sábado, 31 de octubre de 2009

El león, el mono y el zorro

El Gran Condé

Desde los apartamentos de Ana de Austria el príncipe de Condé atravesó un pequeño gabinete que se abría a un segundo, a través del cual se llegaba a la habitación del cardenal y a la galería en la que deliberaba el consejo. Estaba a punto de entrar en los apartamentos de Mazarino cuando de pronto lo vio salir con la más florida sonrisa en los labios. Mientras conversaban se les unió el duque de Longueville, y finalmente el príncipe de Conti, hermano de Condé. El cardenal ya los tenía a los tres en su poder. Pidió a uno de los centinelas apostados a la puerta que fuera a informar a la reina que habían llegado, que todo estaba dispuesto y ya podía dirigirse a la cámara del Consejo.


Esta era la señal concertada entre ambos. Tan pronto como partió el centinela llegó el abate de La Rivière, quien, según habíamos visto, era al mismo tiempo amigo de Condé y favorito del duque de Orleáns. El cardenal pidió a los príncipes que lo excusaran, con el pretexto de que tenía asuntos importantes que tratar con el abate. Añadió que pronto se reuniría con ellos en la sala del Consejo.


Mazarino se llevó al abate a sus apartamentos. Allí le mostró numerosos modelos de paño en diferentes tonalidades de púrpura.


Mazarino


—Elegid la tela que mejor os parezca que irá con el tono de vuestra piel cuando alcancéis el cardenalato —lo animó.


La Rivière se quedó sin respiración: hacía dos años que ansiaba lo que le estaban ofreciendo ahora, y Mazarino esperaba que fuera suficiente para acallar sus protestas cuando Condé fuera arrestado.


Se escuchó un gran ruido que procedía de la galería. Mazarino sonrió y agarró por el brazo al eclesiástico como si se dispusiera a adoptar un tono aún más confidencial.


—¿No adivináis lo que está ocurriendo en estos momentos? —le preguntó.


La respuesta, por supuesto, fue negativa, por lo que el cardenal le informó del arresto. El abate palideció.


—¿Conoce Monsieur las intenciones de la reina? —quiso saber entonces, aludiendo con ese título al duque de Orleáns.


—No sólo las conoce, sino que además ha colaborado en su ejecución —sonrió Mazarino.


Para La Rivière fue un mazazo, porque si Gastón, que no se distinguía por ser un hombre discreto, le había ocultado algo así, eso debía de significar que él había caído en desgracia.


La reina, tan pronto como fue informada de que los príncipes habían llegado, despidió a la madre de Condé con el pretexto de prepararse para asistir al Consejo. Charlotte besó su mano, hizo una reverencia y se fue.


El conde d'Avaux


Mientras tanto, el príncipe de Condé hablaba con el conde d’Avaux con los ojos fijos en la puerta por la que habría de aparecer la reina. La puerta se abrió de repente, pero fue Guitaut, el capitán de la guardia, quien apareció en el umbral. Como era uno de los favoritos del príncipe, este imaginó que venía a solicitarle algún favor, y para evitarle una situación embarazosa dejó al conde y se aproximó al capitán.


—¿Qué puedo hacer por vos? —se ofreció solícito.


Guitaut bajó la cabeza.


—Nada tengo que pedir, monseigneur —dijo—. Mi misión es de otra naturaleza: traigo una orden de arresto para detener a Vuestra Alteza, a vuestro hermano, y a vuestro cuñado el duque de Longueville.


Enrique de Orleáns, duque de Longueville


A Luis de Condé le pareció tan imposible que repitió incrédulo esas palabras con una sonrisa de perplejidad en los labios. Guitaut insistió con evidente disgusto y extendió su mano hacia la espada que el príncipe llevaba a un costado. Luis no la entregó. Seguía convencido de que tenía que haber alguna clase de malentendido. Encargó al capitán que se dirigiera a la reina y le solicitara que le concediera una audiencia. Guitaut obedeció, pero le advirtió que no esperara nada, y que sólo cumplía sus deseos por respeto hacia él y en señal de buena voluntad.


A su regreso, en efecto, anunció que Ana de Austria se negaba a verlo, y que era su deseo que fuera arrestado cuanto antes. Condé, simplemente se inclinó como respuesta y entregó su espada. Su hermano el príncipe de Conti y monsieur de Longueville, siguiendo su ejemplo, rindieron también la suya.


