miércoles, 30 de septiembre de 2009

El espía de la duquesa

Marie de Rohan, duquesa de Chevreuse

La duquesa de Chevreuse decidió que había que salvar a Ornano. Para ello recurrió a Henri de Talleyrand, conde de Chalais, un joven apuesto y agradable, muy apreciado por las damas de la corte y también Gastón y por el propio rey, de quien había sido compañero de juegos durante la infancia. Los Talleyrand eran descendientes en línea directa de los antiguos condes soberanos del Périgord. La madre de Henri, Françoise de Montluc, le había procurado un buen matrimonio con la joven viuda de Charles de Chabot, conde de Charny, pero era de la duquesa de Chevreuse de quien estaba locamente enamorado. No era, en cambio, correspondido, como resulta evidente por las cartas del propio Chalais. Sin embargo, Marie utilizó la pasión que inspiraba en el joven para atraerlo a su causa. Chalais, por su cargo junto al rey, estaba en disposición de conocer las intenciones del gobierno. Además, por su amistad con Gastón, en el momento en el que éste, desamparado, no supiera a quién recurrir, podría hacerse con la situación y conducirlo como lo conducía Ornano.


Para llevar adelante su plan dio esperanzas a Chalais. Más tarde éste escribiría a Richelieu: “Yo estaba enamorado. Ella hacía cuanto podía por hacerme creer que me encontraba de su agrado”. La cuestión es que fue engañado, y que Marie obtuvo cuanto quiso de él. “Ese pequeño contrato recordaba mucho a los que se hacen con el diablo”, confesaría él.


Para mejor asegurarse su colaboración, la duquesa llegó a decirle que Richelieu estaba enamorado de ella y era, por tanto, su rival. Veremos más adelante que no es la única ocasión en la que Marie hace esta clase de confidencias sobre el cardenal, lo que obliga a plantearse cuánto podría haber de cierto, y si sería eso lo que había detrás de la excesiva inquietud de Richelieu cuando la duquesa residió en el hogar de Buckingham, entre otros llamativos detalles que iremos examinando.


Henri de Talleyrand


Sea como fuere, no era la clase de confidencia capaz de dejar indiferente a Chalais. Si sumamos esto a que el joven estaba descontento porque no había sido recompensado por dos o tres servicios prestados, no tenía mucho que pensar antes de arrojarse a la conspiración. Los astrólogos le habían predicho que no habría término medio en su vida: sería feliz y poderoso o muy desdichado. Confiando en la primera parte del presagio, creyó ver ahí su fortuna, y decidió asumir el riesgo.


La dama no fue menos imprudente al confiar así en un joven que apenas conocía, inconsistente, sin firmeza. De hecho, fue él quien denunció los planes de los Vendôme para secuestrar a Richelieu. Chalais explicó a la reina y a madame de Chevreuse que, descubierto el secreto, había sido amenazado con ser denunciado si no acudía él mismo a informar a los ministros, por lo que no le había quedado alternativa. Pero ahora, animado por la duquesa, Chalais cumplió con su cometido junto a Gastón. Aunque al principio sus intentos fueron acogidos con frialdad, pronto volvió el príncipe a morder el anzuelo.


Chalais, sin embargo, no era rival para Richelieu, partidario nuevamente de atraerlo con favores y utilizarlo para que traicionara a sus cómplices. Le ofreció grandes beneficios a cambio de colaborar al matrimonio de Gastón con la duquesa de Montpensier, y él aceptó.


Château des Talleyrand-Périgord


Madame de Chevreuse se inquietó al oír los rumores: al parecer, Monsieur había decidido aceptar ese matrimonio. Decían que el rey haría venir de inmediato a la novia. ¿Qué hacía, pues, Chalais? Marie interrogó al joven. Ya no podía caberle la menor duda: se había pasado a Richelieu. Cubrió de reproches a su enamorado y lo presionó tanto que finalmente no pudo resistir. Chalais regresó junto a Monsieur y lo volvió más rebelde que nunca contra ese matrimonio.


Marie resolvió hacer huir a Gastón hacia Lorena, para lo que volvió a utilizar al enamorado. Richelieu espiaba. Se sabía que Chalais iba cada tarde a ver al príncipe y pasaba horas enteras en su compañía. Henri acabó confesando al cardenal que no había sido capaz de atenerse a su palabra, pero al mismo tiempo estimó que ya no podría salir de ese mal paso si no era huyendo a la vez que Gastón. Decidió salir de Nantes, donde se encontraba, con el pretexto de una excursión. Se había fijado el día para la partida, pero el plan fracasó porque Richelieu, prevenido a tiempo, había enviado dos compañías de caballería ligera para detener a los fugitivos. Chalais buscó entonces otros medios.


lunes, 28 de septiembre de 2009

El asunto de Gastón

Gastón de Francia

Madame de Chevreuse no tenía suficiente con intrigar contra Richelieu. ¡Qué va! Fue mucho más lejos: puesto que la salud del rey era delicada, cabía la posibilidad de que falleciera pronto, y entonces sería su hermano Gastón quien subiría al trono. En ese caso, y para seguir siendo reina de Francia, ¿por qué Ana no se casaba con él?


