jueves, 31 de diciembre de 2009

martes, 29 de diciembre de 2009

Madame de Beauvais

Luis XIV


Ana de Austria habló confidencialmente con su dama de compañía, Catherine Henriette Bellier, madame de Beauvais, aquella a quien en su momento habíamos visto rendida ante los encantos del marqués de Jarzé. La reina le solicitó que se ocupara de adiestrar a su hijo como convenía, de modo que Luis recibiera su primera lección en materia amorosa y se pudiera averiguar si era apto o no para tener descendencia. La mujer llevaba por apodo Cateau la Borgnesse (La Tuerta), y se decía de ella que era tan fea como lasciva.

Cateau no se lo pensó dos veces. Un día, cuando el rey salía de su baño en el palacio del Louvre, lo arrastró a su habitación y cumplió con su cometido. Él tenía 15 años, ella 42.

De hecho Catherine ya había sido madre antes incluso de que el rey naciera: su hija, Jeanne de Beauvais, se había casado el 6 de noviembre de 1652 con el marqués de Richelieu, y era tres años mayor que Luis. Fue éste, por cierto, un matrimonio que dio mucho que hablar, pues hubo de celebrarse en secreto debido a la oposición de la duquesa de Aiguillon, tía del marqués. Pero la reina lo apoyó y con eso cesaron las protestas.

Madame de Beauvais aseguró a la reina que no había nada que temer, y que el futuro de la dinastía estaría bien asegurado con el jovencito. La reina se mostró muy generosa al escuchar informes tan favorables, tanto que concedió a su marido el título de barón y suficiente dinero como para poder construir el hôtel de Beauvais, en el número 68 de la calle François Miron. El edificio está considerado una de las más hermosas residencias de París. Un siglo más tarde la familia Mozart iba a alojarse en él durante cinco meses, y Amadeus compuso allí cuatro sonatas.

Hôtel de Beauvais

La princesa Palatina escribió en sus memorias: “Ella fue la primera en enseñar al rey cómo debe actuarse con las damas; estaba bien preparada para ello, pues había llevado una vida bien desarreglada.”

Existen más testimonios al respecto, como el de Primi Visconti, que añade que muchos años después Luis no podía contener la risa cada vez que la veía, sin duda al recordar aquellos días. Porque el caso es que le gustó la experiencia, y volvió a buscar a madame de Beauvais en los días siguientes. Incluso se afirma que continuó reclamándola esporádicamente durante ocho años. Se decía, en efecto, que en 1661 el rey “aún dirigía algunas miradas hacia altar en el que había hecho los primeros sacrificios”.

Y cuando se convirtió en una ancianita le concedió una generosa pensión. El 11 de abril de 1687 el Parlamento registraba la concesión a favor de la dame de Beauvais de las tierras y el señorío de Gentilly, adquirido en nombre del rey por contrato de 11 de septiembre de 1683.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Primeros amoríos de Luis XIV

Anne de la Grange-Trianon, condesa de Frontenac

Una historia que no tenga en cuenta las cuestiones sexuales, no solamente está mutilada, sino que resulta ininteligible. (Gordon Rattray Taylor)


Cuando contaba alrededor de doce años, Luis XIV experimentó una violenta pasión por Marie d’Hautefort, la esposa del mariscal Schomberg, para regocijo de toda la corte, pues se daba la circunstancia de que, además, esta dama ya había llamado poderosamente la atención de su casto padre en otro tiempo. Marie, llamada La Aurora, era una de las damas de Ana de Austria. El pequeño rey abrazaba con ganas a esta mujer que le aventajaba en 22 años, se acostaba junto a ella, le acariciaba las manos y le besaba los cabellos con mucho ardor. Ana de Austria, que temía por la virtud de su hijo, hacía que lo vigilaran constantemente, y su ayuda de cámara tenía órdenes de no dejarlo jamás a solas con una mujer.

Marie d'Hautefort

A punto de cumplir 13 ese interés se trasladó hacia Anne de la Grange-Trianon, condesa de Frontenac, una dama del entorno de su prima, la Gran Mademoiselle. La reina notó que repentinamente Luis había tomado una extraña afición a salir a pasear a caballo en compañía de su prima, que al parecer en su inocencia creía que era a ella a quien el rey buscaba, y ya volvían a sonar en su cabeza campanas de boda. Pero Ana de Austria conocía mejor a su hijo y no tardó en darse cuenta de la situación. Puso el grito en el cielo, porque aquella damisela era sumamente intrigante y contraria a sus intereses, de modo que decidió tomar cartas en el asunto y prohibir a Luis que volviera a verla. Él se puso furioso.

—¡Cuando yo sea el amo, y pronto lo seré, iré donde quiera!

Ana estalló en lágrimas. Esto era algo que Luis, que adoraba a su madre por encima de todas las cosas, no podía soportar. Él también lloró al ver el resultado de su colérico arranque, y corrió a abrazarla. Le prometió no volver a ver a mademoiselle de Frontenac. Y lo cumplió.

