jueves, 30 de diciembre de 2010

Feliz Año Nuevo


Felices fiestas de fin de año para todos, y que el que está a punto de llegar cumpla todos sus sueños e ilusiones. Mis mejores deseos y mi gratitud para todo aquel que alguna vez se ha detenido en esta Corte. 

Les recuerdo que regresaremos dentro de un par de días, el sábado día 1, y entonces habrá nuevos episodios sobre la Corte del Rey Sol. 

Habíamos dejado un tanto solo a monsieur de Montespan, y se acerca la hora de ir a su encuentro. Él y Puyguilhem tienen mucho que contarnos. Y además durante la primera semana de enero también anunciaré una gran novedad que espero les interese, así que no se despisten. 

¡Feliz año nuevo y hasta el sábado!


Diana de Méridor

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Felices fiestas


Felices fiestas, este año desde Saint-Germain-en-Laye.

Regresaremos con las historias de la Corte del Rey sol pasadas las fiestas de Navidad, probablemente con el año nuevo. Mientras tanto, tal vez vuelva a tener el blog cerrado al público por unos días, pero en todo caso ya saben que a mi regreso volvería a ser abierto a todo el mundo.

Muchas gracias y hasta pronto.


Diana de Meridor

martes, 9 de noviembre de 2010

Guerra entre caballeros


Luis XIV se aproximaba a Lille, ciudad que deseaba capturar a toda costa. El sitio se desarrolló, escaramuzas aparte, con un tono de exquisita cortesía que lamentablemente se ha perdido. El gobernador de Lille era Philippe Hippolyte Charles Spinola, conde de Bruay. Tan pronto como supo que el rey en persona acudía a sitiar la plaza que él defendía, Monsieur de Bruay le envió un mensaje ofreciéndole que eligiera entre los más bellos châteaux que se encontraran a una distancia de una hora de Lille, y poniendo a su disposición cuanto fuera necesario para su entretenimiento. Además rogó al rey que no encontrara injusto que defendiera la plaza hasta las últimas consecuencias. Luis XIV le respondió que, por el contrario, cuanto mayor fuera la resistencia, mayor sería la gloria de la victoria. Bruay, en esta escalada de cortesías y rizando el rizo, rogó ser informado del emplazamiento del cuartel general de los franceses, para evitar el error de disparar sobre Su Majestad. 

—Mi puesto de mando está en todos lados —repuso Luis, rechazando tales consideraciones por parte del enemigo. 

Por fin monsieur de Bruay le ofreció todo cuanto le fuera preciso para el servicio de su mesa, enviándole cada mañana hielo para refrescar su vino. Este hielo, por cierto, se conservaba entonces durante todo el año después de sacarlo de lagos y estanques, y se metía en frigoríficos de aprovisionamiento excavados en los suelos. 


Un día el rey le dijo al gentilhombre español que acababa de traérselo: 

—Rogad al gobernador que me envíe más hielo, pues hace calor. 

—Señor —respondió el español—, lo administra porque espera que el sitio sea largo y desea que a Vuestra Majestad no le falte nunca.

El marqués de Puyguilhem había acudido con tropas de refuerzo para auxiliar en las trincheras al duque de Vivonne, hermano de Athenais. Nuestro Puyguilhem se destacó por su arrojo durante la jornada del asalto, a consecuencia de lo cual resultó herido, si bien no de consideración. Pero su intervención posibilitó el acercamiento de los cañones a las murallas para someterlas a un bombardeo eficaz. Después de eso, fue cuestión de horas que la plaza se rindiera. 

Al cabo de unos cuantos días Lille capituló. El rey entró con gran pompa y se dirigió a la iglesia de Saint-Pierre para el juramento de rigor. Después fue al encuentro de Bruay, diciéndole: 

—Monsieur, lamento vuestra desdicha puesto que sois un caballero que cumplió con su deber al servicio de su señor, y por consiguiente os tengo en la más alta estima. 

Tomada la plaza, ya podía Luis dirigirse a Compiègne al encuentro de las damas. Como gobernador dejaba a un viejo conocido de todos ustedes: d’Artagnan. 

¿Y monsieur de Montespan, a todo esto?

domingo, 7 de noviembre de 2010

Despachos nocturnos


Mademoiselle de Montpensier nos relata los comienzos de la relación del rey con la marquesa de Montespan: 

“Madame de Montespan había adquirido la costumbre de permanecer en su habitación, que era la alcoba de madame de Montausier, próxima a la del rey. Se advirtió que se había retirado un centinela, ubicado hasta entonces en una grada que tenía comunicación desde el alojamiento del rey con el de madame de Montausier, y que se lo colocó abajo para impedir que nadie entrara por la escalera. El rey permanecía en su habitación casi todo el día, y él mismo la cerraba, y nadie veía a madame de Montespan, sólo iba a jugar a las cartas, y ya no seguía a la reina cuando ésta iba a pasear.”

Anne Marie continúa relatando que una noche, durante la cena, la reina, quejándose de que se acostaban siempre muy tarde, se volvió hacia ella y le dijo:

—El rey no se acuesta antes de las cuatro. Es ya madrugada, y no sé en qué puede entretenerse.

Luis, presente durante la escena, respondió por sí mismo a la pregunta:

—Leía los despachos y los contestaba —explicó sonriente, pero volviendo la cabeza hacia el lado de su prima para que la reina no viese su sospechosa sonrisa.

Mademoiselle nos cuenta que estuvo a punto de atragantarse de risa ella misma, pero que optó por no levantar los ojos del plato para poder contenerse. 


La reina suspiró.

—Bien podríais hacerlo a otra hora —le reprochó María Teresa. 

La pobre seguía obsesionada con Luisa, que continuaba siendo el objeto de todo su odio. Jamás se le hubiera ocurrido sospechar de Athenaïs.

El 27 de junio el rey volvió a ponerse a la cabeza de los ejércitos. Antes de partir rogó a las damas que tuvieran la bondad de retirarse y esperarlo en Compiègne.

Una vez allí, Athenaïs cae enferma y se le diagnostica un sarampión, lo que no garantiza que lo fuera, pero es que en la época se llamaba sarampión a casi todas las enfermedades de ese tipo, como por ejemplo la rubeola. También el pequeño Delfín había padecido la enfermedad durante esas jornadas, aunque en forma leve, y pronto se recuperó.

viernes, 5 de noviembre de 2010

La Guirnalda de Julie


Durante los días siguientes el rey y Madame de Montespan se reúnen en la alcoba de una distinguida dama que ya había protegido anteriormente los amores de Luis con la Vallière. Se trataba de Julie Lucinne d’Angennes, duquesa de Montausier. 

La duquesa, hija de la marquesa de Rambouillet, era dama de honor de la reina desde hacía unos años, y gobernanta de los hijos del rey. Casada con Charles de Saint-Maure, duque de Montausier, el suyo había sido un larguísimo noviazgo de 14 años, hasta llegar al matrimonio el 15 de julio de 1645. 

El gran amor del duque por la mujer que finalmente logró conquistar quedó registrado en la historia de la literatura a través de la Guirlande de Julie, los famosos versos que fueron compuestos en honor de la bella. Montausier pidió a los 17 poetas más reconocidos de su tiempo, todos ellos habituales del salón de la marquesa de Rambouillet, que cada uno escribiera un madrigal en el que una flor sirviera para alabar a Julie. El mismo Montausier compuso 16 de los 62 poemas que conforman en total la obra. 

El texto, en el que participó incluso el mismísimo Corneille, fue adornado por el caligrafista Nicolas Jarry, mientras que Nicolas Robert se encargó de pintar la flor mencionada en cada poema. El resultado final fue uno de los más extraordinarios manuscritos del siglo. 