Tan pronto como Gastón fue informado, exclamó:


—He ahí una buena redada: han caído un león, un mono y un zorro.


Con ello se refería, por este orden, a Condé, Conti y Longueville.


jueves, 29 de octubre de 2009

El instinto de una madre

Charlotte-Marguerite de Montmorency, princesa viuda de Condé

Luis de Condé había visitado al cardenal la misma mañana en que estaba previsto que se produjera su arresto. El secretario de Estado, Lyonne, escribía en la estancia, pero al acercarse el príncipe ocultó los papeles en los que se ocupaba. La interrupción había sido inoportuna, pues se trataba precisamente de las órdenes de arresto.


Luis, sin sospechar nada, permaneció charlando con el ministro y el secretario durante un cuarto de hora, y luego se despidió para ir a reunirse con su madre. La halló en un estado de gran agitación. Esa mañana la señora había estado en el Palais Royal visitando a la reina, y como podía entrar a cualquier hora, había sido admitida en el dormitorio. Encontró a la regente en la cama, quejándose de una indisposición, aunque no tenía ningún aspecto de enferma. Pero la causa de la alarma de la princesa fue que obviamente esa mañana la reina se encontraba incómoda en su presencia. La madre de Condé no olvidaba que la había visto exactamente en el mismo estado el día del arresto de Beaufort. Por consiguiente tenía un mal presentimiento, y rogó a su hijo que fuese con cuidado.


Luis, sin embargo, no veía motivos para preocuparse. Dijo a su madre que había visto a la reina el día anterior, y que se había mostrado muy amable con él. Añadió que hacía sólo 24 horas que había recibido una carta del cardenal, la cual extrajo de su bolsillo para mostrársela. La princesa leyó el siguiente mensaje, muy del estilo de Mazarino:



“Prometo al príncipe, con la complacencia del rey y por orden de la reina regente su madre, que nunca abandonaré sus intereses, sino que los sostendré contra todos; y ruego a Su Alteza que me considere su muy humilde servidor; y que me favorezca con su protección, que mereceré por toda la obediencia como él pueda desear de mí. Lo cual he firmado en presencia y por orden de la reina.”


Mientras su hijo permanecía tranquilo con tales seguridades, madame de Condé terminó de convencerse de que había mucho que temer. Le dijo que no era sólo aprensión suya, que el príncipe de Marsillac, que tenía la oportunidad de seguir de cerca la mayor parte de los movimientos de la corte, le había rogado que impidiera, de estar en su poder, que sus hijos aparecieran juntos en el Consejo.


En vano. Luis confiaba demasiado en su propia posición de fuerza dentro de la corte. Todo cuanto consiguió Charlotte fue que su hijo la acompañara a ver a la reina para interesarse personalmente por su salud.


La regente aún estaba en cama, pero las cortinas del lecho estaban cerradas, posiblemente para ocultar las emociones que la agitaban. El príncipe se aproximó y entabló conversación con ella. Encontró sus respuestas tan sosegadas que se reafirmó en su convicción de que, si bien no estaba exactamente en la cúspide del favor real, sí era al menos muy necesario para el bienestar de la corte. Así que después de los cumplidos de rigor se despidió tan tranquilo.


Al pasar junto a su madre, madame de Condé extendió su mano, que él llevó respetuosamente a los labios. Nunca volverían a verse.


miércoles, 28 de octubre de 2009

Entre el palacio y el convento

Gastón de Francia

La duquesa de Chevreuse tenía ocasión de hacer ver a la regente y al cardenal lo útil que aún podía ser con el asunto del arresto de Condé. En buenos términos con Gastón, se comprometió a hablar con él y ganarse su voluntad para asegurarse de que no se opondría.


Pronto se le ocurrió cómo: el duque de Orleáns, a pesar de que se había casado con su segunda esposa tras huir ambos juntos y desafiando a la oposición de ambas familias, de vez en cuando le era infiel con las damas de la corte. Y resulta que poco antes de esta intriga contra Condé había concebido una loca pasión por madamoiselle de Soyon, una de las damas de su esposa. Pero mademoiselle de Soyon de repente abandonó la corte para encerrarse en un convento de carmelitas del que ni amenazas ni promesas lograban sacarla.


Gastón, desesperado, apeló a la reina y al cardenal, pero como en ese momento ninguno de los dos estaba interesado en complacerle, dieron la excusa de que ni la voluntad real ni los poderes ministeriales tenían nada que hacer frente a una vocación religiosa.