Ana de Austria con el retrato de Luis XIV

Pero esto fue sólo una solución temporal, porque había muchas otras damas capaces de atraer la atención del adolescente. Por ejemplo la duquesa de Châtillon, la amante de Condé, logró un gran éxito al tomarse especiales molestias en destacarse a su atención, tanto que dio origen a una coplilla:

Châtillon, gardez vos appâts,

si vous êtes prête, le roi ne l’est pas

Châtillon, el cebo guardad,

Si vos estáis lista, el rey no lo está.

El exilio de la duquesa al final de la Fronda interrumpió el contacto con el soberano, y de ese modo el asunto no avanzó.

La duquesa de Châtillon

Cuando Luis tenía 14 años la situación era crítica. Las damas de la corte rivalizaban por el honor de ser la primera, y ya no sabían cómo provocar a la criatura. Algunas se presentaban ante él a medio vestir, otras le hacían señas entre dos puertas, y a Luis no le quedaba más remedio que resistir todo el día el suplicio de Tántalo, cosa que no le resultaba nada fácil.

Pero al cabo de un tiempo la reina reflexionó que tal vez fuera contraproducente alejarlo de las mujeres, pues comenzó a temer que desahogara su sexualidad de otras maneras. Tal vez tuvo algo que ver con esta decisión el hecho de que su hijo menor, Philippe, fuera homosexual. Esto no representaba ningún problema, aunque sí lo hubiera sido en el caso de Luis, quien, al contrario que su hermano, tenía la obligación de dar un heredero al reino. Convenía asegurarse de que sería capaz cuando llegara el momento.

Por tanto Ana acabó por estimar menos peligroso relajar las medidas de protección. Pero ¿qué hacer al respecto? ¿Cómo conducir adecuadamente una situación tan delicada?

sábado, 26 de diciembre de 2009

Más vale aprender tarde

Luis XIV, vencedor de la Fronda

Por fin reinaba el orden en casi todo el país a excepción de Guyena, donde aún habría revueltas durante unos meses más. La situación era propicia para que el rey hiciera regresar a Mazarino.

Luis lo recibió como a un padre y celebró un festín en su honor en el Hôtel de Ville. El cardenal intentó ganarse las voluntades arrojando dinero al pueblo y buscando apaños con la nobleza. El historiador Philippe Erlanger, al compararlo con Richelieu, nos dice:

Richelieu valoraba a sus enemigos y en consecuencia los hacía morir. Mazarino prefería corromper a los suyos: casó a su sobrina Ana María Martinozzi con el príncipe de Conti.

Ana María Martinozzi

No era el estilo de Mazarino las condenas a muerte; él no era el hombre duro e implacable, realmente temible que fue Richelieu. Giulio apostaba por la diplomacia, por contentar a todos y buscar acuerdos, pactos y alianzas. Pero claro, dejar a un enemigo con vida entraña el riesgo de sufrir una nueva traición tarde o temprano. No cabe duda de que el expeditivo sistema de Richelieu era más eficaz.

El cardenal, pues, retomó sus tareas, entre las que se encontraba la instrucción del joven rey. Se comprenderá que entre tantos graves acontecimientos como absorbieron la atención y la actividad de la reina y de Mazarino, la educación del pequeño Luis forzosamente había quedado algo descuidada, y no siempre hubo tiempo para las clases. Abandonado en manos de las servidoras, uno de sus grandes placeres durante la infancia fue el de meterse en las cocinas con su hermano, le petit Monsieur. Muchos años después Madame de Maintenon escribiría las siguientes palabras al respecto:

Comía todo lo que se le antojaba sin que se prestara atención a aquello que podría ser perjudicial para su salud. Si se cocinaba una tortilla, siempre se hacía con algún trozo que Monsieur y él iban a comer a un rincón.

Un día en que los cocineros sorprendieron a ambos pequeños metiendo los dedos en los platos que estaban siendo preparados, Luis y su hermano tuvieron que salir corriendo, perseguidos a escobazos.

Jugaba con los hijos de los servidores, y cuando se le sacaba de ese ambiente para llevarlo a los aposentos de su madre, donde eran recibidos importantes personajes, o hacerle participar en alguna ceremonia, se mostraba tímido, incómodo, sin saber qué decir. Ello le causaba gran sufrimiento. En una ocasión incluso rompió a llorar por la impotencia de encontrarse sin palabras.

Dibujo realizado por Luis XIV a los siete años

Se conservan muchos de los dibujos realizados por Luis XIV cuando contaba solamente siete años. Él mismo regaló el álbum a su hijo el conde de Toulouse en 1688, al cumplir el niño esa edad. No están nada mal para un niño tan pequeño, aunque todos tienen en común una inquietante característica: representan edificios; hay puentes, casas, iglesias… pero nunca, nunca hay gente. La impresión es de soledad, de total desolación.

Luis se lamentó más adelante de la escasa formación que recibió durante esos años, y trataba de superar tales deficiencias. Concedía gran importancia a la cultura y le gustaba rodearse de intelectuales. Una vez dijo:

Es una vergüenza emprender tan tarde este estudio, pero más vale aprender tarde que ser siempre un ignorante.

