domingo, 30 de agosto de 2009

El marqués de Jarzé

Château du Plessis-Bourré

Entre el séquito del cardenal se encontraba René du Plessis de la Roche-Pichemer, marqués de Jarzé y barón du Plessis-Bourré. Había nacido en el Château de Jarzé en 1613. Por su padre, François du Plessis, descendía de una de las más antiguas y honorables familias de Maine. Su madre era Catherine de Beaumanoir de Lavardin, hija del mariscal de Lavardin que tan bien había asistido a Enrique IV. El marqués de Jarzé apareció por primera vez en el campo de batalla durante la guerra de los Treinta Años, en 1637, y tuvo la gloriosa mala fortuna de resultar herido. Años más tarde, el 7 de julio de 1643 lo sería de nuevo y gravemente en el sitio de Thionville, por un mosquete, cuando trataba de socorrer a Coligny y a Brissac. Se había casado en 1634 con Catherine Ami.


Era ingenioso y divertido, con una lengua muy libre. Solía jugar a los bolos con Mazarino, para quien resultaba una compañía agradable, y había sido nombrado recientemente capitán de la guardia real. Era muy apuesto: cabello rubio ligeramente rizado, grandes ojos azul oscuro, un distinguido mostacho y una barbita lindamente recortada. Su aspecto romántico resultaba realzado por unos trajes muy elegantes, y su principal ocupación era conquistar tantas mujeres como podía. Fue uno de los amantes de la célebre Ninon de Lenclos, quien dicen que tuvo un hijo suyo al que hizo criar como si fuera uno de sus parientes sin fortuna.


Fanfarrón, en la vida de Jarzé no faltaban los duelos, como el que sostuvo con La Boulaye en el bosque de Compiègne. Fue desarmado, lo que no le impidió regresar a la corte con la cabeza tan alta como si hubiese sido el vencedor.


Un día surgió una disputa entre el duque de Beaufort y sus partidarios y otro grupo de cortesanos del que formaba parte Jarzé. Recordemos que François de Vendôme, duque de Beaufort, era el otro gran galán de la corte, aquel a quien algunos llegaron a atribuir la paternidad de Luis XIV, como vimos en su momento. Otra de las leyendas que rodean al duque es la de que él fue El Hombre de la Máscara de Hierro. Había nacido el 16 de enero de 1616, nieto de Enrique IV a través del hijo que éste tuvo con la hermosa Gabriela d’Estrées. Por tanto, Beaufort era sobrino de Luis XIII. El caso es que estaba metido hasta el cuello en la Fronda. De hecho, encabezaba el principal partido contra Mazarino. Jarzé y él eran, pues, enemigos irreconciliables.


François de Vendôme, duque de Beaufort


Estos caballeros se dirigían a París mientras la corte permanecía fuera de la ciudad, y cuando fueron a despedirse de la reina antes de partir, el marqués, que no era el más prudente de los hombres, se volvió sonriente hacia ella y le dijo:


—Veréis cómo sabremos sostener bien vuestro partido.


—Por Dios, caballeros —se inquietó la reina—, os ruego a todos que seáis prudentes y no caigáis en la violencia.


El centro de diversión en París era entonces el Jardín de Renard, en un extremo de las Tullerías. Jarzé tenía la costumbre de celebrar orgías allí, y entonces bebía a la salud de Mazarino. En esa ocasión en que se trasladaron a la ciudad él y sus amigos se dieron cita una tarde en los famosos jardines. Allí se encontraron con el duque de Beaufort, acompañado por el duque de Retz y otros partidarios. Estos no se inmutaron al encontrarse con la gente de Mazarino, sino que giraron por otro camino. Pero Jarzé y sus amigos comenzaron a provocarlos, gritando que los habían dejado como los amos del lugar, y que los frondistas no se atrevían a enfrentarse a ellos.


Jarzé repitió esta historia en los salones entre las damas, ampliándola cada vez más, y jactándose de que él sabría ajustar cuentas con el duque de Beaufort donde fuera, incluso si se lo encontraba dentro del recinto de palacio.


Sus palabras no tardaron en llegar a oídos del duque de Beaufort.


