domingo, 28 de febrero de 2010

Fiesta de aniversario

No podíamos dejar de celebrar que hoy cumplimos un año en esta corte. Muchas gracias a todos por habernos acompañado hasta aquí, a los que siguen la historia desde el principio y a los que se han ido incorporando. Cuando comencé lo hice un tanto a la aventura, sin saber qué acogida tendría o si habría gente dispuesta a aceptar el compromiso de seguir el relato, una historia que tiene continuidad de día en día y que no trata otros temas que los relacionados con la corte del Rey Sol. Me alegra ver que cada vez son más los que se van incorporando. Algunos nos visitan de forma cotidiana y otros, en cambio, prefieren leer varios capítulos en cada visita; unos dejan su comentario y otros simplemente pasan, pero el número de cortesanos sigue aumentando.

Espero que entremos todos juntos en la segunda temporada, una serie que nos traerá una nueva era y grandes novedades, porque arrancará con el gran amor de Luis. Si el primer año se caracterizó por las intrigas, conspiraciones y revoluciones, en el segundo será el corazón el que se rebele. No quiere decir esto, por supuesto, que vayan a faltar los enredos, las conjuras, los crímenes, los duelos, las guerras, las anécdotas divertidas y una serie de nuevos personajes que estoy ansiosa por presentarles.

En cuanto a las imágenes, además de ir mostrándoles los retratos de los protagonistas y los lugares en los que transcurre la acción, continuaré salpicando el texto de fotografías extraídas de películas sobre la época. El experimento consiste en que olviden ustedes que las han visto antes y que las interpreten dentro de este nuevo contexto que les propongo con cada capítulo. Eso servirá al propósito de que visualicen la historia en su mente de modo cinematográfico y les resulte, por tanto, más amena y divertida.

Mis queridos cortesanos, sepan que el primer año ha sido simplemente una introducción, para ir abriendo boca. La fiesta empieza ahora.

¡Los espero mañana para inaugurar la segunda parte!

sábado, 27 de febrero de 2010

Buitres en la corte

El rey cayó en cama en Calais con una fiebre muy alta, tanto que durante 15 días estuvo en peligro de muerte. Los síntomas eran un calor extraordinario, fatiga en los miembros, sudores fríos, fuertes dolores de cabeza, falta de vigor físico y pérdida de apetito. Al cabo de unos días comenzó a arrojar una bilis espesa. Pronto comenzó a caérsele el cabello. El 29 de junio su estado era desesperado. Luis tuvo un síncope, tiritaba, tenía convulsiones y se sumía en el delirio. Sobre su pecho aparecen manchas rojas, después violetas y negras. La violenta erupción va acompañada de mucha sed, garganta inflamada, lengua negra, extremidades frías y dificultad respiratoria. Pierde el conocimiento en numerosas ocasiones. Podría tratarse, a juzgar por estos síntomas, de fiebre tifoidea.

Mademoiselle de Montpensier nos lo cuenta así:

El rey volvió enfermo del ejército, con una fiebre continua muy peligrosa. La noticia llegó a París […]. Estuvimos cinco o seis días sin tener más que noticias muy malas, entre otras un correo que Saint-Quentin enviaba a S.A.R. mi padre […]. Ese correo me trajo una carta mediante la que me comunicaba que el antimonio no había hecho efecto; que los médicos no tenían esperanzas con respecto a la enfermedad del rey y que temía que cuando yo leyera esa carta ya no se encontrara vivo.

Todo el mundo en París aguardaba expectante el desenlace de la enfermedad del rey. […] Había recibido el viático, y la reina y monsieur el cardenal habían abandonado la alcoba desesperados.

En efecto, en la noche del 6 al 7 de julio se le administran los sacramentos al rey moribundo. En momentos de lucidez Luis mostró una gran sangre fría ante y murmuró trabajosamente junto al oído del cardenal:

—Vos sois hombre decidido y el mejor amigo que tengo, por eso os ruego que me aviséis cuando sea mi hora, porque sé que la reina no se atreverá por temor a aumentar mi sufrimiento. Dadme vuestra palabra.

Mazarino tenía motivos para preocuparse por su propia situación si se llegaba a producir el acontecimiento fatal, porque no estaba seguro de que, si Philippe alcanzaba el trono, lo conservaría a su lado. Para asegurarse su buena voluntad, intentó aproximarse al conde de Guiche, el favorito de Philippe, y acudió a visitarlo con el pretexto de interesarse por la herida de mosquete que había recibido en la mano en Dunkerque. El conde, cuya vanidad natural se veía aumentada por la necesidad que el cardenal tenía ahora de él, lo recibió con altanería. Por si fuera poco, el marqués de Puyguilhem —uno de los personajes que nos proporcionará momentos deliciosos en esta corte— le había advertido a Mazarino que sería arrestado una hora después de que muriera el rey.

Era evidente que volvía a haber cábalas. Los cortesanos aguardaban como buitres ansiosos por repartirse los despojos. Inquieto, el cardenal se presentó en los aposentos de la reina, adonde el duque de Anjou, Philippe, llegaba un momento después. Ana de Austria, muy afectada, le dio a su hijo las malas noticias con respecto al estado de salud del rey, e intentó conseguir de Philippe el compromiso de retener al cardenal a su servicio cuando llegara el momento de suceder a su hermano. El joven, fundido en llanto, se muestra bien dispuesto, lo que tranquiliza un tanto al cardenal.

El 8 de julio los cortesanos se apresuraron a presentarse ante el que pensaban que sería el nuevo monarca. Todos querían ser el primero en señalarse ante él, y Philippe los recibió.

Poco contaban con que el rey se recuperaría y no le gustaría nada saber lo sucedido. Estimó que su hermano se había precipitado en exceso, y que tal vez había estado deseando su muerte para poder sucederle en el trono. No era así, pobre Philippe; lejos de hacer esos cálculos, pues no era ambicioso, lloró con desconsuelo al conocer en qué gran peligro se hallaba la vida de Luis, y cuando recibió a los cortesanos simplemente estaba aturdido. Pero el recelo y la suspicacia abrieron una cierta brecha entre dos hermanos que se querían, y la relación, aunque se recompuso, ya nunca fue exactamente igual que antes.

No, no era contra Philippe contra quien había que prevenirse, sino nuevamente contra una mujer: Ana de Gonzaga, princesa Palatina.

jueves, 25 de febrero de 2010

Turenne versus Condé


Batalla de las Dunas

Tras su primer desengaño amoroso al descubrir la traición de mademoiselle de La Motte-Argencourt, Luis XIV se puso al frente de sus ejércitos y marchó hacia el norte en compañía de Turenne, que era quien realmente dirigía las operaciones. En realidad el rey nunca tuvo un especial talento para cuestiones militares, asunto en el que destacó más su hermano.

