viernes, 31 de julio de 2009

ROCROI

El duque de Enghien en Rocroi

Mientras aguardaba una oportunidad favorable para librarse de sus compromisos matrimoniales, el duque de Enghien descuidó por completo a su pobre esposa, a pesar de que por entonces estaba encinta. Galanteaba tan asiduamente a su amada que pronto se convirtieron ambos en el principal tema de conversación de la corte.


Al saber que el mariscal de Guiche estaba a punto de pedir la mano de Marta para su hijo, el marqués de Saint-Mesgrin, se apresuró a impedirlo y se mostró tan violentamente celoso de todos los admiradores de la dama que ya apenas se atrevían a acercarse a ella.


Enghien recibió entonces el mando del ejército en Flandes, que le había sido prometido por Richelieu en reconocimiento a su fidelidad durante la conspiración de Cinq-Mars. Los españoles sitiaban Rocroi, una ciudad de considerable importancia estratégica, pues su caída dejaría Francia abierta a una invasión.


El día 17 Enghien recibió la noticia de la muerte del rey, pero decidió mantenerla en secreto. Contrariamente al consejo del mariscal de l’Hôpital, Luis optó por presentar batalla de inmediato, pero temía que si se conocía la terrible noticia el ataque sería suspendido.


Batalla de Rocroi


Ambos ejércitos se encontraron en la llanura de Rocroi en la mañana del 19 de mayo, casi al mismo tiempo en que Luis XIII era enterrado en Saint-Denis. Los franceses alcanzaron una rotunda victoria gracias, sobre todo, a una brillante carga de la caballería dirigida por el duque de Enghien en un momento crucial.


Las noticias de la victoria fueron recibidas con un alborozo delirante por todo París. Sólo se escuchaban alabanzas a Enghien: de su valentía, de su genio militar, de su humanidad hacia los heridos de ambos bandos, y de su magnanimidad al reclamar para sus lugartenientes toda recompensa, pues él no deseaba nada excepto la gloria. En un solo día se había convertido en el héroe de las masas. Tres meses más tarde el delirio se repetía al conocerse que Thionville se había rendido al joven general, y que la entrada a Alemania quedaba abierta a los franceses.


La batalla de Rocroi no fue una más. Marcó un antes y un después, y para el ejército español supuso un golpe terrible, el principio del fin de su superioridad militar. Y este príncipe tuvo mucho que ver con ello. No era sorprendente, pues, que fuera objeto de tales reconocimientos.


Para los interesados en los pormenores de la batalla, dejo estos links:


Rocroi en español


Rocroi en français


Rocroi in English


martes, 28 de julio de 2009

La herencia de Richelieu

Cardenal Richelieu

Pocos días después de la boda, el duque de Enghien cayó gravemente enfermo. La corte atribuyó su enfermedad a su desesperación al haber sido forzado a ese matrimonio que tanto le disgustaba. Y ciertamente Luis se comportaba como un hombre que no tuviera deseos de vivir. Cuando por fin accedió a que lo vieran los médicos, su estado era tan desesperado que se pensó que no sobreviviría, aunque estas aprensiones resultaron erradas, y al cabo de seis semanas se recuperó. Su buen ánimo, sin embargo, no regresó al mismo tiempo que la salud, y atravesó por una grave depresión, negándose a recibir a nadie. Pasaba todo el día y parte de la noche leyendo novelas.


Por fin logró salir de su letargo, y el 13 de mayo de 1641 celebró su regreso a la vida con una fiesta en Charonne en honor a su hermana y sus bellas amigas, entre las cuales se encontraba, no hace falta decir, Marta du Vigean.


El cardenal, irritado ya por la frialdad con la que el joven trataba a su sobrina, se contrarió mucho con ese asunto. Richelieu llegó a la conclusión de que la conducta del duque de Enghien necesitaba ser guiada, de modo que le rodeó de servidores dedicados por entero a él, y fijaba hasta el menor detalle sus asuntos, incluso el número de días que habría de permanecer en cada lugar. Luis, agobiado, se vio muy aliviado cuando llegó el momento de reunirse nuevamente con el ejército en Picardía.