¡Uy, la que se iba a armar!


viernes, 28 de agosto de 2009

Regreso a París


El duque de Orleáns fue el primero en volver a París. Ana de Austria esperó aún unos cuantos días en Saint-Germain, y después de recibir con gran frialdad a madame de Longueville, que tuvo la osadía de ir a visitarla después de haber estado sumergida hasta el cuello en la Fronda, emprendió el regreso al Palais Royal.


La situación no había cambiado mucho. El palacio se encontraba mal atendido, las comidas eran pobres y los caballeros de la corte despedían a sus pajes por no tener suficientes medios con los que mantenerlos. El ejército no recibía su paga, y las joyas de la corona estaban empeñadas.


El duque de Vendôme, deseando ahora hacer las paces con Mazarino, propuso el matrimonio entre su hijo Luis, duque de Mercoeur, y Laura Victoria, la mayor de las sobrinas Mancini del cardenal. Le daban por esposo nada menos que a un nieto de Enrique IV, aunque fuera por rama ilegítima. No tenía Mercoeur, sin embargo, la sangre ardiente de sus antepasados, sino que era dulce, piadoso y tranquilo. Carecía de la ambición de su padre, de su carácter inquieto y turbulento, que le había valido exilio y prisión. El proyecto salió adelante, y el matrimonio llegaría a celebrarse al cabo de no mucho tiempo, en 1651, para gran furia de Condé.



Las niñas crecían en belleza y encanto cada día, lo que no impedía que fueran cruelmente satirizadas en muchos versos que se publicaron por entonces. En cuanto al rey, también crecía rápido, y su hermano fue finalmente apartado de las mujeres y se le dio una Casa propia. Se le iba a dar, además, el título de Monsieur, por el que en adelante nos referiremos muchas veces a él.


Tan pronto como la duquesa de Chevreuse, que se encontraba en Bruselas, oyó hablar de una paz general, se apresuró a regresar. Había recibido una especie de perdón y la promesa del cardenal de que podría presentarse en la corte. Pero Mazarino no tenía intención de permitir que la cosa fuera más allá, y aconsejó a la regente que rechazara la petición del duque de Chevreuse de que su esposa se quedara permanentemente allí. La reina fue de la misma opinión, y dijo que no se arriesgaría a permitir que una mujer que no le había sido leal residiera en una ciudad tan llena de cábalas y enemigos, a menos que demostrara absoluta sumisión.


El anciano duque, que tenía más de 70 años y estaba muy sordo, respondió que él mismo garantizaría la buena conducta de su esposa, pero Ana de Austria replicó que ni lo había hecho nunca antes ni tendría jamás ningún poder para refrenarla. Gran verdad. Ni él ni nadie.


Claudio de Lorena, duque de Chevreuse


Para entonces su hija, Charlotte-Marie, mademoiselle de Chevreuse, se había convertido en una joven muy hermosa, con unos ojos que le aseguraban numerosas conquistas. Era extremadamente frívola y trataba a sus pretendientes a la baqueta, pero sus atractivos y su buena posición eran motivos suficientes para contrarrestar el desaliento que hubieran podido sentir de otro modo. Tras fracasar los intentos de casarla con el príncipe de Conti, hermano del Gran Condé, se había convertido en la amante de Gondi, el cardenal de Retz, con el cual se lanzó alegremente a la Fronda. Como compensación por aquel proyecto matrimonial fracasado, se la prometió a Pablo Mancini, el sobrino del cardenal. Sin embargo, el matrimonio nunca se llevaría a cabo, porque tanto Charlotte como Pablo iban a fallecer en 1652, él herido mortalmente en combate con sólo 16 años, y contando ella apenas 25.


La corte estaba en Compiègne cuando llegó madame de Chevreuse, y allí fue donde se presentó por primera vez ante la reina. Cansada del exilio, estaba deseosa de regresar fueran cuales fuesen las condiciones. Había estado enferma, y aparecía desmejorada y envejecida.


Ana de Austria siempre había tenido por costumbre abrazar a su antigua favorita. Esto era una especial deferencia, pues como norma, nunca besaba a ninguna de las damas, excepto a la duquesa de Orleáns y a Mademoiselle de Montpensier, que eran parientes del rey. Sin embargo, en esta ocasión no le deparó tan cálido recibimiento. Escuchó en silencio sus promesas de enmienda, con una frialdad alejada de su actitud habitual de otros tiempos. La duquesa entonces se inclinó ante el rey, dirigió unas cuantas palabras a Mazarino y abandonó la estancia.


