sábado, 30 de enero de 2010

Los perfumes de Versalles

ROSA LUIS XIV
Es muy difícil capturar el verdadero color de esta rosa. En realidad es mucho más oscura, casi negra, y su aroma es increíble.

Contra lo que muchos también piensan, Luis XIV apenas se perfumaba, porque los aromas fuertes le levantaban dolor de cabeza, terribles migrañas a las que era muy propenso y que llegaron a causarle vértigos y desmayos. Por esta razón los cortesanos que le rodeaban se guardaban mucho de ir perfumados en su presencia. Este problema era uno de los motivos por los que Luis se sentía mejor al aire libre.

Pero en su juventud, antes de que el caso se agravara, sí que disfrutaba de los aromas sutiles. Según Saint-Simon, “ningún hombre amaba tanto las fragancias delicadas como él”, y de hecho se lo conocía como Le roi le plus doux fleurant (el rey más suavemente perfumado). Aparte de la lavanda que usaba en su baño, le gustaba el olor de la naranja, y a veces se ponía eau de la reine de Hongrie, equivalente a nuestra suave agua de colonia, elaborado originalmente a base de romero macerado en espíritu de vino, y con el tiempo enriquecido con lavanda, ámbar y jazmín. Debe su nombre a su creadora, la reina Santa Isabel de Hungría, y fue utilizado también por madame de Sévigné y su hija, y por madame de Maintenon. Se le atribuía a esta colonia poderes revitalizantes, se suponía que ayudaba a conservar la belleza y se le asociaban propiedades terapéuticas para el reuma, palpitaciones, hígado o dolores abdominales.

¿Y quieren saber a qué olían las camisas de Luis? Nada que ver con esa especie de “perfume de supermercado” de los detergentes actuales. Sus camisas se lavaban con aqua angeli, un agua perfumada fabricada especialmente para él. Los ingredientes principales eran madera de aloe, nuez moscada y clavo, un preparado sobre agua de rosas al que se añadía una pizquita de jazmín, azahar y almizcle.

No debe esto llevar a pensar que se preocupaba especialmente por su atuendo. Su cuñada la Princiesa Palatina nos dice lo siguiente: “A mi esposo… le encantaba la ropa, era muy cuidadoso con los detalles de su indumentaria y mostraba un gran interés en tareas femeninas y en ceremonias. El rey, por el contrario, se preocupaba poco por la vestimenta… y tenía en todo gustos y costumbres masculinas”. Eso sí, se miraba al espejo cuando se cambiaba, porque era preceptivo según la etiqueta que diera el visto bueno, pero no le gustaba perder tiempo en eso. El que dictaba la moda era su hermano Philippe, dotado de un gusto exquisito tanto para el vestir como para la decoración. Philippe podía pasarse horas perdido en idear nuevos detalles y complementos.

En realidad Luis procuraba aprovechar bien el tiempo que tardaba en asearse y acicalarse, puesto que mientras lo afeitaban y peinaban, en su grand lever y en otras situaciones delicadas, recibía peticiones, era informado de cosas de interés e iba despachando asuntos. No era tiempo robado al trabajo, ni mucho menos.

En los aposentos del rey flotaba una delicada fragancia de agua de rosas y mejorana, y en las cuentas reales aparecen objetos para uso de los miembros de su entorno, como cojines aromatizados, toallitas perfumadas o sachets à la royale (bolsitas rellenas con hierbas aromáticas) entre otros accesorios. Dichos cojines, por cierto, eran muy populares entre las damas, porque los escondían entre la ropa interior con la utilidad añadida de que proporcionaban algo de relleno a aquella que lo necesitaba. Además, había fiestas en las que se impregnaban palomas en distintos aromas y luego las soltaban para que los esparcieran al aire.


Durante el reinado de Luis XIV las industrias jaboneras y las del perfume comenzaron a competir con las italianas. El maestro perfumero favorito del rey, Marcial, llegó a ser tan famoso que Molière decía que cuando en Versalles se pronunciaba ese nombre, los cortesanos pensaban en él en lugar del poeta latino: “¿Marcial hace poemas? Creí que sólo fabricaba guantes aromatizados”.

Pero la intolerancia del rey hacia los aromas agresivos se fue agravando progresivamente, hasta alcanzar también los más suaves. Al final el único que soportaba era el azahar. En alguna ocasión los médicos le preparaban otros perfumes, aunque solamente con fines terapéuticos, a modo de remedio. Para entonces hacía tiempo que había fallecido Ana de Austria, que, aparte de compartir con Luis la afición por el baño, tanto había gustado de todo tipo de perfumes y de flores. Más de una migraña debió de dar la reina a su hijo.

El papel también llevaba frecuentemente aromas, pero Luis había llegado a no tolerar siquiera los papeles perfumados. En palabras de Saint-Simon, al final de su reinado “nadie odiaba los olores más que él”. El italiano Gian Paolo Marana, de visita en París, escribió en 1692 que en esa ciudad los extranjeros “disfrutan de placeres que halagan todos los sentidos, menos el olfato. Desde que al soberano no le gustan los perfumes, las damas fingen desmayarse con la sola vista de una flor”. Y así, en parte por ese frecuente afán adulador de imitar al soberano y en parte por no perjudicar más su salud, el perfume fue cayendo en desuso en París.


Como última curiosidad, sepan que en el mundo versallesco, el tiempo dedicado al cuidado personal, es decir, a la toilette, se consideraba una especie de pequeña fiesta privada. El duque de Saint-Simon nos cuenta que uno frecuentaba les toilettes como quien asistía a una función. A finales de la década de 1670, cuando los nobles franceses desearon una imagen más informal, pusieron de moda el estilo boudoir o de andar por casa, representado fundamentalmente por el déshabillé o bata. Mientras tanto la gente se reunía, hablaban de negocios, de política, o flirteaban. Surgió la exfoliación cutánea y los anuncios de cosméticos. Se inventó, además, la table de toilettes o tocador, un espacio reservado donde arreglarse dentro del dormitorio.

Ahora que habíamos dejado a Su Majestad ya bañado, vestido y perfumado, era llegado el momento de lanzarlo a una nueva conquista. Estaba a punto de presentarles a mademoiselle de la Motte-Argencourt, pero antes de eso prefiero que demos un paseo un poco escatológico por Versalles, para que conozcan también la otra cara del perfume, ya que veo que alguno de ustedes ha manifestado su curiosidad. ¡Ay, no todo podía ser tan bonito!

jueves, 28 de enero de 2010

La toilette del rey

Bañera octogonal de Luis XIV

Continuando con la explicación que iniciábamos el otro día sobre los baños de Luis XIV, y al objeto de rebatir la curiosa historia que tanto circula por ahí y le adjudica sólo dos en toda su vida, otra prueba de que las bañeras servían para algo más que de adorno es que aparecen documentados detalles como la frecuencia con la que se llenaba el depósito, así como las toallas en los inventarios. Recordemos que las bañeras tenían grifo de agua caliente y de agua fría, por lo que no era necesario que vinieran servidores acarreando cubos. El agua salía del depósito, que era rellenado regularmente.