En 1657 se había firmado el tratado de París, mediante el cual Francia y la Inglaterra de Cromwell se unían para arrancar a los españoles las ciudades de Gravelinas, Mardyck y Dunkerque. La primera sería para Luis XIV y las otras dos para los ingleses.

El tema ya sólo era los preparativos de la guerra, con Luis XIV a las puertas de Dunkerque. Aprovechando los disturbios de la Fronda, los españoles habían recuperado la plaza, la más importante de Flandes. Después de entrar en Mardyck, los franceses sitiaban ahora Dunkerque con el apoyo de 20 barcos ingleses que la bloqueaban por mar, hasta tomarla en junio de 1658 tras la batalla de las Dunas. En el otro bando, junto a Juan José de Austria, se encontraban las tropas inglesas e irlandesas leales al rey de Inglaterra en el exilio, y mandadas por su hermano el duque de York. Pero además los españoles contaban en sus filas con otro aliado de vital importancia: el príncipe de Condé.

“Los enemigos han llegado, han sido batidos: gloria a Dios. Los he cansado bastante en todo el día”, escribió Turenne tras la batalla.

Henri de la Tour d'Auvergne, vizconde de Turenne

Turenne se había formado en los Países Bajos, aprendiendo de los príncipes de Nassau, sus tíos. Supo obedecer antes de mandar, respetando al máximo al soldado y evitándole peligros en lo posible. Enseñó a los extranjeros la cortesía francesa, corrigió la ligereza e impaciencia de los franceses y les enseñó a soportar las fatigas sin protestar. Aunque fuera vencido varias veces, es para muchos el mejor capitán de aquel siglo. Serio, reflexivo, meditaba mucho tiempo, pero una vez tomada una decisión la sostenía con vigor. Mereció ser objeto de estudio por Napoleón, que le imitó en la guerra de Italia. Así como Condé se hizo más prudente con la edad, Turenne se hizo más osado. Se decía que para aprender había que ver al príncipe de Condé al final de una batalla, y a Turenne al final de la campaña.

Saint-Evremond describe a ambos del modo siguiente:

“Encontraréis en el príncipe mucho genio, grandeza de valor, un talento vivo y siempre en actividad. Monsieur de Turenne tiene la ventaja de la impasibilidad, gran capacidad, mucha experiencia y un valor a toda prueba […] El príncipe, orgulloso en el mando, es tan temido como estimado; más indulgente que monsieur de Turenne, es menos obedecido por su autoridad que por la veneración que se le profesa; el príncipe, más afable con quien le agrada, menos con quien le disgusta, es también más severo cuando se ha faltado, pero más compasivo cuando se ha obrado bien. Monsieur de Turenne, hombre de más concierto, excusa las faltas con el nombre de desgracias y reduce con frecuencia el mayor mérito a la simple alabanza de haber cumplido bien con su obligación. El príncipe se anima con ardor para las grandes empresas, goza de su gloria sin vanidad, disgustándole la adulación. Monsieur de Turenne se dirige tanto a las grandes como a las pequeñas empresas. […] Por tropas que se confíen al príncipe, tiene siempre la misma seguridad en el combate; parece que inspira sus propias cualidades a todo el ejército. Su valor, su inteligencia, su acción, parece le responden de la de los demás. […] Emprende como cosa fácil lo que parece imposible. […] En la desgracia, nunca recae la vergüenza sobre él, tal vez en los negocios, nunca en su reputación. La de monsieur de Turenne está más apegada al éxito de los asuntos. Todo lo que dice, todo lo que escribe y todo lo que hace monsieur de Turenne lleva el sello del secreto para aquellos que no penetren lo suficiente. La naturaleza le ha concedido el gran sentido, la capacidad, el fondo del mérito, y le ha negado el fuego del genio. […] Será preciso perderle para conocer bien lo que vale, y le costará la vida formarse una justa y cabal reputación. La virtud del príncipe no tiene menos luz que fuerza, pero es menos constante. […] El uno es más propio para concluir gloriosamente las acciones, el otro para terminar útilmente una guerra.”

Luis de Condé

Es durante esta campaña militar cuando el rey cae enfermo de gravedad en Calais para alarma de todos. Las intrigas comenzaron a desatarse de nuevo, como veremos, al llegar a tener por cierto que Francia estaba a punto de cambiar de rey.

martes, 23 de febrero de 2010

Quo vadis, Cristina?

 
Alejandro VII


La carta de Cristina de Suecia a Mazarino fue la gota que colmó el vaso. Poco después Luis le pedía que abandonara Fontainebleau.

Cristina no se dio prisa en hacerlo. Demoró su partida hasta febrero, porque había quedado en una delicada posición: ¿Adónde iría ahora? ¿A Inglaterra? Parece que incluso hizo un tanteo al respecto, pero ni soñar con que Cromwell recibiría bien a una reina católica, y menos después de lo ocurrido. ¿A España, después de que se supiera que conspiraba para arrebatarles Nápoles? ¿Llevaría el problema a su antiguo reino? Impensable, y además indeseable para ella. Lo mejor que podía hacer en las tristes circunstancias a las que se veía reducida era regresar a Roma, pero el Papa Alejandro VII estaba furioso. Cristina hizo sus averiguaciones sobre cómo sería recibida allí, y el resultado fue desalentador: En Roma todo el mundo estaba indignado, porque para ellos Monaldeschi era un noble italiano asesinado por una bárbara extranjera, y los que antes habían sido sus amigos le dieron de lado.

En momentos tan delicados Cristina sólo recibió ayuda de dos cardenales: uno de ellos, sorprendentemente, Mazarino, que puso a su disposición su propio palacio de Roma. El otro, por supuesto, su amado Azzolino, siempre leal incluso en las peores circunstancias. Azzolino trabajó incansablemente para conseguir reconciliarla con el Papa, quien a la llegada de la reina permaneció en su residencia de verano y expresó su deseo de que Cristina, a la que calificó como salvaje, no volviera a visitarlo. 

Palacio Rospigliosi

La reina aceptó el ofrecimiento de Mazarino y se alojó en el palacio Rospigliosi, adquirido por el cardenal en 1641. Allí permaneció un tiempo, pero este arreglo no era del gusto del Papa, por considerar que el palacio se encontraba demasiado cerca de su persona para su gusto, de modo que en julio de 1659 la reina se trasladó a otra residencia. Allí logró ir reuniendo una colección de obras de arte que no tenía rival en Roma.