La cuestión era delicada, porque, una vez hechos los planes, tal vez ya no todos tendrían la paciencia de esperar a que el rey falleciera, y alguien caería en la tentación de adelantar su final. A fin de cuentas, aunque su salud no era buena, era un hombre muy joven y no se encontraba en peligro inminente de muerte. Por tanto, cabía preguntarse qué era lo que se estaba tramando en realidad.


La reina, sin embargo, prestó oídos a este proyecto y se llevaban a cabo conversaciones secretas.


Gastón, entonces duque de Anjou, aunque más tarde llevaría el título de duque de Orleáns, tenía 17 años. Era un joven de expresión poco inteligente del que lo máximo que podía decirse es que resultaba simpático. Tímido, nervioso, vanidoso, siempre se mostraba dispuesto a imponer a los demás hasta los menores gestos de etiqueta que le fueran debidos. Así, por ejemplo, no permitía nunca a las mujeres sentarse en su presencia, ni a los hombres hablarle con la cabeza cubierta. Era tal joya que, de hecho, cuando más tarde Luis XIII reprochó a su esposa haber deseado su muerte para casarse con su cuñado, ella pudo exclamar:


—¡No hubiera ganado nada con el cambio!


Gastón de Francia


Pero entonces se anunció el matrimonio de Gastón con la duquesa de Montpensier, la candidata que deseaba María de Médicis. Parecía que ahí terminaba la intriga de madame de Chevruse, pero no fue así. Ella no se conformaba. Le dijo a Ana de Austria que no estaba aún todo perdido, y que lo que había que hacer era oponerse a ese matrimonio e impedirlo a toda costa. Lo mejor era conseguir que el propio Gastón se negara a esa boda. Para ello Marie recurrió al coronel Ornano, gobernante del príncipe. Ornano gozaba de gran autoridad sobre él y podía inducirlo a hacer lo que él quisiera. Al coronel le importaba un bledo con quién se casara su pupilo. Lo único en lo que pensaba era en que, si alcanzaba el trono, él sería el hombre más poderoso del reino.


El complot creció. Personajes como el duque de Vendôme se implicaron en él. Richelieu sólo veía dos maneras de resolver ese enojoso asunto: ser prudente y ganar a los conjurados mediante cargos y favores, lo cual no había dado resultado hasta entonces, o alejar de Monsieur a los culpables al tiempo que se evitaba que éste se fugase de la corte.


Comenzó a correr el rumor de que los Vendôme, aprovechando que Richelieu, que vivía en el château de Fleury, acudía al Consejo en Fontainebleau a través del bosque y poco acompañado, tenían la intención de secuestrar al cardenal y matarlo. Luis XIII dispuso que una tropa de caballería escoltara su carroza. Luego, con el pretexto de ejecutar unas maniobras, envió un regimiento a Fontainebleau. La tarde en que llegaron los guardias, el rey hizo llamar al gobernante de su hermano, y cuando éste acudió fue arrestado por el capitán de la guardia, y llevado prisionero a Vincennes. Poco después el rey obligaba a Gastón a firmar una declaración por la cual abandonaba a sus cómplices y prometía fidelidad al rey.


Bosque de Fontainebleau


Madame de Chevreuse pasó seis días encerrada en sus apartamentos, temiendo a cada instante que vinieran a arrestarla. Pero, como con el transcurso de los días no sucedía nada, recuperó su valor. Luis nada podía hacer, pues no tenía pruebas contra ella. Sin pruebas concluyentes no convenía indisponer a grandes y poderosas familias en ese momento.


Para Marie esto significaba que ya podía continuar con la labor emprendida.


sábado, 26 de septiembre de 2009

La estancia en Inglaterra

Palacio de Hampton Court

Por suerte para Ana de Austria, Buckingham sólo permaneció una semana en la corte, con lo que los enemigos de la reina tuvieron poca ocasión de arruinarla. Sin embargo, los gestos, las miradas entre ambos eran tan elocuentes que no fue difícil que Luis XIII y sus ministros fueran pronto informados de cuál era el tema de conversación favorito en la corte. Por consiguiente el rey decidió apresurar el regreso del duque a Inglaterra, y con él iría Henrietta Maria rumbo a su destino.


