martes, 29 de junio de 2010

Magdalena Penitente

Magdalena Penitente - Georges de la Tour


¿Y qué pasaba con María Teresa mientras tanto? Bien, pues ella, después de la alarma que le habían producido los rumores que asociaban a Luis demasiado estrechamente con Minette, se había calmado y no sospechaba nada de esta nueva relación, que, por otra parte, Luis llevaba con mucha discreción. Se encontraba con La Vallière en el bosque de Fontainebleau o en la habitación del conde de Saint-Aignan —a punto de ser elevado a duque para recompensar su lealtad, que se remontaba a aquellos tiempos de la fronda—, pero se abstenía en público de todo gesto que pudiera revelar el secreto de su corazón. Ella ayudaba mucho, porque por su humildad natural no le gustaba pavonearse ante la corte, ni pedía a Luis honores ni favores; nunca le pidió nada.

Pero algún tiempo después, los celos hicieron salir a Luis de su reserva al respecto. Resulta que vivía en la corte un joven caballero, Louis-Henri Loménie de Brienne, que perseguía a Luisa y se mostraba galante con ella. Una noche en que encontró a la favorita en una antecámara, le propuso posar como Magdalena penitente para el pintor Claude Lefebvre, y sucedió que durante la conversación entró el rey.

—¿Qué hacéis aquí, señora? —preguntó.

Luisa, enrojeciendo, le explicó el proyecto de Brienne.

—¿No es una buena idea? —quiso conocer el caballero la opinión del rey.

Tal vez pensó que Luis se sentiría halagado de que se buscara a su amada como modelo para representar a una prostituta arrepentida, pero si tal idea había cruzado por su mente debió de quitársele de pronto al ver el aire poco amable que iba tomando su expresión.

—No — respondió en tono seco—. Estaría mejor como Diana. Es demasiado joven para representar a una penitente.

Después de lo cual se dio media vuelta y se fue.

Magdalena de Caravaggio

Brienne pasó la noche sin lograr conciliar el sueño, preocupado por haber metido la pata de forma clamorosa al proponer algo tan poco delicado como que Luisa posara de ese modo. Desde luego, no había sido su mejor momento. Al día siguiente se apresuró a acudir al encuentro del rey, quien le hizo entrar en su estudio y echó el cerrojo. Así comenzó la más sorprendente de las entrevistas, una especie de diálogo de besugos que el propio Brienne nos relata en sus memorias:

“El rey se dirigió a mí:

“—¿La amáis, Brienne?

“—¿A quién?— respondí— ¿A mademoiselle de La Vallière?

“El rey dijo:

“—Sí, es de ella de quien creo hablar.

“Entonces me recuperé y, controlándome cuidadosamente, continué con la mejor presencia de ánimo:

“—No, realmente aún no, Sire. Pero os confieso que estoy muy inclinado hacia ella, y si no estuviera yo casado le ofrecería mis servicios.

“—¡Ah!, vos la amáis, ¿por qué mentís? —dijo bruscamente y casi como un suspiro.

“Respondí con mucho respeto:

“—Sire, no os he engañado jamás. Hubiera podido amarla, aunque no lo suficiente como para poder afirmar que estoy enamorado de ella.

“—Es suficiente y yo os creo.

“—Sire, ya que vuestra majestad me ha concedido tal honor, ¿me permitiríais descubrir ingenuamente mi pensamiento?

“—Decid, os escucho. “—¡Ah! —dije suspirando—, os place más que a mí y además la amáis.

“—Bien, tanto si la amo como si no, dejad ahí su retrato y me concederéis un favor.

“—¡Ah!, mi querido señor —le dije abrazando su pierna—, os ofreceré un sacrificio mayor: no le hablaré jamás, lamentando además lo ocurrido. Excusad este inocente desprecio y olvidad lo que he hecho.

“—Os lo prometo —dijo sonriendo—. Mas dadme vuestra palabra de no hablar a nadie de esto.

“—Dios me guarde, nadie os respeta más.

María Magdalena de Tiziano

“No pude acabar estas palabras sin enternecerme y dejar escapar algunas lágrimas, pues tengo ojos y cerebro húmedos. Observándolo el rey, dijo:

“—¿Estáis loco? ¿Por qué llorar?... El amor os ha traicionado, mi pobre Brienne. Confesadlo.

“—Dios me libre —dije—; lloro enternecido ante vos y ella no tiene nada que ver.

“—Está bien, así sea. No hablemos más, ya he dicho demasiado.

“—Vuestra Majestad me ha concedido un gran honor y espero no caer en una falta semejante.

“El rey tuvo la bondad de permitirme un reposo, haciéndome salir por la puerta que da a la sala de los guardias de la reina, su mujer.”

Sin embargo, Brienne no fue tan discreto como había prometido y toda la corte se enteró, entre las bromas que pueden suponerse, de que el rey estaba enamorado hasta el punto de perder el sentido del ridículo.

domingo, 27 de junio de 2010

Colbert y Perrault

Colbert

Mientras D’Artagnan conducía a Fouquet hacia un carruaje con barrotes de hierro, el prisionero sólo tenía una preocupación:

—Monsieur, que no haya escándalo.

Dos días después era trasladado al château d’Angers. Belle-Île se rinde sin oponer resistencia a las tropas del rey. Todas las residencias de Fouquet son selladas, al igual que las de sus clientes. Madame Fouquet se exilia en Limoges.

Se registraron todos los documentos de Nicolás Fouquet, pero en su escritorio se encontraron más cartas de amor que documentos de Estado. La correspondencia con damas a las que jamás había salpicado ningún escándalo dio pie al comentario de que había conocido a las mujeres más honestas de Francia.

El 15 se constituye una Cámara de Justicia, compuesta por magistrados de la Cámara de Ayudas y de la Cámara de Cuentas. Su objetivo es "la investigación de los abusos y malversaciones cometidos en las finanzas desde 1635". El 1 de octubre, Fouquet es trasladado al château d'Amboise. El pueblo le insulta allí por donde pasa.


Châteu d'Amboise

El proceso iba a ser largo. El rey deseaba una condena a muerte, pero el tribunal le impone una simple pena de destierro. Luis logra que le sea conmutada por cadena perpetua.

El arresto de Fouquet supuso la ocasión de renovar el gobierno. Villeroy recibió la presidencia de un consejo de finanzas al que pertenecía Colbert como simple intendente, aunque 4 años más tarde sería nombrado controlador general.

Colbert fue un excelente gestor que desarrolló el comercio y la industria; protegió las ciencias, las letras y las artes. Su política consistió en dar independencia económica y financiera a Francia, obtener una balanza de pagos excedentaria y aumentar el producto de los impuestos. Terminó con la depredación y liquidó la deuda del Estado; desarrolló las infraestructuras favoreciendo los intercambios comerciales: canales, rutas reales... Plantó el bosque de las Landas para la construcción naval; ordenó reparar las carreteras, hizo otras nuevas y unió el Mediterráneo con el Atlántico por medio del canal de Languedoc. Pavimentó e iluminó París, embelleció la ciudad con muelles, plazas públicas, puertas triunfales (Saint-Denis y Saint-Martin); ordenó que se hiciera la columnata del Louvre y que André Le Nôtre rediseñara el jardín de las Tullerías con el aspecto que, a grandes rasgos, iba a perdurar hasta la actualidad.

Con un carácter cortante y poco elocuente, siempre vestido de negro, trabajando para el Estado desde las cinco de la madrugada, Madame de Sévigné lo apodó "El Norte".

Charles Perrault

Este hombre tenía, además, un protegido llamado Charles Perrault, nacido en una familia de burgueses acomodados y que estudió Derecho, pero que, sin embargo, no iba a pasar a la historia por eso, sino porque más de 20 años después de los hechos que estamos narrando escribió Cuentos de mamá ganso. Su publicación significó el inicio de un nuevo tipo de literatura: los cuentos de hadas. Para sus relatos, Perrault recurrió a paisajes que le eran conocidos como el Castillo de Ussé para el cuento de La Bella Durmiente.