Julie d'Angennes

La mañana del día de Año Nuevo de 1641 Julie encontró en su cama al despertarse el libro encuadernado en tafilete rojo y con las iniciales J. L. (Julie Lucine). Al abrirlo aparecía una miniatura del viento Céfiro en medio de una nube. A su derecha hay una rosa, y a la izquierda una guirnalda con 29 flores que sopla sobre la tierra. A medida que pasaba las hojas iba encontrando los delicados versos de Saint-Sorlin sobre la violeta, probablemente mis favoritos de la guirnalda, o de Tallemant sobre el lirio. 

Éste es uno de los del propio Montausier. No puede competir con los grandes, pero ahí queda para la posteridad su afanoso empeño: 

Le Narcisse 

Je consacre, Julie, un Narcisse à ta gloire, 
Lui-même des beautés te cède la victoire ; 
Etant jadis touché d’un amour sans pareil, 
Pour voir dedans l’eau son image, 
Il baissait toujours son visage, 
Qu’il estimait plus beau que celui du soleil ; 
Ce n’est plus ce dessein qui tient sa tête basse ; 
C’est qu’en te regardant il a honte de voir 
Que les Dieux ont eu le pouvoir 
De faire une beauté qui la sienne surpasse; 


Como información para los interesados en esta guirnalda, se conserva en el departamento de manuscritos de la Biblioteca Nacional de Francia. 

Obvio, a Julie le agradó. Pero no lo suficiente para aceptarlo de inmediato como esposo: la bella aún le haría esperar otros cuatro años, hasta que él accedió a eliminar el último obstáculo para su unión abandonando la religión protestante para convertirse al catolicismo. 

Gustavo II de Suecia

Pero había, además, otro hombre con el que el duque tuvo que rivalizar en el corazón de Julie: nada menos que el rey Gustavo de Suecia, victorioso guerrero por el que ella había expresado la más abierta de las admiraciones. Incluso había hecho colocar un retrato suyo en sus aposentos, y declaraba que no amaría a otro que a Gustavo. Y así fue, pero para cuando recibió la guirnalda hacía tiempo que el rey de Suecia había fallecido. 

Montausier seguramente se vio obligado a recurrir a los versos para tratar de convencer a Julie de que no era el misántropo que sus contemporáneos imaginaban. El caballero tenía reputación de rudo y austero, por lo que no solía resultar simpático ni popular. De hecho, se pensaba que Molière se había inspirado en él para su personaje de Alcestes. 

El duque había nacido el 6 de octubre de 1610. Durante la Fronda permaneció siempre leal a la Corona, a pesar de su aversión hacia Mazarino. Resultó gravemente herido en la contienda en 1652, por lo que comenzó a gozar de alta estima y consideración por parte del rey y la reina madre. Recibió de Luis XIV la Orden del Espíritu santo, el gobierno de Normandía y un ducado. 

El duque de Montausier con el Gran Delfín visitando una cabaña

Posteriormente iba a convertirse en ayo del Delfín. Para la educación del niño utilizó férrea disciplina y Ad Usum Delphini, una colección de textos griegos y latinos de los que fueron eliminados o cambiados los pasajes menos apropiados para la edad del príncipe. En la actualidad utilizamos la expresión “ad usum delphini” con carácter peyorativo, para referirnos a algo que ha sido podado o alterado por la censura para ser adaptado a todos los públicos. 

En cuanto a Julie, era tres años mayor que el galán. Había nacido en París en 1607, por lo que ya tenía 38 cuando contrajo matrimonio con el duque de Montausier. Educada en un ambiente en el que sus padres recibían a los más célebres artistas e intelectuales de la época, estaba abocada a convertirse junto a su madre en una de las preciosas de la época, con el nombre de Princesse Julée. Pertenecía así a un movimiento que, aunque cayera en el exceso, pretendía depurar la lengua y las costumbres, “borrar la aspereza que tiempos pasados habían dejado en los ánimos, ennoblecer las almas e introducir el buen tono en la conversación”. Julie era mujer instruida, amante de todo aquel que se distinguía por su talento, generosa. Protegía las artes y sentía viva pasión por el teatro, llegando a interpretar ella misma tragedias en representaciones que organizaba en su propio hogar. 

Y ésta era la mujer que se disponía a amparar ahora la relación del rey con su nueva amante.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

El guardia suizo


Luisa de la Vallière seguía al carruaje de María teresa cuando la Corte se dirigía al encuentro del rey, pero entonces hizo algo que nadie hubiera esperado: se salió del camino y a través del campo se dirigió a toda velocidad hacia Luis.

La reina, que asomaba la cabeza por la ventanilla, al verla se puso a chillar fuera de sí, de un modo igualmente impropio.

—¡Detenedla! ¡Detenedla! 

Los caballeros partieron al galope, pero no pudieron alcanzar el coche de la favorita, que se detuvo pronto ante el rey. Luisa descendió y, sin preocuparse de los oficiales y tropas que la observaban con sorpresa, fue a inclinarse temblorosa ante él.

A Luis no le gustaban las escenas de ese tipo. Nadie debía salirse de la norma, ni siquiera ella. Resulta que María Teresa era mujer y al mismo tiempo era reina. Luisa estaba en su corazón muy por encima de aquella mujer, pero jamás estaría por encima de la reina de Francia. Eso no podía volver a suceder. Nunca.


De manera que deparó a la Vallière una acogida glacial. Ella, avergonzada y arrepentida de su arranque, regresó a su carroza gimoteando, para diversión de los soldados que observaban la escena. El rey se dirigió entonces hacia la carroza de la reina para saludarla, y María Teresa le instó a acomodarse en el interior, pues tenía prisa por presentarle sus quejas; pero Luis se excusó para evitar la escena. Sólo una vez llegado a Avesnes se entrevistó primero con la reina y después le trasladó a Luisa todo su malestar por lo sucedido. 

Aquello parecía ser el pretexto para una especie de ruptura anunciada. El disgusto de Luisa fue grande; ya no se dejó ver en todo el día. 

Pero al día siguiente la cólera del rey había desaparecido. Ella era madre de sus hijos y estaba nuevamente embarazada; no le convenían estos disgustos. Además, aún quedaba mucho cariño a pesar de todo. La mandó llamar, y la Vallière compareció ante él bastante demacrada por una noche de insomnio. Debía acompañar a la reina a misa y, aunque la carroza real estaba llena, Luis exigió que se le hiciera un sitio. La reina y sus damas, furiosas, debieron apretarse para dejarle espacio.


Durante toda la misa madame de Montespan mantuvo su aire colérico e indignado. Y más tarde, durante la cena, sus celos se redoblaron al ver que el rey invitaba a la Vallière a ocupar el lugar junto a la reina. Él, simplemente, quería que regresara la armonía y trataba de compensar a Luisa por los agravios padecidos desde su llegada, cuando hasta le habían negado la comida; pero la Montespan se clavaba las uñas en la palma de la mano para poder contemplar impasible la asignación del honor a su rival. 

La inquietud de Athenaïs duraría poco, porque esa misma noche iba a llegar el momento que tanto había estado aguardando.

Athenaïs compartía habitación con madame de Heudicourt. Bonne de Pons, marquesa d’Hedicourt, también había mantenido una aventura con el rey un par de años atrás, pero sin la menor trascendencia, puesto que su propia familia se encargó de poner fin al asunto. La esposa de su tío el mariscal la reclamó con el pretexto de que éste se encontraba enfermo, obligándola así a abandonar la corte. Cuando la joven descubrió el engaño, y al no serle posible regresar entonces, decidió casarse con el marqués de Heudicourt, Michel Sublet. 

Aunque la relación con el rey había terminado, la amistad permanecía. No se terminaría hasta 5 años más tarde, por haber cometido la imprudencia de revelar en sus cartas los amores secretos de Luis con la Montespan. 


Según el relato del mariscal de Villeroi, las dos jóvenes marquesas conversaban en la oscuridad cuando surgió un guardia suizo con una antorcha en la mano. Se incorporaron desconcertadas en el lecho y vieron cómo el hombre avanzaba hacia ellas. Entonces se dan cuenta de que el tal suizo es el rey disfrazado. Madame de Heudicourt comprende rápidamente la situación y se va discretamente en busca de otra alcoba en la que pasar el resto de la noche.



