martes, 31 de marzo de 2009

La educación del rey


Racine


En su edad adulta, Luis siguió haciendo que le leyeran en voz alta. Esto era, en parte un medio de ahorrar tiempo, pues podía escuchar mientras hacía alguna otra cosa. Por ejemplo el Ministro de Asuntos Exteriores le leía la Gazette de Hollande con su amplia sección de noticias una hora antes de la cena, con el fin de que el rey pudiera formular las preguntas oportunas o discutir problemas. Pero lo cierto es que a Luis le deleitaba que le leyeran en voz alta, como lo prueba el hecho de que frecuentemente se lo pidiera a Racine y a Boileau, y en ocasiones a Quinault.


El preceptor de Luis, Hardouin de Pérefixe, siguió un sistema parecido al de La Porte en sus lecciones de Historia, y escribió un libro sobre el reinado de Enrique IV con el propósito de presentarle a su abuelo como un ejemplo que él debería emular.


Hardouin de Péréfixe


Su apasionado interés por las artes también se despertó en él cuando era sólo un niño, estimulado por las obras maestras que ponían a su alcance los educadores. Estudiaba idiomas: francés, español, italiano y latín. Luis, en efecto, hablaba español, que tenía ocasión de practicar con su madre, aunque en latín era una calamidad y el italiano lo aprendería en realidad años más tarde, con una linda persona. También aprendía matemáticas, hacia las que se sentía escasamente inclinado, dibujo, música y algo de geografía.


El dominio de la lengua francesa y su conocimiento de los conceptos clásicos fueron los resultados más destacables de su educación. Ambas cosas le fueron en cierta manera inculcadas a través de las obras de Corneille.


Corneille


Lamentablemente, sus estudios habrían de interrumpirse al cumplir 10 años, cuando estallaron las guerras civiles de la Fronda. Esto hizo que su educación fuera deficiente, asunto que lo tenía muy mortificado y que se esforzaba por superar en la edad adulta. Su cuñada, Isabel Carlota de Baviera, comenta en sus memorias: “Es casi un milagro que el rey se convirtiera en lo que después fue”.


Su conocimiento en aquellas cuestiones en las que había de prevalecer el deber sobre el placer hubo de adquirirlo por medio de la perseverancia, pues no fue un niño inclinado al estudio, y en sus primeros años de vida no destacó precisamente por su precocidad. Pero después leía informes, prestaba atención a cuanto decían y luego meditaba sobre ello y observaba. Llegó a tener muy buena disposición para estudiar a fondo un tema cuando era necesario, así como la costumbre de rodearse de hombres idóneos para que lo asesoraran.

lunes, 30 de marzo de 2009

Los juguetes del rey

Luis XIV a los ocho años de edad

Desde edad temprana Luis demostró afición por los ejercicios al aire libre. Dadas las tradicionales ideas acerca del oficio de rey, así como la situación de guerra en la que se hallaba Francia, casi todos sus juegos se centraban en actividades de carácter militar, como pasear con sus amigos por el jardín tocando el tambor o realizando ejercicios de instrucción. Posteriormente aprendería a montar a caballo y a pasar revista a las tropas. Se hizo para él un maravilloso juego en plata de soldados, a pie y a caballo, con su equipo y pertrechos militares. Más tarde se construyó para él y sus amigos, en los jardines del palacio real, un pequeño fuerte con un cañón auténtico que disparaba cartuchos de fogueo. Cuando a la edad de siete años fue alejado de las mujeres y pudo disponer de su propio séquito y sirvientes, comenzó a adiestrarse en el tiro al blanco, y pronto se convirtió en un experto tirador.


De mayor siguió disfrutando con la equitación, la esgrima y la danza, y con el fin de mantenerse en forma y llegar a dominarlas, todas las mañanas se levantaba temprano para hacer ejercicios en una habitación dispuesta como gimnasio. Horas más tarde era sometido a duros entrenamientos por los mejores profesores de equitación.


Otra de sus aficiones era el teatro. Durante su juventud interpretó un papel en la comedia Les Visionnaires, de Desmarets de Saint-Sorlin, que conocía de memoria y en la que Liselotte, la duquesa de Orleáns, afirma que actuaba mejor que los comediantes.