Así pues, Caperucita Roja, El gato con botas, La Cenicienta, Piel de Asno, Pulgarcito o Barba Azul también nacieron bajo el reinado de Luis XIV. El autor imaginó por primera vez sus hadas, ogros, animales que hablan, brujas y príncipes encantados en aquellos tiempos en que recorría las maravillosas galerías de Versalles junto a Colbert.

Siguiendo los consejos de Colbert, Luis bajó los impuestos e hizo que las provincias más ricas socorrieran a las más pobres, de modo que todas pudieran prosperar; creó una cámara de Justicia para los casos de financieros corruptos, se ocupaba de que las tiendas ofrecieran los productos a un precio justo, y enviaba órdenes para hacer venir por mar desde países extranjeros la mayor cantidad de trigo posible. El rey lo compraba y lo hacía distribuir gratuitamente entre los más necesitados.

Château d'Ussé

Luis XIV estimaba, además, que formar parte del gobierno ennoblecía a la persona aunque hubiera nacido plebeya. De ese modo, sus ministros llevaban el título de Monseigneur fuera cual fuese su origen, y disfrutaban de los mismos derechos que aquellos a quienes se les concedían por nacimiento. Para Luis la novedad llevaba una doble intención: por un lado recompensaba el mérito, estuviera donde estuviese, elevando a personas de extracción no aristocrática, pero por otro, y no menos importante, con ello rebajaba al mismo tiempo a sus orgullosos nobles, cuyo excesivo poder tantos quebraderos de cabeza le habían dado durante la infancia con sus ambiciones y revoluciones. Era preciso abajarlos, recortar sus privilegios y con ellos su poder, para que no volvieran a hacerle sombra ni a amenazar la estabilidad interna del reino.

Esto, por cierto, iba a causar bastante indignación entre la aristocracia, sobre todo porque Luis no incluyó entre los miembros del Consejo a nadie de su familia, a ningún duque, a ningún grande. Ana de Austria, sintiéndose ultrajada por ello, anunció que pensaba retirarse al convento de Val-de-Grâce. Su hijo la mima un poquito y la retiene a su lado, tal como ella esperaba… pero Luis no cede en ese asunto, ni tampoco en el de renunciar a sus amores con La Vallière.

sábado, 26 de junio de 2010

D'Artagnan (II)

D'Artagnan


El matrimonio pasó a residir en la casa que d’Artagnan había comprado en la esquina de los actuales Quai Voltaire y la rue du Bac, un edificio que fue derribado en 1881. Su primer hijo nació en 1660, y el segundo al año siguiente. Pero la pareja no se llevaba bien, y en 1665 se separaron. Madame d’Artagnan regresó a sus tierras de Borgoña.

Charles continuó desempeñando misiones importantes, e incluso escoltó al rey cuando fue al encuentro de su prometida, la infanta María Teresa.

En 1661 Luis XIV decide arrestar a su poderoso ministro Fouquet. Hacía falta un hombre de toda confianza para llevar a cabo la misión, y el elegido fue d’Artagnan, que por entonces gozaba de numerosos permisos para asistir a las fiestas del rey.


Château de Castelmore, casa natal de D'Artagnan

Años más tarde, el 22 de enero de 1667, el rey le entrega el mando de los mosqueteros, ante toda la compañía, en la llanura de Houilles. En los textos de la época, d’Artagnan pasa a ser llamado así: “Alto y poderoso señor, Messire Charles de Castelmore, conde d’Artagnan”.

En 1667 vuelve a estallar la guerra contra España. D’Artagnan, al mando de su compañía, parte hacia Flandes, donde participa en numerosas batallas. En 1672 el rey lo nombró gobernador de Lille por unos meses, sustituyendo al marqués d’Humières. Era una gran distinción así como una prueba de confianza, pues se trataba de una de las plazas más importantes y útiles del reino. Al mismo tiempo era nombrado mariscal de campo.

Ese mismo año Francia estaba en guerra con Holanda. En junio de 1673 llega con su ejército a sitiar Maëstrich. En la mañana del día 25 el duque de Monmouth, hijo bastardo de Carlos II, se lanza a descubierto al asalto de una barricada bajo la metralla enemiga. Para socorrerlo, d’Artagnan acude con sus hombres, pero no saldría con vida de allí. Durante el transcurso del combate una bala de mosquete le atraviesa la cabeza. Muchos mosqueteros murieron tratando de recuperar su cuerpo. Monsieur de Saint-Léger lo consiguió, por lo que fue recompensado por el rey.


Luis XIV hizo celebrar un funeral en su capilla en memoria del héroe y escribía a la reina estas palabras: “Señora, he perdido a d’Artagnan, en quien depositaba toda mi confianza y que en todo me servía bien”.

Luis no olvidó a la familia del mosquetero. En 1674 fue el padrino de su hijo mayor, de 14 años por entonces, y la reina la madrina. Su hijo, el Gran Delfín, fue el padrino del menor, y mademoiselle de Montpensier la madrina. Los dos chicos se convirtieron en oficiales de los guardias franceses. El mayor permaneció soltero, pero el menor se casó y tuvo descendencia que llega hasta nuestros días.

Gatien de Courtilz de Sandras, un ex mosquetero, escribió un libro sobre la vida del mosquetero llamado las Memorias del señor D'Artagnan, teniente capitán de la primera compañía de los Mosqueteros del Rey, en el que se inspiró posteriormente Alejandro Dumas para su novela Los Tres Mosqueteros.



La historiadora francesa Odile Bordaz, especialista en el siglo XVII, ha escrito varios libros sobre mosqueteros, y es autora de la biografía D’Artagnan, mousquetaire du roi, de donde han sido extraídos la mayor parte de estos datos. Ella opina que D’Artagnan está enterrado en la iglesia de Wolder, cerca de Maastrich, basándose en que los personajes de relevancia que morían en combate eran enterrados en la iglesia más cercana. Sin embargo, no tenemos constancia documental. En realidad la tumba pudo haber sido destruida durante el siglo XIX, cuando se construyó una nueva iglesia de mayor tamaño que la medieval, prescindiendo para ello de parte del cementerio.

Este fue, pues, el hombre que recibió el importante cometido de arrestar al superintendente Fouquet, asunto al que volveremos el próximo día.

jueves, 24 de junio de 2010

D'Artagnan


Charles de Batz Castelmore, conde d’Artagnan, era un gascón que en la época de los hechos que se narran rondaría los 50 años. Había nacido entre 1611 y 1615, a comienzos del reinado de Luis XIII, en el château de Castelmore, cerca de Lupiac, en Gascuña. Era hijo de Bertrand de Batz-Castelmore y nieto de un simple mercader que había conseguido ennoblecerse y comprar el castillo de Castelmore. Su madre, Françoise de Montesquiou-d’Artagnan, pertenecía a un ilustre linaje que había dado ya grandes capitanes.

La familia no disponía de grandes medios económicos, pero Charles y sus hermanos probablemente pudieron tener un preceptor, pues sus cartas aparecen bien redactadas y con una ortografía muy aceptable para un gentilhombre del siglo XVII. Se sabe, además, que practicaba la caza y se entrenaba en el manejo de las armas, notablemente de la rapière.

En 1630 Charles acudió a París repleto de cartas de recomendación para la gente de la corte. Parece que tres años más tarde fue el propio rey quien, en memoria de los gloriosos ancestros de Charles, le pidió que usara solamente el apellido d’Artagnan de su madre.

En 1632 consiguió entrar en los Mosqueteros, seguramente gracias a la influencia de monsieur de Tréville, amigo de la familia. Su rastro se pierde un poco durante esos años. Es de suponer que haya combatido en Flandes y en Lorena, en un regimiento al mando del cual se encontraba su protector, el mariscal de Gramont.