Aparece también perfectamente reglamentado quién se encargaba de cada detalle. Cuando el rey o Monsieur deseaban bañarse en la cámara eran los Officiers de Fourrière los encargados del agua caliente y de quemar aromas, muy suaves en el caso de Luis, que no soportaba los olores penetrantes -ya veremos por qué-, pero le agradaba un poco de lavanda en su baño. Recuerden, también, que el rey se bañaba con un jabón a base de aceite de oliva, y no sólo con agua, naturalmente.

Luis estaba muy orgulloso de sus apartamentos de baño, que incluían una recámara y una cámara de descanso con una cama situada ante un gran espejo. En esos apartamentos celebraba a veces reuniones informales.

El “cabinet des bains” de Versalles tenía una bañera octogonal de mármol flanqueada por columnas, que hoy se encuentra en l’Orangerie. Una estufa alimentada con leña calentaba el agua perfumada.


En tiempos de Luis XIV había numerosos cuartos de baño en Versalles. Fue Luis XV quien hizo derribar más de la mitad para ampliar otras habitaciones, aunque él, por supuesto, tenía el suyo propio, y, por cierto, maravilloso.

Por ejemplo, la habitación que ven en la imagen reemplazó en 1750 a un baño que había en su lugar. Una o dos veces por semana Luis XV daba aquí una cena para las damas y caballeros que le habían acompañado durante la cacería, y era un gran privilegio ser invitado a estas veladas. Los platos se preparaban en las cocinas privadas del rey, situadas en el tercer piso. Después de cenar Luis y sus invitados se retiraban a la sala de los relojes, donde pasaban el resto de la noche en las mesas de juego.

Pero volviendo con Luis XIV y sus hábitos higiénicos, también usaba alcohol a modo de desinfectante para lavarse las manos. Siempre llevaba las uñas muy cuidadas, bien cortadas y limpias, lo afeitaban a diario y se hacía la pedicura. Saint-Simon, por cierto, achaca el afán de limpieza de Luis al hecho de frecuentar mujeres, como parte del ritual de cortejo. Sin embargo, como hemos visto, la costumbre del baño le venía ya de la infancia.


El rey se cambiaba de ropa interior un mínimo de tres veces al día, porque no soportaba llevar ropa sudada o sucia. En esto no le iban a la zaga muchos de sus cortesanos; incluso algunos de aquellos que no solían recurrir al baño se mudaban con gran frecuencia. Otro testimonio afirma que la etiqueta disponía la presencia de un valet sujetando el espejo mientras Luis se viste, se desviste o se cambia de ropa, lo que sucede “si va a jugar a pelota, a bañarse en su cámara, o en el río, etc.”

Espero, en fin, que después de los dos últimos capítulos al menos haya quedado clara una cosa: Luis XIV era un absolutista, pero no un cochino.

El próximo día hablaremos de los perfumes, tema con el que finalmente he decidido hacer un capítulo aparte para extenderme un poquito, porque verán que merece la pena. Se van a llevar también alguna que otra sorpresa.

Veremos a qué olía Su Absolutísima Majestad.

martes, 26 de enero de 2010

Luis XIV sí se bañaba


La tónica general durante el siglo XVII era la poca afición al baño, debido a que había mucha gente que pensaba que el agua, en especial la caliente, al penetrar en los poros de la piel ayudaba a propagar enfermedades, como por ejemplo el germen de la sífilis, introduciéndolas en el organismo. Esto no significa que los cortesanos no se ingeniasen para encontrar alguna alternativa para su aseo, como era limpiarse con una tela mojada en espíritu de vino —poderoso alcohol que no sólo limpia, sino que desinfecta—, o que no hubiera cortesanos especialmente pulcros, como lo fue la marquesa de Rambouillet. Por otra parte, el alejamiento del agua no era tan absoluto: había baños públicos; se podía alquilar una bañera de cobre, y los más pobres una de madera por la mitad de dinero. Y además la gente se daba baños en toda regla en el río. Se consideraba que hacerlo el día de San Juan era especialmente sano y protegía contra las enfermedades.

Pero Luis XIV, curiosamente y en contra de la creencia generalizada, no sólo no parecía compartir las aprensiones con respecto al agua, sino que era casi un obseso de la higiene personal. Existen nóminas de los empleados encargados del baño de Su Majestad, y testimonios como el de su cuñada, la Princesa Palatina, que nos dice lo siguiente:

“El rey y Monsieur habían sido habituados desde la infancia a una gran suciedad en el interior de sus casas; tanto, que ni siquiera sabían que las cosas deberían haber sido de otro modo, y sin embargo, por lo que respectaba a su higiene personal, eran especialmente aseados”.

Las versiones que dicen que sólo tomó dos o tres baños en toda su vida (¡incluso he encontrado una que afirma que ninguno!), o que el propio médico se lo desaconsejaba, también son fácilmente rechazables con sólo leer el Journal de santé de Louis XIV (diario de la salud de Luis XIV), donde se pueden encontrar fragmentos como éste, en el que el médico nos cuenta que le había ordenado dos baños especiales diarios de dos horas de duración cada uno:

“El séptimo día del mes de agosto, estando el rey bien preparado, comenzó los baños que le ordené para reafirmar su salud. Los ha continuado hasta el día 17, es decir que ha tomado 20 baños. Entraba por la mañana y hacia las 7 de la tarde. Permanecía dos horas de cada vez. El día 18 fue purgado con éxito.”


Contamos, además, con el testimonio de madame de Motteville, así como el del valet La Porte, que asegura que ya de muy niño Luis saltaba de alegría cuando se reunía con su madre para el baño. Al parecer, la propia Ana de Austria le habría inculcado esta afición, y el pequeño rey insistía en bañarse incluso cuando se lo desaconsejaban por alguna razón, o intentaban prohibírselo. La Porte incluso nos cuenta cómo una vez, cuando Luis tenía 7 años, había estado jugando en el jardín del Palais Royal con un fuerte que le habían hecho, y se acaloró en el ataque a la fortaleza. Vinieron a decirle que la reina iba a bañarse, para que se reuniera con ella según costumbre, y él corrió raudo hacia allá. “Me ordenó que le desvistiera, pero yo no quise; fue a decírselo a la reina, que no osó negárselo. Yo dije a Su Majestad que le haría morir si le permitía bañarse en el estado en que se encontraba [tan acalorado]; como vi que no me respondía otra cosa excepto que era su deseo hacerlo, le dije que yo le había advertido, y que si pasaba algo no sería culpa mía”.

