miércoles, 31 de marzo de 2010

El reencuentro


Ana de Austria, para evitar el escándalo, encuentra más discreto que el rey se reúna con María en Saint-Jean-d’Angély, y escribe a madame de Venel para que traslade a las hermanas Mancini hasta ese lugar. La gobernanta no había recibido instrucciones del cardenal al respecto, por lo que no sabe qué hacer. Entonces decide escribirle una carta a Mazarino explicándole la imposibilidad de desobedecer las órdenes de la reina. Era el 10 de agosto de 1659.

“Monseñor, la carta que envío a Vuestra Eminencia me servirá de excusa. Con gran disgusto por mi parte me veo obligada a partir sin haber recibido ni una palabra de advertencia por parte de Vuestra Eminencia respecto a lo que debería hacer… Por amor de Dios, tenga Vuestra Eminencia la bondad de aconsejarme, pues preferiría morir a tener la desdicha de disgustaros. M. de Fouilloux, que ha traído la carta de la reina, tiene instrucciones de conducir a las señoritas a Saint-Jean. No dejaré de relatar a Vuestra Eminencia cuanto ocurra allí”.

El 11 las sobrinas del cardenal partieron para Saint-Jean y llegaron al día siguiente. Allí esperaron a la corte, que llegó el 13. El rey le había escrito a María que tenía intención de adelantarse a la reina para llegar una hora más temprano. Pero era tal su impaciencia que partió al galope y llegó tres horas antes que su séquito. Hortensia nos relata el encuentro:

“Después de intercambiar los primeros saludos, pasó a la sala de recepciones, donde conversó a solas con María hasta que vinieron a avisarlo de la llegada de la reina. Entonces entró en nuestro carruaje y nos escoltó hasta la reina, que nos recibió con toda la amabilidad imaginable. Mariana estaba tan emocionada que se quedó como petrificada, incapaz de pronunciar ni una sola palabra. Hasta que se puso a llorar, lo cual es muy inusual en ella.”


Las dos hermanas casadas de María acompañaban a la reina. Olimpia no perdonaba a María que la hubiera suplantado en el afecto del rey, e intentó hacerle ahora una mala jugada al invitarla a cenar con ella, tratando con ello de apartarla de Luis. Pero María encontró el modo de rechazar la invitación:

—Lo haré con mucho gusto si el rey no tiene intención de hacerme el honor de visitarme.

Cuando Ana de Austria se sentó a jugar a las cartas, Luis acompañó a las jóvenes hasta sus alojamientos y permaneció con ellas hasta que lo llamaron para ir a cenar con su madre. Después de eso regresó y se quedó hasta las dos de la madrugada. Hortensia estuvo presente parte del tiempo.


“Nada iguala la pasión del rey y la ternura con la que pidió a María su perdón por todo aquello que sufría por su causa.”

Luis se hubiera quedado hasta más tarde si no fuera porque María, temiendo las maliciosas interpretaciones que podría hacer Olimpia de una entrevista tan larga, le rogó que se fuera ya.

A la mañana siguiente Luis las aguardaba en los aposentos de la reina para que la acompañaran todos juntos a misa. Al salir, Ana de Austria se despidió de ellas y continuó el viaje. Ana había acogido bien a María. A pesar de que la detestaba, era consciente de todo el sufrimiento de su hijo e intentaba no agravarlo. Encuentra a Luis tan desmejorado que comienza a alarmarse, y él, al ver que se ablanda, concibe esperanzas de lograr atraerla a su causa. La acogida de la reina es tan cálida que antes de que se marche María se atreve, por consejo de Luis, a pedirle autorización para reunirse con la corte en Burdeos.


Ana no encontró oportuno negarse abiertamente, sino que se escudó en el cardenal y dijo que ella no tendría inconveniente siempre y cuando a su tío le pareciera bien. María conocía a Mazarino lo bastante bien como para saber lo que significaba esa respuesta.

Luis XIV permaneció con ellas aún durante unas horas, hablando con María. Ambos acordaron que ella seguiría aparentando sumisión a su tío, como único medio de tranquilizarlo lo suficiente y así poner fin al exilio. El amor del rey permanecía constante y prometió una vez más a María, con más determinación que nunca, que encontraría el pretexto para romper las conversaciones con España y casarse con ella.

Al día siguiente Luis emprendió el camino con el corazón ligero, sin saber que María se preparaba para hacerle sufrir con la más bella lección de amor.

lunes, 29 de marzo de 2010

Una espía en la familia

Mariana Mancini

María fingía plegarse a la voluntad de su tío, pero era una estratagema para impedir que Mazarino tomara la resolución de enviarla más lejos, allá donde el rey no pudiera alcanzarla. El propio Luis le aconseja que aparente sumisión y que se asegure la buena voluntad de sus servidores, “animándola incluso a prometerles en su nombre cualquier cosa que estimara necesaria a fin de ganarlos para su causa”.

Comenzó una lucha entre el cardenal, que intentaba averiguar por todos los medios el contenido de la correspondencia entre su sobrina y el rey, y ellos dos, que se esforzaban por impedirlo.

Durante semanas Mazarino, que veía la obra de su vida amenazada por los atractivos de su sobrina, continuaba escribiendo sin descanso al rey para aleccionarlo. Hay un párrafo digno de destacarse:

“Tengo la ambición que un hombre honesto debería tener, y tal vez, en ciertos aspectos, voy demasiado lejos. Amo a mi sobrina, pero, sin exagerar, a vos os amo aún más; y estoy más interesado en la conservación de vuestros Estados que en cualquier otra cosa de este mundo. […] Aunque ahora no os resulte agradable, estoy seguro de que un día vos me amaréis por ello, y tendréis la bondad de reconocer que nunca os he rendido un servicio más importante que éste”.

Un día, perdiendo la paciencia, amenazó con abandonar Francia y volver a Italia si no se casaba con la infanta. Exigió que Su Majestad declarase positivamente si su ministro debía preparar su matrimonio; de otro modo el cardenal rompería las negociaciones, entregaría sus bienes al rey y se retiraría con sus sobrinas a Italia o aunque fuera a una isla desierta. Pero el amor que Luis sentía por la pequeña italiana era tal que no había nada en el mundo capaz de devolverle la razón.