Luis XIII fallece en 1643, pocos meses después de Richelieu. En 1646 encontramos a d’Artagnan al servicio de Mazarino. El cardenal, por razones de economía o por diferencias con monsieur de Treville había suprimido los mosqueteros, pero Charles fue un protegido suyo e hizo las veces de espía en los años posteriores a aquella primera Fronda, durante la cual él permanecerá absolutamente leal al bando de la reina y el cardenal. Mientras dura la guerra con España, d’Artagnan fue el mensajero entre la corte y las plazas fuertes. Cuando Mazarino tuvo que partir al exilio en 1651, d’Artagnan lo acompañó y fue su agente secreto en misiones importantes. Su lealtad fue recompensada en abril de 1652 al nombrársele teniente del regimiento de guardias.

Más adelante, debido a la lealtad que había demostrado, el propio Luis XIV le confió muchos secretos y situaciones delicadas. El 7 de junio de 1654 formó parte de la escolta que acompañó a Luis XIV en su ceremonia de coronación en Reims. Pero la guerra continuaba, y al mes siguiente resultó herido en el sitio de Stenay. Un año más tarde alcanza el grado de capitán.

En enero de 1657 se restablece la compañía de mosqueteros por deseo del rey. Al año siguiente d’Artagnan se convierte en el segundo en el mando, aunque será quien ejerza el poder real ante el desinterés mostrado por el hombre a quien Mazarino había puesto al frente: su sobrino, futuro duque de Nevers.

Fue probablemente durante el transcurso de uno de los viajes efectuados por el rey a Lyon cuando, en una etapa en Chalon-sur-Saône, se encontró con la que se convertiría en su esposa: la hermana del gobernador de la villa, Anne-Charlotte de Chanlecy, baronesa de Sainte-Croix, viuda y acaudalada. El matrimonio tuvo lugar el 3 de abril de 1659 en la iglesia de Saint-André des Arts de París. 

martes, 22 de junio de 2010

La fiesta de Vaux-le-Vicomte


El 17 de agosto de 1661, como el superintendente Fouquet estaba empeñado en ganarse la voluntad del rey para que le fueran perdonadas sus malversaciones, lo invitó a visitar su palacio de Vaux-le-Vicomte.

Fouquet se equivocó. Quiso impresionar a Luis poniendo todo eso a sus pies, cuando hubiera hecho mejor en ocultar tanta opulencia. Viendo este palacio suntuoso, el monarca comprendió hasta que punto había estado Fouquet llenando sus propias arcas a costa del erario público. No era sólo el maravilloso edificio, sino los lujos con los que Fouquet vivía: los jardines, las fuentes, los ballets, los banquetes para mil comensales, los fuegos artificiales, la élite que reunía allí. Se interpreta una obra de Molière: Les Fâcheux, creada especialmente para la ocasión, y a cada invitado se le regala un caballo.

Luis XIV se enfurece al ver tanto esplendor en casa de Fouquet mientras que sus propiedades, arcaicas en comparación, están vacías. Resulta obvio cuál es el origen de tanta riqueza. No, no se trataba de pequeñas faltas; había robado mucho, y el ofrecimiento de Fouquet para regalarle Vaux no hace más que aumentar la irritación del rey: ¿un súbdito ofreciendo palacios a su rey y no al revés? Algo sonaba como una nota desafinada. Al parecer renunciar a todo aquello apenas suponía gran cosa en la fortuna personal de su superintendente, que mantenía en el château su propia corte, como si fuera un segundo rey de Francia… o tal vez el primero.

Vaux-le-Vicomte

Luis se alarmó. Comprendió todo el poder que tenía ese hombre; comprendió que si no lo aplastaba pronto, él podría ser aplastado. En Francia no había sitio para dos reyes.

Para atizar el asunto estaba allí Jean-Baptiste Colbert, de origen tan plebeyo como el de Fouquet, al que detestaba. Si la familia de Fouquet había hecho una gran fortuna con el comercio de textiles, la de Colbert eran banqueros de la región de Champaña. Diez años antes había sido presentado a Mazarino y el cardenal le confió la gestión de su fortuna, una de las más importantes del reino. Encargado más adelante de supervisar la administración de las Finanzas del Estado, en octubre de 1659 redactó un memorando sobre las malversaciones de Nicolas Fouquet. En él afirmaba que menos de la mitad de los impuestos recaudados llegaban hasta el rey para su distribución. Poco antes de morir, Mazarino sugirió al rey que tomara al valioso Colbert a su servicio. Fue uno de los mejores consejos que pudo darle.

Colbert aprovechó el momento en Vaux-le-Vicomte. Se acercó al rey y le murmuró privadamente:

—Con una tal riqueza, Sire, debe de ser un hombre con mucha fortuna entre las mujeres.

Luis XIV palideció. Ciertamente aquel ladrón insaciable no tenía bastante con despojarlo del dinero que debía llenar las arcas del Estado para llegar a ser más poderoso que él, sino que encima pretendía quitarle a su chica. ¡Ah, villano! Era demasiado.

 Colbert

El rey comentó con su madre su indignación ante tanta opulencia. Con todo eso Fouquet bien podría levantar un ejército contra él a un simple chasquido de sus dedos. Le comunicó a Ana de Austria su deseo de acabar con aquel asunto, y seguramente hubiera puesto fin a la fiesta haciendo arrestar al superintendente allí mismo si ella no lo hubiera detenido.

Pero aquella visita a Vaux le sirvió, al mismo tiempo, para extraer unas cuantas ideas acerca de cómo debería ser la corte del rey de Francia. La idea de Versalles comenzó a prender en su mente, y se juró que, en adelante, desde Molière a André Le Nôtre, los genios de su tiempo estarían a su servicio y no al de un financiero corrupto.

 Habitación de Fouquet en Vaux-le-Vicomte

Fouquet, en previsión de que las cosas empezaran a ir mal para él, había hecho fortificar Belle-Isle y la costa bretona, para tener un lugar donde refugiarse si era perseguido. El rey, para mayor demostración de fuerza, quiso que todo transcurriera allí mismo, donde el superintendente se creía seguro, de modo que de pronto decidió trasladarse a Nantes.

Allí en Nantes, el 5 de septiembre, tras presidir el Consejo, se separó de Fouquet sonriéndole de aquel modo tranquilizador que él solía emplear. Instantes después el superintendente era arrestado por monsieur de d’Artagnan, comandante de una brigada de mosqueteros. Lo decimos en serio: existió en aquel tiempo un mosquetero llamado d’Artagnan. Otra cosa es que Dumas tuviera mucha imaginación a la hora de utilizarlo en sus novelas.

domingo, 20 de junio de 2010

Fouquet y La Vallière


 Nicolas Fouquet


Cuando Nicolás Fouquet vino al mundo el 27 de enero de 1615, era el tercero de los hijos de François Fouquet, Consejero de Estado en el Parlamento de París, y Marie de Maupeon. El matrimonio tuvo en total 16 hijos, de los cuales vivieron doce.

Desde muy temprana edad Nicolás demostró una inteligencia muy despierta y una gran disposición para el trabajo. Su educación fue confiada a los jesuitas del colegio de Clermont. La familia había pensado que sería un buen destino para él entrar en religión, aunque finalmente iba a seguir otro camino.

Fouquet se licenciaba en Derecho y su padre conseguía para él un cargo como consejero en el parlamento de Metz. Su primer trabajo es un encargo de Richelieu: debe redactar la justificación de la entrada de tropas francesas en territorio del duque de Lorena.

En 1640 contrae matrimonio con Marie Fourché, y al año siguiente compra el vizcondado de Vaux. Pocos meses después fallece su esposa al dar a luz a su hija. En 1651 vuelve a casarse, esta vez con Marie-Madeleine de Castille-Villemareuil.


 Marie-Madeleine de Castille-Villemareuil


Durante la Fronda apoyó a Mazarino, ganándose así el favor de la reina. Esta conducta, junto con el apoyo de su hermano Basile, jefe de la policía secreta del cardenal, le vale su nombramiento como superintendente de finanzas en 1653. Ese mismo año manda construir el château de Vaux-le-Vicomte.