Tampoco es cierto, por tanto, que Luis sólo se bañara por prescripción médica. Por citar otro ejemplo, el servidor nos cuenta, cuando Luis andaría en los 14 años: “…El rey, habiendo cenado con Su Eminencia, y tras haberse quedado en su compañía hasta las 7 de la tarde, mandó a decirme que deseaba bañarse…”.

A Luis le encantaba el agua. Desde su infancia prefería bañarse en el río, en plena naturaleza, a hacerlo encerrado en una bañera en la que no podía nadar. No había cumplido aún 10 años cuando La Porte nos cuenta: “Un día al querer el rey ir a bañarse a Conflans, di las órdenes de costumbre”. Y dice “de costumbre” porque, efectivamente, Luis tenía el hábito de bañarse en un canal que por eso después llevó su nombre. Lo acompañaba todo un séquito de servidores, encargados del baño y del guardarropa de Su Majestad. Vimos también en su momento otro testimonio: el famoso relato que cuenta cómo el rey, aunque el tiempo no era propicio, regresaba de bañarse cuando se cruzó con el príncipe de Condé y su séquito. Condé lo saludó sin salir de su carroza, lo que era en aquella época un insulto imperdonable.

Aparte de sus preferencias por las aguas de ríos y canales, Luis tuvo un precioso cuarto de baño delicadamente pintado, con bañera de mármol recubierta de paño para no sentir el frío de la piedra. Llegó a haber en él dos bañeras, porque al parecer utilizaba una para enjabonarse y la otra para aclararse. Le gustaba echar lavanda en el agua, y un jabón hecho a base de aceite de oliva. El rey recibía mientras se entregaba a esta tarea y despachaba asuntos, para no perder tiempo, y solía hacerlo por las tardes. Sólo a un noble de alto rango se le permitía secarlo después. Había grifo de agua fría y de agua caliente, procedente de un enorme depósito que era alimentado diariamente por los servidores. Tras el baño, el cabello se le secaba al fuego.

El próximo día continuaremos con los detalles del baño, de los perfumes y de su toilette en general, porque queda mucho por contar, cosas muy curiosas que espero serán de su interés.


domingo, 24 de enero de 2010

EL ESTADO SOY YO

Patio de honor de la Asamblea Nacional, París

Con la ayuda de Fouquet, Mazarino se había dedicado a la tarea de resolver las dificultades financieras del Estado. En 1653 introdujo un nuevo sistema que permaneció en vigor durante muchos años y permitió al ministro, y después al rey, un mayor control sobre las provincias.

Algunas de las medidas, sin embargo, eran vistas con recelo por el Parlamento. Luis había emitido un decreto sobre ese asunto, haciendo que fuera verificado por la cámara. Pero en abril de 1655 en cuanto abandonó París y se dirigió a Vincennes para una jornada de caza, volvieron a reunirse con la intención de examinar el decreto del rey.

El Parlamento acababa de poner en cuestión unos edictos ya registrados, y por primera vez surge la personalidad del rey. Fue un momento crucial en su reinado. Luis XIV, que contaba tan sólo 16 años, encontró la situación demasiado parecida a la de los comienzos de la Fronda. Había que actuar con todo el vigor para impedir que todo volviera a reproducirse, y había que hacerlo pronto. Allá en Vincennes tuvo noticias de lo que estaba ocurriendo, e inmediatamente salió al galope hacia allá.

Sala de los Pasos Perdidos, también llamada Salón de la Paz. Por esta sala accede al hemiciclo el presidente de la Asamblea, bajo la protección de la diosa Minerva.

Vestido de rojo, con las botas de montar y sin quitarse las espuelas, irrumpió en el Parlamento fusta en mano y les habló en un tono que jamás hubieran imaginado. Fue aquí donde dice la tradición que pronunció las palabras “el Estado soy yo”. Esto es rotundamente falso, y un invento posterior, pues el contenido de aquella sesión aparece reflejado en numerosas fuentes, pero en ninguna de ellas se relata nada semejante.

Cuenta la leyenda que el rey, al entrar, preguntó: “¿Qué es lo que está pasando aquí?”, a lo cual le respondieron: “Señor, estamos tratando unos asuntos de la máxima importancia para el Estado” —que era lo mismo que decirle que no era asunto de su incumbencia lo que se debatiera en el Parlamento—, y que entonces él replicó “El Estado soy yo”, para dejar bien claro hasta qué punto lo consideraba de su entera incumbencia.

No fue así en realidad, ni Luis fue tan parco en palabras. Lo que dijo fue:

—Todos saben cuántos problemas han causado al Estado vuestras asambleas y los efectos peligrosos que han producido. Tengo entendido que aún pretendéis continuar con el pretexto de deliberar sobre los edictos que ya han sido leídos y publicados en mi presencia. He venido hasta aquí expresamente para prohibir la continuación de este asunto, y a vos, señor presidente, os prohíbo que toleréis estas asambleas, y a todos los aquí presentes que las demanden.

Asamblea Nacional

Después se fue sin aguardar respuesta. Todo el mundo quedó mudo de asombro ante la revelación de un carácter tal como no habían sospechado en aquel joven. Mazarino el primero, pues no eran aquellos los procedimientos que él, mucho más diplomático y negociador, le había enseñado. El cardenal se dedicó a continuación a repartir regalos y halagos y deshacerse en sonrisas para apaciguar a los miembros de la cámara. Pero al parecer Luis tenía criterios propios y un carácter capaz de imponerse.

Y, por cierto, con respecto a este tema, en su lecho de muerte Luis dijo una frase que demuestra precisamente que no consideraba que el Estado y él fueran una misma cosa:

—Je m’en vais, mais l’État demeurera toujours. (Yo me voy, pero el Estado permanecerá para siempre).

Encontrarán la cita en Mémoire sur la mort de Louis XIV, del marqués de Dangeau, famoso cronista de los últimos años de su reinado. Como ven, todo lo contrario de lo que se afirma.

El marqués de Dangeau

Y ahora que nos ponemos a destrozar mitos, aprovechemos para dejar bien claro de una vez por todas que Luis XIV tenía la sana costumbre de bañarse, a pesar de esa estrambótica afirmación que circula por ahí referente a que sólo se habría dado uno, o dos, o hasta tres baños en toda su vida según el capricho de cada versión, que va agregando detalles graciosísimos a medida de la imaginación, la desfachatez y el sentido del humor del narrador.

El próximo día conocerán los detalles acerca de las costumbres higiénicas de Su Majestad.

sábado, 23 de enero de 2010

Las otras Mazarinettes

Laura Martinozzi, duquesa de Modena


En cuanto a la otra Martinozzi, Laura, hermana de la princesa de Conti, el cardenal también encontró un buen partido para ella en la persona de Alfonso IV d’Este, duque de Modena, que solicitó su mano. El matrimonio se llevó a cabo en Compiègne el 27 de mayo de 1655, con tanto fasto como si se hubiera tratado de la boda de una hermana del rey, y para humillación de Olimpia, quien, al ser mayor que su prima, pensó que le correspondía a ella ser la elegida.

