprudencias. Una noche, durante una partida de cartas, garabateó incluso un pareado, un dístico galante sobre un dos de oros. Recordemos, por cierto, que el dístico es esa estrofa de dos versos, habitual en la métrica grecolatina, y que fue digna de ser empleada por Ovidio en su Arte de amar. Luisa, que era muy imaginativa y demostró tener ingenio, acertó a responder con un pequeño poema en el que elegía, en lugar del dos de oros, el dos de corazones. 

Otro dístico hizo llorar a Luisa años más tarde. Ocurrió algunos en Chambord. Sobre una vidriera del petit oratoire Francisco I había dejado escritos estos versos: 

Souvent femme varie, 
Mal habil qui s’y fie 

(Con frecuencia la mujer varía, hace mal el que se fía). 

Luis se lo mostró a La Vallière y le pidió su opinión. Ella, que nunca había cambiado y que tal vez temiera que los versos resultaran más veraces cambiando la palabra “femme” por la de “homme”, estalló en lágrimas, y el rey, en uno de esos gestos caballerescos tan característicos suyos, rompió el vidrio sobre el que estaban grabadas las palabras que habían hecho llorar a su amada.

Château de Chambord (por Jann van Brugge)

De pronto una enfermedad estuvo a punto de acabar con la familia real. Se trataba de la tos ferina, que se apoderó primero de María Teresa y después del rey. El estado de salud de Luis llegó a ser nuevamente preocupante, y entonces expresó su voluntad de que, si él moría, la regencia no debía recaer en la reina madre ni en su hermano, sino en el príncipe de Conti, el hermano de Condé.

Resulta que, como vimos cuando seguíamos a Molière, este extraño personaje había cambiado radicalmente sus costumbres, en otro tiempo tan licenciosas y tendentes a las conspiraciones. Desde hacía unos pocos años vivía retirado en el castillo de la Grange-des-Prés, consagrado al estudio y al misticismo hasta el día de su muerte, ocurrida en 1666. Su repentina santidad causaba verdadero asombro por contraste con su vida anterior. 

Por suerte, Francia no tuvo que llegar a verse en manos de este desequilibrado, porque el rey se recuperó.

Una noche, poco después de su recuperación, Luisa de La Vallière, toda llorosa, vino a anunciar al rey que estaba encinta. Estaba muy asustada, porque temía cuál habría de ser en adelante su destino: esperaba que se la apartara para siempre de la corte para evitar el escándalo. Estaba segura de que la noticia causaría gran disgusto e incomodidad al rey… 



En la Corte del Rey Sol