El 4 de diciembre de 1642 Richelieu sucumbió al único enemigo capaz de sojuzgarlo: la muerte. Excepto su familia y unos pocos amigos fieles, casi nadie lo lamentó. Ahora, por fin, Enghien era libre para ordenar su vida como más le placía y para sumergirse en su pasión por mademoiselle du Vigean.


Luis II de Borbón, duque de Enghien y Príncipe de Condé


Pero aún habría de aguardarle una sorpresa desagradable. De poco había servido el sacrificio de su matrimonio, porque el cardenal no dejaba ninguna herencia a su sobrina. Como explicaba en su testamento, estimaba que ya había percibido suficiente con la dote.


Se organizó un gran escándalo a consecuencia de esto. El padre de Luis emprendió acciones legales contra la duquesa de Aiguillon, la otra sobrina del cardenal, que junto con su hermano Armand de Vignerot era la principal beneficiaria. En su indignación llegó a afirmar que el testamento había sido dictado por la duquesa y ejecutado por el cardenal debido a la influencia de una pasión incestuosa, y por lo tanto debía ser anulado.


El proceso se prolongó durante más de 30 años, al cabo de los cuales ambas partes llegaron a un acuerdo. El duque de Enghien no tomó parte en el escándalo, dirigido enteramente por su padre. En esos momentos estaba ocupado considerando la posibilidad de anular su matrimonio con el pretexto de que había sido obligado a dar su consentimiento cuando no era más que un niño. Tenía intención, desde luego, de casarse con Marta.


lunes, 27 de julio de 2009

Boda en el Palais Cardinal

Palais Cardinal, después Palais Royal

El matrimonio se fijó finalmente para el 11 de febrero de 1641. A principios de enero el duque de Enghien llegó a París con su padre, que le acompañaba a todas partes para asegurarse de que Luis manifestaba suficiente entusiasmo por aquello que le estaba destinado. Claire ya había llegado y se alojaba en casa de la duquesa de Aiguillon, a cargo de madame Bouthillier.


El 14 de enero Richelieu dio una fiesta en honor a la pareja en el Palais Cardinal. La principal atracción era la representación de Mirame, una tragicomedia escrita por Su Eminencia en colaboración con Desmarets. Se había construido un teatro especialmente para la ocasión, y el propio cardenal había diseñado el vestuario. El público, por supuesto, aplaudió a rabiar en los pasajes adecuados, pues Richelieu iba dando la señal para hacerlo. Según las malas lenguas, el taimado Primer Ministro había ideado el argumento de modo que hiciera recordar el amor de Ana de Austria por el Duque de Buckingham.



La obra fue seguida de un baile en el que la novia apareció muy hermosamente ataviada y luciendo algunas joyas de la reina. Enrique de Condé observaba desde la galería en compañía de algunos íntimos y no cesaba de mostrar exageradamente su admiración por su futura nuera. Mientras ella bailaba, no dejaba de repetir: “¡Oh, qué hermosa es! ¡Oh, qué hermosa es!”


Claire iba calzada con unos tacones altísimos para aparentar mayor estatura, pues estaba bajita para su edad. Le costaba mucho mantener el equilibrio con ellos, y mientras bailaba una courante, la pobre chiquilla resbaló y se cayó al suelo toda despatarrada. Mademoiselle de Montpensier nos cuenta que “Ninguna consideración respetuosa fue capaz de impedir que todos los presentes, incluyendo al duque de Enghien, dieran rienda suelta a su diversión”.



El 7 de febrero se firmó el contrato matrimonial en el gabinete del rey en el Louvre, según era costumbre cuando se casaba un príncipe de la sangre. Cuatro días más tarde se celebraba la boda en la capilla del Palais Cardinal, oficiada por el arzobispo de París. Después hubo un suntuoso banquete y por la tarde Richelieu ofreció una obra de teatro seguida de una cena. Se dice que el cardenal gastó un millón de libras en las celebraciones.


Terminada la cena, la compañía se dirigió al Hôtel de Condé para acostar a la pareja según la tradición.


sábado, 25 de julio de 2009

Richelieu se enfada

Cardenal Richelieu

El duque de Enghien y su prometida tuvieron poco tiempo para conocerse, porque otros asuntos reclamaron pronto a Luis. Había guerra contra España, y el joven llevaba mucho tiempo deseando demostrar su valor en el campo de batalla. Contando apenas quince años de edad ya había escrito a su padre las siguientes palabras: Leo con placer las acciones heroicas de nuestros reyes a lo largo de la Historia… Siento la sagrada ambición de emularlos y seguir su ejemplo, cuando mi edad y capacidades me hayan convertido en lo que vos deseáis”.

