lunes, 31 de mayo de 2010

Retrato de Minette


Retrato de Henrietta-Anne de Inglaterra (Minette) por Sir Peter Lely

“Jamás Francia ha visto una princesa más amable que Henrietta de Inglaterra… Tenía los ojos vivos y llenos de fuego, que los hombres no podían contemplar largamente sin sentir su efecto; sus ojos parecían llenos del deseo de aquellos que la contemplaban. Jamás princesa alguna fue tan atractiva y tan deseosa de tener un aspecto encantador y sugerente al placer de contemplarla. Toda su persona estaba adornada de atractivos; se interesaban en ella y se la amaba, sin poder hacer otra cosa. Se hubiera dicho que se apropiaba de los corazones.”

El cronista comete el error de decir que sus ojos eran negros, y así parecían algunas veces. Pero nada más lejos de la realidad: eran de color azul zafiro.

El párrafo refleja que más que belleza Minette poseía atractivo, magnetismo, esa seducción que entrando en los 17 años podía comenzar a desplegar, pero que hubiera sido impensable durante la infancia.

Parte de su magia residía en su voz: “cuando hablaba a sus amigos, pedía —y recibía— sus corazones”. Otra descripción dice que es de estatura media y que su tez, sin ayuda de artificio, es blanca y rosada. Las facciones regulares y delicadas, boca pequeña y gordezuela de labios color bermellón; dientes blancos bien alineados. “La belleza de sus ojos no puede expresarse”. Destacan, además, una notable inteligencia a pesar de su juventud, y se dijo que “el encanto de su presencia no se refleja en los retratos”.

También es cierto que Mademoiselle de Montpensier no deja pasar la ocasión de destacar una pequeña deformidad que Minette tenía en un hombro, tan leve que pasaba completamente desapercibida para quien no lo supiera.

Minette con el retrato de su esposo

Pero había terminado de florecer. Su cuerpo menudo de cintura maravillosamente formada ya no era el de una niña. Quién hubiera podido decir cuándo había comenzado a producirse ese cambio, pero ahora empezaba a ser evidente. Minette unía a esto un encanto que compartía con su hermano Carlos II, hombre de gran simpatía personal a diferencia del otro hermano, Jacobo, que con ser el más guapo de todos resultaba antipático. Además la princesa había desarrollado un gusto exquisito; sabía cómo sacar partido a sus atractivos, y por fin podía encargar vestidos y atavíos capaces de realzar su belleza y ocultar sus defectos, prendas que en otro tiempo le habían estado vedadas y sólo había sido capaz de soñar. Comenzaba a sentir las miradas de admiración sobre sí, y eso reforzaba su recién adquirida seguridad. Le gustaba. Había sido ignorada durante tanto tiempo que necesitaba agradar, seducir, y había aprendido a hacerlo.

Ana estaba ansiosa por ver celebrado ese matrimonio, en parte por la impaciencia de su hijo, irritado por los interminables preparativos que iban demorando la fecha. Y es que continuamente surgían problemas. Incluso se pelearon los sacerdotes: el capellán de Henrietta Maria, un sacerdote inglés fanático y obstinado, afirmó que mientras el matrimonio se celebrara en el palacio de la reina de Inglaterra, y aunque éste se encontrase en suelo francés, sólo podía ser celebrado por él. Daniel de Cosnac, por su parte, insistía en que al novio sólo podía administrarle el sacramento su propio capellán, que además era un obispo.

A pesar de estar Ana de Austria en buenos términos con el obispo, en esta ocasión apoyó las pretensiones del sacerdote inglés. Pero Monsieur se tomó a cuestión de amor propio sostener el derecho de su capellán. Mazarino se encontraba por entonces en su lecho de muerte, y uno de sus últimos actos antes de morir fue ayudar al rey a arbitrar la contienda.
Ana de Austria

Poco después fallecía el cardenal. Según Cosnac, “murió como un gran hombre, dejando serenamente en orden sus asuntos, escribiendo cartas a varias partes de Francia e Italia, distribuyendo valiosas joyas entre los caballeros de la corte, enviando otros presentes a Roma… Falleció como un verdadero filósofo a quien la muerte le es indiferente y la contempla como mero espectador”.

El viejo cardenal había actuado con frecuencia como pacificador en las disputas familiares, pero ahora, antes incluso de que su cuerpo reposara en la tumba, un nuevo asunto sobre el que ya nada podría hacer Mazarino agitaba a Philippe con gran violencia: estaba terriblemente celoso del duque de Buckingham por las atenciones que éste prestaba a su prometida. Monsieur era como una furiosa tormenta a punto de desencadenarse.


***

Les recuerdo que durante los próximos tres meses reduciré un poco mi presencia por aquí, de modo que, aunque procuraré seguir actualizando la historia al mismo ritmo que hasta ahora, pasaré por sus blogs cada dos días en lugar de diariamente.

sábado, 29 de mayo de 2010

Al borde de la muerte



El viento era favorable, la mar estaba en calma y el barco se hizo a la vela con las mejores condiciones. Nadie había previsto que al día siguiente se iba a desencadenar tan furiosa tempestad. El piloto demostró poca pericia al enfrentarse a las inclemencias, y una mala maniobra hizo embarrancar al barco en un banco de arena. “El espanto fue grande en todo el navío, y el duque de Buckingham, que temía por más de una vida, se sumía en una inconcebible desesperación”, nos cuenta Madame de La Fayette.

Cuando la situación parecía insostenible, finalmente el barco pudo salir del atolladero, aunque tan maltrecho por los embates del temporal que se hizo preciso regresar a puerto para reparar las averías. Minette se encontraba enferma y mareada; tenía fiebre. Apenas avisado de este contratiempo, el rey de Inglaterra se apresuró a enviarle a dos de sus médicos para que la atendieran.

La princesa comenzó a encontrarse mejor apenas desembarcar, así que, presionada por los mensajes incesantes de Monsieur reclamándola a su lado, solicitó regresar a bordo cuanto antes. Sin embargo, a pesar de esa engañosa mejoría que experimentara en tierra, una vez instalada de nuevo en el barco volvió a ser presa de la fiebre, y esta vez se produjo una violenta erupción. La desolación de la reina era tremenda: la maldita viruela acababa de llevarse a dos de sus hijos en sólo tres meses, y ahora temía que la misma enfermedad le arrebata también a Minette.

Buckingham, mientras tanto, se comportaba como un loco desesperado: celoso de los cuidados que Lord Sandwich prodigaba a la princesa, quería a toda costa desenvainar la espada contra él.

Lord Sandwich

Por suerte para Minette, la enfermedad resultó no ser la terrible viruela, sino el sarampión, pero de todos modos su estado llegó a ser muy preocupante. Tal vez fue ella misma quien se salvó al negarse a que la sangraran.

Por fin el 25 de enero de 1661, desaparecido el peligro, el barco pudo zarpar hacia la costa de Normandía.

Al llegar a suelo francés la reina de Inglaterra, muy mortificada por el comportamiento escandaloso de Buckingham hacia su hija, para sacárselo de encima le da orden de dirigirse directamente a París mientras ellas pasan algunos días en El Havre, donde Minette podría recuperar fuerzas.

El duque de Longueville, gobernador de Normandía, acudió a ofrecerles hospitalidad en su château. Al día siguiente se presentó ante ellas el primer presidente del Parlamento de Rouen, seguido de toda la corte de justicia. Pero como la reina se enteró de que la viruela estaba causando grandes estragos por allí, decidió continuar viaje siguiendo otra ruta, siempre acompañadas del duque de Longueville.

Llegaron a Pontoise y pasaron la noche en la abadía de Saint-Martin, para al día siguiente continuar hasta Saint-Denis. Allí se encontraron con Luis XIV, María Teresa y Mademoiselle de Montpensier entre una numerosa escolta de mosqueteros y de caballeros que eran los más notables de la corte.

Abadía de Saint-Martin, Pontoise

Los reyes las acompañaron hasta el Palais Royal, pero ambas se retiraron pronto al convento de Chaillot para esperar la dispensa del Papa, necesaria para el matrimonio debido a que ambos contrayentes eran primos.