Henrietta partió el 2 de junio a las cinco de la tarde, montada en una litera de terciopelo rojo y escoltada por arqueros a caballo. La corte, sin embargo, los acompañaría en su ruta a través de suelo francés. No era, por tanto, el momento de la despedida para Ana de Austria; la aguardaban otras ocasiones de encontrarse con el duque, pero, aun así, el asunto jamás excedió los límites de una atracción platónica.


Madame de Chevreuse siguió a la comitiva hasta Inglaterra, y allí el rey dispuso que se alojara en el castillo de Richmond. Buckingham la frecuentaba mucho, podía pasar cinco o seis horas encerrado con ella cada día. Marie incluso pasó dos semanas en el hogar del duque sin la compañía de su marido. El obispo de Mende denunció esta situación a Richelieu. Éste se alarmó de un modo que personalmente considero desproporcionado, pero que, como veremos más adelante, podría tener su explicación: una sorprendente explicación. El caso es que el cardenal quiso hacerla regresar de inmediato; sin embargo, como estaba encinta, el rey de Inglaterra se opuso a que emprendiera el viaje. Desde ese momento iban a establecerse entre ella y el cardenal sentimientos de antipatía profunda.


Anne Marie de Chevreuse


Marie dio a luz en el palacio de Hampton Court. Tuvo una hija a la que llamó Anne Marie y que fue religiosa, abadesa de Pont-aux-Dames. Sólo daría hijas a su segundo esposo: otra de ellas, Henriette, nacería en 1631 y fue también religiosa, abadesa de Jouarre; y Charlotte, nacida en 1627, conocida como mademoiselle de Chevreuse.


Pronto llegó el tiempo de regresar a Francia. Una vez allí, se dedicó a poner a Ana de Austria en contra de Richelieu. Madame de Motteville nos cuenta: “No cesaba de hablarle a la reina. Odiando ambas al cardenal de Richelieu, no había nada que encontraran tan agradable como hacerle desprecios, tanto más cuanto la reina estaba persuadida de que le rendía malos servicios junto al rey”.


jueves, 24 de septiembre de 2009

El asunto del Duque de Buckingham

George Villiers, Duque de Buckingham

La duquesa de Chevreuse nunca dejó de estar en todas las salsas. Ella y su segundo esposo tuvieron un papel destacado en el matrimonio de Henrietta con el rey de Inglaterra. Como Carlos I no podía abandonar su reino, se acordó que se casarían por poderes y que sería el duque de Chevreuse quien le representaría en Francia. Después de la ceremonia, el duque debía acompañar a la recién casada a Inglaterra, y madame de Chevreuse le seguiría.


¡Que gran ocasión para la intriga! No iba a poder resistir lanzarse a una de ellas cuando 13 días después de la ceremonia, el 24 de mayo de 1625, llegaba a París el joven y seductor George Villiers, duque de Buckingham, para conducir a Henrietta a Inglaterra. La Chevreuse intentaría lanzar a Ana de Austria de cabeza a la aventura.


Marie también conoció su primer verdadero amor por esas fechas. Se trataba de uno de los embajadores ingleses, Henry Rich, conde de Holland, enviado para apresurar las negociaciones que culminaron en la boda. El embajador era joven, apuesto y elegante, y ella no resultó insensible a sus encantos. Residía la duquesa por entonces en la rue Saint-Thomas du Louvre, entre la rue Doyenné y Saint-Honoré. Holland no tardó en hacerse asiduo en aquel hogar, y el marido no veía nada.


Henry Rich, Conde de Holland


Fue con este hombre con el que Marie concibió la idea de organizar una intriga galante entre Ana de Austria y el duque de Buckingham. Madame de Motteville nos cuenta lo siguiente al respecto: “Madame de Chevreuse me ha dicho… que obligaba a la reina a pensar en Buckingham, hablándole siempre de él y quitándole los escrúpulos que ella tenía… Sin embargo he oído decir a madame de Chevreuse y con exclamaciones al respecto, que era cierto que la reina tenía el alma bella y el corazón bien puro, y que a pesar del ambiente en el que había nacido, donde, como ya he dicho, la palabra galante está de moda, ella se había tomado todas las molestias del mundo por evitar tomarle el gusto a la gloria de ser amada”.