Ella, mientras tanto, pasaba el día encerrada a solas con su hermana Hortensia, su aliada y confidente. A la menor, Mariana, por entonces de apenas 13 años de edad, la mantenían apartada, porque Madame de Venel la había persuadido para que las espiara e informara de si veía a María escribir alguna carta, e incluso la alentaba a observar por el ojo de la cerradura y a escuchar las conversaciones entre sus dos hermanas. Y así lo hizo hasta que ellas la descubrieron. Mariana se queja a su tío el cardenal en una carta:

“Desde hace cinco o seis días no me permiten entrar en su habitación, sino que me echan con la mayor furia imaginable. María no soporta a nadie cerca de ella excepto a Hortensia. Ruego a Su Eminencia que ponga remedio a esto. No sé qué hacer, y Madame de Venel está enojada con ellas. No tengo nada más que contaros esta noche”.


La misión de Mazarino era muy complicada, porque los negociadores españoles, perfectamente enterados de las intenciones del rey, se preguntaban si las negociaciones de paz no serían una comedia. El asunto se iba demorando demasiado, y eso les hacía recelar del éxito del desenlace. El cardenal, con prodigiosa habilidad, iba consiguiendo que permanecieran a la espera y no se retiraran airadamente. Le era preciso recurrir a todas sus grandes dotes diplomáticas y a su ingenio, pero día a día iba dejando su salud en aquella pugna.

Ante el ultimátum de Mazarino, Luis no tuvo más remedio que aceptar el encuentro con los españoles, pero con la firme intención de actuar como ya lo había hecho con Margarita de Saboya. Además, recordó al cardenal su promesa de que le permitiría ver a María una vez más antes de partir hacia Bayona, y para desesperación de Mazarino, exigió reunirse con ella.

El cardenal temía que el propósito de Luis fuera precisamente provocar el escándalo y terminar con la paciencia de los españoles, para hacer que las negociaciones se rompieran. Además, el reencuentro avivaría peligrosamente la llama y les daría fuerzas renovadas a ambos. Pero había empeñado su palabra, y, puesto que Luis había conseguido ablandar a su madre para que apoyara su pretensión, Mazarino tuvo que ceder.

Nuevo premio


Madame Magnolia, del estupendo blog Mujeres de Leyenda, ha decidido crear este premio tan dulce y mis blogs han tenido la suerte de resultadar recompensados con la distinción.

Esto es lo que nos cuenta Madame Magnolia:

"Como agradecimiento a todos aquellos blogs que me hacen pasar ratos entretenidos y a la vez instructivos, sumergida en la lectura de sus entradas, he querido crear un modesto premio llamado " BLOG EXQUISITO" porque todos ellos son una delicatessen y espero continuar leyéndolos mucho tiempo. "

¡Madame, muchas gracias!

domingo, 28 de marzo de 2010

Por el bien del reino

Luis no deja de dirigir carta tras carta a María Mancini. Mazarino se desespera con esta actitud. Comienza a pensar que al separarlos no había hecho más que echar combustible a la llama. Alarmado por las noticias que le llegaban con respecto al ánimo del rey, no cesaba de enviarle mensajes tratando de hacerle entrar en razón para que aceptara su destino con buena cara, porque mucho era lo que dependía de ello. Estas son algunas de las cosas que le decía:

“Estoy desesperado, pues es absolutamente necesario que pongáis remedio si no deseáis ser desdichado y hacer que todos vuestros leales servidores mueran de pena. Los procedimientos que empleáis no son los adecuados para curaros, y a menos que os decidáis a cambiar vuestra conducta, vuestro mal empeorará cada vez más. Os conmino por vuestra gloria, por vuestro honor, por el servicio a Dios, por el bien de vuestro reino, que hagáis generosamente fuerza sobre vos mismo y os pongáis en estado de no hacer el viaje a Bayona con desagrado, pues seríais culpable ante Dios y ante los hombres si no fueseis con el propósito que debéis tener por razón, por honor y por interés. Vos podéis, con vuestras grandes cualidades, llegar a ser un gran rey, ved si lo deseáis.”

Ésta y otras cartas de Mazarino a Luis XIV, Ana de Austria y Madame de Venel se encuentran en los archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores y en la Biblioteca Nacional, y han sido publicadas en diversas ocasiones.

Pero las palabras del cardenal no logran ningún efecto sobre el ánimo del rey. En julio de 1659 Mazarino escribe a la reina lo siguiente:

“Yo no podría expresaros mi disgusto, viendo la impaciencia del rey, que en lugar de practicar los remedios que temperarían su pasión, no olvida nada que pueda aumentársela.”

En esa misma carta queda claro, al mismo tiempo, que Mazarino continuaba su propia historia de amor con Ana de Austria:

“… Por lo que habéis gustado decirme con una ternura tan halagadora, que nada es capaz de borrar en mi corazón los sentimientos para con el corazón de la reina, tal como los mismos ángeles podrían desearlo.”

María, por su parte, mantenía aún un hilo de esperanza al leer las cartas de Luis, “cuando vi que Su Majestad sólo pensaba en despachar correos para mí, portadores de cartas de varias páginas; y tomando en consideración que la paz no había sido concluida, y que había grandes obstáculos que salvar para ello, a veces me atrevía a creer que no llegaría a firmarse”.

Ana de Austria

El cardenal no era indiferente al sufrimiento del joven rey y de su propia sobrina. Por el contrario, aquel asunto también estaba minando su salud. Descansaba mal y comenzaba a parecer envejecido y acabado, lo que no le impedía seguir luchando a brazo partido para que el rey hiciera lo que era mejor para la paz de su reino. Unas veces utilizaba un tono más persuasivo y otras más duro, pero no cejaba en su empeño.

“Cartas de París, de Flandes y de otros lugares me advierten que […] andáis metido en compromisos que impedirán dar la paz a la cristiandad, y hacer a vuestros súbditos y Estado felices por vuestro matrimonio. Además, si persistís, la persona que desposaréis, sin ser culpable, será desgraciada.

“Se dice (y así me lo confirman las cartas que me envían desde la corte personas de mi propio séquito) que continuamente estáis encerrado escribiendo a la persona que amáis, y que perdéis en ello el mismo tiempo que antes, cuando estaba en la corte, empleabais en hablarle. Llegan a decir que yo convengo en ello, a fin de satisfacer mi ambición y entorpecer las negociaciones de paz. […]

“Yo sé que la concesión que os he hecho, cuando solicitasteis enviar ocasionalmente vuestras noticias a esta persona, y recibir las suyas, ha conducido a un intercambio continuo de largas cartas, es decir, escribir y recibir diariamente; y que cuando los correos faltan, el primero sale cargado de tantas como días ha faltado, lo que no puede hacerse sin producir un gran escándalo, y, diría, sin atentar a la reputación de vuestra persona y de la mía.

