martes, 30 de junio de 2009

Las intrigas de Gondi

Cardenal de Retz

Gondi, futuro cardenal de Retz, furioso por la mala marcha de sus planes, decidió entonces minar los apoyos con los que contaba la regente comprometiendo en la Fronda al hermano de Condé, el príncipe de Conti. Éste personaje, algo contrahecho y desequilibrado, había llegado tarde al reparto de inteligencia y tuvo que conformarse con el último puesto de la familia. Para colmo de males se decía que se había enamorado en su adolescencia de su propia hermana, madame de Longueville, y que desde entonces la amaba locamente. Llevaba en el brazo una de sus ligas, y algunos afirmaban que ella, emocionada por tanta pasión, le concedía a veces ciertos favores.


Conocedor de estos rumores, Gondi visitó a la dama y le explicó cómo podía jugar un papel importante en la Fronda.


La bella duquesa de Longueville se entusiasmó de inmediato con la idea de ver a uno de sus hermanos como regente de Francia si la Fronda triunfaba, así que prometió colaborar. Y, en efecto, no le costó mucho convencer a Conti para que se uniera a una rebelión en la que el propio Gastón de Orleáns, tío del rey, sería el cabecilla. A fin de cuentas Luis de Condé no había querido ceder nada de la herencia paterna a su hermano menor, y trataba de empujarlo hacia la Iglesia. Conti no deseaba en absoluto ser sacerdote, y con la Fronda había una ocasión de medrar y mejorar su suerte.


Armando de Borbón, príncipe de Conti


Se acordó que las reuniones de la Fronda tendrían lugar en la residencia de madame de Longueville en Noisy-le-Roi, cerca de Versalles. Allí acudía Gondi, que encontraba a la duquesa muy de su agrado. Él mismo nos cuenta lo siguiente en sus memorias:


“Tenía la mejor disposición del mundo para situarla entre madame de Guéménée y madame de Pommereux [sus dos amantes en aquel momento]. No es que yo afirme que ella hubiese aceptado, pero tampoco era posible que hubiera alejado el pensamiento, que además fue vivísimo desde su nacimiento.”


Pero al final juzgó más prudente no pasar al ataque, porque eso podía molestar a su hermano Conti, que era indispensable para la Fronda; y teniendo en cuenta, además, que tanto el marido como el amante a la sazón de la dama, La Rochefoucauld (el autor de las Máximas) también podían ser útiles.


Mientras tanto Ana de Austria, inquieta al darse cuenta de que algo grave se tramaba, dispuso rápidamente un ejército alrededor de París, mandado por Condé, y decidió partir nuevamente hacia Saint-Germain en compañía de Mazarino y del pequeño Luis XIV.

Gondi aprovechó el momento. Lanzó a sus agentes a la calle para sublevar a la gente repitiendo la consigna:


—¡La regente ha hecho rodear París para rendirnos por hambre! ¡Es una declaración de guerra!


domingo, 28 de junio de 2009

A la sombra del héroe

Luis de Borbón, Príncipe de Condé

Gondi se sentía molesto porque le faltaba apoyo. Necesitaba reclutar para su bando a un gran apellido, a un hombre lo suficientemente prestigioso para servir de estandarte. Y ese hombre tenía que ser el Gran Condé. Pero Luis de Condé, aunque despreciaba a Mazarino, rechazó participar en una empresa en la que se arriesgaba el trono, y se alineó junto a la reina. Conservaba, por su educación, un profundo respeto por la autoridad real. Cuando los rebeldes se presentaron en Ruel para invitarlo a unirse a ellos y tomar su lugar en el Parlamento, respondió:


—Me llamo Luis de Borbón, y no deseo debilitar la Corona. En cuanto a ese asunto, acataré las órdenes de la reina, y obraré conforme a ellas en eso como en cualquier otra cosa. Sugiero a los señores consejeros que hagan lo mismo si no quieren obligarme a castigar su desobediencia.


Su hermano el príncipe de Conti y su cuñado el duque de Longueville, junto con el de Orleáns, si bien en un tono menos amenazante declararon también su lealtad a la reina, e incluso su amistad hacia el Primer Ministro.


El respaldo del príncipe de Condé fue un alivio para Ana, que realmente lo necesitaba. Los consejos de este héroe militar, al que pronto conoceremos más íntimamente, siempre eran más enérgicos que los del duque de Orleáns y los del cardenal Mazarino, y en ese momento a Ana le pareció el pilar más fuerte sobre el que podía sostenerse.