Nada podría haber servido mejor a los planes de la Chevreuse. Mostró a Gastón su solidaridad y su comprensión para ganárselo y hacérsele simpática, y una vez conseguido le confesó el enojo de la reina con Luis de Condé. Le dijo que el enojo de Ana de Austria se debía incluso más a la interferencia con los intereses de Gastón que con los suyos propios, y le hizo ver la necesidad de que los rebeldes de la Fronda tornaran a la obediencia antes de que París volviera a ahogarse en sangre. Un buen argumento este último, pues Gastón, que nunca se había distinguido por su valentía, temblaba de miedo cada vez que se veía obligado a atravesar las calles para asistir al Parlamento.



Para culminar su discurso, se ofreció a revelarle el secreto de la cábala que lo había privado de su amada, y bajo condición de que le hiciera el juramento de que cuanto le dijera permanecería secreto. Sugirió, además, que podría inducirse a mademoiselle de Soyon a abandonar el convento.


Monsieur lo juró todo, nunca tenía inconveniente. Ella le dijo entonces que el complot lo habían originado la princesa de Condé y Louis Barbier, conocido como el abate de la Rivière, muy amigo del príncipe y favorito de Gastón. Sobre este abate, por cierto, hay un relato que cuenta que un día, hablando con la hija de Gastón, mademoiselle de Montpensier, le dijo que su padre era un príncipe prudente y religioso, y que valía mucho, a lo que ella, con su lengua afilada, respondió:


—Vos debéis saber cuánto, puesto que lo habéis vendido varias veces.


Madame de Chevreuse le explicó a Gastón que los motivos de la princesa de Condé eran que temía que sus enemigos se aprovecharan de la influencia de esta nueva favorita para perpetuar la enemistad entre Monsieur y su esposo. Y en cuanto a la Rivière, sus motivos para estar impidiendo el regreso de mademoiselle de Soyon eran obvios: los celos.


A Gastón le pareció todo tan increíble que pidió pruebas. Madame de Chevreuse, por supuesto, no había olvidado ese detalle, así que se las mostró de inmediato. La desesperación del duque se transformó en furia. Llegados a ese punto, la dama puso en sus manos una carta de mademoiselle de Soyon declarando que estaba dispuesta a dejar el convento si obtenía garantías de que la reina la protegería contra sus enemigos, aludiendo a la princesa y a La Rivière. Esto fue demasiado. Monsieur estaba ya dispuesto a todo. Despertado como un león de su letargo, la Chevreuse incluso temió haber ido demasiado lejos. Intentó sosegarlo y logró arrancarle la promesa de que le permitiría llevar aquel asunto como estimase conveniente.

Supuesto retrato de la duquesa de Aiguillon


Gastón se servía de la duquesa de Aiguillon, sobrina de Richelieu, para llevar a cabo las conversaciones con mademoiselle de Soyon en el convento y persuadirla de que regresara a la corte, puesto que la duquesa tenía una gran influencia sobre el confesor. Ella buscaba también la ruina de Condé, por lo cual se sumergió en la intriga que culpaba al abate. Finalmente la amada de Gastón accede a regresar al palacio de Luxemburgo a condición de que se le permita continuar vistiendo el hábito y vivir conforme a la austeridad religiosa.


Madame de Chevreuse pudo correr a informar a la reina acerca de su éxito. Ya no había ningún obstáculo para el arresto.


Por supuesto la víspera Gastón se puso enfermo, como siempre le ocurría cada vez que se metía en algún asunto que implicaba peligro o que resultara comprometido.


lunes, 26 de octubre de 2009

La última pasión

En el año 2006 un estudio de la historiadora del arte británica Zahira Veliz Bomford señaló que la mujer del retrato posiblemente se tratara de la duquesa de Chevreuse. El pormenorizado estudio de la vestimenta y complementos que lleva la dama revela, al parecer, que no pueden corresponder con una dama española. El punto de partida de la investigación fue una carta de 1638 en la que se cuenta que Velázquez hizo un retrato de una aristócrata del país vecino, con atuendo y un estilo típicamente francés. Es de señalar, sin embargo, que las facciones no se asemejan a otros retratos de la misma dama. El cuadro normalmente se exhibe en la sala principal de la colección Wallace, en Londres, junto con las obras maestras de pintura que atesoraban los marqueses de Hertford.


