viernes, 30 de abril de 2010

Entrada solemne en París


El Rey en París

Era el 26 de agosto de 1660. Una multitud llegada desde todos los puntos del reino y calculada en un millón de personas se daba cita en París para presenciar la entrada solemne de la reina María Teresa. Las fiestas organizadas para esta ocasión superaron en fasto y en magnificencia todo lo realizado hasta entonces.

Hacía un año que María Mancini había roto su relación con Luis, y en el transcurso de ese tiempo no se habían visto hasta ahora que él regresaba ya casado a Fontainebleau. Pero ni el tiempo ni la distancia parecían haber sido capaces de conseguir que él terminara de asumirlo. En cuanto a ella, ni siquiera había comenzado.

Faltaban dos días para el cumpleaños de María, y Luis seguramente no podía dejar de pensar en lo felices que hubieran podido ser para él esas celebraciones de haber sido ella la mujer con la que hacía su entrada en París. También María Teresa cumpliría años poco después, 22 igual que él. Él cumplía el 5 de septiembre y ella el 10, de modo que los festejos por el recibimiento se prolongarían para festejar esas fechas.

Por la mañana la reina había salido de Vincennes y se instaló con el rey en un extremo del Faubourg Saint-Antoine, sobre un estrado cubierto de ricos tapices en el que se había alzado un trono, al objeto de que ambos pudieran recibir el homenaje del pueblo. Por la tarde, precedida de varios millares de pajes, mosqueteros, caballeros y heraldos, entró realmente en París y se adelantó por el Faubourg Saint-Antoine. Su carroza, que parecía salida de un cuento de hadas, maravilló a los presentes por el modo en que reflejaba los rayos del sol y por los 6 hermosos caballos daneses color gris perla tan ricamente enjaezados. El rey iba algunos pasos por delante, montado en un soberbio caballo español.

El canciller Séguier

María Mancini hubo de acompañar a su tío, demasiado enfermo para tomar parte en la entrada triunfal. Fue Colbert el encargado del séquito del cardenal, compuesto por 72 mulas, 24 pajes y 12 carruajes, todo lo cual, unido al personal de su Casa, resultaba tan magnífico que tardaba una hora en completar el desfile. Mientras tanto él acudía con sus sobrinas a casa de Madame de Beauvais, invitadas a contemplar desde allí el espectáculo. El cardenal, encadenado a una silla por un ataque de gota, se contentó con ser espectador satisfecho.

El cortejo llegó ante el palacio de Beauvais. Desfilaron los mosqueteros, que se distinguían por sus plumas de colores diferentes: las de la primera brigada eran blancas, la segunda las llevaba amarillas, negras y blancas; la tercera azules y blancas y la cuarta verdes y blancas. Pasó el marqués de Vardes al frente de la guardia suiza, impresionante con su uniforme verde y oro; y también el hombre más guapo de la corte: el joven conde de Guiche, hijo del duque de Gramont, que cabalgaba en solitario, rodeado de servidores vistiendo ricas libreas y ataviado con profusión de encajes y piedras preciosas que centelleaban bajo el sol. Los mariscales de Francia precedían al rey. Luis llevaba un traje de brocado de plata bordado con perlas y adornado con lazos rojos y plateados.

Se vio al rey levantar la cabeza y saludar a las damas que se asomaban a los balcones. En el primer piso estaban Ana de Austria, la reina madre de Inglaterra, la princesa Palatina y una mujer tuerta que observaba al rey sonriendo: la propia Madame de Beauvais, la primera “maestra” de Luis. Encima de ellas, María Mancini contemplaba la fiesta con inocultable aire desolado. Por último, en el piso superior, una joven que no pertenecía a la corte, pero que era muy estimada por su espíritu y belleza, fijaba sobre Luis XIV unos ojos brillantes. Era la futura Madame de Maintenon.

Palacio Beauvais

Luego venían los pajes de la reina María Teresa, y finalmente ella en su carruaje, tirado por los seis caballos daneses cuyas crines y cola llegaban hasta el suelo. Según la Gazette de France “todos ellos de tan rara belleza que ningún pintor hubiera podido esperar hacerles justicia, y sobre los cuales todo lo que se puede decir es que eran obras maestras de la Naturaleza, hechas expresamente para tomar parte en este desfile”. María Teresa llevaba las joyas de la Corona y un vestido en el que el oro, las perlas y las piedras preciosas formaban una brillante combinación.

El momento tuvo que resultar especialmente duro para María Mancini al escuchar las aclamaciones del pueblo hacia la mujer que la había reemplazado al lado de Luis. Pero no podía permitirse demostrar su pena, porque se encontraba en público, y eran muchas las miradas pendientes de ella, muchas de las cuales traicionaban la compasión que en esos instantes les inspiraba.

 Columnas del Trono en la Plaza de las Naciones, antigua Plaza del Trono, lugar en el que se alzó el dispuesto para la ocasión

Apenas regresar a sus aposentos en el palais Mazarin, las fuerzas que María había logrado reunir durante el desfile la abandonaron y sufrió un desmayo. Madame de Venel la reanimó, pero cuando volvió en sí le pidió que la dejara sola.
María Mancini supo ese día que no podría soportarlo. A la mañana siguiente se presentó a ver a su tío para comunicarle que aceptaba el matrimonio italiano. 

miércoles, 28 de abril de 2010

Reencuentro en Fontainebleau


Fontainebleau

El 22 de julio Luis se encontró finalmente con María Mancini en Fontainebleau.

“Sentí que al estar en presencia del rey estaba a punto de reabrir una herida que aún no se había cerrado por completo, y que la ausencia hubiera sido un medio mejor para curarme”.

María y sus hermanas comparecieron ante Luis y ante Ana de Austria. Afortunadamente para la joven, María Teresa no se encontraba presente durante esa recepción, porque su presentación oficial debía ser después de hacer su entrada en París.

Acudió temblorosa a hacer una reverencia a la reina madre, casi sin atreverse a levantar la vista del suelo; pero al hallarse ante Luis no pudo evitar alzar la mirada. Encontró sus ojos fijos en ella con una mirada tan gélida que le heló la sangre.

La frialdad que creyó percibir en él la trastornó tanto que apenas fue capaz de hacer las tres reverencias de rigor antes de retirarse —la primera debía hacerse inmediatamente después de saludar a la reina, la segunda en mitad de la habitación y la última a la puerta, las tres caminando hacia atrás.

Fontainebleau

Pero Ana de Austria no iba a dejarla escapar tan fácilmente. Justo cuando alcanzaba la puerta la llamó y la felicitó por su próximo matrimonio. María trató de evadirse diciendo vagamente que aún no conocía los planes de su tío con respecto a su futuro. La reina hubiera seguido poniendo el dedo en la llaga, pero Mazarino, que estaba presente, distrajo la atención al comenzar a bromear con Mariana, la menor de sus sobrinas, y así se cambió de tema. Al fin María pudo retirarse y entregarse a su pena, que en vano trataba Hortensia de calmar.

