viernes, 30 de julio de 2010

Incidente en Londres


Búsquenle los reñidores;
cérquenle los jugadores;
quien se precie que le ataje,
a ver si hay quien le aventaje
en juego, en lid o en amores.


(Don Juan Tenorio)



En los primeros días de octubre de 1661, la escolta del embajador español había disputado en una calle de Londres la prioridad con la del embajador de Luis XIV. Siguió un cruce de espadas entre los caballeros de sus respectivos séquitos, una lucha en la que los franceses salieron perdiendo clamorosamente.

El asunto se desarrolló así:

El francés Charles Watteville de Joux estaba al servicio del rey de España. Barón de Watteville, conde de La Corbière y más tarde Caballero del Toisón de Oro, participó en la Guerra de los Treinta Años con el ejército borgoñón, y posteriormente negoció en nombre del rey de España la ayuda a los frondistas rebeldes con la flota que debía prestarles apoyo desde la ría de Burdeos.

En 1660 Felipe IV lo nombró embajador en Londres. Su intención, naturalmente, era la de evitar conflictos, pero no pudo ser: el 10 de octubre de 1661, tras haber sido anunciada la llegada de un nuevo embajador de Suecia a Inglaterra, las delegaciones de España y Francia, con sus respectivos embajadores, anunciaron su intención de acudir a recibirlo. Se procuraba siempre impedir que ambas delegaciones se encontraran, para evitar confrontaciones, pero esta vez estalló el conflicto.

Charles Watteville de Joux

Al desembarcar el sueco hubo una disputa entre franceses y españoles por el orden de precedencia. Ambos bandos se enzarzaron en una refriega extremadamente violenta que finalizó con varios muertos y heridos. La comitiva francesa, encabezada por el conde Godefroi d’Estrades, llevó todas las de perder.

Luis no iba a dejarlo pasar. Los franceses no habían logrado nada en aquel lance. En realidad solían mostrarse inferiores cuando se enfrentaban espada en mano a un español, y el asunto era una terrible humillación para un rey que deseaba imponer la preeminencia de Francia en cualquier lugar y en cualquier ámbito. Luis se encolerizó violentamente y lanzó expresiones muy vivas contra su suegro el rey de España. Esto le sentó muy mal a María Teresa, que no veía cómo su amado padre podía ser responsable de aquel lamentable episodio. Surgió una discusión entre el matrimonio por culpa del incidente.

—Además —dijo Luis—, os prohíbo toda comunicación con Madrid.

La dulce y sumisa María Teresa no se resignó en esta ocasión. Protestó y defendió a su padre, de modo que terminaron los dos disgustados y esto permitió al rey consagrarse enteramente a su amante. A partir de entonces se encontraba con ella casi todas las noches en el palacio de las Tullerías, al que se había trasladado Minette.

Las Tullerías

Luis retiró a su embajador en Madrid y exigió de su primo el rey de Inglaterra el castigo de los culpables, al tiempo que demandaba una reparación a Felipe IV. De no obtenerla, afirmó que lo consideraría como un motivo para declarar la guerra.

Puesto que se mostraba tan poco negociador, el rey de España tuvo que enviar a un embajador extraordinario al Louvre para, ante los principales dignatarios de la corte, expresar cuánto lamentaba Felipe el incidente y trasladar su promesa de que no volvería a suceder.

Era el estilo de Luis. De hecho, unos meses después, en agosto de 1662, sucedió algo similar en Roma y amenazó con enviar un ejército a Italia: un tropiezo entre la guardia corsa del papa y el servicio del embajador francés, duque de Créqui, se convirtió en un grave incidente que causó que Luis despojara temporalmente a la Santa Sede sus propiedades en Aviñón. El Papa Alejandro VII ni se atrevió a amenazarlo con la excomunión. El conflicto terminó cuando el Papa aceptó firmar el humillante tratado de Pisa en 1664, y los duques de Parma y Módena se apresuraron a ceder al rey de Francia algunos territorios para apaciguarlo.

Alejandro VII

Incluso con su primo Carlos II, Luis se mostró de lo más firme cuando se negó a que la flota francesa saludara la primera al pabellón británico, homenaje que Inglaterra pretendía debido a su superioridad en el mar.

Europa sabría así en adelante que Luis XIV era “le plus grand roi du monde”, y Francia estaba maravillada.


miércoles, 28 de julio de 2010

Un amigo incómodo

Fontainebleau

Guiche trataba a Monsieur como a su igual y se permitía demasiadas libertades. Mademoiselle de Montpensier nos cuenta que una noche, durante un baile de máscaras, “el conde, aparentando no conocernos, sacudió fuertemente al príncipe durante la danza, dándole después patadas en el trasero. Esta familiaridad me pareció excesiva.”

