domingo, 31 de mayo de 2009

Como en las novelas

Ana Gonzaga

Una de las dos damas que afirmaban ser la esposa de Enrique de Guisa era su prima Ana Gonzaga, hija del duque de Mantua.
Ana y su hermana Benedicta estaban destinadas en principio al convento, pues, como ella misma cuenta en sus memorias, “mi padre, que amaba con pasión a la princesa María, mi hermana mayor, quiso sacrificarlo todo con tal de lograr su fortuna”. Pero al fallecer su progenitor contando ella 20 años, la joven aprovechó para cambiar unos planes que no le agradaban en absoluto y se apresuró a renunciar al claustro.
Carlos Gonzaga, duque de Mantua, padre de Ana
Resultó claro desde el comienzo que prefería la vida aventurera y que había nacido para conocer un amor más profano. El elegido por su corazón fue Enrique de Guisa, de quien se enamoró apasionadamente, dando lugar a un buen escándalo que en su momento fue la comidilla de toda la corte.
En sus memorias encontramos las siguientes líneas sobre su amado Enrique:
No es que yo fuera débil, pero me enamoré locamente de monsieur de Guisa… Desde la serenidad en la que hoy me encuentro, sin resentimiento, voy a trazaros su retrato.

Monsieur de Guisa tenía la figura, el aire y los modales de un héroe de novela, y toda su vida llevó la marca de este carácter. La magnificencia reinaba en toda su persona y en cuanto le rodeaba; su conversación era especialmente encantadora. Todo lo que decía, todo cuanto hacía, proclamaba que era un hombre extraordinario. La ambición y el amor dominaron sus proyectos, tan grandes que resultaban casi Homéricos; pero con un nombre tan ilustre, valor heroico y un poco de buena fortuna, nada rebasaba sus esperanzas. Tenía una habilidad especial para hacerse amar por aquellos a los que deseaba agradar, lo que parece frecuente entre los miembros de la Casa de Lorena. Era voluble en sus afectos, inconstante en sus proyectos, precipitado a la hora de llevarlos a cabo.

Y créanme que nadie hubiera podido pintar un retrato más fiel al modelo. Así era el duque de Guisa, y así lo aceptó y amó ella, con sus virtudes y sus defectos. De él nos dicen también sus contemporáneos que era hermoso, bien formado, que tenía un aire marcial, nobles modales, gustos caballerescos. Madame de Motteville añade: Era el auténtico retrato de nuestros antiguos paladines”. Y en cuanto a Mademoiselle de Montpensier, nos deja el siguiente recuerdo del duque: “Enamoraba a las damas como en las novelas”.
Ana cuenta también cómo al principio sentía celos de su hermana mayor, a la que ella juzgaba más bonita. Enrique las trataba a ambas con el mismo agrado, y Ana temía que se fijara en María; pero no hubiera habido nada que hacer ahí, porque el corazón de la mayor se encontraba ocupado por el jovencísimo marqués de Cinq-Mars. Con posterioridad María se casó sucesivamente con dos reyes de Polonia.
María Gonzaga, hermana de Ana
El duque les ofrecía fiestas, veladas musicales que resultaban mágicas. Una noche regresaban a través del bosque de Saint-Germain cuando se encontraron en medio de un lugar que había sido adornado con farolillos de colores y una tienda soberbiamente decorada en medio de una de las avenidas. Allí aguardaban unos caballeros de brillante armadura que las invitaron a descender del carruaje. Intrigadas, se dejaron conducir al interior de la tienda. Hallaron en ella a Enrique de Guisa, que les ofreció una maravillosa cena mientras los violines del rey tocaban para ellas. Ana no tardó en darse cuenta de que por todo el lugar había repartidos emblemas y divisas que eran en realidad mensajes en los que él le declaraba su amor.
Esa noche ella fue consciente de que lo que sentía por Enrique iba mucho más allá de una simple atracción. Supo que estaba perdida: “El tono apasionado con el que me hablaba me violentaba a causa de la presencia de mi hermana, cuyas protestas temía. Experimenté una emoción tal que me hizo darme cuenta de mis propios sentimientos”.

viernes, 29 de mayo de 2009

El Duque de Guisa

Enrique II de Lorena, duque de Guisa

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Pero antes de sumergirnos de lleno en los conflictos de la Fronda, veamos qué fue del vencedor del duelo, porque la historia de este aventurero tampoco tiene desperdicio.