Marie de Rohan, duquesa de Chevreuse


Tan pronto como lo hubo hecho, la reina exclamó:


—¡Vaya, esa no es madame de Chevreuse! Es una persona completamente diferente, tan cambiada como mis sentimientos hacia ella.


Si se refería a su belleza perdida o a aquella súbita humildad, es algo que nunca fue aclarado. Probablemente ambas cosas habían sorprendido a la reina.


Fue por aquel tiempo cuando María Gonzaga, la hermana de Ana Gonzaga, después de enviudar del rey de Polonia al cabo de un año se casó con su cuñado, heredero de la corona. Fue necesario para ello obtener una dispensa, lo que se consiguió sin dificultad. La feliz novia escribió a sus amigos en la corte francesa contando cómo el matrimonio fue aprobado en Polonia, y ella había sido conducida triunfalmente a la iglesia en una carroza de plata. Afirmaba estar sumamente complacida con su marido cuñado.


miércoles, 26 de agosto de 2009

Los horrores de la Fronda


La Fronda no era ninguna broma. Mientras que en París se daba caza a los servidores del rey, Condé se encargaba de silenciar a todo aquel que osara resistírsele. Para ello arrojaba a sus prisioneros al Sena o los dejaba morir exponiéndolos desnudos al frío. Los soldados, en especial los mercenarios alemanes, sometían a pillaje las iglesias, violaban hasta a las niñas de 10 años, incendiaban, saqueaban, torturaban; incluso encontraban agradable asar a los niños delante de sus padres, para asegurarse de que éstos habían entregado ya todo su dinero y objetos de valor.


Reinaban el hambre y la muerte; por todas partes se encontraban cadáveres insepultos. Se comía perros muertos, y a veces restos humanos. Todo esto iba forjando el carácter de Luis, determinando su modo de pensar y su comportamiento futuro. El niño que era ahora conocía ya la desgracia y la pobreza, la vileza de los Grandes, dispuestos a abrir las puertas al enemigo si era preciso con tal de sacar provecho personal; conoció el furor del pueblo, las revueltas en las calles, las conspiraciones de palacio, la violencia y la traición, el doble juego, los golpes de Estado, las huidas desesperadas y los regresos sin gloria, los abrazos que preparaban venganzas; el miedo, la angustia, la vergüenza, el frío y el hambre. Eso no sucedería más. No cuando él pudiera reinar al fin.


Pero ese momento aún no había llegado, y aunque al cabo de 7 meses la familia real pudo regresar a París, el viento de la Fronda soplaba tan fuerte que estaba haciendo temblar trono y corona. Mazarino trataba de satisfacer las desmedidas exigencias de los aristócratas descontentos, pero nada conseguía detener la corriente.


martes, 25 de agosto de 2009

Condé y la duquesa de Châtillon

El Gran Condé


La noticia de la ejecución del rey Carlos I de Inglaterra cayó como una bomba en la corte francesa. Había sido un monarca débil y excesivamente influenciado por su esposa católica, la tía del pequeño Luis. El poder real se tambaleaba en todas partes, pero Luis se prometió que las cosas serían diferentes cuando fuera mayor. Tomaba buena nota de todo. Era un niño callado, retraído, tímido, hasta el punto de que, por no expresarse, se había llegado a pensar que era poco inteligente. Sin embargo Luis lo observaba todo, lo aprendía todo y, sobre todo, pensaba mucho. Aún no se sentía preparado, pero pronto lo estaría.

Por el momento se encontraba refugiado en Saint-Germain con su madre y el resto de la corte. Como habíamos visto, el 8 de febrero Condé atacaba la guarnición de Charenton, causando más de dos mil bajas. El duque de Châtillon falleció a consecuencia de las heridas recibidas durante esa jornada. Dejaba una joven y hermosa viuda, Isabelle de Montmorency-Bouteville, que recibía la noticia con bastante indiferencia. Había estado ocupada durante ese tiempo con el fascinante duque de Nemours, pero a la vez tenía puesta su atención en Condé. No olvidaba que él se había fijado en ella hacía tiempo, antes de enamorarse de Marta du Vigean, y pensaba que era posible reavivar su interés.