No terminó ahí la ayuda de Mazarino: el cardenal intentó sin éxito que Suecia proporcionara a Cristina más apoyo económico. Azzolino, en cambio, tuvo más éxito en su labor al lado del Papa y, tras conseguir finalmente aplacarlo, obtuvo también una pensión del pontífice para ella.

Pero tras el fracaso de sus planes con respecto a Nápoles, Cristina no renunció a conseguir un reino. Ella había pensado que sin llevar una corona podría mantener los mismos lujos y posición de poder en cualquier parte del mundo donde se le antojara estar, con la ventaja de no tener ningún trabajo, carga ni obligación; pero había tenido tiempo de constatar que eso no era así, y estaba arrepentida de aquella decisión. Cuando en 1660 murió Carlos Gustavo, Cristina volvió a Suecia con la intención de tantear sus posibilidades de reclamar el trono al que había renunciado voluntariamente. Todo en vano, porque el difunto rey dejaba un hijo de 5 años y ella no encontró ningún apoyo. Después de eso, en 1667, pretendió el trono de Polonia, con la misma escasa fortuna. Fue entonces cuando curiosamente dijo eso de que las mujeres no deberían reinar, y que si ella tuviera hijas no se lo desearía.

Monumento a la reina Cristina de Suecia en la basílica de San Pedro

Vivió en Roma hasta su fallecimiento, el 19 de abril de 1689. Fue enterrada en la basílica de San Pedro, en un ataúd de ciprés junto a su corona y su cetro.

A pesar de que hay grandes manchas que no podemos borrar de su biografía, como la del crimen de Fontainebleau, que empañan para siempre otros rasgos mejores de su carácter y su incansable labor cultural, Cristina fue descrita por el director del Museo Nacional de Bellas Artes de Estocolmo, sin duda con acierto, como “una de las mayores rebeldes de la Historia y una de las primeras mentes modernas de Suecia”.

Y ahora prepárense, porque nos vamos con Luis a la guerra.

domingo, 21 de febrero de 2010

Carta de Cristina de Suecia a Mazarino

 

La ejecución de Monaldeschi sacudió los cimientos de la corte francesa. Las réplicas del terremoto se extendieron por toda Europa, que acogía con profundo desagrado la noticia.

Siempre les pido que consideren a los personajes a la luz de su tiempo, con arreglo a las leyes de entonces, a la moral y la filosofía imperantes en la época que les tocó vivir, porque sucede muchas veces que lo que hoy nos horroriza era entonces tenido por justo y correcto. Pues bien, no fue el caso de este acto, juzgado en aquel siglo, igual que ahora, como bárbaro y cruel, injustificable y al margen de la ley.

El rey de Francia tenía muchos motivos para contemplar aún con más desagrado que el resto este crimen: había sucedido en su reino, en uno de sus propios palacios, con lo cual todo ello era un abuso intolerable de su hospitalidad, un desafío y un absoluto desprecio a su autoridad. A Luis no le hizo la menor gracia.

El asunto era delicado. Había que proceder con mucho tiento, porque Cristina, hubiera renunciado o no a la Corona de Suecia, seguía siendo quien era y conservando su dignidad real. Una decisión precipitada podía general un conflicto de grandes proporciones. Por eso Luis se tomó su tiempo.

Se encargó a una serie de juristas que decidieran sobre la legalidad de tal acto. Mientras tanto el rey la visitó en Fontainebleau y se mostró tan cortés como siempre, procurando no mostrar su enojo. Cristina debió de pensar que el asunto quedaba zanjado ahí, pero eso fue un exceso de optimismo.

Los juristas, seguramente más por prudencia que por convicción, decidieron aceptar el argumento de Cristina de que en el acuerdo previo a su abdicación se estipuló que ella conservaría todos los derechos sobre el personal de su Casa, lo cual la autorizaba a actuar como había hecho. Esto significaba que no se tomarían medidas legales contra ella, pero no que Luis fuera a transigir y hacer borrón y cuenta nueva. Poco después Mazarino enviaba a la reina una carta en la que se le anunciaba que después de un acto tan atroz no podía esperar ser recibida en la corte, donde todo el mundo estaba escandalizado por lo sucedido.


Cristina, muy molesta por la investigación de la que había sido objeto, montó en cólera al recibir esa carta y escribió otra en respuesta al cardenal Mazarino. Lejos de buscar una conciliación, en el tono más despótico, insultante y amenazador, le dice lo siguiente:

Los que os han contado las circunstancias de la muerte de Monaldeschi, mi caballerizo mayor, están muy mal informados.

Me parece extraño que hayáis empleado tantas personas para averiguar la verdad sobre ese asunto. Pero vuestra conducta, aunque alocada, no me sorprende en realidad; si bien nunca hubiera imaginado que ni vos, ni ese niñato arrogante que tenéis por amo, osaríais manifestarme vuestro resentimiento.

Sabed todos, amos y servidores, grandes y pequeños, que fue mi voluntad actuar como lo hice, y que no tengo que rendir cuentas a nadie, y menos a bribones como vos.

Os comportáis como cabe esperar de un hombre de vuestra pobre condición, pero no puedo imaginar las razones por las cuales habéis decidido escribirme, ni me tomaré la molestia de averiguarlo.

Quiero que sepáis, y que informéis a quien corresponda, que a Cristina le importa muy poco vuestra corte, y vos menos aún. Que para hacer justicia no necesito recurrir a vuestro formidable poder. Mi honor requiere que se haga así, y mi voluntad es una ley que deberíais respetar. Vuestro deber es guardar silencio; y algunas personas, a las que valoro tan poco como a vos, harían bien en enterarse de lo que deben a sus iguales, en lugar de darse esos aires ridículos.

Por último, señor cardenal, sabed que Cristina es reina dondequiera que esté, y que en cualquier lugar en el que elija residir hay hombres que aunque puedan ser unos tunantes, aun así son mejores que vos y los vuestros.

Razón tenía el príncipe de Condé al decir, mientras lo reteníais prisionero de modo inhumano en Vincennes, “Ese viejo zorro, que ya ha engañado a Dios y al diablo, nunca dejará de oprimir a los buenos servidores del Estado, hasta que el Parlamento eche o castigue severamente al más ilustre truhán de Pescina.”