“Lo que es peor, conozco por las respuestas que la misma persona me ha dado cuando he querido advertirla cariñosamente de lo que convenía para su bien, […] que vos no desperdiciáis ocasión de comprometerla en aumento, asegurándole que vuestras intenciones son hacer cosas que, vos sabéis bien, no proceden, y que nadie en vuestro Estado podría conocer, porque son, por varias razones, enteramente imposibles.

“Dios ha establecido a los reyes para velar por el bien, la seguridad y el reposo de sus súbditos, y no para sacrificar ese bien y ese reposo a sus pasiones particulares. Y cuando han aparecido personas tan desdichadas como para obligar mediante su conducta a la Divina Providencia a abandonarlos, las historias están llenas de revoluciones y miserias que se han abatido sobre sus personas y sus Estados.

“[…] En cierto modo sois dueño de actuar como os plazca, pero debéis rendir cuentas de vuestros actos a Dios por la salvación de vuestra alma, y al mundo por la salvación de vuestro honor. […] Y puedo aseguraros que, por lo que yo sé, el Príncipe de Condé y muchos otros están al acecho para ver qué resulta de esto, esperando, si las cosas resultan conforme a sus deseos, sacar buen provecho, para lo cual el príncipe tendrá sin duda el apoyo del Parlamento, de los altas personalidades y de la nobleza del reino, si no de todos vuestros súbditos en general. "

Porque Luis, en efecto, continuaba prometiendo a María, a la que llamaba su reina, que un día llevaría la corona de Francia.

viernes, 26 de marzo de 2010

Berenice

Racine


Vous m'aimez, vous êtes roi et je pars.


Mazarino consintió en que hubiera correspondencia entre el rey y María Mancini. Fue la única concesión que hizo junto con acceder a la petición de Luis de que le diera promesa formal de que volvería a ver a María al menos una vez antes de que él partiera hacia Bayona.

“La tarde anterior a la partida de mademoiselle de Mancini”, nos cuenta madame de Motteville, “el rey vino a ver a la reina en un estado de profunda depresión. Ella se lo llevó aparte y hablaron durante mucho tiempo; pero como la sensibilidad del corazón que ama requiere soledad, la reina tomó una vela de encima de su tocador y pasando desde su cámara al baño pidió al rey que la siguiera. Después de haber permanecido juntos alrededor de una hora, el rey salió con los ojos hinchados, y la reina le siguió, tan conmovida por el estado en el que se veía obligada a situarlo, que era fácil de ver que el sufrimiento del rey le pesaba mucho. En ese momento me hizo el honor de decirme en voz baja:

"—Siento lástima por el rey, pero acabo de decirle que estoy segura de que un día me agradecerá el dolor que le he causado.”

Durante esa entrevista Luis aún había tratado desesperadamente de persuadir a su madre, consiguiendo solamente la promesa renovada de que se le permitiría volver a ver a María durante el viaje.

Luis pasó de los apartamentos de la reina a los de María, para unir sus lágrimas a las suyas y reafirmarle una vez más su inconmovible determinación. Hortensia fue el único testigo de esta entrevista, que se prolongó hasta tarde, cuando el rey regresó a sus apartamentos “triste, en silencio, sin hablar con nadie”.


A la mañana siguiente, el 22 de junio de 1659, el rey en persona condujo a María hasta su carroza. Madame de Venel y las hermanas Mancini, Hortensia y María Ana, aguardaban allí. El rey no podía alejarse de la portezuela. Las lágrimas caían y ni siquiera podía tratar de disimular su dolor. María le besaba las manos hasta que por fin se dio la orden de salida y se oyó un lamento que no pudo contener.

—¡Vos me amáis, sois el rey, y sin embargo yo debo partir! —exclamó como haría más tarde la Berenice de Racine.

El rey se inclinó hacia ella y murmuró algunas palabras en su oído. Fuera lo que fuese, no pareció que le proporcionara un gran consuelo, porque María se volvió hacia Hortensia sollozando amargamente y se lamentó:

—¡Soy abandonada!

“No puedo guardar silencio sobre la pena que esta separación me ocasionó; ninguna otra cosa me afectó tanto en toda mi vida; todo cuanto alguien es capaz de sufrir no me parecía nada comparado con esta ausencia; no hubo ni un solo momento en que no deseara la muerte como único remedio a mi desdicha. Me encontraba, en suma, en un estado que no puede ser descrito ni por lo que he dicho ni por las expresiones más fuertes”.

Durante largo tiempo el rey permaneció viendo cómo desaparecía el carruaje que se llevaba al más grande amor de su vida. Cuando hubo desaparecido del camino, subió a su carroza con los ojos hinchados, enrojecidos, según nos cuenta madame de Motteville, testigo de esta escena, “salió en el mismo instante hacia Chantilly, donde pasó algunos días recuperando fuerzas.” Allí cabalgaba por los bosques durante horas, y cuando regresaba se ponía a escribir cartas de amor que un mosquetero llevaba a María con órdenes de aguardar respuesta. Lamentablemente no nos ha llegado ninguna de aquellas cartas; contamos únicamente con las que intercambiaron Ana y Mazarino con respecto a ese tema.


María había caído gravemente enferma como consecuencia de todas estas violentas emociones. Su estado de salud preocupaba a sus familiares, pero Luis, a quien nada habían comunicado sobre ello, se sorprendía de no recibir respuesta a los mensajes que le enviaba diariamente. Hasta que una de las damas de compañía de María logró encomendar al conde de Vivonne la misión de entrevistarse con el rey para ponerle al tanto de los acontecimientos. Luis despachó entonces a uno de sus mosqueteros con una carta para Mazarino, pidiéndole que tratara a su sobrina con toda consideración y bondad, y que le informara de inmediato de cualquier cambio en su estado de salud.

Ana de Austria le preguntó a Luis poco después qué noticias había sobre mademoiselle de Mancini, a lo cual el rey, furioso, exclamó “en voz tan alta que pudo ser oído por los de la habitación contigua, que no tenía ningún sentido interesarse por la persona a la cual se había intentado matar”.

Pronto llegaron noticias tranquilizadoras de Mazarino: decía que su sobrina había tenido algo de fiebre debido a la falta de sueño, pero que se encontraba ya recuperada. A la reina le escribía con más sinceridad: “María está más afectada de lo que podría expresaros, pero se muestra enteramente resignada a mis deseos”.

Luis también había enfermado, según esta anotación de su médico: “Su Majestad tiene fiebre, insomnio, y está adelgazando considerablemente.”


***

Estos días suena en la corte la Berenice de Händel


jueves, 25 de marzo de 2010

Regalo


Madame Katy, de Pasitos cortos, se sumó ayer a mi fiesta de cumpleaños haciéndome este hermoso regalo que aquí les muestro.