Personaje extraño, ambicioso, inteligente, astuto, Fouquet había llegado a amasar una considerable fortuna gracias a hábiles manejos de los que era víctima el Tesoro público. Tenía toda una flota capaz de aplastar a la marina real y aspiraba a ser un nuevo Richelieu.

Pero, desde hacía algún tiempo, el rey empezaba a conocer las malversaciones de su superintendente, y éste, a su vez, comenzaba a inquietarse por ello, bien informado por su policía personal.

Vaux-le-Vicomte

Fouquet, gran conquistador, había lanzado sus redes hacia Luisa, si bien fue rechazado de modo tan contundente que a cualquiera le hubiera quedado claro. A finales de julio de 1661, comprendiendo que La Vallière tenía cautivado al rey, decidió cambiar de táctica y convertirla en su aliada. Incapaz de imaginar hasta qué extremo llegaba la honestidad de Luisa, el superintendente cometió un fallo enorme: encargó a una dama entrometida, la marquesa de Plessis-Bellière, que fuera a cumplimentar a la favorita ofreciéndole 25.000 pistolas (nombre popular dado en Italia, Francia e Inglaterra a las monedas de oro españolas de dos escudos).

Luisa se sintió ultrajada, insultada, y lo rechazó airadamente. Esto es confirmado por una carta de madame de Plessis-Bellière, en la que da cuenta a Fouquet de su fracaso:

“No sé lo que digo o hago cuando se me resisten a vuestras intenciones. No puedo dejar de encolerizarme cuando pienso que la pequeña La Vallière se ha hecho la digna conmigo. Para merecer su buena voluntad he elogiado su belleza, que sin embargo no es tanta, y después, haciéndole saber que vos os ocuparíais de que nunca le faltara nada y que teníais 25.000 pistolas para ella, se irritó conmigo, diciendo que ni 250.000 libras serían capaces de hacerle dar un mal paso, repitiéndolo con orgullo, a pesar de no haber yo olvidado nada para ablandarla antes de separarnos. Temo mucho que hable de ello al rey, y por tanto convendría tomar precauciones. ¿No encontráis adecuado prevenirle de que ella os ha pedido dinero y que se lo habéis negado?”

Luisa de La Vallière

Afortunadamente Fouquet no siguió este mal consejo de tenderle una trampa a Luisa. Creyó más conveniente llamar privadamente a la favorita a la antecámara de Minette y conversar largamente sobre los méritos del rey, pensando así ganarse su favor.

Pero resulta que las intrigas palaciegas le eran tan extrañas a esta criatura que no entendió nada de aquel discurso, y Fouquet se mostraba tan excesivamente encantador de pronto que lo que ella pensó fue que el superintendente trataba de cortejarla mediante un enrevesado procedimiento. Muy incómoda por la situación, fue a contárselo todo al rey.

Luis, que conocía los éxitos de Fouquet con las mujeres, se puso terriblemente celoso. Vio en él no al superintendente que pretendía alcanzar su fortuna poniendo sus cajas a disposición de la amante del rey, sino al donjuán que pretendía convertirse en su rival. Cuando había tenido un asunto que era mero entretenimiento pasajero con alguna dama que aceptaba homenajes de otros, Luis, simplemente, no se fijaba más en ella y se retiraba con toda dignidad. Pero es que esta vez se trataba de su amor, y era una criatura a la que nada bajo o sucio había tocado nunca y a la que ahora se quería reducir a entrar en un vulgar mercadeo indigno.

La suerte de Fouquet comenzaba a cambiar.

viernes, 18 de junio de 2010

Un secreto al descubierto



Luis tenía buen cuidado en ocultar su pasión por La Valliére. Como no todo el mundo podía tener policías a su servicio como Fouquet, la relación permanecía secreta y fue necesaria una tormenta para que llegara a ser oficial. Una noche, cuando la corte paseaba, cayó de pronto una gran tromba de agua sobre el parque. Los cortesanos se dispersaron de inmediato para buscar protección bajo los árboles, y, según nos cuenta Poncet de la Grave, “los dos amantes quedaron los últimos. La Vallière porque era coja, Luis porque jamás un amante va más deprisa que su amada.”

Por ello se vio al rey proteger a la favorita con su propio sombrero y acompañarla después, bajo la lluvia, hasta palacio. Y, cómo no, esta conducta galante, protegiendo a Luisa, fue pronto objeto de canciones y epigramas.


Estos nuevos amores del rey con La Vallière no solamente eran del interés de Minette. También lo eran de conde de Guiche, favorito de Monsieur, que se había sentido atraído por Luisa apenas recién llegada a Fontainebleau. Cierto que el guapo Armand de Guiche también admiraba más de la cuenta a Madame, como veremos más adelante, pero en aquel momento mostró ante Luisa unos celos que aterrorizaron a la pobre chica, que nada tenía con él. Tras unos cuantos sarcasmos, Armand se retiró declarando que si ella había rechazado su pasión, seguramente en otra parte la encontrarían aceptable.

A instigación de Ana de Austria, Monsieur insistió en que su esposa la despidiera de su lado, pero Madame, que quería evitar una pelea con el rey, se negó a tomar tal determinación. El escándalo respecto a Guiche llegó a oídos de Monsieur casi al mismo tiempo que la negativa de Minette, lo cual terminó de sumirlo en la más viva indignación. ¡Hombre, no, eso era demasiado! Y aún habrían de llegarle peores rumores, todo lo cual desembocó en una entrevista con el conde durante el transcurso de la cual ambos perdieron los nervios. Las expresiones utilizadas por Guiche fueron tan poco respetuosas que se hizo precisa su retirada temporal de la corte.


Catherine Charlotte de Gramont, hermana de Guiche y casada con el príncipe de Mónaco, intentó mediar en el conflicto, pero sin éxito, por lo que se marchó enojada y fue a reunirse con su esposo en sus dominios.

Mientras tanto en Vaux-le-Vicomte, su fastuoso castillo, el superintendente de finanzas, Nicolás Fouquet, seguía todas las fases del romance gracias a algunos espías que tenía en Fontainebleau. Fouquet tenía planes con respecto a Luisa y urdía su intriga.



jueves, 17 de junio de 2010

Flores cortadas


Fontainebleau

Luisa era bastante pobre y no pasaba de ser una de tantas. Pertenecía, por supuesto, a la nobleza, pero con matices. Su padrastro, el tercer esposo de su madre, no era sino algo así como un subalterno de la casa del duque de Orleáns, que llevaba por título el de “jefe de cocinas”, lo que en la actualidad equivale a una especie de mayordomo. Pero a pesar de sus oscuros orígenes y su escasa fortuna, como dice Madame de La Fayette “todo el mundo la encontraba bonita; muchos jóvenes habían pensado en conseguir su amor: al conde de Guiche le gustaba aún más que al resto”. También Loménie de Brienne se había fijado en ella y estaba a punto de declararle su amor durante aquel verano en Fontainebleau. Otro de sus admiradores, al parecer, era nada menos que Fouquet.

Luis no sabía si tal vez el corazón de mademoiselle de La Vallière habría elegido ya entre los varios caballeros que la rondaban. Feliz de poder representar ese papel de enamorado que tanto le placía, buscó a la joven, quien, por su parte, estaba sumida en una gran confusión. Aquella primera entrevista no le sirvió al rey para sacar nada en claro con respecto a la disposición de la dama, pues la modestia y la timidez de Luisa hicieron imposible que le confesara que era correspondido.

El rey hacía planes para poder entrevistarse a solas con Luisa y pasar al ataque. Le escribía cartas en la que le pedía una cita. Pero, ¡ay!, el mensajero, volvía declarando que la joven era honesta y no aceptaría recibir jamás al rey ni a ningún otro caballero en su habitación.

Vaya, eso era un jarro de agua fría, aunque no tan fría como para apagar el ímpetu de Luis. Al atardecer, a la hora de los paseos, ya no acudía al carruaje de Madame, sino que iba al de La Vallière, “y como era de noche y estaba oscuro, podía hablarle con mucha menos reserva”.