Enrique II de Lorena, duque de Guisa, había nacido el 4 de abril de 1614. Cuando sólo tenía quince años se vio convertido en arzobispo de Reims, pues siendo el cuarto de los hijos del duque de Guisa se lo destinó a la Iglesia. Sin embargo, sus dos hermanos mayores fallecieron antes de venir él al mundo, y el tercero lo hizo en 1639. Al año siguiente perdió también a su padre, y Enrique, al ser el único heredero que quedaba, se convirtió en duque de Guisa y pudo abandonar la carrera eclesiástica con el mayor de los placeres y gran alivio, ya que nada encontraba tan odioso como ese destino que le había sido impuesto. De hecho, siempre se negó a ser retratado con las vestiduras propias del cargo; se empeñaba en posar con trajes de cortesano y llevaba los cabellos largos según la moda.

Liberado de la Iglesia, se dedicó entonces a conspirar contra Richelieu con Luis de Borbón, conde de Soissons. El conflicto arrancaba del momento en que Soissons había rehusado casarse con madame de Combalet, posteriormente duquesa de Aiguillon.

Marie Madeleine de Vignerot du Pont de Courlay, viuda del marqués de Combalet, era sobrina del cardenal. Y decían las malas lenguas que también algo más, cosa difícil de creer con lo mucho que atraían a esta mujer los conventos y la vida piadosa. Siempre mostró una conducta irreprochable. Si por ella hubiese sido, tras enviudar al cabo de sólo dos años de matrimonio y al no tener hijos, habría terminado sus días en el convento de las Carmelitas de París, pero entonces su tío llegó a ser Primer Ministro de Luis XIII y ella hubo de seguirlo, obligada a hacer los honores en el palacio del cardenal en la rue de Vaugirard. Mujer culta, hablaba cuatro idiomas y fue la protectora de Corneille. Richelieu consiguió para ella un puesto entre las damas de María de Médicis, madre del rey, y buscaba volver a casarla, bien fuera con Gastón de Orleáns o con el conde de Soissons. No consiguió, sin embargo, ninguna de las dos cosas, y ahora el conde temía las represalias. Para impedirlas, trató de hacer asesinar al desairado cardenal.

La participación de Enrique de Guisa en estos planes le valió ser condenado a muerte. Si bien logró salvarse huyendo a Flandes en 1641, fue acusado del crimen de lesa majestad y despojado de todas sus posesiones. Dos años después, sin embargo, se produjo la reconciliación y a su regreso le fueron devueltas.

Tras el exilio de la Montbazon, con quien había mantenido un breve idilio por esas fechas, Guisa fijó sus fluctuantes ojos y su voluble afecto en mademoiselle de Pons, dama de honor de Ana de Austria y miembro de la distinguida familia de los Albret. Pero esta joven, coqueta y vanidosa, se mostró inaccesible a toda clase de atención por parte del duque si no era para conducirla al altar.

Guisa hubiera aceptado el precio, pero la vida sentimental de este Don Juan era tan ajetreada que hacía que su situación personal en esos momentos se hubiera complicado enormemente, pues había dos mujeres que afirmaban ser ya su esposa.

Próximamente repasaremos los amoríos del duque, porque, como podrán intuir por este preámbulo, no fueron cosa corriente.

miércoles, 27 de mayo de 2009

El duelo

Anne Genevieve de Bourbon-Condé, duquesa de Longueville

Resulta que Coligny, el amante de madame de Longueville, había permanecido en silencio hasta entonces. Sin embargo, en diciembre de 1643 la situación llegó a ser insostenible y el joven expresó su deseo de defender el honor de la duquesa por el motivo de aquella calumnia. En consecuencia, decidió batirse en duelo con el único de los Importantes que permanecía aún en París: el duque de Guisa.


Maurice de Coligny, hijo mayor del mariscal de Châtillon, había nacido el 16 de octubre de 1618. Era un joven apuesto, con un físico que recordaba más a un alemán que a un francés. Tenía grandes proyectos, pero se decía de él que su valor no igualaba a su ambición. En este caso, sin embargo, no era cuestión de echarse atrás, pues amaba con pasión a madame de Longueville y era la admiración de su amada lo que estaba en juego. Debía erigirse en su defensor, y de ninguna manera podía defraudarla en ese asunto. Como Enrique de Guisa había mantenido un idilio con madame de Montbazon por esas fechas, Coligny supuso, equivocadamente, que tendría algo que ver con el tema de las cartas, y fue a por él.


El ofendido Coligny envió a d’Estrades a hablar con el duque de Guisa para requerir su presencia en la Place Royale —actual Place des Vosges—, en compañía de un solo amigo. D’Estrades aceptó el encargo, pero hizo notar que Enrique ya había negado públicamente su participación en la maniobra que puso en entredicho el honor de la duquesa, y que, de repetir la negativa, no se le podría exigir ninguna otra satisfacción.


La Place Royale


—Eso no tiene nada que ver con el asunto —dijo Coligny—. He hecho solemne promesa a madame de Longueville de que me batiría con él en la Place Royale, y lo haré.