Durante ese tiempo Monsieur se mostraba cada vez más ardiente y devorado por la impaciencia. Y seguramente por entonces Luis ya había empezado a entenderlo: ¿Aquella era su prima inglesa? ¿La misma de otros tiempos? No daba crédito a lo que veía. El cambio era tan notable que había dejado de burlarse de su hermano para contemplarla boquiabierto.

Minette había sufrido una sorprendente metamorfosis en los últimos tiempos. Aquella antigua inseguridad, fruto de su humillante situación, había desaparecido dando paso a una joven elegante, radiante, segura de sí misma; una mujer hermosa y con un encanto en su trato que envolvía a todo el mundo y transmitía con los ojos: tenía una expresiva mirada muy especial, y eso... iba a traer algunos problemas.

viernes, 28 de mayo de 2010

El hijo de Buckingham


George Villiers, Segundo Duque de Buckingham

El 6 de noviembre la reina de Inglaterra y su hija llegaban a Calais. La flota inglesa, al mando del duque de York y acompañada de la más florida nobleza de la corte, había venido a esperarlas. Henrietta Maria y Minette se embarcaron entre salvas de artillería.

Al desembarcar en Inglaterra Carlos II acudió a su encuentro, tan emotivo como hubiera cabido esperar, y después se ofreció un suntuoso banquete.

Cuando por fin entraron en Londres, muchas iglesias echaron las campanas al vuelo. En las calles comenzaron a encenderse hogueras para celebrar su regreso, y por todas partes había testimonios de alegría. Henrietta Maria, sin embargo, no quiso una entrada triunfal, porque estaban demasiado presentes en su ánimo los recuerdos de su desdichado esposo, así como la muerte reciente de su hijo Henry. No quiso atravesar las calles para recibir el homenaje del pueblo, sino que prefirió seguir el río hasta Lambeth y cruzar allí en barca hasta la otra orilla para pasar la primera noche en Whitehall.

Whitehall

Minette no pudo tomar parte en la primera recepción al día siguiente, porque la fatiga del viaje la obligó a guardar cama. Pronto comenzaron a llegarle noticias de Francia: Monsieur estaba muy melancólico, se consumía por su ausencia y no dormía.

El 20 de noviembre se hace la petición oficial de mano, transmitida a través del conde de Soissons. Carlos II se muestra tan satisfecho por la conclusión de este arreglo matrimonial que al día siguiente cubre de elogios al conde y a su esposa Olimpia y le regala una valiosa caja adornada con diamantes. Cuatro días después Soissons regresaba a París, no sin antes haber sido agasajado por el duque de Buckingham, favorito del rey como si tal circunstancia fuese algo hereditario en la familia.

En Europa más de uno se mesaba ahora los cabellos por no haber tenido en cuenta a Minette en su momento. Tarde llegó a la corte inglesa el enviado del duque de Saboya pidiendo su mano, que acababa de ser oficialmente entregada a Monsieur. A ella le daba igual; en medio de tantos homenajes se limitó a declarar que la llegada del embajador no le había quitado el sueño.

Pero la princesa tenía un enamorado fuera de aquellos que hubieran podido aspirar a su mano, y éste era precisamente George Villiers, Segundo Duque de Buckingham, hijo de aquel que tanto había dado que hablar en relación con Ana de Austria.

George Villiers y su hermano Francis

George era el hombre más rico de Inglaterra. Años más tarde Dean Lockier le diría al Papa que cuando entraba en un lugar “era imposible no seguirle con la mirada”. Tenía 32 años, el doble que Minette. En el curso de un baile, el duque se enamoró de ella, y desde ese instante la princesa comenzó a tropezarse con él en todas partes. George burlaba las conveniencias, cometía las peores extravagancias para demostrar una pasión que, según cuentan las crónicas, “se dejaba ver demasiado a todo el mundo”.

Madame de Motteville nos dice que “se enamoró tan apasionadamente de ella que podría decirse que perdió la razón”. Minette le dejaba decir y hacer sin inmutarse. Y, como veremos, el duque no era fácil de desanimar.

Buckingham parecía tener una extraordinaria afición por la familia de Carlos II, puesto que ocho años antes había aspirado a la mano de la hermana de Minette: María, por entonces jovencísima viuda de Guillermo II de Orange. Pero la reina era del parecer de que la sangre real sólo podía contraer matrimonio con sangre real, por lo cual afirmó que antes despedazaría a su hija que permitir que se degradara con semejante unión desigual.

La Princesa de Orange

Mientras tanto Monsieur no hacía más que enviar carta tras carta a la reina madre, reclamando con insistencia el regreso de su prometida, pero cuando todo estaba dispuesto para la partida los planes hubieron de quedar en suspenso debido a que la princesa de Orange contrajo la viruela. Era la misma enfermedad que había acabado con la vida de su hermano, el duque de Gloucester, por lo que la familia estuvo muy preocupada. Siguiendo la costumbre se la sangró en el momento de la erupción, y pronto empeoró la enfermedad gravemente. Puesto que se trataba de un mal tan contagioso, la reina prohibió a Minette que viera a su hermana. Para mayor seguridad la hizo trasladar a toda prisa al palacio de Saint-James.

Desgraciadamente nada pudo hacerse por la pobre enferma, que expiró a finales de diciembre. De noche, a la luz de las antorchas, su cuerpo fue trasladado a la abadía de Westminster, donde fue enterrada junto a su hermano.

La reina ya no piensa en otra cosa que en sacar a Minette de aquella ciudad que se muestra tan perniciosa para la salud de su familia. En medio de la pena dejaba todo en paz, e incluso se había reconciliado con la duquesa de York, perdonando a su hijo Jacobo su matrimonio.

Henrietta Maria

El 2 de enero de 1661, a las 2 de la tarde, la reina y su hija montan en su carroza para dirigirse a Portsmouth. El rey, el duque de Buckingham y buena parte de los cortesanos seguían a la comitiva. Durante todo el camino no dejaron de recibir los honores más entusiastas.

En el momento de embarcar, Buckingham, que no soportaba la idea de despedirse de la princesa, obtiene de su complaciente amigo el rey el permiso para acompañarlas a Francia. De ese modo sube con ellas a bordo del London, el impresionante navío de guerra al mando de Edward Montagu, conde de Sandwich.



Imagino lo que algunos de ustedes se estarán planteando, pero no: el que inventó el sandwich fue su tataranieto. Aunque seguramente sería más justo decir el cocinero de su tataranieto.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Tout-à-fait amoureux


Monsieur

Una vez coronado como rey de Inglaterra, una de las primeras cosas que hace Carlos II es enviarle a su hermana menor una silla de montar cubierta de terciopelo verde con bordes dorados. Entre lágrimas de alegría Henrietta Maria encargó que las monjas cantaran un Te Deum en el convento de Chaillot mientras se encendían hogueras en torno al Palais Royal. Los salones de palacio, antaño desiertos, comenzaban a abarrotarse con cortesanos que se apresuraban a felicitar a la reina. Minette se había convertido en la candidata ideal para esposa de Monsieur.

Philippe deseaba casarse con ella. Algunos autores opinan incluso que se había enamorado de la princesa de Inglaterra, aunque, como dice uno de los biógrafos de Philippe, “Monsieur no era hombre capaz de amar a otra persona que no fuera él mismo”. Muchos años después su segunda esposa nos dejaría esta misma opinión, confiando a la posteridad su sospecha de que nunca había estado enamorado. Sin embargo, es evidente que Minette le gustaba mucho, y que se había encariñado con ella.

Camino de la frontera para conocer a la infanta María Teresa, Luis, muy regocijado por aquel amorío, bromeó con su hermano al respecto:

—¡Venga, animaos! Os casaréis con la princesa de Inglaterra, puesto que ningún otro lo hará. Monsieur de Saboya y monsieur de Florencia han declinado ambos el honor, así que estoy seguro de que como último recurso se casará con vos.

En febrero de 1660 había fallecido su tío, Gastón de Orleáns. Sus vastas posesiones revirtieron a la Corona al no haber tenido un hijo varón, y Luis invistió de inmediato a su propio hermano con los ducados de Orleáns, Valois y Chartres.

