martes, 28 de abril de 2009

El hermano del rey

Luis XIV y su hermano

Felipe, el hermano de Luis, había nacido el 21 de septiembre de 1640. Frecuentemente se ha acusado a Ana de fomentar en él conductas y actitudes afeminadas, en su obsesión por salvaguardar los derechos de su primogénito. Recordando las intrigas de Gastón en tiempos de su hermano Luis XIII, según esta acusación la reina habría buscado de tal modo la fórmula para mantenerlo apartado de toda ambición de poder. El interés que siempre mostró Felipe por los adornos, los lazos, la ropa, y hasta su homosexualidad, fue así achacado a veces a la educación que recibió.


Aunque en su época pudiera darse credibilidad a esto, lo cierto es que no es sostenible en nuestros tiempos, en primer lugar porque no se puede pretender que las tendencias sexuales sean cuestión de educación, y en segundo porque la Historia demuestra que ni la femineidad ni la homosexualidad están reñidas con la ambición o la intriga. Son cuestiones que no guardan relación entre sí. Tampoco resulta ninguna garantía fomentar un carácter débil, indolente, inclinado a los placeres, porque en tal caso la experiencia demostraba que el problema se hacía más grave al quedar así el príncipe a merced de las ambiciones de sus favoritos, que podían ser muchas, desmedidas y enfrentadas.


Ana de Austria con sus hijos

Hubiera o no un deliberado propósito por parte de la reina, el caso es que continuó vistiendo a Felipe con enaguas pasada la edad de quitárselas, que era los cinco años, y en ocasiones hasta lo llamaba ma petite fille (mi hijita). Pero la motivación de Ana estaba seguramente muy lejos de aquella que le atribuían. Lo cierto es que la reina, deseando retener junto a ella a sus hijos, no vio nada inconveniente en prolongar la infancia del menor, ya que el mayor tendría que crecer antes de tiempo. Luis había de ser preparado para reinar, y a los siete años disponía de su propio séquito y sirvientes. Felipe, en cambio, permaneció con las mujeres, haciendo compañía a su madre hasta bien pasada la edad en que debería haber sido apartado de ella. Fue el consuelo de Ana, que se resistía a separarse también de él. Tal vez pueda buscarse en esta actitud la causa de que Felipe no madurase adecuadamente, pero nada más.


Estoy acostumbrada a pensar en él como Philippe desde aquellos tiempos en los que yo frecuentaba la corte en compañía de mi buena amiga la duquesa de Orleáns, de modo que así lo llamaremos en adelante.


Al igual que su hermano, Philippe también adoraba a su madre. Era alegre, cariñoso, parlanchín, sin la timidez y la reserva de Luis. Además era más guapo, pues su buena apariencia no se vio desfigurada por un ataque de viruela como le sucedió al mayor. Sentía un gran amor por la belleza y el arte, poseía un gusto exquisito y de adulto se dedicó con entusiasmo a la decoración de su castillo en Saint-Cloud. Pero al mismo tiempo tuvo un gran valor como soldado, como demostró en la guerra de Holanda, cuando al mando de sus tropas decidió correr un riesgo que le supuso la victoria en Mont Cassel.


sábado, 25 de abril de 2009

Hasta el último suspiro

Ana de Austria

Hay quien cuestiona incluso que hubiera una relación sentimental entre la reina y el cardenal. Semejante grado de escepticismo resulta más bien patológico si consideramos algunos detalles demoledores, como esta carta de Mazarino en el exilio:


“…Ello me hace pensar en cosas extrañas, y en medios temerarios y fuera de lo común para veros; y si no los llevo a término es porque unos son imposibles y otros me producen temor de dañaros. A no ser por ello, hubiera ya tentado mil vidas por cualquiera de ellos; y si mi malestar no recibe pronto remedio, no podré asegurar mantener la cordura hasta el final, ya que la gran prudencia no se lleva bien con una pasión tal como la mía.”


Como ha escrito algún historiador, “se observará leyéndola lo cómico que resulta sostener aún que el cardenal y la regente no tuvieron más que relaciones amistosas”.


Igualmente reveladoras son estas palabras de la propia Ana de Austria, escritas cuando llevaba un buen tiempo sin verle:


“Adiós, no puedo más. Mazarino ya sabe bien de qué.”



Con una sonrisa en los labios he llegado a encontrarme con la afirmación de que no puede ser lo que parece… ¡porque por entonces tenían 50 años!