Ana de Austria


Los diputados reclamaban de ella la puesta en libertad de los dos detenidos y el regreso del rey a París, a lo que la regente respondió entonces:


—Encuentro extraño que unos súbditos pretendan impedir a su soberano que viva como los demás hombres, y que resida en el campo una temporada. A messieurs de Chavigny y de Châteauneuf los he hecho arrestar por muchas y poderosas razones de las que no tengo que rendir cuentas más que ante Dios y ante el rey mi hijo cuando tenga edad para juzgar. Y el amotinamiento de los oficiales que osan censurar mis actos será castigado muy pronto, a menos que cesen al instante esas asambleas ilegítimas.


A su regreso, los diputados informaron al Parlamento de las respuestas de los príncipes y de las amenazas de la reina. Al mismo tiempo llegaron noticias de que cuatro mil alemanes habían pasado el Somme bajo las órdenes del conde de Erlach y se aproximaban a la capital. Sólo había dos alternativas: someterse o prepararse para resistir un asedio. El Parlamento se decidió por esto último, pero por un escaso margen. Fueron muchos los partidarios de someterse antes que abandonar París a la ruina y la desolación.


Se imprimió la decisión y se publicó por todo París. Los burgueses tomaban las armas, se mostraban dispuestos a resistir.


viernes, 26 de junio de 2009

La huida a Saint-Germain

Saint-Germain-en-Laye

Pocas horas después de la puesta en libertad de Broussel, las barricadas fueron levantadas y los vehículos volvían a circular por las calles. No quedaba rastro alguno de un tumulto tan extraordinario como el que la ciudad había vivido durante aquella jornada.


Pero el cardenal y Ana de Austria se dan cuenta del peligro que corren. París ya no era seguro para ellos. Existía el riesgo de un nuevo brote de violencia, así que hicieron su equipaje para trasladarse a Saint-Germain-en-Laye con el pequeño rey, que cumplía diez años por esas fechas. Los cortesanos, advertidos de estos proyectos, vaciaron sus casas de muebles y objetos preciosos para evitar el pillaje, y abandonaron París en secreto.


La mañana del día fijado, el rey salió del Palais Royal como si fuera a dar su acostumbrado paseo, y la reina se dirigió al convento de Val de grâce, donde permaneció muchas horas conversando con las religiosas.


Convento de Val-de-Grâce


Mientras tanto, el cardenal la aguardaba impaciente fuera de la villa. Inquieto por su tardanza, le envió mensaje de que el pueblo sospechaba, que empezaban a tomar posiciones y que no había un momento que perder. Ana, siempre intrépida y dueña de un gran coraje, retuvo toda su sangre fría y no se apresuró, sino que, para dar la impresión de que no ocurría nada, atravesó París con calma, sin denotar la menor emoción, y llegó felizmente a Ruel, casa de campo de la duquesa de Aiguillon. Desde Ruel pudieron trasladarse a Saint-Germain. Allí permanecerían hasta que el 24 de octubre la firma del tratado de Westfalia, que ponía fin a la Guerra de los Treinta Años, dio algo de autoridad y seguridad a Mazarino. Fue suficiente para que se atreviera a conducir al rey y a su madre de regreso a París.


Firma de la Paz de Westfalia en Münster (Gerard Ter Borch)


Tres días después de la partida de la corte, Châteauneuf y Chavigny fueron arrestados, el primero exiliado a sesenta leguas de la capital y el segundo encerrado en el castillo de Vincennes, del que era gobernador. Se había temido que se aprestara para la defensa. En aquel tiempo las guarniciones de las plazas fuertes, compuestas por oficiales y soldados elegidos y pagados por los gobernadores, sólo obedecían las órdenes de estos, y tenían como cuestión de honor resistir a un asedio incluso contra las tropas del rey. Pero Chavigny, engañado hábilmente, dejó entrar en Vicennes a muchas compañías del regimiento de guardias.


miércoles, 24 de junio de 2009

"¡Dad la vuelta, traidor!"

Mathieu Molé, presidente del Parlamento

Al no poder obtener otra satisfacción, Mathieu Molé propuso a los suyos deliberar sobre la respuesta de la reina respecto a suspender las asambleas del Parlamento a cambio de la liberación de los prisioneros. Para ello había sido dispuesta una sala en el Palais Royal, pero los magistrados, estimando que iba contra su dignidad deliberar en otro lugar que no fuera la gran cámara, prefirieron emprender el regreso.