En la primavera de 1640 el príncipe de Condé dio finalmente su consentimiento, y a finales de abril partió hacia Picardía para su primera campaña militar. Allí serviría a las órdenes del mariscal de la Meilleraie, el enemigo jurado de su padre. Era seguro que no se le iba a permitir ninguna debilidad ni a exagerar sus méritos.

Esa campaña fue corta y fácil, terminando el 9 de agosto con la toma de Arras. Para entonces se había ganado las alabanzas de sus superiores por la prontitud y la inteligencia con la que ejecutaba cuanto le era confiado, y por las abundantes pruebas de valor.

El Duque de Enghien

Al terminar la campaña, y siguiendo las instrucciones de su padre, se dirigió a Dijon sin pasar por París. El príncipe había decidido que hasta que su hijo estuviera convenientemente casado era mejor apartarlo de los peligros que representaban algunas fascinantes damiselas, y una en particular.

El cardenal, al ver que no regresaba a París, interpretó el asunto como prueba de los persistentes rumores que circulaban por la corte, y que afirmaban que al duque de Enghien no le gustaba su prometida. Indignado, Richelieu despachó a Chavigny a Dijon para invitar a Luis a explicar su conducta y a que se pronunciara honestamente respecto a si deseaba o no el matrimonio que su padre había concertado para él. No cabe la menor duda de cuál habría sido su respuesta de habérselo permitido las circunstancias y su sentido del honor, pero el joven, en contra de sus deseos, se vio obligado a negar los rumores tajantemente. Luego escribió la siguiente carta a su padre:

Me siento obligado a informaros que monsieur de Chavigny vino ayer a verme y me dijo que tenía algo importante que decirme. Que un caballero le había contado que corría el rumor de que yo no sentía ninguna inclinación por mademoiselle de Brezé; que contemplaba con aversión este matrimonio, y que la gente se daba cuenta de que mi aspecto era muy melancólico… Repliqué que quien le había dicho eso era un malvado. Igual que los que hacían circular esos falsos rumores; que consideraba este matrimonio un gran honor y un favor; que era lo que vos y yo más deseábamos en el mundo, y que los que esparcían esos rumores eran sus enemigos y los míos, y que, lejos de estar melancólico, nunca había estado tan alegre”.

jueves, 23 de julio de 2009

La sobrina de Richelieu

Claire-Clemence de Maillé-Brezé, la novia

Entre los cortesanos que buscaban ansiosamente el favor de Richelieu, Enrique de Condé era el más ávido de todos. Había llegado al extremo de consentir, en contra de la costumbre, que los príncipes de la sangre cedieran preferencia al cardenal. Más aún: llevó su servilismo a tal punto que levantaba las cortinas y las sujetaba para él cuando el todopoderoso ministro atravesaba una puerta. Richelieu debió de escuchar atónito cómo este gran señor pedía casi de rodillas la mano de su sobrina.


La joven era Claire-Clemence de Maillé-Brezé, hija del mariscal duque de Brezé. El mariscal se había casado con la hermosa y excéntrica hermana del cardenal, Nicole du Plessis.


Claire había nacido el 28 de febrero de 1628, y pasó la infancia con sus padres en el château de Milly, en Anjou. Pero cuando la excentricidad de Nicole se convirtió en locura y el mariscal comenzó a consolarse abiertamente con la viuda de uno de sus valets, el cardenal decidió que era hora de llevarse de allí a su sobrina. En 1633 aprovechó que una epidemia estaba devastando Anjou para enviarla al château des Caves, cerca de Nogent-sur-Seine, con la familia Bouthilliers, que le eran totalmente leales.


Urbain de Maillé-Brezé, el padre de la novia


El duque de la Trémoille acababa de solicitar la mano de Claire-Clemence para su hijo, el príncipe de Tarento, cuando apareció en escena el príncipe de Condé pidiéndola para el suyo. No importaba nada que Claire fuera a cumplir cinco años y el niño tuviera once.