No podía entenderlo. Sabía por su hermano lo ocurrido en Brouage, síntoma inequívoco de que Luis aún la amaba. No acertaba a explicarse por qué, entonces, la recibía ahora con aquella mirada glacial. “No había contado con la frialdad y la indiferencia con las que me trató Su Majestad. Confieso que recibí una sorpresa y un disgusto mortales.” No sabía que no era Luis sino el rey quien la había mirado, el mismo que cuando apenas era un niño fue capaz de sonreírle a un cardenal segundos antes de ordenar su arresto.

María se vio obligada a permanecer algún tiempo en Fontainebleau, esforzándose por ocultar la desazón que sentía bajo una apariencia sonriente. Un día le preguntó a su tío si conocía la razón por la que el rey la trataba de ese modo. El cardenal le respondió que Luis fingía para engañar a su esposa y al público en general, pero que sus sentimientos hacia ella no habían cambiado. Añadió que todas las miradas estaban puestas en ella y en el rey, y que cada palabra que ambos intercambiaran llegaría a oídos de María Teresa, por lo cual le rogó que le hiciera solemne promesa de que no intentaría pedirle explicaciones a Luis.

No era nada fácil su posición, en parte por culpa de su hermana Olimpia, que disfrutaba mortificándola cuando el rey andaba cerca.

—Parece que el tiempo transcurre lentamente para vos cuando os encontráis lejos de París. No me sorprende, puesto que habéis dejado allí a vuestro galán.

A María no le cabía duda de que con esas palabras la condesa intentaba envenenar los pensamientos del rey.

—Es posible, señora —se limitó a responder.


Fontainebleau

La respuesta fue suficiente para molestar vivamente a Luis, quien, no obstante, tampoco podía hacerlo patente. Pero había algo que sí podía hacer para vengarse: comenzó a enumerar en su presencia las muchas perfecciones de su esposa.

Fue demasiado para María.

“Es un defecto propio de nuestro sexo que seamos incapaces de soportar el oír elogios sobre otras, aunque los merezcan. Pero si es aquel a quien amamos quien alaba a la persona que nos roba su afecto, nada resulta más doloroso, no hay nada más cruel. El rey a menudo me hacía experimentar eso… Y las órdenes que mi tío me había dado de no pedirle nunca una explicación sobre ese asunto me impedía reprochárselo sin ser oída. Sin embargo, las emociones de mi corazón me sobrepasaban, y por dos o tres veces me obligaron a revelarlas a Su Majestad, quien recibió tan mal mis protestas que decidí no volver a hablarle de ello”. 

Entonces, considerando que su mal necesitaba un remedio, procedió a poner en práctica los consejos de Ovidio. Quitó de su vista todo objeto que fuera susceptible de mantener viva su pasión y rogó a su hermana Hortensia que le hablara lo peor posible del rey.

Esto nos lo confirma además la propia Hortensia:

“Nos enviaron a Fontainebleau, donde se encontraba la corte. El rey trataba a mi hermana con cierta frialdad, y este cambio empezó a hacer que ella se decidiera a casarse en Italia. Con frecuencia me rogaba que le dijera tantas cosas malas del rey como fuera capaz. Pero, aparte del hecho de que fuera bastante difícil hablar mal de un príncipe como él, que vivía entre nosotras con tanta familiaridad, mi edad… no me permitía comprender bien qué era lo que se esperaba de mí, y todo cuanto pude hacer para ayudarla, llena de pena y queriéndola tanto, fue llorar con ella sus desdichas”.

Mi imagen 10

 Château de Chantilly

Desde el blog Los Hombres de Jane Austen, en el que encontrarán Orgullo y Prejuicio narrada por entregas, Lady Darcy me ha invitado a participar en un juego. Se trata de "Mi imagen 10". Debo elegir una imagen que tenga para mi un valor sentimental o artístico, o bien la imagen favorita de mi blog, o la número 10 según el orden de entradas. Elijo una con valor sentimental. Seguramente hubiera optado en concreto por Fontainebleau, pero dentro de unas horas estará listo un capítulo que tiene por escenario precisamente ese lugar, de modo que finalmente he preferido mostrar esta imagen de Chantilly.

Lady Darcy, aquí tiene usted. ¡Espero que resulte de su agrado!

Hasta dentro de un rato. Nos vemos en Fontainebleau.

martes, 27 de abril de 2010

El Toisón de Oro



La emoción me embarga al haber sido condecorada con la mayor distinción a la que es posible aspirar. Su Majestad Carlos II de España ha tenido a bien entregarme desde su corte el Toisón de Oro, y ello a pesar de ser yo francesa, y por tanto un poquitín enemiga a ratos. Pero como ahora disfrutamos de una maravillosa tregua, nada impide que celebremos todos juntos la ocasión. ¡Muchísimas gracias, Majestad! Casi me desmayo por la emotividad del momento, y no se crean que soy una de esas damas que se andan desmayando por ahí por cualquier cosa. Menos mal que andaba cerca Mademoiselle de Montpensier con el frasquito de las sales.

Hago entrega a mi vez de este galardón a algunos blogs de contenido histórico, dada la temática del premio, aunque es evidente que hay muchos otros igualmente meritorios entre los dedicados a otras cuestiones.

Deseo hacer constar que me hubiera gustado compartir el Toisón con Pinceladas de Historia Bejarana, pero he visto que ella ha sido ya condecorada por Su Majestad. Mi lista, por tanto, queda configurada del modo siguiente:



-Holocausto en español: Madame Nikkita nos transporta a los campos de concentración para mostrarnos todo el horror al que hubieron de enfrentarse millones de personas durante la época nazi. Un trabajo impresionante, fuera de serie, lo más completo, riguroso y ameno que podrán encontrar sobre el tema. Como le he dicho a Nikkita en alguna ocasión, más que un blog lo que ella tiene es un museo.



-Arte e Historia de España: Don José de las Sevillas nos cuenta la Historia de España siempre con el arte en lugar destacado. Es un blog elegante y hecho a conciencia en el que se puede además disfrutar de videos ilustrativos y buena música. Don José nos acerca a los clásicos y en toda la obra se percibe su sello, de exquisito refinamiento.



-Días en Sanabria: Monsieur Xibeliuss repasa la historia, leyenda, tradiciones y actualidad de su tierra de Sanabria, llevándonos por maravillosos recorridos que ilustra con sus propias fotografías, de impresionante belleza. El blog es una auténtica obra de arte, tanto por el fondo como por la forma.



-Historias de Reinas: Madame Gema nos presenta personajes femeninos cuyas biografías resultan apasionantes, además de curiosidades y anécdotas de lo más interesante. Su corte es una de las primeras con las que me encontré al comenzar mi andadura por estos espacios, y desde entonces nunca ha dejado de interesarme cuanto nos cuenta de modo tan ameno. Una gran labor la suya, madame.



-Mujeres de Leyenda: Madame Magnolia se ha unido más recientemente a la corte, también con un blog de enorme interés en el que analiza el papel de la mujer en la Historia. Sus narraciones son de una gran delicadeza, siempre exquisitas, además de bien documentadas. Yo espero de ella aún grandes cosas.