Desmarets de Saint-Sorlin


Desde muy joven se acostumbró a que le regalaran perros y caballos, animales por los que sentía pasión, y más adelante se complacía en regalarlos él. Jamás abandonó la costumbre de alimentar personalmente a sus perros favoritos, y cuando estuvo convaleciente del ataque de viruela contraído en 1647, un buen día manifestó que ya se encontraba muy recuperado y pidió con voz débil que le llevaran a su habitación a su nuevo pony inglés.


Gozaba escuchando cuentos y relatos. Mientras estuvo con las mujeres predominaron los cuentos. A partir de 1645, su ayuda de cámara La Porte, tenía por costumbre leerle, a la hora de acostarse, capítulos de la Historia de Francia, obra que acababa de ser publicada por Mézeray. La Porte elegía aquellos capítulos que a su juicio constituían los mejores ejemplos a seguir.


Enterado el cardenal Mazarino de esta circunstancia, exclamó:


—Supongo que el preceptor del rey le pondrá los zapatos y las medias, ya que veo que su ayuda de cámara le enseña Historia.

viernes, 27 de marzo de 2009

Petit Louis

Luis XIV


Luis era un niño muy hermoso, hasta que un ataque de viruela padecido en 1647 afeó su rostro. Era rubio, de un tono no muy claro, aunque en sus retratos posteriores aparezca oscurecido. Siempre se sintió particularmente satisfecho de sus cabellos. Cuando éstos, con la edad, comenzaron a ralear, optó por utilizar pelucas, pero hizo que las agujerearan para poder lucir aún mechones de su propio pelo. Era su orgullo, junto con sus piernas, esbeltas y bien torneadas.

Parece que de niño llevaba un buen desarrollo. Era alto para su edad, aunque después no lo fue. El apetito y los dientes precoces de Luis causaron desde el primer momento más de un problema a sus amas de cría. Tuvo ocho nodrizas. Por lo demás, se parecía a Ana de Austria, tanto en la nariz aguileña como en la forma de la mandíbula.

En cuanto a su carácter, era tímido y reservado, inseguro durante los años de su infancia. Adoraba a su madre, la colmaba de tanto cariño como frialdad mostraba hacia su padre. Cuando era muy niño lloraba y organizaba un gran escándalo cada vez que el rey o alguno de sus amigos se le acercaba, y no se tranquilizaba hasta que una mujer venía a llevárselo. Se sentía intimidado en presencia de personas adultas que no tenía ocasión de ver asiduamente entre sus cuidadores, pero en especial se asustaba de los hombres. Esto disgustaba enormemente al rey, que en una ocasión hizo una escena y se quejó con amargura de que al Delfín se le permitiera mostrarse antipático con su padre y sus amigos. Era obvio, aunque no llegara a expresarlo tan claramente, que culpabilizaba una vez más a su esposa, y que sospechaba que ella intentaba inculcarle al niño un rechazo hacia la figura paterna.

Luis XIII

Poco tenía en común con su progenitor, como no fuera la pasión por la caza que llegaría a heredar y su destreza como jinete. Luis XIII había sido un afamado cazador. Se decía de él que había matado seis lobos en una jornada. Y hasta tal punto compartía Luis esta afición que ya de niño tenía un arcabuz con el que cazaba gorriones en los jardines de las Tullerías, y que había sido forjado en el taller de su padre.

También esa rama de la familia era seguramente la responsable de su gran afición por la música. Según nos cuenta en sus memorias la duquesa de Orleáns, segunda esposa de Felipe, aunque Luis no sabía música, tenía tan buen oído que podía tocar la guitarra con maestría, y ejecutar cualquier cosa que eligiera. Ana de Austria gozaba ciertamente de la música, en particular de los violines, pero Luis XIII era músico y compositor de talento. Aquí pueden escuchar una de sus obras.

sábado, 21 de marzo de 2009

El juramento de la reina

Ana de Austria

Ana era inexperta e incapaz de llevar a cabo tan magna tarea como era la regencia. Había pasado toda su vida sumida en una existencia ociosa, apartada de toda responsabilidad de gobierno. Su opinión nunca había sido solicitada ni tenida en cuenta y, además, era de un natural perezoso. Las cargas del gobierno eran para ella demasiado pesadas. Pronto se dio cuenta de que gobernar un país como Francia no era tarea de niños, y que nunca conseguiría hacerlo ella sola. Había depositado su confianza en el obispo de Beauvais, para el que solicitó el capelo cardenalicio. Era un buen hombre, pero igualmente incapaz para los asuntos de Estado. Al principio hubo gran fricción entre él y Mazarino, hasta que la reina decidió retirar al obispo de su círculo más íntimo.