Las barricadas


Al llegar a la primera barricada fueron detenidos por la multitud, que les preguntó si habían obtenido la libertad de Broussel. Como Molé respondió negativamente, hubo cierta agitación que les causó dificultades para franquear el lugar. En la segunda los problemas fueron aún mayores, y al llegar a la tercera, situada en la Croix du Tiroir, entre la rue Saint-Honoré y la rue de la Monnaie, el tumulto fue tan grande que no se pudo contener.


—¡Dad la vuelta, traidor! —dijo uno de los rebeldes a Mole, agarrándolo por las barbas—, y a menos que deseéis ser masacrado, o traéis a Broussel de regreso o a Mazarino como rehén.


Mathieu Molé agarrado por las barbas


Muchos magistrados huyeron. El resto, encabezados por el intrépido Molé, regresaron al Palais Royal, y allí irrumpieron nuevamente en los apartamentos de la reina.


—Señora, no hay tiempo que perder —le dice Molé—. Se trata de la conservación de la Corona, de la seguridad del Estado y de la propia vida de Vuestra Majestad y de vuestro hijo.


Estas palabras causaron a la reina más furia que espanto. Estaba indignada ante semejante suposición de que podría alcanzarla algún peligro. Ella pensaba que su rango, su nacimiento y la autoridad que tenía dentro del Estado la protegían suficientemente contra todas las revueltas.


El Parlamento demandando la gracia de Ana de Austria


La reina de Inglaterra, la desdichada Henrietta Maria, se encontraba en el gabinete de Ana de Austria, triste ejemplo de la impotencia de esos títulos en los que su cuñada depositaba su confianza. Parecía que los acontecimientos vividos en su propio reino durante los últimos años habían acabado por convertir a Henrietta en lo que nunca antes había sido: una mujer prudente. El caso es que su intervención en ese momento resultó tan oportuna como decisiva. La reina de Inglaterra comentó:


—Los disturbios en Inglaterra no parecían tan grandes al principio, ni los ánimos tan enconados y tan unidos.


Henrietta Maria, reina de Inglaterra


Ana de Austria, derrotada, bajó la cabeza y dijo con un profundo suspiro:


—Que el Parlamento vea, pues, qué es lo que hay que hacer por la seguridad del Estado.


Los magistrados celebraron entonces una sesión en la galería del Palais Royal. El duque de Orleáns, los príncipes, los duques y los pares tomaron parte en la deliberación.


Los prisioneros fueron así liberados. Uno de ellos, Blancménil, llegó esa misma tarde y se mostró a la multitud sobre el Pont-Neuf, a pesar de lo cual los burgueses permanecieron armados toda la noche y aún al día siguiente, hasta la llegada de Broussel.


El Pont-Neuf

Al entrar en la villa, alguien hizo circular intencionadamente el rumor de que lo traían muerto en la carroza del rey. La desesperación y el furor se apoderaron de las gentes, que ya se disponían a cometer más desmanes cuando por fin vieron el buen aspecto del anciano.


Tras atravesar las calles más frecuentadas de la villa, Broussel hizo un alto en la catedral de Nôtre-Dame para rezar. Después se dirigió a su casa, y allí las aclamaciones del pueblo lo obligaron a asomarse a la ventana, bajo la que se había congregado un gran número de personas. El Parlamento mandó emisarios a cumplimentarlo, y decidió no ocuparse de ningún asunto hasta que él hubiera vuelto a ocupar su lugar. Estos honores exagerados, poco en consonancia con sus verdaderos méritos, importunaban a los miembros más prudentes, entre los que se encontraba Molé.


Catedral de Nôtre-Dame


—Monsieur Broussel merece mucho, sin duda —dijo—, pero no lo es todo dentro del Estado.


Sin embargo, el entusiasmo popular se mantuvo en lo más álgido durante mucho tiempo, y el poco sentido común de Broussel le convertía con frecuencia en un instrumento peligroso en manos de quienes pretendían servirse de él.


lunes, 22 de junio de 2009

La Jornada de las Barricadas



En 1648, cuando las críticas contra Mazarino comenzaban a remitir, el Parlamento se dirigió de pronto contra él, reclamando, entre otras cosas, la reducción de los impuestos. El Estado, para financiar la guerra de los Treinta Años, había subido los impuestos en medio de una crisis económica. A la muerte de Luis XIII todo el mundo había pensado que iban a bajar, y sin embargo resultó lo contrario, de donde vino un gran descontento. Ana de Austria intenta forzar el registro de los edictos fiscales por el Parlamento, y éste exige un mayor control sobre la recaudación. Se trataba, en esencia, de una lucha por el control del Estado, una pugna en la que Mazarino, como Primer Ministro, se convertía en la figura central.