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Llegó a Bruselas un personaje que iba a jugar un papel importante en la vida de la duquesa de Chevreuse. Se trataba de Geoffroy, marqués de Laigue, barón du Plessis-Patay y Señor de Bondoufle. Procedía del Delfinado y era un caballero brillante y con fama de contarse entre los más valientes del reino, pero el cardenal de Retz también dice de él que era “muy grosero, el hombre de humor más cambiante del mundo, con poco sentido y mucha presunción”. Había nacido el 10 de noviembre de 1614. Tenía, por tanto, 34 años, catorce menos que madame de Chevreuse, y era el quinto de 10 hermanos. Destinado a la carrera eclesiástica, a la que hubo de renunciar debido a su carácter turbulento, había acudido a París, donde acabaría por dársele el mando de la compañía de guardias del hermano del rey. Se distinguió en el sitio de Gravelines y en la batalla de Lens. En la actualidad había dejado el ejército y se había lanzado a la Fronda.


Bruselas


Laigue se ofreció a Gondi para viajar a Bruselas y ponerse en contacto con madame de Chevreuse y, a través de ella, con España. Le propuso que, para ganarse a la duquesa, estaba dispuesto a convertirse en su amante. Marie ya tenía 48 años por entonces. Había perdido su belleza, pero continuaba siendo muy coqueta, y, cuando menos, se sentiría halagada. Gondi rió y aceptó.


Una vez en Bruselas, comenzó el cortejo. El primer intento fue descorazonador: la duquesa confesaría más tarde que veía en él a un actor, por lo que no mordió el cebo. Pero poco a poco Laigue fue venciendo sus prevenciones y ella se dejó conquistar. Fue su última y más larga pasión.


Cuando la duquesa se dio cuenta de que estaba a punto de alcanzarse la paz y de que sus esfuerzos, por tanto, eran inútiles, se apresuró a renunciar a la lucha y a escribir a sus amigos para que intercedieran por ella en la corte. Se dirigió a su hijo el duque de Luynes, a su marido, y a todo el bando de la Fronda por estimarlo el más fuerte. Su hijo, que se había alineado del lado del Parlamento, había sufrido las consecuencias: el conde de Grancey, a la cabeza de las tropas reales, había saqueado y quemado su casa de Lésigny.


Lésigny


Así pues, la petición del regreso de la duquesa de Chevreuse fue incluida entre las reclamaciones que presentaban los rebeldes para alcanzar la paz. Marie, en efecto, fue amnistiada.


Pronto estuvo de regreso en la corte. El pasado parecía olvidado, pero Mazarino conocía demasiado bien su carácter como para creer que alguna vez podría Marie renunciar a la intriga. En esas circunstancias, más valía tenerla de su parte que en su contra y, por tanto, resultaría conveniente darle un tema para dar rienda suelta a sus capacidades. En septiembre y octubre mantuvo frecuentes entrevistas con madame de Chevreuse y conseguía lo que nunca logró de ella Richelieu: convertirla en su aliada.


Desde su llegada a París continuaba viviendo con Laigue como lo había hecho en Flandes. Lo había instalado en su hogar, ante los ojos de su anciano esposo, que no puso ninguna objeción. La fortuna sonreía a Laigue, que junto a ella era recibido en todas partes. Un día iba a poder darle a su sobrina Marguerite de Laigue una buena dote. Él no se había casado. Y madame de Chevreuse, a pesar de su edad y de no haber podido retener esa belleza que explicó en otro tiempo las pasiones de las que fue objeto, aceptaba que este caballero representara públicamente junto a ella un papel que no le causaba sonrojo.


sábado, 24 de octubre de 2009

Prisionera en Inglaterra

Batalla de Marston Moor

No era intención de madame de Chevreuse permanecer mucho tiempo en Inglaterra. El país se encontraba en el momento más crítico de su revolución; los ejércitos reales acababan de sufrir la derrota de Marston Moor y Carlos I perdía el norte de su reino, que quedaba bajo control del Parlamento. En cuestión de unas pocas semanas una nueva derrota obligaría al rey a tratar de refugiarse en Escocia. Madame de Chevreuse no esperaba un gran recibimiento por parte de los parlamentarios, y no tenía ningún deseo de encontrarse con ellos.


Sus aprensiones se vieron plenamente justificadas: apenas alcanzar el barco las costas inglesas, dos navíos de guerra con la bandera del Parlamento se dirigieron hacia allá. Al reconocer a la duquesa, se le comunicó que no podían permitirle desembarcar, y que iban a trasladarla a la isla de Wight, donde aguardaría la decisión del Parlamento.