La razón de esta intriga era que a Marie se le había metido entre ceja y ceja que la reina debía dar un heredero a la Corona, y si el rey no se ocupaba de ello, seguramente encontrarían otro caballero mejor dispuesto y que resultara del agrado de Ana. Al menos el cardenal Richelieu y Gastón de Orleáns estaban convencidos de que eso era lo que había en el fondo de todo. Cuando, más adelante, la duquesa regresó de uno de sus exilios, el cardenal recogió las siguientes palabras pronunciadas por Gastón: “que se había hecho volver a madame de Chevreuse para proporcionarle a la reina más medios de tener un hijo”.


Hablaron los intrigantes, entonces, con el osado duque de Buckingham, al que encontraron con muy buena disposición de ánimo. Él ya había visto a la reina un par de años antes, cuando había acompañado a España al príncipe de Gales, quien se proponía en aquel tiempo concertar un matrimonio con la infanta española. A George le había agradado Ana y, además, él se consideraba irresistible, así que era de esperar que no opondría resistencia.


George Villiers, Duque de Buckingham


Curiosamente, consta que venía intentando atraerse la buena voluntad de Ana de Austria desde mucho antes: hay al respecto una nota dirigida al duque de Chevreuse con fecha del 26 de abril de 1620 y que dice: “Me atrevo a suplicaros que os toméis la molestia de posar vuestros ojos sobre los 8 caballos de carroza que envío a la reina y que ordenéis que le sean presentados a la hora que estiméis, para que, acogido a vuestra autoridad, la culpa que merece esta osadía pueda verse paliada; es una protección que espero de vuestro favor”.


La cuestión es que Ana de Austria, a pesar de esa alma bella y corazón puro, pareció conmovida al conocer al duque, sin que diera la impresión de ser capaz de calcular las consecuencias. “Por los consejos de madame de Chevreuse, la reina no había podido evitar, a pesar de la pureza de su alma, complacerse en esta pasión”. Eso nos dice madame de Motteville, amiga de la reina. Françoise Bertaut de Motteville era hija de una dama española que fue la secretaria personal de Ana de Austria. No dejó de serle absolutamente leal, a pesar de todas las intrigas de la Fronda. Su devoción fue inconmovible. Y ella nos dice eso. La reina le confió más tarde que le había hecho a Buckingham esta confesión: “que si una mujer honesta hubiera podido amar a otro hombre que no fuera su marido, él habría sido el único posible”.


martes, 22 de septiembre de 2009

Los dos matrimonios

Place du Carrousel - París

En París el duque de Luynes compró para su esposa el Hotel de la Vieuville, construido por el arquitecto Clément Métezeau en lo que es la actual plaza del Carrousel. Ella fue nombrada superintendente de la Casa de la reina. Esto se hizo al principio muy a pesar de Ana de Austria, acatando la voluntad del rey su marido, pues en realidad la reina detestaba al favorito y por nada del mundo hubiera querido tener a su esposa tan cerca. Sin embargo, poco a poco Marie de Rohan se fue ganando su simpatía.


A los 16 meses de su matrimonio Marie tuvo una hija. Desde el primer momento planeó prometerla a algún gran personaje, en lo que encontró la colaboración de la reina. El elegido fue monsieur de Joyeuse, hijo del duque de Guisa.


El 25 de diciembre de 1620 daba a luz un hijo. El favor del que gozaba para entonces era tal que Ana de Austria la veló toda la noche, y por la mañana incluso repicaron las campanas. Luis XIII, que en ese momento estaba en Calais con Luynes, hizo disparar los cañones para anunciarle al padre la buena nueva.


Charles d'Albert, duque de Luynes


Dicen que el propio rey se sintió pronto seducido por los encantos de Marie. Sin embargo, como afirma Tallemant des Reaux, “nunca tuvo la intención de convertir en cornudo al condestable de Luynes”. Virtuoso, tímido y poco emprendedor, Luis no era lo suficientemente osado. Además, si bien pudo sentirse atraído en algún momento, la dama no era de su agrado por la gran influencia que ejercía sobre Ana.


Luynes falleció en diciembre de 1621. Hacia el final de su vida, las relaciones de su esposa con el duque de Chevreuse, príncipe de Lorena y hermano de la princesa de Conti, resultaban de lo más sospechoso. Luis XIII, en un arrebato de mal humor contra Luynes, le había dicho que monsieur de Chevreuse estaba enamorado de su esposa.


Charles d'Albert, duque de Luynes


De regreso a París tras la campaña en el Midi, en el transcurso de la cual había fallecido el duque, Luis no fue a ver a madame de Luynes. La joven estaba a punto de dar a luz. El rey dijo que debería abandonar el Louvre, pues no convenía que el acontecimiento tuviera lugar en el palacio real, privilegio reservado a los príncipes de la sangre. Posteriormente retiró la orden, pero la hizo trasladar a un lugar más pequeño y oscuro dentro del palacio. Así dio a luz Marie a una niña.