Isabelle Angelique de Montmorency-Bouteville, duquesa de Châtillon

No es que el príncipe hubiera dejado de apreciar sus atractivos, y en otras circunstancias no se lo hubiera pensado dos veces a la hora de lanzarse a una nueva intriga galante; pero el esposo de la dama había sido uno de sus mejores amigos, y el asunto repugnaba a su sentido del honor. Él hubiera sido incapaz de algo así. Ahora, sin embargo, había desaparecido ese obstáculo, y poco después Isabel se convertía en su amante. Esto no significaba que ella hubiese renunciado al duque de Nemours. Por el contrario, los simultaneaba a ambos, si bien guardándose mucho de que Condé se enterara.

Mademoiselle de Montpensier nos cuenta que desde 1644 la dama era famosa por su belleza y por su coquetería, y que al año siguiente el que después fue su esposo la había raptado, al no poder conseguir de su padre, el mariscal de Châtillon, el consentimiento para desposarla. Se dispuso todo para que un día una cuadrilla de hombres la asaltaran. Rodearon su coche y se produjeron unos cuantos disparos para salvar las apariencias. La dama, que naturalmente estaba de acuerdo con su amante, fue introducida en una carroza que la condujo a Château-Thierry. Allí se casaron, y después se fueron al refugio que el propio Condé, amigo del novio y primo de la novia, había puesto a su disposición en Stenay, como retiro seguro contra la persecución de sus padres.


Château-Thierry, Puerta de San Pedro, que Juana de Arco franqueó el 30 de julio de 1429

El mariscal, en efecto, montó en cólera y pidió justicia a la reina y al Parlamento, pero Mazarino le escribió una carta en la que le hacía ver que se trataba de un asunto que tenía mal remedio y le aconsejaba aceptar el hecho consumado.

Poco duró su matrimonio, pues al cabo de apenas cuatro años su esposo fallecía trágicamente durante la Fronda. Ella no le guardó luto mucho tiempo antes de lanzarse a sus aventuras galantes. Madame de Motteville nos la describe así:

“Esta dama era bella, galante y ambiciosa al tiempo que osada en sus empresas y dispuesta a arriesgarlo todo con tal de satisfacer sus pasiones… El don de la belleza, que poseía en grado sumo, la hacía agradable a los ojos de todos. Era igualmente difícil sustraerse al encanto de sus halagos… Unía al nombre de Montmorency una extrema cortesía que la hubiera hecho digna de una estima extraordinaria de no haberse podido ver en todas sus palabras, sus sentimientos y acciones, una especie de disfraz y de afectación que siempre disgusta a quienes aman la sinceridad”.

domingo, 23 de agosto de 2009

Los huérfanos

El duque de Gloucester

Tras la muerte del rey, el Parlamento retuvo la custodia de sus hijos Gloucester y Elizabeth durante algún tiempo. No sabían qué hacer con ellos. Incluso se propuso, cuando se estableció el gobierno republicano de Cromwell, que se los metiera a aprendices de algún oficio útil. Este plan, sin embargo, nunca fue llevado a la práctica. Se los mantuvo prisioneros y finalmente fueron enviados al castillo de Carisbrooke, donde su padre había sido recluido.


Gloucester crecía, pero Elizabeth parecía disminuir y encorvarse bajo el peso de su pena. Lloraba incesantemente la muerte cruel de su padre y el exilio de su madre y sus hermanos, así como su propia cautividad. Sus únicas compañías eran Gloucester y una Biblia que su padre le había dado en aquella última entrevista. Durante los dos años siguientes a la ejecución se fue consumiendo, hasta que comenzó a toser sangre, señal de un próximo final. Enviaron a verla al que había sido el médico del rey para ver si podía salvarla. Sus recetas de nada sirvieron.



Un día los asistentes entraron en sus apartamentos y la encontraron sentada en su silla, con la mejilla descansando sobre la Biblia que había estado leyendo, y que había colocado en la mesa sobre una especie de almohada, para reposar su cansada cabeza después de la lectura. No se movía. Se la hubiera creído dormida, pero sus ojos no estaban cerrados. Estaba muerta. Las penas y sufrimientos de la pobre niña habían terminado para siempre.