Seguid mi consejo, Giulio, y comportaos de modo que merezcáis mi favor. Dios os guarde de aventurar ni una sola palabra indiscreta sobre mí, porque aunque sea en el día del juicio final, tarde o temprano seré informada de vuestra conducta. Yo también tengo amigos y cortesanos a mi servicio, tan hábiles y vigilantes como los vuestros, aunque un poco peor pagados.

Dos nuevos premios

Hoy quiero darles las gracias, no sólo por estos dos premios que han sido tan amables de otorgarme, sino también por haber seguido aquí conmigo durante estas últimas semanas. Algunos de ustedes saben lo duras que han sido, y otros, sin saberlo, me han sorprendido con su extraordinaria intuición. Para mí significaba mucho asomarme de vez en cuando y sentirme abrigada por su presencia y sus comentarios, hermosos rayos de sol abriéndose paso entre la espesa bruma.

Quienes llevan tiempo visitando esta corte seguramente sabrán que no suelo repartir premios, porque no me gusta dejar fuera de tan exigua lista a personas que merecerían ser mencionadas, pero de vez en cuando hago una excepción. A falta de no poder darles un abrazo a todos, aquí dejo estos premios para repartir con ustedes:


El primero es el que me ha entregado madame la condesa de Vilches, dama que se ha incorporado recientemente a la corte aportando un toque de distinción, además, con otra página de arte que ha abierto en los últimos días. Comparto este premio con:

-Madame Ana Trigo por su página escondida. A ella tengo además que agradecer que haya incluido esta corte del Rey Sol en el libro que ha escrito. ¡Le deseo mucho éxito, madame!

-Madame Katy por su Pasitos Cortos, un encanto de mujer donde los haya, sensible y toda corazón. Alguien a quien merece la pena haber conocido.

-La bejarana madame Carmen, por su Pinceladas de Historia Bejarana, extraordinaria historiadora, apasionada por su labor, que realiza con todo rigor y ameneidad. Muy recomendable.

-Madame Nikkita, que además de escribir una página extraordinaria sobre el Holocausto en español es una persona muy especial para mí. Uno de esos casos en los que la calidad del autor llega a superar incluso al de su obra, y eso que el listón estaba muy alto. ¡Madame, la quiero mucho!

-Monsieur Xibeliuss, mi leal amigo, siempre presente, esa persona con la que sabes que siempre puedes contar aunque esté lejos, y que se ha embarcado en proyectos muy interesantes y que están navegando con buenos vientos. ¡Igual te interesa!

-Madame Gabriela Maiorano, esta gran escritora a quien agradezco que me honre siempre con su visita a pesar de lo atareada que ha de estar con tantos seguidores como tiene su bella página, que lleva su nombre: Gabriela Maiorano

-Madame Abuela Frescotona, una mujer increíble que escribe relatos preciosos basados en los recuerdos de su infancia. No se pierdan la página de la Abuela Frescotona.

-Su Majestad el rey Carlos II, que nos cuenta su vida con un enorme rigor y en profundidad, haciendo un trabajo más que meritorio desde su página sobre el Reinado de Carlos II.

-Madame Esther, por El blog que escribí peligrosamente, mi vieja amiga desde aquellos siglos anteriores al blog, una de mis primeras seguidoras, con la que me alegro de mantener el contacto. Madame tiene un gran sentido del humor, y yo no quiero dejar de premiar nunca la alegría.

-Monsieur Felix, por su Historias de nuestra Historia, un blog de lo más ameno en el que revisa curiosidades sobre temas diversos y biografías de personajes que él sabe condensar para extraer lo más interesante. Un apasionante paseo por la Historia siempre.


Madame Katy me ha otorgado este otro galardón, que comparto con:

-Don José de las Sevillas, por su extraordinaria página desde la que examina el arte e historia de España. Ofrece una gran calidad y es una delicia que todos deberían conocer. Y, además, Don José es un viejo amigo que me enorgullece tener.

-Madame la condesa de Vilches, recién llegada a esta corte desde su Condado Literario, y muy bienvenida. Para los que aún no lo sepan, madame ha abierto recientemente otra página, un espacio sobre arte donde comenta curiosidades sumamente interesantes.

-Madame Gema, con sus maravillosas Historias de Reinas. Madame es la más joven de nuestras cronistas, por lo que tiene doble mérito ser capaz de una labor tan rigurosa y con resultados tan amenos. Madame es simplemente genial.

-Lady Caroline, una de las primeras visitantes de la corte, procedente de su apasionante palacio Tudor que tanto me gusta. Madame anda un poco desaparecida últimamente, pero no abandona su magnífica labor en Los Líos de la Corte. ¡Y espero que no lo haga nunca!

-Monsieur Dubois, mi querido amigo, con el que he intercambiado tantas epistolas desde la corte del Rey Sol, hablando de duelos e intrigas. Monsieur tiene un blog muy interesante sobre Duelos y Duelistas.

-Madame Atenea, que nos ofrece un proyecto esencial en Ellas en la Historia: el estudio del papel de las mujeres desde la antigüedad hasta nuestros tiempos. Madame también asoma poco últimamente, pero ojala siga con la estupenda tarea que ha abordado. Las damas hemos sido relegadas tantas veces que necesitamos una voz que nos rescate del olvido.

-Monsieur Antón. Bueno, en este caso el premio es para dos personas: para la Fuensanta y el Antón, que son dos, siempre poniendo su pincelada de fino y exquisito humor, arrancándonos buenas carcajadas cuando más lo necesitamos.

-Madame Magnolia, con su espacio Su Huella en la Historia, que analiza también personajes femeninos. Reinas, actrices, artistas... todo tipo de perfiles va desfilando por su bellísima y elegante página.

-Monsieur David Rubio, uno de los pintores de la corte, que llegó recientemente desde Dav-art y espero que no nos abandone. Baste decir como presentación que monsieur es miembro del grup de pintors de la Barceloneta y de la agrupación de acuarelistas de Cataluña, y ha expuesto su obra en numerosas ocasiones desde el año 2004.

-Monsieur Calistor, que llega desde la antigüedad. Monsieur, a veces romano y a veces egipcio, pero siempre delicioso y con un blog fuera de serie. Visiten, visiten a monsieur Calistor en De Egipto a Roma y se quedarán con la boca abierta. ¡Es un crack!

Encontrarán todos los blogs mencionados y otros más en mi blogroll, a la derecha de la página.

Ya saben que, como siempre, el orden de factores no altera el producto, y que me perdonen no poder incluir a todos aquellos a los que debo tanto por el regalo de su presencia.