Una vez en la isla se enteró de que el gobernador era el conde de Pembroke, al que había conocido en la corte en otro tiempo, y que se encontraba en Londres en esos momentos. Marie le escribe en demanda de ayuda.


Philip Herbert, conde de Pembroke


El Parlamento, sin embargo, dio orden de no ponerla en libertad. Desesperada, Marie enfermó, padeció altas fiebres. Sin saber ya a quién podría recurrir, escribió al embajador de España. Éste accedió a intervenir en su favor, y gracias a su mediación la duquesa fue puesta en libertad y pudo abandonar Inglaterra para dirigirse a Bruselas y a Lieja.


Mazarino, nuevamente, la hacía seguir. Pronto supo que continuaba, irreductible, con sus intrigas. El cardenal constató que trabajaba más que nunca a favor de España. Hay una anotación de Mazarino por esas fechas en la que afirma que era realmente difícil desear la grandeza de Francia al mismo tiempo que se contentaba a madame de Chevreuse.


Marie, que esta vez no acababa de ver claro el progreso de sus planes, encargó a su marido que solicitara su regreso a la corte. Pero ni Mazarino ni la regente tenían deseos de complacerla.


Madame de Chevreuse


Por entonces surgía en Francia el conflicto con el Parlamento por el registro de los edictos fiscales, como hemos visto. La situación llega a ser tan insostenible que da lugar a la famosa jornada de las barricadas en agosto de 1648. Meses más tarde la regente y Mazarino, juzgando su situación insostenible, abandonaban París con la corte para refugiarse en Saint-Germain.


La duquesa recibía con alegría los acontecimientos desde su exilio, y animaba a los españoles a complicarle la situación a la regencia.


jueves, 22 de octubre de 2009

Jaque a la duquesa

Chavigny

El duque de Beaufort acudió a una fiesta que el conde de Chavigny, gobernador de Vincennes, ofrecía a la reina. Mazarino no asistía, y Ana de Austria recibía a Beaufort de modo glacial. Los amigos del duque le advirtieron que tuviera cuidado, pero él se encogió de hombros.


Al día siguiente el capitán de la guardia lo arrestaba y lo llevaba al château de Vincennes. Sus cómplices huyeron, fueron a refugiarse a Anet, con el duque de Vendôme, padre de Beaufort, que los acogió y los ocultó a la justicia.


Château de Anet


Mientras tanto en la rue Saint-Thomas du Louvre madame de Chevreuse se preguntaba qué iba a ocurrir ahora con ella. Ana de Austria sabía que tenía que ser prudente, pero firme, de modo que decidió esperar unas semanas antes de enviarla al exilio. Cuando lo hizo, todo el mundo respiró aliviado.


No había muchos motivos para ello, sin embargo: madame de Chevreuse se proponía continuar intrigando y poniéndose en contacto con los enemigos del cardenal fuera cual fuese el lugar al que la enviaran.


Mazarino la hacía vigilar. No se engañaba, ni le cabía la menor duda acerca de cuáles serían sus actividades. Se detuvo a gente portadora de cartas suyas al extranjero. Uno de ellos fue un médico italiano que había acudido a su casa. En una audaz operación, se lo sacó del carruaje en el que viajaba con la propia duquesa y su séquito; le pusieron las pistolas en el cuello y obligaron a todo el mundo a descender del coche. Marie escribió a Ana de Austria protestando por este incidente y solicitando la puesta en libertad del médico. No obtuvo respuesta.


Mazarino


El espionaje de Mazarino era tan intensivo que lo sabía todo sobre ella, hasta el menor de sus gestos. Supo que mantenía correspondencia con España y que se dedicaba a entorpecer cualquier posible acuerdo para alcanzar la paz. Era la época en que comenzaba la Fronda.


Ana de Austria se encolerizó al conocer las actividades de su antigua amiga. Prohibió que nadie, bajo ningún pretexto, fuera a verla. Poco a poco madame de Chevreuse iba quedando aislada, pero, temiendo que no fuera suficiente, en abril de 1645 la guardia se presentó a buscarla para conducirla a Angulema, donde debería permanecer en el castillo hasta nueva orden. Sin salir. Esta vez la encerraban.