Mazarino mostraba una actitud siempre humilde, ocultando sus grandes ambiciones y expectativas. Los príncipes de la sangre lo observaban con desprecio, pero no con miedo. La mente de Giulio era fértil en recursos, y además era un trabajador infatigable. No tenía el genio de Richelieu, pero al menos era tan bueno como él en asuntos de diplomacia y administración.


Empezó a acudir cada día a ver a la reina, si bien no en privado. Las puertas permanecían abiertas y los cortesanos pululaban por allí, pero con cuidado de no interrumpir su tête-a-tête, que empezaban a llamar “el Pequeño Consejo”. Mazarino la instruía en asuntos extranjeros, de los que ella era bastante ignorante. Él, en cambio, había cursado estudios en la materia tanto en Italia como en España, y después con Richelieu. Era precisamente a esos conocimientos a los que debía su cardenalato. No era sorprendente, pues, que la reina siguiera sus consejos. En palabras de Voltarire, “Mazarino tenía sobre Ana ese imperio que un hombre debe tener sobre una mujer nacida con suficientes debilidades para ser dominada, y con suficiente firmeza para persistir en su elección.”


Qué otros temas de naturaleza bien diferente se trataban durante esas entrevistas es algo que sólo ellos dos saben, pero la sospecha no tardó en recaer sobre ambos. Los estudiantes comenzaron a llamar a la reina “la puta del cardenal”. Pronto esta expresión salió del Barrio Latino y se fue extendiendo por todo París, hasta que llegó a oídos de mademoiselle de Hautefort, que creyó conveniente advertir a Ana. Pero a ella no le faltaba astucia, y recurrió a un argumento que distaba de ser verdadero:



—Todos esos rumores carecen de fundamento, por la simple razón de que al cardenal no le gustan las mujeres. Es de un país donde se tienen inclinaciones de otra especie.

Algún tiempo después, sin embargo, fue bastante más sincera con madame de Brienne:

—Te confieso que le quiero, y hasta podría decir que tiernamente; pero no llega a ser amor, y si lo es no soy consciente de ello. Mis sentidos no tienen nada que ver, solamente mi espíritu está encantado con la belleza de su alma. Si esto está mal, renunciaré ahora mismo ante Dios y los santos. No le hablaré más que de asuntos de Estado, y lo despediré cuando él me hable de cualquier otra cosa.


—Juradme —dijo su amiga— sobre estas reliquias de los santos, que nunca dejaréis de cumplir lo que habéis prometido a Dios.


—Lo juro —dijo la reina, colocando su mano sobre las reliquias.


Pero, ¡ay!, no conseguía engañar a nadie.

jueves, 19 de marzo de 2009

Una entrevista crucial



Al fallecer Luis XIII, Mazarino pidió permiso a la reina para retirarse a Italia, pues ésta aún no le había indicado que debía continuar en sus funciones como ministro. El cardenal solicitó una audiencia con ella. Ana de Austria se la concedió y le dijo al conde de Brienne:


—El cardenal parece estar ofendido. ¿Qué puedo hacer? Solicita permiso para retirarse.


—Señora, si le ofrecéis lo que espera obtener, se dará por contento. Si lo rechaza, será una prueba de que no desea asumir ninguna obligación hacia vos. En tal caso, no perderéis nada si se retira.


Tal vez Ana no estaba de acuerdo con que no perdería nada. Tal vez pensara que lo perdería todo si él se iba, y su corazón latiera con más fuerza mientras aguardaba esa entrevista. Según La Rochefoucauld, fue por la época entre la muerte del cardenal Richelieu y la de Luis XIII cuando Mazarino comenzó a abrirse paso hacia el corazón de la reina. Al principio Ana sentía aversión por él, al considerarlo una criatura de su formidable enemigo Richelieu. Sin embargo, poco a poco el italiano la fue conquistando hasta conseguir hacerse con su confianza.


La Rochefoucauld


Al entrar, Mazarino se inclinó ante ella en una profunda reverencia. La reina, temblorosa, hizo su propuesta de que permaneciera a su lado como consejero y ministro. Los fogosos ojos oscuros de Giulio adelantaron su respuesta mientras agradecía el honor que se le hacía.