Un saludo muy especial, también, para todas aquellas personas que siguen esta página sin tener un blog, y en especial a los que también me dejan su huellita, como Doña Blanca de Castilla, Lady Balehead y monsieur Karpov.

¡Gracias!

viernes, 19 de febrero de 2010

Crimen en Fontainebleau

Cristina de Suecia

Le Bel regresó descorazonado, abrazó al marqués de Monaldeschi y entre lágrimas le pidió que se preparara para encontrarse con la muerte con dignidad y que aliviara su conciencia.

Monaldeschi gritó dos o tres veces con gran violencia cuando escuchó estas palabras. Acabó arrojándose a los pies del capellán, que se había sentado en un banco en un rincón de la galería, y empezó a confesarse. Hablaba alternativamente en latín, francés e italiano; a veces se incorporaba en medio de su discurso, emitía gritos de desesperación, pero a petición de Le Bel, aunque sumamente agitado continuó confesando.

Mientras tanto otro sacerdote había entrado en la galería; apenas lo vio el marqués se incorporó y, sin esperar la absolución, se aproximó a él y lo llevó a una esquina. Mientras conversaba con él de modo suave pero vehemente, mantenía ambas manos enlazadas convulsivamente, golpeándose de vez en cuando el pecho con gran violencia. Por fin el sacerdote se retiró, y uno de los hombres armados que parecían dirigir la ejecución lo acompañó para, según dijo, dirigirle a la reina la petición del marqués.

El sacerdote no regresó, y el asesino, al volver a entrar en la galería, llamó al marqués.

—Encomendad vuestra alma a Dios, pues vuestra muerte es inevitable. ¿Habéis confesado?


Con estas palabras lo empujó contra la pared, y antes de que Le Bel pudiera apartar el rostro de esta escena de horror, le vio darle al marqués una contundente puñalada al lado izquierdo del vientre. Monaldeschi, sumamente tembloroso, luchó por evitar el golpe agarrando la daga con la mano derecha, pero el asesino le cortó tres dedos al retirar el arma. Como la daga quedó doblada, exclamó dirigiéndose a sus compañeros:

—¡Lleva todo el cuerpo cubierto por una armadura! —y entonces le apuñaló en el rostro.

—¡Padre! ¡Padre! —exclamó el marqués, a lo cual el capellán se aproximó mientras los asesinos retrocedían.

Monaldeschi cayó sobre una de sus rodillas ante Le Bel y balbuceó el resto de su confesión. Recibió la absolución. Tras escuchar cómo le pedían una vez más que se resignara ante la muerte y que perdonara a quienes les había sido encargada su ejecución, se arrojó al suelo, y al caer recibió una puñalada en la cabeza que dejó el hueso del cráneo al descubierto. Extendido y boca abajo, hizo una señal con la mano para que el asesino le cortara la garganta. El asesino le dio dos o tres golpes en el cuello, sin ningún resultado, debido a la cota de mallas que llegaba demasiado alto. Aunque Le Bel había quedado casi mudo con la crueldad de la escena, logró hablarle, pero sin saber lo que decía.

Mientras tanto las esperanzas del marqués comenzaron a reavivarse al oír que se abría la puerta de la galería; cobró algo de fuerza y al percatarse de que el sacerdote se deslizaba hacia él, apoyándose contra la pared solicitó permiso para hablarle. Le Bel le ayudó a volverse en su dirección. Monaldeschi juntó sus manos y movió sus labios como si rezara, pero sin ser capaz de pronunciar ni una sola palabra inteligible.

—Rogad a Dios que os perdone —dijo el sacerdote, muy afectado.

Entonces le dio la absolución y se apartó de Monaldeschi, dejándolo al cargo de Le Bel, pues él estaba obligado a aguardar junto a la reina. Fontainebleau - Foto de Alain Guicherd

En ese momento el asesino que había cortado parte de su cráneo le clavó una daga larga en la garganta, y el marqués cayó sin sentido al suelo. Allí yació sobre su costado derecho, respirando durante un cuarto de hora, y después de haber perdido una gran cantidad de sangre expiró.

Le Bel repitió el de profundis. Uno de los asesinos sacudió entonces el cadáver por los brazos y las piernas. Examinaron su ropa, registraron sus bolsillos sin encontrar nada excepto un librito del Servicio de la Virgen y una navaja.

Los tres abandonaron la galería y Le Bel los siguió a ver a la reina, que escuchó el relato de la muerte del marqués con evidente satisfacción. Luego Cristina se extendió hablando de la importancia y la perversidad del crimen del que él había sido culpable, y de la necesidad que tenía de actuar como lo hizo. Añadió que rogaría a Dios que lo perdonara como ella lo había perdonado, pidió a Le Bel que dispusiera su funeral y expresó su deseo de que se dijeran varias misas por el reposo de su alma.

Monaldeschi fue enterrado en la tarde del lunes 12 de noviembre. La reina envió 100 libras por medio de dos de sus servidores, destinadas a ofrecer plegarias a Dios por el alma del marqués. Al día siguiente se anunció con campanas su funeral, que tuvo lugar el miércoles 14 en la iglesia parroquial de Avon, donde estaba enterrado.


***

Entre hoy y mañana me iré poniendo al día con ustedes. Muchas gracias por su paciencia y disculpen el retraso.


miércoles, 17 de febrero de 2010

"Soy dueña de mi propia voluntad"

Cristina de Suecia

El marqués de Monaldeschi se arrojó a los pies de Le Bel y le rogó encarecidamente que fuera a ver a la reina e hiciera lo posible por salvarlo. A medida que hablaba los asesinos se iban acercando más a él. Apuntándole con la punta de las dagas, pero sin llegar a tocarlo, le recomendaron que se confesara y encomendara su alma a Dios. Mientras tanto el capellán, incapaz de moverse o de hablar, estalló en lágrimas, y sólo pudo instarle con voz débil a rogar perdón a Dios.

La persona que parecía ser el jefe de los asesinos se había retirado para, según dijo, hablar con la reina. Pero pronto regresó con la triste orden de no perder más tiempo. Entonces, pareciendo muy afectado por el desagradable cometido, habló con Monaldeschi y dijo:

—Marqués, pensad en Dios y en vuestra alma, porque debéis morir.

Al comprender que iban a matarlo irremisiblemente Monaldeschi, fuera de sí, cayó de nuevo a los pies del padre Le Bel presa de la más frenética desesperación, insistiendo en que el capellán hiciera un intento más ante su soberana para cerciorarse de que no había ninguna esperanza de gracia y perdón.