La extravagancia del argumento resulta insólita, sobre todo si tenemos en cuenta que esa edad es aproximadamente la que tenía madame de Maintenon cuando se casó con Luis XIV. La Grande Mademoiselle estaba por entonces en plena efervescencia de pasión por su marido, y éste, por cierto, tenía más de 60 cuando decidió contraer un segundo matrimonio con una jovencita de 14. No se me ocurre ningún cortesano de la época del que se pudiera afirmar que a tal edad resultara demasiado mayor para tales menesteres amorosos. Seguramente entre las clases humildes, mal alimentadas, peor atendidas y cargadas con trabajos inhumanos, cuando alguien lograba llegar a esa edad era un anciano; pero no es eso lo que se percibe entre los privilegiados.


De cualquier manera, si es porque supone que Mazarino estaba ya algo achacoso para mostrar todo su vigor varonil de antaño, la observación resulta tan desconcertantemente naïf que en verdad no sé si encierra más falta de imaginación o ingenuidad. Casi lo lamento más por la esposa del historiador que por él mismo.


Y como la realidad es tozuda, mucho más tarde, cuando Ana de Austria tiene no 50, sino 59, le escribe:


“Hasta el último suspiro Ana será vuestra, lo creáis o no.”


miércoles, 22 de abril de 2009

El enigma del matrimonio secreto


Ana de Austria

Por último, otro de los argumentos esgrimidos en contra de la posibilidad del matrimonio es el de que nunca ha aparecido un documento. Bueno, tampoco ha aparecido la tumba de Alejandro Magno, que es más grande y menos frágil que un papel, no tan fácil de hacer desaparecer o llevar bajo el brazo. Sin embargo, Alejandro falleció.


La propia Ana podría haber decidido destruir toda prueba a la muerte del cardenal. O más probablemente aún, Luis, para asegurarse de que la memoria de su madre no se vería expuesta al escándalo, pues así se hubiera considerado tal matrimonio en su época. Recordemos las palabras antes mencionadas del conde de Saint-Aulaire, “el secreto responde a una necesidad política: evitar un escándalo cien veces peor. Las gentes eran mucho más indulgentes con la relación que con el matrimonio de la reina con el cardenal.”



No consideramos, pues, que ninguno de los argumentos signifique la imposibilidad de un matrimonio secreto, ni podemos afirmar, tampoco, que éste haya existido. Los argumentos a favor son igualmente rebatibles: la princesa palatina, cuñada de Luis, sostiene que Ana y Mazarino estaban casados, pero ella llegó a la corte después de que ambos hubieran fallecido, por lo que podría estar repitiendo rumores mal fundados. Cierto que parece difícil que no lo supiera con seguridad por medio de su esposo. Puesto que ella se muestra persuadida de que el matrimonio se había llevado a cabo, eso significa, cuando menos, que en 30 años de convivencia su marido nunca le había negado los rumores sobre dicha unión. Curioso, sí, aunque no concluyente.


En cuanto a las palabras de Mazarino cuando dice es un estado extraño verse casado y separado al mismo tiempo, y que se intenta siempre poner obstáculos a su matrimonio, podría interpretarse que el cardenal no se refiere literalmente a su situación personal, sino que está empleando un símil para referirse al modo en que es entorpecido en su labor ministerial, que considera como de una total dedicación a Francia. Sería extraño que se mostrara tan claro con respecto a un matrimonio que ambos pretendían mantener secreto, ergo tal vez no se refería a ello en realidad. Por otra parte, también resulta peculiar que se le ocurriera emplear ese símil sabiendo cuáles eran los rumores y la interpretación que podría dársele. El descuido persiste aun eligiendo la segunda opción.


Mazarino

Posicionarse de modo rotundo en cualquiera de ambos sentidos sería una temeridad. Simplemente me permito resaltar que observo muchas veces la tendencia a estudiar la Historia prescindiendo por completo de los sentimientos de sus protagonistas, como si de ese modo resultara el estudio más sesudo y, por tanto, más veraz. Nada más lejos de la realidad. Casi todos nuestros actos se rigen por pasiones y sentimientos, y eso ha sido así desde el origen de los tiempos, desde la más humilde cabaña hasta el palacio más lujoso. Y, por cierto, no fue en la corte del Rey Sol donde se cometieron las locuras más pequeñas.