Después del funeral, con sus ropas de viuda y llevando a su hijo de la mano, había comparecido ante el Consejo y declarado que nombraba al cardenal Mazarino como jefe del mismo y ministro del rey.


Todo París quedó paralizado de estupor. El duque de Orleáns no osó oponerse a su autoridad. Se pensaba con preocupación en que la anterior regencia de María de Médicis no había resultado bien, pero, por otra parte, Ana de Austria era mucho más ilustre; cabía esperar más de ella. Y así, en palabras del cardenal de Retz, “se le concedió todo, no se le negó nada”.

martes, 17 de marzo de 2009

"Se da un aire a Buckingham"


Mazarino poseía una amplia cultura, hablaba español, era muy aficionado a la lectura, coleccionista de libros y manuscritos y amante de la música, la ópera y el teatro. Vestía con gran elegancia, se perfumaba con las más finas esencias y tenía un gusto impecable. Su delicadeza atraía a la reina. Aunque no poseía la nacionalidad francesa, Giulio sentía gratitud hacia Francia y hacia el difunto Luis XIII, pues fue por su mediación como obtuvo el capelo, y fueron las oportunidades que se le ofrecieron en ese reino lo que le permitió amasar una fortuna y dedicarse a lo que más le complacía: construir y amueblar palacios y coleccionar obras de arte y piedras preciosas, en especial diamantes de la más alta calidad.


Había sido presentado a la reina por Richelieu durante una recepción en el Louvre. Ese día los corredores estaban repletos con la flor y nata de la nobleza francesa. Joyas y vestidos centelleaban, pero sobre todos ellos se destacaba, radiante, Ana de Austria. Estaba considerada una mujer atractiva, aunque tal apreciación no tuviera ningún efecto sobre su esposo. Su aire de majestad inspiraba respeto y admiración, pero poseía al mismo tiempo gentileza y dulzura, lo que le añadía gran encanto. Al moverse esa tarde entre los cortesanos, eran muchas las miradas de admiración que se posaban sobre ella.


Entonces se aproximó Richelieu. Iba acompañado de un desconocido vestido como un dignatario de la Iglesia. Era Giulio Mazarino, un hombre de 37 años por entonces. Giulio era alto, con buen porte, cabello castaño y ondulado, aunque la barba era de un tono más oscuro; facciones grandes, nariz prominente, frente despejada, hermosas manos blancas, ojos profundos e inescrutables, llenos de fuego. Sus modales eran encantadores, los de un hombre muy agradable, apasionado y poseedor de gran ingenio.


Con aquella velada insolencia que adoptaba con frecuencia Richelieu, cuentan que se lo presentó a la reina diciéndole:


—Señora, os agradará: se da un aire a Buckingham.


George Villiers, duque de Buckingham

Mazarino se había educado en un colegio de los Jesuitas en Roma. Era ya en aquel tiempo un chico brillante con una memoria prodigiosa. Aprendía con gran facilidad, pero, para gran frustración de los jesuitas, que querían hacer de él un sacerdote, la vocación del joven se orientaba por derroteros muy diferentes. Su pasión era el juego, cosa muy común en la Europa de la época. Después fue enviado a España a estudiar leyes. Cursó estudios en la universidad de Alcalá y en la de Salamanca.


Se contaban muchas historias respecto a su primera aparición en la sociedad parisina. Una a la que frecuentemente se ha dado crédito es la que narra cómo apareció una noche en el Palais Royal, donde fue invitado a tomar parte en el juego. Mazarino aceptó, y empezó a tener suerte. La gente se arremolinaba a su alrededor, observando curiosos la montaña de oro que se iba acumulando ante él. Y uno de estos observadores era Ana de Austria. Giulio siguió jugando y luego se levantó de la mesa y entregó una importante suma al chambelán de la reina, rogándole que se los ofreciera a Su Majestad con su más profundo respeto.