-Los líos de la Corte: Lady Caroline nos transporta a la deliciosa corte de los Tudor y examina todos los pormenores de aquella época y lugar. Tiene artículos de lo más curioso e interesante, y no cabe duda de que es toda una experta en la materia. Se trata de un blog auténticamente delicioso que tampoco se pueden perder.

lunes, 26 de abril de 2010

Cela est bien!


El Duque Carlos IV de Lorena

El duque Carlos IV de Lorena era un hombre de elevada estatura y ojos felinos, con mucha destreza en toda clase de ejercicio físico, infatigable en la guerra, imprudente, ligero y poco fiel a su palabra. Pero, a pesar de todas las calamidades que atrajo sobre sus súbditos, fue para ellos un ídolo durante mucho tiempo.

No se engañaba al imaginar que María lo contemplaba con aversión, pues se hallaba muy lejos del pretendiente que una joven de su edad consideraría ideal: tenía 56 años, gustos bastante groseros, tanto como sus modales y su conversación, y sus incontables amoríos eran la comidilla de Europa. Primero se casó con Nicole, hija del anterior duque de Lorena, y fue a través de ella como alcanzó la corona ducal. Pero anuló su matrimonio y se casó con Beatrix de Cusanze, princesa de Cantecroix. El problema es que sólo después de consumar este matrimonio apeló Carlos al Vaticano para confirmar la nulidad del primero, debido a lo cual Nicole, por su parte, solicitó la nulidad del segundo. El Papa falló a favor de ella y excomulgó al duque, quien de todos modos ignoró la bula y siguió conviviendo con Beatrix.

Nicole falleció en 1657, de eso hacía tres años, y entonces Beatrix comenzó a presionarlo para que ratificara su unión con ella, pero Carlos ya no la amaba y la acusó de infidelidad para eludir sus compromisos.

Beatrix de Cusanze

Mencionar sus restantes amoríos sería una tarea demasiado exhaustiva, porque resulta difícil llevar cuenta de todas sus amantes. Baste decir, por ejemplo, que también quiso casarse con Marianne Pajot, la hija de un boticario. Llegó a redactarse un contrato matrimonial en el que se estipulaba que los hijos habidos de esa unión no podrían sucederle como duques de Lorena y de Bar, esperando con esa cláusula apaciguar toda oposición. Pero no logró salirse con la suya, y al final Marianne fue enviada a un convento.

A la vista de todo esto, sus pretensiones eran ridículas. Hubiera sido el último candidato que María  tendría en cuenta, pero él continuaba persiguiendo a su presa.

“El duque de Lorena, percatándose de las intenciones de su sobrino y temiendo que el matrimonio no sería favorable para sus intereses ante Su Eminencia… decidió prohibirle terminantemente que volviera a hablarme, y ocupó su lugar, sin reflexionar que a su edad no podría ocuparlo dignamente, y que su insistencia al seguirme al Cours la Reine y a las Tullerías no podía encontrar tanto éxito como las atenciones de su sobrino”.

Entrada al parque de las Tullerías

Mazarino continuaba resuelto a apartar a María del camino del rey casándola con el príncipe italiano, pero por el momento considera más oportuno guardar silencio y no insistir, en vista de la abierta oposición de su sobrina a ese proyecto. El cardenal temía que si intentaba obligara intervendría Luis. Por tanto, se decantó por la maniobra de persuadir al rey de que María amaba al joven príncipe de Lorena.

Para llevar a cabo este plan utilizó a Olimpia, que había acudido a París para dar a luz. Al volver a reunirse con la corte, Olimpia se regodeó contándole a Luis los detalles de la relación entre su hermana y Carlos de Lorena. Ana de Austria secundaba los esfuerzos de la condesa y no olvidaba nada que encontrara conveniente hacer llegar a oídos de su hijo.

Luis, incrédulo, investigó por su cuenta solicitando información a personas de confianza, pero todas las respuestas que le llegaban hablaban de esos encuentros y de los avances por parte del joven. El rey preguntó entonces al cardenal si era cierto que su sobrina iba a casarse con Carlos de Lorena. Mazarino respondió que era una alianza que él deseaba mucho, y le mostró las cartas que había recibido de María y de Madame de Venel. Luis las leyó.

Cela est bien! —dijo fríamente al devolvérselas, pero algo en su ceño parecía sugerir que podría haber dicho igualmente “c’est la guerre”.

En ese punto se encontraban las cosas cuando en julio la corte llegaba a Fontainebleau, donde Luis iba a encontrarse con María Mancini.

Oh là là!

sábado, 24 de abril de 2010

El Duque de Lorena se entromete


Ciertamente María Mancini recibía de buen grado las atenciones de Carlos de Lorena. Resultaba muy conveniente para ella que en el momento en el que el rey estaba a punto de regresar casado, dejándola expuesta a la compasión de toda la corte, un príncipe joven y hermoso, heredero de una gran fortuna y un gran nombre, se convirtiera en su pretendiente. Pero no era ése el único motivo para acoger gratamente su galanteo. La razón principal se encuentra en una carta de Madame de Venel al cardenal, unas líneas en las que la gobernanta le confía que la intención de María era la de “lastimar a quien tanto la había lastimado a ella”. En lo único en lo que podía pensar era en que tenía que conseguir casarse antes de que Luis regresara a París. Sabemos también por la gobernanta que María no se atrevía a aparecer por el Louvre cuando él regresara, “por miedo a que su expresión la traicionara”.

Concertó una entrevista con Carlos, y rápidamente siguieron otras. María estaba encantada con el rostro atractivo, los modales encantadores y la inteligencia de su pretendiente, y él, por su parte, con sus 17 años recién cumplidos aparecía tan fascinado por ella como había estado el propio rey.

Es probable que el cardenal hubiera visto con muy buenos ojos una alianza con la Casa de Lorena de no ser porque dejar a María en la corte francesa reavivaría la pasión de Luis, en cuyo caso sin duda ella emplearía toda su influencia para vengarse de su tío por haberse interpuesto en su relación con el rey. Mazarino en un principio había decidido aguardar a que Luis regresara, y juzgar entonces mejor hasta qué punto su sobrina suponía un peligro. Pero desde la escapada del rey a Brouage estuvo seguro de que la única solución posible era alejarla casándola con el príncipe italiano, el condestable Colonna.

Carlos de Lorena

El 20 de junio María le escribe esta carta a su tío:

“Monseñor, he experimentado la mayor alegría imaginable al saber que todo ha sido concluido, y que, por tanto, no pasará mucho tiempo hasta que tenga la dicha de veros. Como podréis comprender, tengo tantas razones que me hacen desear vuestro regreso que me será preciso detallároslas cuando tenga el placer de veros. Estoy convencida de que después de haber asegurado gloriosamente los intereses de Francia, pensaréis en los de la persona que es más sinceramente vuestra en este mundo”.

Pero algo iba a complicar aún más los planes de María de casarse con Carlos. El duque de Lorena, tío del joven pretendiente y que llevaba su mismo nombre, proporcionó al cardenal el motivo perfecto para un retraso.