Durante la última semana de agosto de 1661 el rey abandonó Fontainebleau y viajó con la corte a Nantes. Guiche había apartado sus ojos de Luisa de La Vallière y se dedicaba por entonces a expresar abiertamente por todo París sus sentimientos hacia Minette. Cuando Monsieur se enteró de tanta novedad, montó en cólera, pataleó y juró en arameo. Una noche mandó llamar a Guiche y le hizo una terrible escena.

Minette, preocupada por ese asunto y para tratar de proteger su reputación, pidió a Madame de Valentinois, la hermana de Armand, que refrenara al impetuoso caballero. Su amiga Madame de La Fayette nos dice que “aunque era muy joven y su falta de experiencia aumentaba los defectos a los que la juventud apenas puede escapar, decidió pedirle al rey que ordenara a Guiche que no la siguiera a Nantes”. Ana de Austria ya se había adelantado con la misma solicitud, de modo que Armand permaneció en París.

Nantes

Ni que decir tiene que esta nueva relación de Minette fue fuente de inspiración para una canción satírica bastante grosera que se extendió por París, una canción en la que, ya puestos, se daba un repaso también al amante de la madre de la princesa y a los pasados asuntos de Ana de Austria con el duque de Buckingham y Mazarino.

Madame de Valentinois, antes de reunirse con su esposo en Mónaco, intentó persuadir a Monsieur de que no debía dar crédito a los rumores que relacionaban a su esposa con Guiche, y aprovechando la admiración que Philippe sentía hacia ella trató de arrancarle la promesa de que el conde no sería desterrado de la corte. Pero Monsieur, celoso, se negó rotundamente a complacerla. La princesa de Mónaco se vengó permitiendo a otro de sus admiradores, el marqués de Puyguilhem, que la escoltara hacia el sur, para que de ese modo Monsieur tuviera doble motivo para estar celoso: de Guiche por su esposa, y de Puyguilhem por su amante. Pero, como irán viendo, tratándose del marqués las cosas nunca eran sencillas, y tenía que convertirlo todo en una especie de opereta. Esta vez se disfrazó de postillón para no despertar las iras del esposo al verlo en compañía de la mujer a la que Puyguilhem siempre había amado.

Madame de Valentinois

Mientras tanto la reina María Teresa, en su mojigatería, continuaba persuadida de que solamente una princesa podía llegar al corazón de un rey. Minette lo era, y de ahí su alarma; pero, ¿una simple La Vallière? No, eso jamás se le hubiera ocurrido.

Y Luisa lo pasaba muy mal en presencia de la reina; palidecía y temblaba ante ella. La piadosa y tímida La Vallière vivía a medias feliz por haber realizado su amor y a medias atormentada por la culpa que sentía. Se daba cuenta de que el lecho del rey no era el mejor camino para llegar al cielo; iba contra sus profundas convicciones y teñía de sufrimiento un tiempo que hubiera debido ser, de otro modo, de plena felicidad para ella.

Varias veces intentó espaciar las entrevistas inventando enfermedades que la obligaban a permanecer junto a Minette, pero el rey utilizaba igualmente mil estratagemas para reunirse con ella. Un día en que Luisa había seguido a la princesa hasta Saint-Cloud para esconderse, él tomó su caballo y, con el pretexto de ir a revisar las obras en curso en Vincennes, las Tullerías y Versalles, dio en un día la vuelta por los tres castillos y a las seis de la tarde se presentó en Saint-Cloud.

Parque de Saint-Cloud

“Vengo a cenar con vosotros”, le dijo a su hermano. Y después del postre subió hasta la habitación de Luisa. Sólo para verla había cabalgado 36 leguas, marcha extraordinaria ante la cual sus contemporáneos se habrían sentido fatigados. Pero a él aún le quedaban energías.

Un incidente diplomático que ocurrió por esas fechas los aproximaría definitivamente.

sábado, 3 de julio de 2010

AVISO IMPORTANTE



Me tomaré vacaciones durante unos días. Volveré hacia finales de este mes, o puede que antes alguna vez si el día invita a descansar delante de mi laptop.



Pero antes de irme quería avisarles de algo importante: a mi regreso cambiaré el título del blog por CIERTO SABOR A VENENO, acorde con el modo en que se irá enrareciendo el ambiente con la llegada de nuevos personajes, lo que a largo plazo nos llevará por nuevos derroteros.



Considero importante avisarles puesto que hay muchas personas que acceden a la página buscándola por su título en Google. Cuando se lo cambie, si ya no aparece con el nombre antiguo deberán buscarla por el nuevo. En cualquier caso, no haré el cambio antes de agosto, para asegurarnos de que todos estarán bien informados.



Muchísimas gracias a todas las personas que se han ido incorporando a esta corte y nos alegran con su presencia.



¡Hasta pronto!

jueves, 1 de julio de 2010

Armand de Gramont, conde de Guiche


Armand de Gramont, conde de Guiche

Minette se veía obligada a conservar a la favorita a su servicio para guardar las apariencias de que no había sucedido nada entre ella y Luis, y de ese modo no verse humillada ante la corte. Era tan duro para ella que apenas lograba ocultar su resentimiento.