El duque de Guisa, cuya fama de duelista hacía honor al carácter sanguinario de los miembros de su Casa, aceptó el desafío y se acordó que el duelo tuviera lugar el mismo día sin avisar a nadie, para que no pudiera impedirse. El sábado 12 de diciembre de 1643, hacia las 3 de la tarde, Guisa salió en carroza y se dirigió a la place Royale. Su rival llegó casi al mismo tiempo en compañía de Bridieu, su segundo. Y parece que la propia madame de Longueville, en un ataque de morbo, quiso contemplar el espectáculo, para lo cual se dirigió a la casa de la anciana duquesa de Rohan y desde allí, oculta discretamente tras las cortinas, presenció el duelo.


La Place Royale

Guisa desenvainó su espada y se dirigió hacia Coligny. Cruzaron algunos golpes en los que Coligny, como era de esperar, se mostró más débil y fue desarmado con relativa facilidad. Sus segundos continuaban batiéndose, pero el duque los separó.

El vencedor se dirigió a su casa y se metió en la cama, donde recibió cuidados a causa de una leve herida en el costado derecho. El amante de madame de Longueville se llevó la peor parte, pues resultó herido en un brazo que hubo de serle amputado. Lamentablemente la herida se gangrenó y el caballero falleció en Vincennes cinco meses más tarde.


Este duelo originó unos versos satíricos dirigidos a madame de Longueville, que traducidos vienen a decir lo siguiente:


Enjugad vuestros hermosos ojos,

Madame de Longueville,

Enjugad vuestros hermosos ojos

Coligni se encuentra mejor.

Si ha pedido por su vida,

No le culpéis;

Que es por ser vuestro amante

Por lo que quiere vivir eternamente.

La reina se encolerizó al conocer lo sucedido, pero por consejo del cardenal contuvo su ira y se limitó a alejar de París a ambos después de hacer que se justificaran ante el Parlamento, pues los duelos estaban prohibidos.

¿Llegaba con esto la paz? No. Se puede decir que este fue el origen de todos los desórdenes que agitaron a Francia durante tanto tiempo.

Llegaba… La Fronda.


lunes, 25 de mayo de 2009

La conjura contra el cardenal

Mazarino

Una noche, cuando Mazarino iba a cenar a Maisons, apostaron a dos asesinos al borde del camino. Querían aprovechar que la corte estaba dividida por el asunto de las cartas para dar un gran golpe, derrocar a la regente, ocupar su lugar e imponer a su amigo Châteauneuf como primer ministro.

Observaron con placer cómo el cardenal montaba en su carroza, casi relamiéndose al ver cómo la presa caía en la trampa. Pero, ¡oh sorpresa!, en el momento en el que un paje iba a cerrar la portezuela apareció Gastón de Orleáns, el tío del pequeño Luis XIV.

—Un segundo, os acompaño a Maisons —dijo sonriendo—. No quiero perderme una buena cena.

Y subió al carruaje junto al cardenal. Los Importantes, que contemplaban la salida, se sintieron aterrados. ¿Qué podían hacer ahora? No era lo mismo cargarse al duque de Orleáns que al cardenal, que era un plebeyo —con el asco que daba eso— y encima extranjero, cosa que en Francia parecía constituir un plus añadido a cualquier causa de desagrado. Pero por las venas de Gastón corría la sangre de Enrique el Grande, la misma que llevaba el duque de Beaufort, uno de los cabecillas del complot, cuyo padre fue un bastardo del propio rey Enrique. Había que impedir a toda costa que pudiera sufrir algún daño.


Gastón de Orleáns

Tan pronto como el carruaje hubo desaparecido, enviaron rápidamente a un caballero para avisar a los asesinos de que el plan se había anulado. No podían, en efecto, correr el riesgo de que resultara muerto un príncipe de sangre real. Mazarino acababa de salvarse de milagro.

Al día siguiente algunos de los Importantes expresaron su contrariedad de forma lo bastante evidente para que la policía del cardenal recibiera la alerta. Así que, informado de aquel complot contra él, Mazarino, de acuerdo con la regente, hizo arrestar al duque de Beaufort y alejó de París al resto de los cabecillas.

La Montbazon, mientras tanto, continuaba exiliada en Rochefort, donde le ocurrió una aventura que sería motivo de grandes carcajadas en París: una noche, mientras ella recibía a un amante en su habitación, su marido, que dormía en el piso inferior, subió y abrió la puerta.

—He oído un ruido —dijo—. ¿No habrá una rata por aquí?

Y el sobresaltado amante tuvo que salir corriendo de la habitación, completamente desnudo y perseguido por el marido furioso.