Pero a los 14 años aún no era tiempo de sentirse atraído por el estudio, cuando había tantas otras actividades mucho más seductoras. En realidad no disponía de muchas horas para aprender, ni tampoco, en opinión de muchos, existía una seria intención por parte de Mazarino de que el rey aprendiera todo lo necesario para manejar los asuntos por sí mismo, pues el cardenal prefería continuar siendo imprescindible en tales menesteres.

Dibujo realizado por Luis XIV a los siete años

La jornada de Luis transcurría así: por la mañana, después de la ceremonia del lever, dedicaba un tiempo a ejercitarse físicamente con la equitación y las armas, porque un rey de la época tenía que ser también soldado. A continuación bajaba a los aposentos del cardenal, justo debajo de los suyos, y allí se ocupaban de asuntos de Estado. Después, por la tarde, escribía lo que recordaba de las lecciones e incluía sus propios comentarios. Luis comenzaba a despuntar, pero era muy tarde en comparación con otros jovencitos de su edad. Por ejemplo, su pariente Condé cuando sólo tenía 11 años pronunciaba discursos en latín.

El joven rey, por cierto, ya no era precisamente indiferente a los encantos femeninos, de modo que su madre había tenido que intervenir en varias ocasiones para preservar su inocencia. De eso trataremos el próximo día.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Joyeux Noël


Joyeux Noël et Bonne Année (Francés)
Merry Christmas (Inglés)

Feliz Navidad (Español)



Bo Nadal e bo ano novo (Gallego)

Bon nadal i un bon any nou! (Catalán)
Bon Nadal i millor any nou (Valenciano)
Zorionak eta Urte Berri On (Euskera)
Bones Navidaes y Gayoleru anu nuevu! (Asturiano)




Y por orden alfabético:


Froeliche Weinachten und ein gluckishes Neues Jahr (Alemán)
I'D Miilad Said ous Sana Saida (Árabe)

Suvo baro din (bengalí)

Nedeleg laouen na bloav ezh mat (bretón)

Vasel koleda (búlgaro)

Seng Dan Fai Lok, Sang Nian Fai Lok (cantonés)
Prejeme Vam Vesele Vanoce a stastny Novy Rok (checo)
Sretan Bozic (Croata)

Glaedelig Jul (Danés)

Jutdlime pivdluarit ukiortame pivdluaritlo (Esquimal)

Vesele Vianoce. A stastlivy Novy Rok (Eslovaco)

Vesele bozicne praznike in srecno novo leto (Esloveno)

Gajan Kristnaskon (Esperanto)
Rõõmsaid Jõulupühi (Estoniano)

Hyvää Joulua / Hauskaa Joulua (Finés)

Zalig Kerstfeest en Gelukkig nieuw jaar (Flamenco)

Kala Christougenna Kieftihismenos / Kenourios Chronos (Griego)
Mele Kalikimaka (hawaiano)
Mo'adim Lesimkha. Shana Tova (Hebreo)

Vrolijk Kerstfeest en een Gelukkig Nieuwjaar (Holandés)

Kellemes Karacsonyiunnepeket & Boldog Új Évet (Húngaro)

Selamat Hari Natal (Indonesio)
Nollaig Shona Dhuit (Irlandes)
Gledileg Jol og Farsaelt Komandi ar (Islandés)
Buon Natale e Felice Anno Nuovo (Italiano)
Shinnen omedeto. Kurisumasu Omedeto (Japonés)

Natale hilare et Annum Nuovo! (Latín)

Prieci'gus Ziemsve'tkus un Laimi'gu Jauno Gadu (Letón)
Linksmu Kaledu (Lituano)
Streken Bozhik (Macedonio)

Selamat Hari Natal (Malayo)

Nixtieklek Milied tajjeb u is-sena t-tabja (Maltés)

Kung His Hsin Nien bing Chu Shen Tan (Mandarín)
Meri Kirihimete (Maorí)

God Jul og Godt Nyttar (Noruego)

Polit nadal e bona annada (Occitano)

Bikpela hamamas blong dispela Krismas na Nupela yia i go long yu Tok Pisin (Papúa Nueva Guinea)

Wesolych Swiat Bozego Narodzenia i Szczesliwego Nowego Roku (Polaco)

Boas Festas e um feliz Ano Novo (Portugués)

Mata-Ki-Te-Rangi. Te-Pito-O-Te-Henua (Rapa-nui)
Sarbatori vesele (Rumano)
Huk kushisha Navidad wan alli Qanyan wata (Runi simi o Quechua)
Pozdrevlyayu s prazdnikom Rozhdestva is Novim Godom (Ruso)
Hristos se rodi (Serbio)

God Jul och Gott Nytt Ar (Sueco)

Krismas Njema Na Heri Za Mwaka Mpya (Swahili)

Noeliniz Ve Yeni Yiliniz Kutlu Olsun (Turco)

Veseloho Vam Rizdva i Shchastlyvoho Novoho Roku! (Ucraniano)

Sinifesela Ukhisimusi Omuhle Nonyaka Omusha Onempumelelo (Zulú)




Foto: Marc Daniel



lunes, 21 de diciembre de 2009

El fin de la Fronda

Luis XIV

El 21 de octubre el rey entra en París en compañía de su primo hermano, el rey Carlos II de Inglaterra, ocho años mayor que él. Después de que su padre hubiera sido decapitado, el joven Carlos y su familia permanecían en el destierro mientras Cromwell se había hecho con el poder en Inglaterra. En esta ocasión los acompañaba también el hermano de Carlos, Jacobo, duque de York, que había combatido valientemente entre las tropas de Luis.