Gastón de Orleáns

El título de Orleáns, por cierto no era de buen agüero. Ya circulaba por entonces una especie de proverbio según el cual un Orleáns traicionaba a todos aquellos que le habían elevado. El primer duque de Orleáns había sido Luis, segundo hijo de Carlos V de Francia, que recibió el título de su hermano Carlos VI. Durante la enfermedad mental de su hermano se convirtió en regente de Francia, pero sus relaciones con la reina, Isabel de Baviera, causaron un enorme escándalo. Finalmente en noviembre de 1407 fue asesinado en las calles de París. Y más recientemente todos tenían en mente el ejemplo del propio Gastón, cuatro veces desterrado. Tras cada fracaso de sus sucesivos complots contra la corona, no dudaba en sacrificar a sus socios para salvar el pellejo.

Luis XIV había regresado en compañía de su flamante esposa, pero por esas fechas permanecía en Fontainebleau. El 12 de agosto Monsieur daba un baile en su nuevo palacio de Saint-Cloud, y lo abría bailando con la princesa. Ocho días más tarde Henrietta Maria escribía a su hija la princesa de Orange que todo estaba ultimado, y que Carlos II había dado su consentimiento al matrimonio de su hermana. “Vuestra hermana no se opone en absoluto a esos planes, y en cuanto a Monsieur, está muy enamorado”.

Sólo había una nubecilla que empañaba la dicha de la reina de Inglaterra, y el culpable era su hijo Jacobo, duque de York, quien había contraído matrimonio secreto con Anne Hyde, hija del canciller Clarendon. Anne era dama de honor de la hermana de Jacobo, la princesa de Orange. Fue durante aquel tiempo de exilio en los Países Bajos cuando Jacobo sedujo a la joven, por lo cual Carlos lo obligó a casarse con ella y reparar así la deshonra causada. El matrimonio se celebró finalmente en Londres el 3 de septiembre de 1660, y menos de dos meses después nacía el primer hijo de la pareja.

Anne Hyde

Anne Hyde no era una mujer hermosa; por el contrario, se nos describe como fea, pero el embajador francés apreció pronto en ella un “valor, inteligencia y energía casi dignos de la sangre de un rey”. Pero estas cualidades no eran suficientes para dejar de causar gran disgusto en Henrietta Maria, que deseaba deshacer ese matrimonio.

Madre e hija preparaban su viaje a Londres para reunirse con el resto de la familia cuando una verdadera desgracia más vino a abatirlas: otro de los hijos de Henrietta, Henry, duque de Gloucester, fallecía a consecuencia de la viruela el 22 de septiembre.

A finales del mes siguiente ambas emprenden el viaje. Monsieur aparecía desconsolado, más enamorado que nunca y desesperado por tener que separarse de ella. Sólo se resignaba a duras penas ante la promesa de que la separación sería breve.

martes, 25 de mayo de 2010

El juego de las siete cosas



Mi nueva amiga, Madame Akasha, me propone participar en un juego que consiste en decir 7 cosas que me guste hacer. Madame tiene un blog-novela titulado Un minuto de mi eternidad, y en él nos va narrando una historia con un delicioso ambiente decimonónico lleno de romanticismo. Quien quiera incorporarse a su lectura llega a tiempo, porque aún no van muchos capítulos.
Madame, no me ha sido tan fácil elegir sólo 7, porque tengo inquietudes muy diversas, pero bueno, ahí van las que primero me han venido a la mente.


-Viajar. Aún tengo pendiente esa ruta en el Transiberiano.

-El teatro. Y creo que mi gusto por los bailes de máscaras y los disfraces es en cierto modo una prolongación de mi pasión por el teatro.

-Leer cosas muy diversas.

-Escribir

-Ver cine clásico.

-Frecuentar viejos cafés.

-Pasear por la orilla del mar



Y yo nonimo a quien quiera hacerlo, que espero que sean muchos y así conocer un poco más sobre ustedes.

lunes, 24 de mayo de 2010

Refugiadas en Francia


Desesperación de Henrietta Maria por la muerte de su esposo

La educación de la princesa Minette era supervisada por su madre, y reducida, dadas las circunstancias, a la mayor simplicidad. La niña pasó buena parte de aquellos años en el convento de las Visitadoras de Santa María en Chaillot, que su madre había ayudado a fundar.

La reina de Inglaterra había tomado por amante a Henry Jermyn, uno de los caballeros ingleses que las acompañaba en el exilio. Según Michelet, Henrietta vivía de modo reprobable “con el atractivo inglés con quien algunos dicen que se casó. Él la golpeaba, e incluso le quitaba el poco dinero que tenía. Tal era la moral que la pequeña tenía ante sus ojos”.

Jermyn era muy joven cuando logró ganarse la estima de la reina allá en Inglaterra. De él decían que no tenía conciencia ni escrúpulos. Era un consumado cortesano además de un jugador empedernido y hombre de moral muy disoluta, pero resultaba el más valioso de los servidores. Tomó parte activa en la causa realista, lo que le valió ser elevado a par del reino como barón Jermyn de Edmundsbury en 1643. Al año siguiente acompañaba a Henrietta a Francia, donde actuaba como su secretario. Más tarde la reina persuadió a su hijo de que le concediera el título de conde de St Albans, tan pronto como Carlos recuperó el trono de su padre.

Lord Jermyn

Minette compareció por primera vez ante la corte en 1654, invitada a una fiesta dada por Mazarino con ocasión del matrimonio de su sobrina Ana María Martinozzi con el príncipe de Conti. Meses después tomaba parte en un ballet con el rey, Philippe, y junto a su hermano Jacobo, el duque de York. En junio la encontramos asistiendo en Rheims a la coronación de Luis XIV.

La insignificante princesa, huésped que vivía junto a su madre de la caridad de Francia, era tenida en menos que nada. Minette sufrió numerosos desaires durante aquellos años de la infancia. Vimos en su momento cómo había sido postergada por el propio rey durante el transcurso de un baile, cuando Luis, rompiendo toda norma de protocolo, decidió abrirlo con una de las sobrinas de Mazarino, la duquesa de Mercoeur. Esa noche, al regañarlo su madre en privado por no haberse dirigido a Minette, como correspondía por su rango, él respondió que no le gustaban las niñas. Es verdad que la princesa tenía tan sólo once años, mientras que él, con 17, representaba en realidad 20, pero el desprecio fue para la reina de Inglaterra y para su hija como una tremenda bofetada.

Henrietta Maria

No recibían mayor consideración por parte de otros miembros de la familia, si exceptuamos a Ana de Austria. Mademoiselle de Montpensier, aunque más adelante llegó a ser una buena amiga de Minette, en aquel momento apenas prestaba atención a aquella niña, mucho más joven que ella. Orgullosa como nieta de Enrique IV y como la heredera más rica de Francia, Mademoiselle reclamó incluso tener precedencia sobre la reina de Inglaterra en las ceremonias de la corte. Ana de Austria y Mazarino se negaron a concedérselo, puesto que Henrietta Maria era hija de rey. Philippe, que detestaba al cardenal y que en aquellos momentos mantenía excelentes relaciones con su prima Anne-Marie, había apoyado su petición.

—Tiene toda la razón a insistir en sus reclamaciones —había afirmado él—. Estaría bueno que tuviéramos que permitir que nos preceda gente que come gracias a nosotros.

Estas palabras revelan un rasgo mezquino de su carácter, por lo que causaron viva indignación en Ana de Austria. La reina reprendió a su hijo con severidad. Lo cierto era que Philippe no parecía haberse encariñado aún con aquella niña.

La situación de toda la familia era desesperada. El propio Carlos II llevaba una vida precaria en Holanda y Flandes, subsistiendo en buena medida gracias a su hermana la princesa de Orange. Se veía reducido a tal extremo que tuvo que despedir a sus servidores y empeñar su plata. Le faltaba hasta ropa con la que ir dignamente vestido.

María y Guillermo de Orange

En estas condiciones parecía imposible planear un brillante futuro para Minette, y los locos sueños de Henrietta, que tanto había anhelado verla casada con el rey de Francia, no pudieron verse cumplidos. Luis viajó finalmente al encuentro de la infanta María Teresa y Minette permaneció en París al lado de su madre.