Este excéntrico personaje, que según Voltaire pasó la vida perdiendo sus Estados y reclutando tropas para recuperarlos, se había mostrado como el implacable enemigo de Luis XIII, según comenzamos a ver en su momento, cuando repasamos la vida de Madame de Chevreuse. El duque dio asilo a Gastón de Orleáns tras su conspiración contra Richelieu, y lo indujo a casarse con su hermana Margarita, para enorme disgusto del rey de Francia. Después se alió con el emperador Fernando II y se puso a la cabeza de tropas mercenarias, incendiando, saqueando y cometiendo toda clase de atrocidades. Pero, como no permaneció leal a sus aliados, fue arrestado en Bruselas y conducido a España. Allí permaneció prisionero durante 5 años, hasta que se firmó el Tratado de los Pirineos, mediante el cual se le devolvía Lorena, aunque se adjudicaba a Francia el ducado de Bar y el Clermontois.


Su ansiedad por recuperar estos dominios perdidos le llevaba ahora a interferir en los asuntos de su sobrino y de María Mancini. Su biógrafo, el marqués de Beauvau, nos lo cuenta así:

“Conocemos la mala voluntad de Carlos IV hacia el príncipe Carlos de Lorena. Lejos de favorecer su proyecto, se opuso abiertamente, expresando en voz alta su indignación contra aquellos que lo apoyaban, y llegó al extremo de lanzar amenazas. Tal escándalo no podía dejar de herir los sentimientos del cardenal. Pero el duque pretendía convencerlo de que si se oponía al matrimonio de su sobrino era porque deseaba casarse él mismo con Mlle. de Mancini, y despachó al duque de Guisa para pedir formalmente su mano.

“Al mismo tiempo, para romper los tratos y el proyecto matrimonial de su sobrino, comenzó a hacer frecuentes visitas a María Mancini, y a emplear toda clase de procedimientos para persuadirla de que se proponía casarse con ella.

“Y, para atraer a Madame de Venel a su causa, un día arrojó en su regazo una joya que ella se había negado a aceptar de su mano.

Hizo llegar a la gobernanta la noticia de que el cardenal prácticamente le había garantizado la mano de su sobrina, prometiéndole la devolución de sus Estados por medio de la dote, y asegurándole que el único obstáculo era la aversión de la propia María, oposición que esperaba vencer con la ayuda de Madame de Venel.

La gobernanta informó de todo a Mazarino, que se quedó atónito cuando conoció semejantes pretensiones sobre la dote.

jueves, 22 de abril de 2010

Una enemiga llamada Añoranza


La noche resultó sumamente satisfactoria para todo el mundo. María Teresa comenzaba ya a manifestar hacia su marido una adoración sin límite, un sentimiento conmovedor y teñido de esa inocencia suya que mantuvo hasta el fin de sus días. Mitad para su suerte y mitad para su desdicha, se enamoró, y era un sentimiento, como nos dice madame de Motteville, lleno de pasión. “La reina manifestaba hacia el rey los más vivos sentimientos, y le complacía revelar su pasión a los ojos de todos”.

Tardaría mucho en darse cuenta de que no era correspondida. El corazón de Luis no hubiera podido amar aún a otra, porque la dueña seguía siendo María Mancini. Para él sólo se trataba de un matrimonio de conveniencia. Eso sí, no quería que su unión se convirtiera en el desastre que fue la de sus padres. Estaba dispuesto a que la reina de Francia fuera para él su mejor amiga y aliada, a que hubiera buen entendimiento entre ambos, a darle todo su cariño y tratarla con respeto. Ella era una buena mujer, y no tenía la culpa de que él fuera desdichado.

Seis días más tarde la corte emprendía el camino de Saint-Jean d’Angély. Se hacían etapas cortas, deteniéndose en todas partes para recibir las muestras de lealtad y alegría de las gentes. Durante el trayecto Luis pide a las reinas y a la corte que sigan de camino hacia allá mientras él acude a visitar el puerto de La Rochelle, y les dice que ya se reunirán más tarde. Deseaba viajar de incógnito, acompañado tan sólo por dos o tres de sus caballeros.

La Rochelle

Ana y Mazarino se sobresaltan. Saben que algo se propone, y que no puede ser nada bueno. El cardenal no ignora por dónde van los tiros: Luis emprendía una especie de particular peregrinaje por los sagrados lugares que habían sido testigos del sufrimiento de su amada.

Lo único que puede hacer Mazarino para minimizar el escándalo que provocaría en la corte esta romántica escapada es ofrecerse para acompañarle y presentarle la provincia. Así pues, Luis acude a La Rochelle en su compañía, pero una vez allí abandona al cardenal, monta sobre un caballo y con sólo tres de sus caballeros, uno de los cuales era Felipe Mancini, se dirige a Brouage. Era el lugar en el que María había permanecido durante meses; el lugar desde el que le había escrito aquella carta en la que renunciaba a él.

El rey permaneció allí dos días, durante el transcurso de los cuales no hizo ningún esfuerzo por ocultar su melancolía. Felipe escribió una carta a su hermana María contándole que Luis “lloraba mucho mientras paseaba por las tardes a la orilla del mar; que se quedaba allí hasta bien entrada la noche, y suspiraba profundamente”. Y añadía que había expresado su deseo de ocupar la misma alcoba que le había sido asignada a ella.

Brouage

Después, sin pronunciar ni una palabra, emprendió el regreso. Al día siguiente se reunió con la corte en Saint-Jean d’Angély.

Ana y Mazarino, naturalmente, no tardaron en estar al tanto de lo sucedido. Era obvio que aun después de casarse no renunciaba al amor de María, y que ese sentimiento iba a seguir ahí haciendo daño. El problema es que la corte se dirigía a Fontainebleau, donde se encontraría con ella. Había que hacer algo rápidamente, antes de que fuera demasiado tarde.

Lo primero que hizo el cardenal fue ordenar el traslado de sus sobrinas al Palais Mazarin. Luego recordó el viejo asunto de Mademoiselle de La Motte-Argencourt, y los buenos resultados que había dado poner a Luis al corriente de la relación de la dama con otro caballero. ¿Por qué no hacer algo parecido con su propia sobrina? El cardenal se ocupó de que le dijeran al rey que María amaba a Carlos de Lorena, y que, mientras él lloraba por ella en Brouage, ella recibía de muy buen grado el galanteo de Carlos y ambos se veían frecuentemente en las Tullerías.

martes, 20 de abril de 2010

Boda Real

Boda de Luis XIV y María Teresa

Llegó el gran día. Todas las campanas repican mientras se acerca el cortejo. Ana de Austria aún se ve hermosa bajo los largos velos negros bordados de plata: “En el rostro de esta gran reina se podía adivinar fácilmente la alegría que embargaba su alma, lo cual la hacía parecer tan bella que a sus 59 años hubiera podido rivalizar en hermosura con la reina su sobrina, que ciertamente no tenía una belleza tan perfecta como la que la reina su tía había tenido a su edad”.

La Gran Mademoiselle cierra el cortejo. Viste de luto por la reciente muerte de su padre, y se adorna con veinte hileras de perlas.