La nueva duquesa de Modena regresó a Italia tras su matrimonio. Iba a quedar viuda muy joven, aunque su esposo sólo tenía 20 años en el momento de la boda. Baste saber, por el momento, que de esta Mazarinette descenderán el Viejo Pretendiente y Bonnie Prince Charlie, los Estuardo destronados.

Y la menor de las Mancini, Mariana, también llegaría por entonces para sumarse a sus hermanas. Con sólo seis años era el juguete de toda la corte, muy querida por su tío. Su belleza y su ingenio eran muy apreciados. Un contemporáneo dijo de ella que era casi divina y que tenía un atractivo infinito. Su vivacidad, su pasión por la vida era enorme, y siempre se destacaba en los bailes y en los papeles que interpretaba en las obras de teatro que se representaban en la corte. Cuando al cabo de un par de años de su llegada murió su hermana Laura, extrañamente fue a ella a quien encomendaron el cuidado de los huérfanos. Mariana era sólo unos poquitos años mayor que ellos.
Mariana Mancini

Con ella llegó también a París el menor de los hermanos, Alfonso, un desdichado niño que iba a fallecer accidentalmente con sólo 12 años mientras jugaba durante las fiestas de Navidad en el colegio de los jesuitas en el que se educaba. Si es que se puede considerar un accidente, porque al parecer fue provocado por sus propios compañeros, celosos de las distinciones que recibía el sobrino del cardenal y humillados porque siempre los aventajaba a todos en los estudios. Probablemente sólo querían darle un escarmiento, sin pensar que las consecuencias podrían ser tan trágicas, pero Alfonso se dio un golpe fatal en la cabeza y falleció.

Así como Mazarino no quería a Felipe, tenía todas sus esperanzas puestas en este niño. El cardenal ya pensaba en sacarlo pronto del colegio para tenerlo a su lado e ir formándolo en los asuntos de Estado. Mademoiselle de Montpensier nos cuenta que Alfonso iba tan adelantado que era un prodigio, y que a pesar de su corta edad casi había completado sus estudios.

Y aún nos falta Olimpia. El año 1654 fue el de la consagración de Luis XIV como rey en la catedral de Reims, pero también el de su amor por Olimpia, la segunda de las hermanas Mancini. La corte conoció la noticia por Navidad, cuando él le dio a la joven el reinado de las fiestas de Año Nuevo.

Olimpia Mancini

Olimpia, algo mayor que Luis, había llegado a París con la primera tanda de sobrinos, años atrás. No era especialmente guapa cuando era niña, pero comenzó a desarrollar cierto atractivo al entrar en la adolescencia. Tenía muy buena figura, tez blanca, ojos muy brillantes y hoyuelos en las mejillas, además de unas manos muy admiradas. A todo ello sumaba un gran ingenio que brillaba en su conversación, y, a pesar de que no se distinguía por su inteligencia, tenía mucho de intrigante. Olimpia mostraba buena disposición hacia el rey y, en suma, consiguió atraerlo, lo que tampoco se puede decir que fuera una tarea dificultosa en exceso.

La consecuencia fue que la sobrina de Mazarino recibió la orden de alejarse de París. El cardenal, alarmado por las consecuencias que hubiera podido tener ese tonto amorío, casó a la joven con Eugenio de Saboya-Carignan, conde de Soissons, con lo cual quedaba zanjado el asunto.

El matrimonio tuvo lugar en febrero de 1657, tres semanas después de la muerte de Laura Mancini. Todo el mundo se había equivocado al conceder tanta importancia a aquel asunto. En realidad Luis no sintió mucho la partida de Olimpia; no había estado enamorado de ella. De modo que al cabo de algunos días ya estaba otra vez persiguiendo damiselas.

jueves, 21 de enero de 2010

María y Hortensia Mancini

Hortensia Mancini

Geronima, la madre de las Mancini parece haber sido una mujer desagradable, de mal carácter y extremadamente supersticiosa. Tenía debilidad por Hortensia, pero no quería a María como a sus otras tres hijas, y siempre había pensado que un convento sería lo mejor para ella. Aconsejó a su hermano el cardenal que le buscara uno adecuado, en la esperanza de que al final María hiciera sus votos.

El cardenal no era partidario de hacer de ella una monja, aunque tampoco esperaba gran cosa de aquella chiquilla flacucha, bastante sosa, torpe y sin gracia. Pensaba que, al contrario que sus hermanas, no causaría una buena impresión en la corte, por lo que decidió enviarla por el momento al convento de la Visitación, en el Faubourg Saint-Jacques, para darse un poco de tiempo y ver mientras tanto si al menos la niña lograba ganar algo de peso y mejorar su aspecto.

Dos meses más tarde se unió a ella en el convento su hermana Hortensia, a la que consideraron demasiado jovencita aún para permanecer en una corte en la que su belleza había llamado tanto la atención. Incluso el hermano del rey, que no era inclinado a las mujeres, parecía no poder vivir sin ella. Su Eminencia, además, deseaba corregir un rasgo de su carácter: la obstinación, a la que consideraba que había contribuido la excesiva libertad de la que había venido gozando en ese gran mundo.

La abadesa era la madre Elisabeth de Lamoignon, “encargada de instruirnos y enseñarnos el idioma y todo cuanto estimara necesario para unas niñas de nuestra edad y condición”.

La abadesa pronto se dio cuenta de que María no era una alumna común y corriente. La niña estaba singularmente dotada, y aprendía con extraordinaria rapidez. Su memoria era prodigiosa; retenía páginas enteras de tragedias y poemas. Pero es que además era una estudiante infatigable. La razón principal era su conciencia de que, si quería ocupar un lugar en la corte, su única oportunidad era la de atraer con los dones de su mente, debido a su carencia de atractivo físico. El cardenal se alegró mucho de conocer el enorme talento de su sobrina, a pesar de lo cual también él quería más a Hortensia, su favorita durante toda su vida.

María permaneció en el convento hasta que en octubre de 1655 recibió una carta del cardenal informándola que había llegado el momento de reunirse con la corte, que se encontraba por entonces en Picardía.

María Mancini

Ella ignoraba los motivos por los que su tío había decidido dar por finalizada su instrucción. No sabía que él planeaba casarla con Armand de La Porte, el único hijo del mariscal de la Meilleraye. No eran unos planes tan brillantes como los que había hecho para sus otras sobrinas, porque el mariscal, a fin de cuentas, y por mucho que hubiera prosperado la familia al emparentar con Richelieu, era el nieto de un abogado. De creer a Saint-Simon, el origen de la familia estaría en un humilde portero, de donde derivaría el apellido. Pero, por otra parte, el novio era uno de los hombres más ricos de Europa, lo cual era más que suficiente para los pocos dones que encontraban en María. Mazarino pensaba que tendrían mucha suerte si conseguían arreglarle siquiera ese matrimonio.