Pero el asunto que empezó con dos cartas perdidas no iba a tener un final de comedia de Molière. No, queridos, no; no terminaría ahí.


sábado, 23 de mayo de 2009

Mazarino debe morir



El Príncipe de Condé —que por entonces aún no llevaba ese título, sino el de duque de Enghien, pues vivía su padre— había roto toda comunicación con los enemigos de su hermana. Los oficiales que habían servido bajo su mando le ofrecían sus espadas, y en conjunto el ambiente familiar estaba al rojo vivo. Al otro lado se alineaban las casas de Vendôme, Montbazon, Chevreuse y Guisa, y en cuestión de pocas horas París entero se hubiera ahogado en su propia sangre si Ana de Austria no se hubiera impuesto con todo su vigor para detener la disputa.

El día fijado por la reina, madame de Montbazon se presentó en el palacio de los Condé, situado en el sexto arrondissement de París, justamente en el lugar en el que después se construyó el teatro del Odéon, para lo cual se derribó el antiguo edificio en 1780. El aspecto de la duquesa era el colmo de la arrogancia, hermosa con su tocado rojo, los dedos llenos de anillos y un gesto despectivo que no abandonaba en ningún momento su rostro.

Fue conducida al salón, donde aguardaba la princesa de Condé, madre de la ofendida, entre un numeroso grupo de amigos. La Montbazon, sin saludar siquiera, comenzó a leer unas pocas palabras de excusa que llevaba en una nota pegada al abanico. El tono era de abierta burla, y cuando llegó a la frase que decía “Os suplico creer que no faltaré jamás al respeto que os debo y la opinión que poseo de la virtud y del mérito de madame de Longueville”, fingió una risa ahogada.

La princesa de Condé, furiosa, se contuvo a duras penas y recitó algunas frases de respuesta que le había sugerido la reina. Se hizo luego un incómodo silencio y madame de Montbazon salió sin despedirse.

La anciana señora, ofendida y enojada por la conducta insolente de la duquesa, obtuvo de la reina el favor de no tener que volver a encontrarse en ningún sitio con su enemiga.

Pero algún tiempo después madame de Chevreuse —hijastra de la Montbazon a pesar de ser 10 años mayor que ella y, por cierto, más intrigante aún— ofreció un ligero refrigerio en el jardín de Renard, en un extremo de las Tullerías, donde se había instalado un confitero y la gente elegante de París tenía la costumbre de ir a beber jarabe mientras escuchaban serenatas a la moda española.



La reina amaba este lugar que le traía recuerdos de su tierra natal, así que aceptó la invitación y pidió a la princesa de Condé que la acompañara, pues se le había informado de que la Montbazon no acudiría.

Al llegar, sin embargo, se encuentran con que la dama ya estaba allí, haciendo los honores con risas sonoras y grandes voces, como era su estilo. La princesa quiso retirarse discretamente para no estropear la fiesta, pero Ana tuvo otra idea. No estaba dispuesta a que fuera su amiga quien se retirara de aquella especie de restaurante al aire libre, dado que además era la parte ofendida, así que llamó a una de sus damas y le dijo:

—Id a rogar a madame de Montbazon que finja encontrarse mal para que la lleven a su casa y pueda abandonar el lugar sin tener que sufrir un insulto.

Pero al recibir esta orden la duquesa estalló en carcajadas, dirigió unas cuantas groserías a la princesa de Condé y se negó a abandonar el jardín. La reina, furiosa, se marchó en compañía de su amiga, aunque decidida a castigar a la insolente. Un día después la Montbazon recibía orden de abandonar París y retirarse a su casa de Rochefort.

Este exilio causó conmoción entre los Importantes, que lo interpretaron como una humillación y un ataque a su partido. Esta vez se ideó un plan firme y detallado para acabar con la vida del cardenal y hacerlo rápidamente.


Gracias por el premio


Quiero dar las gracias a Gema, del estupendo blog Historias de Reinas, por el premio que me concede, y que es el primero entregado a esta obra, lo cual me hace doble ilusión. Le agradezco mucho que haya pensado en esta página y le prometo esforzarme por lograr mantener su interés.

Un saludo, madame.


Diana de Méridor

jueves, 21 de mayo de 2009

La carta de la discordia


Esa tarde había una recepción en casa de madame de Montbazon, en la calle Barbette. Resultó que uno de los invitados dejó caer dos cartas por descuido sobre la alfombra, y una dama las recogió. Al examinarlas se dio cuenta de que eran cartas de amor escritas por una mujer, y, un poco turbada, decidió entregárselas a la Montbazon para que ella se ocupara del asunto como anfitriona que era. Ésta, en lugar de mostrar discreción, se divirtió leyéndolas en voz alta. Todo el mundo rió y empezó a especular acerca de a quién pertenecería la pluma que había trazado aquellas líneas comprometedoras. En un instante, la Montbazon tuvo la brillante idea de acabar con la reputación de su rubia rival y dañar así a la familia Condé y al bando opuesto a los Importantes. Convenció a los presentes de que las cartas se habían caído del bolsillo de Coligny, que acababa de salir. Y todos sabían que él estaba apasionado por madame de Longueville, luego era fácil deducir quién era la autora de tan reveladoras epístolas.


