lunes, 30 de agosto de 2010

Molière en la corte

Luis XIV desayunando con Molière

Molière tuvo la suerte de ser presentado a Monsieur, a la reina madre y al propio rey. El júbilo fue indescriptible cuando obtuvo autorización para actuar en su presencia. Hacía trece años que había salido derrotado de París, y apenas se hubiera atrevido a imaginar que su regreso sería así.

Corría el otoño de 1658. Luis XIV acaba de cumplir 20 años y faltaba poco tiempo para que empuñara personalmente las riendas del Estado, aún en manos de Mazarino. El 24 de octubre Molière acude al Louvre, donde habían montado un pequeño escenario en la antigua Sala de los Guardias. La obra a representar era una tragedia de Corneille: Nicomède. Entre el público se encontraban los actores del Hôtel de Bourgogne, dispuestos a ser condescendientes con una simple compañía de provincias.

La compañía tuvo éxito, gracias en buena medida a Madeleine y las otras dos primeras actrices. Entonces Molière aprovechó el momento y tuvo un gesto de lo más audaz: hizo descorrer la cortina, avanzó hacia las candilejas y “después de haber dado las gracias a Su Majestad, en términos de gran modestia, por la bondad que había mostrado al disculpar sus defectos y los de su compañía, quienes habían salido temblando ante una reunión tan augusta, y el deseo que sentían de tener el honor de divertir al más grande de los reyes, les había hecho olvidar que Su Majestad poseía a su servicio excelentes originales, de los que ellos no eran más que míseros remedos, y puesto que había consentido soportar sus modales rústicos, le suplicaba con toda humildad que le permitiese ofrecerle uno de aquellos pequeños entretenimientos que habían alcanzado cierta reputación y con los cuales divertían en provincias”.


El rey le dio permiso, y Molière le presentó entonces El doctor enamorado, una farsa que lamentablemente se ha perdido. Sabemos, sin embargo, que el público no reprimió las carcajadas.

Luis quedó tan satisfecho que al día siguiente les permitió establecerse en la sala del Petit Bourbon. Además, les fue concedido el título de “Compañía de Monsieur, hermano único del rey”. Allí dieron su primera representación el 2 de noviembre. Molière sabe que tienen que superarse tras recibir ese espaldarazo. No pueden decepcionar, no pueden dejar escapar la gran oportunidad que se les ha brindado. Vigila severamente la pronunciación y el modo de declamar de sus actores, buscando innovar, resultar naturales evitando el énfasis y el engolamiento escénico que era entonces tan habitual.

Al año siguiente tuvo un éxito apoteósico con Las preciosas ridículas. La afluencia de público era tal que Molière aumentó el precio de las entradas para tratar de reducir el número excesivo de espectadores a la par que obtenía un mayor beneficio. Eran los tiempos en los que la corte se encontraba en los Pirineos negociando la paz con España y el matrimonio del joven rey. La obra fue enviada allí y obtuvo tanto éxito como en París. A Luis XIV le gustó tanto que, una vez casado, asistió tres veces a la representación: en Vincennes, en el Louvre y en el palacio de Mazarino. Cada vez mostraba más aprecio por Molière.


El 28 de mayo de 1660, unos días antes de la boda de Luis y María Teresa, y para celebrar el acontecimiento, estrena Sganarelle o El cornudo imaginario, otro gran éxito. En octubre se trasladaron al teatro del Palais Royal, también concedido por el rey. Es por esa época cuando Molière, a sus 38 años, se enamora ciegamente de Armande, por entonces ya una joven de 17. Armande parecía haberse constituido en el único objetivo de su vida, y, por desgracia para él, aquella pasión seguiría su curso.

Algún tiempo después, el lunes 13 de enero de 1662 se firmó el contrato de esponsales entre ambos, siendo testigos presenciales la viuda Béjart, Madeleine (que figuró en el acta como hermana de la novia), y por parte de Molière su padre y su hermano Louis. La boda se celebró en la iglesia de Saint-Germain-l’Auxerrois, junto al Louvre, el 20 de febrero.

En cuanto a Madeleine, si le dolió ese matrimonio, nunca lo demostró. Siguió conviviendo con ellos, demostrándoles su afecto, y a su muerte legó todos sus bienes a Armande.

Armande Béjart

En plena luna de miel Molière escribe La escuela de las mujeres, enorme éxito que le valió recibir por parte del rey mil libras de pensión. Eran ya demasiados logros, y esto empezaba a irritar a sus rivales, que, celosos, desataron sus críticas. Molière les replicó estrenando su Crítica de la escuela de las mujeres.

Hay que decir que en todas las escaramuzas contra sus detractores, Luis XIV tuvo el buen gusto de ponerse de parte de Molière. En una carta de Racine encontramos lo siguiente: “Montfleury padre ha hecho una reclamación contra Molière, entregándosela al rey; le acusa de haberse casado con la hija después de haber vivido con la madre; pero a Montfleury no le hacen caso en la corte”.

En efecto, no sólo cayó la acusación en saco roto, sino que además el rey vuelve a dar una extraordinaria prueba de su estima a Molière cuando se presta a apadrinar a su hijo, nacido el 19 de enero de 1664. La razón principal era que deseaba protegerlo contra las murmuraciones que le atribuían una relación incestuosa. No hay que olvidar que muchos llegaban a afirmar que Molière era el padre de Armande.

Molière

La ceremonia tuvo lugar el 28 de febrero en la misma iglesia en la que Molière había contraído matrimonio con Armande, y la madrina fue Minette. Ella y el rey fueron representados por dos nobles de la corte: el duque de Créqui y la mariscala du Plessis.

Y ahora que ya estamos todos en la corte, dejemos a Molière. ¿Me acompañan a Versalles?



En la Corte del Rey Sol - Cierto sabor a veneno

sábado, 28 de agosto de 2010

Armande entra en escena


En marzo de 1653, cuando la compañía se encontraba en Lyon, Molière estrenó su primera obra: L’étourdi ou les contretemps (El atolondrado o Los contratiempos), en la que él mismo interpretaba el papel del criado Mascarilla. Era una comedia, lo cual no era lo que más le gustaba hacer. Él hubiera preferido dedicarse a la tragedia, pero no lograba éxito con ese género, entre otras cosas porque tenía cierto defecto en su respiración que le hacía recitar entrecortadamente, con una especie de hipo. Como no hay mal que por bien no venga, más adelante aprendió a extraer un gran provecho cómico de aquel defecto.