El pueblo aclamó a Luis XIV a su paso, igual que habían hecho al ser proclamado mayor de edad, pero también como en otros momentos habían aclamado a su enemigo Condé. Los parisinos siempre fueron difíciles, y él lo sabía ya a esa edad.

El rey decidió instalarse en el Louvre, porque había llegado a la conclusión, a causa de los peligros que corrió en el Palais-Royal, de que sería un edificio más seguro. Al día siguiente se leyó una declaración de amnistía general de la que se excluían algunos nombres, como Beaufort o La Rochefoucauld. Sin embargo el cerebro de todo, Gondi, ahora cardenal de Retz, quedaba incluido en la medida de gracia, y libre, por tanto, para seguir conspirando.

El Louvre

Algunas voces pedían su arresto. Gondi temía que se produjera, por lo que no abandonaba el claustro de Notre-Dame. Estaba seguro de que no se atreverían a entrar a buscarlo allí.

El 19 de diciembre, consciente de que no podrá prolongar indefinidamente esa situación, se decide por una acción audaz y acude al Louvre. Advertido de su presencia en el lugar, Luis murmura:

—En ese caso es preciso hacer de rey.

Desde el primer momento dejó claro qué es lo que había querido decir con eso: mostró su rostro más encantador a Retz, y un humor magnífico. Fue la comedia perfecta. Y en una de éstas, según iba pasando entre todos los cortesanos que deseaban ser recibidos ese día, dirigiendo unas palabras a unos y a otros como al azar, se aproximó a monsieur d’Aumont, capitán de la guardia, y dio la orden repentina de arrestar al cardenal. Pero, deseoso de que todo se hiciera con discreción, añadió:

—Sobre todo que no haya nadie en el escenario.

Cuando se llevaron al cardenal camino de Vincennes la cara de Luis estaba igual de sonriente. Su expresión no revelaba nada de lo que había sucedido o de lo que pensaba en realidad. Y sólo tenía 14 años.

Un siglo más tarde otro rey con bastante más edad arrestó con mucha más torpeza, menos discreción y peor motivo a otro cardenal. Luis XVI debió estudiar más historia. De ese modo tal vez hubiera conservado su corona, o al menos su cabeza.

sábado, 19 de diciembre de 2009

La huida de Mademoiselle de Montpensier

Las Tullerías

Al día siguiente de la fiesta, Condé abandonó París. Se había pasado definitivamente al bando español, ya sin disimulo. Los rebeldes no podían seguir sosteniendo París. Era obvio que en cuanto el rey aparecía ante las puertas de la ciudad era acogido con tales aclamaciones de lealtad que no eran sino prueba del escaso apoyo con el que ellos contaban. En cuanto a Gastón, se había cansado de la Fronda y de Condé, y ahora deseaba reconciliarse con la corte.

El príncipe se despidió de Mademoiselle de Montpensier en los jardines de las Tullerías. Apareció muy elegante con su chaqueta gris bordada en escarlata, oro, plata y negro.

—Debemos aprovechar mientras dure el buen tiempo —le dijo—. Luego, cuando hayamos dejado a las tropas en los cuarteles de invierno, volveremos a divertirnos.

Anne Marie confiesa en sus memorias que lloró al pensar en lo aburrida y solitaria que resultaría su vida cuando Monsieur le Prince y los suyos se hubieran ido. Y muchas más razones que ésa tenía para llorar: nadie se había comprometido más que ella con los rebeldes, y ahora se quedaba prácticamente sola e indefensa mientras ya se preparaba el regreso triunfal del rey a la capital.

Palacio de Luxemburgo

Por si fuera poco, unos días después Mademoiselle se enteró de que su padre había pactado por su cuenta con la corte buscando un arreglo para sí mismo, sin mencionar a ninguna otra persona de su partido. Anne Marie, indignada, se presentó de inmediato en el palacio de Luxemburgo y exigió una explicación. No daba crédito a la noticia, y eso que a tales alturas ya lo conocía bien.

—¡Cómo! ¿Abandonáis a Monsieur le Prince y a Monsieur de Lorraine? —le reprochó.

—No es asunto vuestro qué medidas decida yo tomar o no —fue la respuesta de Gastón—. Vos ignorasteis mis consejos y ahora no quiero volver oír ni una palabra acerca de vuestros problemas. Yo me voy con el resto de la familia al castillo de Blois, por orden del rey, pero os prohíbo que nos acompañéis
.

—¿Pero, señor, dónde queréis que vaya yo? —protestó ella.

—¡Donde queráis!