Fontainebleau

El rey le hizo un asiduo galanteo, pero ocurrió algo que no esperaba: seguramente no sabría decir en qué momento comenzó, pero al cabo de algún tiempo se dio cuenta de que ya no estaba fingiendo. Aquel corazón roto descubrió que aún tenía vida y se encontró comenzando a latir de nuevo cada vez que veía a Luisa, al ir descubriendo el interior limpio y honesto que se ocultaba tras su mirada clara.

En palabras de Philippe Erlanger: “En cuanto a Luisa, sincera, pura, totalmente desprovista de ambición, era una especie de milagro que un rey hubiera encontrado por amante a esta chiquilla asombrada. Luis también lo estaba al verse adorado, no como soberano, sino como amante. María lo había subyugado, dominado. Esta otra estaba a sus pies.”

O en palabras de Hilaire Belloc: “Para ella, Luis era un sol que brillaba en el firmamento; más que su monarca, era un dios, y en aquella época, ciertamente, era su cielo. El rey, por su parte, lo aceptó todo como si tuviera derecho a ello; la rosa estaba en su jardín y él se limitaba a cortarla.”

Es decir, ella lo amaba con la absoluta devoción que a él le había inspirado María. Los papeles se habían invertido esta vez. En Luisa encontró bondad, honestidad, sencillez, ternura, fidelidad inquebrantable; ninguna palabra hiriente que lo perturbara nunca, un corazón puro y una total abnegación. Era imposible que su corazón no se conmoviera ante tantas cosas bellas como ella podía ofrecer.

 Fontainebleau

No obstante, Luisa continuó defendiendo su honor con gallardía frente a los avances de Luis. Hasta que una noche, al fin, tras varios esfuerzos, se rindió y se entregó. Obviamente no existe constancia de la fecha en la que comenzaron estos amoríos, pero fue con toda probabilidad durante el mes de julio de 1661, cuando las fiestas de Fontainebleau.

Minette se dio cuenta al fin de que algo ocurría; de que su amante había dejado de ocuparse de ella. En cuanto a Monsieur… ¡consideraba “una ofensa personal que el rey hubiera tomado por amante a una de las damas de su esposa”!

Ana de Austria no se tomó nada bien el asunto. Habló con su hijo, le recordó sus deberes, le pidió que cesara ese comportamiento y le rogó que ocultara su pasión a la reina. Luis tuvo en cuenta esta segunda parte del consejo, pero no la primera.
***

Les pido disculpas, pero he tenido que retirar la encuesta porque se había estropeado el gadget y ya no la mostraba. Iba claramente destacada Ana de Austria. De todos modos más adelante la repetiremos, y espero que funcione correctamente la próxima vez.

Muchas gracias a todos los que han participado.

martes, 15 de junio de 2010

De lobos y corderos


Luisa de La Vallière

La madre de Luisa contemplaba con preocupación el futuro de su hija: sólo podía dejarle en herencia unas tierras cargadas de hipotecas, de modo que la única solución que se le presenta para salir adelante es solicitar para ella un puesto en la corte. Obtiene el de dama de honor de la duquesa de Orleáns. Fue un alivio para Madame de Saint-Remy.

Luisa recibe una carta de amor de Bragelonne, pero ella prefiere no responder personalmente . No olvida que su madre veía esa unión con buenos ojos, pero Luisa no se decidía a ese compromiso. De hecho prefería que transcurrieran algunos años antes de considerar seriamente la idea del matrimonio.

Finalmente fue reclamada en la corte para ocupar su puesto al lado de Minette. Llegó a París durante los primeros días de la Semana Santa. Una vez allí, fue la mariscala de Bellefonds, pariente de su madre, quien se ocupó de ella. Luisa debía pasar ocho días en su casa para recibir las instrucciones preliminares antes de reunirse con la corte. Pero la mariscala, por tratarse de esas fechas, no se encontraba en su hogar, sino que vivía unos días de retiro en el convento de Chaillot. Allí fue conducida la joven para proceder a las presentaciones. 

Saint-Germain

Luisa se sumió en la más profunda tristeza. La mariscala era una mujer con un corazón poco tierno y un trato frío y seco, orgullosa de su nacimiento y de su fortuna. Recibió a la recién llegada con una cortesía glacial que no contribuyó a confortarla, le hizo unas cuantas preguntas y le impartió las instrucciones pertinentes sobre cómo debería comportarse en la corte. No entró en mucho detalle, sino que le dijo que con el tiempo aprendería a conocer todo lo necesario.

Al cabo de ocho o diez días la mariscala abandonó Chaillot en compañía de Luisa. La joven tenía una enorme curiosidad por ver al rey, aunque en realidad lo había visto en una ocasión antes de que ella viniera a la corte. Sucedió cuando él viajaba hacia el sur para casarse. Entonces pasó por la casa de la familia de Luisa. Él no guardaba ningún recuerdo de aquello, sólo era uno de la interminable lista de lugares que atravesó durante el viaje; pero ella recordaba muy bien aquel momento.

A su llegada fue presentada a Madame y a toda la familia real a excepción de Luis. Fue muy bien acogida, y quedó encantada con Minette.

A Luis lo conoció dos días después. La impresión fue enorme; permaneció distraída durante toda la tarde y no escuchaba nada de lo que le decían sus compañeras. Ella sólo estaba pendiente de las palabras del rey.

Parque de Compiègne

Al final de cada jornada los jóvenes caballeros solían reunirse en torno a Madame. Allí estaba el apuesto Guiche, tal vez el más brillante de la corte; el marqués de Vardes, los duques de Roquelaure y La Rochefoucalud, el poeta Benserade y el conde de Bussy-Rabutin, sin olvidar al marqués de Puyguilhem, que tan deliciosos momentos nos depara, y, por supuesto, al príncipe de Condé. Entre las damas se encontraban Mademoiselle de Montpensier y Olimpia Mancini, condesa de Soissons, junto con otras mujeres notables: Madame de La Fayette y Madame de Sévigné, la condesa de Brégi, que nos ha dejado tan hermosos versos, y mademoiselle de Scudéry. Tan brillante círculo se veía aún más animado por la presencia del rey.

Luis sonrió ampliamente cuando supo quién era la joven a la que tenía que simular perseguir. La encontró más que satisfactoria, y le pareció que el juego iba a tener doble interés. Como comenta Choisy en sus memorias, Luis nunca dejaba de consagrar al menos 8 horas cada día al trabajo; pero a sus 22 años cuando la jornada terminaba se entregaba con entusiasmo a los placeres

Ese día regresó muy contento a sus aposentos, si bien tratando de que Minette no adivinara los cálculos que pasaban por su mente. Porque la verdad es que se proponía aprovechar que tenía que representar la comedia para seducir de verdad a la damita, pero sin renunciar a la otra. Él iba a ver si podía maniobrar para tener dos por una. Le habían servido un tierno cordero en bandeja de plata, y era imposible que se le escapara. Un pimpollito recién llegado del campo no podía ser tarea tan difícil, así que el joven cazador se acostó seguramente un tanto eufórico esa noche al pensar en el nuevo giro que estaba tomando aquel asunto.

lunes, 14 de junio de 2010

Luisa de La Vallière


Luisa de La Vallière

Las tierras de La Vallière, situadas en una de las más bellas provincias de Francia, a unas leguas de Tours, pertenecían a la marquesa de Saint-Remy, Françoise le Prevost. Su antiguo castillo estaba construido sobre la ladera de una montaña. El lado sur miraba hacia el río Loira, y las sombras majestuosas de un enorme bosque rodeaban imponentes y melancólicas la fachada norte. El interior del edificio se había ido degradando con el tiempo, y el lujo de anteriores propietarios era ya sólo un recuerdo en la comarca.