Angulema


Resulta curioso que Richelieu, ante intrigas más concretas y peligrosas y hallándose él mismo en la cúspide de su poder, con suficiente fuerza para proceder contra cualquiera, jamás llegó a tomar esa decisión. Siempre había una excusa que libraba a la condesa: era una mujer, pertenecía a una familia a la que no convenía molestar… Ahora seguía siendo una mujer, pertenecía a la misma familia de antes y representaba menos peligro. Por si fuera poco, la posición de la regente y el cardenal era precaria, pues comenzaba a soplar la Fronda y el riesgo de molestar a grandes apellidos y de que estos lo utilizasen como pretexto para alzarse en su contra era mucho mayor. Y sin embargo Ana sí tomó esa decisión que nunca fue capaz de tomar Richelieu. ¿Por qué el cardenal protegió siempre tanto a la duquesa?


Marie, por supuesto, continuaba lejos de la sumisión. No tenía la menor intención de dejarse encerrar, así que rápidamente hizo planes para fugarse. Solicitó unas horas para hacer sus preparativos y las empleó en ultimar los detalles de la huida: esa noche, con su hija Charlotte y dos de sus sirvientes, subió en un carruaje y se dirigió a Saint-Malo. En el puerto había un navío inglés a punto de partir hacia Dartmouth, y en él se embarcó la duquesa.


martes, 20 de octubre de 2009

La muerte ronda a Mazarino


El bando llamado de los Importantes acabó por planear el secuestro y muerte de Mazarino, idea de madame de Chevreuse. El plan era el siguiente: una tarde, cuando el cardenal fuera en su carruaje acompañado apenas de cinco o seis lacayos, tras abandonar el hôtel de Clèves, cerca del Louvre, se atacaría el vehículo. Espías apostados en las tabernas del barrio vigilarían y darían el aviso. A esta señal, en las calles que rodean el palacio del rey, pequeñas, estrechas, mal iluminadas, desiertas, los conjurados rodearían la carroza; unos cuantos detendrían los caballos mientras Beaufort, con otros de ellos, permanecerían detrás, a caballo, impidiendo cualquier posible intervención. La duquesa se quedaría en la corte, donde apaciguaría a la reina e intentaría reconciliarla con Beaufort.


El cardenal de Retz se burlaba del complot, que le daba la impresión de haber sido urdido por cuatro o cinco lunáticos. Resultaba tan extravagante que algunos contemporáneos no le dieron crédito, pero consta que, en efecto, Mazarino fue prevenido contra el atentado por esas fechas.


Los conjurados pensaron que podrían llevar mejor a cabo el proyecto fuera de París. Se anunció que el cardenal acudiría a la Barre. Sólo había que atacarlo en pleno campo. Pero desgraciadamente para ellos el cardenal partió en compañía de Enrique de Lorena, conde de Harcourt. Enrique, apodado Cadet la Perle, por ser el menor de la familia y por llevar siempre una perla en la oreja, era pariente de la duquesa de Chevreuse. Suficiente para detener el complot, dado que no querían arriesgarse a asesinarlo también a él. De modo que se renunció y aguardaron a mejor ocasión. Ésta se presentó una noche en que Mazarino acudía a cenar a Maisons. Pero, como vimos en su día, de pronto apareció Gastón y decidió acompañar al cardenal. Nuevamente no podían hacer nada.


El conde de Harcourt


Los cómplices, impresionados por estas casualidades, comenzaron a dudar, diciendo que si no acababa de presentarse la ocasión era porque Dios estaba contra ellos. La duquesa decidió entonces terminar de una vez ese asunto: resolvió que se atacaría a Mazarino cuando acudiera al Louvre. Para ello tomó sus precauciones y se arregló para que el duque de Epernon ordenara a los guardias que no se movieran oyeran lo que oyeran, y que mantuvieran las puertas cerradas.


Se fijó como fecha el 30 de agosto. Esa tarde los cómplices se daban cita en el Quai du Louvre, en la taberna de los Dos Ángeles, al ponerse el sol. Pero la visión de ocho o diez caballos ensillados esperando a la puerta de un establecimiento tan próximo a palacio despertó sospechas. Se avisó a Ana de Austria, que a su vez previno a Mazarino, y éste decidió no salir.