El atolondrado fue un gran éxito. La compañía se había engrosado por entonces con otros actores, entre ellos Catherine de Brie, “refugio amoroso de Molière hasta el final”. Ella recomendó a su esposo, que hacía papeles de espadachín, y monsieur de Brie, a pesar de no ser bueno, pasó así a formar parte del elenco. Entró también Madame de Gorla, una actriz muy joven pero que ya había cosechado grandes éxitos y era, además, una estupenda bailarina. Llevaba un nombre artístico compuesto: Marquise-Thérese, y fue amada por los dos hermanos Corneille. Más tarde sería ella, en su madurez, quien se enamoraría del joven Racine. Murió prematuramente, en plena pasión y, según se dijo, envenenada.

L'étourdi

Para Madeleine la llegada de estas dos actrices fue un duro golpe. Comprendió que tendría que ceder los primeros papeles y conformarse con interpretar ella los de sirvienta en adelante. Pero no terminarían ahí sus sinsabores: Molière fue de los primeros en sentirse hechizado por los encantos de Marquise-Thérese, a la que intentó conquistar, si bien sin éxito. La actriz lo rechazó y, para asombro de todos, eligió por esposo al gordito actor Du Parc.

De todos modos, Jean-Baptiste no volvió con Madeleine, sino que fue entonces cuando comenzó su historia amorosa con Madame de Brie. La relación fue larga, aunque los sentimientos no eran profundos. Según Grimarest, “se divertía con ella cuando no estaba trabajando”. En una ocasión uno de sus amigos, sorprendido de que un hombre de tan buen gusto como Molière tuviera por amante a una mujer como ella, lo interrogó acerca de sus motivos:

—¿Es por su virtud, por su belleza o por su ingenio la razón por la que la amáis? Sabéis que La Barre y Florimont se cuentan entre sus amigos; que no es hermosa, que es casi un esqueleto y que no tiene sentido común.

—Ya lo sé —repuso Molière—, pero estoy acostumbrado a sus defectos. Sería demasiado trabajo tener que acostumbrarme a las imperfecciones de otra. No tengo ni tiempo ni paciencia para ello.

Madeleine Béjart

Madeleine hizo traer del Languedoc a su hija Armande, la que pasaba por ser una hermana mucho menor. Desde su nacimiento la había tenido discretamente escondida en casa de una dama distinguida de la región, y ahora que había cumplido 10 años vio llegado el momento de que se reuniera con ella.

Menou, como llamaban cariñosamente a la niña, poseía una gracia y una vivacidad que encantaron desde el primer momento a Molière, quien, si bien pese a todos los rumores seguramente no era su padre, lo cierto es que desde entonces dirigió su educación y la rodeó de cuidados y atenciones que hicieron de él lo más parecido a una figura paterna. Se le ocurrió sacarla a escena en la Andrómeda de Corneille, interpretando a la nereida Efira. Su papel consistía en recitar cuatro versos, pero de ese modo quedaba incorporada a la compañía e iniciaba su carrera de actriz.

Viajaron a Aviñón, y una vez allí fueron llamados a Pézenas por el príncipe de Conti, hermano del Gran Condé. Fue un paso importante que un príncipe de la sangre les concediera protección y les permitiera utilizar su propio nombre para la compañía. Los ingresos aumentaron de tal modo que la vida de Molière y Madeleine se tornó espléndida. Un testigo, D’Assoucy, nos ha dejado escrito que en su mesa había siete u ocho platos. “Nunca vi tanta bondad, tanta franqueza y honradez como en casa de estas gentes, muy dignas de encarnar los personajes principescos que representan a diario en el teatro”.


Lamentablemente la protección del príncipe cesó al cabo de tres años. Conti atravesaba por una honda crisis espiritual y se propuso abandonar la vida de pecado. “Hay aquí unos cómicos que llevaban en otro tiempo mi nombre; les he mandado decir que lo suprimiesen, y comprenderéis que no se me ha ocurrido ir a verlos”.

La compañía se dirigió a Ruán, pero Molière soñaba con volver a París. Su larga gira por provincias le había enseñado mucho, y estaba ansioso por poner a prueba su aprendizaje en la capital. De hecho, hizo varias escapadas hasta la ciudad en busca de apoyos allí, de modo que ya comenzaba a hablarse de ellos en París, de las bellas actrices, la espectacular puesta en escena y los magníficos vestuarios.

Todo estaba listo para ser presentado en la corte.



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jueves, 26 de agosto de 2010

Del teatro a la prisión


“Plus grand est l’obstacle, plus grande est la gloire de le surmonter”

(Cuanto mayor es el obstáculo, mayor es la gloria de superarlo)
Molière

Mientras se efectuaban las obras necesarias para acondicionar el teatro en París, y tras contratar a tres músicos a modo de orquesta, la compañía de Molière actuó en Ruán con ocasión de una feria. En su repertorio llevaban varias tragedias, algunas de Corneille. Allí permanecieron hasta el otoño de 1643, y en diciembre regresan a la capital. La sala estaba casi terminaba y todo estaba prácticamente a punto para el estreno.

Toda la ilusión, todos los preparativos de los últimos meses se vinieron abajo en cuestión de una hora. La función fue un estrepitoso fracaso y acabó entre gritos y protestas.

Malos comienzos para Jean-Baptiste, que empezaba a utilizar su nombre artístico. Su firma como Molière aparece por primera vez en un documento con fecha de 28 de junio de 1644.

La compañía, tras el fatídico estreno, lejos de enderezar su rumbo seguía de mal en peor: no acudía la gente. Parecía que el público sólo asistiera a los teatros del Marais y del Hôtel de Bourgogne. Se hizo preciso recurrir a los préstamos para salir adelante, para lo cual la madre de Madeleine ofreció en garantía su propia casa, ya hipotecada. Como continuaba la mala racha, los socios que aún no habían decidido marcharse no vieron otra salida que ponerse en manos de usureros.


Molière no está dispuesto a desistir. Sean cuales sean las dificultades, él continúa adelante contra viento y marea. Piensa que si la gente no acude es porque el teatro está mal situado, y decide trasladarlo todo a otra sala en la Cruz Negra, cerca del puente de San Pablo, en el actual Quai des Célestins. Daba igual. Tampoco allí lograba el éxito, y los acreedores se impacientaban. Uno de los más furiosos era el comerciante que les había proporcionado las candelas para el alumbrado.

El 2 de agosto Molière era encarcelado en el Châtelet a causa de unas deudas que ascendían a 142 libras. Había que reunir el dinero de la fianza, pero ¿de dónde iban a sacarlo, si precisamente había ido a parar a prisión por no tener ni una triste libra? Entonces un amigo acude en su auxilio y se hace responsable de la deuda: se trataba de Léonard Aubry, un maestro soldador cuyo hijo se casaría más adelante con Geneviève, la hermana de Madeleine.


Molière puede así salir de prisión, pero a los pocos días vuelve a ser encarcelado. Esta vez es la ayuda de su padre la que le procura la libertad.