Madame de Brégis nos ha dejado un retrato de la princesa a la edad de 15 años: tenía el cabello de un brillante color castaño, tez muy blanca, ojos azules, labios muy rojos, hermoso cuello y manos y brazos muy bien formados. “Baila con gracia incomparable, canta como un ángel y la espineta nunca suena tan bien como cuando la tocan sus lindas manos”. Sin embargo, durante su niñez poco o nada había llamado la atención. Uno de sus biógrafos dice lo siguiente: “Durante su infancia no fue bonita, su delgadez era extrema, nada en ella parecía hecho para atraer las miradas. Solamente los años y el deseo de agradar le fueron dando poco a poco aquello de lo que carecía en un principio en cuanto a belleza, y al mismo tiempo esta gracia irresistible, cuya seducción habría de ser tan poderosa sobre todos aquellos que se le aproximaban”.

De repente todo cambió. Los sueños comenzaron un día a convertirse en realidad. En mayo de 1660 Carlos II desembarcaba en Dover, camino de Londres. Minette se convertía en la hermana de un monarca reinante.

sábado, 22 de mayo de 2010

La Princesa de Inglaterra


Henrietta-Anne, "Minette"

Una vez casado el rey, había llegado el momento de retomar el asunto del matrimonio de Philippe. Estaba claro que la más adecuada entre las damas de la corte era la princesa Henrietta-Anne, o Minette, como la llamaba cariñosamente su familia. Al igual que Monsieur, también ella era nieta de Enrique IV, e hija del ejecutado Carlos I de Inglaterra. La madre de Minette, la reina Henrietta-Maria, hubiera preferido casarla con Luis, naturalmente. Hizo todo lo posible por convertirla en reina de Francia, y si la Restauración hubiera tenido lugar un año antes tal vez lo hubiera conseguido, pero finalmente no pudo ser, y ahora se conformaba con verla unida al hermano menor.

La vida de Minette había sido trágica desde el momento de su nacimiento. Sus padres tuvieron que separarse durante el transcurso de la guerra civil que asolaba Inglaterra. Nunca volvieron a verse. La reina se dirigió entonces hacia el sur y el 1 de mayo de 1644 se detuvo en Exeter, aquejada de fiebres reumáticas. Se encontraba tan débil que llegó a dudar de que pudiera alcanzar la ciudad.

El 26 de junio dio a luz a una niña que vino al mundo en las mismas condiciones de debilidad en las que se encontraba su madre. El parto fue tan complicado que nadie esperaba que la madre sobreviviera, pero se equivocaron, y Henrietta pronto se recuperó lo suficiente como para hacer planes de abandonar la ciudad, rodeada por rebeldes que le niegan un salvoconducto para dirigirse a Bath. La reina se daba cuenta de que la animadversión de los rebeldes se dirigía principalmente contra ella, y que si caía en sus manos se convertiría en un rehén muy inconveniente para los intereses de su esposo. Con unas energías que nadie esperaba que pudiera reunir, Henrietta dejó a su bebé en manos de la fiel Anne Villiers, su madrina, y abandonó disfrazada el lugar para dirigirse a Plymouth y embarcarse allí hacia Francia.

La condesa de Morton, a la izquierda, con otra de las damas de la reina Henrietta Maria

Lady Anne Villiers, condesa de Morton, llegó a hacerse célebre por su valentía y su lealtad a la Corona. Era hija de Sir Edward Villiers, hermanastro del duque de Buckingham, y casó con Robert Douglas, Lord Dalkeith, posteriormente conde de Morton. Robert Douglas era, por su madre, descendiente directo de Jacobo II de Escocia. La condesa, por cierto, tenía una sobrina muy hermosa y que daría mucho que hablar en un futuro, aunque por el momento era aún una niña de corta edad. Se llamaba Barbara Villiers.

La reina iba de camino hacia Francia, donde esperaba hallar refugio, cuando le llegó la noticia de que Minette se encontraba muy enferma y tenía convulsiones. Henrietta abandonó así suelo inglés con la angustia añadida de no saber si la menor de sus hijas lograría vivir.

El rey, mientras tanto, conseguía días más tarde abrirse paso hacia Exeter y liberar la ciudad, pero cuando llegó su esposa ya había huido y encontró a la niña sola. Carlos dispone entonces que sea bautizada según los usos de la Iglesia de Inglaterra, con el nombre de Henrietta. Más adelante, cuando su madre se ocupara de que recibiera el bautismo católico, se le añadiría el nombre de Anne.

Carlos I de Inglaterra

La ciudad fue sitiada más tarde, y acabó capitulando en abril de 1646. El Parlamento quería apoderarse de Minette y enviarla con sus hermanos Henry y Elizabeth, prisioneros en el palacio de Saint James. Lady Anne debía entregarla a la custodia de Lady Northumberland.

La dama atravesó por momentos muy difíciles en el cumplimiento de su cometido. Tuvo que afrontar la crianza de la pequeña haciendo uso de sus propios recursos económicos. Se negó a entregarla, y, temiendo que pudieran arrebatársela por la fuerza, urdió un plan para que Minette pudiera reunirse con su madre. A finales de julio se procuró un disfraz de campesina y vistió a la princesa de niño. Así huyó con ella a Dover, desde donde se embarcaron hacia Francia. La niña, en su inocencia, estuvo a punto de revelar su identidad sin saber lo que hacía, al dar a entender a las gentes del lugar que no estaba acostumbrada a llevar esas ropas tan extrañas.

La reina se había reunido ya en Francia con su cuñada Ana de Austria. No se veían desde aquellos días felices de 1625, los tiempos del duque de Buckingham, cuando Henrietta, hermana de Luis XIII, se había casado con el rey de Inglaterra. La alegría se había terminado para ambas, abrumadas por las responsabilidades y por guerras que hacían peligrar sus coronas.

Henrietta, pequeña y menuda, había perdido buena parte de su belleza, pero aún tenía unos hermosos ojos y esa nariz tan bien formada. Además, continuaba siendo tan encantadora con todo el mundo que los franceses la adoraban. En medio de sus lágrimas, esta mujer siempre era capaz de esbozar una sonrisa. Su hija menor iba a heredar toda su gracia, a la que se sumaría el encanto que frecuentemente tenían los Estuardo.

Henrietta-Maria de Francia, reina de Inglaterra

Comenzaron los tiempos duros para madre e hija. El dinero que recibían de Francia era destinado por Henrietta a la causa de su esposo, y a partir de 1648 las condiciones se endurecieron con la revolución de la Fronda, cuando la propia familia real de Francia se veía reducida a padecer necesidades. La reina de Inglaterra pasaba hambre en el Louvre mientras se libraban batallas ante sus ojos en las calles de París.

El cardenal de Retz las visitó en enero de 1649 y nos dejó escritas las siguientes palabras: “La posteridad apenas podrá creer que una reina de Inglaterra y una nieta de Enrique IV carezcan de leña en enero en el Louvre”. Hacía tanto frío que la pequeña Minette tenía que quedarse en cama, pero el cardenal defendió su causa con tanto ardor ante el Parlamento de París que se les concedió un dinero para remediar las necesidades más acuciantes.

En febrero llegó un correo de Inglaterra con la noticia de la ejecución del rey. Tan amargo final fue como un mazazo. Henrietta, tras haber luchado tanto, se mostraba profundamente abatida y rendida ante su triste sino.

***

Aquí estoy de regreso. Acabo de llegar. Denme un poco de tiempo para ir poniéndome al día con ustedes.

jueves, 20 de mayo de 2010

Madame d'Olonne


Madame d'Olonne (a la derecha) con su hermana

Por entonces el favorito de Philippe, el conde de Guiche, “guapo, inteligente y cínico”, permanecía en sus aposentos debido a una herida recibida en Dunkerque. Ana de Austria desaprobaba esta amistad tanto como la admiración de Monsieur por Madame d’Olonne, una mujer que aparece en algún escrito con el nombre de Mesalina.

—Es agradable veros visitar a diario la casa de una mujer que se queja de vos sin cesar, una mujer sin honor ni conciencia. Entre los dos acabarán por convertiros en una bella persona.