En la Corte del Rey Sol

martes, 2 de noviembre de 2010

Una visita inesperada


El día 20 de junio, la reina, que acababa de llegar a la Fère, jugaba tranquilamente a las cartas según su costumbre cuando se le anunció que la carroza de mademoiselle de La Vallière había sido vista acercándose. Ante esta noticia, según mademoiselle de Montpensier, María Teresa fue súbitamente presa de una crisis de ansiedad e histeria. Lloró, aulló y vomitó todo lo que había cenado, pues además tenía el estómago delicado. Las damas se pusieron a correr de un lado para otro armando un gran alboroto ante la indisposición de la reina, y finalmente todos se retiraron a acostarse muy enervados aún.

A la mañana siguiente Luisa estaba en la Fère. Mademoiselle de Montpensier la encontró sentada sobre un cofre, agotada por la falta de sueño, de modo que fue a avisar a María Teresa. La reina había pasado la noche conversando con madame de Montespan sobre la extraña llegada de la Vallière. Continuaba llorando, vomitando y encontrándose mal. Durante todo el tiempo Athenaïs no dejaba de hacer alarde de gran hipocresía.

—Observad el estado en que se encuentra la reina —exclamó con pretendida indignación, en un tono claramente acusatorio contra Luisa.


María Teresa asistió a misa, pero al salir no respondió al saludo que le hizo su rival. Es más, cuando llegó la hora de comer, ordenó al jefe de cocineros que no le diera nada. Pero él, temeroso de incurrir en el desagrado del rey si lo hacía así, le llevó alimentos en secreto. 

Después de comer, la reina subió en una carroza con la Gran Mademoiselle, con madame de Montausier y con la Montespan, saliendo en dirección a Avesnes. Cien pasos detrás seguía el vehículo de mademoiselle de la Vallière. Durante todo el trayecto Athenaïs no dejaba de azuzar la inquina y el malestar de la reina contra la que aún era oficialmente la favorita.

—Es admirable la audacia de osar presentarse ante la reina —decía—, y de trasladarse con ese apresuramiento sin saber si ella lo aprobará. Seguramente el rey no sabe nada.

En ese momento la reina estalló en un nuevo sollozo y, fue precisamente entonces cuando Athenaïs tuvo la desvergüenza de ponerse a consolarla, diciendo aquella famosa frase:

—Dios me guarde de llegar a ser la amante del rey. Pero, si lo fuera, me sentiría avergonzada ante la reina.

La inocente María Teresa tenía toda su confianza depositada en madame de Montespan, quien, para satisfacerla, comulgaba cada mañana.


Durmieron en Guise, última etapa hacia Avesnes, pero Luisa no se presentó a cenar. Inquieta por ello, la reina temía que la favorita intentara adelantársele en la llegada junto al rey, de manera que dio órdenes de que nadie saliera antes que ella, y de que las tropas que la acompañaban no escoltaran a nadie. Por tanto, Luisa tuvo que contentarse con seguir nuevamente a la carroza real.

Todo iba transcurriendo sin incidentes cuando, al llegar cerca de Avesnes, el rey fue visto en la lejanía. Entonces mademoiselle de la Vallière perdió la cabeza y cometió un acto extravagante e impropio de ella.




EN LA CORTE DEL REY SOL

sábado, 30 de octubre de 2010

Regalo de despedida


Tras conocerse el documento por el que el rey concedía un ducado a Luisa de la Vallière, María Teresa no era la única que lloraba. La propia Luisa también lo hacía; no tenía consuelo ante aquel honor que en realidad era para ella una afrenta: se moría de vergüenza viendo cómo sus pecados se hacían públicos y cómo, además, se la compensaba por ello. Todo aquel asunto repugnaba a su espíritu, y por eso siempre se había negado a recibir ningún honor. Pero Luis ya no podía esperar más.

¿Y por qué? Pues porque en realidad era un regalo de despedida, y necesitaba compensarla de algún modo por lo que iba a hacer. Ella, además, lo sospechaba.

Entonces él anunció que la reina y sus damas de compañía, entre las que se encontraba madame de Montespan, serían las únicas en acompañarlo a los Países Bajos. Luisa no podría hacerlo; debía quedarse en Versalles. No era cuestión de hacer largos viajes en carroza hasta tierras flamencas dado su nuevo embarazo. Minette, igualmente encinta, tampoco iría. Este anuncio confirmó las peores sospechas de Luisa, que regresó a casa llorando.

Cinco días más tarde Luis salía hacia el norte en compañía de un gran cortejo y seguido por su ejército.


En Versalles, mientras tanto, Luisa se lamentaba viendo al rey partir hacia la guerra sin haber previsto nada para el nuevo hijo que esperaba. El 24 de mayo escribe una carta a su amiga, madame de Montausier, unas líneas en las que resulta patente que conocía las intenciones del rey y que temía lo que pudiera sucederle a ella y al niño si Luis no regresaba y quedaban a merced de la cólera de María Teresa. 

La carta de Luisa de la Vallière a su amiga comenzaba así:

“Madame, las nuevas inquietudes producidas por mi embarazo me mantienen muy alejada de la tranquilidad que deseaba. Siéndome imposible esconderlo por más tiempo, recurro a vuestra benevolencia para expresaros, liberando así mi corazón, algunas de mis reflexiones.”

Y luego continúa con un párrafo que revela claramente que temía cuáles pudieran ser las intenciones de Luis al hacerle tanto honor y recompensa al cabo de siete años, unos honores que ella no deseaba cambiar por su cariño. Sentía que la trataba como a uno de sus servidores al que le había llegado la hora del retiro, y no como a la que aún era su amada:

“Es costumbre establecida entre gentes razonables que cuando cambian sus domésticos prevean sus gastos futuros y reconozcan sus servicios. Pues bien, siento temor de encontrarme en esa situación, y que el rey, siguiendo su generosidad, intente mantener mi retiro y alimentar mi vanidad, para que prevaleciendo ambición sobre amor sufra yo este olvido con mucha más moderación.”

Y después con otro en el que revela sus temores sobre lo que podría ocurrirle a ella y sus hijos si llegara a faltarle su protección:

“El rey es mortal y va a la guerra. Si algo funesto le ocurriera, ¿qué sería de mí entonces? ¿Y qué sería del fruto de sangre real que ya siento moverse en mi vientre? El rey lo sabe y aunque comprometido sobre su fortuna, nada ha hecho por el momento.

“Tengo absoluta necesidad de vuestra asistencia y consejo prudente.”


María Teresa, madame de Montespan y el resto de las damas de compañía habían quedado aguardando en Compiègne la autorización para aproximarse a los ejércitos.

De repente, el 9 de junio, viendo a los enemigos retirarse ante él, Luis interrumpió su victoriosa marcha y retornó a Avesnes, junto a la frontera. La sorpresa fue general, nadie lo esperaba tan pronto. 

Pero él se moría de ganas de ver a Athenaïs. Aquella campaña había servido para que se diera cuenta de lo mucho que la extrañaba cuando no la tenía cerca. Llevaba demasiado tiempo resistiendo y ya no podía más. Estaba completamente seducido; le era preciso rendirse como el enemigo ante él. 

El anuncio de este viaje del rey inquietó en exceso a Luisa, que comprendió la causa. Allá en Versalles tomó una decisión que sorprendió a sus acompañantes, pues pese a ser habitualmente sosegada, ahora era presa de una extraña agitación impropia de ella. Finalmente, no pudiendo más, se subió a una carroza y dio orden al cochero de dirigirse a Flandes al encuentro del rey.


En la Corte del Rey Sol

jueves, 28 de octubre de 2010

La Duquesa de Vaujours

Luisa de La Vallière con sus hijos

Continuando con los testimonios recogidos en los archivos de la Bastilla, y obtenidos mediante los poco ortodoxos procedimientos de la época, a punto de producirse la salida de Luis XIV hacia su campaña militar madame de Montespan fue nuevamente a solicitar la ayuda de la Voisin. Ésta le aconsejó ir a ver al abad Mariette, sacerdote en Saint-Severin, y al mago Lesage.