La alegría de Monsieur le Prince al ver hecho el compromiso fue tal que a Richelieu le costó lo suyo convencerlo para que se abstuviera de confirmar los rumores que ya circulaban por la corte hasta que la novia hubiera alcanzado la edad casadera. En cuanto al mariscal de Brezé, el cardenal no consideró necesario informarlo de estas disposiciones con respecto a su hija. De hecho no tuvo ni idea hasta que el propio duque de Enghien acudió a solicitar su consentimiento para la boda en 1640.


El joven Luis había protestado enérgicamente contra estos proyectos matrimoniales de su padre para él. No le agradaron, pero acabó sometiéndose y accediendo a lo que sólo veía como un sacrificio que le permitiría avanzar en su carrera.


El duque de Enghien y futuro Gran Condé: el novio


La duquesa de Aiguillon, la sobrina predilecta de Richelieu, condujo a Claire a París, adonde el novio llegaba poco después acompañado de su padre. A Luis se le permitió visitarla y escribirle hasta que se celebrara el matrimonio, que Richelieu decidió aplazar hasta el año siguiente debido a la corta edad de la novia.


Sólo por orden paterna se avino el joven a cortejar a su prometida, pero limitó sus visitas a aquellas exigidas por la etiqueta. Mademoiselle de Montpensier dice de Claire que estaba “lejos de ser fea; tenía hermosos ojos, una fina tez y buena figura”. Pero lamentablemente en esos momentos era apenas una niña, y representaba menos edad de la que tenía en realidad, en parte porque era muy infantil y aún jugaba con muñecas. En estas circunstancias, no era de esperar que el duque de Enghien se sintiera atraído.


martes, 21 de julio de 2009

Las Ninfas de Chantilly

Château de Chantilly

El joven duque de Enghien acudía al château en aquellos tiempos dorados de Chantilly. Traía con él a muchos de sus amigos de la academia, y que iban a luchar a su lado en el campo de batalla. Estaban los dos hijos del mariscal duque de Châtillon: Maurice, conde de Coligny, fallecido después en aquel duelo contra el duque de Guisa, y Gaspard, marqués de Andelot. Junto a ellos Guy de Laval, Luis y Carlos Amadeo de Saboya, que llevaron sucesivamente el título de duque de Nemours; los dos du Vigeans y muchos otros. Y también estaba su encantadora hermana, Anne-Geneviève, que en 1642 se casaría con el duque de Longueville. Con ella, un ramillete de jóvenes bellezas que gustaban de reír, demostrar su ingenio y coquetear con el duque de Enghien y sus amigos bajo la indulgente mirada de la princesa.


Entre estas ninfas había dos, Isabel de Boutteville y Marta du Vigean, destinadas a figurar de modo muy prominente en la vida de nuestro Gran Condé. Ambas ofrecían un singular contraste. Isabel, con el título de duquesa de Châtillon iba a ganarse la reputación de ser la mayor coqueta de su tiempo. Era una joven que para entonces ya era plenamente consciente de todo el poder que le daban sus atractivos. Los poetas componían versos en su honor. Insaciable a la hora de buscar admiradores, no desdeñaba ninguna conquista, animando y rechazando alternativamente a la tropa que se reunía en torno a ella.


Château de Chantilly


Marta era muy diferente. Era dulce y modesta, y apenas parecía ser consciente de la admiración que despertaba. Lamentablemente no se conserva ningún retrato suyo, ni tampoco tenemos descripción detallada de ella. Pero su belleza parece haber sido particularmente llamativa, y el reflejo de un carácter amable, puro, desprovisto de egoísmo.


Luis de Condé al principio se sintió subyugado por los encantos más deslumbrantes de Isabel, pero al poco tiempo trasladó sus afectos hacia Marta, la gran pasión de su vida. La joven le correspondía. De hecho, lo amó con una intensidad y devoción que nunca disminuyó hasta el fin de sus días. Para ella, este joven príncipe de mirada de águila y valiente hasta la temeridad, era un verdadero héroe de novela.