Catherine-Henriette d’Angennes, condesa de Olonne, era una joven de unos 25 años, casada con Louis de la Trémouille-Royan desde 1652. Era la mayor de las dos hijas del barón de La Loupe. Su belleza y la de su hermana Madeleine, la mariscala de la Ferté, era famosa en la corte. De hecho Saint-Evremond afirma que su hermosura hubiera desesperado a todos los pintores, pues ninguno habría alcanzado a reflejarla fielmente. El caballero sostenía que si la mayoría de las mujeres resultan bellas por el uso de la cosmética y el arreglo que se hacen, ella lo era al natural y sin ningún artificio. Se describe a Madame d’Olonne como de rasgos delicados, boca pequeña y graciosa, ojos vivaces y tiernos, tez de extremada blancura y poseedora de los cabellos rubios —a veces considerados castaño claro— más hermosos del mundo, mientras que su hermana era la más bella morena de la corte.

El cardenal de Retz también se refiere a ella como una de las mujeres más hermosas de Francia, y sabemos que trató de conquistarla en casa de la madre de Madame de La Fayette, amiga de la condesa. A base de ruegos consiguió una cita, pero sin los resultados que esperaba, “lo que debe de resultar sorprendente para aquellos que no han conocido a mademoiselle de La Loupe y que sólo han oído hablar de madame d’Olonne”, cuenta el propio Retz, aludiendo a la fama de la señora después de casada. En palabras del duque de Saint-Simon, “ninguna mujer, ni siquiera las más famosas por sus historias de amor, se hubieran atrevido a verla o ser vistas con ellas en ninguna parte”.

Madame d'Olonne

Una dama, Madame de Longueville, la había reconocido también como la más hermosa de la corte, y ningún hombre osó discutirlo. Por buscarle alguna imperfección, su estatura un poco baja le restaba elegancia, pero sus brazos, sus manos y toda su persona resultaban exquisitamente moldeados. A los atractivos físicos de Madame d’Olonne, conocida como Doriménide entre las Preciosas, había que añadir que “su conversación tenía tanto encanto que escucharla agradaba tanto como verla”. Sin embargo, entre sus defectos se contaba salirse algunas veces de la verdad, llevada por su viva imaginación, y sus opiniones cambiaban con su humor.

La condesa se lanzó a la Fronda poco después de su matrimonio. Su marido llevaba tiempo intrigando, y había sido arrestado en 1649, cuando intentaba huir disfrazado de lacayo. Louis de la Trémouille fue objeto de muchas burlas, por el modo tan público en el que era agraviado por su esposa, aunque él mismo era un disoluto y un jugador empedernido que recibía en su hogar a los más libertinos de la corte. Madame de Sévigné, en una carta a su hija, dice: “El nombre d’Olonne es sumamente difícil de purificar”.

Catherine, auténtica fuente de inspiración para Bussy-Rabutin, fue objeto de crónicas escandalosas, panfletos y libelos que le atribuyen una larguísima lista de amantes. Entre ellos se contaron el marqués de Beauvron, el duque de Candale, Saint-Evremond y el conde de Guiche. Llegó a afirmarse que ella y su hermana, siendo ya algo más que maduritas, se pelearon por el favor del joven marqués de Fervaques. Madame d’Olonne habría sido la primera en conseguirlo, pero como tenía la costumbre de golpearlo con el atizador, Fervaques la abandonó por su hermana.

Madame de Sévigné

En una carta a su hija, fechada el 20 de febrero de 1671, Madame de Sévigné cuenta que hallándose en casa de monsieur du Mans, sentados todos los invitados a la mesa, Courcelles comentó inocentemente y sin doble intención que tenía dos protuberancias en la cabeza que le impedían ponerse una peluca. El comentario hizo a todos los demás abandonar la mesa antes de terminar de comer la fruta, para no reventar en carcajadas delante de él. Y en esto que justo un poco después aparece d’Olonne. La Rochefoucauld se lo quedó mirando y entonces le dijo a Madame de Sévigné:

—Madame, me temo que no van a caber los dos en esta habitación.

Para provocar mayor hilaridad en la dama, se dio la coincidencia de que, en efecto, Courcelles se marchó.

Hay una anécdota que cuenta que cuando monsieur d’Olonne murió, en 1686, un sacerdote llamado Cornuaille le ofreció sus servicios en artículo mortis, por lo que el pobre moribundo, al oír el nombre exclamó:

—¿Será posible que ni en el momento de la muerte me libre de los cuernos?

Después de todo esto se comprenderá que la reina estuviera horrorizada de que su hijo menor frecuentara a una mujer como Catherine. El caso es que tras la oposición de Ana de Austria y la discusión familiar, Philippe cedió y prometió no volver a verla.


miércoles, 19 de mayo de 2010

El príncipe imprudente


Al día siguiente del enfado entre Mademoiselle de Montpensier y Philippe, como era carnaval, la corte se disfrazaba. Mademoiselle venía con cierto ánimo conciliador, dispuesta a intentar hacer las paces. Cuando llega al Louvre lo encuentra vestido de mujer y con una peluca rubia. Para mayor consternación, Ana de Austria se burló diciendo que ese día Monsieur y ella se parecían.

A pesar del desastroso comienzo, Anne Marie intentó que él le hablara, pero su talante no halló eco en Philippe. Como el grupo era numeroso, el rey propuso dividirse, y entonces Mademoiselle solicitó formar parte del suyo, mientras que Monsieur acompañaba a unas damas de la reina. Así continuó el enfado durante ocho o diez días hasta que fue precisa la intervención de Ana de Austria para que volvieran a hablarse.


Llegó a oídos de Mademoiselle el rumor de que nunca se casaría con Monsieur, porque a la reina madre no le agradaba mucho la idea. Dispuesta a averiguar cuánto podrían contener de verdad esos rumores, Anne Marie acudió a visitar a Mazarino, que se recuperaba de un ataque de gota. Encontró al cardenal contrariado porque Philippe no tenía intención de partir con el ejército, y esperaba que ella le ayudara a convencerlo.

—¿Qué tal os lleváis con Monsieur? —le preguntó Mazarino durante el transcurso de su conversación.

—Tan bien como es posible llevarse con un hombre tan infantil.

—La reina y yo estamos desesperados por el modo en que se divierte. Emplea su tiempo en hacer vestidos con Mademoiselle de Gourdon. No piensa en otra cosa que en vestirse de mujer. Nunca realiza las actividades propias de un hombre de su edad.

Mademoiselle aprovechó que la conversación trataba sobre Philippe para preguntar lo que deseaba saber.

—Me dicen que la reina está enfadada conmigo porque Monsieur pasa mucho tiempo en mi compañía. Si eso es cierto, os ruego que me lo digáis, porque resultaría de lo más sencillo poner fin a nuestra amistad ahora de modo que no parezca que he sido obligada a dejar de verlo.

—No creáis lo que os han dicho. La reina está encantada. Vos no le dais otra cosa que buenos consejos.

—Aún no le he dado ningún consejo, pero si lo hiciera podéis estar seguro de que no será contra los deseos de la reina ni contra los vuestros.


Mademoiselle repitió la conversación a Philippe, y su relación permaneció igual hasta que la corte abandonó París. Entonces pareció producirse un cambio en la opinión de Ana de Austria y se hizo saber que no se deseaba la presencia de Anne Marie.

De nuevo recurrió Mademoiselle a Mazarino para conocer la razón de que de pronto se la apartara de la corte.

—¿Acaso piensa la reina que deseo casarme con Monsieur en secreto?

Pero no recibió ninguna respuesta directa del cardenal.

Poco después de eso fue cuando Luis regresó de su campaña militar tan enfermo que se temió por su vida. “Mientras el rey permanecía con el ejército, Monsieur, en lugar de estar a su lado, se quedó con la reina como si fuera un niño, aunque ya tenía 17 años. Paseaba con sus damas e iba hasta el mar, donde le gustaba mojarse y salpicar a los demás”.

Mademoiselle expresa su preocupación ante la posibilidad que se planteó entonces de que Luis falleciera y Philippe le sucediera en el trono. En la corte todo el mundo andaba de cabeza: mientras unos intrigaban, otros rezaban para que no se produjera la catástrofe de ver a Monsieur sentado en el trono. “Me gustaba mucho, pero era demasiado infantil para gobernar, o incluso para distinguir qué era lo correcto. Tenía mucha inteligencia, pero le faltaba madurez. Carecía de prudencia y de experiencia. Sus costumbres y sus amigos no sólo eran perjudiciales para él, sino también para el Estado. Esto me hizo redoblar mi preocupación por la vida del rey”. También nos cuenta que había llegado a tener la convicción de que Monsieur nunca se casaría con ella.