Algunos días más tarde la marquesa se presentó en una casa de la calle Tannerie, donde los brujos habían instalado un altar en una habitación sórdida. Se encendieron los cirios, Lesage cantó el Veni Creator y después Mariette, vestido con ornamentos sacerdotales, pronunció invocaciones sacrílegas ante un cáliz que contenía un corazón de palomo. Por último, apoyando un Evangelio sobre la cabeza de madame de Montespan, que se había arrodillado rezando oraciones contra Luisa, leyó un pasaje a la manera satánica. Cuando todo hubo terminado, Athenaïs añadió:

—Pido el amor del rey, que sea continuo, que la reina sea estéril y que el rey abandone su lecho y mesa por los míos. Querida y admirada por los grandes señores, deseo ser llamada a los consejos reales donde pueda conocer los advenimientos. Y que por este amor redoblado con respecto al pasado, el rey abandone a mademoiselle de la Vallière, y, que siendo la reina repudiada, yo pueda desposar al rey. 

Según esto, las ambiciones de Athenaïs habrían aumentado considerablemente, y ya no se conformaba con ser la favorita. Sin embargo, yo preferiría que más adelante, cuando llegue el momento, sometiéramos a Madame de Montespan a un proceso aquí en este espacio. Nosotros expondremos los argumentos a favor y en contra y ustedes serán el jurado que debatirá si la Historia ha sido justa con esta mujer, y si debemos creer o no los testimonios que la acusan. 

María Ana, Mademoiselle de Blois, y su hermano el conde de Vermandois

Después de la última ceremonia que describimos ayer, Athenaïs regresó a casa segura de su victoria, pero al día siguiente iba a llevarse una gran decepción: el 14 de mayo, a mediodía, llegó a la corte la noticia de que finalmente el rey acababa de otorgar el título de duquesa de Vaujours a mademoiselle de la Vallière, y que su hija, la pequeña María Ana —la única que aún vivía hasta que en octubre naciera su hermano el conde de Vermandois—, era legitimada. Luis seguía siendo muy feliz con la Vallière.

Madame de Montespan, lívida, se precipitó en el apartamento de la reina para recibir noticias detalladas. María Teresa lloraba. Alrededor de ella los cortesanos comentaban en voz baja; todos hablaban acerca de las cartas que el Parlamento acababa de difundir. Estaban asustados, pues desde tiempos de Enrique IV no se vivía nada parecido, pero sólo los más ancianos habían conocido aquella época, dado que el Rey Galante había fallecido hacía casi 60 años. El texto decía:

“Luis, por la gracia de Dios rey de Francia, a los presentes y venideros, salud.

“Siendo los beneficios que los reyes conceden en sus Estados la marca exterior del mérito de aquellos que los reciben y el más glorioso elogio para los sujetos que con ellos son honrados, hemos creído no poder expresar mejor públicamente la estima particular que sentimos hacia la persona de nuestra querida, bienamada y fiel Luisa de la Vallière, que confiriéndole los más altos títulos honoríficos por el sentimiento singular, excitado en nuestro corazón por raras perfecciones, por ella despertado en nosotros después de algunos años en su favor. Y aunque su modestia se haya opuesto a menudo a los deseos anteriores para elevarla a un rango proporcionado a nuestra estima y a sus buenas cualidades, la afección y la justicia que sentimos por ella y merece, no nos permite dilatar el testimonio del reconocimiento de un mérito que nos es conocido, ni negar por más tiempo a la naturaleza los efectos de nuestra ternura por María Ana, nuestra hija natural, en la persona de su madre. Nos, le hemos hecho adquirir la tierra de Vaujours, situada en Touraine, y la baronía de Saint-Christophe de Anjou…” 

Mignard retrata a  quien se piensa que es Mademoiselle de Blois haciendo pompas de jabón

Madame de Montespan, desolada, corrió a cubrir de reproches a la Voisin. ¡Cómo podía ser! ¡Con lo que ella había pagado y se le proporcionaba un hechizo de tercera categoría! ¡Ah, no sabía bien con quién estaba tratando! 

La bruja, toda angustiada, mató dos sapos y los maceró en la orina de un caballo, exquisitez con la que el demonio debió de sentirse encantado. Ante un soborno así, es de suponer que pusiera a trabajar de inmediato a todos los infiernos para ayudar a la marquesa.


En la Corte del Rey Sol

martes, 26 de octubre de 2010

Las misas negras de la Montespan


Athenaïs, mientras tanto, continuaba maniobrando. Desde hacía algún tiempo iba a ver a la tal Catherine Monvoisin, cuyos talentos mágicos comenzaban a ser conocidos. La Montespan esperaba que la bruja la ayudara a lograr sus propósitos. Recurría a ella de vez en cuando para pedirle algún filtro capaz de permitirle sustituir a Luisa en el corazón del rey. 

Era el tiempo dorado de las brujas. Muchísimas personas en aquel tiempo, arrastradas por la superstición, estaban convencidas de que era posible pactar con el diablo y obtener así cuanto deseaban. Para ello, lamentablemente, llegaban a cometer auténticas barbaridades inconcebibles a nuestros ojos, en la creencia de que era necesario para la consecución de sus fines.

Muchas damas nobles buscaban entonces “pactar con el diablo firmándolo con su propia sangre, para destronar a mademoiselle de La Vallière de la soberanía que ejercía sobre el rey, y ocupar así su lugar”. Las cosas iban mejor para Luis XIV antes de decidir convertir a la favorita en duquesa. Hasta ese momento las mujeres se le acercaban porque se sentían atraídas hacia él en algún aspecto, pero sabían que no iban a obtener ningún beneficio. A partir de entonces las ambiciones comenzaron a desatarse. Fue un error, un tremendo error, puesto que incluso Luisa hubiera sido más feliz sin su título.


Con respecto a Madame de Montespan, es difícil decidir dónde termina la realidad y comienza la fabulación y la calumnia, de modo que nos limitaremos a trasladarles los testimonios que existen acerca de ella para que sean ustedes mismos quienes extraigan conclusiones. 

Hay un testigo que cuenta cómo había llegado a participar en una misa negra en la capilla del castillo de Vilbourg, cerca de Montlhéry, oficiada por el abad Guilbourg, sacerdote endemoniado amigo de la Monvoisin. 

Este relato y muchos otros, por razones que se verán en su momento, constaban en los archivos de la Bastilla y serán analizados aquí más adelante. Mucho más adelante. Esto es un anticipo. 

El hombre declara que, con la cara cubierta por un sombrero pero el cuerpo totalmente desnudo, habían tendido a Athenaïs sobre el altar iluminado con velas, donde Guilbourg había puesto sobre su vientre un mantel y un cáliz. 

La ceremonia se había desarrollado normalmente hasta el beso que el celebrante da a la piedra del altar, y que el brujo había puesto sobre la carne de la bella marquesa. Pero durante la consagración sucedió una escena horrible. Si son personas sensibles a este tipo de escenas, les aconsejo que no sigan leyendo, porque les resultará francamente desagradable. 


Mientras que durante la mayor parte de las veces los acólitos de la Voisin, como se la solía llamar, se contentaban ofreciendo en sacrificio un feto, esa noche se habían hecho suntuosamente las cosas: un niño, perfectamente vivo, había sido asesinado por Guilbourg. Éste lo había comprado por un escudo, diciendo a la pobre madre, obligada a venderlo, que estaba destinado a una mujer que necesitaba alimentar a un niño.

Después de un extraño credo, el oficiante, arrodillado, había pronunciado el conjuro:

—Astaroth, Asmodée, príncipe de la amistad y del amor, os conjuro a aceptar el sacrificio que os ofrezco de este niño, para los beneficios que os solicito. Os conjuro, espíritus del nombre aquí escrito, a acompañar a la voluntad y propósito de la persona para la cual la misa ha sido celebrada.