La reina la distinguía entonces con su amistad. María de Médicis se había reconciliado con su hijo y había regresado para emponzoñar aún más la convivencia entre los esposos. Madame de Luynes era en esos momentos el único refugio de Ana de Austria. Fue ella, al parecer, quien tuvo la infortunada idea de incitar a la reina a correr y patinar por aquel corredor, lo que provocó su caída y posterior aborto. La cólera del rey fue indescriptible. Marie quedaba en una posición muy delicada, pero no se rendía.


María de Médicis


Y esto nos lleva a Claudio de Lorena, primero Príncipe de Joinville y luego duque de Chevreuse. Era el tercero de los cinco hijos del duque de Guisa. Hacia 1622 tenía 45 años. Había tenido numerosas amantes: siempre se encaprichaba de las del difunto Enrique IV, por lo que en una ocasión el rey le había enviado en un viaje a Inglaterra para librarse de su molesta presencia. Todos conocían sus relaciones con la esposa del gobernador de El Havre, con una famosa cantante de su época y sobre todo con la mariscala de Fervaques, una viuda no precisamente joven inflamada de pasión por él y que le permitía dilapidar alegremente toda su fortuna amparándose en que él le había dado palabra de matrimonio.


Marie y él se habían visto muchas veces en la corte. Solían encontrarse en casa de la princesa de Conti, hermana de Claudio. Al tanto de los sentimientos de su hermano, les facilitaba las entrevistas, que desde la muerte de Luynes se sucedían sin rebozo. En abril de 1622, tras caer en desgracia, Marie comprendió que no tenía otro modo de salir adelante que casándose con él.


domingo, 20 de septiembre de 2009

La Duquesa de Chevreuse

Marie-Aimée de Rohan, duquesa de Chevreuse

El padre de madame de Chevreuse, monsieur de Montbazon, se había casado dos veces. Tuvo dos hijos de su primer matriomino, y a los 60 volvió a casarse con una hermosa jovencita de 18, Marie d’Avaujour de Bretagne, hija del conde de Vertus. Para ello la sacó del convento en el que ella deseaba profesar como religiosa. Era alta, robusta, de cabellos negros y piel blanca, la nariz un poco gruesa. Esta mujer era conocida como Madame de Montbazon durante la época de la regencia de Ana de Austria.


El mayor de los hijos del primer matrimonio era un varón, Luis VII de Rohan, príncipe de Guéméné. La segunda una hija, Marie-Aimée de Rohan, nuestra duquesa, nacida en diciembre del 1600, dos años después que su hermano.


No conoció a su madre, Madeleine de Lenoncourt, fallecida cuando ella aún era muy niña. En manos de gobernantas desprovistas de autoridad, Marie no recibió una educación que predispusiera a la virtud. Desde el primer momento manifestó una encantadora coquetería y una ligereza peligrosa. Llevó una vida prácticamente independiente, llena de placeres, fantasías y libertades.


Hercule de Rohan, duque de Montbazon


Era bonita, distinguida, su rostro un óvalo perfecto de rasgos delicados y aristocráticos, boca perfecta de labios rojos que levantaban pasiones. La mirada guardaba un gran misterio; los cabellos eran rubios, el talle esbelto, el cuerpo bien proporcionado, no muy grande. El conjunto resultaba sumamente elegante, gracioso, femenino. Jóvenes o viejos, nobles o plebeyos, todos solían sentirse atraídos, a nadie dejaba indiferente. “Creo que estoy destinada a ser objeto de la locura de los extravagantes”, escribió ella.


Pocas mujeres de su siglo ejercieron hasta ese punto su seducción sobre sus contemporáneos. Le gustaba amar y ser amada. Le duraban poco los amores y cambiaban frecuentemente, pero no los simultaneaba. Durante el tiempo que durase, permanecía fiel. También adoraba divertirse. Por donde pasaba dejaba el recuerdo exquisito de su alegría. Su conversación era vivaz, revelaba agudeza de espíritu. Dicen sus biógrafos que no era egoísta ni ambiciosa, y que si intrigó toda su vida fue, simplemente, en parte por diversión y en parte por devoción hacia los que amaba. Así lo afirma madame de Motteville cuando dice: “Yo la oí decir a ella misma que la ambición nunca le había tocado el corazón, sino que era el placer lo que había perseguido”. Mazarino, por su parte, escribía sobre ella: “Francia sólo está tranquila cuando ella no está”.