Palacio de Saint-Germain

El rey se encontraba en Saint-Germain, preparando su entrada en París. Mademoiselle había recibido aviso de que debía abandonar su alojamiento en las Tullerías, y con el desamparo de su padre se veía obligada a solicitar la hospitalidad de sus amigos. Durante algunos días se mantuvo oculta, refugiada por un familiar de una de sus damas. Luego, tan pronto como se pudo preparar su viaje, emprendió el camino disfrazada hasta su propio castillo de Saint-Fargeau, una residencia en Anjou que permanecía abandonada desde hacía largo tiempo. Allí pasó muchos meses de exilio.

En cuanto a Condé, no bromeaba cuando dijo en Montrond que sería el último en envainar la espada: hubieron de pasar siete años antes de que París lo recibiera de nuevo, años que él dedicó a luchar como enemigo de Francia.

jueves, 17 de diciembre de 2009

La ira de Monsieur le Prince

Luis II de Borbón, Príncipe de Condé

El príncipe de Condé trataba con enorme dureza a aquellos de sus seguidores que no habían sabido desempeñar bien su cometido, cediendo terreno al enemigo. Era implacable, muy difícil de soportar en esa situación. Esto sólo conseguía empeorar las cosas, porque la lealtad de algunos de los suyos vacilaba al verse así tratados. La ira de Condé era tan terrible que la muerte de Chavigny en aquellos momentos se atribuyó en mayor o menor medida a la última conversación mantenida con Monsieur le Prince. Chavigny se presentó en el hogar de Condé sin saber nada acerca de la acusación que se le hacía. Y Condé, que aún no podía abandonar la cama, lo colmó de unos reproches tan furiosos que Chavigny iba destrozado cuando se retiró. Al regresar a su casa tuvo fiebre, que aunque ya debía de estar latente en su cuerpo, el shock contribuyó a agravar hasta que falleció al cabo de unos días. Su lealtad hacia la Casa de Condé era famosa, y la ingratitud del príncipe le causó un dolor imposible de sanar.

Condé sintió remordimientos al tener conocimiento de que su viejo amigo estaba muy enfermo. Aún convaleciente él mismo, se levantó de la cama para ir a visitar al moribundo. Demasiado tarde para ofrecerle una reparación, pues Chavigny ya estaba inconsciente.

Léon Bouthillier, conde de Chavigny, secretario de Estado

El príncipe dio inequívocas muestras de estar apenado, pero al abandonar la habitación tuvo un destalle desconcertante, porque lo único que se le ocurrió murmurar fue:

Il est laid en diable. (Es más feo que un demonio).

Ese mismo día, 11 de octubre de 1652, había una fiesta con cena, música y una comedia, todo organizado por la condesa de Fiesque, dama de Mademoiselle de Montpensier. Condé estuvo presente, lo que reforzó la impresión de que aquella muerte no le había entristecido demasiado, si bien hay que decir que no estaba precisamente de humor alegre. No comió, ni bebió, ni ciertamente se divirtió.

Gilonne d'Harcourt, condesa de Fiesque

Los rumores que señalaban a Mademoiselle como próxima esposa de Condé estaban en lo más alto: Claire Clemence había dado a luz el 20 de septiembre, y tanto su estado como el del niño habían llegado a ser desesperados. Las primeras noticias habían llegado a París cuando Condé aún guardaba cama por su enfermedad. Anne Marie se apresuró a transmitirle su enhorabuena por el nacimiento, pero el príncipe respondió con una escueta nota en la que decía que no había motivo para las felicitaciones, puesto que el niño no viviría.

Aunque había pasado ya el peligro para su esposa, en esos momentos se pensaba que no era probable que llegara a recuperarse por completo. Los pronósticos se equivocaron y Claire salió adelante, pero el pequeño Louis-Bordeaux, duque de Borbón, no tuvo la misma suerte y sólo vivió siete meses.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Condé rompe con Monsieur

Fuente de María de Médicis, palacio de Luxemburgo

La partida de Mazarino había producido los resultados esperados. Cada día eran más los que abandonaban el bando rebelde y se pasaban al rey. La hostilidad de los parisinos hacia las tropas de Lorena iba en aumento. El propio duque Carlos escapó por los pelos a un linchamiento durante una de sus visitas a la ciudad, y el cardenal continuaba impartiendo instrucciones en la sombra, astutas directrices que iban minando el bando rebelde y aislando cada vez más a Condé.

Una circunstancia imprevista ayudó a Mazarino: a finales de septiembre el príncipe de Condé caía enfermo y se veía obligado a delegar el mando.

En la mañana del 25 había acudido a París con intención de reincorporarse a su puesto el mismo día. El principal motivo de su visita era investigar una acusación contra Chavigny, relativa a haber llevado a cabo negociaciones secretas con la corte en nombre de Gastón de Orleáns. Ello originó una tormentosa entrevista con Monsieur en el palacio de Luxemburgo, un enfrentamiento que casi termina en ruptura entre ambos.

Escalera de honor, palacio de Luxemburgo

—¡Nunca hubierais logrado entrar en París de no haber sido por mí! —tuvo la desfachatez de declarar Monsieur.

—Puede que así sea —replicó Condé—, pero si vos me entregasteis París, yo os entregué quince mil hombres para sostener la ciudad.