Madame de Montespan, aun acostada sobre el altar, habría formulado su deseo:

—Pido el amor del rey y la obtención de todo lo que yo le solicite para mí y mis padres; que mis servidores y domésticos le sean gratos, y que abandone y no encuentre más a la Vallière.

El niño había sido decapitado por Guilbourg con una navaja, y su sangre cayó dentro del cáliz. Por fin, los ayudantes habían tomado a la pequeña víctima y le habían arrancado el corazón y las entrañas “que fueron aprovechadas en una segunda oblación para ser calcinadas y reducidas a polvo a la intención de Luis de Borbón.”

domingo, 24 de octubre de 2010

Júpiter y Polimnia


En 1667 Inglaterra iba a verse obligada a firmar la paz de Breda, mediante la cual las leyes que regulaban el comercio se modificaban para favorecer a los holandeses. No se trataba de un acuerdo ideal para los intereses ingleses, pero después de afrontar el terrible brote de peste y el gran incendio de Londres era preciso concluir la paz cuanto antes. 

Mientras se desarrollaba esa guerra, Luis XIV entablaba ante la corte española negociaciones que se prolongaron durante más de un año, secundadas por polémicas entre juristas de ambas nacionalidades. Pero Luis no depositaba su confianza exclusivamente en las argumentaciones de sus juristas, y preparaba su ejército para apoyarlas.

Y así se llegó al 2 de enero de 1667. La corte había salido de Fontainebleau para ir a Saint-Germain. Se organizaban nuevas fiestas, en concreto una llamada El baile de las Musas. El rey interpretaba a Júpiter, faltaría más; el papel de Terpsícore correspondía a la Vallière, el de Euterpe a Minette, y el de Polimnia —la musa que enseñó la agricultura a los hombres— a Athenaïs, todo según un libreto de Benserade. 


Durante el transcurso de ese baile Luis tuvo para con la Montespan delicadezas y miradas que nunca había tenido hasta entonces. María Teresa, que no comprendía nada del ritual que estaba teniendo lugar ante sus ojos, aplaudía a rabiar mientras el rey ejecutaba una danza muy bella.

Luisa, en cambio, entendió bastante más. Continuó representando su papel hasta el final y cuando todo terminó corrió hacia sus aposentos y lloró con desesperación.

Sin embargo, él no se rindió ante los encantos de Athenaïs y todo quedó reducido a eso. No estaba dispuesto a abandonar a la Vallière. Es más: por esas fechas se anunció un nuevo embarazo de Luisa, en palabras de Madame de Sévigné, de esta “pequeña violeta que se ocultaba bajo la hierba, y que se avergonzaba de ser amante, de ser madre, de ser duquesa.” 


El 8 de mayo, al cabo de numerosas negociaciones con Inglaterra, Holanda y la propia España, Luis estima que es el momento de pasar a la acción militar y sale de Saint-Germain rumbo a Flandes. El Delfín, con cinco años, también participa en la campaña, una campaña fulminante en la que todas las plazas irán cayendo.

No parecía que Luis XIV se tomase muy en serio el inicio de aquella campaña. Para comenzar, el rey fue a pasar revista a las tropas, reunidas en las llanuras de Houilles. Invitó a la reina y a algunas damas de la corte a asistir en su compañía a las maniobras y ejercicios. Había sido dispuesto un campo lujoso y peculiar que madame Chatrier nos describe:

“He visto una gran llanura con una gran cantidad de tiendas situadas simétricamente. La del rey, que visité, estaba compuesta de tres salas y de una habitación con dos cabinas doradas. Todo, cubierto de raso de China, estaba lleno de amazonas de buen aspecto, más propio para atraer al enemigo que para darle miedo. Esta tropa, de la que Su Majestad era el jefe, se componía de Madame, mademoiselle de la Vallière, madame de Montespan, madame de Rouvre y de la princesa de Harcourt, que permanecían bajo la tienda durante el calor del día. Allí comían, no rancho, sino con gran magnificencia. Por la noche las damas montaban a caballo con el rey, las tropas tomaban las armas y las descargas de mosquetería se sucedían sin dañar a nadie.”



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

viernes, 22 de octubre de 2010

De guerras, incendios y plagas

Batalla de los Cuatro Días

Un conflicto entre Inglaterra y Francia iba a aplazar el asunto español: en enero de 1666 Luis XIV declaraba la guerra a su primo inglés. 

Inglaterra estaba en guerra con Holanda desde el año anterior, y Luis se posicionaba ahora del lado de los holandeses. Holanda desafiaba la supremacía comercial inglesa, muy especialmente la de la trata de esclavos. Debido a ello ambas potencias tuvieron graves enfrentamientos en las colonias de la costa de África y en América, unos incidentes que finalmente desencadenaron el conflicto bélico. El 4 de marzo de 1665, al recibir los holandeses órdenes de permitir a sus barcos abrir fuego cuando se sintieran amenazados, Carlos II, arrastrado por los argumentos de su hermano Jacobo, duque de York, declaró la guerra. 

Jacobo infligió a los holandeses la mayor derrota que habían conocido en toda su historia naval. Capturó o hundió 17 barcos, mientras que él sólo perdió uno. Holanda tuvo que reorganizar su flota, deshacerse de los capitanes más incompetentes e idear nuevas estrategias que les permitieran rehacerse de tan duro golpe. 

La suerte cambió entonces de modo súbito. La flota inglesa, al mando de Monck y del príncipe Rupert, fue derrotada de forma contundente en la llamada Batalla de los Cuatro Días, librada entre el 1 y el 4 de julio de 1666. Pero al mes siguiente era Carlos quien volvía a resultar victorioso. Esto le permitía encontrarse en una posición lo bastante fuerte para firmar la paz, lo que le era necesario a causa de las calamidades que asolaban el reino: un funesto brote de peste hacía presa en sus súbditos, que además tuvieron que enfrentarse en septiembre de ese año al gran incendio de Londres. 


Se calcula que la epidemia causó entre 70.000 y 100.000 muertes en todo el reino, y que en la capital pereció más de la quinta parte de la población. Se trataba de la famosa peste bubónica, transmitida por las pulgas de las ratas. Fue, de hecho, uno de los últimos grandes brotes en Europa. 

El rey se trasladó a Oxford con su Corte huyendo de la terrible enfermedad. Durante el verano de 1665 la situación era desesperada; las tiendas cerraban, los mercaderes abandonaban la capital espantados y sólo unos cuantos clérigos, médicos, barberos y cirujanos tomaron la heroica decisión de quedarse. Los médicos recorrían incesantemente las calles atendiendo a los enfermos y tratando de aliviar su mal. Por todo Londres se mantenían hogueras encendidas día y noche, en la esperanza de que eso serviría para sanear el ambiente. Se quemaban sustancias con olores muy fuertes, como el pimiento y el incienso, pensando que de ese modo se prevenía la infección, y se recomendaba fumar tabaco. 


En febrero de 1666 la epidemia había remitido lo suficiente como para que el rey pudiera regresar, pero continuaba habiendo casos cuando la población de Londres hubo de hacer frente a una nueva catástrofe: a la una de la madrugada del domingo 2 de septiembre se declaraba el gran incendio que destruyó la mayor parte de la ciudad. 

Todo comenzó en una panadería de Pudding Lane, posiblemente porque el encargado había olvidado apagar los hornos y dejó las puertas abiertas. El viento soplaba con fuerza y Londres sufría una gran sequía tras dos veranos lluviosos; ahora los edificios de madera se encontraban excepcionalmente resecos bajo un tiempo muy caluroso. Todo se aliaba para que, si una chispa prendiera, el fuego se propagara a gran velocidad. Dos horas más tarde estaba fuera de control. Los equipos extintores de la época resultaron inútiles, y mucha gente no veía otra salida que arrojarse a las aguas del Támesis para escapar a las llamas. 