Rue Barbette - El Marais

No es que madame de Montbazon fuera precisamente más recatada, no. Por poner un ejemplo, en cierta ocasión, durante un baile en su casa, una dama vio que las cortinas que adornaban la ventana del salón se agitaban extrañamente. Imaginando que un espía de Mazarino se escondía allí, fue a pedir al duque de Guisa que acudiera con su estoque. El duque se presentó de inmediato y apartó la cortina de un golpe. Su malestar e incomodidad fueron notables al ver que detrás se encontraba la anfitriona en compañía de un caballero.


Enrique II de Lorena, duque de Guisa, el caballero que tuvo el honor de apartar la cortina

Pero ahora la implacable señora se divirtió de lo lindo haciendo caer la reputación de una enemiga. Al día siguiente todo París estaba al tanto de que madame de Longueville era la amante de Coligny, y hasta le hicieron una cancioncita.


La princesa de Condé, madre de la Longueville —y, por cierto, en su juventud famosa amante del rey Enrique IV—, conoció los hechos con gran desagrado, y fue a quejarse a la regente de las calumnias de las que estaba siendo objeto su hija. La corte se dividió en dos bandos: los Importantes, apoyando a la Montbazon, y los amigos de Mazarino a la otra.


Charlotte Marguerite de Montmorency, Princesa de Condé

Ana de Austria ordenó realizar una investigación, y así se supo que las cartas eran en realidad de madame de Feuquerolles, dirigidas al conde Maulévir. Ante esto los Condé consiguieron que la reina exigiera una excusa pública a la calumniadora.


Los Importantes interpretan esta exigencia de la reina como un ataque a su bando. Furiosos, empiezan a planear el asesinato de Mazarino.

martes, 19 de mayo de 2009

Las Rivales

Madame de Longueville

Eran dos de las damas más bellas de la corte. Anne Geneviève de Borbón-Condé, duquesa de Longueville, era una rubia angelical con ojos azules. Marie d’Avaugour, segunda esposa del duque de Montbazon, una exuberante morena que hablaba y reía de modo altisonante. Ambas se distinguían además por sus gustos, sus familias y sus ideas políticas. La primera era hermana del príncipe de Condé, que llegaría a ser conocido como el Gran Condé. Éste era el héroe del momento a consecuencia de su victoria en la batalla de Rocroi sobre los tercios españoles, por lo que la joven y su familia gozaban de toda la distinción de la reina y del cardenal.

Por el contrario Madame de Montbazon pertenecía al llamado grupo de los Importantes, que era el nombre dado a los cabecillas de los descontentos, a causa de los aires de grandeza de todos ellos. Los Importantes pretendían acabar con el cardenal, bien fuera de modo político… o físicamente. La reina, lógicamente, desconfiaba de ellos.

Madame de Montbazon

Pero, además de estas diferencias entre las dos damas, también estaban separadas por intrigas de carácter galante. La Longueville, después de haberse negado a ser la esposa del duque de Beaufort, perteneciente a los Importantes, había tenido que casarse por orden de su padre con el viejo duque de Longueville, casi 30 años mayor que ella. Y resulta que la Montbazon, mujer volcánica, tenía por amantes al mismo tiempo al rechazado Beaufort, que seguía amando sin esperanza a la rubia, y al mismísimo duque de Longueville, incluso desde antes del matrimonio de éste con su rival.

No es que la esposa del maduro duque diera mucha importancia a las aventuras de su marido; nunca lo había amado, y hasta consideraba una suerte que tuviera una amante, porque así ella quedaba más libre para mantener un tierno idilio con su Maurice de Coligny. Pero claro, que la amante tuviera que ser precisamente esa mujer era algo que la sacaba de quicio.

Las dos se detestaban. Y una tarde se desencadenó todo el conflicto.

domingo, 17 de mayo de 2009

Los sobrinos de Mazarino



En 1647 Mazarino decidió traer a sus sobrinos desde Italia. El 11 de septiembre un niño y tres niñas llegaron a Fontainebleau con la duquesa de Noailles, que había sido enviada a Roma con un numeroso séquito que los escoltara hasta Francia, tan impresionante como si se hubiese tratado de príncipes de la sangre. El niño, Pablo, y dos de las niñas, eran hijos de la señora Mancini, la hermana menor de Mazarino. La otra era una Martinozzi, hija de la hermana mayor. Dos sobrinas más del cardenal se unirían a ellos años más tarde.