Charles d'Albert, duque de Luynes

A punto de cumplir 17 años, su padre, ansioso por desembarazarse de ella, planeó casarla. Era el momento en que Luis XIII había puesto fin a la regencia de su madre y ejecutado a Concini. Tenía entonces por favorito a Charles d’Albert, posteriormente duque de Luynes. Tenía 39 años, era hermoso, de buena figura y modales encantadores. El rey le había ofrecido por esposa a su propia hermanastra, mademoiselle de Vendôme, pero ella lo rechazó por juzgarlo poca cosa. Él, despechado, decidió contraer rápidamente matrimonio con cualquier otra que se le presentara. Y entonces dirigió su mirada hacia Marie de Rohan, joven, rica y seductora. Luis XIII dio su aprobación, y ella tampoco tenía nada que objetar. La diferencia de edad era cosa corriente en la época, y no supuso ningún obstáculo.


Charles aún no era duque, y no lo sería hasta dos años más tarde. Por tanto, su esposa no tenía el privilegio, reservado fundamentalmente a las duquesas, de sentarse en un taburete en presencia de la reina. Pero su esposo consiguió para ella ese privilegio especial a pesar de todo, y nadie protestó.


Ambos se casaron el lunes 11 de septiembre de 1617, en los apartamentos de la reina en el Louvre, en presencia del rey y de algunos notables de la corte.


Nuevo premio


Muchas gracias a madame Isthar, que desde su nuevo blog Luna de Plata ha decidido entregarme este galardón.

Quiero, además, felicitarla por haber ganado ya un premio a pesar de que hace muy pocos días que inauguró este nuevo proyecto, que les invito a conocer.

Gracias, madame, y enhorabuena. El premio lucirá en adelante en mis vitrinas.

viernes, 18 de septiembre de 2009

El Ángel Caído

Luis II de Borbón, Príncipe de Condé

Como habíamos visto recientemente, el príncipe de Condé había caído en desgracia y no iba a serle fácil obtener el perdón, pues los agravios habían sido muchos hasta que el cántaro rebosó con aquel asunto del marqués de Jarzé. La decisión de hacerlo arrestar no fue repentina; por el contrario, las relaciones del príncipe con la regente y el cardenal venían siendo tirantes desde hacía un tiempo.


Uno de los conflictos que lo había enfrentado a Ana de Austria y a Mazarino surgió a consecuencia de la concesión de los honores del taburete para dos damas. El príncipe lo había solicitado para la princesa de Marsillac y para la viuda madame de Pons, hija de du Vigean y amiga íntima de la hermana de Condé. Tener el taburete era un derecho que poseían ciertas personas a sentarse en presencia de la reina. Originalmente era un privilegio reservado a princesas y duquesas, pero después se extendió a cualquier dama que ocupara un puesto de primer rango entre los miembros de la Casa de la Reina, y cuyo esposo tuviera derecho a un sillón en los apartamentos del Rey. Desde los tiempos de Francisco II, cardenales, embajadoras, duquesas y señoras cuyos esposos eran Grandes de España, además de esposas de cancilleres y guardianes del sello, obtenían licencia para ocupar un taburete.


En esta ocasión, sin embargo, todo el mundo convenía en que ninguna de ambas damas tenía suficiente categoría para reclamar el derecho a este privilegio, por mucho que se hiciera una interpretación amplia del mismo. Por consiguiente, se armó un gran alboroto en la corte. Toda la nobleza se alzó en contra y hubo reuniones para tratar el tema. En una de ellas, en casa del marqués de Montglat, gran maestre de ceremonias, se firmó una protesta.


Ana de Austria


Ana de Austria, para demostrar que la concesión le había sido arrancada en contra de su voluntad, permitió a sus amigos más íntimos que se unieran a la oposición. Esta llegó a adquirir tales proporciones que representó la excusa perfecta para que la reina pudiera decirle a Condé que, ante una protesta tan general, no tenía más remedio que reconsiderar su decisión y retirar los taburetes.


A Luis de Condé le sentó muy mal, y aguardaba su momento para tomarse la revancha. La ocasión vino cuando el duque de Richelieu, sobrino nieto del difunto cardenal, se enamoró de madame de Pons. Su pasión, sin embargo, no era aprobada por la corte, pues siendo él gobernador de un puerto de capital importancia como era Le Havre y encontrándose el país en plena revolución, su matrimonio se convertía en un asunto de la mayor relevancia. Anne Genevieve, la duquesa de Longueville, a través de su esposo tenía una gran influencia en esa provincia, y, como era amiga de la novia, se dispuso a ayudarla a lograr sus fines. Para ello recurrió a su hermano Condé. Este decidió complacerla y llevar a cabo un matrimonio que todo el mundo consideraba imposible. Ni corto ni perezoso, condujo a ambos amantes hasta una casa que la duquesa poseía en Trie, y allí se celebró la boda, actuando él mismo como testigo del novio. Después de despacharlos hacia El Havre, regresó inmediatamente a la corte jactándose de que monsieur de Longueville poseía ahora otra ciudad fortificada en Normandía.