Samuel Pepys observó aquella escena dantesca desde lo alto de la Torre de Londres y escribió en su diario el desgarrador relato de cuanto vio aquella madrugada. “Verlo me hizo llorar”, diría. 

"Todos estaban intentando sacar sus bienes, y arrojándolos al río o trayéndolos a las gabarras; la gente pobre se quedaba en sus casas hasta que el incendio los tocó, y entonces corrieron a los barcos, o trepaban por un par de escaleras de un lado del río al otro”. 

La confusión era tan grande que, sin saber cómo, comenzó a correr el rumor de que habían sido los franceses y holandeses, con quienes estaban en guerra, los que iniciaron el incendio. La muchedumbre, en aquel estado de pánico, rabia y desesperación, se abalanzaba sobre los inmigrantes de estas nacionalidades, que fueron víctimas de linchamientos y toda clase de violencia. 


Al cabo de tres días, cuando al amainar el fuerte viento el incendio finalmente quedó sofocado, sólo quedaba en pie una tercera parte de la ciudad. Las cifras son demoledoras: el fuego destruyó más de 13 000 casas, 87 iglesias, mató a varios centenares de personas y dejó a otras 80 000 sin hogar. Entonces se dio en decir que todo había sido un complot de la Iglesia Católica. Apresaron a un pobre relojero francés y lo torturaron para que confesara que era agente del Papa y que había sido él quien originó el fuego en Westminster. Fue sentenciado y ahorcado en Tyburn el 28 de septiembre, pese a las abrumadoras evidencias de que era completamente inocente. 

Londres tuvo que ser reconstruido después de eso, a base de ladrillo y piedra. El arquitecto Christopher Wren diseñó calles mucho más abiertas y espaciosas para evitar las aglomeraciones, y un sistema básico de alcantarillado. Por precaución se prohibió que en adelante las casas tuvieran tejados de paja, y fue tal la impresión que el incendio dejó para siempre en el ánimo de las gentes que aún hoy está vigente la prohibición.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Aires de guerra

Elegante Leopoldo

La Corte del Rey Sol bullía de agitación. Luis XIV estaba muy ocupado; constantemente se despachaban y recibían mensajeros, porque la muerte de su suegro el rey Felipe IV de España abría grandes expectativas para Francia, y no era cuestión de desaprovecharlas. 

Por un lado era mala suerte que, después de haber perdido tantos hijos, Felipe hubiera sido capaz de dejar a su muerte un niño de corta edad, que ahora reinaba como Carlos II. De los siete hijos que el difunto monarca tuvo de su primera esposa, Isabel de Borbón, sólo vivía María Teresa. De su segundo matrimonio con Mariana de Austria, únicamente Margarita había superado la infancia y se casaba en 1666 con el emperador Leopoldo. En cuanto al pequeño Carlos, por lo que se sabía, ese pobre niño jamás llegaría a representar un gran obstáculo, y ello contando con que alcanzara la edad adulta, cosa que en aquel momento no parecía probable.

Por aquellas fechas Luis llevaba a cabo negociaciones con Leopoldo de Austria. Ambos firmaron un tratado para repartirse España y sus dominios en cuanto el desgraciado Carlos siguiera a su padre a la tumba, lo que les parecía inminente. Francia obtendría los Países Bajos y el Franco Condado, y el emperador el resto de las posesiones españolas. 

La Infanta Margarita

La primera vez que se habló de ese reparto fue en 1665, poco antes incluso de que falleciera Felipe IV. En esa ocasión Luis propuso un acuerdo en el que se quedaría con el Franco Condado, Nápoles y Sicilia, los puertos de la costa de África y Filipinas. El emperador se quedaría con el resto, es decir, los reinos peninsulares y los territorios americanos. La oferta era muy generosa, pero Leopoldo no se decidió entonces a firmar el pacto secreto. Lo haría al comenzar el año de 1668, acuciado por problemas internos y ante las demostraciones de fuerza que hacía Luis XIV frente a los demás Estados de Europa.

Voltaire nos cuenta que Leopoldo sintió escrúpulos apenas firmó el acuerdo. Se arrepintió, intentó retractarse y, ante la imposibilidad, pidió que al menos ninguna otra Corte tuviera conocimiento de aquello, que no se hiciera una doble copia como era la costumbre y que el único documento fuera encerrado en una caja metálica de la cual él tendría una llave y Luis otra. Esta caja debía ser depositada en manos de Florencia. 

El emperador la entregó al embajador de Francia en Viena, y Luis envió a 16 de sus guardias a la puerta de la ciudad para acompañar al correo, por miedo a que Leopoldo cambiara de opinión y se apoderara de la caja durante el trayecto. Es decir, ésa fue la excusa oficial. La realidad es que esos guardias se ocuparon de que la caja llegara sana y salva… pero no a Florencia, sino a París. Un poco de dinero aquí y allá sirvió para silenciar las quejas de Leopoldo y garantizar la abstención de los príncipes alemanes en aquel asunto. 

Carlos II

Mientras tanto Luis se declaraba protector de su cuñado Carlos y firmaba con la madre de éste, la regente Mariana de Austria, un tratado de comercio. Pero al mismo tiempo hacía preparar sus ejércitos.

El plan de Luis era el de reclamar los Países Bajos en nombre de su esposa, con el argumento de que la dote de María Teresa nunca había sido pagada. Al desposar a Luis XIV ella se obligaba a renunciar a sus derechos a suceder a su padre, lo que incluía los Países Bajos españoles. A cambio, Felipe IV se comprometía a pagar, en tres cuotas, una dote de 500.000 escudos de oro. Si no se pagaba, los franceses interpretaban que la renuncia caducaba, y se acogían a una ley de los Países Bajos: era el uso en Brabante que los hijos del primer matrimonio tenían todos mejor derecho a heredar que cualquiera del segundo. Hay que explicar que este droit de dévolution se aplicaba en Brabante exclusivamente a herencias y sucesiones de particulares, pero no en asuntos públicos, como pretendía Luis XIV.

Les recuerdo que tienen este tema del droit de dévolution magníficamente expuesto en el blog de nuestro Marqués de la Gabachade sobre el reinado de Carlos II de España. Mando un beso a monsieur, que está muy disgustado estos días.

***

Comunico a los miembros de la Orden que ha sido preciso construir una nueva sala capitular, puesto que la de la Corte se nos quedaba demasiado pequeña. Encontrarán la nueva pinchando en este link. También podrán acceder a través del enlace que he puesto en la columna de la derecha.

lunes, 18 de octubre de 2010

¡Dios me guarde de ser la amante del rey!


En 1665 Luis XIV aún no se sentía atraído por Madame de Montespan. Sin embargo, fue por entonces cuando le hizo donación de una sucesión sin herederos, la de las más grandes carnicerías de París. Esto lo hizo a causa de la delicada situación financiera en la que ella se veía inmersa por las deudas que contraía su marido. Al hacerle esa donación le procuraba cierta autonomía financiera con respecto al marqués.

Posiblemente a partir de ese momento ella comenzó a alentar esperanzas y a planear la conquista del rey. Luis parecía sentir simpatía por ella, así que, ¿por qué no intentar ir un poco más allá? Resulta extraño este empeño en una mujer que se había casado enamorada hacía unos pocos años. Por desencantada que estuviera de su marido, no deja de ser sorprendente la laboriosa persecución que comenzó. Ella, que había demostrado no ser interesada a la hora de elegir esposo, empezaba a manifestar una ambición fuera de lo común, y una gran tenacidad a la hora de alcanzar sus objetivos. Pero, al mismo tiempo que desplegaba sus artes, solía decir con gran hipocresía, como crítica hacia Luisa: 

—¡Dios me guarde de ser la amante del rey!, pero, si lo fuera, me daría vergüenza comparecer delante de la reina. 