Le Bel no pudo resistirse a este llamamiento del desdichado y fue en busca de la reina, a quien encontró sola en su apartamento. Parecía tranquila y sosegada. El capellán se arrojó a sus pies y le describió de modo tan conmovedor como pudo la penosa situación del marqués. Le rogó con lágrimas y suspiros, por los sufrimientos y las heridas de Cristo, que tuviera compasión del ofensor. Pero la reina permaneció inflexible.

—Lamento mucho no poder atender vuestra petición —dijo—. Pero creedme que de conocer la deslealtad de la que ese hombre es culpable y la cruel manera en la que se ha comportado conmigo, no malgastaríais vuestras palabras intercediendo por él. Os aseguro —añadió con cierta emoción— que más de uno ha sido ahorcado como criminal y, comparado con este miserable, sería considerado un santo.


Entonces Le Bel vio claramente que no conseguiría nada por ese camino, y como mientras ella hablaba había tenido tiempo de recomponerse, decidió probar con otro método.

—¿Perdonaría Vuestra Majestad mi presunción —continuó, alzándose y retrocediendo unos cuantos pasos— si humildemente llamo vuestra atención sobre una cosa, y es que ahora estáis en un palacio del rey de Francia? Vuestra conducta será, sin duda, acorde con vuestra prudencia; por eso espero que consideréis bien si este paso sería aprobado por Su Majestad.

—El derecho a infligir este castigo —respondió con cierta irritación— me fue dado a mí ante el altar, y pongo a Dios por testigo de que no albergo ninguna mala voluntad hacia la persona del marqués; sólo deseo castigar su traición sin precedentes, un derecho que cualquier persona tendría. Además el rey de Francia no me colocó en este palacio como una fugitiva arrestada. Soy dueña de mi propia voluntad, y autorizada a ejercer jurisdicción sobre mi propia corte, en todos los lugares y en todo momento, y no tengo que rendir cuentas de mi conducta ante nadie excepto ante Dios. No es la primera vez que ocurre algo así —añadió con voz más moderada.

—Puede ser, pero, Vuestra Gracia, considerad que semejante procedimiento no es igual en todo momento y en todas las circunstancias. En aquel tiempo tal vez estabais en vuestro propio reino, pero ahora estáis en el de otro.


Apenas hubo pronunciado esas palabras se arrepintió de lo que había dicho, pues le pareció ver en su expresión que estaba más encolerizada que aplacada. Se dedicó entonces a sosegarla, y finalmente a probar el único método que le pareció que podría dar resultado.

—Pero, Vuestra Gracia, incluso admitiendo que esta conducta por parte de Vuestra Majestad es perfectamente justificable y que el desgraciado marqués merece con creces el castigo, aún debo, por vuestro alto rango y el respeto general que habéis adquirido durante vuestra estancia en Francia, rogaros humilde y encarecidamente que consideréis el efecto que tendrá este paso en la opinión pública. Es preciso que el público, que no ve las secretas conexiones de las circunstancias, no considere esta ejecución repentina como un acto injusto y precipitado. Perdonad la vida al marqués, o si es que su crimen es tan atroz, entregadlo a la justicia del rey y dejad su destino en manos del tribunal apropiado; vuestra magnanimidad y humanidad despertarán entonces la admiración general.

—¡Cómo! —le interrumpió— ¿Me veo reducida a tal estado que debo comparecer ante cualquier otro tribunal antes que ante el mío propio, contra uno de mis propios servidores de cuyos crímenes tengo todas las pruebas en mi poder, escritas y firmadas por su propia mano, y aguardar luego una sentencia favorable o desfavorable? ¡No, no, padre, no!

—Pero Vuestra Gracia, en este caso vos sois la acusación. ¿Cómo podéis unir en vuestra propia persona la condición de acusador y de juez?

—Ahorraos las molestias —replicó tajante la reina—. No puedo, en conciencia, cambiar mi resolución. Volved y cumplid con las obligaciones de vuestro ministerio.

lunes, 15 de febrero de 2010

La venganza de la reina

Cristina de Suecia

Tres días después, hacia la una de la tarde, Cristina de Suecia envió a uno de sus servidores a buscar al padre Le Bel, quien lo acompañó de inmediato tras recoger los papeles que ella le había encargado custodiar. El valet lo condujo de nuevo a la galería en la que el capellán había estado hablando con la reina, y vio que ella se encontraba ya allí en compañía de algunos caballeros de su Casa.

Tan pronto como entró, el servidor cerró la puerta tras de él con tal apresuramiento que Le Bel empezó a sentir cierta aprensión. Confuso y lleno de expectación, aguardó al fondo de la galería. La reina conversaba con uno de sus principales asistentes. Era el marqués de Monaldeschi. Cristina hizo una seña al padre Le Bel, que entonces se acercó a presentarle sus respetos.

La reina le preguntó en voz alta, en presencia del marqués y de otros tres hombres que los acompañaban, por el paquete que le había confiado. Algunos de los acompañantes permanecían a unos pasos de allí, mientras que el marqués continuaba a su lado, en postura informal y con aspecto de estar incómodo.

Con gran altivez en sus ademanes y en su voz, Cristina dijo:

—Quiero leer una vez más las cartas que os di a guardar recientemente, por tanto preciso que me las devolváis.

Galerie des Cerfs, Fontainebleau

Le Bel se las entregó. Tras darle vueltas al paquete en silencio, la reina finalmente lo abrió. Después de sacar los papeles que contenía se volvió bruscamente hacia el marqués y le dijo con una terrible voz masculina y tremendo imperio en su actitud y en su porte:

—¿Conocéis estos papeles?

El marqués mudó de color y pareció sacudido por un súbito temor; pero recuperándose y echando una rápida mirada al paquete, replicó con voz débil y tono inseguro.

—No, vuestra Gracia. Me temo que no los recuerdo.

—¿No conocéis esta escritura? —preguntó con una voz aún más terrible, sosteniendo los papeles más cerca del marqués.

Eran en realidad copias que la propia reina había hecho, pero, tras la breve pausa que le concedió, al parecer para que se sobrepusiera, extrajo otros papeles de su bolsillo, esta vez los auténticos, y se los mostró también.

—¡Traidor! —exclamó con violentísima agitación— ¿Tampoco conocéis estos?