La primera de las Mancini, Laura, era una morena de rostro bonito, de unos once años. La segunda, Olimpia, de unos ocho, era también morena, de rostro alargado, mentón puntiagudo y ojos pequeños pero muy vivaces. No tardaría mucho en desarrollar un cierto encanto, si bien no se ajustaba exactamente a los cánones de belleza de la época. Su único atractivo eran tal vez los hoyuelos de sus mejillas. La Martinozzi, en cambio, era rubia. Sus rasgos eran hermosos y su mirada muy dulce. Su edad estaba comprendida entre las de sus primas, pues contaría unos nueve o diez.


Desde Fontainebleau fueron conducidos a París, a los apartamentos de Ana de Austria en el Palais Royal. El cardenal los aguardaba en compañía de la reina cuando llegaron. En realidad continuaba residiendo en palacio, a la espera de que se completaran las obras del suyo en la Rue Neuve des Petits Champs. Recibió muy amablemente a sus sobrinos, pero no les prestó demasiada atención y al cabo de poco tiempo se retiró alegando encontrarse fatigado.


Palais Royal


Al día siguiente fueron recibidos de nuevo por la reina, que volvió a mostrarse muy agradable. El cardenal, también presente, continuó con su actitud de no concederles demasiada importancia, como si no deseara revelar los grandes proyectos y ambiciones que esperaba ver cumplidos a través de esta nueva generación. Después de eso los niños fueron presentados a la corte. La multitud se apiñaba en torno a ellos con tal avidez que casi fue un prodigio que no los asfixiaran.


Las tres sobrinas del cardenal fueron instaladas al principio en el Hotel de Clèves, a cargo de madame de Senecé, antigua gobernanta del rey, mientras que Pablo Mancini fue enviado para su educación al colegio de los jesuitas en Clermont. Allí se le asignó la habitación que en su día había ocupado nada menos que el príncipe de Conti. Se le dio el mismo tratamiento que si hubiera sido él también un príncipe de la sangre.


En cuanto al Hotel de Clèves, situado en la Rue du Louvre, también llamada Rue de l’Oratoire, había sido construido para Catherine de Clèves, viuda del duque de Guisa asesinado en Blois en 1588. Pero pronto, a instancias de la reina, las niñas fueron trasladadas al Palais-Royal, para ser educadas con el rey y su hermano.


Palais Royal


Luis las recibió con esa cortesía y galantería innata que le iban a caracterirzar durante toda su vida, y que en su día motivarían palabras como éstas por parte de su cuñada, la Princesa Palatina: “El rey solía quitarse el sombrero ante las mujeres de cualquier condición, incluso las campesinas… Luis XIV llevaba sus galanterías hasta la extravagancia. Con tal de que se tratara de mujeres, le daba igual que fueran campesinas, hijas de un jardinero, doncellas o damas de calidad...”


No fue diferente en el caso de las sobrinas del cardenal, a las que Ana instruía personalmente en la religión y llevaba frecuentemente consigo a ver a las monjas del convento de Val-de-Grâce. Las trataba con la misma ternura que si se hubiese tratado de sus propias hijas. Posiblemente en esto se viera de modo más elocuente que en cualquier carta escrita por su mano la devoción tan absoluta que le inspiraba Mazarino.


Ana de Austria visitando el convento de Val-de-Grâce

—Fijaos en esas chiquillas —dijo a Gastón la esposa del mariscal de Villeroy—. Ahora no son ricas, pero pronto tendrán maravillosos castillos, rentas suculentas, joyas espléndidas, hermosa plata y tal vez grandes honores.


La mariscala resultó ser una verdadera profeta.


Y así de apacible era la vida en París cuando dos bellas damas se disponían a transformar la corte en un hervidero de conspiraciones: madame de Longueville y la maquiavélica madame de Montbazon. El asunto no tiene desperdicio.



viernes, 15 de mayo de 2009

"Mardito parné"

Henrietta Maria por Van Dyck

Puesto que se suponía que Carlos Estuardo había venido sin ser invitado, no se le concedió ninguna pensión para su mantenimiento y el de su Casa. El asunto se resolvió añadiendo una miserable cantidad a la asignada a su madre. Esto se hacía por motivos políticos, pues Mazarino seguía decidido a no pillarse los dedos manifestando un apoyo explícito al bando que cada vez veía más claro que sería el perdedor. Era mejor aumentar la asignación de su madre, cuya condición de princesa de Francia justificaba que recibiera ayuda de ese reino al margen de cualquier consideración política. De ese modo todo parecería más bien un asunto doméstico.