Mathieu Molé fue el primer presidente del Parlamento desde su nombramiento en 1641. Éste fue hecho con la condición de que no debería permitir la asamblea general de las cámaras si no era por orden expresa del rey. Pero a la muerte de Richelieu, las pretensiones del Parlamento aumentaron hasta llegar en 1648 a reunirse para proponer la sanción de 27 artículos que equivalían en la práctica a una nueva constitución.


Mathieu Molé, primer presidente del Parlamento


Los disturbios comenzaron con el arresto de dos miembros del Parlamento. En cuestión de pocas horas, el 26 de agosto, la gente sacó a la calle todos los toneles vacíos que tenían en sus casas y construyeron, según las diversas fuentes, entre más de seiscientas y unas dos mil barricadas (que, por cierto, se llaman barricadas porque por entonces estaban hechas de barricas de tierra, atadas entre ellas con cuerdas y cubiertas con una fila de adoquines).


El arresto de Broussel


El 27 de agosto de 1648 había cerca de cien mil hombres armados en las calles de París. La ciudad se había sublevado excitada por los agentes de un eclesiástico que se frotaba las manos oculto en las sombras. Era Paul de Gondi, que más adelante sería el cardenal de Retz, uno de los mayores agitadores de su siglo, y que ahora buscaba el medio de destituir a Mazarino. El gran historiador Philippe Erlanger dice de él que fue “el único obispo de Francia que desencadenó una guerra civil sin invocar al menos el pretexto de la religión”.


Molé jugó un papel conciliador, solicitando la puesta en libertad de Pierre Broussel y el otro miembro de la Cámara. Al día siguiente el Parlamento entero desfiló en procesión hacia el Palais Royal para repetir la solicitud. En total eran 160 magistrados, marchando de dos en dos. A su paso resonaban los gritos de la muchedumbre de “¡Viva el rey! ¡Viva el Parlamento!”.


La Jornada de las Barricadas


Ana de Austria los recibió rodeada de los príncipes, los ministros y los miembros de su Casa. Su aspecto era triste y severo. Dijo que sabía muy bien que había agitación en la villa, pero no tan grande como pretendían hacerle creer.


—¿Y qué es lo que pasa? —añadió indignada—. Hemos visto apresados y exiliados a los más grandes nombres de este reino, y nadie dijo ni una palabra; y hoy, porque he hecho prender a dos consejeros, parece que se me pretenda juzgar.


Concluyó que era misión del Parlamento calmar los ánimos que ellos mismos habían excitado, y que de lo contrario ellos, sus esposas y sus hijos responderían ante su persona y ante el rey su hijo.


—Señora, sin duda estáis mal informada acerca del estado en el que se encuentra París —dijo Molé—. Todas las fuerzas del rey, unidas a las del Parlamento, se verían impotentes para apaciguar la sedición. Entregad a los prisioneros. Lo quiere vuestra justicia, conviene a vuestra bondad y cien mil hombres apoyan esta demanda con las armas en la mano.


La reina salió entonces de su gabinete con un sonoro portazo. Las instancias del duque de Orleáns y del propio Mazarino no tuvieron más éxito que las de Mathieu Molé. Por fin, tras mucha insistencia, se dejó arrancar la promesa de que liberaría a los prisioneros si el Parlamento se comprometía a suspender sus asambleas.



domingo, 21 de junio de 2009

Nuevos premios






Muchísimas gracias a madame Arwen, del blog el universo de Arwen y a madame Fabiana, del blog momentos de la vida, por esta lluvia de premios que me han concedido, nada menos que seis. Mesdames, esto representa la mayor colección recibida hasta ahora, de modo que estoy abrumada por el honor.

Les agradezco mucho la amabilidad que han tenido. Bisous barrocos para ambas.