Contaba con buenas armas para luchar. No sólo era hermosa, sino que además sus contemporáneos afirman que era sumamente divertida y que uno no se aburría nunca con ella. Era ingeniosa, punzante, mordaz a veces en sus críticas. Apenas había un personaje en la corte al que no fuera capaz de ridiculizar o imitar. Tenía talento de comediante, y un gran sentido del humor. Luis se abandonaba a la risa cuando ella se ponía a imitar los arrumacos de las damas que hacían melindres alrededor de él.

Eran muchos los admiradores empeñados en su conquista. Se dice que uno de ellos fue Puyguilhem, ¿lo recuerdan?: el caballero que impidió el encuentro del rey con la princesa de Mónaco escondido en un armario. El caso es que ella lo detestaba, y tal vez el origen estuviera en alguna pequeña aventura con mal final, o en el temor posterior de Athenaïs con respecto a lo que él podría contar sobre su pasado. O tal vez no. Realmente nunca se sabrá con certeza.

Llegó a rumorearse que el mismísimo Monsieur también sentía especial inclinación hacia ella, aunque claro, por contradictorio y desconcertante que fuera a veces Philippe, esto nos parecería excesivo. La Fare también lo intentó, pero él mismo confiesa que se retiró inmediatamente al ver que ella lo ponía en ridículo. El joven conde de Saint-Pol, hermano menor del duque de Longueville, le hizo la corte más asiduamente. Era novato e ingenuo a sus diecisiete añitos solamente, de modo que, aunque no se sabe a ciencia cierta si logró o no sus fines, las circunstancias lo hacen parecer también poco probable. Se menciona al conde de Frontenac, una relación que se remontaría a la época en que ella rondaba los 17 años. Es el que cuenta con más probabilidades de haber triunfado. Como fuera, en su tiempo lo dieron por hecho. Diez años después llegaron a circular las típicas coplillas por París con respecto a ese asunto. 

Frontenac

Sin embargo, la marquesa nunca tuvo reputación de mujer promiscua o ligera. Por el contrario, como dice el marqués de La Fare, “había tenido la habilidad de transmitir una extraordinaria opinión de su virtud, y comulgaba todos los días”. 

Athenaïs, pues, ya estaba completamente desencantada de su marido, que ni siquiera le era fiel. Por tanto, es probable que algún pecadillo tuviera ella ya por ahí durante los últimos meses de 1666, cuando tenemos pruebas de que Luis se había percatado de las intenciones de la bella, pues le hace una confidencia muy reveladora a Philippe:

—¡Ella hace lo que puede, pero yo no quiero!

Luis comenzaba a mirar a Athenaïs con otros ojos, pero se daba cuenta de que no era la clase de mujer que se conformara con un apresurado homenaje sobre el borde de un canapé. Con ella se trataba de llevar una relación o abstenerse por completo, y lo cierto era que él aún quería a la mujer que para entonces ya había sido madre de cuatro de sus hijos: Luisa de la Vallière.

sábado, 16 de octubre de 2010

El grafólogo y el rey

Toussaint Rose

En palabras de Benedetta craveri, Athenaïs “no parecía prisonera de su belleza. Eran más bien su brío irresistible y su energía contagiosa los que seducían a hombres y mujeres. Como la mayoría de las personas ingeniosas, la marquesa podía ser cruel, pero su maldad duraba generalmente el tiempo de una carcajada, si bien sus mordacidades dejaban más de un herido en el campo… Nadie como la marquesa sabía engañar el ocio y la monotonía de la vida de corte transformándola, como hacía con todo lo demás, en ocasión para el juego”. 

Y la ingenua Luisa de la Vallière, incapaz de pensar mal o de juzgar a las personas, iba a ser la primera en buscar su compañía para divertir al rey. “Si hubiera sido prudente”, decía Mademoiselle de Montpensier, “se habría guardado bien de acudir a una mujer cuya belleza y cuya fascinación eran iguales a su inteligencia”. Athenaïs, sin embargo, como nos recuerda Madame de Caylus, “no se inclinaba en absoluto a la galantería, y tendía a la virtud”. 

A la marquesa la habían favorecido sus dos embarazos. Ahora presentaba un talle algo más redondeado y, según el abate Primi Visconti, “admirablemente proporcionado al gusto del rey”.

Este abate, por cierto, era un personaje bastante insólito que a menudo relata escenas que no ha vivido, puesto que él no llega a la corte del Rey Sol hasta unos años después. La gente lo consideraba un mago, una especie de profeta que, además, pretendía ser grafólogo. 

Carta autógrafa de Luis XIV

Según él, en una ocasión la duquesa de Orleáns decidió ponerlo a prueba. Quiso saber si era cierto que Primi Visconti podía conocer la personalidad de la gente a través de su caligrafía, así que convenció al rey para que le diese una notita escrita de su puño y letra, destinada a poner a prueba la habilidad del abate. Primi leyó la nota y después de mucho observar y analizar llegó a la conclusión de que la caligrafía era la de “un viejo charlatán que haría su fortuna con la pluma”.

La duquesa se sintió ofendida y desconcertada. Vaciló mucho antes de hacerle llegar al rey tales conclusiones, pensando en la cara que iba a poner Luis, pero finalmente se decidió. ¡Cuál no sería su sorpresa al ver que él se mostraba encantado y que comenzaba a reír a carcajadas! La razón era que el astuto monarca había hecho trampa y había proporcionado una nota escrita en realidad por su secretario, Toussaint Rose, que tan bien sabía imitar su escritura. Toussaint, de quien Visconti dijo una vez que “el ocio nunca había tenido un enemigo más temible”, había nacido el 3 de septiembre de 1611, y fue secretario de Mazarino antes que de Luis. Como “secrétaire de la plume” estaba encargado de firmar los documentos oficiales por el rey cuando éste no podía hacerlo. Y resulta que el caballero se correspondía con bastante precisión con la descripción del abate.


En la Corte del Rey Sol

jueves, 14 de octubre de 2010

Marquesa de Montespan

La Marquesa de Montespan

Athenaïs se quedó sin novio a raíz de aquel duelo que había provocado la huida del duque de Noirmuoutier hacia otras tierras, pero resulta que otro de aquellos duelistas, el malogrado marqués de Antin, tenía un hermano menor que llevaba el título de marqués de Montespan. El joven gascón, Louis Henri de Pardaillan de Gondrin, descendiente de las poderosas casas de Foix y de Cominges, sólo tenía 22 años, igual que ella. Los dos se gustaron tanto que el marqués fue aceptado muy pronto como pretendiente oficial.

Ella se había enamorado. Era feliz, estaba más hermosa que nunca. “Un perfil altivo y noble, una frente de mármol, cabellos rubios que brotaban en haces rebeldes a las mordeduras del peine, ojos sarcásticos, que punzaban alternativamente por el ingenio y la pasión, una nariz franco-griega… una boca riente, que mostraba a medias unos dientes destinados a vivir cien años, como las perlas; un cuello divinamente unido a hombros de dibujo firme y de tono vivo. Cuando la pinta, Mignard desnuda su pecho, porque tiene el seno muy bello y muy orgulloso, como todo el resto.” 

“Uno no pasaba impunemente ante los ojos de Madame de Montespan”, diría de ella Madame Caylus. “No había nadie que mostrase una inteligencia más brillante, una cortesía más exquisita, un modo de expresarse más original”, añadiría Saint-Simon.

El día de San Silvestre que ponía fin al año de gracia de 1662, ese seno se hallaba púdicamente velado cuando tuvo el honor de recoger las limosnas ante la corte bajo las cúpulas de la iglesia de Saint-Germain-l’Auxerrois. Pero aun así todos cayeron rendidos ante sus encantos. Los poetas comienzan a escribir versos en su honor.

Saint-Germain-l'Auxerrois

Al cabo de un mes Athenaïs se convierte en la marquesa de Montespan. Estamos en 1663. Es el año en que Canadá se convierte en posesión de la Corona francesa, el mismo en que André Le Nôtre diseña los jardines de Versalles. 