Las cábalas se sucedían durante la enfermedad del rey, y Philippe se convirtió en el centro del nuevo partido, utilizado por intrigantes como Ana de Gonzaga. Fue por entonces cuando Mademoiselle tomó la decisión de abandonar cualquier proyecto con respecto al príncipe: Monsieur no podría hacerla feliz; no tenía carácter, ni moral, ni ninguna cualidad capaz de hacer que lo tomara por esposo.

lunes, 17 de mayo de 2010

Monsieur y Mademoiselle de Montpensier

Philippe d'Orléans, Monsieur

"Yo he vivido tres o cuatro vidas diferentes: hombre y mujer y siempre en los extremos".

(Abate de Choisy)


Luis XIV pensó primero en casar a Philippe con su prima, Mademoiselle de Montpensier. El hecho de ser inmensamente rica como única heredera de su madre, y una princesa de sangre real al ser hija de Gastón, la convertía en una candidata ideal a pesar de ser 13 años mayor que el novio. Para entonces ella ya había rechazado a Carlos de Inglaterra, y, aunque hubiera preferido a Luis, tampoco consideraba a Philippe tan mal arreglo. “Un príncipe joven, apuesto, bien formado y hermano del rey, me parecía un buen partido”, escribió ella misma con toda honestidad.

En esa época Luis y su hermano se encontraban con el ejército asediando Montmédy. Tras capitular la plaza el rey galopó hasta Sedan. Llegó empapado y cubierto de barro, para desconcierto de su madre, muy mortificada porque no pasó a cambiarse antes de entrar a saludarlas a Mademoiselle y a ella. Pero Anne Marie, por cierto, nos cuenta que lo encontró muy atractivo de ese modo. Como no hacía mucho que había disparado contra él el cañón de la Bastilla, consideramos su criterio como bastante objetivo y no cegado precisamente por la pasión.

Toma de Montmédy, 6 de agosto de 1657

Precisamente aquel incidente durante la Fronda hacía la entrevista un tanto incómoda, y la reina se encontraba tensa. Para suavizar la situación, bromeó diciendo que Anne Marie había sido algo traviesa en el pasado, pero que prometía ser más sensata en un futuro. Luis se echó a reír con buen humor. No venía a hacer reproches, sino a ver si empezaba a preparar el terreno para acabar casándola con Philippe. La reina le preguntó entonces por él.

—Viene en mi carruaje —respondió Luis—. No quiso venir a caballo por no aparecer tan desaliñado. Lo encontraréis vestido con sus mejores galas.

Por la tarde, en efecto, apareció Philippe vestido con un traje gris con muchos lazos de colores y pretendiendo alegrarse enormemente de ver a su prima. Le seguía Mazarino, que hizo las paces con la damisela que tantos problemas le había causado durante la Fronda. Entonces toda la familia se sentó a cenar con música de violines, y después improvisaron un baile.

Monsieur con traje de ceremonia

Durante los días siguientes Philippe estuvo muy atento con Mademoiselle, y para causarle buena impresión llevaba un traje nuevo cada día. La conducía a sus aposentos para enseñarle su colección de piedras preciosas, lo cual pareció muy indecoroso y escandalizó al anticuado conde de Béthune, a pesar de que Anne Marie iba acompañada de tres de sus damas.

Después de unos cuantos días Mademoiselle se marchó. Philippe tuvo la deferencia de levantarse entre las siete y las ocho para despedirla, cosa inusual en él, que no solía estar en pie antes de las 11.

A finales de ese año Anne Marie regresó a París, donde se había establecido la corte. Residía en el palacio de Luxemburgo, y un fuerte resfriado le impidió presentarse en el Louvre. Monsieur se presentó de inmediato a verla y le explicó qué ansiosamente había aguardado su llegada.

Durante esa época Mademoiselle acompañaba a Ana de Austria a eventos de carácter religioso, pero también a comedias en el Hôtel de Bourgogne y a bailes de máscaras en las mansiones de la nobleza. Por carnaval, cuando todo París se echaba disfrazado a la calle, Philippe escoltaba a su prima entre la bulliciosa multitud. En esas ocasiones el rey paseaba disfrazado, y Monsieur daba rienda suelta a su gusto por vestirse de mujer.


Anne Marie y su pretendiente pasaban tanto tiempo juntos que era inevitable que acabaran peleándose. El asunto surgió durante un baile de máscaras dado por la reina madre, y en el que estuvieron presentes Cristina de Suecia, la reina de Inglaterra y su hija Minette.

El objeto de la disputa fue mademoiselle de Gourdon, una dama de honor de Ana de Austria. La joven se las había arreglado para atraerse a Monsieur, y ejercía una notable influencia sobre él, una perniciosa amistad que duraría toda la vida.

Aunque su apellido se había afrancesado, era de origen escocés, y su verdadero nombre era Henrietta Gordon-Huntley, hija de Lewis, tercer marqués de Huntley, que se había arruinado por defender la causa de Carlos I de Inglaterra. La familia se encontraba refugiada en Francia, donde se habían educado los hijos del marqués. El hermano de Henrietta sucedió a su padre en 1653, cuando contaba 10 años, y sirvió en el ejército a las órdenes de Turenne. Ella iba a entrar en un convento, pero Ana de Austria se compadeció de su situación y la situó junto a la princesa de Condé, pasando más tarde a darle un puesto entre sus propias damas.


Henrietta no era hermosa, puesto que la viruela había marcado su rostro, pero Monsieur parecía completamente fascinado por ella. Cuando más tarde se casara Philippe, ella se convertiría en dama de honor de su esposa.

Mademoiselle de Montpensier y Mademoiselle de Gourdon sentían una mutua antipatía que seguramente tenía su origen en los celos. Durante el transcurso de ese baile se desencadenó el conflicto cuando en un determinado momento Anne Marie, como ella misma nos cuenta, se despachó a gusto contra la que consideraba su rival:

—Vuestra Gourdon es una tonta —le dijo a Philippe.

Él se ofendió vivamente y respondió con acritud, comenzando así un intercambio de agrias palabras del que todo el mundo se percató. Durante la cena Monsieur no dejó de poner mala cara, aún enojado.

sábado, 15 de mayo de 2010

Le Petit Monsieur


Le Petit Monsieur

Ana de Austria se divertía disfrazando a su hijo menor con ropas de mujer, lo que no causaba disgusto en Philippe. En el Palais Royal las mujeres decían que “la Natureleza había cometido un error al darle el sexo equivocado”. El abate de Choisy nos cuenta lo siguiente:

“Me vestían de niña siempre que le petit Monsieur venía a nuestros aposentos, lo que ocurría dos o tres veces por semana. Me perforaban las orejas, me ponían diamantes, lindos lunares en mi rostro y todos los demás complementos femeninos del vestido a los que uno se acostumbra tan fácilmente y de los que luego tanto cuesta liberarse. A Monsieur le encantaban todas esas cosas, y me mostraba mucha amistad. Tan pronto como llegaba, en compañía de las sobrinas del cardenal Mazarino y de algunas damas de la reina, lo ponían ante el tocador y lo vestían. Llevaba un corsé para marcar su cintura (este corsé iba bordado), y le quitaban la chaqueta para que pudiera ponerse mantos y sayas. Se decía que todo eso se hacía por orden del cardenal, que deseaba convertirlo en un afeminado, para que no causara al rey tantos problemas como Gastón había causado a Luis XIII. Cuando Monsieur estaba vestido y enjoyado jugábamos a las cartas, y a las 7 nos traían refrescos”.

Madame de Motteville dice en sus memorias que era una lástima que Philippe no se hubiera deshecho de esos vanos pasatiempos al hacerse mayor. De adulto le gustaba ayudar a vestir a las damas, y se convirtió en un experto peluquero. Mostraba un gusto exquisito en todas estas cuestiones, así como en la decoración.