Aquellos que la habían retenido cautiva se sintieron conmovidos por su muerte. Lo suficiente como para decidir enviar al pequeño Gloucester a casa, con su madre.


La familia de Carlos I paseando en barca en los días felices


sábado, 22 de agosto de 2009

Un novio para la Gran Mademoiselle

Mademoiselle de Montpensier

El padre de Mademoiselle de Montpensier y la regente la presionaban para que aceptara la propuesta matrimonial de Carlos de Inglaterra. Le decían que las perspectivas que se abrían para Carlos eran brillantes, que ellos mismos le iban a ofrecer su poderosa protección, y que ya había ganado buenos aliados.


Lord Germain dijo que se dirigiría directamente a Holanda y escoltaría a Carlos hasta Francia para contraer matrimonio de inmediato si Anne Marie daba una respuesta afirmativa. En caso contrario, Carlos se dirigiría a Irlanda, pues sus asuntos allí requerían urgente atención. En caso de que ella aceptara, podría continuar residiendo en París si era su deseo.


Carlos II


—Nunca pensaría en continuar viviendo en París después de casarme —dijo ella—. No sentiría deseos de quedarme y tomar parte en las alegrías y las fiestas de París mientras mi esposo se pone al frente del ejército, expuesto a todas las privaciones y peligros de un campamento militar. Ni me parecería correcto continuar incurriendo en los gastos que una dama de mi rango y posición precisa en esta ciudad, mientras él tiene tal vez dificultades para encontrar fondos con los que financiar su empresa. Si me convirtiera en su esposa, me sentiría obligada a hacer cuanto estuviera en mi poder por ayudarlo, lo cual significaría, según intuyo, tener que disponer de todas mis propiedades. Confieso que esto me alarma. Supone un enorme sacrificio para mí, que he sido educada en la opulencia y el lujo.


—Eso es cierto, pero os recuerdo que no hay en toda Europa otro partido tan adecuado para vos: el emperador de Alemania y el rey de España están casados. Otros son demasiado jóvenes, o demasiado viejos, o están a punto de casarse.


Mademoiselle de Montpensier


La conversación no tuvo un resultado decisivo, por lo que al cabo de unos días Lord Germain renovó la propuesta.


—Tengo en muy alta consideración a la reina de Inglaterra —dijo ella entonces—, por la que siento gran amor, tanto que por ella estaría dispuesta a obviar todos los inconvenientes y desventajas de la posición en la que se halla Carlos. Pero hay una objeción que no puedo obviar, y es la de la religión: él es protestante, mientras que yo soy católica. Carlos debería cambiar de religión, lo cual estará dispuesto a hacer si me estima, puesto que yo haría tantos sacrificios por él.


Lord Germain descartó de plano la posibilidad.


—Me temo que eso es imposible: la posición que él ocupa respecto a su reino hace inviable que cambie su fe. De hecho, si lo hiciera se vería obligado a abandonar toda esperanza de recuperar el trono.


Anne Marie lo sabía muy bien. De hecho, tan sólo había buscado un pretexto que le permitiera rechazarlo, de modo que insistió tenazmente en ese punto hasta que las negociaciones se rompieron y Lord Germain se fue.


viernes, 21 de agosto de 2009

Prueba

Estoy celebrando que mi otro blog cumple seis meses. Esta corte aún no, pero falta poquito: los cumplirá a finales de mes. Me parece un buen momento para hacer un cambio en la decoración de nuestros salones, aunque seguramente no será de modo definitivo. A menos que este nuevo fondo les guste más. ¿Qué opinan? Se abren las votaciones.

Aprovecho la ocasión para agradecer a todos sus visitas y sus comentarios, así como los emails que me envían. Discúlpenme si a veces me demoro unos días en responder, pero sepan que tarde o temprano lo hago.

Me despido hasta dentro de unas horas: esta noche regresaré con mi buena amiga, Mademoiselle de Montpensier. Ella nos dará grandes satisfacciones en un futuro.