En su empeño por continuar aún con el proyecto, él y Madeleine deciden llevar el teatro fuera de París. Antes de finalizar el año de 1645, los pocos integrantes que quedaban en la compañía tomaron un carromato cargado con sus equipajes y su atrezzo y emprendieron el viaje rumbo a Chartres por la carretera de Burdeos. Cualquier cosa antes que renunciar a ser cómico. Como el propio Molière diría más adelante, la profesión de actor “es uno de esos oficios de fuego, cuyas quemaduras duran toda la vida”.

Pronto se unieron a otra compañía teatral que tenía cierto prestigio: la del actor du Fresne. Juntos emprendieron una gira por el Midi, un largo viaje que se prolongó hasta el otoño de 1658, es decir, más de 12 años.


Las cosas habían comenzado a marchar bien. Los cómicos atravesaron sus altibajos, pero en Burdeos habían logrado la protección del gobernador de Guyena, Bernard de Nogaret de La Valette, duque de Epernon. Es posible que influyera en ello el hecho de que Bernard y Molière habían sido compañeros en el colegio de Clermont, aunque muchos sospechan que aquella protección no fue desinteresada, sino motivada por los muchos encantos que apreció el gobernador en Madeleine. Que el interés del duque se centraba exclusivamente en ella parece encontrarse avalado por una alusión que aparece en unas frases que el dramaturgo Magnon dirige al duque en el prólogo de su tragedia Josafat:

“Esta protección y este socorro que os habéis dignado conceder a la más infortunada y una de las actrices de más valía de Francia os han granjeado la gratitud de todo el Parnaso, que os lo agradece por mi boca. Habéis salvado a esa desventurada del precipicio adonde la empujaba su propio mérito”.

Del protector de Madeleine se decía que había envenenado a su esposa hacía cosa de 20 años. La dama, Gabrielle-Angélique de Borbón, era hija del rey Enrique IV y de su amante la marquesa de Verneuil. Falleció a los 10 días de dar a luz a su hijo, pero mucho fue lo que se habló de aquella muerte. Por si fuera poco, el caballero había hecho la vida imposible a su segunda esposa, Marie du Cambout de Coislin, sobrina del cardenal Richelieu.

Afortunadamente, a Madeleine le fue mucho mejor.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Madeleine y Molière


"On n'a pas besoin de lumière quand on est conduit par le ciel"

(Molière)
No hace falta luz cuando nos guía el cielo


No se sabe a ciencia cierta dónde se conocieron Madeleine Béjart y Molière, aunque hay quien propone el pueblo de Montfrin, cerca de Nimes, durante el transcurso de aquel viaje a mediados de 1642. Ella, alta, hermosa, a sus 24 años hacía varios que se había convertido en una actriz de cierto prestigio. Era una mujer instruida que trataba con los autores, ingeniosa y “maestra en el arte de la lisonja”. Era franca, y, como buena Capricornio, tenía mucho tesón y gran sentido práctico. Sus múltiples devaneos nunca la hicieron perder la cabeza y, en cambio, le reportaron buenos beneficios. Sabía mantener el equilibrio y la cordura en las decisiones que afectaban a su familia. En realidad no era frívola ni intrigante. Tampoco era de naturaleza pasional, sino que lo que buscaba era seguridad, y se aferraba a ella cuando creía encontrarla.

Según un contemporáneo, Georges de Scudéry, “era bella, era galante, tenía mucho carácter, cantaba bien; bailaba bien; tocaba toda clase de instrumentos; escribía maravillosamente en verso y en prosa y su conversación era muy amena. Era sin duda una de las mejores actrices de su siglo…”

Esas cualidades fueron las que atrajeron a Molière, muy tímido con las mujeres. Se sintió seducido de inmediato, y tuvo la dicha de ser correspondido.

También ella apreciaba las cualidades de aquel joven que podía tornarse muy osado cuando abandonaba su timidez habitual. Era culto, mucho más de cuanto podía encontrar en un actor medio de la época, y esto aumentaba para ella sus atractivos. Su físico le inspiraba confianza y le resultaba muy agradable, con su mirada reflexiva y esas súbitas explosiones de entusiasmo. No tardó mucho en establecerse un lazo muy estrecho entre ambos.


Ahora Molière se siente capaz de enfrentarse a su padre, a toda su familia, al mundo entero y a los mismos dioses. A comienzos de 1643 les escribe para comunicarles su decisión irrevocable: quiere ser cómico.

Los gritos del tapicero debieron de ser escuchados por todo el vecindario. Recibe la noticia casi al borde de la apoplejía, de puro disgusto. ¿Pero cómo iba él, un honrado tapicero, a tener un hijo cómico? ¿Dónde se había visto algo así?

El angustiado progenitor envía un emisario a su hijo para que lo disuada de sus locos proyectos y le haga entrar en razón. El elegido fue Pinel, un antiguo preceptor de Molière. El resultado, para desconcierto del padre, fue totalmente contrario al esperado, y el buen caballero debió de mesarse los cabellos al enterarse de que fue el enviado quien resultó contagiado por el entusiasmo de Jean-Baptiste, hasta tal punto que le rogó ser admitido en su compañía para representar papeles de docto pedante. Es más: llegó a enrolarse, y trabajó por algún tiempo en dicha compañía utilizando el pseudónimo de Jean de la Couture.


Monsieur Poquelin hubo de resignarse y aceptar que no había nada que hacer. Pero hubo algo que aún le dolió más: Molière deseaba renunciar oficialmente a la sucesión en el cargo de tapicero de la Casa Real, que pasó así al segundo hijo. Más adelante lo recuperaría, aunque de modo nominal, al fallecer su hermano en 1660.

Molière se mudó a otra casa en la calle de Thorigny, a dos pasos de la de Perle, donde vivían los Béjart. Quiere fundar una compañía, alquilar un local, elegir un repertorio en el que abundaran las tragedias, puesto que Madeleine había tenido una brillante actuación en un papel de princesa trágica. Entonces fallece monsieur Béjart y todo se retrasa un poco, pero para el mes de mayo habían logrado reunir 10 cómicos.

El 30 de junio de 1643, en casa de los Béjart, se firma el acta de asociación para formar la compañía, que lleva el nombre de El Ilustre Teatro. En ella, además de Madeleine, se enrolaron sus hermanos: Geneviève, de 19 años, y Joseph, el mayor de todos. El pequeño Luis, llamado el Cojo, lo haría más adelante, puesto que sólo contaba 13 años a la sazón. Tras la firma, se descorcharon las botellas en medio de una delirante alegría. Jean-Baptiste Poquelin se convertía en Molière.