Esto es obviamente insostenible: ningún hombre se hubiera atrevido a hacer algo tan impropio. Parece que lo cierto es que su primer encuentro con la reina fue cuando Richelieu los presentó en aquella recepción, tuviera o no la osadía de pronunciar tales palabras.

domingo, 15 de marzo de 2009

Un cardenal de mentira


Mazarino

Luis XIII falleció el 14 de mayo de 1643. Al día siguiente Ana de Austria, en compañía de su cuñado el duque de Orleáns y del príncipe de Condé, se trasladó con su hijo desde Saint-Germain a París. Corría el rumor de que Gastón había intentado apoderarse de la persona de su sobrino, pero la reina había tomado las precauciones pertinentes y doblado la guardia. A su llegada a París, miles de personas se alineaban en los caminos para saludarlos. Todos querían ver al pequeño rey que Ana llevaba en sus brazos.

Después de los funerales, el 22 de junio, la reina se dirigió al Parlamento, hizo anular el testamento real y tomó la libre y completa administración de los asuntos del reino durante la minoría de su hijo, con poder para elegir a sus colaboradores y en el número que juzgara necesario, sin ser obligada a seguir la pluralidad de voces.

Se celebró una sesión solemne en el Palacio de Justicia de París, a la que los miembros del Parlamento asistieron con togas encarnadas. En la parte de delante tomaron asiento los príncipes y los grandes señores, cubiertos con mantos forrados de armiño. Al extremo de la sala, encima de un estrado, se alzaba un trono con un dosel de terciopelo encima. Heraldos, vestidos de terciopelo violeta, adornado con flores de lis de oro, entraron llevando un cetro, y después iba el gran Chambelán, que llevaba en brazos al niño rey, vestido de color violeta, que era el luto entre los reyes de Francia. Fué sentado en el trono; la reina se sentó a su derecha, el aya a la izquierda. Se ordenó silencio. La reina y el aya pusieron al niño rey derecho sobre el trono. Se le había enseñado a decir: "He venido aquí para decir mi voluntad a mi Parlamento; mi Canciller dirá el resto". El niño rey tuvo un capricho y se sentó de nuevo, sin querer pronunciar palabra; pero se hizo como si hubiera hablado.

La reina y el tío del rey pronunciaron un principio de discurso cada uno. El Canciller fue a arrodillarse delante del rey, como para pedirle consejo; se levantó y pronunció una arenga. Luego fue acercándose a todos los asistentes, como para recoger sus votos, y dio lectura de un decreto que se había escrito de antemano. El rey declaraba a su madre regente, con derecho a resolver todos los asuntos durante su menor edad. Ya no había en Francia más voluntad que la del rey vivo, cualquiera que fuese su edad.


¿Y en quién se apoyaría Ana para sostenerse tras llevar a cabo esta audacia? Ella tenía muy claro que habría de ser Giulio Mazarino, un cardenal italiano de 41 años, también incluido por el difunto rey entre los regentes designados para gobernar durante la menor edad de su hijo.

Mazarino era lo que podríamos considerar un cardenal “de mentira”, un cardenal laico. O sea que él nunca fue sacerdote ni hizo voto alguno, y hasta podía casarse si quería. Su forma de alcanzar el cardenalato fue bastante curiosa. Era militar allá en su Italia natal, el joven capitán Mazarino, cuando el Papa lo conoció y quedó gratamente impresionado por su ingenio, dotes diplomáticas, inteligencia y valor. Decidió que le vendría bien enviarlo como embajador suyo a alguna corte europea, pero había un problema: quedaba feo que un enviado de la Santa Sede vistiera uniforme militar, así que, como Giulio rechazó amable pero enérgicamente su propuesta de entrar en religión, el Papa no vio otra salida que la de concederle una canonjía, para lo cual no se precisaba ser sacerdote y tenía la ventaja de que permitía utilizar las ropas apropiadas. 

Curiosamente, entre las múltiples complicaciones de las leyes canónicas, resulta que la tal canonjía también puede ser suficiente para llegar a ser cardenal. Y cuando Mazarino viajó a Francia y conoció al astuto Richelieu, éste pronto decidió convertirlo en su sucesor y consiguió del Papa que le concediera el capelo cardenalicio.

jueves, 12 de marzo de 2009

El Testamento de Luis XIII


El 20 de abril de 1643, el moribundo Luis XIII había hecho acudir a su habitación a los miembros del Parlamento, y allí, en presencia de su esposa, les leyó su última voluntad. El monarca deseaba que a su muerte, y mientras su hijo fuera menor de edad, el reino fuera gobernado no solo por la reina, sino por un consejo de regencia en el que las decisiones tendrían que ser tomadas por mayoría.