La marquesa de Saint-Remy habitaba en ese castillo desde hacía 20 años, dedicada en cuerpo y alma a su única hija: Louise-Françoise de La Baume Le Blanc, nacida después de sus dos hermanos varones, Jean-François y Jean-Michel. La joven era hija del segundo matrimonio de Françoise con Laurent de la Baume, Señor de La Vallière, vástago de una familia que se había destacado por sus servicios militares a la Corona y que en el momento del nacimiento de la niña ocupaba el puesto de gobernador del castillo de Amboise. A la muerte de Laurent hacia 1652, su viuda se casó por tercera vez, esta vez con Jacques de Courtavel, perteneciente al servicio de Gastón de Orleáns.

Luisa había nacido el 6 de agosto de 1644. Por tanto, ese verano en el que la corte, en Fontainebleau, asistía escandalizada al progreso de la relación entre el rey y su cuñada, ella cumplía 17 años. Era una rubia algo tímida que no poseía aún la astucia de las damas de la corte. Se trataba una jovencita virtuosa, cándida e insegura, esto último debido, en parte, a que cojeaba ligeramente desde que un asno le había lastimado el tobillo cuando era niña. “Pero incluso con ese defecto poseía gracia, y podía disimularlo cuando caminaba despacio, y su paso tímido e inseguro parecía convenir a su figura delicada”. Era moderadamente bonita, para facilitar el hecho de que todos creyeran que el rey había se había puesto a perseguirla, pero, como nos dice el abate de Choisy, “no era de esas bellezas perfectas que a menudo se admiran sin amarlas”. Minette la vio tan insignificante, tan apagada y con un carácter tan dócil y desprovisto de ambición que le pareció que no podía representar ningún peligro.

Minette

No había percibido que, con todo, Luisa tenía un encanto especial en su sencillez, y resultaba una criatura adorable para las miradas de muchos caballeros de Fontainebleau. Sobre ella encontramos las siguientes frases de sus contemporáneos: “El sonido de su voz llegaba al corazón”. “La belleza de sus cabellos dorados aumentaba la de su rostro”. “Su mirada tenía un atractivo inexplicable” y “una dulzura que embelesaba cuando lo miraba a uno”. Y Madame de Genlis nos dice que “parecía hecha para enternecer y para encantar el corazón, y no para deslumbrar a los ojos. La expresión de modestia, el candor y la sensibilidad embellecían sus rasgos”. Luisa tenía bonitos ojos azul oscuro bordeados de largas pestañas negras y una piel muy blanca. “Su mirada tímida parecía implorar indulgencia; su sonrisa llena de encanto era a la vez ingenua, conmovedora y espiritual”. “Era bella como una visión que no toca la tierra, bella con la hermosura de los ángeles y de las madonas”.

Había aprendido desde la infancia a reverenciar y amar a su soberano. A veces su abuelo, paseando con ella por el castillo, le mostraba los retratos de los anteriores reyes de Francia y le decía:

—He aquí a los benefactores de nuestra familia.

Faltaba en la colección aún el retrato de Luis, pero el abuelo prometía que lo haría traer de París. Todos los acontecimientos que se referían a la familia real eran celebrados en el castillo de la Vallière. Allí se acogía con entusiasmo cada rasgo de grandeza o de bondad de los que daba muestra el rey, que se convertía así en frecuente tema de conversación. La noticia del matrimonio del rey con María Teresa llenó de alegría el lugar. Se iluminó el castillo, se reunió a los campesinos y se celebró una hermosa fiesta campestre en honor a la ocasión.

Luis XIV

“Mademoiselle de la Vallière fue educada con tanta sencillez que aprendió a pensar tan sólo bien y a conducirse con arreglo a sus principios”. Leyó las santas escrituras, algunas obras piadosas, la Historia de Francia, poemas de Malherbe y las tragedias del gran Corneille. Como eran pocos los libros que tenía a su alcance, Luisa los releía.

El castillo era un lugar solitario en el que eran raras las visitas, incluso en verano. La llegada de un extraño era todo un acontecimiento, pero Luisa contaba con la compañía de su querida Eudoxie, una pariente huérfana a quien Madame de Saint-Remy había acogido en su hogar. El joven marqués de Bragelonne acudió alguna vez al castillo. Se habló de un matrimonio del marqués con Luisa, pero muy vagamente, debido a la juventud de ambos, y poco después él partía con su regimiento.

sábado, 12 de junio de 2010

La estrategia del paravent


Fontainebleau por Kimdikhac

En medio de tanta despreocupación, el espinoso asunto de la relación entre el rey y Minette inquietaba enormemente a Ana de Austria por esas fechas, y, decidida a atajarlo de raíz, se apresuró a reprochar agriamente a su hijo su comportamiento, que comenzaba a ser causa de escándalo. Como Luis se mostró mal dispuesto a escucharla y le respondió con gran sequedad, la reina madre decidió probar con la otra parte del problema e instruyó a su leal amiga, Madame de Motteville, para que sugiriera a Minette que sería aconsejable moderar sus placeres. Madame acogió el consejo con el mismo desagrado que el rey, y en modo alguno se planteó renunciar a seguir adelante. El problema pronto llegó hasta la reina de Inglaterra, que trató de intervenir igualmente para poner fin a la situación, pero con el mismo escaso éxito.

Minette le contó a Luis la intervención de Madame de Motteville y el mensaje que le había transmitido, lo cual enfureció al rey. Lejos de hacerle desistir, Luis se limitó a impartir instrucciones para que Madame de Motteville no se aproximara a María Teresa, en avanzado estado de gestación, de modo que no pudiera importunarla con ese asunto. Eso era, al parecer, lo único que le importaba, pero era inevitable que, pese a todas las precauciones que tomó para que el rumor no llegara a su esposa, la desdichada reina acabara por ser informada igualmente acerca del progreso del flirteo, lo cual le causó gran disgusto.

Para enrarecer más el ambiente, una disputa vino a turbar la paz de la corte. Olimpia se peleó con la duquesa de Navailles por una cuestión de precedencia. María Teresa apoyó a la duquesa, mientras que Minette se ponía de parte de su amiga. El conde de Soissons, esposo de Olimpia, desafió al duque de Navailles, que rechazó el duelo. El rey desterró a Soissons de Fontainebleau.

Fontainebleau

Ana de Austria tuvo una idea para alejar a Minette de Luis: decidió hacer una visita a la duquesa de Chevreuse, que se encontraba en Dampierre, y pidió a Madame que la acompañara. De poco sirvió su plan, porque a su regreso, en vez de buscar encuentros más discretos, las visitas nocturnas al bosque en compañía del rey se reanudaron, sin que a ella le importara seguir alimentando unos rumores que no la favorecían, ni a él comprometer la reputación de Madame aún más de lo que ya la había comprometido.

Ana de Austria y la reina de Inglaterra se estrujaban el cerebro pensando qué más podrían hacer para separarlos. La reina madre acabó por perder los papeles. En su intento por alejar a Luis de Minette, no se le ocurrió otra cosa que ir a informar al menor de sus hijos de que su esposa “no se encontraba tan alejada de la galantería como pudiera desearse.”

Hasta entonces nadie se había atrevido a decírselo a Philippe. De hecho durante aquellas confidencias Ana tampoco osó añadir datos sobre la identidad del rival de Monsieur, pero no fue necesario, porque Monsieur pudo abrir los ojos y observar por sí mismo. Nunca hubiera pensado que las cosas podrían llegar tan lejos, pero si era su propia madre quien se presentaba a hablarle de aquel asunto, la situación tenía que ser más que alarmante.

Fontainebleau

Resulta que Philippe tenía un temperamento muy celoso, y la noticia lo encolerizó vivamente, hasta el punto de permitirse dirigir acusaciones a Luis. Fontainebleau se convirtió entonces en testigo de escenas lamentables que apasionaban, naturalmente, a la corte, siempre ansiosa de escándalos.

El rey, que no quería empeorar las cosas expulsando a su hermano, y que tampoco deseaba alejarse de la princesa, comprendió que su prestigio estaba en peligro y que era necesaria una solución audaz. Fue Minette quien la encontró: buscando tomar medidas encaminadas a llevar el asunto con mayor discreción, recurrió a la llamada estrategia del paravent (pantalla): consistía en simular que él amaba a otra mujer, y así los molestos rumores cesarían inmediatamente.