Muchísimas gracias, madame, por haber elegido mi blog, pero sobre todo gracias por su presencia cada día, y por dejarme siempre sus comentarios.

Bisous


miércoles, 24 de marzo de 2010

El rey se arrodilla

Luis XIV

Les choses que la passion fait faire paraissent ridicules à ceux qui n’en ont jamais senti.

(Hortensia Mancini)

Las cosas que la pasión nos impulsa a hacer resultan ridículas para quienes nunca la han experimentado.


Ana de Austria se alarma cuando Mazarino le comunica que ha decidido alejar a su sobrina: la reina teme que la medida podría enfurecer a Luis lo suficiente como para causar un escándalo que pusiera fin a las negociaciones matrimoniales con España. Ruega al cardenal que no los separe, pero él se muestra inconmovible.

Al negarse Ana a comunicarle la noticia a su hijo, Mazarino había tenido que pedirle a María Mancini que lo hiciera ella misma. María, entre lágrimas, corrió a encontrarse con Luis en sus aposentos y le contó que se había decidido su alejamiento de la corte. Él no quería aceptar esos planes urdidos por su madre y el cardenal.

—¡No hay ningún poder sobre la tierra capaz de separaros de mí! —exclamó decidido.

Los guardias, que tenían la oreja pegada a la puerta, retrocedieron asustados por las explosiones de voz del enfurecido monarca. Luis dio rienda suelta a su cólera y amenazó con causar la desgracia del cardenal.

Durante tres días ni siquiera dirigió la palabra a su madre, pero al cabo de ese tiempo, al ver que el ministro permanecía inflexible, decidió cambiar de táctica y se dirigió hacia los aposentos de su madre Una vez allí, se arrojó a los pies de Ana de Austria y de Mazarino suplicando que le permitieran casarse con María.

Tanto Ana como el cardenal no salían de su asombro al ver a aquel joven orgulloso arrodillarse ahora ante su servidor, pues no era otra cosa Mazarino a fin de cuentas. Luis, llorando y aturdido, arrodillado en el suelo, abrazó las piernas de su madre y llamó al cardenal padre.

—Padre mío, yo no puedo vivir sin ella. He prometido desposarla y lo haré. Preparaos para romper las conversaciones con España, porque jamás podría casarme con la infanta. ¡Debo hacerlo con María! Haré cualquier cosa antes que verla sufrir por mi causa.

No era el rey en esos momentos, sino simplemente un joven enamorado, abrumado por un sentimiento que jamás ha conocido razones de Estado. Pero Mazarino continuaba siendo el primer ministro; se mostró tajante e interrumpió esta escena con voz severa.

—Sire, fui elegido por el difunto rey, vuestro padre, y después por la reina, vuestra madre, para aconsejaros, y habiendo servido a la reina hasta el presente con fidelidad inviolable, no podría abusar de la confianza con la que se me ha honrado, de vuestra debilidad, ni de la autoridad que me habéis concedido en vuestros Estados para llevar a cabo algo contrario a vuestra gloria. Os aseguro que, como tutor que soy de mi sobrina, antes la apuñalaría que darle fortuna con una tal traición. Nunca os la entregaré por esposa.


Fue suficiente con esa amenaza para que Luis se serenara. Mirando a los ojos de su primer ministro sin duda se sintió impresionado por la firmeza y la resolución que vio en ellos. En realidad sabía que Mazarino no lo haría, no: no había sido nunca su estilo ni con sus enemigos políticos, de modo que no iba a causar ningún daño a su sobrina. Pero tal vez en ese momento se dio cuenta de que otros sí, de que podían quitar de en medio a María como otras veces había ocurrido a lo largo de la historia. Su abuelo Enrique IV estaba a punto de casarse con su amada Gabriela, tan poco conveniente a las razones de Estado, cuando ella falleció en unas extrañas circunstancias que entonces muchos achacaron a un veneno.

El rey estaba muy pálido cuando se incorporó y abandonó la estancia sin añadir ni una palabra. Fue a reunirse con ella, que aguardaba impaciente y esperando oír que la salida hacia Brouage quedaba anulada.

Luis explicó que debía plegarse y consentir en esos preparativos momentáneamente, pero que sólo se trataba de ganar tiempo. No renunciaba a su proyecto de matrimonio con ella, sino que aguardaba la ocasión de llevarlo a cabo más adelante, cuando el momento fuera propicio tras firmar la paz con España. No era imposible: contaba con la baza de no alcanzar un acuerdo con respecto a la dote de la novia, porque, si bien España gobernaba gran cantidad de territorios, tenía problemas de liquidez, precisamente a causa de los conflictos que ocasionaba ocuparse de asuntos tan diversos. En esos momentos el rey Felipe tenía abiertos varios frentes, y todo eso resultaba muy caro. Mazarino trataría de cambiar dinero por plazas en los Países Bajos, pero España no querría cederlas.

María Mancini se desespera:

—¿Por qué, si tal es vuestra determinación, permitís que se ejecute esta orden de exilio? ¿No veis que si me alejan el cardenal podrá más fácilmente hacerme volver a Italia y separarnos para siempre?

El rey estaba seguro de que no eran ésas las intenciones de Mazarino, puesto que le había dado su promesa formal de que volvería a ver a María y que ambos se encontrarían durante el viaje hacia la frontera. Los dos se abrazaron llorando, conscientes de que iban a tener que librar en solitario una dura batalla. Pero no iban a rendirse.


lunes, 22 de marzo de 2010

Exilio para María Mancini

María Mancini

Un día se supo que la corte pronto saldría hacia Bayona, porque las conferencias relativas a la paz con España iban a abrirse en San Juan de Luz, en la frontera. Mazarino iba a negociar con Don Luis de Haro, y expresó la conveniencia de que Luis y Ana de Austria lo acompañaran.

La reina imploró a su hijo que le hiciera promesa solemne de no oponerse al proyecto matrimonial con la infanta, a lo cual él respondió de modo evasivo, diciendo que no tenía intención de oponerse, pero que había tiempo suficiente para considerarlo bien, puesto que las condiciones del tratado aún no habían sido decididas.

Luis le contó a María las novedades, y ella, asustada, se arrojó a sus pies llorando.

—Si me amáis, impedid ese viaje, os lo suplico.

El rey, emocionado, le prometió que no la abandonaría a su suerte; que él seguía firme en sus propósitos y no cedería ante las presiones de su madre y su ministro.

Estaba totalmente decidido a cumplir su promesa, tanto que salió de allí para encontrarse con Mazarino, con la intención, según aparece recogido en todas las memorias de la época, de comunicarle que deseaba casarse con su sobrina.