Para consolarse buscó un nuevo amante y eligió para tal menester al joven más gentil de la corte: Armand de Gramont, conde de Guiche, quien unía a su ilustre apellido “cierto glamour militar”. En palabras de Madame de Sévigné, “El conde de Guiche en su porte y ademanes es un héroe de novela. No se parece en nada al resto de los hombres”. Y, por cierto, no se trataba de una cabeza hueca, como podría parecer en una primera apreciación.

Lo curioso era que se daba la circunstancia de que fue el propio Monsieur quien lo había puesto al lado de su esposa, exigiendo que su querido amigo fuera no sólo aceptado por ella, sino tratado con toda deferencia. A sus 22 años, Guiche había adquirido ya gran notoriedad a causa del gran número de conquistas femeninas que llevaba en su cuenta. Desde luego, prefería con mucho a Madame antes que a Monsieur, de modo que aprovechó la circunstancia que le ofrecía tan generosamente su amigo para hacerle la corte a Minette, y se preocupaba tan poco de ocultar su pasión como en su día había hecho Buckingham.

Después de cenar, el alegre grupo de cortesanos se entretenía con charadas, juegos de cartas y música de violines mezclada con las conversaciones. Armand “veía a Madame a todas horas, con todos sus encantos. Monsieur incluso se ocupaba de que los admirara. De este modo fue expuesto a un peligro al que es casi imposible escapar”.


Por la época del matrimonio de Minette, estaba enamorado de Madame de Chalais, una dama que no era excepcionalmente bonita, pero pronto comenzó a perseguir a Luisa de La Vallière. Rechazado, Guiche había acabado por volver sus ojos hacia Madame. Además se daba la circunstancia de que la duquesa de Valentinois, Madame de Mónaco, era la hermana de Armand y la amiga más íntima de Minette en ese momento. Por cierto que en aquel tiempo la princesa de Mónaco flirteaba con Monsieur, pero Philippe, “fiel a la vieja tradición de una ley para el hombre y otra para la mujer”, se mostraba celoso de las atenciones que Guiche comenzaba a prestar a su esposa.

La princesa palatina nos lo cuenta así:

“El propio Monsieur fue la causa de la intriga entre Madame y el conde de Guiche. Éste era uno de los favoritos de mi esposo, y decían que en su juventud había sido muy guapo. Monsieur animó a Madame a extender su afecto al conde de Guiche, y a admitirlo en su presencia en todas las ocasiones. El conde… lleno de vanidad, ejerció todo su poder para hacerse grato a Madame y hacerse amar por ella. De hecho lo logró, ayudado por su tía Madame de Chaumont, gobernanta de los hijos de Madame. Un día Madame entró en la cámara de esta dama con el pretexto de ver a sus hijos, pero en realidad para entrevistarse con Guiche. Tenía un valet llamado Launay a quien después vi al servicio de Monsieur. Se le ordenó que vigilara las escaleras y avisara si se acercaba Monsieur. De repente entró corriendo, exclamando

—¡Viene Monsieur!

Los amantes estaban asustados; el conde no podía escapar por la antecámara, llena de gente de Monsieur. Launay dijo:

—Sólo se me ocurre una cosa, y lo haré de inmediato. Escondeos, conde, detrás de la puerta.


Monsieur

Luego se dirigió corriendo hacia Monsieur y le golpeó con la cabeza en la nariz haciéndola sangrar. Al mismo tiempo exclamó:

—Monseigneur, no sabía que estuvierais tan cerca; yo sólo me apresuraba a abrir la puerta.

Madame y madame de Chaumont, aparentemente horrorizadas, se acercaron corriendo con sus pañuelos, con los cuales le cubrieron astutamente el rostro y los ojos para que el conde de Guiche pudiera salir sin ser notado. Monsieur vio que alguien huía, pero pensó que era Launay, que trataba de escapar a la reprimenda, y nunca descubrió la verdad”.


Guiche era un libertino a cuya apostura y elegancia en el vestir se unía una gran grosería en el trato. Pero resulta que el hermoso conde tenía un inconveniente aún mayor: su sentido del humor resultaba a veces algo peculiar He aquí un ejemplo que lo dice todo sobre él:

Una tarde se encontraba en los aposentos de la reina, entre una serie de princesas y duquesas que se sentaban en torno a Ana y se entretenían con juegos de mesa. Aunque una de las damas prefería ocuparse de otros asuntos localizados en cierta parte estratégica de la anatomía del caballero, lugar que él cubría con su sombrero para evitar que el espectáculo fuera público. Pero, al observar que ella giraba la cabeza para mirar en otra dirección mientras continuaba con la tarea, él aprovechó para levantar maliciosamente su sombrero. Todos los presentes estallaron en carcajadas y rumores, para gran confusión de la pobre dama, que no sabía dónde meterse.