Aunque los Du Vigean no pertenecían a lo más importante de la nobleza francesa, gozaban de favor en la corte, y la madre de Marta, madame du Vigean era una de las amigas más íntimas de la princesa de Condé. Era inmensamente rica, y daba unas fiestas magníficas en su casa de campo de La Barre. Marta era, por tanto, heredera de una vasta fortuna. En circunstancias normales, el duque de Enghien podría haber alentado esperanzas de obtener el consentimiento paterno y el del rey —es decir, el de Richelieu— para casarse con ella, pues los príncipes de la Casa de Borbón frecuentemente habían buscado esposa entre las hijas de familias francesas nobles y acaudaladas. Pero por desgracia para ambos, el príncipe de Condé tenía otros planes para su hijo, y hacía tiempo que había elegido para él a una sobrina del cardenal Richelieu.


domingo, 19 de julio de 2009

Un lugar tan hermoso

Château de Chantilly

A finales de 1635 se dio por concluida la educación del duque de Enghien y su padre lo envió a París, donde fue presentado a Luis XIII. Poco después ingresaba en la “Academia Real para la Joven Nobleza, fundada hacía unos años y recientemente transformada en una escuela militar bajo el patronazgo del rey y de Richelieu. Allí aprendió todo cuanto se refiere al oficio de las armas, materias tales como geografía, matemáticas, fortificación, dibujo o esgrima. También en la Academia era tratado por orden de su padre igual que los otros nobles caballeros, sin ninguna deferencia hacia su condición de príncipe de la sangre. Algunos de sus compañeros de entonces llegaron a ser íntimos amigos y a compartir sus hazañas y su fama.


En la primavera de 1638 Luis XIII le confió el gobierno de Borgoña en ausencia de su padre. La mañana del 1 de abril ocupó su asiento en el Parlamento de Dijon. No era precisamente un joven atractivo. Madame de Motteville dice de él que “sus ojos eran azules y llenos de vivacidad, su nariz aquilina, su boca muy desagradable, por ser muy grande y sus dientes demasiado prominentes. Pero en su aspecto general había algo de grande y altivo, algo que recordaba a un águila. No era muy alto, pero su figura era admirablemente bien proporcionada. Bailaba bien y tenía una expresión agradable y un aire noble”.


Duque de Enghien, futuro Gran Condé


Desgraciadamente para el duque de Enghien y para Francia, su padre y sus maestros, mientras no ahorraban desvelos para desarrollar sus talentos y fortalecer su cuerpo, no tuvieron el mismo éxito a la hora de corregir ciertos graves defectos de su carácter que, al hacerse mayor, se agudizaron más, y que terminaron por empañar su fama. Louis era temerariamente valiente, generoso, de ingenio rápido y lleno de energía y determinación. Pero era orgulloso, sumamente egoísta y totalmente indiferente hacia el sufrimiento o las susceptibilidades de los demás cuando estaban en juego sus propios objetivos.


Cuando su padre se había casado era un hombre pobre para la enorme categoría social que tenía como príncipe de la sangre, pero en los últimos años la familia había llegado a ser una de las más acaudaladas de Francia, gracias, en parte, a la buena herencia recibida por Charlotte de Montmorency.


A ella le gustaba pasar la mayor parte del verano en Chantilly. Llegaba con un pequeño grupo de amigos y la compañía de algunos intelectuales. Su esposo no apreciaba los placeres del campo, por lo que solía permanecer en París. En su ausencia se prescindía de la etiqueta, y a los invitados se les permitía divertirse como desearan. Las excursiones eran muy agradables, y por las noches, después de rezar las oraciones de costumbre en la capilla, a la que todos asistían, las damas se retiraban a los apartamentos de la princesa, donde había juegos y canto. Las conversaciones solían ser muy amenas, historias de intrigas palaciegas y de amoríos. Se hacían versos y acertijos, y algunas paseaban por los estanques y por los jardines y se sentaban sobre el césped mientras otras cantaban, recitaban, o leían novelas en el balcón. Lenet, en sus memorias, nos dice: “ Nunca se vio un lugar tan hermoso en tan hermosa estación”.


domingo, 12 de julio de 2009

De viaje

Diana de Méridor

Aquí estoy esperando a que terminen de cargar mis baúles en el carruaje. Me voy. Emprendo un viaje, pero regresaré pronto, en una semana.

Mientras tanto, seguirán apareciendo algunas entradas programadas en mi otro château.