Somos animales sólo relativamente racionales. Cualquier estudio que no tenga esto en cuenta está destinado a salir mal.

lunes, 20 de abril de 2009

La ambición de Mazarino


Otro argumento mencionado por aquellos que niegan el matrimonio secreto entre la reina y el cardenal es que Mazarino, aunque no fuera sacerdote, estaba decidido a permanecer célibe, no fuera que, de presentarse la oportunidad de ser Papa, no pudiera ser elegido por no haber mantenido el celibato.


Esto, que se adentra en el terreno de la presunción o la mera conjetura, no parece digno de ser considerado un argumento. Resulta más bien un juicio de intenciones muy temerario. La lógica sugiere que si lo que más quería el cardenal era asegurarse todos los pasos que le facilitaran acceder al papado, lo primero que hubiera hecho serían los votos sacerdotales precisamente, pues los demás cardenales también podrían sentir cierta renuencia ante el hecho insólito de que él no los tuviera. Hubiese sido más fácil así, pero siempre se negó. ¿Por qué?


Muy sencillo: si se le cerraba un camino, no haber hecho voto de celibato le permitiría abrir otro en cualquier momento en que surgiera la oportunidad. El sueño de cualquier jugador es poder utilizar dos barajas, y él era un experto en el arte de la duplicidad y la ambivalencia. Como ha quedado escrito en la obra que se le atribuye, Breviario de los políticos, hay que ser capaz de provocar la ambigüedad.


Giulio Mazarino


Sin cuestionar su indudable ambición, el Papado quedaba fuera de la realidad en ese momento. No procedía de una familia importante en la que apoyarse; había contado con la protección y el impulso de Luis XIII, pero ahora había fallecido, y Ana no gozaba de la misma situación de poder. Por el contrario, eran tantos los conflictos y dificultades que bastante tenía con retener el trono para su hijo. Aunque hubiera tenido más poder, Ana no lo emplearía en hacer algo que apartaría de sí no sólo al hombre a quien amaba, sino al que era al mismo tiempo su único apoyo para sostenerse, el único en quien podía confiar, aquel con el que necesitaba trabajar codo con codo cada día. Mazarino tenía que saberlo. Unido a las otras peculiaridades de su capelo, no podía ser tan iluso de esperar seriamente llegar a ser lo que ni Richelieu consiguió en la cúspide de su poder. Es más probable que a partir de determinado momento y a la vista de las dificultades, en vez de perseguir lejanas quimeras prefiriera pájaro en mano y se conformara con gobernar Francia. Se aferró a lo que se le concedía, que tampoco estaba tan mal.


Pero ¿y si con el paso del tiempo tal vez cediese la pasión de la reina ante tantas presiones como debía soportar? ¿Y si Ana acababa por decidir prescindir de él para contentar a los príncipes de la sangre, incapaz de seguir enfrentándose a ellos? Pues bien, si sólo era su ministro, Ana podía deshacerse de él en el momento en que estimase oportuno. Si fuera su esposo, entonces no le sería tan fácil. Habría un vínculo imposible de ignorar y que él podría hacer valer cuando estimara oportuno. Le convenía. Era su seguro.



Y existe la prueba de que a Mazarino le preocupaba el tiempo. Está contenida en una carta escrita por su mano, unas líneas en las que afirma que aunque todos los suyos se volvieran en su contra e hicieran lo posible “para dañar el sentimiento, aun así no ganarían nada, porque en fin,… están unidos por lazos que… no pueden ser rotos ni por el tiempo ni por ningún esfuerzo.”


¿No son muy curiosos esos lazos entre una reina y su ministro? ¿Y no podría, a la vista de este párrafo, haber existido en él la preocupación por perder el favor de la reina en un futuro, impulsándolo a buscar una manera de asegurar su posición?


Aparte de esto, su comportamiento en el exilio, como veremos más adelante, indica que de alguna forma especial continuaba sintiéndose atado a Francia.


Pero aún hay más cuestiones que revisar. Nos proponemos continuar.

viernes, 17 de abril de 2009

Orgullo real

Ana de Austria

Un argumento contra la hipótesis del matrimonio es el acentuado orgullo de Ana por su sangre real, percibido como posible obstáculo hasta para una relación física con el cardenal, sobre todo por ser éste de humilde cuna. Pues bien, me permito unas cuantas observaciones al respecto, y la primera de ellas es que eso pocas veces, o nunca, tiene algo que hacer ante el amor. Consideren que por mucho que fuese el orgullo de la reina por su sangre, en ningún caso era mayor que el de su hijo, quien, por cierto, luchó contra viento y marea por casarse con una sobrina de Mazarino, del mismo origen que el cardenal.