Mazarino quedó estupefacto. Tenía que asimilar el hecho de que quisiera a su plebeya sobrina para reina de Francia y no simplemente como amante; no había contado con eso. ¡Era insólito! Según Madame de Motteville, que tenía acceso a la intimidad de la reina, a continuación el cardenal de inmediato se trasladó junto a Ana de Austria y, medio en broma y con visible incomodidad, informó de la sorprendente decisión de su hijo. Ana abrió mucho los ojos.

—No creo, cardenal —dijo secamente—, que el rey sea capaz de esta debilidad; pero si es cierto que tiene esta idea, os advierto que toda Francia se rebelará contra vos y contra él, y que yo misma me situaré, junto a mi segundo hijo, al frente de la rebelión.

Mazarino se retiró con la cabeza baja. Realmente aquello era imposible, un despropósito. La Fronda no había sido nada comparado con lo que podría sobrevenir ahora de permitirle a Luis continuar con esos proyectos. Los franceses jamás lo perdonarían.


La versión de Madame de Motteville insinúa que cuando el cardenal acudió a ver a la reina había acariciado por un momento la idea de ceder a las pretensiones de Luis. Sin embargo, los biógrafos de Mazarino y de María Mancini niegan este punto. Las cartas del cardenal demuestran que desde el primer momento se opuso vigorosamente a un matrimonio entre el rey y María. No hacía falta que la reina le dijera que eso sería desastroso para Francia, sino que además, como observa Perkins, también lo sería para sus propios intereses: “Mazarino no tenía nada que ganar y sí mucho que perder. Se convertiría en el tío de una reina en vez de en el sucesor de Richelieu.”

Ello no es incompatible con el hecho de que la reina, alarmada al escuchar de boca del cardenal el insensato proyecto de su hijo, perdiera la calma y reaccionara de ese modo para dejar bien claro que jamás toleraría algo semejante.

Lo cierto es que poco después Ana de Austria llamaba a Luis y lo recriminaba duramente. Empleó todos los argumentos que se le ocurrieron para disuadirlo, apelando a su honor y a su sentido del deber. Pero él ya no era el niño que agachaba la cabeza ante su madre. Esta vez le replicó, y le dijo que no renunciaría jamás a su amor, que nadie excepto María compartiría su trono, y que podían ir diciendo a la infanta de España que se buscara otro marido.

Así las cosas, Mazarino mantuvo otra entrevista con su sobrina, esperando que se mostrara más razonable que el rey. No fue así, y el exilio de María Mancini fue decidido inmediatamente. Al día siguiente Mazarino anunciaba a su sobrina que debía hacer el equipaje.

—Saldréis con vuestras hermanas hasta el puerto de Brouage, pues vuestra presencia aquí produce molestias lamentables. Podéis ir a comunicárselo al rey.

***

Quiero aclarar, en relación a las preguntas que me hacen sobre los diálogos con los que a veces salpico la narración, que todos ellos están elaborados con frases que aparecen realmente en crónicas y memorias de la época, no siendo producto de mi imaginación ninguna de las palabras que pongo en boca de los personajes y permitiéndome tan sólo mínimas libertades para su adaptación. Como les he dicho, al ser mi principal objetivo que pasemos un rato divertido en esta corte al tiempo que conocemos sus entresijos y nos familiarizamos con los cortesanos, intento en ocasiones llevar el relato al límite con la novela, pero sin traspasar la línea.

sábado, 20 de marzo de 2010

Pascua sacrílega

Juan José de Austria

Con el proyecto, por el momento secreto, del matrimonio entre Francia y España, las hostilidades se habían interrumpido y don Juan José de Austria, hijo ilegítimo de Felipe IV y gobernador de los Países Bajos, acudió al Louvre para visitar a su tía la reina. Permítanme hacer un inciso para recordarles que sobre éste y otros personajes de la corte española encontrarán información detallada en el magnífico blog Reinado de Carlos II.

Ana recibió al bastardo de un modo casi maternal. María Mancini se enteró de los planes para casar a Luis con la infanta española precisamente a raíz de esa visita, y comenzó a inquietarse. El embajador Pimentel, enviado del rey de España, también llegaba a París poco después de que la corte regresara de Lyon para preparar el Tratado de Paz, cuya primera condición era el matrimonio de Luis XIV con María Teresa.

María vivía una gran angustia. Cada día, unas veces altiva, otras insistente, otras tierna, hablaba con el rey y le señalaba la desdicha que supondría un matrimonio en el que no había lugar para el amor.

—Seréis desgraciado —le decía.

Él lo sabía, y se debatía entre el amor y el deber. Esperaba secretamente poder librarse de ese matrimonio como se había librado del saboyano, pero no podía decirlo en voz alta; no podía molestar al embajador de España y alterar la política exterior de su primer ministro.

Poco después de la partida de don Juan de Austria ocurrió un incidente que centró por algún tiempo la atención de la corte, haciendo que se apartara incluso del romance del rey. El incidente implicaba a Felipe Mancini, el hermano de María. Felipe se encontraba entre el grupo de jóvenes que habían sido invitados por el conde de Vivonne a pasar la Semana Santa con él en su casa de campo en Roissy. Los acompañaban también dos de los caballeros más libertinos de la corte: Bussy-Rabutin y el conde de Guiche. Allí se dedicaron a dar rienda suelta a la diversión, de un modo muy poco respetuoso en unas fechas que eran de recogimiento para el resto de la corte.


“Se les acusó de haber elegido el momento con intención sacrílega, siendo la menor de sus fechorías la de comer carne en Viernes Santo; incluso se les acusó de haber cometido ciertas impiedades indignas no ya sólo de cristianos, sino de hombres dotados de sentido común”, nos cuenta madame de Motteville.

Se decía que habían comido un lechón, pero haciendo que previamente lo bautizaran. Sin embargo no fue esta calaverada lo que realmente había molestado tanto en la corte, sino que su verdadero delito era el de haber compuesto una canción en la que se despachaban bien a gusto contra algunos importantes personajes. Una copia de la canción comenzó a circular y cayó en manos de la reina y del cardenal, el cual “para demostrar que no tenía intención de proteger el crimen, decidió castigar a todos los cómplices en la persona de su sobrino, a quien despidió de la corte y de su presencia”. Mazarino lo hizo conducir a la ciudadela de Brissac, donde habría de permanecer prisionero.