Al día siguiente, desde el amanecer, en la corte no se hablaba de otra cosa que del incidente de la víspera. ¿A quiénes pertenecían esos caballos? ¿Qué hacían allí? En la mente de todos estaba la única explicación posible: había estado a punto de perpetrarse un atentado contra Mazarino. Se acusó a Beaufort y sus amigos de haber querido asesinar al cardenal. La conmoción fue tremenda. Se reunió el Consejo, al que asistieron el príncipe de Condé y Gastón, además de los ministros. Mazarino tenía pruebas que permitían tomar la decisión de arrestar a Beaufort.


domingo, 18 de octubre de 2009

El fin de una amistad

Ana de Austria

El 14 de mayo de 1643 moría el rey. La regencia quedaba en manos de Ana de Austria, por lo que madame de Chevreuse se hizo ilusiones de recuperar su favor. Pero la reina ya no veía a su vieja amiga con los mismos ojos. Comenzaba a ser consciente de la ligereza y la inconsecuencia de una mujer que la había impulsado a representar papeles indignos. Cierto es que no había sido necesario empujarla muy fuerte para aceptar un papel que en el fondo era de su agrado, pero ahora que el panorama había cambiado trataba de justificar sus errores culpando de ellos a Marie. Se daba cuenta de que su influencia había sido nefasta, y estaba decidida a desembarazarse cuanto antes de ella y del peligro que representaba en esos momentos para sus nuevos intereses. Y es que ahora la inquietud se apoderaba de la reina al temer que la duquesa conspiraría contra Mazarino, el hombre en el que ella se apoyaba, igual que en su día había conspirado contra Richelieu.


Ana tenía sobradas razones para temer por Mazarino, porque se estaba formando una poderosa coalición contra él. El duque de Beaufort, un joven de 27 años por entonces, presuntuoso, ligero, apasionado, atacaba con ardor al cardenal, y había logrado reunir a un grupo de partidarios en torno a él. Los amigos de madame de Chevreuse aprovecharon la ocasión y le explicaron a la reina que había que recurrir a los Guisa-Lorena para contrarrestar la otra facción. Para ello se necesitaba a la duquesa, cuyo regreso se convertía ahora en una necesidad política. De ese modo se le concedió una especie de autorización implícita para regresar.


El 6 de junio de 1643 Marie abandonaba Bruselas. La seguían 20 carruajes repletos de damas y caballeros españoles y flamencos. Por orden de Mazarino se la recibía en todas partes con honores.


Bruselas


A su llegada a la corte, Marie estaba convencida de que tan pronto como se encontrara con la reina iba a recuperar su vieja influencia. Sin embargo, cuando se presentó ante ella en el Louvre fue recibida con frialdad. Ana, incómoda, le dijo que los aliados de Francia podrían recelar de su regreso si la sabían demasiado cerca de ella, y que por eso era preciso que hiciera un viajecito al campo, a Dampierre. Marie respondió que estaba dispuesta a obedecer, pero que suplicaba a la reina considerar que toda Europa sabía que había sido perseguida por amor a Su Majestad, y que tal vez se dañaría a sí misma si la alejaba.


Decepcionada, casi sin reconocer a la que en otro tiempo había sido su amiga, madame de Chevreuse no tarda en pronunciarse abiertamente contra Mazarino y se pone en contacto con el grupo de Beaufort, al que ya se llamaba Los Importantes. Se cumplían los peores presagios de la reina.


Mazarino está muy preocupado por la duquesa. Siempre habla de ella, se irrita, expresa impaciencia y cólera: “Es preciso alejar a esta Chevreuse que hace mil cábalas”. “¡Esta mujer quiere arruinar a Francia!” “Todo se agravará con el tiempo hasta llegar a un punto en que ya no tenga remedio”. Desalentado, por un momento incluso llegó a pensar en abandonar la lucha y marcharse de Francia.

Mazarino


Fue por entonces cuando tuvo lugar el asunto de la carta de la discordia, que vimos en su momento. A alguien se le cayó una carta de amor durante una recepción en casa de Madame de Montbazon, madrastra de la duquesa de Chevreuse. La Montbazon aprovechó la circunstancia para lanzar el rumor de que la carta se le había caído a Coligny e iba dirigida a madame de Longueville, la hermana de Condé. No era cierto, pero vio el modo de asestar un buen golpe a una rival. La Casa de Condé se remontó y se armó un gran alboroto. Como consecuencia la reina acabó enviando al exilio a madame de Montbazon. Todo esto agitó aún más al partido de los Importantes, que asumía su defensa.


viernes, 16 de octubre de 2009

La proscrita

Madame de Chevreuse

Cuando la duquesa se enteró de que su marido estaba en camino, organizó una escena terrible. Juró que no lo esperaría, que antes de que llegara huiría a Flandes. Dicho lo cual corrió a colocarse bajo la protección del rey de Inglaterra, quien le prometió que no permitiría que la obligaran a regresar. Luego escribió a su marido pidiéndole que no emprendiera el viaje. El duque le respondió que su intención sólo era verla y hablar de sus asuntos, y que no comprendía el motivo de su alarma. Entonces ella lanza su amenaza: si insiste con ese tema, pasará a España.