La novia lleva un vestido de brocado de plata; se cubre con un largo manto de terciopelo violeta sembrado de lises y con una larga cola, y ciñe la corona real de diamantes. Entra en la vieja iglesia gótica de San Juan Bautista a través de una galería descubierta, un poco elevada sobre el nivel del suelo. Los dos esposos se sientan bajo un palio de terciopelo con las flores de lis y penachos de plumas. Una vez en sus asientos, aguardan a que el obispo de Bayona oficie la ceremonia. Éste, antes de comenzar la misa, le lleva al rey el anillo que Luis debe entregar a la reina.


Con ropajes oscuros y sin adornos de pedrería en recuerdo a su tío fallecido, Luis hace la ofrenda. Va acompañado del Gran Maestre de ceremonias de Rodas y de los capitanes de la guardia: Vardes, al frente de la guardia suiza, y d’Humieres, que mandaba la conocida como Bec de Corbin. Monsieur, sentado junto al rey, también llevó su ofrenda, y al pasar al lado de María Teresa le dio la mano.

Mademoiselle de Montpensier portaba la ofrenda de la reina, y sus hermanas, Mademoiselle de Alençon y Mademoiselle de Valois, sujetaban la cola del vestido nupcial junto con la princesa de Carignan. A su vez el sobrino de Mazarino llevaba la cola de Mademoiselle de Montpensier, y otras personas de alto rango, pero sin título, se encargaban de las de sus hermanas y de la princesa.

Ana de Austria aguarda a la derecha del rey, sobre un alto estrado y bajo un palio de la misma tela que el de los novios, rodeada de los más altos dignatarios. La condesa de Flex le llevaba la cola. Era su gran momento, el de su triunfo. Observa satisfecha la ceremonia y al salir le confía a su amiga madame de Motteville que cuando había visto a María Teresa con su atuendo real y su corona, pensó que en todo el mundo no había otra cabeza más digna de llevarla.

Iglesia de San Juan Bautista en San Juan de Luz

Las fiestas ocuparon toda la tarde. El rey, las dos reinas y Monsieur comieron juntos. Luego los recién casados se mostraron en el balcón para recibir las aclamaciones del pueblo y arrojar monedas, según la costumbre. Tras cumplir con esta tradición, los reyes, Monsieur y Mazarino se retiran a los aposentos de Ana de Austria, donde permanecieron un rato charlando.

Al anochecer la familia real abandonó esos aposentos para trasladarse a los del rey y cenar allí. Pero la velada no iba a prolongarse mucho tiempo: apenas terminada la cena, Luis expresa su deseo de acostarse ya.

María Teresa se sobresalta; temía ese momento, y con lágrimas en los ojos le dice nerviosa a su tía:

—¡Es muy temprano!

Vamos a dejar que sea madame de Motteville quien nos narre la escena a partir de aquí:

“Este fue, desde su llegada, el único movimiento de pesar que se le vio y que su modestia la obligaba a sentir; pero al fin, como se le dijo que el rey ya se había desvestido, se sentó sobre dos cojines al pie del lecho para hacer otro tanto… Deseaba contentar al rey en aquello que podía chocar de algún modo con el pudor que le había hecho antes expulsar de la habitación a todos los hombres, hasta el menor de los oficiales. Se desnudó sin más, y cuando se le dijo que el rey la esperaba pronunció estas palabras:

“—¡Presto, presto, que el rey me espera!

“Ante una obediencia tan puntual que se podía ya sospechar llena de pasión, ambos se acostaron con la bendición de la reina, su madre común.”


Ana de Austria, que debía recordar con gran amargura aquella horrible consumación pública de su matrimonio, pues era la norma desde hacía siglos, no quiso que su hijo y su sobrina tuvieran que pasar por aquel mismo calvario. Abrazó y bendijo a los dos y después corrió las cortinas del lecho y se fue dejándolos a solas.


***

Y hasta aquí el fin del Volumen I, que les he venido narrando durante casi 14 meses. El próximo día comenzaremos con el segundo. Espero que sigan en la corte, porque menuda la que se avecina por varios frentes. No creo que quieran perdérselo.

lunes, 19 de abril de 2010

Preparando la ceremonia


Encuentro del 6 de junio de 1660 en la Isla de los Faisanes

Observar de incógnito a la novia no fue ninguna ocurrencia extraordinaria de Luis, sino una treta a la que era frecuente recurrir en tales casos. Su propio padre, Luis XIII, tan pronto como su prometida se aproximó a Burdeos, acudió a observarla en secreto desde su carruaje. Y el abuelo, Enrique IV, irrumpió de incógnito en los aposentos de María de Médicis antes de que estuvieran casados. También su descendiente Felipe V, que fuera rey de España, se presenta en la frontera a recibir a María Gabriela de Saboya, fingiendo ser un caballero francés que acudía en busca de noticias de su llegada.

El inglés Enrique VIII observó de incógnito a Ana de Clèves, con desastrosos resultados, y el español Felipe II hizo lo propio al casarse con María Manuela de Portugal. Se disfrazó e iba siguiendo a la novia por cada población en la que se detenía desde que atravesó la frontera, frecuentemente embozado o asomado a algún balcón. Hasta que ella se enteró, y al pasar por delante se cubrió el rostro con el abanico.

Pero el que se lleva la palma es Carlos I de Inglaterra, que cuando era Príncipe de Gales viajó de incógnito a España en compañía del duque de Buckingham con la intención de ver a la infanta María, hermana de Felipe IV. Por entonces deseaba casarse con ella, aunque no pudo ser y finalmente desposó a Henrietta Maria de Francia. Pero el príncipe cruzó el canal, atravesó toda Francia a caballo y a mediados de marzo de 1623 apareció en la corte española oculto bajo un disfraz que incluía una barba postiza. Su visita inspiró este maravilloso cuarteto de Lope de Vega:

Carlos Estuardo soy,
Y siendo el amor mi guía,
Al cielo de España voy
Por ver mi estrella María.

Carlos I de Inglaterra

Indudablemente Luis XIV había logrado el objetivo de agradar a su prometida. María Teresa no se libró de ser interrogada después de aquel encuentro, y su respuesta no dejó lugar a dudas: “¡Cómo me agrada!”, exclamó, añadiendo que le había parecido muy guapo mozo, un magnífico jinete y sumamente galante.

Poco después, el 6 de junio de 1660, ambos reyes volvían a encontrarse en la isla de los Faisanes, esta vez con toda la pompa oficial, acompañados por los Grandes de sus respectivos reinos. De rodillas ante una mesa, con la mano derecha sobre los Evangelios y la izquierda sosteniendo un crucifijo, los dos monarcas se juran la paz, alianza y amistad eternas.


Al dí­a siguiente llegó el momento de la separación. Ana de Austria, Felipe IV, Luis XIV y su hermano, los cuatro lloran al abrazarse. Madame de Motteville nos dice que Ana “mostró por su ternura que sentía la fuerza de la sangre”. En cuanto a Marí­a Teresa, después de arrodillarse por tres veces delante de su padre, que la bendice, está a punto de perder el conocimiento en esa despedida: todos sabí­an que era para siempre; después de ese dí­a no volverá a verlo.