En septiembre encontraron el local que buscaban: arrendaron por tres años el Juego de Pelota de los Métayers en la Puerta de Nesle, cerca de la actual calle Mazarine. Pero había un problema: no tenían suficiente dinero, de modo que tuvieron que recurrir a la picaresca, y el antiguo preceptor metido a actor logró sacarle al padre de Molière la suma de 200 libras, con el pretexto de que eran para pagar unas deudas contraídas por su hijo.

El pobre Monsieur Poquelin seguramente hubiera muerto de desesperación de haberse enterado de que, por si fueran pocas sus desdichas, acababa de contribuir a financiar el teatro.



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lunes, 23 de agosto de 2010

La familia Béjart


Hacia 1636 Molière ingresa en el famoso colegio jesuita de Clermont para estudiar humanidades. Permaneció allí 3 años, hasta cumplir los 17.Tuvo éxito en sus estudios, y la inclinación que sentía por la poesía le hizo dedicarse a la lectura de los clásicos, que llegó a conocer perfectamente, en especial a Terencio.

Mi padre comenzaba a desprenderse de las ataduras familiares. Frecuenta el teatro con una pasión ya arraigada desde los tiempos de la escuela, cuando los jesuitas organizaban representaciones, y seguía siendo un lector voraz cuando emprende sus estudios de Derecho. Obtiene sin pena ni gloria una oscura licenciatura y el título de abogado en la Universidad de Orleáns, poco prestigiosa: lo cierto es que en aquel tiempo solían expedir los títulos a cambio de una remuneración.

Pero no ejerció nunca la profesión. Sí desempeñó, en su último contacto con la tradición familiar, el cargo de tapicero y ayuda de cámara en 1642, al sustituir a su padre con ocasión de un viaje que hizo Luis XIII a Narbona. En tal ocasión asistió a la caída del joven favorito Cinq-Mars tras la conspiración en la que se pretendía acabar con el cardenal Richelieu. Él solía contar que, en un rasgo de humanidad que pudo costarle caro, ocultó al conspirador en un desván del palacio arzobispal.


Regresó al cabo de varios meses, animado por una creciente rebeldía. No se siente tapicero, no se siente valet de chambre, no se siente abogado. Como dijo Pierre Brisson, “¿De qué pueden servirle Lucrecio, Terencio, Séneca y Cicerón para remendar hasta una edad avanzada los sillones del rey?”. Él ya ha descubierto lo que desea, pero es tímido, y no es fácil romper con la tradición familiar. Aquella fue la época en la que trabó amistad y se convirtió en discípulo de Tiberio Fiurelli, el célebre Scaramouche.

Pero en su vida está a punto de ocurrir un acontecimiento de vital importancia. Nos encontramos a mediados de 1642. Mi padre tiene 20 años y va a conocer a la familia Béjart, o, según ellos lo escribían entonces, Béjard.

Joseph Béjart era ujier de la Audiencia, aunque a veces afirmaba que poseía el título de fiscal en el Châtelet, sede de la jurisdicción criminal por entonces. En realidad su pasado era bastante turbio: el de un aventurero que se había ganado la vida con toda clase de recursos, entre ellos el de representar papeles de actor trágico con el nombre de Belleville. Su esposa, Marie Hervé, era quien llevaba en casa los pantalones. Habían tenido once o doce hijos, de los cuales sólo 4 vivían: Joseph, Madeleine, Geneviève y Louis.

Marie había preparado a sus dos hijas para que aprovecharan las ventajas de sus atractivos. Madeleine se había aplicado en esas lecciones, y a sus 24 años ya era madre. Había conquistado al conde de Módena, Esprit Raymond de Mormoiron, chambelán de Gastón de Orleáns, un acaudalado caballero, libertino, aventurero y militar. Se suponía que de él había tenido a Françoise, bautizada el 11 de julio de 1638. Se rumoreaba incluso que el conde no fue su primer amante, y que antes de conocerlo ya le iba tan bien que, para cuando cumplió esa edad, había podido comprarse una casita con jardín por la que pagó una buena suma.


Había una segunda hija que pasaba por ser una hermana suya mucho más joven, aunque quedan pocas dudas acerca de que Madeleine fue su madre. La fecha de nacimiento de esta niña, que recibió por nombres Armande Grésinde Claire Elizabeth, se fija normalmente entre 1642 y 1643.

La paternidad de Armande fue atribuida a Molière en diversas ocasiones, puesto que mantuvo una relación sentimental con Madeleine. Los libelos se cebaron con él, y no se trata de una cuestión baladí, como veremos más adelante, sino que tiene más importancia de la que a priori pudiera parecer. Por tanto, vale la pena detenerse en las fechas:

Algunos proponen que tal vez fue Armande la que nació en 1638, negando la existencia de su hermana Françoise, pero esto no es así. Lo cierto es que si Armande hubiera nacido en 1638, no habría mucho tema para las lenguas ociosas, dado que por entonces Molière era sólo un estudiante de 16 años en el colegio de Clermont, muy lejos aún de conocer a Madeleine. Sería extraño, entonces, que a alguien se le hubiera ocurrido achacarle la paternidad siendo tal el caso. La fecha más probable es la que sitúa su nacimiento en años posteriores, y que facilitaría la propagación de las habladurías. Además, hay un documento con fecha de 10 de marzo de 1643 en el que se menciona como miembro de la familia Béjart a una niña que aún no ha recibido el bautismo, y que aparentemente sólo encaja con Armande.

Pero ¿dónde y cómo conoció Molière a Madeleine?

sábado, 21 de agosto de 2010

Scaramouche


El personaje que más influyó en la formación de Molière como actor fue, según su propia confesión, Scaramouche. Se trataba de Tiberio Fiurelli (o Fiorelli), un bufo napolitano de la antigua Commedia dell’Arte italiana. Su arte era ya mucho más refinado que el de los anteriores faranduleros, puesto que “orientaba la farsa hacia ciertas gracias del ingenio, más finamente literarias”. Interpretaba su personaje de Scaramouche vestido de negro de los pies a la cabeza, tan sólo con una golilla blanca en el cuello. “Negro como la noche”, decía Molière. No solía usar máscara, sino maquillaje blanco con cejas negras y una pequeña barba puntiaguda. La idea del Scaramouche enmascarado y gran espadachín parece corresponder al siglo XX, a raíz de la famosa novela de Sabatini.


Tiberio Fiurelli había nacido el 9 de noviembre de 1608, hijo de un capitán de caballería que tuvo algunos problemas con la ley. Era un hombre fuerte, ágil, y continuó siendo un magnífico acróbata cuando dejó de ser joven. Muy polifacético, tenía una voz extraordinaria, bailaba y cantaba acompañándose él mismo con el laúd. Como era de un natural aventurero, acabó enrolándose en una pequeña compañía teatral en Fano. Tuvo muchísimo éxito con su personaje en una obra titulada El convidado de piedra, tras lo cual la compañía se trasladó a Mantua. Allí atrajo la atención del duque antes de continuar la gira en dirección a Florencia y a Nápoles.