¡No falten!

miércoles, 19 de agosto de 2009

Luto en la Corte

Cromwell ante el féretro de Carlos I

Cuando metieron el cuerpo dentro de un ataúd en Whitehall hubo grandes lloros y suspiros, y eran muchos los que acudían a mojar su pañuelo en la sangre del rey. Una tristeza general cayó sobre Londres ese día. Muchos permanecieron encerrados en sus casas; otros prefirieron ausentarse de la ciudad. Cuando las noticias llegaron a Escocia, la cuna de los Estuardo, la gente se llenó de horror e indignación. La mayoría se vistió de luto. Desde el Parlamento hasta los púlpitos de las iglesias se cubrieron de paño negro.


En París, Henrietta y su hijo fueron abatidos por el golpe tan terrible que cayó sobre ellos al conocer la noticia de la muerte del rey. Eso puso fin durante un tiempo a toda clase de fiestas y placeres. La reina dejó a sus hijos, su palacio y su círculo de alegres amistades y se retiró a un convento para guardar su luto en soledad y llorar la irreparable pérdida.


Funeral de Carlos I


En cuanto al joven Carlos, los realistas ingleses y todas las potencias europeas lo consideraban ahora Carlos II, el nuevo rey de Inglaterra, aun en el exilio. Viajó a Holanda para tratar de recabar apoyos en la corte de su hermana, dispuesto a recuperar el que había sido el trono de su padre. Allí encontró un buen recibimiento y organizó su propio Consejo. Pero no olvidaba el asunto de Mademoiselle de Montpensier, la prima de Luis XIV. Necesitaba más que nunca su fortuna, influencia y contactos. Era preciso que la consiguiera como novia. Ahora había un competidor menos, pues el emperador finalmente había elegido otra esposa.


Ella nunca le daba una respuesta definitiva, sino que lo mantenía en un estado de permanente negociación. Estaba muy contrariada por el fracaso de sus planes de matrimonio imperial, un fracaso, por cierto, que se debía a las maniobras de su propio padre, quien, mientras fingía hacer cuanto estuviera en su mano por llevar adelante el proyecto, se esforzaba en secreto por hacerlo fracasar. Gastón no estaba nada deseoso de verla casada, pues con ella se escaparía la enorme fortuna que había heredado de su madre. Ella descubrió este doble juego demasiado tarde, y le causó gran dolor.


Así estaban las cosas cuando Carlos envió a un mensajero especial desde Holanda, Lord Germain, con una propuesta formal. De eso nos ocuparemos el próximo día.


martes, 18 de agosto de 2009

Matar a un Rey


El cadalso se había levantado en el exterior del palacio. Cientos de personas abarrotaban el lugar para ver el fin de su rey, algunos con alegría, otros con pena. Había varios regimientos de hombre a pie y a caballo dispuestos alrededor para que la gente no pudiera aproximarse lo suficiente ni escuchar las palabras del rey. Éste las dirigió principalmente al obispo, al coronel Tomlinson y a los oficiales que tenía cerca.


—Creo que es mi deber ante Dios y ante mi país explicarme, tanto como hombre honesto, buen rey y buen cristiano. Comenzaré por mi inocencia: pienso que no hace falta insistir mucho sobre ello, pues todo el mundo sabe que yo nunca comencé una guerra contra el Parlamento; y a Dios pongo por testigo, ante el que en breve plazo habré de rendir cuentas, de que nunca intenté limitar sus privilegios; fueron ellos quienes vinieron contra mí. Ellos comenzaron la guerra. Si alguien mira las fechas, verá claramente que fueron ellos y no yo quienes originaron el conflicto. Por tanto, en cuanto a esos enormes crímenes de los que se me acusa, espero en Dios que Él me ayudará a hacer resplandecer la verdad.


“Y ahora, para demostrar que soy un buen cristiano, espero que haya un buen hombre [señalando al obispo] que será testigo de que he perdonado a todo el mundo, incluso a aquellos que han sido en particular las causas principales de mi muerte. Quienes sean Dios lo sabe; yo no deseo saberlo: ruego a Dios que los perdone. Pero esto no es todo, mi caridad debe ir más allá: desearía que se arrepintieran, pues han cometido un grave pecado con ello. Ruego a Dios, con San Esteban, que no les sea tenido en cuenta, y que encuentren el camino correcto hacia la paz del reino. Creedme, señores, que Dios no os favorecerá hasta que le sea dado a Dios lo que es debido, al rey mi sucesor lo que es debido y al pueblo lo que es debido, ordenando las cosas conforme a su Iglesia, según las Escrituras, de las que ahora se han apartado. [Se vuelve hacia un hombre que había tocado el hacha y dice:] No dañéis el hacha: eso puede dañarme a mí. [Y luego continúa:] Para la gente en verdad deseo su libertad; pero he de deciros que su libertad consiste en tener un gobierno y unas leyes por las que regir sus vidas.