María Teresa llevaba un vestido rojo bordado en oro y plata, adornado con joyas engastadas en gruesas monturas de oro, cuando fue introducida en una carroza. Con toda la comitiva de guardias y mosqueteros se dirige con su nueva familia a San Juan de Luz, a la casa que alberga a Ana de Austria.

Una vez allí, el rey acudió a sus aposentos para pedirle que se acostara, pues debía de estar fatigada tras los ajetreos de la jornada. Le ofreció hacer que le sirvieran la cena en la cama, pero ella expresó su deseo de cenar en su compañía y en la de la reina. Luis la tomó entonces de la mano y la condujo a ver a su madre.


Ambas reinas permanecieron a solas con la única compañía de Luis, Philippe, Madame de Motteville y las camareras. “Cenaron con la misma familiaridad que si hubieran pasado juntos toda la vida. La reina madre mostró mucha ternura hacia la reina, y esta princesa, que la consideraba como una madre, le besó las manos muchas veces. Después de cenar el rey condujo a la reina hasta su habitación. La seguía solamente la condesa de Priego, Camarera Mayor, que en Francia quiere decir Dama de Honor”.

Mientras tanto el rey de España había regresado a Fuenterrabía, y se mostraba muy abatido por la despedida. Se acostó en su lecho y dijo a quienes le rodeaban: "Vengo muerto por ver llorar a mi hija.".

Al terminar la jornada María Teresa solicitó al rey un correo para escribir a su padre. Después de redactar la carta, no la cerró, sino que se la envió a Luis rogándole que la leyera. Con este acto quería demostrarle lo dispuesta que estaba a vivir con él en buen entendimiento, y a poner todo de su parte para que su matrimonio no se convirtiera en lo que había sido el de Luis XIII y Ana de Austria.

Pero María Teresa no logró conciliar el sueño. Pasó la noche llorando al acordarse de su padre y pidió a su dama que se acostara junto a ella.


El dí­a siguiente estarí­a dedicado a los ensayos de la ceremonia. El rey fue a verla por la mañana y acudieron juntos a misa. Después de comer Ana de Austria fue a visitar al cardenal, que se encontraba enfermo, y por la tarde María Teresa probó los vestidos franceses que llevaría en adelante. Parece que el cambio en un principio la incomodó, aunque “lo sufrió con dulzura y paciencia”.

Luis permaneció con ella mucho tiempo en su habitación, conversando todo el tiempo en español, pero María Teresa se acostó pronto, porque al día siguiente se celebraría la ceremonia de la boda.


sábado, 17 de abril de 2010

Encuentro en la Isla de los Faisanes


Reunida la reina con su familia en la Isla de los Faisanes, tuvo la dicha de ver al fin a su sobrina María Teresa. La infanta se arrodilló ante ella. Ana la levantó entonces y la besó afectuosamente en ambas mejillas, como había intentado hacer también con el rey de España. Ana de Austria acudía en compañía de su hijo Philippe, Monsieur. También Mazarino asistía a la entrevista, y era efusivamente recibido por Felipe IV.

Todos se sentaron lo más cerca posible de la línea que hacía de frontera entre ambos reinos. El cardenal hablaba con el embajador don Luis de Haro, Monsieur entretenía a su cuñada María Teresa y la reina conversaba con su hermano.

Mientras hablaban, el cardenal recibió un mensaje de un desconocido que aguardaba fuera y solicitaba ser admitido. El rey de España dio su permiso. Estaba al tanto de quién era el joven que se presentaba de incógnito, pero había que disimular, pues María Teresa lo ignoraba. Así que todo el mundo fingió total desconocimiento.

Luis, siempre de incógnito, no entró en la estancia en la que se encontraba la infanta, sino que se quedó a la puerta y allí permaneció observando a María Teresa. Felipe IV finge tomarlo por un caballero cualquiera, pero, muy divertido con todo aquello, le hace un guiño a su hija, y ella, que observa una señal de don Luis de Haro, posa entonces sus ojos sobre el joven recién llegado. María Teresa es ingenua, pero no tonta, y, desde luego, se da cuenta de lo que está pasando, porque acaba de reconocer a Luis. Al volverse hacia quien ya era su esposo por poderes observa el extraordinario parecido que guarda con los retratos de Luis XIV que ha visto tantas veces. Se pone muy pálida por la emoción y la repentina impresión. El atrevimiento con que la miraba aquel desconocido, impropio en otro caso, hablaba por sí mismo y no dejaba lugar a dudas: era él.

Felipe IV

Mientras la pareja se contempla en silencio el rey de España, muy satisfecho, murmuró a su hermana:

—Oh, tengo un hermoso yerno. Tendremos nietos.

Ana sonrió complacida, pero más que nada deseaba saber cuanto antes si Luis resultaba también del agrado de su nuera, pues eso era, al fin y al cabo, lo esencial. Según unas versiones la siguiente pregunta procedió del cardenal, y según otras fue la reina quien no pudo reprimirse y preguntó:

—¿Qué os parece este desconocido?

Pero Felipe no dio ocasión a su hija de responder a semejante indiscreción, sino que fue él mismo quien tomó la palabra.

—No es el momento de expresarlo —objetó.

—¿Cuándo será posible?

—Cuando haya atravesado esa puerta.

Entonces parece que intervino Philippe, que no tenía menos curiosidad por conocer la impresión que su hermano había causado en la novia. Con una amplia sonrisa burlona se dirigió a María Teresa para preguntarle:

—Hermana mía, ¿y qué os parece… esta puerta?

Ella se sonrojó hasta la raíz del cabello, pero no hizo esperar su respuesta:

—La puerta me parece muy bella y muy buena —murmuró.

Encuentro en la Isla de los Faisanes

Luis abandona el lugar muy satisfecho por lo que habí­a encontrado. Ya que debí­a tener una esposa, se alegraba de que fuera como ella: la encontraba fí­sicamente aceptable, en especial por sus ojos y sus cabellos; y también parecí­a poseer un carácter agradable, dulce y bastante dócil.

A la salida algunos caballeros le preguntaron curiosos su opinión. Luis dijo que a primera vista le había parecido fea debido al vestido y el tocado que llevaba, tan diferentes a la moda francesa que le habían desconcertado, pero que al mirarla más detenidamente se había dado cuenta de que era muy bonita y no le había disgustado en absoluto.

El rey de España y su hija regresaron en barca a Fuenterrabí­a. Luis, con el sombrero en la mano, galopó galantemente junto a la barca a lo largo de toda la orilla francesa. Marí­a Teresa dirigí­a frecuentes miradas furtivas, esperando no ser notada. Era obvio que estaba gratamente impresionada por esa actitud, así­ como que había encontrado emocionante que él hubiera aparecido de incógnito en su impaciencia por verla. Si él regresaba satisfecho, ella regresaba encantada.