En Palermo conoció a su esposa, Lorenza Elisabetta, o Isabella del Campo, una actriz que representaba papeles de sirvienta con el nombre de Marinetta. Tuvieron al menos tres hijos, el mayor de los cuales fue bautizado en Roma por el cardenal Chigi, en representación del Papa Alejandro VII.

Scaramouche

Scaramouche pronto amasó una fortuna con su arte y compró en Florencia una magnífica propiedad. Su personaje continuaba siendo aclamado por dondequiera que pasara. Por ello, al llegar su fama a Francia, al parecer fue invitado por la reina.

En París tuvo la fortuna de resultar del agrado de Ana de Austria, quien le permitió entrar en la corte. Cuentan que un día, siendo Luis XIV apenas un pequeño Delfín de dos años, lloraba sin que nadie fuera capaz de consolarlo, y que entonces Fiurelli pidió permiso a la reina para tomarlo en sus brazos, asegurándole que él sería capaz de calmarlo. La reina consintió, y él, en su papel de Scaramouche, le hizo toda clase de muecas y tonterías hasta lograr que mudara el llanto por las carcajadas. Debido a ello en adelante acudía a los aposentos del Delfín cada vez que aparecía en la corte, lo que contribuyó enormemente a la gran fama del personaje.

Tiberio Fiurelli, "Scaramouche"

A Luis XIV le gustaba después recordar aquel momento cada vez que veía a Scaramouche. Le pedía que hiciera de nuevo las muecas de entonces, y volvía a reír cada vez que el cómico reproducía la escena. Para que la troupe de Tiberio mantuviera siempre sus máximos niveles de calidad, el rey le procuraba fondos para que pudiera desplazarse a Italia en busca de los mejores talentos.

Scaramouche recibió grandes honores, tal vez el más importante de los cuales fue que Mazarino y Ana de Austria sostuvieran a su hijo en la pila bautismal de Saint-Germain-l’Auxerrois. Según la partida de bautismo, la ceremonia tuvo lugar el jueves 11 de agosto de 1644.

Mientras aún vivía su esposa, Scaramouche tuvo otro hijo con Mademoiselle Anne Doffan, al cual llamó Tiberio François. También tuvo una hija, Anne Elisabeth, con Mademoiselle Marie Duval, con quien se casó posteriormente, en 1688, siendo octogenario. A pesar de que él mismo no había sido un dechado de fidelidad conyugal, enloqueció de rabia cuando se enteró de que Marie le engañaba. Le rapó la cabeza y la encerró en el convento de Saint-Lazare, luego en el de Sainte-Geneviève de Chaillot y finalmente en Châtelet, donde falleció.


Scaramouche pasó sus últimos años en la Rue Tiquetonne de París, solo y olvidado por cuantos le habían admirado y aplaudido. Allí murió el 8 de diciembre de 1694.

Mezzetin dice de él que “la Naturaleza había dado a Scaramouche una extraordinaria facilidad para interpretar cualquier sentimiento que quisiera mediante las distintas contorsiones de su cuerpo y su rostro, y de modo tan perfecto y original, que el famoso Molière, tras haber estudiado meticulosamente sus representaciones, no tuvo inconveniente en confesar que debía todo su éxito y todo su talento al gran mimo italiano”.

Pero continuemos con el discípulo. El próximo día retomaremos su historia.



En la Corte del Rey Sol - Cierto sabor a veneno

jueves, 19 de agosto de 2010

Molière

Molière

Luis tenía otras muchas ocupaciones por entonces, como por ejemplo la de ampliar las fronteras de Francia. Con el dinero en abundancia del que disponía ahora el reino, rescató Dunkerque, plaza conquistada anteriormente por los ingleses. Lo que hizo fue comprársela a su primo Carlos II. Además firmó una alianza por 25 años con Holanda, un acuerdo que le garantizaba también la seguridad en el mar.

Y el rey continuaba también con su labor de protector de las artes. El 26 de diciembre de 1662 se estrenaba La escuela de las mujeres, uno de los grandes éxitos de Molière, y de hecho el mayor conocido en Francia hasta entonces desde El Cid, de Corneille.

Llegado es el momento de presentar debidamente en esta corte al gran dramaturgo y actor, con quien vamos a detenernos por algún tiempo.

Jean-Baptiste Poquelin, Molière, pertenecían por línea paterna a una familia de burgueses acomodados oriundos de Beauvais. Casi todos sus miembros fueron tapiceros, aunque algunos ocuparon puestos en la magistratura. Lo cierto es que ninguno de ellos se había dedicado al arte. De los Cressé, línea materna, existen menos datos, y sólo se sabe que la madre de Molière también era hija de un tapicero.
Beauvais

El abuelo paterno, Jean, se había establecido en París a finales del siglo XVI. Su hijo, del mismo nombre, le sucedió en el oficio de tapicero, y el 27 de abril de 1621 se casaba con Marie Cressé. La familia era prolífica: el abuelo había tenido 10 hijos con su esposa Agnès Mazuel, hija y hermana de violinistas del rey, y pronto llegó también descendencia para la siguiente generación. En enero de 1622 nacía Jean-Baptiste, y el día 15 era bautizado en la iglesia de Saint-Eustache.

En cuanto a la casa natal, sus biógrafos suelen situarla en la rue de st-Honoré, actual número 96, cerca del Pont-Neuf. Allí figuraban domiciliados sus padres según la partida de bautismo. La casa tenía lo que llamamos un poteau-cornier, es decir, una viga maestra sobre la cual había tallados unos monos trepando por un naranjo. Debido a ello en el barrio se la conocía como el Pabellón de los Monos. Molière se inspiró en ese motivo ornamental cuando más adelante compuso un escudo de armas en el que aparecían tres espejos de verdad con dos monos como soporte: uno de ellos sostenía un espejo, y el otro una carátula de teatro. Donneau de Visé, en la oración fúnebre por Molière, explica así su significado:

“Esos espejos muestran que él lo veía todo, esos monos que imitaba todo cuanto veía, y esas máscaras, que ha desenmascarado a muchas gentes, o, mejor aún, a los vicios que se ocultaban bajo esas máscaras”.

Saint-Eustache

Después de nacer Molière, en el espacio de 7 años sus padres tuvieron otros 5 hijos, a todos los cuales sobrevivió el mayor. En 1632 pierden a su madre, muy joven aún. Ella era quien había educado hasta entonces a Jean-Baptiste. Sólo transcurrió un año antes de que su padre volviera a casarse. La nueva esposa era Catherine Fleurette, hija de un comerciante del barrio. Catherine tuvo dos hijas y falleció a consecuencia del segundo parto.