Decidido, sin embargo, el duque de Chevreuse se puso en marcha. Pronto vinieron a comunicarle que su esposa había cumplido su amenaza y desembarcado en Flandes, uno de los dominios del rey de España. Había partido el martes 11 de mayo en compañía del embajador español, marqués de Velada.


Richelieu pidió al duque que escribiera al rey de Inglaterra solicitándole que no volviera a recibir a su esposa en su reino. Monsieur de Chevreuse así lo hizo, pero la respuesta de Carlos fue la siguiente:


“Siendo vuestra esposa dama de tan alto rango y no habiéndome dado durante su estancia en mi corte el menor motivo de descontento, no veo cómo podría denegarle el regreso cuando ella tome la decisión. Es un favor al que pueden aspirar los particulares, cuánto más cabe esperarlo en una dama tan eminente”.


Carlos I

Pero en Flandes Marie se encontraba sola y sin dinero, por lo que trató de hacer las paces con Luis. Le escribió, mas era demasiado tarde: el rey no respondió. Escribió entonces a Ana de Austria. La carta fue interceptada, pero Luis dio instrucciones de que se le entregara, sin abrir, a la reina. Ana se negó a recibirla diciendo que “no le apetecía abrir la carta de una persona que se comportaba como madame de Chevreuse y que se encontraba en el lugar en el que se encontraba. No sabía qué fantasía o desvarío había impulsado a esa dama a escribirle”. ¡Ah, pero es que ahora Ana tenía un hijo francés por cuyos intereses debía velar! Eso lo cambiaba todo. De pronto encontraba reprobables las mismas conspiraciones en las que en otro tiempo había participado tan de buen grado. La duquesa, por supuesto, no hubiera podido comprender la razón de esta nueva actitud, puesto que a ella la maternidad nunca la había influido en absoluto.


Marie se dirigió entonces al cardenal. Tampoco obtuvo respuesta. Inasequible al desaliento, fue a ver al gobernador de los Países Bajos y coqueteó con él. Madame de Chevreuse estaba a punto de cumplir 40 años, pero retenía todas sus dotes de seducción, y, según Mazarino, el gobernador sucumbió. Por él recuperó su poder y se ofreció a hacer de intermediaria entre el rey de España y aquellos franceses que querían sublevar la Guyena contra Luis XIII. Semanas más tarde se lanzaba de cabeza a la revuelta del conde de Soissons, a quien ayudó a reclutar tropas. El conde había tomado las armas contra el rey en la frontera, del lado de Sedan, pero fallecía poco después en la batalla de Marfée en julio de 1641.


El conde de Soissons


Pronto una circunstancia iba a cambiar el panorama en Francia: la muerte llegaba también para Richelieu el 2 de diciembre de 1642.


El rencor del rey hacia la duquesa permanecía inalterable tras la pérdida de su ministro. Luis, que no habría de sobrevivir muchos meses al cardenal, no sólo no estaba dispuesto a consentir el regreso de madame de Chevreuse, sino que repetía una y otra vez que cuando él falleciera tampoco se le debería permitir. Decía que nadie mejor que él conocía las complicaciones que esta mujer podía ocasionar, y que era preciso apartarse de ella como de la peste. Llegó a hacer constar esta prohibición por escrito en su testamento, tres semanas antes de morir:


“Como nuestro deseo de preveer todos los asuntos que podrían entorpecer en alguna medida las disposiciones que hemos tomado para mantener el reposo y la tranquilidad de nuestro Estado, el conocimiento que tenemos de la mala conducta de la señora duquesa de Chevreuse y los artificios de los que se ha servido hasta ahora para sembrar la división en nuestro reino, las facciones y los tratos que mantiene fuera con nuestros enemigos, nos hacen estimar adecuado prohibirle… la entrada en nuestro reino durante la guerra, e incluso queremos que después de que la paz sea concluida y ejecutada, ella no pueda regresar a nuestro reino si no es por orden de dicha señora regente, con el asesoramiento de dicho Consejo…”