Escudo floral de la familia du Plessis, duques de Richelieu


Esto causó un gran resentimiento en Ana de Austria y Mazarino, que comenzaban a ver bien claro que habría que bajarle los humos a Condé. Tras el posterior incidente con el marqués de Jarzé, el asunto quedó decidido.


No era fácil, sin embargo: como príncipe de la sangre que era, los demás miembros de la familia real debían dar su consentimiento al arresto, notablemente de Gastón de Orleáns, el padre de Anne Marie. En principio parecería que la empresa no ofrecía dificultad, puesto que Gastón también estaba harto de Condé, pero el cardenal no las tenía todas consigo. Se decidió confiar la misión a madame de Chevreuse, que, encantada con la confianza que se depositaba nuevamente en ella, aguardó la ocasión favorable para llevar a cabo su misión.


Frecuentemente ha aparecido el nombre de esta dama asociada a intrigas y conspiraciones. Hora es ya de presentar como es debido a este interesante personaje, remontándose a sus orígenes. Con ella, pues, continuaremos el próximo día.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

El dilema de Anne-Marie

Fernando III de Habsburgo

No hacía mucho que el emperador Fernando III de Habsburgo había enviudado de su primera esposa, la hermana menor de Ana de Austria, cuando decidió contraer un segundo matrimonio con María Leopoldina de Habsburgo-Médicis. Pero resulta que su segunda esposa también falleció al cabo de muy poco tiempo, por lo que volvía a quedar libre el puesto de emperatriz. Mademoiselle de Montpensier se sumió de inmediato en la excitación de esa nueva esperanza de obtener al fin el objeto de su ambición. El emperador tenía más de 40 años y cuatro hijos que vivían a la sazón, pero era el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, y eso era lo que contaba. Anne Marie reanudó sus intentos de convertirse en su novia.

De todos modos, no le agradaba la idea de renunciar por completo al más joven y más agradable galán. Además, sus planes de desposar al emperador tal vez volvieran a fracasar, y, por otra parte, podría suceder que Carlos recuperara su reino. Ante tanta incertidumbre, era mejor no dar por terminadas las negociaciones de manera concluyente. Así que cuando llegó para Carlos el momento de partir, a Anne Marie le pareció buena idea acudir a St. Germain y presentar sus respetos a la reina Henrietta para, de paso, despedirse del joven rey.

Château de Saint-Germain

Ni Henrietta ni su hijo intentaron reanudar las negociaciones con ocasión de esta visita. La reina le dijo a Anne Marie que suponía que debía felicitarla por la muerte de la emperatriz de Alemania, pues, aunque las conversaciones para casarse con él habían fracasado la vez anterior, no tenía duda de que volverían a retomarse ahora, y que tendrían éxito. Anne Marie replicó, con aire de indiferencia, que no sabía ni pensaba nada al respecto.

—Conozco a un joven que se encuentra no muy lejos de nosotras —dijo Henrietta— y que piensa que un rey de 19 años es mejor marido que un hombre de 50 —exageró la edad del rival—, viudo y con cuatro hijos, por muy emperador que sea. Aunque no sabemos el rumbo que pueden tomar las cosas. Mi hijo bien podría recuperar su reino, y entonces tal vez escucharíais con más atención sus propuestas, de encontraros aún en situación de hacerlo.

Henrietta Maria

Anne Marie no regresaría directamente a París. Iba a visitar a sus hermanas, que residían en la abadía de San Luis, en poissy, adonde las habían llevado para que estuvieran a salvo durante la Fronda. El duque de York, Jacobo, propuso acompañarla, y ella accedió. Entonces Carlos se ofreció a ir también, pero ella objetó que no era adecuado. No tenía inconveniente en que fuera Jacobo, al que encontraba lo bastante jovencito para resultar inofensivo para su reputación, pero la compañía de Carlos podría resultar escandalosa. Henrietta, sin embargo, derribó todo obstáculo ofreciéndose a unirse ella también al grupo. Así que fueron todos juntos. Anne Marie dice que Carlos la trató con suma cortesía y atención todo el camino, y le hizo muchos cumplidos, pero no hubo ningún intento de volver al asunto del compromiso. Ella se alegró de que no lo hiciera, porque con su mente ocupada en los planes de casarse con el emperador, nada de lo que él pudiera haber dicho habría sido para bien.