Ana de Austria con sus hijos

La infancia de Philippe coincidió con los tiempos de la Fronda, cuando arreciaban las injurias contra Mazarino, por lo que incluso se lo responsabilizaba del asunto. En su momento ya repasamos ese tema, comentando que la ambición no está relacionada con la orientación sexual, y que los favoritos pueden llegar a ser tan voraces o más que las favoritas: ejemplos como el de Eduardo II ya estaban ahí desde hacía tiempo. Poco hubiera arreglado nadie al respecto vistiendo a Philippe de niña, pero es que además no puede pasarse por alto que el cardenal se ocupó de intentar que Monsieur aprendiera a ponerse al frente de un ejército, cosa que hacía muy bien y con valentía, y que incluso le gustaba, a pesar de que durante los primeros años de su adolescencia tampoco para eso mostró buena disposición.

El problema es que no fue sometido a la disciplina de su hermano. Luis, como rey, debía aprender a comportarse en todo momento, a ser consciente de su dignidad y a afrontar sus responsabilidades, pero no era ése el caso de Philippe. El menor fue el juguete de la corte; su madre, con ese lado frívolo que a veces la dominaba, lo vestía como una muñeca mientras lo llamaba ma petite fille (mi hijita) y prolongaba su infancia, y con ello su inmadurez, sin pensar en las consecuencias. A Philippe se le consentían los caprichos y fue malcriado, de forma tal que cuando al superar la niñez se intentó meterlo en vereda, ya era demasiado tarde.

Su comportamiento desordenado y sus desmanes comenzaron entonces a causar preocupación a la reina. En junio de 1657, teniendo Philippe 16 años, se habla de una fuerte discusión en la corte entre Ana de Austria y su hijo menor tras haber recibido la reina las quejas de algunas de sus damas, a las que Monsieur había faltado al respeto al cruzarse con ellas en un corredor. La reina amenazó con hacerle azotar, e incluso llegó a ordenarlo, pero nadie se atrevió a cumplir esa orden.

—Han hecho bien en no aceptar el encargo — dijo Philippe—. Yo ya no estoy en edad de recibir azotes, y quien ose hacer algo semejante puede estar seguro de que encontrará mi acero atravesando su cuerpo.

Philippe

Monsieur detestaba los deportes, no cazaba y no montaba a caballo si no era en tiempos de guerra, porque decía que el aire y el sol estropeaban su cutis. Tampoco le interesaba la música, si bien adoraba el sonido de las campanas: “le agradaba tanto el sonido de las campanas que solía acudir a París por la festividad de Todos los Santos para escuchar las campanas en la Noche de Difuntos”. En fin, prácticamente el único gusto en común con su hermano era el interés por la arquitectura.

El carácter del menor contrastaba enormemente con el más fuerte del rey. Desde un principio resultó patente que, también al contrario que Luis, Monsieur no practicaba la galantería con las damas. “El milagro de inflamar el corazón de este príncipe no estaba reservado a ninguna mujer”, diría Madame de La Fayette. Pero estaba preparado para contraer matrimonio cuando le encontraran una esposa adecuada. Sabía cuál era su deber, y no se opondría.

Se pensó entonces en casarlo con Mademoiselle de Montpensier.

jueves, 13 de mayo de 2010

Felipe de Orleáns


 Luis XIV y su hermano con Madame de Lansac, el aya

Aunque pueda resultar un poco desconcertante, Philippe saltaba de contento con los proyectos matrimoniales que se preparaban para él. Ya que tenían que casarlo con una mujer, prefería que fuera con su encantadora prima, por la que sentía un gran cariño desde niño. Luis se divirtió lo suyo con el entusiasmo de su hermano, una euforia que no compartía en absoluto: en su opinión Minette estaba demasiado flaca y no era más que una criatura, por lo que le dijo a Philippe:

—¿De veras queréis casaros con los huesos de los Santos Inocentes?

Sí, Monsieur quería. Estaba muy deseoso.

Hasta ahora habíamos contado muy pocas cosas sobre Philippe, apenas unas cuantas sobre su infancia, cuando su prima Mademoiselle de Montpensier lo llamaba “el niño más hermoso del mundo”. Tiempo es ya de que vaya adquiriendo un mayor protagonismo en esta historia.

Philippe era un niño bajito, y su tez, al contrario que la de su hermano, era morena. Tenía unos grandes ojos negros llenos de vida y que reflejaban dulzura, y el cabello oscuro y rizado. “Si con los años no pierde belleza, podrá rivalizar con las mujeres más hermosas”, decía Madame de Motteville.

No fue tan hermoso al hacerse adulto, sin embargo. El rostro se alargó al perder las redondeces de la infancia, y la nariz creció bastante. La boca se quedó un poco demasiado pequeña, con dientes irregulares.


La educación de Monsieur fue aún más deficiente que la de su hermano. El abate de Choisy escribe que la reina se preocupaba tan poco por la instrucción de sus hijos que descuidó por completo al menor. En febrero de 1647, contando por tanto 6 años de edad, Philippe no pudo firmar el acta matrimonial del marqués de Coeuvres, porque aún era incapaz de garabatear su propio nombre.

No era ningún tonto, “tuvo ingenio tan pronto como comenzó a hablar”, nos confirma Madame de Motteville. De hecho, lo poco que le enseñaban lo aprendía con mayor rapidez que Luis, que no fue precisamente un ejemplo de precocidad. Pero tal vez fuera por ese descuido durante los primeros años por lo que más adelante la caligrafía de Monsieur fue tan desastrosa que tenía dificultades para entender su propia letra.

Con su hermano mantenía buenas relaciones. Ambos se querían, aunque alguna vez los niños se pelearon y fue preciso separarlos. Phlippe se enojaba más vivamente que Luis, pero luego era más fácil de apaciguar. La última pelea la habían tenido no hacía mucho, contando ya Philippe 18 años. Fue en el Louvre, sentados a la mesa. Monsieur no respetaba la prohibición de comer carne en días de ayuno, y estaba comiendo carne hervida. Por provocar a su hermano le ofreció una ración, y Luis, irritado por la broma, lo apartó de un manotazo. A Philippe le sentó mal el gesto y respondió dándole en las narices con el cucharón de servir.

Mal asunto. Los presentes contuvieron el aliento, porque es que Luis no era simplemente su hermano, sino que también era el soberano, y no estaba permitido olvidarlo nunca. El rey se incorporó y lo fulminó con la mirada:

—Niño, si no fuera por el respeto que le debo a la reina vuestra madre, ahora mismo os enseñaría el respeto que vos me debéis a mí.

Y a continuación lo envió a sus aposentos, pero no duró mucho el enfado: a la mañana siguiente Philippe se disculpó y ambos se reconciliaron.

Philippe arrodillado junto a su madre y su hermano, que recibe la corona de manos de la Virgen

Desde la más tierna edad Philippe, que entonces llevaba el título de duque de Anjou puesto que aún vivía su tío el duque de Orleáns, participaba junto a su hermano en ceremonias públicas. Samuel Pepys cuenta que una noche, durante el transcurso de una cena, escuchó una historia sobre cómo en una audiencia pública Norwich comenzó a hacerle muecas y caras extrañas hasta que el niño, de apenas 4 años, comenzó a llorar.

Era generoso, cariñoso, muy afectuoso. Al igual que su hermano, Monsieur estaba muy unido a su madre. Durante aquellos años de la niñez a ambos les gustaba pasar el mayor tiempo posible en su compañía, siempre que la etiqueta lo permitiera. El valet La Porte escribió en una ocasión cómo el rey manifestaba siempre un gran amor por Ana de Austria, “mucho mayor del que los niños de su condición acostumbran tener a sus madres”, y este amor era compartido por Philippe.

En 1647, después de un ataque de disentería, Monsieur pasaba su convalecencia en una habitación llena de gente. Esto le incomodaba, por lo que pidió a la reina que los despidiera y se quedara a solas con él. Ana de Austria le respondió que eso era imposible, porque aquellas personas estaban cualificadas, por su rango, para permanecer allí.