Diana de Méridor

sábado, 20 de junio de 2009

Peor que en Babilonia



La Fronda de los Príncipes hubiera sido un asunto fácil de resolver de no haber sido por algunas bellas damas de la corte que decidieron intervenir en él. La Chevreuse no era precisamente la única. Las damas de la época parecían sentir una gran inclinación por la política y la intriga, y empujaban a los hombres a pasarse al bando que más les convenía a ellas. En una ocasión Mazarino expresó al embajador de España el siguiente pensamiento:

“Una mujer de bien no se acostaría con su marido, ni una coqueta con su galán, si ellos no hubieran hablado antes de los asuntos de Estado; ellas quieren verlo todo, conocerlo todo, saberlo todo, y, quien puede, hacer y enredarlo todo. Tenemos tres, entre otras: la duquesa de Longueville, la duquesa de Chevreuse y la princesa Palatina, que nos hunden en confusiones mayores que las que hubo en Babilonia.”

Ay, el cardenal sabía bien lo que estaba ocurriendo: impulsados por sus amantes, algunos hombres se pasaban del bando leal al de la oposición más violenta. Acababa siendo difícil saber en qué bando estaba exactamente cada caballero, porque dependía de la amante que tuviera en ese momento y de la capacidad de intriga de ésta, y era todo una locura demasiado complicada.

Marie Aimée de Rohan, duquesa de Chevreuse

Se vivía placenteramente en la corte de Francia. Se daba la coincidencia de que los hombres más notables de la época eran jóvenes, y había un gran número de mujeres que eran bellas. Condé, Beaufort, Guisa, Nemours, Turenne, el príncipe de Marsillac y Gondi, el que después sería el cardenal de Retz, apenas tenían 30 años por la época de la Fronda. Las duquesas de Longueville, de Montbazon, Bouillon, Chatillon, Chevreuse o Nemours han pasado a la posteridad como grandes bellezas. El cardenal Mazarino era de humor alegre y carácter sociable, y no reparaba en gastos a la hora de ofrecer fiestas y placeres que pudieran agradar y ayudar así a su política. Richelieu ejecutaba; Mazarino procuraba evitarlo. Prefería halagar y festejar, y cuando esto fallaba trataba de contener el problema con medidas menos extremas que las de su antecesor.

En este clima festivo se sucedían las conspiraciones contra su persona, las reuniones secretas; se hablaba de complots, de gentes armadas que debían secuestrar o asesinar al cardenal, y éste tenía que ir acompañado de una numerosa escolta. El ambiente se caldeaba con tal cantidad de intrigas que, en palabras del cardenal de Retz, “hasta las cacerías parecían misteriosas”.

La Fronda de los Príncipes estaba más o menos sofocada tras unos cuantos arrestos y destierros entre los cabecillas. El duque de Beaufort fue arrestado en el Louvre y llevado prisionero a Vincennes. Dicen que la reina había experimentado una atracción, una ternura muy especial hacia el bello duque, algo que tal vez no se había extinguido por completo en ese momento de su vida, a pesar de sus sentimientos por Mazarino. El día en que Beaufort fue arrestado, Ana de Austria lloró desconsoladamente en presencia de sus damas.

François de Vendôme, duque de Beaufort

Otros conspiradores corrieron parecida suerte: el duque y la duquesa de Vendôme y el duque de Mercoeur fueron exiliados, el obispo de Beauvais enviado a su diócesis; los condes de Béthune y Montrésor enviados a la Bastilla, algunos otros privados de sus cargos militares y la peligrosísima madame de Chevreuse recibió órdenes de dirigirse a su castillo, a 6 leguas de París, desde donde debería continuar viaje hacia Turena. Pero, temiendo ser arrestada, huyó a Inglaterra y posteriormente a Flandes.

Tras estas medidas, la situación parecía al fin tranquila. Los grandes señores, desanimados, necesitaban darse un respiro antes de lanzarse a nuevos peligros. Sin embargo, apenas reducidos los nobles comenzaba la Fronda Parlamentaria.

jueves, 18 de junio de 2009

Quien a hierro mata...

Honorine, condesa de Bossut y duquesa de Guisa

Por si la situación a la que se veía reducido Enrique de Guisa fuera poco calamitosa, el archiduque escribió una carta al rey Felipe trasladándole una súplica de la amante esposa del duque, que pedía que no se le concediese la libertad a su marido “sin dar palabra de que volverá al cumplimiento de su obligación en conformidad de la ley divina y humana”. Estaba furiosa porque él, en Roma, por mejor argumentar a fin de obtener la nulidad, parece que dijo que Honorine no podía tener hijos. Ella protestaba y aseguraba que era capaz, y que en tan poco tiempo como habían estado juntos no se podía afirmar que era estéril. Reclamaba la protección del rey de España, lo cual, según sus palabras, sería “digna obra de la piedad y grandeza de Vuestra Majestad, que lamentará la afrentosa situación de una mujer tan injustamente acusada”.