Continuó interrogándolo, tratando de que confesara que se trataba de su escritura. Él negaba e intentaba justificarse culpando a otras personas, hasta que finalmente cayó de rodillas ante la reina y suplicó clemencia. Los tres asistentes sacaron sus dagas y lo rodearon como dispuestos a actuar. Entonces el marqués se incorporó y llevó a la reina de un lado a otro de la galería; le hablaba con el apremio de un hombre desesperado, le rogó de nuevo que lo escuchara y que no rechazara su exculpación; sostenía su inocencia con las más horribles imprecaciones y rogaba clemencia en el tono más lastimero.

Supuesto retrato de Cristina de Suecia

La reina soportó esto durante mucho tiempo con gran paciencia y lo escuchó, según todas las apariencias, con gran compostura y atención. En sus respuestas no podía encontrarse rastro alguno de aspereza, y la llama de la furia había desaparecido de su rostro. Cuando hubo transcurrido una hora de este modo y el intento del marqués por exculparse no tuvo éxito, se volvió de nuevo hacia Le Bel y le dijo en tono sosegado.

—Padre, mirad y sed testigo de mi conducta para con este hombre —señalaba al marqués, que, agotado, apenas era capaz de sostenerse en pie y se apoyaba sobre un pequeño bastón de ébano—. He concedido a este traidor, a este pérfido miserable, todo el tiempo que requirió para defenderse, y tal vez más del que cabría haber esperado tras una injuria como la que me ha hecho.

Por fin el marqués, presionado, le entregó unos papeles y dos o tres llaves de pequeño tamaño, atadas juntas, las cuales sacó de su bolsillo. De él cayeron también unas cuantas pequeñas piezas de plata.

Tras la larga conversación, que duró alrededor de una hora, la reina, no satisfecha con las respuestas de Monaldeschi, se aproximó más a Le Bel y dijo en voz baja, pero con la mayor firmeza:

—Padre, ahora me retiraré. Os dejo a este hombre. Preparadlo para la muerte y haceos cargo de su alma.

Al oír esta inesperada condena a muerte el capellán se sumió en el más absoluto terror. El marqués y él cayeron de inmediato a los pies de la reina solicitando clemencia. Pero ella respondió a Le Bel con inconmovible firmeza:

—No puedo concederos lo que pedís. Este traidor merece la muerte más que muchos de los que han padecido el suplicio de la rueda. Él sabe cuánta confianza había depositado en su fidelidad y afecto. Le he comunicado, como a leal súbdito, mis asuntos más importantes y mis pensamientos más secretos. Pero incluso aunque yo no le recordara nunca mi bondad, su propia conciencia debería decirle que he hecho por él más de lo que podría haber hecho por un hermano.

Al pronunciar estas últimas palabras afloraron las lágrimas a sus ojos, pero pocas de ellas se derramaron. Abandonó el lugar bruscamente y el capellán se quedó casi petrificado con el desconsolado marqués y los tres asistentes, preparados con las dagas desenvainadas para atacar en cualquier momento.

sábado, 13 de febrero de 2010

La traición de Monaldeschi

Cristina de Suecia

Entre los miembros del séquito de Cristina de Suecia venía su caballerizo mayor, Gian Rinaldo, marqués de Monaldeschi, un atractivo italiano que había sabido seducirla. Eran casi inseparables. Monaldeschi soportaba sus cambios de humor, en los que la pasión se alternaba con periodos de frialdad e incluso de crueldad, asumiendo que era el precio a pagar por tan buena posición.


Pero el favorito descubrió un día con desagrado que había sido suplantado en el favor de la reina por Sentinelli, el capitán de su guardia. Celoso, se propuso vengarse de esta traición con otra de diferente índole y comenzó a revelar los secretos de Cristina, quien, por cierto, tenía muchos y grandes. A ella se le había metido en la cabeza coronarse como reina de Nápoles tras arrebatárselo a los españoles. A tal fin andaba en tratos con Mazarino y trataba de negociar con Cromwell.


Mazarino ya había intentado en una ocasión arrebatar Nápoles al dominio de España, para lo cual se había servido, aunque a disgusto, del duque de Guisa, en quien no confiaba. Fracasó entonces, pero no veía por qué no hacer un nuevo intento, y la candidata ideal para coronarse como reina de un Nápoles independiente era Cristina.


Las razones para que ella se lanzara a tan osado plan eran, fundamentalmente, las dificultades financieras por las que atravesaba después de renunciar a la Corona de Suecia. Cristina aspiraba a seguir llevando el mismo tren de vida, disfrutando de los mismos lujos; es decir, no renunciaba a unos privilegios que ya no le correspondían. Y, de hecho, nada ansiaba más que seguir siendo reina, aunque de otro lugar que no fuera Suecia. En palabras de Oskar Garstein, “su mayor deseo era ser recordada como uno de los más grandes soberanos de todos los tiempos, superior a su ilustre aunque malhadado padre, el rey Gustavo Adolfo, e igualar a los más destacados héroes de la antigüedad, por ejemplo a sus propios favoritos: Julio César y Alejandro Magno”.


Cristina de Suecia


Por tanto, a ella le pareció maravilloso: la empresa no sólo resolvería sus apuros económicos, sino que además con ella vería cumplido su eterno sueño de ponerse al frente de un ejército, aunque no fuera eso, por cierto, lo que Mazarino consideraba más oportuno. Entusiasmada, se lanzó de cabeza a la conspiración que podría conducirla de nuevo a un puesto de liderazgo, en lugar de limitarse a seguir teniendo un papel secundario en Roma, donde todo el mundo vivía a la sombra del Papa. Su visita a Francia tenía mucho que ver con estos tratos secretos con el cardenal, que le dio dinero para financiar el viaje, aunque la explicación oficial fue que Cristina deseaba visitar Aviñón, la ciudad papal.


Monaldeschi estaba al tanto de todo, no sólo por cuanto Cristina le confiaba sino porque también espiaba sus conversaciones privadas con Mazarino. El marqués, celoso de que la reina hubiera trasladado sus preferencias al capitán de su guardia, se vengó revelando los planes y, además, falsificó la caligrafía y el sello de Sentinelli para fabricar una serie de cartas comprometedoras, escandalosas e insultantes para con la reina, unas misivas que puso en circulación. Esperaba con ello enemistar a Cristina con su rival y poner fin a aquella relación que lo había postergado. Pero las cartas llegaron hasta ella, que no se engañó ni por un momento acerca del origen de aquella vileza.


Antes del siglo XIX se pensaba que el enojo de la reina se debía a otros motivos. Según dicha versión, el único crimen de Monaldeschi habría sido escribirle cartas a una dama a la que claramente prefería a su soberana. Pero hoy sabemos, tras el estudio de las cartas cifradas de Cristina, que el servidor se había metido en un juego muy peligroso y que, desde luego, la había traicionado.