—Yo mismo he proporcionado tropas y hecho acudir al duque de Lorena.

—Vuestras tropas son escasas, y en cuanto a monsieur de Lorena, si dejó Bruselas y acudió fue sólo por consideración hacia mí. Pero me doy cuenta de que deseáis que nos separemos y que cada uno tome su propio camino.

Más tarde ese mismo día tuvo lugar una reconciliación, aunque aún flotaba en el aire el ánimo enconado de la reciente pelea.

Choisy

Al abandonar el palacio, Condé se encontró con Mademoiselle, que le preguntó alegremente si le vería en la recepción que la condesa de Choisy daba en honor de la joven. Luis respondió que tenía un dolor de cabeza que le estaba matando y que no podía regresar al campamento, y mucho menos participar de una fiesta.

Anne Marie, decepcionada, tuvo la curiosidad de enviar más tarde a alguien a casa de Condé para asegurarse de que su excusa era auténtica. Quedó satisfecha con la respuesta, pues supo que Monsieur le Prince guardaba cama. De hecho pasaron más de dos semanas antes de que pudiera regresar al campamento, un tiempo que no podía permitirse perder. Turenne aprovechó la oportunidad la noche del 4 de octubre.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Mademoiselle en el campamento militar

Mademoiselle de Montpensier

El ejército de los rebeldes atravesaba por momentos críticos que le impedían tomar la ofensiva. Durante la batalla del faubourg Saint-Antoine, Condé había perdido a muchos de sus hombres, y desde entonces las enfermedades y las deserciones se habían convertido en una plaga, reduciendo las tropas a menos de 4000 soldados. Pero cuando Condé y los suyos rechazaron la amnistía del rey, lo hicieron sabiendo que contaban con otros apoyos en el exterior: Carlos de Lorena marchaba desde la frontera con un ejército reforzado por un contingente alemán al mando del duque Ulrico de Württemberg, aliado de España. Condé se unió a él en Limeil, a unas cuantas millas al suroeste de París. Si hubiera sido asunto exclusivamente del príncipe, habría atacado a Turenne sin demora, pero no pudo persuadir a su aliado.

Ulrico, de visita en París, invitó a Mademoiselle de Montpensier a acompañarlo para pasar revista a las tropas. Ella aceptó encantada una invitación que tanto se adecuaba a los gustos militares que estaba desarrollando.

Ulrico de Württemberg

Anne Marie se ocupó de que en el carruaje sólo viajaran personas de su propia elección, lo cual dejó fuera a la amante de Condé, madame de Châtillon, que había solicitado formar parte de la comitiva. Fue a partir de entonces cuando más arreciaron los rumores que unían a Mademoiselle de Montpensier con Condé, dado que además la esposa del príncipe estuvo a punto de perder la vida al dar a luz un nuevo varón ese mes de septiembre. Más de uno se adelantó a buscarle una sucesora en la persona de Anne Marie.

Mademoiselle describe con gran placer el día pasado con Monsieur le Prince en el campamento. A su llegada Luis de Condé salió a recibirla con 300 caballeros de Lorena, todos ellos vistiendo brillante armadura. El príncipe se había esmerado de modo evidente en su atavío, despertando la admiración en sus huéspedes. Él se excusó, casi como si fuera un crimen aparecer tan bien vestido, diciendo que los oficiales extranjeros se habían quejado de su equipo habitual, que juzgaban indigno de su rango.

El Gran Condé

Mademoiselle disfrutó de la fiesta, durante la cual sólo hubo un momento tenso. Sucedió cuando contó que madame de Châtillon había querido acudir. Condé, pensando que la había mencionado para burlarse de él, puso mala cara, pero la nube pasó pronto y se olvidó el asunto.

Turenne había sido advertido de su visita y envió mensaje de que suspendía las hostilidades mientras ella permaneciera en el campamento, de modo que pudo cabalgar con toda seguridad por el lugar. Anne Marie se mostró decidida incluso a hacer una visita al campamento enemigo, y hacia allá se dirigía hasta que Condé corrió a buscarla y la hizo regresar llevando al caballo de la brida él mismo. Este atrevimiento, por supuesto, no se lo hubiera tolerado Mademoiselle a otra persona que no fuera un príncipe de la sangre.

Henri de la Tour-d'Auvergne-Bouillon, vizconde de Turenne, mariscal general de los campos y ejércitos del rey

Cuando abandonó el campamento era de noche. Como último cumplido galante, Condé le pidió que eligiera ella misma el santo y seña y la contraseña que habría de darse durante esa noche y la siguiente. No hizo alarde de imaginación Anne Marie en esa ocasión, porque para la primera noche eligió San Luis y como contraseña París, y para la segunda Santa Ana y Orleáns.

Mademoiselle regresó pletórica a París sin saber que era la última vez que protagonizaba un episodio militar. El partido del príncipe tenía los días contados.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Tiempo de someterse

Basílica de Saint-Denis

Algunos días después fallecía el único hijo varón que había tenido Gastón de Orleáns. El pequeño Jean Gaston moría sin haber cumplido siquiera dos años. Monsieur se sumió en el dolor de esta pérdida. Pidió permiso a la reina para enterrarlo en la basílica de Saint-Denis, necrópolis de los reyes de Francia, pero le fue denegado. Gastón recibió una carta muy dura en la que se le decía que la muerte del niño había sido un castigo divino por haberse rebelado contra el rey.