Pero ¡ay!, para eso hacía falta el consentimiento del novio, y resulta que cuando éste vio a María la joven se encontraba en compañía de su hermana Hortensia. Armand se enamoró locamente de la más joven, hasta el punto de declarar que se casaría con Hortensia o con ninguna otra. Afirmó que si no le permitían casarse con ella, se retiraría a un monasterio el resto de su vida. En una confidencia que hizo a la duquesa de Aiguillon dijo que “si pudiera casarse con Hortensia, no le importaría morir tres meses después”.

Mariscal de La Meilleraye, padre del novio

Mazarino pronto fue informado de esto.

—¡Antes entregaría a Hortensia a un lacayo que permitirle a él casarse con ella! —exclamó furioso.

El cardenal esperaba tanto y tan grande para esta sobrina que se permitió incluso rechazar la candidatura del rey de Inglaterra. Carlos II lograría sentarse en el trono muy poco tiempo después, pero cuando solicitó la mano de Hortensia era un príncipe sin fortuna. Mazarino debió de mesarse los cabellos meses más tarde. Trató de enmendar su error, pero esta vez fue Carlos quien rechazó la propuesta.

El duque de Saboya, el de Lorena… todos querían casarse con Hortensia.

Pero, naturalmente, sólo uno lo consiguió.

martes, 19 de enero de 2010

La tragedia de Laura Mancini

Laura Mancini, duquesa de Mercoeur

Poco después de la llegada de la segunda tanda de sobrinos a París, moría en Roma el padre del cardenal, Pietro Mazarini. El anciano no pudo tener la satisfacción de viajar a Francia con sus hijas y participar en los grandes honores deparados a su familia. Pietro, de origen siciliano, había sido mayordomo de la familia Colonna en Roma. En 1645 se había casado en segundas nupcias con Portia Orsini, hija del duque de Bracciano, y vivía en el palacio de Monte-Cavallo.

La señora Mancini no iba a sobrevivir muchos años a su padre, pues falleció en sus apartamentos del Louvre el 29 de diciembre de 1656, justo cuando su hija Laura estaba a punto de traer al mundo a su tercer hijo.

Se temía que el disgusto afectara a Laura trágicamente en el momento del parto. Éste se produjo sin contratiempos, pero poco después comenzó a sentirse enferma. En un principio nadie pareció alarmarse; pensaron que se repondría, y de hecho el cardenal asistió ese día a un ballet en el que bailaba el rey. Pero a la salida le dieron la noticia de que la duquesa de Mercoeur estaba mucho peor: sufría una parálisis y había perdido el habla.


Mazarino corrió hacia allá en el primer carruaje que encontró. Cuando llegó al palacio de Vendôme, su sobrina no podía hablar; la infeliz muchacha se limitaba a sonreír, como si pretendiera tranquilizarlo. Laura vivía sus últimas horas, devorada por la fiebre. Sólo tenía 20 años. El llanto del cardenal al comprender que la perdía no tenía consuelo.

Madame de Motteville escribió:

“Esta hermosa moribunda, madame de Mercoeur, sólo había estado enferma un día y una noche, y el 8 de febrero expiró. Su muerte fue muy lamentada por su familia y por todo el mundo en la corte, pues la virtud y el buen corazón atrae la voluntad de la gente.”

No es exacto que sólo estuviera enferma un día. El mal había comenzado antes, pero fue durante esa jornada cuando se agravó y tuvo un desenlace rápido y fatal.

El niño tampoco estaba destinado a vivir mucho tiempo: falleció cuando contaba tan sólo tres años.

El viudo, que había estado muy enamorado de ella, nunca se recuperó de su pena. Vimos en su momento cómo el duque de Mercoeur desafió la prohibición del Parlamento por casarse con Laura, arriesgándose a ser enviado a prisión o incluso a una condena a muerte por acudir a su encuentro cuando ella acompañaba a su tío el cardenal al exilio. Nunca se arrepintió, y a su regreso afrontó sin pesar las burlas de los cortesanos por haberse casado con una plebeya que ya no tenía nada y que no se esperaba que recuperara su buena fortuna, cuando él, que llevaba sangre real, podría haber aspirado a cualquier otra.

Desconsolado por su pérdida, Mercoeur se retiró por unos días al convento de los Capuchinos. Nunca pensó en volver a casarse. Cumplió primero con sus deberes militares y tras su última campaña en Cataluña, aún sin superar su tristeza, se hizo sacerdote. Murió como cardenal y legado de la Santa Sede en Francia.

domingo, 17 de enero de 2010

La Coronación de Luis XIV

Detalle de la coronación de Luis XIV por Le Brun

La ceremonia de coronación de Luis XIV había tenido que ser aplazada debido a los disturbios de la Fronda, pero finalmente el 7 de junio de 1654, tres meses después de la boda del Príncipe de Conti, el rey era coronado en Reims. Tenía quince años.

Felipe Mancini tuvo el honor de ser seleccionado como uno de los portadores de la Sagrada Ampolla. Es de suponer que Mazarino contemplaría a su sobrino sin especial ilusión, porque así como había adorado a Pablo, no soportaba a Felipe, quien para él no reunía otro mérito que el de llevar su sangre. Solía tratarlo con suma dureza y severidad.

Sin embargo, era una distinción muy importante la que se le hacía al joven ese día, por todo el significado que entrañaba: según la leyenda, el día de la coronación del rey Clodoveo en dicha catedral la Sagrada Ampolla llegó desde el cielo, transportada por una paloma que se posó en las manos del obispo San Remigio, con un ramillete de lirios (es decir, de flores de lis). La ampolla portaba el óleo para ungir y santificar al rey, denotando así que su autoridad le era otorgada por designio divino. Y éste es, pues, el origen de la flor de lis como símbolo de la realeza francesa, representada habitualmente en oro sobre azur. (Para mayor información sobre el lis pueden encontrar en este enlace un texto complementario que he escrito en mi otro blog).

Grabado del siglo XV: los ángeles traen los lises al rey Clodoveo

Durante la ceremonia de coronación de Luis XIV otros notables personajes de la corte tuvieron un papel destacado: el conde de Vivonne, primer caballero de la cámara del rey, se ocupó del manto, el duque de Joyeuse del calzado y el hermano de Luis XIV de las espuelas.

El rey hizo su juramento en virtud del cual prometía mantener los derechos y privilegios de sus súbditos, y se preguntó a la congregación, según era preceptivo, si aceptaban a Luis como rey.

Luego se procedió a la bendición de las insignias reales: el obispo de Soissons bendijo la espada, el cetro y la corona que según la tradición habían pertenecido a Carlomagno. Otro de los símbolos es la aceptación del anillo real, siguiendo el precedente establecido en la coronación de Enrique II en 1547. Mediante este símbolo el rey desposa solemnemente a su reino.