“Señores, es por eso por lo que ahora me encuentro aquí. Si hubiera cedido a la arbitrariedad, a cambiar todas las leyes según el poder de la espada, no habría sido necesario que hoy estuviera en este lugar; y por consiguiente os digo, y ruego a Dios que no os lo tome en cuenta, que sufro el martirio. En verdad, señores, no os haré aguardar mucho más. Hubiera deseado disponer de un poco más de tiempo, porque entonces habría organizado mejor mi discurso, de modo que espero me disculpéis. Me he puesto en paz con mi conciencia. Ruego a Dios que toméis las medidas que sean las mejores para el reino y para vuestra propia salvación.”


El obispo le pide entonces que pronuncie algunas palabras relativas a su fe, y el rey responde:


—Os lo agradezco de corazón, pues casi lo había olvidado. Señores, mis creencias y la religión que profeso es un asunto bien conocido para el mundo. Por tanto declaro ante todos vosotros que muero como cristiano, según la profesión de la Iglesia de Inglaterra, según me legó mi padre, y que este hombre honesto sea testigo.


Poco después le decía al verdugo:


—Sólo rezaré unas breves oraciones, y cuando extienda las manos…


Luego se volvió hacia el obispo y le dijo:


—Tengo una buena causa y a un Dios misericordioso a mi lado.


—Sólo queda un escalón —le dijo el obispo—, turbulento y difícil. Es pequeño, pero considerad que pronto os conducirá por un gran camino: os llevará de la tierra al cielo. Y allí encontraréis mucha alegría y consuelo.


—Paso de una corona corruptible a otra incorruptible, donde no habrá ya ningún pesar.


—Cambiáis una corona temporal por otra eterna. Es un buen cambio.


Entonces el rey preguntó al verdugo, para asegurarse de que su cuello estaba despejado:


—¿Está bien mi cabello? —luego puso en orden su ropa y dijo:— Ocupaos de que sea rápido.


—Lo será, señor.


—Cuando extienda las manos así… entonces…


Carlos se arrodilló en medio de un profundo silencio. Extendió sus manos y el hacha descendió con un único golpe preciso.


Cuando el hombre con la máscara negra alzó la cabeza del rey exclamando: “¡He aquí la cabeza de un traidor!”, un rugido brotó de la muchedumbre.


domingo, 16 de agosto de 2009

El último amanecer

Carlos I camino de Whitehall para su ejecución

Al día siguiente, el rey recorrió las calles de Londres por última vez, desde el palacio de St. James hasta Whitehall. Se había despertado dos horas antes del amanecer, y llamó a su asistente Herbert, que dormía junto a su cama.


—Voy a levantarme ya —le dijo el rey—, porque hoy tengo mucho trabajo.


Luego le dio instrucciones sobre la ropa que iba a llevar:


—Voy a ponerme una segunda camisa, por si el frío me hace temblar. No quisiera que quienes me vean piensen que es de miedo. Yo no temo a la muerte. La idea no me resulta terrible. Bendito sea Dios, estoy preparado.


Tan pronto como se vistió, el obispo Juxon vino a verle y permaneció a solas con él durante una hora. Ambos rezaron según los usos de la Iglesia de Inglaterra, y luego leyeron el capítulo 27 de San Mateo, que tan hermosamente describe la Pasión de Cristo. El rey dio las gracias al obispo por su bella elección, pero entonces se sorprendió de saber que, de todos modos, ésa era la lectura que el calendario señalaba para tal fecha.


Hacia las 10 el coronel Hacker llamó a la puerta de la cámara. Al abrirle Herbert entró temblando y anunció al rey que era llegada la hora de dirigirse a Whitehall.