Los detalles de lo que sucedió a continuación fueron registrados minuciosamente por el capellán de la reina, el padre Le Bel, y contamos también con un relato escrito por Marco Antonio Conti que confirma la historia. Ambas narraciones fueron publicadas en el año 1865.


Fontainebleau


Una mañana el padre Le Bel encontró a su puerta a un servidor de Cristina de Suecia. Le dijo que la reina deseaba hablarle. Hoy y en los próximos días veremos el relato del capellán:


Inmediatamente le seguí a la antecámara y, después de esperar unos minutos, me condujo al apartamento de la reina, quien, antes de que yo tuviera tiempo de presentarle mis respetos, se acercó a mí y me pidió que la siguiera hasta la galería, donde tendríamos más privacidad. Escuché con silenciosa expectación; la reina seguía de pie en un extremo de la galería, y, tras un poco de conversación intrascendente, me dijo con la mayor dignidad:


—El hábito que lleváis, mi buen padre, justifica que deposite toda mi confianza en que cuanto os revele permanecerá secreto; pero lo que voy a comunicaros es de tal importancia que debéis prometer solemnemente que guardaréis el mismo silencio que si os lo hubiera confiado en vuestra silla de confesor.


Le aseguré de la manera más solemne que nunca revelaría lo que fuese su voluntad confiarme. Tras una breve pausa durante el transcurso de la cual pareció pensativa, sacó un paquete de papeles sin sobrescrito y sellados en tres lugares.


—Guardadlos vos —dijo— hasta que os los pida.


Repetí mi promesa de obedecer sus órdenes, y entonces me dejó, después de exhortarme a no olvidar lo prometido, añadiendo:


—Y aseguraos de que anotáis exactamente el día, la hora y el lugar en que os hice entrega de este paquete.


jueves, 11 de febrero de 2010

Reina sin Corona

Cristina de Suecia

La reina Cristina de Suecia abdicó el 5 de junio de 1654, siendo sucedida por su primo, que reinó como Carlos X Gustavo.

Las razones por las que Cristina tomó esta decisión continúan siendo discutidas. Está claro que no es que no quisiera ser reina, porque después intentó coronarse en otros lugares. Según algunos, no parecía amar mucho a su propio pueblo: a los 27 años abandonaba el trono “porque le disgustaba reinar sobre una nación de simples soldados, considerando preferible vivir entre aquellos que cultivaban sus facultades intelectuales que gobernar a quienes eran ignorantes y desprovistos de talento”.

Pero lo decisivo fue seguramente su conversión al catolicismo. Para muchos fue un bocado correoso de tragar, tanto que se llegó a decir que en realidad era una escéptica, que la daba igual una religión o la otra y que lo hizo simplemente porque había elegido Roma como residencia y quería vivir en paz en cualquier lugar donde estuviera. Esto es difícil de creer si tenemos en cuenta que se convirtió en secreto años antes de hacerlo público. Con 9 años había comenzado a cuestionar el luteranismo, escandalizando a sus educadores con la declaración de que quería ser católica. Más adelante ella misma se referirá a esa edad como aquella a la que comenzó a pensar por sí misma y a tomar sus propias decisiones.

Trono de Cristina de Suecia

El motivo para mantener su conversión en secreto es que estaba considerado un crimen en la Suecia luterana. No podía ser, entonces, que la reina hiciera algo ilegal y profesara una religión prohibida a sus súbditos, por lo cual comienza a pensar en abdicar. Sea como fuere, ella siempre mostró gran tolerancia hacia las creencias de todo el mundo, propugnaba la libertad religiosa y representaba la corriente más moderada dentro del catolicismo.

Cristina viajó a Roma disfrazada de hombre. Allí vivía en el palacio Farnese, rodeada de libros y obras de arte. Pero no sólo dedicaba su tiempo a actividades culturales, sino que también lo encontró para la intriga, como veremos más adelante. Además, se enamora del cardenal Decio Azzolino, que fue su más leal amigo, famoso por su inteligencia, encanto y sofisticación, atractivo para las mujeres, con un gran talento literario y habilidad política. La relación tan íntima que mantuvo con Cristina fue causa de escándalo, viéndose obligado a explicarse ante el Papa unas cuantas veces. Sin embargo, parece que la relación fue completamente platónica. Cristina afirmó que no habían podido ser amantes a causa de la piedad del cardenal. Pero estaba enamorada hasta la obsesión, y le escribió muchas cartas proclamando su amor y rogándole el suyo. Azzolino permaneció siempre como fiel amigo a su lado, ayudándola en los peores momentos. Estuvo presente en el momento de su muerte, y la sobrevivió solamente 6 semanas.

Celebraciones en Roma en honor a Cristina de Suecia

En octubre de 1657 Cristina llegaba a Francia procedente de Roma. La excentricidad y los cuestionables modales de la reina de Suecia no podían pasar desapercibidos, de modo que pronto se convirtió en el centro de atención. Físicamente era poco agraciada: su rostro era demasiado largo, de rasgos muy marcados, nariz aquilina, boca grande, pero tenía unos bonitos ojos llenos de fuego. Era extraña, diferente; no sabía bailar, no vestía bien, parecía que siempre llevara las ropas mal ajustadas, se empolvaba demasiado y nunca usaba guantes. Para complementar su estrafalaria imagen, llevaba peluca masculina, y a veces sombrero.

Mademoiselle de Montpensier cuenta de ella en una ocasión en que la acompañó al ballet: “Me sorprendió mucho, aplaudiendo las partes que le agradaban, jurando, retrepándose en el asiento, cruzando las piernas, pasándolas sobre los brazos de la silla y adoptando otras posturas que jamás en mi vida había visto excepto en Travelin y Jodelet”, dos famosos bufones. “Era, en todos los aspectos, una criatura de lo más extraordinario”.

Cristina desdeñaba a las damas de la corte. Hallaba gran placer en criticarlas. Se mofaba de su aspecto, sus trajes o sus joyas, cualquier cosa servía para mostrarse despiadada. Ellas le devolvían la pelota hablando de su fealdad y su hombro deforme, pero el rey, siempre galante, fue muy amable con ella y la invitó a su palacio de Fontainebleau.

Motivos iba a tener para arrepentirse.

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Nuevamente una semana sumamente complicada. Les pido disculpas si no puedo pasar siempre a saludarlos hasta el día 18.