Madame de La Fayette, la más íntima amiga de Madame, nos cuenta lo que sucedió entonces: “El rumor aumentaba mucho, y la reina madre y Monsieur hablaron tan fuerte al rey y a Madame que ambos comenzaron a abrir los ojos y a hacerse tal vez algunas consideraciones que no habían hecho antes: por fin decidieron hacer cesar el rumor y, por la razón que sea, convinieron entre ellos que el rey se enamoraría de alguien de la corte”. 

Fontainebleau

Miraron entre aquellas más propias para este objeto y dos damas despertaron su atención: mademoiselle de Pon y mademoiselle Chémerault. Pero la primera, al comprender el papel que se esperaba que representara, puso pies en polvorosa y esquivó el delicado asunto marchándose a provincias. La segunda, que era ambiciosa, consideró más adecuado a sus intereses hacer esperar al rey. Se quivocó, porque Luis, impaciente, la descartó de inmediato y se buscó a otra.

Fue entonces cuando Minette pensó en una de sus damas de compañía. De ese modo quedaba plenamente justificado que el rey anduviera revoloteando siempre cerca de ella, con el pretexto de desear ver a la otra damisela. La elegida fue una joven inocente a punto de cumplir 17 años, con grandes ojos azules, cándidos, que podía servir perfectamente para el papel.

Se llamaba Luisa de la Vallière.

jueves, 10 de junio de 2010

La Reina de Corazones


Las fiestas de Fontainebleau se transformaron entonces en una especie de homenaje permanente dado por el rey y la corte a Minette. Madame de La Fayette nos lo cuenta:

“Disponía de todos los momentos de diversión; no se hacían más que por ella, y el rey parecía no tener otro placer que el que ella recibía. Era la mitad del verano. Madame se bañaba todos los días; salía en carroza a causa del calor, y volvía a caballo, seguida de todas las damas, vestidas elegantemente, con mil plumas en la cabeza, acompañadas del rey y de la juventud de la corte. Después de la cena se subía en calesas y se partía, bajo el son de violines, en paseo alrededor del canal una parte de la noche.”


De cuando en cuando todos descendían del carruaje para dispersarse en los bosques, llevando del brazo a la pareja con la que deseaban compartir esa intimidad. Luis llevaba a Minette a una espesura; todos le imitaban y pronto un tierno concierto de suspiros se elevaba sobre los matorrales de Fontainebleau. Madame de Motteville nos relata:

“Los paseos hasta las dos o las tres de la noche en los bosques empezaron a introducirse y practicarse con un aire más que galante, y cuya voluptuosidad parecía deber romper pronto la virtud de Madame, cualidad admirada en su edad por la rareza.”

Después de estos juegos, cuando el rey se sentía fatigado, regresaban a las calesas y entraban en el château relatándose anécdotas picantes.

Fontainebleau por Kindikhac

Esta corte, que ha pasado a la historia como la más refinada del mundo, distaba de ser tal en cuanto a su gusto, en ocasiones, por la vulgaridad. Al contrario de lo que se cree comúnmente, damas y caballeros se expresaban con una grosería inimaginable y que no hubiera sido admisible en España. He aquí un ejemplo:

Un día, durante el transcurso de una recepción, madame de Choisy, girándose hacia el señor de Candale, que estaba allí desde hacía una hora, exclamó:

—¡Bueno, id a dar una vuelta ya por la antecámara! ¡Debéis tener deseos de orinar!

Y los motes que se ponían unos a otros en el Louvre no tenían nada de aristocráticos: la reina madre era la Vieja; mademoiselle de Tonnay-Charente, que más adelante se casaría con el marqués de Montespan, era la Gran Trapera; madame de Beauvais la Tuerta del Lupanar, etc.

Se gastaban, además, con placer, las bromas del peor gusto. En cuanto a las comidas de Luis XIV, no tenían tampoco la majestuosidad que se les supone. La mesa inspiraba a Luis toda clase de bromas, blanco de las cuales solían ser, cómo no, su prima la Grande Mademoiselle o también mademoiselle de Thiange. Así, por ejemplo, se divertía enormemente metiendo pelos en su mantequilla y en las tortas. Ellas chillaban y se mostraban asqueadas mientras él reía a más no poder. Madame de Thiange entonces deseaba retirarse e insultaba al rey sin medida, y algunas veces hacía ademán de tirarle todas aquellas porquerías a la cabeza.


Todo eso era normal en la corte de Francia. Y más aún, según nos cuenta el duque de Luynes sobre el posterior reinado de Luis XV:

“En las cenas del rey con las princesas y las damas de Marly ocurría que el rey, que era muy hábil, tiraba bolas de pan a las damas y permitía que ellas respondieran con otras. El señor de Lesnoy, que por su juventud no había presenciado antes ninguna de estas cenas, me ha dicho que se sorprendió extremadamente viendo cómo se lanzaban bolas de pan al rey, y no sólo bolas, sino también manzanas y naranjas. Se dice que mademoiselle de Vantois, a quien el rey había hecho algún daño lanzándole una bola, replicó lanzándole una ensalada completamente aderezada:”

En tiempos de Luis XIV, María Teresa tenía la extraña costumbre de relatar sentada a la mesa detalles de su última noche de amor con el rey, lo cual dudosamente hubiera osado hacer en la corte de Madrid, pero que nadie allí consideraba extraño ni escandaloso. Era como si se tratara del lugar más adecuado para debatir públicamente esas cuestiones.

martes, 8 de junio de 2010

El Bosque de Fontainebleau


 Fontainebleau

Durante la primavera de 1661 Luis trasladó la corte a Fontainebleau. Allí se organizaban fiestas grandiosas con las que esperaba aturdirse y olvidar a María.

“Nunca había visto la corte tan hermosa como me lo pareció entonces”, nos dice Madame de Motteville. Sobre el lago flotaba la barcaza real, hermosamente tallada y decorada. En busca de aire fresco, el rey hacía en el agua sus comidas, que el grand-maître, Condé y Beaufort le servían bajo el dosel. De día había cacerías, de noche bailes y representaciones teatrales.

Minette, mientras tanto, interpretaba que si Philippe comenzaba a ignorarla por las noches para correr en pos de lindos caballeros de la corte, entonces ella tenía igual licencia para buscar consuelo entre ellos. ¿Por qué no? Total Monsieur seguramente no iba a prestar demasiada atención. Y lo único que ella tenía que hacer era elegir entre una masa de jóvenes adoradores que la seguían por todas partes con mirada ardiente. Después de todo ella era allí la reina de corazones. María Teresa quedaba relegada a las sombras por ese magnetismo que emanaba de la duquesa de Orleáns.

Fontainebleau

—Madame, ¿tendríais celos si Monsieur os diera motivos? —le preguntó una vez la reina a Minette.

—No —respondió ella resuelta.

—Verdaderamente —murmuró María Teresa—, de nada sirve tenerlos. Tal sensibilidad en una mujer sólo endurece el corazón del esposo y le disgusta.

El rey le preguntó entonces a Madame de Bethune:

—¿Alguna vez habéis estado vos celosa de vuestro esposo?

—No, Sire —respondió la dama—. Mi esposo siempre me ha sido fiel.

La reina se levantó de su asiento y dijo con voz muy suave que Madame de Bethune era la persona más tonta que había en la habitación. Y además añadió:

—Por mi parte, yo no podría estar tan segura como ella.

Fontainebleau

María Teresa esperaba su primer hijo. No se sentía a gusto entre esta juventud tumultuosa, libertina, cruel, tan diferente del modo en que había sido educada y con la que aún le suponía un esfuerzo entenderse. Para Minette era todo lo contrario, porque se había educado en Francia, donde había vivido casi toda su vida, y conocía bien qué terreno pisaba. Formaba parte de todo aquello.