¿Me esperan o me acompañan? ¿No les gustaría viajar así?

Hasta pronto.


Diana de Méridor

viernes, 10 de julio de 2009

Un alumno aventajado

Saint-Amand-Montrond

El 2 de mayo de 1626 el príncipe, que desde ese día llevó el título de duque de Enghien, fue llevado a Bourges para la ceremonia de su bautismo. Esta fue la única vez que se le permitió abandonar Montrond.


Allí las lecciones, para estimularlo, tomaban frecuentemente la forma de juegos, de forma que le dejaran una impresión agradable. Hizo progresos asombrosos, especialmente en latín, y pronto comenzó a evidenciar un vivo interés por los asuntos militares, a consecuencia de sus conversaciones con un distinguido ingeniero llamado Sarrasin, encargado entonces de reparar las defensas de Montrond, y que además supervisaba sus diversiones. Cuando contaba tan sólo ocho años de edad ya era capaz de pronunciar arengas en latín.


A finales de 1630 su padre lo trasladó a Bourges, para que continuara sus estudios en el colegio jesuita de Santa María, uno de los más reputados que la Orden había establecido en Francia. Allí permaneció seis años. La única distinción entre él y los otros alumnos fue una pequeña balaustrada que rodeaba su silla, pero su padre dio orden de que sus compañeros no le cedieran el paso ni le concedieran preferencia, ni en clase ni en los juegos.


Catedral de Bourges


El propio Condé residía parte del año en Bourges y vigilaba de cerca la educación de su hijo, examinaba sus redacciones y los apuntes que tomaba, y le hacía bailar y jugar al tenis en su presencia. Cuando estaba ausente, en la corte o con el ejército, mantenía correspondencia regular con el chico, y desde que éste cumplió ocho años le escribía en latín.


Los progresos de Louis deleitaban a sus instructores tanto como a su padre. A los doce años, tras terminar su curso de retórica, su dominio del latín era tal que lo hablaba y escribía igual que su lengua materna. Los siguientes dos años los dedicó al estudio de la filosofía y las ciencias, que incluían lógica, ética, matemáticas y física. Después su padre decidió que estudiara Derecho bajo la dirección de Merrille, profesor de Jurisprudencia en la Universidad de Bourges.


Pasaba las vacaciones en Montrond, y se le permitía invitar a compañeros de clase. Pero también acudían algunos tutores y maestros, de modo que las lecciones no se suspendían por completo, aunque se concedía más importancia al ejercicio físico con prácticas de danza, esgrima y equitación.


miércoles, 8 de julio de 2009

Muy cerca del trono

Enrique de Borbón, padre del Gran Condé

Luis II de Borbón, duque de Enghien y posteriormente príncipe de Condé a la muerte de su padre, era hijo de Enrique de Borbón y de Charlotte-Marguerite de Montmorency. Su nacimiento el 8 de septiembre de 1621 fue un acontecimiento de gran importancia, pues no parecía imposible que pudiera llegar a heredar el trono: el padre de Enrique de Borbón y el de Luis XIII eran primos hermanos. Luis XIII aún no tenía hijos, y el único pariente más próximo, su hermano Gastón de Orleáns, no se sentía inclinado a tomar esposa en esos momentos.


Enrique ocupaba su puesto como gobernador de Berry cuando recibió la noticia del nacimiento. Madame la Princesse emprendió el viaje para reunirse con él tan pronto como le fue posible para que conociera al nuevo vástago. El matrimonio había tenido otros tres hijos antes, fallecidos a muy temprana edad, y una niña que viviría y daría mucho que hablar: la hermosa Anne-Genevieve, futura duquesa de Longueville, quien acababa de cumplir dos años por esas fechas.


Saint-Amand-Montrond


El recién nacido era frágil y enfermizo. Su padre decidió apartarlo del aire de París, que temía no conviniera a su salud, así como de la protección excesiva de su madre y de la influencia de las damas de las que siempre se rodeaba la princesa. De este modo rompió con la tradición y lo envió a Montrond, un castillo fortificado de su propiedad, situado en la confluencia de los ríos Marmande y Cher, junto a la ciudad de Saint-Amand. Allí sería puesto al cuidado de algunas capaces mujeres de clase media en quienes podía confiar que llevaran a cabo la tarea de su instrucción con incuestionable obediencia.