Esto, según nos cuenta Bussy-Rabutin, fue un castigo totalmente injusto, porque el pobre Felipe, al ver el cariz que iban tomando los acontecimientos en Roissy, había abandonado a sus compañeros, prefiriendo encerrarse en su habitación, y en la mañana del Viernes Santo había regresado a París. Pero Mazarino tenía que demostrar que no trataba de proteger ni favorecer a su familia. Además, sospechaba que Luis y María utilizaban a Felipe como intermediario, y aquel incidente le pareció una buena ocasión para librarse de él e impedir que continuara ayudando a prolongar semejante desatino.

viernes, 19 de marzo de 2010

La misión de Madame de Venel

María Mancini

Madame de Venel se tomó muy a pecho la misión que le encomendaron Ana de Austria y Mazarino: era para ella cuestión de honor velar por la virtud de María Mancini y procurar que nunca se quedara a solas con el rey. Cuando le parecía que Luis se demoraba mucho en los aposentos de María, ni corta ni perezosa madame de Venel lo despedía con una reverencia, aunque él no hubiera hecho ningún ademán de querer marcharse. Luis se iba, pero al poco tiempo regresaba por otra puerta.

Al cardenal le preocupaba que, como durante la estancia en Lyon las jovencitas dormían en la planta baja y las ventanas daban a la plaza, algún desaprensivo podría aprovechar la circunstancia para colarse en el interior. O sea, Luis.

Esto dio lugar a un divertido incidente que aparece recogido en las memorias de Hortensia:

“Madame de Venel estaba tan acostumbrada a su papel de guardiana (o mejor dicho espía), incluso por la noche, que solía levantarse para ir a ver qué estábamos haciendo.” Una noche, creyendo oír un ruido sospechoso, madame de Venel se temió lo peor y adormilada como estaba entró en la habitación de María, que se hallaba sumida en el más apacible de los sueños. Nerviosa ante la posibilidad de toparse con Su Majestad y sin saber muy bien cómo debería reaccionar en el caso de que lo sorprendiera en tan embarazosa situación, la dama se puso a tantear la cama en la oscuridad para comprobar que había una sola persona en ella. Pero en su exceso de celo tuvo la mala fortuna de ir a meter un dedo en la boca de la Mancini. María, al despertarse sobresaltada con la intrusión, le mordió el dedo con todas sus fuerzas.

Entre el susto y el dolor, madame de Venel lanzó más que un grito un bramido, de tal modo que despertó a todo el piso. “Imaginad el asombro de ambas, cuando se despejaron por completo, al encontrarse en esa situación. Mi hermana estaba sumamente enfadada por tan intensiva vigilancia. Al día siguiente le contaron la historia al rey y toda la corte se rió.”

Hortensia Mancini

Según Mademoiselle de Montpensier, “el rey estaba de mucho mejor humor desde que se había enamorado de mademoiselle de Mancini; estaba alegre, y hablaba con todo el mundo”. Pero el humor festivo de Luis también iba a jugarle alguna mala pasada a Madame de Venel. El joven, cansado de aquella misión que él sabía bien que le habían encomendado a la señora, puso en práctica una argucia para intentar librarse de ella. En Mémoire sur Madame de Venel aparece la siguiente anécdota recogida por Perey:

“Un día, cuando el rey distribuía dulces entre las damas de la corte, en cajas galantemente adornadas con cintas de colores, madame de Venel recibió la suya y la abrió. ¡Pero cuál no sería su espanto al ver surgir una docena de ratoncillos, un animal por el que era sabido que sentía una tremenda fobia!”.

Luis hacía esto para conseguir que saliera huyendo y lo dejara a solas con María. Y estuvo a punto de conseguirlo: la primera reacción de la dama fue emprender la huida; pero, muy consciente de sus deberes, inmediatamente recordó la promesa que le había hecho a la reina de no perder nunca de vista a mademoiselle de Mancini. La mujer se dio cuenta del propósito del joven monarca al tratar de alejarla y volvió sobre sus pasos como un toro de Mihura, dispuesta a enfrentarse a lo que fuera con tal de no permitirle salirse con la suya.

Entró en la habitación y, en efecto, los encontró sentados muy juntitos los dos, felicitándose por el éxito de la estratagema y con evidentes intenciones de adoptar actitudes más relajadas. Luis se sorprendió al verla entrar tan pronto, pues la imaginaba aún corriendo por los pasillos. La miró y dijo:

—¿Qué, señora, ya os habéis recuperado del susto?

—No, Sire —respondió—. Es porque aún no me he recuperado del susto por lo que, para cobrar valor, pensé que sería buena cosa permanecer cerca del hijo de Marte.

Y diciendo eso se sentó en el sofá entre ambos.

miércoles, 17 de marzo de 2010

¿Por qué Rey Sol?

Traje de Luis XIV en el Ballet de la Nuit, 1653

La tensión había causado que María Mancini cayera enferma por unos días, durante los cuales Luis la visitaba de continuo. “Se había entregado sin reservas a su pasión por el rey, a la embriaguez de la entrega mutua, doblemente dulce para alguien cuya vida hasta entonces había sido tan triste y solitaria, sin detenerse a reflexionar cuál podía ser el único final para un sentimiento de semejante naturaleza entre dos personas de tan diferente condición. En realidad sólo pensaba en el presente y cerraba los ojos al futuro”.

Cuando la corte regresó a París, a comienzos de 1659, todos los cortesanos, incluyendo la reina y el cardenal, unos por delicadeza y otros sin intención, fueron tomando quién un barco, quién una carroza, y al final los dos enamorados se encontraron cabalgando solos. María Mancini llevaba un traje de terciopelo negro y un gorro con plumas multicolores, y resplandecía como nunca. La gente que se acercaba a aclamar al rey admiraba a la pareja. Por la tarde, al descansar, se tocaba la guitarra, había muchas risas y los dos entrelazaban sus manos. María, en palabras de madame de Motteville, “amaba aún más a aquel a quien ya amaba demasiado”.

En París se cantaba y se bailaban las melodías que componía el florentino Giovanni Battista Lully (o Lulli). El joven italiano de 26 años había llegado a París cuando sólo era un niño y nada hacía presagiar su fulgurante ascenso. Su presencia reforzaba el lugar ocupado por los italianos en la corte, que respondía al gusto del cardenal Mazarino, encargado de dar a conocer en Francia el arte de su tierra natal. Al principio Lully era, simplemente, uno de tantos.