Luis XIV

Llegaba entonces el momento de la consagración. El cuerpo del rey fue ungido nueve veces con el óleo sagrado e investido con el poder milagroso atribuido a los reyes de Francia para sanar a aquellos que padecían una enfermedad llamada escrófula, infección tuberculosa en la piel del cuello que afecta a los ganglios linfáticos provocando úlceras. Después el obispo le entregó el cetro en la mano derecha, “mano de justicia”, y puso la corona sobre su cabeza.

Lentamente, el rey subió los escalones hasta el trono, donde recibió el homenaje de todos los pares del reino.

Al final de la ceremonia el obispo entonó el “larga vida al rey”, se soltaron palomas y se abrieron las puertas de la catedral para permitir tanto a los nobles y embajadores en el interior como al pueblo que aguardaba fuera gritar juntos “¡Viva el rey!”.

Luis XIV al día siguiente de la Coronación

La escena sería recogida en un tapiz diseñado por Charles Le Brun, uno de los principales pintores del reinado de Luis XIV.

Dos días después de la coronación el rey tocó a dos mil de enfermos de escrófula, diciendo a cada uno: “Le roi te touche, Dieu te guérit” (“El rey te toca, Dios te cura”). Era lo que se llamaba el toque de reyes. El mismo día concedió el perdón a 600 prisioneros.

Mediante la sacralización de la ceremonia de la coronación se establece que el poder del rey emana de Dios. La religión es lo único que limita su poder. El rey, como representante de Dios en la tierra, está por encima de todos los hombres, pero no por encima de las leyes divinas, las únicas a las que se somete.


viernes, 15 de enero de 2010

El Príncipe de Conti

Armando de Borbón, Príncipe de Conti

Conti tenía 34 años en el momento de su matrimonio con Ana María Martinozzi. En un principio había sido destinado a la Iglesia, pero él se había resistido a ese destino y nunca llegó a tomar las órdenes. Era de corta estatura y ligeramente deforme, aunque su rostro resultaba desconcertantemente atractivo, y sus modales solían ser encantadores. Estaba un poco desequilibrado y lleno de extrañas ideas místicas relacionadas con la alquimia. Se había lanzado de cabeza a la Fronda animado por su hermana, Madame de Longueville, por la que se afirmaba que sentía una insana pasión. Defendió Burdeos contra las tropas del rey, pero al rendirse la ciudad se encontró en una humillante posición. Caído en desgracia y evaporada su fortuna, abrumado por las deudas, no tuvo más remedio que aceptar el consejo de su secretario, el poeta Jean François Sarrazin, y buscar un matrimonio con una de las sobrinas de Mazarino. Según un relato, el propio cardenal habría sobornado al secretario para que le metiera esa idea en la cabeza al príncipe.

Cosnac afirma en sus memorias que Conti dio carta blanca a su secretario con respecto a la elección de sobrina, que a él le era indiferente. Sarrazin habría pedido entonces a la que le pareció la más hermosa y virtuosa de todas, que resultó ser Ana María. La joven debió de llevarse un buen disgusto después de esperar casarse con el guapo Candale, pero los deseos de su tío eran órdenes para ella.

Jean-François Sarrazin

Se dice que mientras las negociaciones se llevaban a cabo el príncipe de Conti se preparaba para el matrimonio frecuentando bailes de máscaras y otras diversiones más cuestionables, llevando una vida tan disipada que su salud se resintió seriamente durante algún tiempo.

El matrimonio tuvo lugar el 22 de Febrero de 1654 en la capilla de la reina. La novia llevaba un vestido de brocado enriquecido con perlas de gran valor, y fue conducida al altar por Sus Majestades, por Gastón, Mazarino y otras importantes personalidades de la corte. Ana María tuvo la satisfacción de contar también con la asistencia de su hermana y sus primas recién llegadas a Francia. En las brillantes fiestas que tuvieron lugar destacó la belleza de Hortensia, para la que Mazarino deparaba un futuro igual de brillante. Ella y su hermana María iban a vivir con su madre en el palacio del Louvre.

Conti tenía todas las razones para considerarse un hombre afortunado, puesto que su matrimonio no sólo le restituía las dignidades perdidas por su conducta durante la Fronda, sino que además se llevaba una suculenta dote, la gobernación de Guyena y una magnífica residencia que el cardenal, en un gesto de generosidad, hizo erigir para él a sus propias expensas. Por si fuera poco, se casaba con una joven hermosa, dulce, inteligente y sensata.

El matrimonio, que tuvo dos hijos, no salió mal, a pesar de los esporádicos ataques de celos del príncipe, al parecer sin motivo alguno. Incluso el rey intentó en una ocasión un acercamiento galante a la dama, recibiendo una acogida tan gélida que al día siguiente el propio cardenal le pidió a Ana María que se disculpara con Su Majestad, por considerar que se había excedido en las formas de manifestarle su rechazo. Conti, que se encontraba en España a la sazón, dio orden de que su esposa se reuniera con él de inmediato.

Ana María Martinozzi, Princesa de Conti

Sin embargo, según madame de Motteville al principio Conti no se mostró tan contento con su suerte al tener que emparentar con una sobrina del cardenal. Se avergonzaba de verse obligado a ese matrimonio, y corrió la leyenda de que había volcado su enojo contra el secretario, al que golpeó en la cabeza causándole unas heridas tan graves que le produjeron la muerte. No es cierto, como tampoco lo es la versión que afirma que Sarrazin fue envenenado por un marido celoso. La verdad es que falleció el 5 de diciembre de 1654 en el Languedoc, a consecuencia de unas fiebres.

Armando, por su parte, no se había propuesto ser estrictamente fiel. De vez en cuando se desviaba del camino, pero estos desvíos eran generalmente seguidos de violentos ataques de penitencia y devoción, y al final, bajo la influencia de su esposa y de su hermana madame de Longueville, la religión acabó triunfando y se hizo sinceramente devoto.

Ana María se inclinó hacia las doctrinas jansenistas, y dio limosna con tal generosidad que gastó en obras de caridad al menos dos tercios de la enorme dote que su tío le había asignado. Una inscripción en su tumba de Saint-André-des-Arts nos informa de que en 1662 incluso vendió sus joyas para alimentar a los pobres de Berry, Champagne y Picardía.

miércoles, 13 de enero de 2010

El linaje de Enrique IV

Enrique IV

La mayor de las niñas Martinozzi, Ana María, que había llegado a París años atrás, alcanzaba la edad casadera. ¿Y quién sería el novio?


Mazarino había puesto sus aspiraciones en el duque de Candale, hijo del duque de Epernon en su empeño por seguir emparentando con Enrique el Grande aunque fuera por línea ilegítima. Primero había sido Mercoeur para Laura, y ahora volvía a echar la caña en el mismo río.


No había de parecerle mal la idea a su sobrina Ana María: al joven, elegante y encantador hasta lo irresistible, lo llamaban le Beau Candale (Candale el Hermoso). Admiraba al príncipe de Condé y detestaba al cardenal, pero su sentido del honor y de la lealtad hicieron que se posicionara del lado del rey durante la Fronda.