En 1631 Jean había comprado a uno de sus hermanos el cargo de maestro tapicero y tapicero ordinario de la Casa Real, que llevaba anexo el de ayuda de cámara del rey como título honorífico. Llegado el momento, hizo las gestiones necesarias para que Jean-Baptiste, como primogénito, heredara el cargo. Molière tenía 16 años cuando tuvo lugar la ceremonia, que protagonizó sin ninguna ilusión.

Representación en el Hôtel de Bourgogne

Es posible que acudiera en ocasiones al teatro del Hôtel de Bourgogne en compañía de su abuelo materno, y que asistiera también a las representaciones durante la feria de St-Germain, puesto que su otro abuelo era dueño de dos locales en el recinto ferial. Lo que es seguro es que su padre, dado su carácter y su modo de pensar, no lo acompañó jamás a tales eventos. Pero en la Place Dauphine la gente se detenía a contemplar al charlatán Mador con su hermano Tabarin. Allí Molière, niño y adolescente, comenzó a sentir la pasión por la antigua farsa parisina, procedente en realidad de Italia, y en la que los apodos usados por los faranduleros llegaron a ser tan populares como los de Arlequín y Scaramouche.

Porque, sí, queridos cortesanos, existió Scaramouche, aunque no era el de Sabatini. También él será presentado el próximo día.

martes, 17 de agosto de 2010

Mademoiselle de La Mothe-Houdancourt



La opinión de Luis sobre Armand de Guiche había mejorado un poco tras aquellas sinceras confidencias. Aunque aún tenía sus reticencias: no ignoraba que le había puesto un par de motes a sus espaldas. Guiche lo llamaba “Marqués del Desfile”, debido a su afición por la pompa y la ceremonia, y también “Marqués de la Filigrana”, por sus numerosos trajes. A Luis no le hacía gracia.

Olimpia Mancini no era mujer que se diera por vencida fácilmente. Mientras tenían lugar todas esas intrigas ella continuaba empeñada en recuperar el favor real, para lo cual fue a ver a una bruja que le preparó filtros complicados y le dio fórmulas mágicas para recitar. No dieron resultado, claro. Entonces tuvo otra idea: ¿por qué no procurarle a Luis otra amante? De ese modo Luisa rompería con él, y a la otra sería fácil apartarla después, porque no se trataría de amor, sino de uno de esos momentáneos arrebatos pasionales a los que era tan propenso que casi no hacía falta ni empujarlo.

La elegida fue una joven alegre, bonita y muy calculadora: mademoiselle Anne Lucie de la Mothe Houdancourt, una de las damas de Ana de Austria, y a él le gustó, sí. Aunque, desde luego, ésa era siempre la parte más fácil.


La reina madre se encontraba en Saint-Germain cuando la joven fue admitida entre los miembros de su Casa. La duquesa de Noailles ejercía un estricto control sobre las damas, pero no pudo impedir que Anne Lucie recibiera las atenciones de Luis. La duquesa, empeñada en su labor, llegó a prohibirle que estuviera presente en la habitación con las demás cuando él andaba cerca, por lo que Luis tenía que hablar con ella a través de un agujero que quedaba tapado por un reloj que había en el corredor.

El rey logró finalmente encontrarse varias veces con la joven, quien, debidamente ilustrada por la condesa de Soissons, interpretaba muy bien su papel. Y cito textualmente un comentario que encontramos al respecto de este episodio: “No deseaba herirla —es conocida la extremada gentileza de Luis XIV para con las mujeres, aun las más humildes—, la honró una noche sobre el borde del canapé, saludándola después y marchando”. La cosa acabó ahí.


El caso es que el tono burlesque que emplean a veces cronistas y estudiosos para referirse a ese rasgo característico de la personalidad de Luis es, incluso, superior al nuestro. Y que nadie piense que con tanto ajetreo descuidaba a su esposa; por el contrario, María Teresa estaba nuevamente embarazada y el 18 de noviembre de 1662 daría a luz a una niña, Ana Isabel. El bebé, sin embargo, no logró sobrevivir mucho tiempo.

De momento Olimpia se había tomado muy a mal su nuevo fracaso, y también la señorita honrada sobre el borde del canapé, a quien le había sabido a poco y se sentía humillada por no haber conseguido nada más. Intentó que hubiera una segunda vez, pero ¡ah!, el rey estaba demasiado ocupado con otro asunto:

Luis construía Versalles.

domingo, 15 de agosto de 2010

Una sombra en la Corte


Minette no estaba nada dispuesta a ver su nombre envuelto en el escándalo que supondría un duelo por su causa. Para impedirlo decidió tomar la iniciativa acusando a Vardes ante el rey de haberla insultado, por lo cual el marqués fue enviado a la Bastilla, y tras su liberación se le ordenó abandonar la corte y aceptar el gobierno de una provincia lejana.

Olimpia no vivía sus mejores horas: no había logrado su propósito de volver con el rey y, por si fuera poco, ahora alejaban a su amante. Pero ella no era la clase de mujer que se quedaba de brazos cruzados. Lo que hizo fue ir a ver a Luis y quejarse ante él de que Minette sólo había pretendido salvar la vida de Guiche con esa argucia, y que ambos estaban engañando al rey.

Si pensaba que Luis tomaría medidas contra Madame, se equivocó. Los dos eran demasiado buenos amigos. Él repitió a Minette cuanto Olimpia le había contado, y ella hizo llegar la información a Guiche a través de su padre, el mariscal de Gramont, aconsejándole que se confiara por entero a Luis y que cuando fuera interrogado lo confesara todo con la máxima sinceridad, incluida su participación en el asunto de la carta dirigida a María Teresa. El conde así lo hizo, y su sinceridad impresionó gratamente al rey. Eso le evitó ser enviado a prisión junto con el marqués. Al mismo tiempo Luis comenzó a detestar a Vardes, e hizo saber a Olimpia que también ella había incurrido en su desagrado.


El mariscal de Gramont pronto se dio cuenta de que no podía confiar en la discreción de su hijo, y al ver que estaba de nuevo intentando obtener entrevistas con Madame, le ordenó que se retirara a Holanda.

Armand se resistía a partir sin haber obtenido una última entrevista con Minette. Se disfrazó con la librea de uno de sus servidores y montó guardia en la calle hasta que la vio pasar en su litera. Intentó entonces despedirse de ella, pero debido a la emoción y a la fatiga, se desmayó. Sus amigos, temiendo que lo descubrieran, se apresuraron a retirarlo, mientras los ojos de la sobresaltada Minette lo seguían hasta la casa a la que era conducido.