El propio Luis, más adelante, acabó contrayendo un matrimonio secreto con una mujer que no tenía suficiente alcurnia para ser reina de Francia. Es evidente que el origen de Madame de Maintenon no supuso un obstáculo para que, tal vez siguiendo algún ejemplo aprendido en la infancia, se convirtiera en la esposa secreta del rey.


Y la prima de Luis, la Grande Mademoiselle, estaba seguramente más orgullosa de su sangre que ellos dos juntos. No parecía haber para ella en Europa príncipe ni rey digno de aspirar a su mano, siendo así que llegó a la respetable edad que Ana tenía por esa época sin haber tenido nunca ni esposo ni amante. Y entonces apareció Lauzun, y todo ese orgullo se derrumbó como un castillo de naipes. Su sangre real no fue un inconveniente para que lo desposara por amor, hasta es posible que en un principio también mediante una unión secreta, ante las reticencias del rey.


La Grande Mademoiselle

Por consiguiente, de ninguna manera se puede aceptar esta objeción, tan sistemáticamente rebatida por los propios acontecimientos. Ana había cumplido con cuanto debía a su regia estirpe, de un modo prácticamente intachable, sometiéndose durante décadas a un matrimonio desgraciado hasta conseguir dar sucesión a la Corona de Francia. ¿Quién podría reprocharle que al fin, rebasados los cuarenta años y habiendo sentado a su hijo en el trono, se considerara libre de toda otra obligación y se tomara la revancha por tantos años de amarga soledad?


En cualquier caso, durante el reinado del Rey Sol la realidad superó frecuentemente a la ficción. No hay nada, por rocambolesco que parezca, que no haya sucedido alguna vez. Ustedes se irán dando cuenta si siguen visitando esta corte barroca.


Pero, por supuesto, el orgullo de Ana no es la única objeción contra la hipótesis de la unión secreta. Iremos viendo otras, tal vez con más peso o tal vez no.

viernes, 10 de abril de 2009

La Reina y el Cardenal

Ana de Austria

Mazarino no sólo había pasado a residir en el Palais Royal con la familia real, sino que se le confió la superintendencia de la educación del pequeño rey. Tales atrevimientos por parte de la reina dieron pie a que pronto se murmurara que los amantes habían contraído matrimonio secreto, tema que lleva siglos siendo debatido.


Teniendo en cuenta que Ana de Austria era mujer de profundas convicciones religiosas, parece coherente que buscara regular su unión de acuerdo con la Iglesia, pudiendo hacerlo sin ningún impedimento. Existen valiosos testimonios al respecto, como el de la princesa Palatina (cuñada de Luis XIV), que escribe en sus memorias:


“La reina madre… no satisfecha de amar a Mazarino, lo había finalmente desposado; no era sacerdote y no tenía órdenes que le impidieran contraer matrimonio. Se conocen ahora todas las circunstancias… La vieja Beauvais, primera camarera de la reina madre, conocía el secreto de su matrimonio con Mazarino, y esto obligaba a la reina a aceptar los deseos de su confidente.”


Pero existe otro testimonio que parece dar por ciertos los rumores sin ninguna duda, y es el del propio Mazarino. El 27 de octubre de 1651 el cardenal, entonces en el exilio, escribió una carta a Ana en la que dice de sí mismo lo siguiente:


“…Compadecerle es preciso, pues es un estado extraño verse casado y separado al mismo tiempo, y que se intenta siempre poner obstáculos a su matrimonio. Se espera que nada sea capaz de impedirle ver aquello que desea más que vivir.”


Cardenal Mazarino

Con este estilo en tercera persona y en una misiva plagada de palabras en clave acordadas con Ana, el cardenal se refiere a si mismo todo el tiempo, obligado por las circunstancias a vivir lejos de París. Y otro dato que nos ofrece la correspondencia entre ambos es que el jovencísimo Luis XIV podría estar al corriente de ese matrimonio, pues frecuentemente se referían a él como “el Confidente”. Más tarde se vio incluso a Luis llamar al cardenal “mi padre”, término que dudosamente hubiera utilizado de no existir una unión legítima entre la reina y el ministro. Teniendo en cuenta la moral de la época, y en particular las convicciones de Ana, no parece normal que convirtiera a su hijo, un niño, en confidente de una relación con su amante, pero la cosa cambiaba de haber contraído ambos legítimo matrimonio.