El Consejo de Estado deliberó sobre este asunto y concluyó que Enrique no sería puesto en libertad hasta que, entre otras condiciones, regresara con su esposa.


En el museo Paul Getty de Los Ángeles se encuentra este retrato pintado por el holandés Jan Mytens y que lleva por título, simplemente, Retrato de mujer. En mi opinión se parece mucho al de Honorine en la miniatura mostrada más arriba. ¿Podría tratarse de la misma persona?



El caso es que la flamenca complico aún más las cosas a su marido, que hubo de recurrir a Condé —¡el hermano de la ofendida con el asunto de las cartas!— para que lo ayudara a obtener la libertad, a cambio de lo cual le prometió eterna lealtad. De ese modo consigue, en efecto, ser liberado al cabo de cuatro años, pero no cumple lo pactado con él, sino que abandona a su salvador y toma parte en cuanto complot se oponía a los intereses de aquel.


A su regreso, los sentimientos que le inspiraba mademoiselle de Pons permanecían intactos a pesar del tiempo y la distancia que los había separado. La pasión que Suzanne despertaba en Enrique no tenía límite. Se encontraba esclavo, la imaginación atormentada, el ánimo agitado, a la vez celoso y confiado, sumiso y dominador, hasta acabar por poner a sus pies su fortuna y su rango, su libertad y su vida, que ella aceptaba como si le concediera una gracia al duque, sin gran emoción y sin mucha gratitud.


Durante los años de cautiverio de Guisa, Suzanne se había desencantado de aquella loca quimera y, tras abandonar el convento, aportó a la historia una bella página llena de justicia poética: la dama comenzó a vivir públicamente con Malicorne, escudero del duque de Guisa que él mismo había puesto a su lado. Fue, pues, la más descerebrada de todas las amantes del duque quien tuvo el honor de ponerlo en ridículo y adornarle la cabeza de modo tan particularmente hiriente. Y él, que al parecer no sabía eso de que quien a hierro mata a hierro muere, no encajó bien esta traición. Su enfado fue tan grande que llegó al extremo de demandar a la propia mademoiselle de Pons, a la que poco antes había querido hacer reina de Nápoles, con la intención de recuperar los muebles y joyas que le había dado. Él argumentaba que le había cedido tales propiedades porque iba a convertirse en la duquesa de Guisa, pero, puesto que ya no sería así, estimaba que debía devolverlo todo. Como ella se negó, Enrique la acusó de haberle robado unos pendientes valorados en cincuenta mil escudos. Su demanda no prosperó.


Suzanne de Pons, a su vez, sería después abandonada por Malicorne y viviría otras muchas aventuras, hasta que fue obligada a retirarse a Bruselas.


Plano de Bruselas en el siglo XVII


La resolución sobre la validez del matrimonio flamenco tardaría aún largos años en llegar. El problema era que a Honorine, al ser de Flandes, la protegía España. Felipe IV, furioso, tenía verdaderas ganas de amargarle la vida al aventurero que había pretendido arrebatarle Nápoles, y con ese asunto se le presentaba una buena ocasión de meterle el dedo en el ojo. Así las cosas, el Papa no se atrevía a contrariar a los españoles por asunto tan nimio. El proceso habría de prolongarse durante largos años. La decisión, que llegaría después de la muerte del duque, declaraba válido el matrimonio. Pero el rey de Francia, el Parlamento y la Casa de Guisa se negaron a acatar la sentencia del tribunal de La Rota, pues no era su intención que la viuda, que no era francesa, recibiera ninguna parte de la vasta fortuna para que ésta pudiera acabar sirviendo a los enemigos del reino.


No es que las aventuras del duque terminaran tras su cautiverio, naturalmente. Él continuó siendo todo un personaje; pero esos años corresponden a otras etapas del relato, y preciso es llevar un orden para que resulte comprensible y se puedan ir encajando todas las piezas.


Volvamos, pues, a la Fronda.


martes, 16 de junio de 2009

La predicción del astrólogo


La mañana del 2 de abril de 1648, mientras el duque de Guisa aún estaba en la cama, recibió la visita de Cocurullo, un famoso astrólogo que venía a solicitar salvoconductos para salir de Nápoles, pues, según explicó, la Fortuna estaba a punto de abandonar su bando. El astrólogo informó a Guisa de que las estrellas anunciaban amenaza de prisión para él, aunque no de muerte. Estaba tan convencido de sus propias predicciones que se ofreció a pagar la suma que se le pidiera si en el plazo de ocho días no se cumplía cuanto había dicho.