No es que la reina de Inglaterra hubiera sido abandonada en su infortunio por su cuñada. Por el contrario, Ana de Austria siempre se había mostrado amable con Henrietta, y le había prestado ayuda cada vez que se había visto en apuros allá en Inglaterra. Fue ella, a título personal, quien le había enviado provisiones de dinero y ropa cuando su cuñada hubo de huir a Exeter esperando encontrar allí reposo, sacándola de un buen apuro con su gesto.


El nuevo arreglo con respecto a la cantidad asignada resultó del agrado de Henrietta, que amaba el poder, y eso era precisamente lo que le daba la dependencia económica de su hijo con respecto a ella: un poder absoluto sobre él y sobre sus servidores.


Y en esas estábamos cuando llegaron otros interesantes viajeros a la corte de Francia. Pero eso es historia para otro día.


miércoles, 13 de mayo de 2009

Carlos corteja a Anne Marie

Estatua de Diana en Fontainebleau


En Fontainebleau permanecieron varios días, hasta que regresaron a París. Carlos estaba muy impresionado por toda la pompa y esplendor de la corte francesa, tan diferente de la vida errante que se había visto obligado a llevar en Inglaterra, debido a las campañas militares. La etiqueta y la formalidad eran extremas. Hasta el último movimiento estaba sujeto a normas. A pesar de todo ello de vez en cuando se producía un gran desorden. En una ocasión en Fontainebleau, durante una fiesta, los cocineros se pelearon en la cocina, y faltó uno de los platos a consecuencia de su desacuerdo. Y otra vez, mientras un gran grupo de visitantes atravesaba los apartamentos para descender por una gran escalera, se encontraron con que el camino estaba completamente a oscuras. Los servidores habían olvidado iluminarlo.

Carlos pronto se interesó mucho por este modo de vida al que fue introducido en París y Fontainebleau. Había bailes, fiestas y excursiones de placer. Y a ello se sumaba el interés que despertaba en él la presencia de Anne Marie. En las memorias de ella encontramos vívidas descripciones de muchas de las escenas en las que ella misma y Carlos se convertían en actores de talento. Siempre escribió con gran libertad, y de manera muy gráfica, por lo que su relato resulta muy ameno.

Salón de baile en Fontainebleau

Una noche fueron todos invitados a un gran baile por la duquesa de Choisy. Esta dama vivía en una magnífica mansión llamada el Hotel de Choisy, que después sería adquirido precisamente por Mademoiselle de Montpensier. Justo antes de partir, la reina de Inglaterra se presentó con Carlos en los apartamentos de Anne Marie. La excusa de Henrietta era la de dar los últimos toques al ajuste del vestido de la joven y al arreglo de su peinado, pero en realidad, sin duda alguna, lo que hacía era seguir con su política de aprovechar cualquier ocasión para juntarlos a ambos. Anne Marie nos cuenta:

Choisy

“Vino a vestirme y arreglar mi peinado personalmente. Por esta razón se presentó en mis apartamentos y se tomó grandes molestias, y el Príncipe de Gales sujetaba la luz junto a mí para iluminar mi toilette. Yo vestía de negro, blanco y rojo; y mis joyas se ataban con lazos del mismo color. Llevaba una pluma de la misma clase, todo seleccionado y ordenado por mi tía Henrietta. La reina regente, que sabía que yo estaba en manos de mi tía Henrietta, envió a buscarme para que fuera a verla en cuanto estuviera lista, antes de ir al baile. Acudí, y esto le dio al príncipe la oportunidad de dirigirse inmediatamente al Hotel de Choisy y estar allí preparado para recibirme cuando llegara yo. Lo encontré a la puerta, dispuesto a ofrecerme su mano para salir del carruaje. Me detuve en una cámara para arreglar mi peinado, y el Príncipe de Gales nuevamente sujetó la luz para mí. Esta vez, además, trajo a su primo, el Príncipe Rupert, como intérprete; pues, créase o no, aunque entendía cada palabra que yo le decía, no podía responder la más mínima frase en francés. Cuando terminó el baile y nos retiramos, el príncipe me siguió hasta la puerta de mi hotel y permaneció allí parado hasta que yo entré.