Olimpia Mancini también se encontraba en Fontainebleau. Al principio trató de recuperar su influencia sobre el rey, bien fuera directa o indirectamente, para lo cual se hizo inseparable de Minette. Pero era a esta última a quien Luis dirigía ahora sus ojos. De vez en cuando Madame encontraba su mirada, primero evaluativa y después con creciente admiración, seguramente asombrándose de lo mucho que había cambiado Madame.

Ella también lo miraba a él. Continuaba pensando en cómo serían las cosas si la hubieran entregado por esposa al mayor de los hermanos, y no podía evitar considerar que María Teresa era mucho más afortunada que ella. Minette había soñado muchas veces con ocupar ese puesto. Ya no podía ser, desde luego, pero Luis aún le gustaba; le gustaba lo suficiente como para decidir arriesgarse. Y, hablando de riesgos de ese tipo, él los aceptaba todos.

Fontainebleau

Mientras María Teresa apenas abandonaba sus aposentos, Minette y el rey pasaban juntos parte del día, y sus paseos se prolongaban durante la noche. Al principio los acompañaba Monsieur y otros miembros de la corte, pero poco a poco los acompañantes se iban retirando hasta que los dos se quedaron solos.

Una tarde, durante una fiesta campestre, Luis la llevó al bosque y no regresaron hasta las tres de la mañana.

domingo, 6 de junio de 2010

María Mancini parte hacia Italia


María Mancini decidió que era preciso terminar cuanto antes con una relación que ya no podía ser. Hacía casi dos años que todo había quedado roto entre ellos, pero ver a Luis frecuentemente en la corte no facilitaba las cosas. Una noche acudió a su encuentro y le pidió que detuviera sus esfuerzos por impedir que se fuera lejos.

Aunque para él fue un duro golpe, no podía retenerla en contra de su voluntad. Hubiera contrariado a todo y a todos, pero nada tenía sentido si ella deseaba partir. Así que Luis dejó de oponerse.

Uno o dos días después, en los apartamentos de la reina madre, le dijo:

—Señora, el destino, que es superior a los reyes, ha dispuesto la contradicción entre nosotros y nuestros deseos; pero no me impedirá buscaros, en cualquier país del mundo donde os encontréis, para daros prueba de estima y unión.

Entonces se volvió hacia Madame de Venel para hacerle un último encargo:

—Y a vos, señora, os ruego que la acompañéis hasta Milán, donde el condestable acudirá a recibirla, y que me escribáis un relato completo de los incidentes del viaje.

El matrimonio por poderes con el condestable Colonna se celebró en la capilla del rey en el Louvre. Fue oficiado por el arzobispo que después sería patriarca de Jerusalén, tío del novio, representado durante la ceremonia por el marqués d’Angelelli.

Una vez concluida, María recibía el tratamiento de princesa extranjera, y los reyes se dirigían a ella llamándola “prima”. Además se acordó concederle el taburete en presencia de la reina. Como habíamos mencionado en una ocasión anterior, la concesión del taburete se trataba precisamente del derecho a sentarse en su presencia. Era un honor reservado a príncipes y princesas de la sangre, a príncipes y princesas extranjeros, cardenales, duques y duquesas, aunque a veces se concedía como favor especial a otras personas. María, al convertirse en princesa Colonna, adquiría así pleno derecho al taburete.


Luis estaba reunido con el Consejo cuando recibió la noticia de que todo estaba listo para la partida. Había llegado el momento de despedirse.

El rey la acompañó hasta el carruaje con lágrimas en los ojos y besó su mano, incapaz de articular ni una palabra. Cuando María se acomodó en el interior, Luis le dirigió un emocionado adiós apoyado sobre la ventanilla del vehículo. Ella contuvo el llanto hasta que el coche arrancó entre una impresionante escolta de cien guardias a caballo. Después estalló en lágrimas mientras él permanecía una vez más viendo cómo se alejaba la mujer que amaba, esta vez para siempre. Nunca volverían a encontrarse.

Y permítasenos terminar con un párrafo de Hilaire Belloc: “Así, María salió para Italia, y aquello señaló el fin de sus amores con el rey. Los que han escrito que pronto fue olvidada, nada saben del corazón humano.”

viernes, 4 de junio de 2010

Como una antorcha


Monsieur y Madame entraron en posesión de su nueva residencia unos días después del matrimonio. Minette lloró amargamente al despedirse de su madre, a quien se hallaba tan unida, pues no se habían separado ni un solo día desde que siendo tan niña se uniera a ella en su exilio parisino. La reina se retiraba a Colombes, pero Madame pronto enjugó sus lágrimas y olvidó su pena con la nueva y brillante vida que la aguardaba.

Minette triunfó en sociedad desde el primer momento, por su belleza, por su elegancia, por la gracia de su conversación, que nadie había sospechado. En otro tiempo apenas se la veía excepto en los apartamentos de su madre, donde aparecía tímida y callada, apenas sin pronunciar una palabra. Nadie esperaba aquello con lo que se iban encontrando. Como observa un cortesano de la época, tenía “la inteligencia necesaria para convertirse en una mujer encantadora, y además el talento necesario para ocuparse de importantes asuntos de haber sido preciso”. Otro nos dice que “más parece un ángel que una criatura mortal… lo más adorable que existe sobre la faz de la tierra”.

En pocos meses todo París estaba a sus pies. “La amabas sin poder evitarlo”, dice el abate de Choisy. Minette anuló por completo a la reina María Teresa, de quien Madame de Motteville dice que “le gustaba el retiro más de lo que a una reina de Francia, que se debe al público, debería gustarle”. Madame ocupó esa plaza vacante, y lo hizo de un modo bastante completo. Le agradaba recibir la admiración de todos, algo que le había sido negado durante tanto tiempo. Pero “no era una princesa mariposa, y cuando entregaba su afecto lo hacía con toda lealtad y sinceridad”. En la primavera del reinado de Luis XIV, Minette fue la más fresca y lozana de las flores que adornaron su corte.


Eran muchas las damas que tenían celos de ella. Inevitablemente una de ellas fue María Teresa, a pesar de que nunca intentó competir. En una ocasión, durante una de las enfermedades de la reina, Madame acudió a visitarla con un vestido lleno de lazos amarillos y un peinado que parecía pensado para un baile. María Teresa, molesta, le dijo que con un atuendo más sencillo le hubiera mostrado más respeto.

En cuanto a Monsieur, durante aquellas primeras fechas de su matrimonio se entregó con entusiasmo y sin reposo, lo cual resulta bastante insólito en su caso, pero produjo sus frutos. La primera hija de los duques de Orleáns iba a nacer cuando faltaban cuatro días para que se cumpliera el primer aniversario de la boda.

Pero claro, tampoco a él podía agradarle que su esposa brillara tanto como para eclipsarlo. Al principio se mostraba encantado con la cantidad de gente que acudía a sus recepciones, porque pensaba que acudían por amor a él. Pronto iba a descubrir, sin embargo, que era a su esposa a quien venían a ver. No podía ser fácil de digerir para Philippe, que durante toda su vida había estado a la sombra de su hermano mayor, verse ahora superado por su propia esposa.

Minette era un peligro. “Pasaba por la corte como una antorcha, y sus admiradores no podían adorarla sin arder envueltos en llamas”.


Y Madame quedaba relativamente libre, porque Philippe, después de disfrutar de esta novedad, volvió a dirigirse hacia los jóvenes de la corte, con quienes mantenía aventuras que eran públicas y notorias. Uno de ellos, el joven Brienne, cuenta en sus memorias cómo fue perseguido por Monsieur:

“Un día Monsieur me llamó y me encontró a su gusto. Yo estaba avergonzado por la situación y enrojecí… Después no encontraba el momento de detenerse… Vi claramente qué era lo que me pedía. Se emocionaba y agitaba cuando le hablaba… Yo comprendía perfectamente esta actividad como para equivocarme… No digo más. No osé aprovechar mi buena fortuna, según todos, y dejé pasar varias veces la hora del pastor.”

Luis, mientras tanto, continuaba su historia con María Mancini, oponiéndose a su boda con el condestable y tratando de que ella permaneciera en Francia a su lado.

Entonces María tomó una decisión.