Estaba previsto un ataque a la isla de Nisita para el día 4. Guisa, desoyendo las palabras del astrólogo, se dirigió hacia allá a la hora señalada y, ganando alguna ventaja momentánea, decidió demorar su regreso a Nápoles. Mientras tanto, el 5 de abril los españoles derribaban una parte de la muralla, consiguiendo abrir un hueco suficiente para que pasaran tres mil soldados de infantería y un pequeño cuerpo de caballería. Tomados por sorpresa, los soldados del duque ofrecieron escasa resistencia. Antes del amanecer, los españoles se habían apoderado de toda la ciudad entre los vítores y aclamaciones del pueblo, que parecía estar siempre con el vencedor.


El palacio de Enrique de Guisa fue atacado y saqueado; pero el conde de Oñate, al mando, en esos momentos de confusión retuvo el control suficiente para lograr apoderarse de los papeles del duque. Tan pronto como éste recibió las desastrosas noticias partió hacia Nápoles con la esperanza de que sus asuntos no estuvieran tan irremediablemente perdidos como le aseguraban. No tardó en convencerse, sin embargo, de que ya no le quedaba nada que perder excepto su propia seguridad. Con la intención de reunir a sus partidarios y continuar la guerra en los Abruzos, se dirigió hacia Capua, pero ya a escasa distancia del lugar fue reconocido por las tropas enemigas de Luigi Poderico. Enrique se encontró así perseguido por los españoles poco después, y tras una gallarda resistencia muy de su estilo se vio obligado a rendirse.


Así pues, tras afrontar los mil peligros que afirmaba y demostrar su valor, ahí terminaba su sueño de conquistar un reino. Durante el breve tiempo en el que había tenido el gobierno de algunas provincias, se había revelado, por cierto, como un hombre capaz. Pero cuando llegaron a la corte las cartas dirigidas a la reina y a Mazarino en las que solicitaba la libertad de su amante, Enrique ya había sido apresado.


Ana de Austria escribió al rey de España apoyando al duque, y solicitando que fuera tratado como prisionero de guerra. Falta le hacía todo ese apoyo, porque realmente lo pasó muy mal durante los comienzos de su cautiverio, que él mismo relata en sus memorias. Al principio se le había tratado con todo respeto y cortesía, pero en un consejo reunido en Nápoles el conde de Oñate llegó a proponer ejecutarlo para evitar mayores problemas en un futuro, y como escarmiento para otros aventureros que pretendieran seguir su ejemplo. Guisa salvó su vida gracias a la decisiva oposición de Juan José de Austria, hijo bastardo del rey de España y enviado en representación suya.


Juan José de Austria


Después de permanecer por un tiempo en Gaeta sin comodidades de ninguna clase, Enrique fue trasladado a Segovia, en España, donde continuó siendo prisionero. La propuesta de su ejecución volvió a surgir entonces. Había motivo según la ley, pues había hecho la guerra a otro reino a la cabeza de unos súbditos insurgentes y sin el mandato de un príncipe soberano, como hubiera sido preceptivo para reclamar la consideración de prisionero de guerra. Su situación era muy irregular, dado que no actuaba por orden de su rey, sino que, por el contrario, era él quien había tomado la iniciativa implicando a Francia. De ahí la petición de Ana de Austria, que finalmente prevaleció en el Consejo. Se tomó la decisión de conservarle la vida, e incluso de suavizar sus condiciones en prisión.


Gaeta


Mazarino intentó solucionar el desastre enviando una nueva flota, pero fue tan fácilmente derrotada por los españoles como la anterior, de modo que el cardenal se vio obligado a abandonar los planes con respecto a Nápoles, convencido de la imposibilidad de la empresa. Habría que aguardar a mejor ocasión.


Además estaban surgiendo enormes problemas en casa. ¿Recuerdan?


domingo, 14 de junio de 2009

Carta de Guisa a Mazarino

Bahía de Nápoles

Mazarino veía con muy buenos ojos la posibilidad de arrebatar Nápoles a los españoles para convertirlo en un reino dependiente de la corona francesa. Ahora bien, no estaba dispuesto a invertir demasiado en una empresa que veía poco segura: no confiaba en las revueltas populares, y menos aún en una a cuyo frente se hallaba un hombre sobre el que tenía la siguiente desfavorable opinión: “El duque de Guisa sólo busca sus propios fines, basados en la confusión y el desorden, y algún día labrará su propia ruina”.