Lully, La Barre y otros músicos

El pequeño Lully, traído de Florencia por el caballero De Guise, se convirtió en paje de la Grande Mademoiselle, la duquesa de Montpensier, a quien le gustaba conversar en italiano. Lully pronto fue el gran bailarín de la princesa, pero después de que ésta disparara los cañones de la Bastilla el violinista abandonó el barco que se hundía y se pasó al círculo de Mazarino. Su talento para la danza sedujo al rey. Ambos figuraban, codo con codo, en el Ballet de la Nuit que Mazarino hizo representar en el Louvre la noche del 23 de febrero de 1653. El ballet duraba doce horas, desde el atardecer al amanecer. La metáfora del sol que se eleva representaba al rey: Luis XIV aparecía como Apolo, el sol triunfante, vencedor de los rebeldes de la Fronda en la guerra civil.

Luis era un apasionado del ballet, y no sólo como espectador, sino como participante. Fue él quien fundó la Real Academia de Danza en 1661. Las primeras referencias sobre las cinco posiciones elementales del baile aparecen en los escritos de Pierre Beauchamp, un bailarín y coreógrafo de la corte, y la contribución de Lully al ballet fue enorme.

Aprovechemos este recuerdo del rey vestido de ese modo para el baile y aclaremos que no fue, ni mucho menos, el primer rey sol de Francia. Por el contrario, el sol figuraba entre los símbolos de la monarquía francesa desde hacía casi 300 años, y fue eso lo que le inspiró su disfraz. Sin embargo, entre todos los reyes que fueron soles él fue el único en ser recordado como tal. La metáfora es evidente: así como el sol da luz y vida a todo cuanto toca, así sucedía con la influencia de Luis en Europa en la política, el comercio y el arte.

Le Roi Danse

Durante unos días sonarán en esta corte, entre otras cosas, fragmentos del Ballet de la Nuit, recogidos en la película Le Roi Danse.

María Mancini era muy feliz en estos días de música, de bailes y disfraces, unos días en los que comenzaba a sonar con fuerza el nombre de Molière, con cuyas comedias el rey reía sin rebozo. Conmueve leer el relato de su felicidad en aquel tiempo. Había adquirido una influencia tan grande sobre este sol que la reina madre y Mazarino estaban inquietos. El cardenal, atacado de gota, no podía seguir muy de cerca los acontecimientos, y para mayor seguridad encomendó a madame de Venel, la gobernanta de María y sus hermanas, la misión de vigilar a los enamorados e impedir que se encontraran a solas.

lunes, 15 de marzo de 2010

El Duque de Saboya

Carlos Manuel II de Saboya

Margarita de Saboya, la novia rechazada, no mostró ninguna reacción. Según el marqués de Montglat, “mantenía en todo momento una admirable calma, y se comportaba como si el asunto no fuera con ella”. Margarita se casaría finalmente con el duque de Parma, pero la pobre muchacha no iba a vivir muchos años: falleció en 1663, unos meses antes que su madre.

Se trató también de contentar a Saboya prometiendo a Mademoiselle de Montpensier con el joven duque, hermano de Margarita, que se había reunido allí con su familia. Carlos Manuel, buscando novia, tenía en su palacio una habitación llena de retratos de todas las princesas casaderas que había en Europa, con la intención de elegir entre aquellas que más le agradaran. Pero no era a ninguna princesa a quien él pretendía. Apenas llegó, el duque de Saboya preguntó por Hortensia Mancini y alabó su belleza. De hecho tanteó la posibilidad de casarse con ella. Sin embargo, sus exigencias fueron inaceptables para el cardenal, al incluir la entrega de Pignerol, plaza que por entonces era francesa.

Carlos Manuel II de Saboya

A Mademoiselle de Montpensier le agradó el aspecto del duque, y también sus modales, siempre tan corteses con todo el mundo. Pero el agrado no fue mutuo, y alguna mala lengua dijo que al verla y pensar que podían empezar a hacer negociaciones al respecto, Carlos Manuel se empeñó en marcharse de inmediato. En realidad fue un conjunto de factores el que provocó su precipitada partida: estaba molesto por el fracaso de su propuesta matrimonial a Hortensia, y porque se había dado cuenta de que Francia estaba simplemente utilizando a su hermana como arma en aquella pugna con España. Además, discutió con Gastón por un asunto de precedencia, lo cual no contribuyó a mejorar su ánimo. Se fue muy enojado, y Mademoiselle de Montpensier dice que exclamó:

—¡Adiós, Francia, y para siempre! Te abandono sin tristeza.

Pero eso de para siempre suele ser demasiado tiempo. Carlos Manuel se casaría unos años más tarde con una hermanastra de Mademoiselle: Françoise Madeleine de Orleáns.

No sabemos hasta qué punto pudo influir la afilada lengua de Mademoiselle de Montpensier en el fracaso de este nuevo proyecto matrimonial para ella. Madame Royale hablaba a menudo de la autoridad que tenía sobre su hijo y del buen entendimiento entre ambos. En una ocasión le contaba a la reina que Carlos Manuel a veces le pedía dinero, rogándole que no le preguntara para qué lo quería, y ella hacía que le dieran la cantidad solicitada respondiéndole que no lo quería saber. Mademoiselle le arrojó entonces esta perla:

—Me parece, Madame, que Vuestra Alteza Real debería demostrar la autoridad que tiene sobre él haciéndole más sabio, y también en otra cosa: siendo tan devota como sois, deberíais tener más escrúpulos y no darle dinero para sus amantes.

Cristina de Borbón, duquesa de Saboya

Tampoco sabemos de qué color quedó el rostro de Cristina. Lo único cierto es que como Anne Marie siga disparando cañonazos no vamos a conseguir casarla. Porque es que otro más fuerte estaba aún por venir: a Mademoiselle no debió de gustarle lo de Hortensia, y Carlos Manuel la encontró un poco de uñas. Él le contaba que había salido tarde de Chambéry porque se detuvo a escuchar misa, y entonces ella exclamó:

—¡Vaya, os hacéis el devoto!

—Es que lo soy, y mucho: asisto al sermón, escucho la misa, ayuno en cuaresma, y toda mi vida gira en torno a eso.

—Ya veo que sois un hipócrita —le dijo ella, estallando en carcajadas.

—¡Caramba, es la primera vez que os veo y me insultáis! —se asombró él, que no obstante, lejos de enojarse, siguió su humor y se lo tomó a chanza.

—Nuestro parentesco nos aproxima lo suficiente como para decirnos las verdades.

Y por si fuera poco, el enojo entre Gastón y el duque originó una desagradable escena entre Mademoiselle de Montpensier y Madame Royale. Anne-Marie le dijo a su tía:

—Puesto que el duque de Saboya no ve a Monsieur, no encuentro necesario que sus hermanas me visiten a mí.

—Y yo no veo qué problema hay en tratarlas como merecen. Es una cortesía que no puede tener ninguna mala consecuencia, y, sobre todo, hay un argumento incontestable, y es que ambas son nietas de Francia, igual que vos —le recordó, pues tanto ellas como Anne-Marie eran nietas del rey Enrique IV.