Estos arreglos indignaron a la princesa, pero a fin de cuentas fueron beneficiosos para el niño, pues su salud mejoró considerablemente allá en el campo. En cuanto a la inteligencia del pequeño Luis, pronto demostró ir por delante de su edad. Apenas había aprendido a hablar cuando comenzó a mostrar esa fuerte voluntad que siempre lo caracterizó, y que manifestaba en forma de rebeldía hacia las órdenes de sus cuidadoras. No temía a nadie excepto a su padre, y cuando éste no estaba cerca era muy difícil refrenarlo.


lunes, 6 de julio de 2009

Al compás de los violines


Y así comenzó todo, con Conti al frente de las tropas rebeldes y como únicas cabezas pensantes la de Gondi y las de dos mujeres: madame de Longueville y madame de Chevreuse. La Fronda tenía un toque indudablemente femenino, tal como había advertido el cardenal.


Gondi, oculto en casa de madame de Longueville, cada vez que recibía la noticia del asesinato de algún partidario de Mazarino adoptaba aires de inocencia, se arrodillaba en su reclinatorio y rezaba en acción de gracias. Su plan había sido preparado esta vez con cuidado. Disponía de tropas perfectamente armadas y ordenó imprimir canciones insultantes y libelos contra Mazarino. Para financiar esta campaña se había dirigido a España, que no se sentía molesta apoyando una empresa capaz de producir desórdenes importantes en Francia.


Madame de Longueville estaba embarazada por entonces, pero su avanzado estado no le impedía pronunciar discursos y sostener conferencias en su habitación. A finales de enero, mientras las tropas de su hermano Condé invadían la ciudad, dio a luz a un niño al que bautizó con el nombre de Paris.


Madame de Longueville


En Saint-Germain la familia real pasaba dificultades; les era preciso empeñar los diamantes de la Corona, porque no tenían ni para alimentos. Al rey solían faltarle artículos de primera necesidad. Lo sucedido durante esas fechas marcaría profundamente a Luis XIV. La traición de sus propios familiares, el hecho de que un rey se viera obligado a huir y a subsistir de tan penosa manera eran cosas que quedarían muy grabadas en su mente.


El 8 de febrero Condé atacaba la guarnición de Charenton, causando más de dos mil bajas. Mientras las matanzas continuaban a las puertas de la ciudad, madame de Longueville organizaba conciertos de violín en su habitación, en la que se reunía el gran consejo de la Fronda.


Creo que, llegados a este punto, les interesaría conocer algunas cosas más acerca de los Condé. A ello iremos próximamente.


sábado, 4 de julio de 2009

Sálvese quien pueda


Al llegar la mañana la ciudad se despertó con la noticia de la fuga de la corte. El engranaje del rumor se puso en marcha y comenzó a circular por las calles de París a gran velocidad. La conmoción que esto causó fue tremenda; el ambiente se iba caldeando y se sucedían los tumultos. Cualquier persona que tenía alguna relación con la corte intentaba escapar bajo diversos disfraces para unirse a la familia real. El populacho, por su parte, cerraba las puertas de París y hacía barricadas en las calles para impedírselo.


En medio de esta confusión llegó una carta que fue recibida por los magistrados municipales y llevaba la firma del rey. Comunicaba que se había visto obligado a abandonar la capital para evitar ser apresado por el Parlamento, y urgía a los magistrados a hacer cuanto estuviera en su poder para mantener el orden y proteger la propiedad.


El Parlamento se negó a reconocer la orden, declarando que no emanaba del rey, sino de los viles consejeros que le retenían cautivo. Al recibir esta respuesta, la reina, que había hecho rodear el palacio de St.-Germain por tropas leales, actuando por consejo de Mazarino promulgó un decreto prohibiendo a las poblaciones en torno a París que enviaran a la capital pan, vino o ganado. También se desplegaron tropas para cortar los suministros.


Pronto promulgó otro decreto el Parlamento con el siguiente contenido:


“Puesto que el cardenal Mazarino es notoriamente la causa de los actuales problemas, el Parlamento declara que es el perturbador de la paz pública, el enemigo del rey y del Estado, y le ordena que se retire de la corte al término de este día, y del reino en ocho días más. En caso de que no lo hiciera, al finalizar el plazo señalado se hace un llamamiento a todos los súbditos del rey para que lo capturen.”