Whitehall


Carlos salió al parque a través del jardín del palacio. Una hilera de soldados bordeaba el camino, los soldados desfilaban por delante y por detrás de él; el aire se llenaba con el ruido marcial que producían los tacones de las botas y el retumbar de los tambores. El rey avanzaba con el obispo a un lado y el coronel Tomlinson al otro, ambos con la cabeza descubierta. Entonces señaló un árbol junto a la entrada desde Spring Gardens y comentó con nostalgia:


—Ese árbol lo plantó mi hermano Enrique.


Al extremo del parque el rey subió las escaleras que conducían a la larga galería, y a través de ella a una cámara del palacio de Whitehall. Allí hubo de demorarse por algún tiempo, pues el cadalso aún no estaba listo. Rezó y habló de religión con el obispo. Hacia las 12 comió un poco de pan y bebió un vaso de clarete, renunciando a comer más después de haber recibido el sacramento.


Los coroneles Hacker, Huncks y Phayer mostraron a Tomlinson la orden de ejecución del rey. Éste lo entregó a su custodia. Carlos le pidió que permaneciera con él hasta el final y le agradeció la conducta respetuosa y amable que le había mostrado. Como muestra de gratitud le entregó una cajita de oro que llevaba en el bolsillo.


Carlos I por van Dyck


Tomlinson le presentó a Seymour, que traía una carta del Príncipe de Gales para su padre. El rey habló con el recién llegado y le encargó varios mensajes para el príncipe.


Hacker llamó a la puerta. Había llegado el momento de dirigirse al cadalso. Herbert y el obispo se veían muy afectados. Carlos les tendió la mano y ellos la besaron mientras caían de rodillas llorando. El rey ayudó al anciano obispo a incorporarse.


A través de un pasaje abierto en el muro salió acompañado de Hacker, Tomlinson y otros oficiales y soldados.


viernes, 14 de agosto de 2009

El relato de Elizabeth


Lo que el rey me dijo el 29 de enero de 1649, la última vez que tuve la dicha de verlo.



Me dijo que se alegraba de que hubiera acudido, pues, aunque no tenía tiempo de hablar mucho, aun así deseaba decirme algunas cosas que no podría decir a nadie más y que temía que la crueldad fuera tan grande como para que no le permitieran tampoco escribirlas.


—Pero querida mía —añadió—, olvidarás lo que voy a decirte.


Entonces, enjugándome un abundante flujo de lágrimas, le dije que anotaría todo aquello que me dijera. Él deseaba, dijo, que no me lamentara ni me atormentara por él, pues moriría de una muerte gloriosa, siendo por las leyes y la religión del reino. Me dijo qué libros debería leer contra el papado. Dijo que había perdonado a todos sus enemigos y que esperaba que Dios también los perdonara; y nos pidió a nosotros y al resto de nuestros hermanos que los perdonáramos también. Sobre todo, me instó a que le dijera a mi madre que sus pensamientos nunca se habían apartado de ella, y que su amor permanecía siempre constante hasta el final. Nos ordenó a mí y a mi hermano que la amáramos y fuéramos obedientes. No deseaba que nos lamentáramos por él, pues moría como un mártir, y no tenía ninguna duda de que Dios restauraría en su trono a su hijo, y que entonces todos seríamos más felices de cuanto podríamos haber sido de haber vivido él.



Luego, sentado a mi hermano Gloucester sobre sus rodillas, dijo:


—Mi niño querido, van a cortarle la cabeza a tu padre.


A lo cual el niño lo miró fijamente.


—Escucha, hijo, lo que te digo: me cortarán la cabeza, y tal vez te harán a ti rey; ¡pero presta atención a lo que te digo! No debes ser rey mientras vivan tus hermanos Carlos y Jacobo; por tanto, te encomiendo que no permitas que ellos te hagan rey.


A lo cual el niño, con un profundo suspiro, replicó:


—Antes me dejaré despedazar.


Y estas palabras, al salir de un niño tan pequeño inesperadamente, confortaron muchísimo a mi padre. Y Su Majestad le habló del bien de su alma, y de que se atuviera a su religión, con temor de Dios, y que Él proveería; todo lo cual el niño prometió hacer de buena voluntad.


Carlos I recibiendo una rosa de una joven cuando estaba a punto de ser llevado prisionero al castillo de Carisbrooke. Óleo de Eugène Lami.