Louis Charles Gaston de Nogaret de La Valette de Foix, duque de Candale, había nacido en Metz el 14 de abril de 1627, único hijo varón del duque d’Epernon y su primera esposa Gabriela de Borbón, llamada Mademoiselle de Verneuil. Gabriela era hija natural del rey Enrique IV, habida de su amante Enriqueta d’Entragues. Falleció apenas 10 días después de dar a luz al niño, y hubo rumores de que su esposo la había envenenado. Él se casó unos años después con Marie de Cambaut, sobrina de Richelieu, pero tampoco fue un matrimonio feliz.


Bernard de Nogaret de La Valette, duque d'Épernon


Saint-Evremond dejó escritas estas palabras sobre su buen amigo el duque de Candale:


“…Todas las damas lo buscaban. Las más recatadas suspiraban por él en secreto; las más osadas rivalizaban por él, y deseaban convertirse en su favorita como si de ello dependiera su mayor felicidad.”


En un principio Candale accedió al compromiso, aunque no tenía ninguna prisa por verse atrapado en los lazos de un matrimonio, y Mazarino acabó por impacientarse. Cuando surgió la gran oportunidad de casar a Ana María con Armando de Borbón, príncipe de Conti, un Borbón por línea legítima, no se lo pensó dos veces.


Desgraciadamente Candale falleció en plena flor de la juventud. Unas fiebres se lo llevaron mientras viajaba a Lyon, en enero de 1658, pero para entonces hacía unos años que Ana María se había casado con Conti. Y ello para desesperación del hermano del novio, Luis de Condé, a quien el Parlamento condenaba a muerte por esas fechas.


lunes, 11 de enero de 2010

Despreciada Minette

El Louvre

Tras un forzoso nuevo alejamiento de la corte, en febrero de 1653 Mazarino volvía a estar en París y entraba triunfal en el Louvre, donde le habían preparado magníficos apartamentos. Sofocada al fin la Fronda, los mismos que seis meses antes habían execrado su nombre le recibían ahora con gritos de bienvenida.

Mientras el duque de Mercour recogía laureles militares, su esposa Laura llevaba una vida tranquila. A veces visitaba la corte, donde era muy estimada por la reina, y otras veces permanecía en el castillo de Anet, sede de los Vendôme. El rey también la quería mucho, y la distinguía dándole importantes papeles en los ballets; pero ella apenas frecuentaba estas fiestas. Era una joven que prefería la vida retirada, dedicada a sus devociones y a repartir limosnas generosamente.

Anet

Madame de Motteville nos narra el siguiente episodio, ilustrativa de la deferencia que Luis mostraba hacia Laura:

“El rey, acostumbrado a rendir todos los honores a las sobrinas del cardenal, fue a reclamar a Madame de Mercoeur para abrir con ella el baile. La reina, sorprendida por este error [de etiqueta], rápidamente se levantó de su silla y le separó de Madame de Mercoeur, diciéndole en voz baja que fuera a sacar a bailar a la princesa de Inglaterra. La reina de Inglaterra, que se había dado cuenta del enojo de la reina, fue tras ella y le rogó en voz baja que no contrariara al rey; que su hija se había hecho daño en un pie y no podía bailar. La reina respondió que si la princesa no podía bailar, el rey tampoco lo haría. La reina de Inglaterra dejó bailar a la princesa y, en el fondo de su corazón, estaba disgustada con el rey. Su madre la reina lo reprendió una vez más esa noche, y él replicó que no le gustaba bailar con niñas.”

Henrietta Maria, reina de Inglaterra

¡Ay, Luis! Minette no iba a ser siempre una niña flacucha y desgarbada. La vida pronto iba a girar también para ella, que por ahora vivía de la caridad de la reina de Francia, exiliada junto con su madre y sus hermanos. Su padre el rey había sido ejecutado en Inglaterra, y después de eso los Estuardo no eran nada. Cada día tenían que sufrir situaciones verdaderamente humillantes. Pero pronto comenzaría a soplar otro viento para la familia.

El matrimonio de Laura Mancini con el duque de Mercoeur animó a Mazarino a traer a París a más sobrinos, en la esperanza de conseguir alianzas parecidas para ellos. Hizo venir a dos niñas Mancini más: María y Hortensia, junto con su hermano Felipe, y a la segunda hija de la otra hermana del cardenal, la señora Martinozzi. Las dos señoras hicieron también el viaje, todo un acontecimiento para la ciudad y la corte. Quedaban aún un niño y una niña en Roma, pero también ellos vendrían a París algún tiempo después.

sábado, 9 de enero de 2010

El luto de Mazarino

Mazarino estaba satisfecho. O casi. Lo cierto es que por entonces acariciaba la idea de casar a otra de sus sobrinas con el hermano de Mercoeur. Él mismo dejó escritas las siguientes palabras, que demuestran que con estas alianzas buscaba algo más que el engrandecimiento de su propia familia:

“Si pudiera ganar mediante una alianza al duque de Beaufort, podría darles dos sobrinas a los dos hermanos, investir al más joven con la gobernación de París y hacerme con el control de Ile-de-France a través de él; sería dar un gran golpe, porque al ser él amado por la población de dicha ciudad, algún día podría rendir importantes servicios al rey”.

A pesar de cuantos obstáculos trató el Parlamento de poner en su camino, el cardenal acude al llamado del rey, declarado ya mayor de edad. El 30 de enero de 1652 llegaba a Poitiers en el carruaje real, precedido por el propio Luis y por su hermano.

Unos días más tarde la duquesa de Mercoeur y Olimpia Mancini, escoltadas por su hermano Pablo, hacían su entrada en París. Un periódico de la época anunciaba su llegada.

“El día 3 de este mes de febrero llegaron, por la puerta de San Antonio, las sobrinas de Su Excelencia precedidas por la princesa de Carignan, la princesa Luisa, su hija, el mariscal de Guébriant, el marqués d’Ampus y una serie de damas de alcurnia. Se detuvieron en el Hôtel de Vendôme, donde la duquesa, acompañada por varias damas, les dio la bienvenida con las mayores muestras de afecto, dirigidas principalmente a la duquesa de Mercoeur, su nuera. Luego, habiéndolas conducido al Louvre, fueron muy bien recibidas por Sus Majestades, tras lo cual la reina dispuso que fueran trasladadas al apartamento dispuesto para ellas en dicha residencia. Por la tarde fueron espléndidamente entretenidas por la princesa de Carignan, que les proporcionó toda la diversión posible… puesto que se les ha permitido recibir después de la cena las visitas que con todo honor y afecto les hicieron las damas de la corte.”


El cordial recibimiento de María de Borbón, princesa de Carignan, parece sugerir que ya entonces contemplaba con buenos ojos la idea de un matrimonio entre Olimpia y su hijo, el príncipe Eugenio de Saboya-Carignan, boda que acabó llevándose a cabo unos años más tarde.