—Pero por Dios, Madame —exclamó el niño—, ¿por qué permitís que se burlen así de vos? ¿Acaso no sois el ama? ¿De qué os sirve la corona si no se cumple vuestra voluntad? A mí me alejáis rápidamente cuando así os place, y eso que soy vuestro hijo. ¿Por qué no iba a estar bien tratarlos a ellos del mismo modo?

El niño encantador pronto fue evolucionando hacia un adulto ocioso, que ostentaba un alto rango en la corte, pero no tenía ninguna ocupación. Además era orgulloso, presumido y testarudo. Pero así como el rey era reservado, Philippe se mostraba extrovertido y muy simpático. Esto daba al menor un cierto grado de popularidad entre el pueblo, y podía resultar peligroso.

El próximo día continuaremos con Monsieur.

martes, 11 de mayo de 2010

Restauración


Ricardo Cromwell

También en Inglaterra se habían producido grandes cambios. En septiembre de 1658 había muerto Oliver Cromwell. Sus funerales se celebraron con una pompa sin igual hasta entonces en Inglaterra, y era su hijo Ricardo quien le sucedía en el poder, con la misma naturalidad que si se hubiera tratado de un príncipe de Gales.

Ricardo era un joven de carácter dulce y apacible; no poseía ni el brazo de hierro de su padre ni el prestigio de sus victorias militares. El ejército había llegado a ser muy poderoso, y los generales planteaban exigencias insaciables. Ricardo no tenía fuerzas para luchar contra una conspiración militar permanente.

Carlos II, que en el momento de la muerte de Cromwell se encontraba en Bruselas, supo que finalmente el nuevo gobernante había renunciado en abril de 1659. Aprovechando la confusión causada por este estado de cosas, los realistas habían hecho un nuevo intento de restauración, pero la empresa fracasó. Inglaterra se sumió en una completa anarquía.

Carlos II

Era la época de la negociación en los Pirineos entre Mazarino y don Luis de Haro, negociaciones que concluyeron en un acuerdo de paz entre Francia y España y en el matrimonio de Luis XIV con María Teresa. Carlos había buscado su lugar entre aquellas combinaciones diplomáticas y, como ya habíamos mencionado, solicitó la mano de Hortensia para atraerse al poderoso cardenal; pero Mazarino, poco convencido de que su empeño por conquistar la corona llegaría a buen puerto, rechazó su propuesta. Carlos regresó a Bruselas sintiendo que toda Europa le abandonaba a su suerte.

Tras la renuncia de Ricardo Cromwell el ejército nombró un gobierno provisional, pero la población, exasperada, se negó a pagar sus impuestos. Los generales estaban divididos: muchos eran partidarios de un Parlamento libre, mientras que otros buscaban, con el apoyo de sus tropas, mantener el poder militar.

En medio de esta confusión, Monck, general en jefe del ejército inglés en Escocia, después de haber reunido sus tropas marchó sobre Inglaterra. La gente lo aclamaba, viendo en él a un libertador. Después de desembarazarse de los demás jefes militares, el 3 de febrero de 1660 hizo su entrada en Londres al frente de su ejército y se pronunció por un Parlamento libre.

General Monck

¿Cuáles eran sus planes? Se había guardado de dejarlos traslucir; ni siquiera se los comunicó a sus amigos más íntimos, y mucho menos a Carlos II, con el que no mantenía ninguna correspondencia. Carlos, por cierto, la mantenía con su hermana Minette por esas fechas, y eran unas cartas llenas de ternura que revelan la gran debilidad que sentía por la menor de sus hermanas, que contaba entonces 15 años.

Mientras Monck mantenía vigorosamente el orden en Londres, se celebraron las elecciones al nuevo Parlamento y vencieron los realistas. El general hizo llamar entonces al monarca exiliado.

En presencia de ambas cámaras el rey fue proclamado con gran pompa en mayo de 1660, justo cuando cumplía 30 años.

Llegada de Carlos II a Rotterdam el 24 de mayo de 1660

Siguiendo el consejo de Monck, Carlos había abandonado Bruselas para dirigirse a Breda, al lado de su hermana la princesa de Orange. Allí redactó la famosa declaración llamada de Breda, especie de contrato que, entre otras promesas hechas al pueblo inglés, les garantizaba la libertad religiosa. Desde allí, el 29 de abril, había escrito una carta a Minette.

“…Os aseguro que os quiero tanto como es posible querer, y que ni la ausencia ni ninguna otra cosa podrá jamás disminuir ni en lo más mínimo esta amistad que os he prometido… Si supierais cuántas veces hablamos de vos y os echamos en falta, diríais que tenemos gran necesidad de veros, y hacedme la justicia de creer que soy todo vuestro”.

Así pues, el primo Carlos había llegado al trono tras aquel paréntesis que fue la dictadura de Cromwell. Por fortuna para Luis, Inglaterra necesitaba desesperadamente el dinero que pudiera aportarle Francia, por lo que cualquier pasado desprecio fue olvidado y se trataba ahora de que las relaciones entre ambos países fueran inmejorables.

Para ello se consideró adecuado que la princesa Minette fuera prometida a Philippe. 

domingo, 9 de mayo de 2010

La mala estrella de María Mancini


María no derramó lágrimas por su tío. No lo amaba, y además le guardaba resentimiento por haber encontrado en él tan poco apoyo y tantos obstáculos a su felicidad. Pensaba que si el rey estaba ahora casado con España era gracias a Mazarino y no a otro.

Luis no la había olvidado. Había transcurrido año y medio desde que recibió aquella carta en la que María ponía fin a su relación, y, sin embargo, aún la amaba y esperaba poder retenerla. Durante esas fechas cedió una tarde a la tentación de acudir al palacio de Mazarino y encontrarse con María. Hubo una larga entrevista entre ambos, y el fuego de la pasión volvió a prender. María le confesó sus sufrimientos desde que él había regresado a París, y la pena que le causaba que el sacrificio que ella había hecho fuera retribuido por él manifestándole tanta frialdad y desdén en lugar de estima y gratitud. Le habló del tormento que había supuesto para ella el día de la entrada triunfal de María Teresa en París, y le dijo, en suma, todo aquello que llevaba tantos meses callando.

El resultado fue el que cabía esperar: Luis se dio cuenta de que ella no amaba en realidad al príncipe de Lorena, y de que los sentimientos de María, al igual que los suyos, no habían cambiado. Arrojándose a sus pies, le ofrece romper su compromiso con el condestable, asumiendo él toda la responsabilidad por ese acto, pero María, aunque tentada, se muestra inflexible. ¿Qué papel podría ofrecerle él ahora? ¿Reservaba el papel de amante para quien un día había querido convertir en reina de Francia? No, el sueño se había roto y ya no podía repararse. Después de tantas ilusiones como habían compartido, ella no quería ahora pasar en su compañía horas clandestinas para luego ver cómo él se retiraba siempre a los aposentos de su esposa. Conocía ya el dolor que le causaba ver a María Teresa a su lado, y no tenía intención de aumentarlo.

Abanico con la imagen de Luis XIV durante el paso del Rhin

Luis, sin embargo, se resistía a abandonar toda esperanza. Retomó su antigua costumbre de visitarla cada noche, tenía con ella las atenciones más delicadas y luchaba por todos los medios en su poder para lograr que se quedara en Francia.

El príncipe Carlos de Lorena, por su parte, aprovechando que el condestable aún no había firmado el contrato matrimonial, que había sido enviado a Roma para su aprobación, también hacía lo posible por romper esa unión y no renunciaba a su propia candidatura a la mano de María. Carlos no perdía oportunidad de testimoniarle su devoción.

“El joven príncipe Carlos de Lorena amaba a mi hermana apasionadamente, la presionaba para que se casara con él y continuaba esta persecución incluso después de la muerte del cardenal. La reina madre, que no deseaba de ninguna manera que ella se quedara en Francia, encargó a Madame de Venel que acabara con la intriga a toda costa… Y aunque el rey tuvo la gentileza de ofrecerle a María que eligiera otro marido en Francia si monsieur de Lorena no le agradaba, y se mostraba sumamente contrariado con su decisión de abandonar Francia, su mala estrella la arrastró a Italia.”

Pero eso es otra historia. Por el momento vamos a interrumpir este tema, porque también en Inglaterra se habían producido grandes cambios, y además tenemos que casar a Philippe.