No se trataba de un matrimonio de conveniencia, como era habitual, sino que esta vez fue por amor, o, como se llamaba en la época, “un matrimonio de inclinación”. Ni el rey ni su hermano, ni tampoco sus respectivas esposas, firmaron al pie del contrato, pese a que la tradición exigía sus firmas cuando se casaba la hija de un duque. El motivo era que a Luis no le gustaba nada la familia Montespan, porque en el pasado digamos que habían sido un poquitín frondistas e incluso contaban con algún prelado jansenista, cosa que el rey detestaba. (La teología propuesta por Jansenio estaba basada en una interpretación literal de los textos de Agustín de Hipona). 

No fue la ambición la que impulsó a Athenais. El esposo apenas contaba con recursos económicos. De hecho el joven marqués pronto se vio cargado de deudas que no podía pagar. En lugar de moderar sus gastos para tratar de hacer frente a la ruinosa situación, lo que hizo fue redoblarlos alegremente. Era, en una palabra, un manirroto y, para mayor desgracia, un jugador empedernido y con muy mala fortuna. Tuvo que comenzar a pedir prestado a todo el mundo y a solicitar anticipos, sin que nada pareciera ser suficiente. No pagaba a sus servidores ni a sus sastres, y no tardó en empeñar las joyas de su esposa. Hasta los muebles tuvo que comenzar a vender. El caballero era además celoso, violento, “en perpetua búsqueda de inverosímiles ocasiones en las que hacer valer sus aptitudes militares”.

A finales de ese año, al tiempo que Luisa de La Vallière daba a luz al primer hijo del rey, también Athenaïs se convertía en madre de una niña, Marie-Christine, que falleció a los doce años. El marqués continuaba muy enamorado de su esposa. Las dificultades económicas no habían hecho mella en el cariño que ambos se tenían, pero se agravaban con el nacimiento de sus hijos. 

Minette

Por suerte para ellos, dos años antes, y gracias al afecto que Ana de Austria sentía por la madre de Athenaïs, la joven tenía un buen puesto en la corte. Pero a finales del año siguiente Athenaïs y Minette se disgustaban, y la princesa le rogaba que no volviera a aparecer por sus aposentos. La razón era que la marquesa había intrigado contra madame de Mecklembourg, a quien juzgaba demasiado influyente. La conspiración fracasó y provocó su propia caída en desgracia.

Sin embargo, esto al final se tradujo en una recompensa, puesto que, por recomendación de Monsieur, pasó a formar parte de las seis damas de compañía de María Teresa —dos princesas, dos duquesas y dos marquesas o condesas—. Podía considerarse un ascenso. 

El 5 de septiembre del año siguiente, 1665, nació el segundo hijo de los Montespan, Louis-Antoine, primero marqués y luego duque de Antin. Éste sí que llegó a anciano y, según cuenta Saint-Simon, “supo sacar gran provecho de la vergüenza de su casa”.

martes, 12 de octubre de 2010

Duelo entre Chalais y La Frette


La primera vez que la joven Françoise-Athenaïs de Rochechouart brilló en la corte fue en una fría noche de invierno de 1662, cuando se bailaba el último ballet-ópera cuyo libreto había sido compuesto por Isaac Benserade: Los amores de Hércules. No llamó la atención del rey, enamorado de Luisa, pero sí la de muchos otros caballeros. El duque de Noailles nos la describe: “La rubia Athenaïs, de hechiceros ojos azules, con pestañas más oscuras, que une la vivacidad a la languidez, de tez de una blancura deslumbrante… una de esas caras que iluminan los lugares donde se presentan.”

El duque de Noirmoutier quedó prendado esa noche, le declaró su amor y pidió su mano. Ella encontró de su agrado al galán y, según Madame de La Fayette, le dio algo más que esperanzas.

Pero, ¡oh, desdicha! El destino tenía sus propios proyectos. La noche del 20 de enero se celebró un baile en el Palais Royal, que acababa de amueblarse para Monsieur y Minette. Un incidente empañó la fiesta: el príncipe de Chalais, cuñado de Noirmoutier, tuvo una riña con un caballero que respondía al nombre de La Frette. Éste, despechado y celoso por causa de una dama, le dio un empujón a su rival. Chalais se volvió y dedicó al agresor los más injuriosos adjetivos que pasaron por su mente, los cuales fueron generosamente devueltos. Entre ellos se encontraba “fils de prêtre” (hijo de un cura). Siguió un desafío con bofetadas, y sólo el hecho de no haber acudido armados al baile impidió que desenvainaran las espadas en aquel mismo instante. Se concertó el duelo para el día siguiente al amanecer, en el cercado de una cartuja del Faubourg de Saint-Germain. 


Desde 1651, los edictos reales prohibían, bajo pena de muerte, esa manera sangrienta de lavar el honor, lo cual no impedía que los caballeros continuaran retándose a la antigua usanza. Resulta que cuando uno se batía, metía en un compromiso a sus amigos, porque lo normal era que no acudiera sólo, sino en compañía de otros que tomarían también parte en el duelo. Noirmoutier fue uno de los que acudió por parte de su cuñado. 

El rey, enterado de que tendría lugar un lance de honor, envió de inmediato al caballero de Saint-Agnan con órdenes de impedirlo y decirle a La Frette que respondería con su propia cabeza si el asunto continuaba adelante. La Frette, que era primo del caballero, lo recibió diciéndole que le consideraba demasiado amigo suyo para que se empeñara en tal misión, y que lo más honorable sería que él mismo tomara parte en el enfrentamiento. Le aseguró que Chalais no tendría ninguna dificultad en encontrar otro caballero para batirse con él. Saint-Agnan acabó olvidando que era un enviado del rey y que los duelos estaban prohibidos, y no encontró otra salida honrosa que la de acceder a la propuesta de su primo. 

Así pues, habían llegado a ser cuatro contra cuatro, cosa poco usual. La Frette iba con su hermano menor, con el marqués de Flammarens y con su primo Saint-Agnan, mientras que el príncipe de Chalais era apoyado por Noirmoutier, el marqués de Antin y el vizconde de Argenlieu. 


El combate duró poco, porque tras el intercambio de unas cuantas estocadas pronto el marqués de Antin fue atravesado por uno de los rivales y cayó muerto en el acto, y el propio Noirmoutier resultó gravemente herido. Así como estaba tuvo que huir a toda prisa junto con los demás duelistas supervivientes para no enfrentarse a la sentencia del Parlamento, que consistía en una condena a muerte. La sentencia fue pronunciada el 24 de abril de ese mismo año: la decapitación.

Louis-Alexandre de Noirmoutier se vio obligado a cruzar los Pirineos y atravesar España hasta llegar a Portugal, a cuyo servicio puso su espada. Unos cinco años más tarde falleció en combate contra un español. 

Luis estaba furioso, y más aún el padre de Saint-Agnan. Los caballeros a menudo ignoraban las prohibiciones, y años más tarde, en 1679, el rey se vería obligado a endurecer las penas al emitir el Edicto de los Duelos, que prescribía condena a muerte tanto para los principales rivales como para sus segundos y terceros junto con la confiscación en mayor o menor grado de sus propiedades y la pérdida de sus títulos de nobleza. Sus blasones serían borrados y rotos, y se estipulaba que aquellos que perdieran la vida en un duelo serían privados de sepultura cristiana. El mero hecho de desafiar a otro caballero llevaba aparejado el destierro y la confiscación de propiedades, mientras que los servidores que aceptaran la misión de transmitir mensajes de esa clase o asistir a sus señores en tales menesteres, serían azotados y marcados con la flor de lis. Al mismo tiempo se establecía un tribunal compuesto por mariscales de Francia para decidir qué satisfacción debería darse en caso de provocación, además de la correspondiente pena de prisión, multa o destierro. 


Nada de esto se demostró demasiado eficaz para combatir algo tan arraigado entre los caballeros franceses, y el rey a menudo tenía que hacer la vista gorda ante los duelos. De hecho su reinado estuvo marcado por innumerables lances de honor.


En la Corte del Rey Sol