El asunto, pues, se quedó en nada, y Carlos pronto volvió su atención hacia los planes que llevaba largo tiempo madurando, encaminados a recuperar su reino. Su desesperación era tal que llegó a pedirle al cardenal la mano de una de sus sobrinas, que Mazarino le negó.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Entrevista en Compiègne

Château de Compiègne

La familia real de Francia llegó a Compiègne en compañía de su invitado. Como Carlos Estuardo iba a seguir camino a París esa misma jornada, se sirvió la comida poco después de su llegada. Anne Marie dice que Carlos rechazó un plato muy costoso y raro a base de pequeños pajarillos que habían sido preparados expresamente para esta cena en su honor, y, lejos de apreciarlo, prefirió abalanzarse sobre una paletilla de cordero y un buen trozo de ternera, como si no hubiera nada más en la mesa.


Después de comer, cuando estábamos en el salón de invitados, la reina se divertía con las otras damas y caballeros, y lo dejaron a él conmigo. Estuvo un cuarto de hora sin decir ni una palabra; pero deseo creer que su silencio era consecuencia del respeto más que cualquier clase de pasión, aunque en esta ocasión, confieso con sinceridad, yo hubiera deseado que no lo exhibiera de modo tan manifiesto. Después de un rato, cansada de este tedio, llamé a otra dama a mi lado, para ver si ella era capaz de hacerle hablar. Tuvo éxito. Entonces uno de los caballeros del grupo se acercó a mí y dijo:


—No dejó de miraros durante toda la cena, y aún os mira.

A lo cual respondí:

—Tiene mucho tiempo para mirarme antes de que llegue a complacerme, si es que no habla.

El caballero replicó:

—Oh, seguro que ha dicho cosas muy tiernas sobre vos, solo que no es vuestro gusto reconocerlo.

—¿Vos creéis? —respondí—. Venid a sentaros junto a mí la próxima vez que él esté a mi lado, y escuchad por vos mismo cómo habla.

Compiègne

Esta actitud del Estuardo la decepcionaba enormemente. Precisamente cuando había tenido noticias de su llegada, mademoiselle de Montpensier había comentado que moría de ansiedad por escuchar al rey de Inglaterra decirle cosas dulces, ya que aún no sabía lo que era eso porque nadie osaba dirigírselas, “y no por mi alto rango, pues son muchas las que han sido dichas a reinas que yo conozco, sino porque es bien sabido que no soy dada a la coquetería”.

Aguardaba ansiosa y llena de ilusión a escuchar las primeras palabras galantes de labios de un joven rey al que encontraba apuesto, pero el momento no llegaba. Entonces Anne Marie se dirigió a Carlos, haciéndole varias preguntas sobre personas que pertenecían a su séquito, y él a todas respondía con un aire de mera cortesía, sin galantería en absoluto.

Finalmente llegó la hora de la partida, y los carruajes se detuvieron ante la puerta. El rey de Francia, con su madre y Anne Marie, los acompañaron durante unas millas hasta el interior del bosque, y luego, apeándose, hicieron como habían hecho esa mañana y se despidieron con la ceremonia habitual. Carlos, tras despedirse de Luis, se acercó a Anne Marie con Lord Germain, presente entre los miembros de su séquito.

—Creo —dijo Carlos— que milord Germain, que habla francés mejor que yo, os ha explicado mis sentimientos y mi intención. Soy vuestro obediente servidor.

Respondí que yo era igualmente su obediente servidora. Germain me hizo un gran número de cumplidos. Cuando se terminaron, el rey hizo una reverencia y partieron.

Parque de Compiègne

Carlos, que llevaba toda la vida viviendo en la rudeza espartana de los campamentos militares, se sentía incómodo entre la pompa y la ceremonia, entre todo el esplendor que presentaba la corte de Francia, y que le hacían sentir inseguro, poca cosa. Esto empeoraba a causa del aire altivo, los modales y el ánimo mal dispuesto de la dama cuya opinión favorable estaba ansioso por asegurar. Su imperfecto conocimiento del idioma y su incertidumbre respecto a sus propias perspectivas, tendían a aumentar enormemente su timidez y su falta de confianza.

Parecía totalmente desalentado por el resultado de su infortunada entrevista en Compiègne. Se dirigió a París, y de París a St. Germain, donde permaneció con su madre durante varios meses, buscando el modo de recuperar la fortuna que se le había escapado de las manos con Anne Marie.