Mientras tanto Ana de Austria envejecía rápidamente, y tales escándalos no contribuían a levantar su ánimo. Había perdido su autoridad de otros tiempos; las cosas escapaban a su control, ya no tenía ninguna influencia sobre sus propios hijos. Apenas era una sombra en la corte, y eso era algo difícil de aceptar.


Hay un pasaje en las memorias de Mademoiselle de Montpensier que indican cuánto pesaban en su ánimo los problemas conyugales de Philippe. Pasada la Pascua de 1662 hubo varios ballets y grandes celebraciones por la boda de Mariana Mancini, la menor de las sobrinas de Mazarino, con el duque de Bouillon, un matrimonio que se había celebrado el 22 de abril con la asistencia de los reyes y de Ana de Austria. Mademoiselle de Montpensier se hallaba en cama con fiebre por esas fechas, y la reina madre acudió a visitarla.

“Me contó una fuerte discusión que habían tenido Monsieur y Madame por culpa del conde de Guiche. Estaba muy enojada con Madame, y me dijo:

“—¡Qué error he cometido! Si vos hubierais sido mi nuera, yo habría vivido en paz con vos, y mi hijo hubiera sido muy feliz por tener una esposa tan prudente.

“Permaneció dos horas junto a mi cama contándome sus penas.”


Anne Marie guardó silencio. Comprendía las quejas de Ana de Austria, pero también ella quería vivir en paz con sus primos, de modo que se limitó a escucharla y se guardó muy mucho de expresar con palabras cualquier tipo de censura.


En lo político, Ana de Austria no tenía mayor influencia. Luis estaba empeñado en una estrecha alianza con Portugal, y ella, que nunca olvidaba que era una princesa española, recibía este empeño con el mayor disgusto.

—Si es el deseo del rey, es una gran lástima —dijo—, pero él es el amo, y yo no tengo nada que decir.

viernes, 13 de agosto de 2010

Traición al descubierto


Durante aquellas conversaciones entre el marqués de Vardes y Madame, él tuvo ocasión de intentar algunos avances y declararle su pasión, pero no se atrevía a ir muy rápido por temor a la reacción de su actual amante, Olimpia Mancini, condesa de Soissons. Y es que la condesa era una mujer temible.

El conde, muy resentido por la información que le había transmitido su amigo Vardes con respecto a la infidelidad de Madame, y que él había creído, solicitaba y obtenía un destino en Polonia, con lo que Vardes veía alejarse de Francia a su mayor rival.

A continuación, decidido a librarse también de la competencia que suponía el príncipe de Marsillac, el marqués logró infundir tales celos en Monsieur que el joven acabó siendo obligado a abandonar la corte.


Para entonces Olimpia había comenzado a sospechar que Vardes la engañaba. Le sentó tan mal descubrir que él se dedicaba a perseguir a Minette a sus espaldas que enfermó de la rabieta. En ese estado pidió a Madame que acudiera a visitarla, y ella, que le profesaba una sincera amistad, acudió prontamente. Durante la entrevista, Olimpia le reprochó su intriga con Vardes, diciéndole que si lo que ambos se traían entre manos se trataba de un asunto galante, era una intromisión indigna en su relación, y que, si no era más que una inocente amistad, no debería habérselo ocultado. Minette hizo cuanto pudo por aplacarla y convencerla de lo absurdo de sus sospechas. Para mayor tranquilidad de la condesa, hizo llamar a Vardes y a petición suya tuvo lugar allí mismo una reconciliación entre el marqués y Olimpia.

Pero las dos damas se habían dado perfecta cuenta del doble juego que el galán había estado practicando. Madame y la condesa tuvieron una segunda entrevista en la que intercambiaron confidencias más sinceras, a consecuencia de las cuales ambas juraron enemistad a Vardes. Minette se atuvo a este acuerdo, pero al cabo de unas cuantas semanas Olimpia volvía a aceptarlo como amante.


Guiche regresaba de Polonia poco después. Su pasión por Madame seguía viva, pero ella se negó a verlo o a recibir sus cartas. Sin embargo, la suerte favoreció a Armand en una ocasión: Minette y su esposo acudían un baile de máscaras. A la puerta se encontraron con un grupo de enmascarados que les propusieron unirse a ellos. Así lo hicieron, y Madame le dio el brazo a Guiche sin saber que se trataba de él. Armand, en cambio, la había reconocido inmediatamente por el peculiar perfume de sus guantes, y aprovechó la oportunidad para dar y recibir explicaciones acerca de lo sucedido durante su ausencia. De ese modo se descubrió toda la traición de Vardes.

Guiche juró que mataría a su pérfido amigo.




En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a veneno


miércoles, 11 de agosto de 2010

Vardes pretende a Madame

Minette

Por entonces la pasión del marqués de Vardes por Olimpia se había enfriado, y ahora sus ojos se dirigían hacia Minette. Por tanto, era preciso desembarazarse de su amigo y rival en el corazón de Madame: el conde de Guiche. A tal fin acudió al padre de Armand y le reveló todas las peligrosas aventuras en las que su hijo andaba envuelto. El mariscal de Gramont, alarmado, consigue para Armand el mando del ejército que se encontraba en Nancy y le ordena acudir de inmediato a cumplir con sus deberes militares.

Minette pensaba que era el propio Guiche quien había solicitado tal destino, por lo cual estaba muy enojada. Pero Montalais arregla las cosas para que pueda entrevistarse con Armand antes de que él tenga que partir. Mientras la familia real cenaba, el conde acudió al Louvre y Monatalais lo ocultó en un oratorio. Después de cenar, Madame, fingiendo tener sueño, se dirigió a su alcoba, pero al pasar por la galería se detuvo para despedirse de su amante. En mitad de la conversación recibieron aviso de que se aproximaba Monsieur, y Guiche se vio obligado a esconderse en la chimenea. Allí permaneció varias horas antes de arriesgarse a salir. Por fin Montalais acudió en su ayuda y le facilitó la huida sin ser descubierto.

Fontainebleau

Pero resulta que la dama tenía una acérrima enemiga que sospechaba la intriga. Se trataba de mademoiselle d’Artigny, quien utilizó los servicios de un espía llamado Merlot para averiguar si Guiche entraba en los apartamentos de Madame. Artigny descubrió de ese modo que así era, y corrió a informar a la reina madre. Ana de Austria, muy disgustada, envió a su vez a Madame de la Basinière a comunicárselo a su hijo.

Monsieur, furioso, expulsó de inmediato a Montalais sin siquiera darle tiempo a hacer su equipaje. La dama, sin embargo, antes de irse tuvo la suficiente presencia de ánimo para apoderarse del cofre que contenía la correspondencia entre Guiche y Minette. Con este importante depósito en su poder se retiró a casa de su hermana, mientras Monsieur informaba a su esposa, que aún no se había levantado, del despido de su servidora. Luego buscó a su suegra, a la que detalló con pasión sus desventuras, pidiéndole que regañara a su hija por lo inapropiado de su comportamiento.