¿Por qué el secreto? Un plebeyo, y más uno extranjero, no era adecuado para una reina de Francia, que se casaba solamente para establecer alianzas, proporcionar herederos y favorecer la política del país. Incluso era tradición que las reinas viudas de Francia no volvieran a casarse. Entonces, como escribió el conde de Saint-Aulaire, “el secreto responde a una necesidad política: evitar un escándalo cien veces peor. Las gentes eran mucho más indulgentes con la relación que con el matrimonio de la reina con el cardenal.”


Próximamente examinaremos los argumentos contra la hipótesis del matrimonio.


lunes, 6 de abril de 2009

En el Palais Royal

Palais Royal


A finales de 1643 la reina y los miembros de su Casa pasaron a ocupar lo que entonces se llamaba el Palais Cardinal. El edificio estaba situado frente al ala norte del Louvre, donde habían residido durante el verano. Debía su nombre al hecho de que en su día había pertenecido a Richelieu, lo cual trajo de inmediato un problema: no era decoroso que el rey habitara en un lugar que llevaba el nombre de un súbdito. Así que se borró la inscripción de Palais Cardinal y fue sustituida por la de Palais Royal.


A Luis se le asignaron los apartamentos que habían sido ocupados por Richelieu, mientras que su madre seleccionó para sí misma habitaciones mucho más espaciosas y elegantes. Ana, amante de la ostentación, gastó enormes sumas en adaptarlas a su gusto. El gabinete de la reina estaba considerado la maravilla de París.


Palais Royal

En octubre Mazarino había ganado en el juego del piquet el palacete Tuboeuf, situado en el emplazamiento de la Biblioteca nacional de Francia. Cuando se supo que abandonaba el palacio cercano al Louvre, el pueblo se alegró pensando que la reina y el cardenal se separaban. Craso error. Ambos continuaban entrevistándose discretamente.


Una noche él no acudió. La reina, aterrorizada, envió a su fiel La Porte, que regresó con la noticia de que el cardenal tenía ictericia. Con una audacia sorprendente, Ana propone en el Consejo que, teniendo en cuenta la indisposición de Mazarino y lo penoso que le resultaría ahora desplazarse hasta allí, y viendo que continuamente se presentaban nuevos asuntos que comunicarle, ella encontraba adecuado darle alojamiento en el Palais-Royal.


La intención de la reina fue aprobada por los señores ministros. ¡Y con aplausos!


Se dio al cardenal una gran habitación que daba a la Rue des bons Enfants, y para trasladarse junto a Ana no tenía más que cruzar un camino secreto a través del jardín. Ana de Austria, que en vida de su marido había conocido una abstinencia sexual casi completa, esperaba ahora el momento de reunirse con Mazarino llena de impaciencia. Con la frente pegada al cristal observaba el jardín hasta escuchar el sonido de sus pisadas caminando sobre hojas secas.

jueves, 2 de abril de 2009

¡Ahí va el gran Turco!

La máquina de Marly


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A lo largo de su vida Luis fue descubriendo nuevas aficiones, como la que se despertó en él por la botánica cuando tuvo que tratar con La Quintinie diversos proyectos relacionados con sus jardines. Apoyó la creación de la Academia de Ciencias, y mostró interés por ciertos inventos, como la máquina de Marly.

En cuanto a la geografía, ésta adquirió mayor significado para él cuando pudo examinar ciertos mapas y globos terráqueos fruto de las expediciones y conquistas francesas en ultramar.
Algunas lecciones aprendidas en su niñez fueron más bien asimiladas por él de forma indirecta, teniendo como protagonistas a sus criados, la reina y Mazarino. Luis aprendió muy temprano a contener la lengua y a no revelar ciertas informaciones obtenidas de sus servidores, a quienes fastidiaba no poder hablar libremente delante de un niño. Un día, Luis y sus sirvientes tuvieron un serio disgusto cuando al chiquillo se le escapó, en presencia de su madre, el apodo de “el gran Turco”, con el que era conocido Mazarino entre quienes no simpatizaban con él. A Luis, que era sólo un niño, seguramente le hizo gracia el apodo y exclamó:
—¡Ahí va el gran Turco!
La reina, muy inquieta, quiso saber a quién le había oído decir eso, pero no consiguió que Luis revelara nada.