—Ellas lo son por línea materna, mientras que yo lo soy por mi padre.

—Sin embargo, es mi deseo

—Ah, ante eso, Madame, nada tengo que decir —se rindió ante quien no era nieta de rey, sino hija—. Tras haber aducido mis razones, sólo me resta obedecer.

Cristina de Borbón, duquesa de Saboya

Al cabo de unos pocos días, el 8 de diciembre, las princesas también regresaban a su tierra, convencidas de que habían permitido a Francia lograr la paz con España. Madame Royale lloró al despedirse, pero Ana de Austria sólo fue capaz de experimentar un gran alivio al perderlas de vista. A su regreso a Lyon se burló del llanto de la duquesa, diciendo que era “la actriz más consumada que jamás hubiera visto”.

Unos días después de la partida de las saboyanas llegaba a la corte la noticia de que el rey de España era padre de otro varón. Cualquier obstáculo para el matrimonio de Luis con la infanta terminaba de despejarse.

domingo, 14 de marzo de 2010

"¡Eso no puede ser y no será!"

Cristina de Francia con sus hijos

María Mancini se había quedado en Lyon y no acompañó al cortejo a recibir a los saboyanos, por lo que no pudo observar la reacción de Luis al ver a Margarita y le fue preciso preguntarle a Mademoiselle de Montpensier a su regreso.

—Me parece que le gustó mucho —respondió Anne Marie.

Mademoiselle, por su parte, también consideraba bonita a la saboyana. La más hermosa de la familia había sido la hermana mayor de Margarita, Luisa Cristina, viuda de Mauricio de Saboya. Luisa Cristina los acompañaba en ese viaje, pero ya no había en ella rastro de sus pasados atractivos, porque una cruel viruela había afeado su rostro. En esos momentos resultaba preferible Margarita, con grandes y hermosos ojos. Anne Marie observó que su físico no desagradaba a pesar de algunos rasgos desprovistos de belleza.

Esa noche Luis XIV y Margarita de Saboya se retiraron a dormir en partes opuestas de la plaza Bellecour. El rey ya se encontraba en sus aposentos cuando vio aparecer a María Mancini. En cuanto la vio entrar, su euforia desapareció. Agachó la cabeza y esperó a que cayera el chaparrón, que, en efecto, no tardó en llegar. Viendo que él se replegaba, María se envalentonó.

—¿No os avergüenza que se os quiera dar una mujer tan fea? —lo atacó en pleno ataque de celos.

Eso, al menos, es lo que nos asegura Mademoiselle de Montpensier. Luis consoló a la joven, que realmente no podía estar tranquila dadas las circunstancias. La conversación fue larga, se prolongó hasta bien entrada la noche, de modo que el rey tuvo tiempo de sosegarla y reafirmarle su amor. Pero no, en ningún momento llegaron a estar completamente a solas, aunque los presentes se mantuvieran a prudente distancia.

Cristina de Francia, Madame Royale

Al día siguiente Luis se mostró tan frío con Margarita como galante había sido la víspera. La princesa de Saboya estaba desconcertada. Por la noche hubo una recepción ofrecida por la reina madre y el comportamiento de Luis fue de una vulgaridad impropia de él: no dirigió la palabra ni una sola vez a Margarita; en lugar de eso permaneció en un rincón del salón, bromeando todo el tiempo con María.

¿Era ella la responsable de este cambio? No. Luis era el rey, y hubiera seguido fingiendo en público de haberlo considerado preciso. Pero resulta que esa mañana había leído una carta muy importante. Un extranjero se había presentado el día anterior casi al mismo tiempo que las saboyanas, solicitando ser recibido discretamente. Era nada menos que don Antonio Pimentel, enviado del rey de España con el ofrecimiento de la mano de la infanta María Teresa.

Y es que se comentaba que cuando en Madrid tuvieron noticias de esos planes de alianza con Saboya, Felipe IV dio un golpe sobre la mesa y elevó el tono de su voz, cosa que no hacía nunca.

—¡Eso no puede ser y no será! —decidió.

Felipe IV, rey de España, de Portugal y de las Dos Sicilias y Señor de los Países Bajos, a todo lo cual podría sumarse una larguísima lista de títulos, tenía a Felipe Próspero y a una reina a punto de dar a luz de nuevo. En ese momento consideraba suficientemente asegurada su capacidad para dejar descendencia. El poderoso monarca acababa de decidir que Saboya, su antiguo aliado, bajo ningún concepto podía cambiar de bando porque desequilibraría la balanza y podía volcar el rumbo de la contienda. Si había que establecer una nueva alianza, entonces la haría él.

Felipe IV

La estratagema de Mazarino, pues, dio sus frutos. España cedía y se avenía a firmar la paz. Mazarino corrió a los aposentos de la reina para informarla de todo.

—Os traigo la noticia que menos esperáis —dijo.

—¡Entonces es la infanta! —exclamó ella.

—Vos lo habéis dicho, ¡la infanta es vuestra!

Mazarino, sin embargo, recelaba aún de las intenciones de Felipe: temía que todo fuera una estratagema para alejar a Saboya, y que después buscaran cualquier pretexto para volverse atrás. Madame Royale, aunque de modo impreciso, se dio cuenta de que algo sucedía. Los rumores que comenzaron a circular acerca de la llegada de Pimentel la tenían inquieta, así que decidió acudir a Mazarino para pedirle explicaciones.

—Estoy desolado —dijo el cardenal— pero el deber ineludible de un rey es devolver la paz a Francia y acabar la guerra que se alarga desde hace veinte años. El único modo de conseguirlo es la boda con María Teresa de España.

Cristina de Francia como Minerva

Cristina palideció y casi se desmaya. Era una mujer de aspecto cansado, que, según Mademoiselle de Montpensier, “parecía haber sido hermosa, pero representaba más edad de la que en realidad tenía. Se parecía bastante a mi padre, aunque estaba más estropeada”. En esos momentos Madame Royale debió de envejecer otros diez años.

—¿Puedo, al menos, esperar que se recuerde a mi hija si el rey no se casa con la infanta?

Y Mazarino se lo garantizó por escrito. El documento estipulaba que si en el plazo de un año no se celebraba el matrimonio con la infanta, Luis se casaría con Margarita. La concesión, firmada por el rey, fue llevada esa misma tarde a las saboyanas, acompañada de pendientes de diamantes y esmeralda negra con gran cantidad de joyas, perfumes y abanicos. Esperaba que eso ayudara a suavizar el golpe.