Los españoles, mientras tanto, asediaban Dunkerque y se aproximaban cada vez más. El rey acudió a Pontoise y convocó al Parlamento, pero éste se negó a obedecer mientras Mazarino permaneciera en Francia. El propio cardenal instruyó al rey para que aceptara despedirlo de su lado, tras de lo cual Mazarino abandonó la corte para retirarse a Bouillon. Los partidarios de Condé cantaban alborozados:

Pèlerin, Beau pèlerin

Remetez-vous en chemin

Peregrino, lindo peregrino

Emprended de nuevo el camino

Pontoise

El cardenal no se iba derrotado, ni mucho menos. Su maniobra formaba parte de una clara estrategia para desenmascarar a los frondistas, que afirmaban que hacían su revolución contra él solamente. Al alejarse de la escena los obligaba a detenerse o a dejar al descubierto que era al rey a quien hacían la guerra. El grito de ¡Viva el rey y abajo Mazarino! dejaría de tener sentido. El cardenal establece sus motivos claramente en una carta del 4 de agosto a uno de sus agentes:

“Si el asunto de mi destierro es el arma más poderosa con la que cuentan los príncipes, sólo me resta desarmarlos, y no me resulta difícil tomar la decisión, especialmente puesto que los españoles tienen intención de prolongar los desórdenes en este país… Mi retirada provocará que o bien se establezca de una vez la paz en toda Francia o que se forme una coalición general contra Monsieur le Prince.”

Sin embargo no renunciaba a alcanzar un acuerdo pacífico con el príncipe antes de llegar a ese punto:

“Sostengo que un arreglo con Monsieur le Prince sería preferible a cualquier otra cosa, pues pondría fin a los disturbios en todo el reino.” Pero añade que si nada puede hacerse por atraerlo, la única solución es aislarlo. “No debe ahorrarse ningún esfuerzo en separarlo de Monsieur”.

Bouillon

El 22 de agosto, cuando Mazarino iba camino de Bouillon, los príncipes se ofrecieron a deponer las armas si el rey les garantizaba una amnistía y retiraba sus tropas hacia la frontera. Luis publicó una amnistía tres días después, pero se negó a recibir a los emisarios que le enviaban, y ni siquiera leyó la carta de Condé. El mensaje del rey era muy claro: “No era tiempo de negociar, sino de someterse”.

Pero Condé no tenía intención de humillarse. Rechazó la amnistía y convenció a Gastón para que también lo hiciera.

Los rebeldes reclamaban volver a ocupar los puestos que tenían antes de la guerra, así como un poder absoluto para concluir un tratado entre Francia y España. A Mazarino le entraban sudores ante la posibilidad de dejar la política exterior en manos de Condé y Gastón. Sabía, además, que Monsieur le Prince llevaba algún tiempo negociando secretamente con Inglaterra. El cardenal escribió por entonces:

“Es de la máxima importancia concluir un tratado con los ingleses, para impedir que se declaren a favor del Príncipe; pues no cabe la menor duda de que él está utilizando todos los medios a su alcance para ganarlos, ni de que, con la furia que lo posee, habría recurrido incluso a los Turcos si pensara que podrían servirle de algo”.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Condé abofetea a Rieux

Luis de Condé

El príncipe de Condé había tratado de impedir el duelo entre Nemours y Beaufort. Tan pronto como tuvo conocimiento de lo que Nemours se proponía hacer salió desesperadamente a su encuentro. El cochero estaba borracho, por lo que puso a un valet en su lugar y partió hacia el lugar de la cita; pero todos sus esfuerzos fueron en vano: llegaba demasiado tarde.

La etiqueta dictaba que Condé debía de ser el primero en presentar a sus condolencias a Madame de Nemours. El dolor de la viuda era desgarrador. Mademoiselle de Montpensier nos cuenta que nada podría inspirar más lástima que el estado en que se encontraba la joven duquesa, desvanecida por la pena, acostada en su cama pero con las cortinas apartadas para que todos pudieran verla, como era preceptivo. Las damas de su rango no tenían derecho a refugiarse en la soledad en tales momentos, sino que debían permanecer expuestas a la vista.

Lamentablemente ocurrió un incidente que resulta en realidad bien común en tales circunstancias: alguien acabó por hacer un comentario jocoso respecto de algún tema, lo que hizo reír a madame de Guisa. Aunque Mademoiselle de Montpensier y Condé trataron de reprimirse por todos los medios, les fue imposible y reventaron igualmente en carcajadas. Para salvar las apariencias tuvieron que dar por concluida bruscamente la visita antes de que la cosa fuera peor.