Pero los frondistas se conformaron mal, y poco después tenía lugar la batalla del Faubourg Saint-Antoine, aquella en la que Mademoiselle de Montpensier disparó el cañón de la Bastilla cuando el príncipe de Condé se encontraba en una situación crítica. El combate había sido sumamente encarnizado, y el cardenal tuvo la desdicha de perder en él a su sobrino Pablo, que, aunque sólo era un adolescente, había sido nombrado maestro de campo y se había batido con enorme gallardía al frente de sus hombres.

En un principio parecía que iba a recuperarse de sus heridas. Fue trasladado a Saint-Denis, donde se encontraba por entonces la corte. Los médicos consideraron la herida como muy peligrosa, pero en vista de su juventud y fortaleza el pronóstico fue optimista y se esperaba su curación siempre y cuando guardara el debido reposo. Por desgracia la corte se vio obligada a abandonar precipitadamente Saint-Denis, y Mazarino, temiendo que el chico cayera en manos de la gente de Condé o del populacho de París, dio instrucciones para que se lo trasladara en una litera. El viaje resultó fatal para el desdichado joven, que falleció al día siguiente en Pontoise, pocas horas después de recibir el nombramiento de coronel de caballería ligera de manos del propio Luis XIV.


Mazarino aparecía desesperado por la muerte de su sobrino. Pablo había sido un joven muy prometedor; tenía facilidad para hacerse amar por todos y había estudiado con los jesuitas revelándose como un alumno brillante. Su tío lo adoraba por encima de cualquier otro miembro de su familia.

Pero el dolor del cardenal no fue respetado por los frondistas, que continuaban arrojando panfletos e invectivas contra su persona. En uno de ellos se afirmaba que el cardenal “había entregado su alma y su cuerpo al diablo a cambio de convertirse en el hombre más rico y poderoso de Europa, amado por hermosas mujeres”. Ese contrato con el diablo se suponía que había sido firmado en Roma en el año 1632. Se afirmaba, también, que una hechicera calabresa le había enseñado las artes mágicas que empleaba para ganarse el ánimo de hombres y mujeres. Y la gente lo creía todo.

Pour chasser cet esprit immonde,
Amis, il faut avoir recours
À l’eau bénite de la Fronde.


Para ahuyentar a esa alma hedionda,
Amigos, es preciso recurrir
Al agua bendita de la Fronda.

jueves, 7 de enero de 2010

El honor del duque de Mercoeur

Convento de Val-de Grâce

La Fronda que había tenido por objeto acabar con el cardenal Mazarino había afectado también a sus sobrinas, a quienes el decreto del Parlamento expulsaba de Francia al tiempo que a su tío. Ellas abandonaron París poco después de hacerlo el cardenal, y se reunieron con él en Péronne, conducidas por el mariscal de Hocquincourt.

Era lo mejor para su seguridad, porque los ánimos estaban realmente muy exaltados, más aún que cuando fue arrestado Condé. Entonces sus partidarios habían planeado raptarlas y llevarlas con la gente de Monsieur le Prince, pero su tío había sido más rápido en ponerlas a salvo. Ahora el peligro era aún mayor. Comenzó a circular el rumor de que Mazarino permanecía en París, disfrazado de monja y escondido en el convento de Val-de-Grâce, al que la reina acudía a visitarlo en secreto. Se decía también que sus sobrinas estaban refugiadas en el interior de la ciudad, por lo que la muchedumbre se reunía ante las casas en las que pensaban que podrían ocultarse, varias de las cuales fueron saqueadas desde el ático hasta las bodegas.

La canaille rien trouva,
Mais jura de mettre en cent pièces
Tous ceux qui logeroient les nièces

La turba nada encontraba,
mas juró hacer mil pedazos
al que a las sobrinas alojara


Demasiado tarde: el cardenal ya las había hecho salir de París.

Fabert, el comandante de Sedan, le ofreció refugio allí. Mazarino no lo aceptó para sí, pero dejó a sus sobrinas bajo su custodia mientras él decidía el lugar en el que pasaría su exilio, que finalmente fue Brühl, a escasa distancia de Colonia. Partió solamente en compañía de su sobrino Pablo, un joven muy prometedor.

Laura Mancini

Una de las mayores satisfacciones que tuvo el cardenal en aquel tiempo fue el de poder casar a Laura con el duque de Mercoeur, nieto de Enrique IV al ser el primogénito del duque de Vendôme y hermano del pendenciero Beaufort. La Fronda había causado un aplazamiento de la boda, y como la fortuna del cardenal parecía terminada, todo indicaba que el matrimonio no se llevaría ya a cabo.

En previsión de que el compromiso se frustrara, Mazarino había prestado ya oídos a las propuestas del cardenal Barberini, que quería casarla con un sobrino suyo, un Colonna. Pero por si se arreglaba lo del matrimonio con Mercoeur, propuso para el sobrino de Barberini a una de las hermanas de Laura, que aún permanecía en Roma educándose en el convento.

Louis de Vendôme, duque de Mercoeur, había nacido en octubre de 1612. Era muy diferente de su pendenciero hermano. No aspiraba a hacer numerosas conquistas, pues no tenía la sangre ardiente de sus antepasados. Era un hombre tranquilo y piadoso, desprovisto de ambición, aunque valiente en el combate. Hombre de honor ante todo, permaneció fiel a su palabra y a los sentimientos que Laura Mancini había inspirado en él. Laura no era la más hermosa de las hermanas, pero tenía un encanto especial, dulzura y mucha bondad, de modo que se hacía amar por cuantos la rodeaban.

Louis de Vendôme, duque de Mercoeur

Ignorando los decretos que prohibían toda comunicación con el ministro exiliado, Mercoeur partió hacia Brühl para casarse en secreto, pero en debida forma, con su joven prometida, contando para ello con el consentimiento del rey, de la reina madre y hasta de Gastón de Orleáns, aunque con posterioridad éste, siguiendo su costumbre de cambiar constantemente de bando, pretendió haber revocado su acuerdo.

Caro le costó al duque su gesto caballeresco, porque al regresar a París topó con el odio de la Fronda y hubo de hacer frente a la enemistad de los nobles y a las sátiras de los panfletistas que comenzaron a ridiculizarlo. Se reían de él por ser tan desinteresado como para casarse con Laura en esas circunstancias. Tuvo incluso que comparecer ante el Parlamento, porque Condé, furioso por el matrimonio, lo acusó de haber desobedecido los decretos, y al duque le fue necesario explicar su conducta. Se defendió como pudo, diciendo que el matrimonio había tenido lugar antes de la huida del cardenal, y que no había viajado para entrevistarse con Mazarino, sino para ver a su esposa. El Parlamento prohibió entonces a la “dicha Mancini entrar en el reino o residir en él con el pretexto de esta unión”.