Súmese a todo esto que el cardenal no deseaba engrandecer aún más a la demasiado poderosa Casa de Lorena. Él hubiera preferido asegurar el trono para el Príncipe de Condé, de modo que todo quedara en manos de un Borbón; pero, para consternación suya, los napolitanos habían ofrecido ya su liderazgo a Guisa. Por otra parte, eran demasiados los frentes abiertos y las dificultadas internas por las que atravesaba Francia, así que sólo quedaba ver hasta dónde podía llegar el aventurero aquel por sus propios medios, y qué beneficios podrían recogerse de su arrojo. En ese sentido se expresó en su respuesta a las solicitudes de Enrique, diciéndole que, viendo tanto peligro en la empresa que proponía, no se atrevía a aconsejarle que aceptara; aunque si elegía arriesgarse, el rey daba su licencia, y Guisa sería asistido con todo lo necesario. Esto último, por supuesto, era un decir, pero Mazarino remitió las mismas alegres promesas de auxilio a los napolitanos, para animarlos en su rebelión.



Mientras tanto el duque de Guisa, desde Nápoles e inmerso en la campaña bélica, olvidaba sus propios peligros por ocuparse de encontrar la manera de que mademoiselle de Pons recuperara su libertad. A tal fin dirige una carta a Ana de Austria y otra a Mazarino. Les traduzco esta última, donde se explaya aún más y nos deja fielmente retratado su carácter:


Señor,


Si la pasión que siempre he sentido y que conservo más violenta y más fiel que nunca hacia mademoiselle de Pons no fuera sobradamente conocida por Vuestra Eminencia, podría causar extrañeza que en el estado en que me hallo me remita a lo que podrá informaros el marqués de Fontenay sobre los asuntos de aquí, y que yo no os comunique más que mis desdichas. Ello es producto de la desesperación en que me encuentro. Os confieso que no es la ambición, ni el afán de alcanzar la inmortalidad a través de mis actos lo que me ha embarcado en una empresa tan peligrosa como ésta, sino solamente el pensamiento de que al realizar una hazaña gloriosa sería más merecedor del favor de mademoiselle de Pons, y el obtener de la reina, por la importancia de mis servicios, tras tantos peligros y penalidades, poder pasar dulcemente con ella el resto de mis días.


Mis esperanzas se han visto truncadas, y me lamento, con razón, de verme privado de la protección de Vuestra Eminencia cuando más necesidad tengo de ella. He arriesgado mi vida durante la travesía, he sometido a casi todas las provincias de este reino, he mantenido la guerra durante cuatro meses sin pólvora y sin dinero, y reducido a la obediencia a un pueblo sublevado; cien veces he evitado la muerte por el veneno y por las revueltas. Todo el mundo me ha traicionado: mis propios servidores han sido los primeros… Y entre todos esos obstáculos, sin que me sostenga otra cosa que mi corazón, en lugar de infundirme el ánimo para continuar lo que tan felizmente he comenzado y donde puedo decir sin vanidad que cualquier otro hubiera fracasado, se me persigue en aquello que precisamente me es más querido. Se saca con violencia a una persona que amo de un convento al que yo le había rogado que se retirara; y mientras yo arriesgo mi vida, se me arrebata la única recompensa que pretendía a cambio de todos mis trabajos; se la encierra, se la maltrata, ofreciéndome así el mayor testimonio de inquina contra mi persona que se me pudiera dar.


¡Ah, señor!, si Vuestra Eminencia tiene algún sentimiento de la amistad que me ha prometido, poned remedio a este disgusto; hacedme conocer en ese punto vuestra estima… Sin ello, ni fortuna, ni honores, ni siquiera la vida me es querida. Me abandono a la desesperación; y si veo que no me queda esperanza de ser feliz algún día, renunciando a todo sentimiento de honor y de ambición no tendría otro pensamiento en el mundo que el de perecer, y no seguir así en tal aflicción que me hace perder el reposo y la razón. Me atrevo a esperar que mi conservación sea tan cara a Vuestra Eminencia como para no contemplar con placer la pérdida de la persona que, a pesar de sus justas quejas, no deja de ser vuestro más humilde y más obediente servidor.


El duque de Guisa.


Es decir, que le escribe al Primer Ministro para hablarle de su pasión por mademoiselle de Pons y pedir su libertad, y le dice que de los asuntos de Nápoles ya le hablará otro.