Jardines del palacio de Luxemburgo, residencia de Gastón de Orleáns en París

Y para rematar las cosas, al día siguiente Condé y Rieux se abofetearon en público en casa del duque de Orleáns. El incidente sucedió así: el príncipe de Tarento y el conde de Rieux tuvieron una riña por las mismas cuestiones de preeminencia que habían originado el duelo entre Nemours y Beaufort. Ambos habían acudido al palacio de Luxemburgo para resolver sus diferencias bajo el arbitrio de Gastón de Orleáns. Condé, que se encontraba en aquel lugar, tomó partido por el de Tarento, por tratarse de un pariente suyo. Pero resulta que Rieux, arrogante, se negó a dar a su rival el tradicional abrazo de reconciliación.

—Mirad que estáis faltando al respeto a Monsieur —le advirtió Luis de Condé.

Comenzó así nuevamente una agria disputa en el transcurso de la cual Rieux hizo un gesto despectivo con la mano, algo que Condé encontró tan sumamente ofensivo para con su persona que se abalanzó contra él y le respondió con un sonoro bofetón. Rieux se lo devolvió. Luis de Condé, como no iba armado con su espada, de inmediato se apoderó de la del barón de Migenne. Su rival desenvainó la suya, y el lance hubiera terminado de modo más trágico de no haberse arrojado entre ambos monsieur de Rohan, que hizo salir al conde. Rieux fue enviado a la Bastilla por aquel incidente, pues no se podía golpear a un príncipe de la sangre, y menos aún bajo el techo de un hijo de Francia como era Gastón. Por todo ello, pese a no haber sido el primero en golpear, era, según las leyes de su tiempo, el principal culpable.

El Gran Condé

Rieux pronto fue puesto en libertad, pero la sombra del escándalo lo persiguió aún durante algún tiempo.

Algo parecido había estado a punto de suceder durante la primera fronda, cuando Beaufort se impacientó con Elbeuf porque éste no hacía más que poner impedimentos a sus proyectos y le dijo a Bellievre:

—Si diese un bofetón a monsieur d’Elbeuf, ¿creéis que eso cambiaría la faz de los negocios?

—No, monseigneur —respondió Bellievre—; creo que eso sólo cambiaría la faz de monsieur d’Elbeuf.


martes, 8 de diciembre de 2009

Duelo entre Nemours y Beaufort

Les Tuileries, París

El infierno continuaba con una Fronda dividida y que parecía dispuesta a despedazarse entre sí. Por un lado estaban los más moderados, que apoyaban incondicionalmente al rey pero deseaban librarse de Mazarino, y por otro los más exaltados, que encontraban más conveniente desembarazarse de ambos. Por si fuera poco las rencillas personales se interponían frecuentemente causando grandes desgracias.

Beaufort y su cuñado Nemours ya habían tenido una gran trifulca recientemente, una situación terrible en la que Condé había tenido que mediar. Pero la herida no se había cerrado, y ahora surgía un nuevo enfrentamiento por una cuestión de preeminencia entre el duque de Nemours, perteneciente a la Casa de Saboya, y Monsieur de Vendôme, bastardo de la Casa Real de Francia y padre de Beaufort. Ello hizo temer que se reprodujera la escena en la que Beaufort había abofeteado a Nemours y éste, a su vez, hizo saltar la peluca de su adversario.

Hicieron prometer a Nemours que esperaría al menos 24 horas antes de intentar nada contra su oponente, pero Carlos Amadeo no lo cumplió, sino que corrió en busca de su cuñado, que en aquellos momentos se paseaba por las Tullerías con algunos caballeros amigos suyos. Nemours se fue derecho hacia él y le provocó.

Les Tuileries, París

Beaufort estaba dispuesto a no caer en la provocación, e intentó evitar el duelo.

—No puedo deshacerme ahora de las personas que me acompañan, monsieur —se excusó—. Sería mejor aplazarlo para otro día.

—Nada de eso os librará de batiros conmigo —replicó Nemours en voz bien alta—. Traeré un número igual de amigos para equilibrar la partida.

Ambos se dieron cita en el mercado de caballos, donde tendría lugar el duelo. Nemours regresó a su casa y reclutó a 4 de sus amigos que aceptaron acompañarlo sin vacilar. Carlos Amadeo llevó espadas y pistolas, y para no perder tiempo las había cargado ya. Mientras los padrinos discutían las condiciones, él quiso comenzar ya, y se dirigió a por Beaufort. Éste hizo un último intento de conciliación.

—Hermano, qué vergonzoso es dejarse llevar así por la ira. Seamos buenos amigos y olvidemos lo pasado.

Pero Nemours arrojó una pistola cargada a sus pies y retrocedió para medir la distancia precisa.

—¡No, cobarde! Es preciso que os mate o vos me matéis.

Y disparó su pistola al decir esto, pero viendo que no había alcanzado a su adversario, se arrojó contra él espada en mano. Beaufort usó entonces su pistola, disparó, y Nemours cayó herido de tres balas.

Muchas personas acudieron al oír el ruido, entre ellos un sacerdote. Pero el herido sólo tuvo tiempo de murmurar “¡Jesús María!”, tras lo cual oprimió la mano del sacerdote y falleció.

Tres de los amigos de Beaufort resultaron también heridos en aquel duelo, y dos de ellos murieron posteriormente a consecuencia de dichas heridas.