Todo comenzaba a superar a los mejores sueños de la joven María Teresa.

jueves, 15 de abril de 2010

El matrimonio por poderes

Alegoría del Tratado de los Pirineos

El 3 de junio Felipe IV, muy pálido, entró en la iglesia ofreciendo la mano izquierda a su hija. Vestía de gris y plata y llevaba un enorme diamante rectangular en el sombrero, el llamado Espejo de Portugal, junto al cual se balanceaba la perla más grande del mundo, la Peregrina. La infanta aparece con un vestido blanco con bordados en oro y piedras preciosas. En palabras de Madame de Motteville, “recordaba a una de esas Madonas españolas cuyas figuras resultan invisibles bajo la profusión y rigidez de sus vestidos tejidos en oro y plata”, y añade que, de todos modos, su belleza triunfaba sobre el atuendo. Los franceses la encuentran bajita, pero bien proporcionada, además de dulce y encantadora.

Otras fuentes, sin embargo, hablan de ella como de una mujer tímida e ignorante que, pese a ser de disposición amable y bondadosa, no tenía el don de agradar. Se intentaba así representar como todo lo contrario a María Mancini, olvidando sin duda que la propia María no agradaba en ningún aspecto ni a su propia familia antes de que el rey se fijara en ella.

La Perla Peregrina

Felipe IV conduce hasta el altar a su hija, que se arrodilla sobre un cojín de terciopelo. Entonces tuvo lugar la ceremonia en la que Don Luis de Haro representaba al rey. El simulacro se limitó a un muy ligero toque de dedos. Al final la princesa tendió la mano a su padre, que la abrazó. Felipe tenía los ojos arrasados en lágrimas, para desconcierto de todos. Nadie había visto nunca llorar en público a Su Majestad. Para la mayoría aquel hombre que ahora no podía contener la emoción era casi una estatua viviente.

Al día siguiente, 4 de junio, Luis envió a María Teresa su regalo de boda, acompañado de otra carta. No deben ustedes sorprenderse del tono galante de estos mensajes: hay que tener en cuenta en cuestión de unos días ambos jóvenes, que nunca se habían visto, debían acostarse juntos, por lo que se esperaba del futuro esposo que fuera rompiendo el hielo, por así decir. Era preciso que mostrara tan buena disposición, porque no hacerlo resultaría ofensivo, incluso humillante para María Teresa. Luis estaba haciendo, simplemente, lo que se esperaba de él, y lo hacía en realidad sin alegría, aunque seguramente también habría que reconocer que al menos esa parte no le resultaba difícil.

“Recibir al mismo tiempo una carta de Vuestra Majestad y las noticias de la celebración de nuestro matrimonio, y estar a punto de tener la dicha de veros, son sin duda asuntos que me proporcionan un indescriptible júbilo. Mi primo, el duque de Créqui, Primer Caballero de mi Cámara, os comunicará los sentimientos de mi corazón, en el cual observaréis siempre mi creciente impaciencia por poder hablaros yo mismo de ello…”

Sobre los regalos nos ha dejado una descripción Mademoiselle de Montpensier: un cofre lleno de maravillas, joyas de oro y diamantes, relojes, guantes, espejos, frasquitos de perfumes, miniaturas, cruces, anillos… “En una palabra, no se podría imaginar que alguna vez hubiera sido ofrecido un regalo tan magnífico”.


Ese mismo día Ana de Austria acudió a la isla de los Faisanes para entrevistarse con su hermano el rey de España, al que no veía desde hacía 45 años, y también para conocer a su nuera. Allí, en la sala de conferencias, había una especie de línea que marcaba la frontera entre los dos países. No se podía traspasar esa línea, puesto que un soberano no debía salir de su reino. Al borde de su límite los dos hermanos se abrazaron. Ana estiró la cabeza con intención de besarlo, pero Felipe encontró extraña semejante confianza, incompatible con su concepto de la solemnidad y majestad que debían presidir la ocasión, y retiró el rostro para evitar el contacto. Después María Teresa fue presentada a Ana, que la abrazó efusivamente.

Cuando la infanta debía sentarse surgió un problema: ¿Debía tomar asiento en territorio español o en el francés? Se discutió largamente y al final se decidió traer un cojín español y dos franceses que fueron acomodados sobre tierra española, y la joven se encontró sentada en forma mixta, conveniente a su situación ambigua.

Encuentro en la Isla de los Faisanes

Luis XIV no había sido invitado a esta ceremonia: la etiqueta lo prohibía. Pero, impaciente por conocer a la infanta, acudió de incógnito en compañía de algunos de sus caballeros y cabalgó como dando un paseo hacia allá…

miércoles, 14 de abril de 2010

Nuevo regalo de Madame Gabriela


Ayer me encontré con la grata sorpresa de que Madame Gabriela Maiorano había sido tan gentil de ofrecerme este nuevo obsequio. Madame, si siempre es un placer recibir regalos, lo es doblemente cuando proceden de una persona de su talento y sensibilidad. El verdadero regalo es que usted tenga en cuenta mi blog y me honre siempre con su visita.

¡Muchísimas gracias!

***

Mañana casaremos por poderes a Luis XIV, pero todavía no se pongan las mejores galas. Resérvenlas para la próxima ceremonia, cuando él y María Teresa se encuentren al fin.

¡Hasta mañana!

martes, 13 de abril de 2010

Cartas de Luis XIV a María Teresa

Al comenzar la primavera el rey de España y su hija inician el viaje. El matrimonio por poderes iba a tener lugar en Fuenterrabía, donde Don Luis de Haro representaría al novio; pero el verdadero matrimonio iba a celebrarlo el obispo de Bayona en San Juan de Luz.

Tan pronto como Luis tiene noticias de ello, abandona Aviñón y se dirige a la frontera a su encuentro. Los españoles, sin embargo, iban a tardar seis semanas en llegar, porque por todas partes se iban deteniendo a participar en las celebraciones con las que los súbditos de Felipe IV quería agasajarlos a su paso. Continuamente había fiestas, mascaradas y otras alegres diversiones, de modo que hasta el 3 de junio no alcanzarían Fuenterrabía.

Luis trata de enviar cartas a su prometida, pero el rey de España aún no considera apropiado que su hija las reciba. La infanta se excusa con el enviado:

—No puedo recibir cartas sin el permiso de mi padre, pero él me ha prometido que pronto se resolverá todo.

Nuevamente pronuncia sus cumplidos hacia Ana de Austria en voz alta, pero esta vez añade algo en voz baja, de modo que sólo el enviado pudiera oírlo:

—Lo que he dicho de la reina puede hacerse extensivo al rey.

Don Luis de Haro y Mazarino

El 25 de abril de 1660, mientras acudía a su encuentro, parece que Luis ha recibido autorización para dirigirse a María Teresa, porque le escribe estas palabras en las que ya la trata como reina:

“Señora:

“Aprovecho con el mayor placer del mundo el permiso que me ha sido concedido para escribir a Vuestra Majestad para aseguraros personalmente la pasión que siento por vos. Envidio el placer que este gentilhombre tendrá al veros antes que yo y, aunque le he ordenado atestiguar a Vuestra Majestad cuán feliz me sentiría expresando mis sentimientos de viva voz, dudo que sea posible hacerlo según deseo. En fin, mi impaciencia es superior a lo expresable, y sin el consuelo de ver que nos aproximamos nada podría evitar que me uniera a vos personalmente. Mientras tanto, mi más dulce entretenimiento es hablar de las perfecciones de Vuestra Majestad y escuchar la descripción que de ellas se me hace en todas partes. Quien está a vuestra entera disposición,

Luis”.