Henrietta Maria no era exactamente la clase de persona a la que se diera bien reprochar debilidades ajenas, puesto que las suyas propias eran a veces motivo de comentarios. Sin embargo se dirigió a su hija y la censuró suavemente, le contó cuánto había descubierto Monsieur y le aconsejó que confesara lo suficiente para poder ser tachada de imprudente, pero nunca tanto como para parecer culpable de adulterio.

Henrietta Maria

Madame buscó de inmediato tener una explicación con su marido. Le confesó que había recibido una única visita del conde de Guiche, sin querer admitir más, y que sólo había intercambiado tres o cuatro cartas con él. Monsieur perdonó a su esposa, la abrazó y se limitó a exigirle la promesa de que no se comunicaría con Montalais.

La intrigante cómplice, que no se resignaba a ser apartada, escribió algunas cartas muy largas e imprudentes a La Vallière, pero éstas cayeron en manos del rey. Enfurecido por el asunto, Luis ordenó que fuera conducida a Fontevrault y que no se le permitiera hablar con nadie. Mientras tanto ella había logrado poner a salvo el cofre con la correspondencia enviándoselo a su amante Malicorne, y él, consciente del valor de las cartas que custodiaba, decidió sacarles provecho y las puso en venta a través de un amigo llamado Corbinelli.

Fontevrault

El marqués de Vardes conocía a Corbinelli. Vio en esa compra el modo de aproximarse a Madame, así que no vaciló y se hizo con el cofre a cambio de una suma considerable. Al mismo tiempo escribió a Guiche diciéndole que Madame lo había abandonado por Marsillac, hijo del duque de La Rochefoucauld. Esto, por cierto, tenía su fundamento: la apasionada admiración que Marsillac manifestaba hacia Minette ya había sido causa de escándalo, y había conducido a un agrio intercambio de palabras entre él y Monsieur.

Guiche contestó a Vardes en una larga carta de la que se deduce que creía la historia, y en la que, ofuscado por los celos, mostraba poco respeto hacia Madame. Vardes ya tenía lo que quería, y mostró el mensaje a Minette. Ella se enojó tanto que exigió que le pidiera a Guiche la devolución de todas las cartas que le había escrito. El conde así lo hizo, y Madame y Vardes se reunieron en el locutorio del convento de Chaillot para proceder a destruir todos los papeles.

Pero más adelante hubo razones para Creer que Vardes había sustraído algunos de los documentos más importantes.


En la Corte del Rey Sol

lunes, 9 de agosto de 2010

Olimpia Mancini contra la favorita



Era la primavera de 1662, el año en el que Luis XIV, entre los símbolos de su familia, eligió definitivamente el sol para representar a su persona. La corte celebraba el nacimiento de María Luisa, la primera hija de Monsieur y Minette. El feliz acontecimiento había tenido lugar el 27 de marzo, y tras él Madame pudo finalmente recuperar con rapidez su salud, tan quebrantada durante el embarazo.

Poco después del nacimiento de la niña, mientras Minette aún guardaba cama rodeada por todas las damas de la corte, Guiche fue introducido en la alcoba disfrazado de gitana. El conde dijo la buenaventura a cuantas mujeres se encontraban en aquella estancia, todo ello sin ser reconocido por ninguna de las personas con las que se encontraba diariamente. Pero resulta que cometió la imprudencia de contar su aventura a François-René Crespin du Bec, marqués de Vardes, otro de los hombres más atractivos de la corte y a la sazón amante de Olimpia Mancini, condesa de Soissons. Madame, irritada por ello, insistió en que Guiche rompiera toda relación con el marqués, pero él le respondió:

—No tengo inconveniente en batirme con él, si es vuestro deseo; pero no puedo retirarle la confianza a un amigo.

Guiche bullía con toda clase de impulsos caballerescos. Anhelaba vivir una gran pasión como aquellas de las novelas, pero, lamentablemente, lo habían casado siendo muy joven en contra de su voluntad con Marguerite-Louise-Suzanne de Béthune Sully, y su esposa no podía en modo alguno llenar sus anhelos. Marguerite, en cambio, hubiera dado la mitad de su vida a cambio del amor de su marido.

La condesa de Guiche

Mientras tanto la condesa de Soissons, es decir, Olimpia Mancini, no se resignaba a que Luis ya no se acordara de ella. Desde que el rey dedicaba toda su atención a La Vallière habían vuelto a comerla los celos. En definitiva, deseaba recuperar a Luis a toda costa

Inmersa en ese arrebato pasional, se decidía a elaborar un plan por el que Luisa de La Vallière tendría que ser expulsada de la corte, y de ese modo le quedaría a ella el camino despejado para su reconquista. Para ello estimó que bastaría con provocar un escándalo informando a la reina María Teresa de lo que estaba sucediendo a sus espaldas, de forma que se puso a urdir una estratagema en compañía de su amante el marqués de Vardes, y con la colaboración del conde de Guiche.

Lo que hicieron fue fabricar una carta en español dirigida a María Teresa, metida en un sobre con remite de Madrid que habían tomado de entre los papeles de la reina con ayuda de una sirvienta. Guiche, como hablaba español, fue persuadido por Vardes para que la redactara, aunque, naturalmente, no fue escrita de su puño y letra.

Ana de Austria y María Teresa

Con respecto a este asunto tenemos dos versiones que difieren en algunos puntos, pero después de estudiar ambas hemos elegido la siguiente:

La carta fue entregada a uno de los porteros del Louvre, con instrucciones de ser llevada de inmediato a la señora Molina, primera dama de la reina. Molina se sorprendió por el modo tan peculiar en que la carta era entregada. Observó, además, que no estaba doblada según el uso español, y que el sello presentaba una anomalía. Recelosa y sospechando un asunto sucio, decidió romper los cierres y leer la carta antes de entregársela a María Teresa. Unos minutos después, alarmada por el contenido, estaba junto a Ana de Austria, quien le aconsejó ir a enseñar ese papel al rey sin decir nada a la reina.

La dama se presentó ante Luis XIV. El rey montó en cólera leyendo la carta destinada a ser leída por su esposa y en la que se denunciaban sus amores con Luisa. Resuelto a desenmascarar cuanto antes a los culpables, tuvo la mala idea de ir a dirigirse precisamente a Vardes, al que juzgaba un hombre prudente del que podía fiarse. Le explicó el asunto y le pidió que encontrara a los autores de la carta. Vardes decide culpar de todo a la pobre duquesa de Navailles, dama de honor de la reina, por ser objeto de su aversión.



En la Corte del Rey Sol