“Hubo otra ocasión en la que su galantería para conmigo atrajo mucha atención. Fue en una gran fiesta celebrada en el Palais Royal. Había una obra de teatro, y luego un baile. Llevó tres días preparar mi atuendo para esa noche. La reina de Inglaterra también iba a vestirme en esa ocasión, con sus propias manos. Mi vestido estaba todo adornado de diamantes, con bordes rojos. Llevaba las joyas de la corona de Francia, y, para añadir a ellas, la reina de Inglaterra me prestó algunas de las suyas que aún no había vendido entonces. La reina elogió mi buena figura, la belleza de mi piel y el brillo de mi cabello claro. Me senté en medio de la sala de baile, con el joven rey de Francia y el Príncipe de Gales a mis pies no me sentía en absoluto incómoda, pues yo tenía en mente casarme con el emperador. Consideraba al Príncipe de Gales solamente como objeto de lástima.”

lunes, 11 de mayo de 2009

Un Estuardo en el exilio

Carlos Estuardo, Príncipe de Gales

Vientos contrarios demoraron su partida por unos días. El jueves trató de zarpar, pero esos mismos vientos le hicieron regresar a tierra. Por fin, al segundo intento, consiguió embarcarse con Jermyn. Fue una noche tormentosa y desapacible, pero finalmente arribaron a Coutainville, y desde allí se dirigieron a París. Su madre lo aguardaba en el palacio de Saint-Germain.


Saint-Germain-en-Laye

La corte francesa se encontraba en esos momentos en el de Fontainebleau, y hasta allá fueron ambos para reunirse con la familia real. Fue en Fontainebleau donde tuvo ocasión de conocer, además, a su prima, Anne Marie Louise de Orleáns, hija de Gastón, a la que llamaban Mademoiselle de Montpensier y que ha pasado a la historia como la Gran Mademoiselle. Tenía 19 años, por sólo 16 de Carlos, y no era bonita, pero era el mejor partido de Europa y Henrietta albergaba grandes planes matrimoniales para su hijo. Lo tenía difícil, sí: Carlos era un príncipe en el exilio, arruinado y con un oscuro futuro, pero un príncipe a fin de cuentas, y uno que podía convertirse en rey. Mientras tanto, Henrietta había ido dorándole la píldora a Anne Marie, halagándola, colmándola de cumplidos y contándole las arriesgadas y heroicas aventuras de su hijo, lo valiente que era como soldado y cariñoso como hijo. Le describía su aspecto, sus modales, sus gustos.


Anne Marie lo escuchaba todo con aparente indiferencia y desinterés, en parte real: ella esperaba poder casarse con el emperador, que había enviudado recientemente, aunque existía un problema: no había recibido ninguna oferta por su parte. Una segunda opción que le agradaba bastante era casarse con su otro primo, Luis XIV, aunque por entonces era sólo un niño de ocho años (y nada complacido con la idea). Ser reina de Francia estaría muy bien. Sin embargo, aunque poco interesada en lo que Carlos tuviera que ofrecer, al lado de tan grandes perspectivas como pensaba que se abrían para ella, Anne Marie tenía curiosidad por conocerlo.


Mademoiselle de Montpensier


En Fontainebleau Carlos y su madre fueron recibidos con todos los honores. La reina regente llevaba a su hijo en el carruaje de Estado y atravesaron el bosque para reunirse con el príncipe y Henrietta, con el habitual séquito de carruajes y jinetes, y desplegaron toda la etiqueta y ceremonia a observar durante la recepción de visitas reales.

Cuando los carruajes se encontraron en el bosque, se detuvieron y los distinguidos personajes se apearon. Henrietta presentó a su hijo a la regente y a Luis, y también a otras personas presentes entre el séquito, entre ellos precisamente Anne Marie. La regente invitó a Henrietta y al príncipe a su propio carruaje, y así se dirigieron juntos a palacio. Carlos se encontraba un poco incómodo con estas presentaciones en circunstancias de tanta ceremonia y desfile, a lo que había que sumar que su conocimiento de la lengua francesa no era perfecto. Comprendía bien el idioma, pero lo hablaba de modo deficiente, lo que le avergonzaba un poco. Se sintió especialmente perdido en su entrevista con Anne Marie. Ella, en cambio, mayor que él y sintiéndose en su propio hogar, estaba a sus anchas. Más tarde mademoiselle de Montpensier habría de escribir sus memorias, y en ellas nos dejaría una descripción del príncipe y de aquel momento:

Fontainebleau

“Sólo tenía 16 ó 17 años, era bastante alto, de pelo negro, tez oscura y un aspecto razonablemente agradable. Pero no hablaba ni entendía francés, lo cual resultó muy inconveniente. Sin embargo, se hizo todo lo posible por entretenerlo, y, durante los tres días que permaneció en Fontainebleau, hubo cacerías y otros deportes que podían practicarse en esa estación. Presentó sus respetos a las princesas y descubrí inmediatamente que la reina de Inglaterra deseaba convencerme de que él se había enamorado de mí. Me dijo que le hablaba de mí incesantemente; que, de no habérselo impedido ella, estaría en mis apartamentos a todas horas; que me encontraba muy de su gusto, y que estaba desesperado por la muerte de la emperatriz, porque se temía que pretendieran casarme con el emperador. Yo escuchaba todo lo que me decía, pero no causaba en mí tanto efecto como probablemente ella hubiera deseado.”