La carta deleitó a la novia, que nada sabía aún del mundo desde su linda urna de oro y cristal. Ella, a la que ningún caballero había osado hablar así jamás, creía cada palabra que le decía ahora su prometido.

Resulta que desde su infancia, y a pesar de que Francia y España eran enemigas, curiosamente ella siempre había considerado a Luis como su futuro esposo. La explicación, según Madame de Motteville, se encuentra en el hecho de que su madre, Isabel de Borbón, le había dicho siendo pequeñita que para ser feliz debía ser reina de Francia o monja.

Isabel de Borbón, madre de María Teresa

Para complicar las cosas —o tal vez para facilitarlas, según se mire—, a María Teresa le gustaban los retratos que le enviaban de Luis XIV, y le agradaban mucho los elogios que de él hacía el mariscal de Gramont. En suma, la novia mostraba tanta ilusión y complacencia como el novio apatía.

Poco después de que Luis llegara a San Juan de Luz, lo encontramos escribiendo de nuevo:

“Al ver aproximarse a Vuestra Majestad, y con vos a mi felicidad, no puedo contener mi alegría, y aunque es imposible expresaros lo que siento, no dudo en enviar a V. M. al conde de Noailles, capitán de mi guardia, en quien deposito toda mi confianza, para deciros que mi dicha no conoce límite. Estoy encantado con la idea de que me encuentro en vísperas de poder asegurároslo en persona. Lo deseo con una pasión sin igual, y que, en una palabra, se corresponde con el mérito de V. M.”

domingo, 11 de abril de 2010

Paseando por las Tullerías

María Mancini llegaba a París en enero de 1660 y se instalaba en el Louvre. El viaje había sido más largo de lo previsto debido a que Hortensia y Mariana habían caído enfermas por el camino.

Ella hubiera preferido otra residencia. Allí todo le recordaba a él, y además los retratos de la infanta parecían estar por todas partes. Las pocas damas cuyas visitas había autorizado el cardenal apenas hablaban de otra cosa que del próximo matrimonio del rey. Por si fuera poca desdicha para María, la ratificación del tratado de los Pirineos se celebró con diversiones públicas, y ella fue obligada por su tío a asistir al Te Deum en Notre Dame, y más tarde a los fuegos artificiales.

Mientras tanto el 27 de enero la corte, aún en el sur, recibía la visita del príncipe de Condé, la primera desde aquellos viejos tiempos de la Fronda. En apariencia se le deparó una buena acogida, aunque interiormente distaban de perdonarle su traición. La reina no se mordió la lengua:

—Os confieso que os he deseado mucho mal, y vos me haréis la justicia de reconocer que tenía toda la razón para ello.

Condé guardó silencio. No respondió ni una sola palabra. El rey, con más tacto, ofreció al príncipe que eligiera entre acudir a su boda o regresar a París. Prudentemente Condé optó por esto último. Había comprendido, en palabras de madame de Motteville “que era tiempo de humillarse”.

El 2 de febrero fallecía Gastón de Orleáns, el tío del rey, en su castillo de Blois, donde vivía un exilio decretado por Mazarino y consecuencia de su destacada participación en la Fronda. Enterrado en la basílica de Saint-Denis, como le correspondía por su sangre real, fue preciso empeñar su plata para sufragar los gastos de sus funerales. A partir de entonces sería Philippe quien llevaría el título de duque de Orleáns y respondería al tratamiento de Monsieur.

Gastón de Orleáns

El panorama europeo empezaba a cambiar por esas fechas, pues corría el rumor de que Carlos, el hijo del decapitado rey de Inglaterra, estaba a punto de recuperar el trono. Francia lo había ninguneado, pensando que eso nunca sería posible, y la pequeña Minette, la hermana favorita de Carlos, había vivido situaciones bastante humillantes en la corte francesa, donde pocas veces se la había mirado como a una princesa de sangre real. Ahora empezaban a temerse que no había sido precisamente una buena idea, porque si el primo de Luis alcanzaba el trono, tal vez se tomaría la revancha.

Y así llega el mes de marzo. Ya no hay marcha atrás; las esperanzas de eludir el matrimonio con la infanta se han visto frustradas, y es preciso preparar el viaje.

Las damas de París se lanzaban presurosas a la confección de los vestidos que llevarían durante las festividades que seguirían al regreso del rey con la infanta. Madame de Venel inspeccionó las ropas de sus pupilas y eligió un vestido que María se encontró un día al entrar en su alcoba, extendido sobre el lecho. María estalló en lágrimas sin que nadie conociera la causa. Cuando la gobernanta se hubo retirado, le confesó a su hermana Hortensia que la última vez que había llevado ese vestido Luis le había hecho un hermoso cumplido y la había llamado “mi reina”. Al día siguiente María comunicó a Madame de Venel que nada en el mundo la obligaría a volver a ponérselo.

A comienzos de ese mes María recibe una carta de su tío, que le adjuntaba otra del rey. En términos fríos y convencionales Luis daba a entender a María que ya no había ninguna esperanza. El asunto había terminado. Era una rendición.

A partir de ese momento Luis toma la decisión de renunciar. Esta vez sí se lanza de cabeza a su especie de despedida de soltero particular con Olimpia y expresa su deseo de casarse ya cuanto antes con la infanta.

Bueno, así las cosas, a María sólo le queda una cosa que hacer: ¿Así que él tenía prisa? Pues ella tenía más. A partir de ese momento su objetivo pasa a ser conseguir casarse antes que él.


Una de las pocas diversiones que Mazarino permitía a sus sobrinas era pasear por los jardines de las Tullerías, por supuesto siempre debidamente escoltadas por Madame de Venel. El cardenal daba instrucciones para que fueran decorosamente vestidas y enmascaradas, para pasar desapercibidas. Al principio María encontraba escaso placer en estos paseos, y con frecuencia se excusaba para no acompañar a sus hermanas. Pero de repente comenzó a aficionarse extrañamente a aquellos jardines, e incluso era la primera en proponer ir allí.

La astuta gobernanta pronto se dio cuenta de que el cambio coincidía con la aparición por el lugar de un joven atractivo de aspecto distinguido, y que parecía contemplar a María con más atención de la que hubiera debido permitir su noble educación, atreviéndose incluso a dirigirse a ella. Tampoco tardó mucho en descubrir que se trataba del príncipe Carlos de Lorena, con quien María había rogado al cardenal que la casara.

Madame de Venel se fingió entonces enferma, lo que le hacía imposible abandonar la habitación para acompañar a sus pupilas en el paseo. Eso significaba que, sin la debida escolta, ellas no podían salir. Mientras tanto aprovechó para escribir al cardenal informando de todo, y luego aguardó sus instrucciones.


Mazarino se mostró partidario de ignorar las atenciones de Carlos de Lorena, y de ese modo el príncipe, al no obtener permiso para visitarlas, continuó después siguiéndolas por todo París, hasta que pronto todo el mundo comenzó a hablar de ello.

Bien. Era el objetivo de María.