Al mismo tiempo se reclutaba a hombres de armas en número suficiente para escoltar a aquellos que traerían provisiones.


El príncipe de Conti representó bien su papel: siguió a la corte y luego regresó subrepticiamente a París con su cuñado, el duque de Longueville. Como premio a su traición se le nombró generalísimo de la Fronda.


jueves, 2 de julio de 2009

Reina a la fuga

Saint-Germain-en-Laye

La tarde del 5 de enero de 1649 el rey se divertía con un juego de azar en los aposentos de su madre, que lo observaba apoyada contra el borde de la mesa. La duquesa de La Trémoille hizo una seña a madame de Motteville y le susurró:


—Corre el rumor por París de que la reina parte esta noche.


Madame de Motteville se sorprendió al escucharla: Ana le parecía perfectamente tranquila y despreocupada ese día, incluso más alegre que en otras ocasiones. Se encogió de hombros y rechazó la idea por descabellada.


Más tarde el rey se retiró a su alcoba para pasar la noche, pero a las 3 de la mañana Villeroy entró a despertarlo. Después de vestirlo lo condujo junto con su hermanito Philippe a uno de los carruajes dispuestos ante la verja del Palais-Royal. Ana de Austria, acompañada de algunos dignatarios, descendió las escaleras traseras y se reunió con ellos. Pronto llegó Mazarino con otros miembros importantes de la corte. Éstos, que residían en distintas partes de la ciudad, avisados de los planes se unían a la comitiva a las cinco de la mañana. En total abandonaban el palacio unos veinte carruajes que transportaban a ciento cincuenta personas.


El viaje no era largo, sólo doce millas. Partieron a la luz de las antorchas a través de las calles oscuras y estrechas y poco después conseguían alcanzar Saint-Germain sin ningún percance.


Saint-Germain-en-Laye


El pequeño rey había nacido en este lugar, pero ahora encontraban un edificio sin camas, sin mantas, sin ropa blanca, sin muebles, sin valets que los ayudaran, pues la reina se había abstenido de hacer arreglar el castillo por temor a que eso delatara sus planes de fuga. Por suerte Mazarino había tenido la precaución de enviar tres pequeños catres de campaña, que utilizaron ahora la reina y sus hijos mientras el cardenal y los cortesanos que los acompañaban tuvieron que dormir sobre la paja. En cuestión de pocas horas el precio de la paja subió vertiginosamente.


Mademoiselle de Montpensier nos ha dejado un relato de la escena que les aguardaba a su llegada:


“Cuando llegamos a St. Germain nos dirigimos directamente a la capilla para oír misa. El resto del día se pasó en interrogar a los que llegaban acerca de lo que se hacía en París. Sonaban los tambores por toda la ciudad, y los ciudadanos se habían alzado en armas. La condesa de Fiesque me envió un camastro, y un colchón, y algo de ropa de cama. Como me encontraba en tan lamentable situación, fui a buscar ayuda al Château Neuf, donde se alojaban Monsieur y Madame [su padre, que recibía ese tratamiento como duque de Orleáns, y la segunda esposa de éste, Margarita de Lorena]; pero Madame no tenía más ropa que yo misma. No podía haber nada más cómico que este desorden. Yo me alojaba en una gran habitación, bien pintada y decorada, pero con poco fuego encendido, lo que no es agradable en el mes de enero. Se colocó el colchón en el suelo y así mi hermana, que no tenía cama, dormía conmigo. Juzgad si me encontraba en una agradable posición, pues apenas había dormido la noche anterior y tenía dolor de garganta y un violento resfriado.


“…No podía cambiar la ropa blanca, y mi camisa la lavaban durante la noche. No tenía mujeres que me peinaran y me vistieran, lo que resulta muy inconveniente… Sin embargo, no perdía mi alegría, y Monsieur se admiraba de que no protestara por nada… Así permanecí durante diez días, al término de los cuales llegó mi equipaje, y me alegré de tener todas mis comodidades. Entonces fui a alojarme en el château Vieux, donde residía la reina.”