Ana, que esperaba obtener la regencia para ella sola, palideció al oírlo. No habló. Nadie osó hacerlo.


No era sólo por la mala relación entre ambos es
posos por lo que el rey había tomado esa decisión, sino que tenía muy presente el recuerdo de la regencia de su propia madre, la italiana María de Médicis, y todos los problemas que había causado. Los franceses nunca toleraron bien el gobierno de una extranjera, la Historia lo decía claramente.

Ella, aparentemente sumisa, se arrodilló al pie del lecho con lágrimas en los ojos, pero el rey no se dejaba engañar por su aparente sometimiento y exigió que pusiera su firma al pie del testamento que acababa de leer, y que concluyó con estas palabras:


—Lo dicho es
mi expresa voluntad y deseo sea ejecutada.


Ana firmó, pensando que era mal momento para discutir. Pero la sumisión estaba lejos de su mente.


Dos días más tarde se le administró al rey la extremaunción, y al siguiente tuvo un síncope.


—¡Ah, si al menos muriera pronto! —suspira desesperado.


Entonces escuchó unas carcajadas que parecían proceder de algún lugar cercano.


—Deben de ser la reina y Monsieur — murmuró, aludiendo a su propio hermano, que recibía el tratamiento de Monsieur como duque de Orleans. Imaginaba que ambos charlaban y reían como de costumbre, indiferentes a su sufrimiento, mientras él se moría.


Esto era totalmente injusto, pues la reina no había dejado de prodigarle sus atenciones. Ana no hallaba consuelo cuando se enteró de que él había sido capaz de juzgarla de ese modo. Instado por su confesor a abandonar esta falsa impresión, el enfermo respondió:


—En el estado en el que me encuentro estoy obligado a perdonarla, pero no estoy obligado a creerla.


miércoles, 11 de marzo de 2009

Bibliografía


Me resulta incómodo tener que andar mencionando la bibliografía en la que baso cada pequeño fragmento de mi estudio, de modo que he decidido publicar aquí la totalidad y olvidarme después de esa pejiguera. Allá va:


*Philippe Érlanger - Louis XIV
*Hilaire Belloc - Luis XIV
*Ragnhild Hatton - Luis XIV
*John S. C. Abbott- Louis XIV
*Voltaire - Le siècle de Louis XIV
*Christian Bouyer - Gaston d'Orléans
*Auguste Bailly - Mazarino
*Claude Duneton - Petit Louis, dit XIV
*Saint-Simon - Mémoires
*Georges Girard - Madame de Maintenon
*Michele de Decker - Madame de Montespan
*André Castelot - La reina secreta
* Mademoiselle de Montpensier - Mémoires
*Sautrau de Marsy - Le nouveau siècle de Louis XIV
*Brienne - Memorias
*Conde de Saint-Aulaire - Mazarino
*Mme de Chauvelin - Memorias
*Victor Cousin - Madame de Longueville pendant la Fronde
*Victor Cousin – Madame de Chevreuse
*Victor Cousin – Madame de Hautefort
*Cardenal de Retz - Mémoires
*Madame de Motteville - Memoirs of Madame de Motteville on Anne of Austria and her court
*J. Lair – Louise de La Vallière an the early life of Luis XIV
*Amadeo Renée - Las sobrinas de Mazarino
*María Mancini - Apología o verdaderas memorias de Mme. de Mancini
*Bussy-Rabutin – Histoire amoureuse des Gaules
*Anquetil - Luis XIV, la corte y el regente
*Gabriel Jules, comte de Cosnac – Souvenirs du règne de Louis XIV
*Mme de La Fayette - Historia de Enriqueta de Inglaterra
*M. Guizot - Historia de la Revolución de Inglaterra
*M. Guizot – A popular History of France from the earliest times
*Hortensia Mancini - Memorias
*Duque de Luynes - Memorias
*Madame de Genlis – La Duchesse de La Vallière
*Sabine y Bournand - Fouquet
*Dreux du Radier - Memorias históricas de las reinas de Francia
*Colbert – Memorias
*Duque de Noailles - Memorias
*Lafont d'Ausone - Historia de Mme de Maintenon y de la corte de Luis XIV
*Madame de Caylus - Memorias
*Princesa Palatina – Memoirs of the Court of Louis XIV and of the Regency
*Alain Decaux - La bella historia de Versalles
*Françoise Chandernagor - L'allée du roi
*Julio Gómez de la Serna - Jean Baptiste Poquelin Molière
*Anne Marie Cabrini - Mazarin, aventurier et politique
*Jacques Roujon - Louis XIV
*Pierre-Georges Lorris - La Fronde
*La Varende - Anne d'Autriche, femme de Louis XIII
*Henry Bordeaux - Marie Mancini
*Touchard-La
fosse - Chroniques de l'oeil-de-boeuf
*Primi Visconti - Memorias
*Frantz Funck Brentano - El drama de los venenos
*Pierre Narbonne - Diario de los reinados de Luis XIV y Luis XV
*Guy Breton - Del Gran Condé al Rey Sol
*Madame de Montespan – Historic Court Memoirs
* A. Chéruel - Mémoires sur la vie publique et privée de Fouquet
*Jean-Pierre Clément – Histoire de la vie et de l’administration de Colbert
*David Hume – From Charles I to Cromwell
*Jacob Abbott –History of King Charles II of England
*Thomas Babington Macaulay – The History of England from the accession of James II
*Duque de Maura – Vida y reinado de Carlos II
*Amelia Gere Mason – The women of the French salons
*A. J. Geant – The Government of Louis XIV
*Jean-Léonor de Grimarest – La vie de M. de Molière
*Hilaire Belloc – Cromwell
*Marqués de Villaurrutia – Cristina de Suecia
*Guy Chaussinand-Nogaret – Las mujeres del Rey
*R. Chantelauze – Louis XIV et Marie Mancini d’après nouveaux documents
*Ernest Alfred Vizetelly – The favourites of Louis XIV
*G. F. Bradby – The Great Days of Versailles
*Julia Pardee – Louis XIV and the court of France in the XVII century
*Benjamin Bensley – Louis XIV and his contemporaries
*Arvède Barine – Louis XIV et la Grande Mademoiselle
*Marquis de Saint-Maurice – Lettres sour la cour de Louis XIV
*M. Capefigue – Mademoiselle de La Vallière et les favorites des trois âges de Louis XIV
*Arsène Houssaye – Mademoiselle de La Vallière et Madame de Montespan ; études historiques sur la cour de Louis XIV
*Duque de Roquelaure – The secret memoirs
*Funck-Brentano – Princes and poisoners
*James Eugene Farmer – Versailles and the court under Louis XIV
*F. Henderson – A lady of the old regime
*Arvède Barine – Madame, mother of the Regent
*Condesa de Genlis – Mémoires inédits
*Louis Batiffol – The Duchesse de Chevreuse : a life of intrigue and adventure in the days of Louis XIII
*H. Noel Williams – Five fair sisters
*Dorothy de Brissac Campbell – The intriguing Duchess, Marie de Rohan, Duchesse de Chevreuse.
*C. C. Dyson – Madame Maintenon : her life and times
*Émile Roca – Le grand siècle intime: de Richelieu à Mazarin
*Duque de Lauzun – Lauzun, courtier and adventurer. The life of a friend of Louis XIV
*Albert Savine - Le beau Lauzun d’après les documents d’archives et les mémoires
*Lilian Rea – The life and times of Marie-Madeleine, countess of La Fayette
*Conde de Saint-Aulaire – Histoire de la Fronde
*Arthur Hassall – Louis 14 and the zenith of the French monarchy
*Imbert de Saint-Amand – Women of Versailles: the court of Louis XIV
*Luis XIV – Oeuvres de Louis XIV
*Walter Fitz Patrick – The Great Condé and the period of the Fronde
*Marius Topin – L’homme au masque de fer
*M. Capefigue – Richelieu, Mazarin et la Fronde
*Arthur Stapylton Barnes – The man of the mask
*Mrs. Colquhoun Grant – Queen and Cardinal
*H. Noel Williams – The love affairs of the Condés
*Lady Blennerhassett – Louis XIV and Madame de Maintenon
*Hugh Stokes – A prince of pleasure: Philip of France and his court
*Allan Fea – Some Beauties of the 17th century
*Emile Gaboriau – Les cotillons celebres
*Tallemant des Réaux – Les historiettes
*James Eugene Farmer – Versailles and the Court under Louis XIV
*Conde de Soissons – The seven richest heiress of France
*Mary C. Roswell – Ninon de Lenclos and her century
*Amédée Renée – Les nièces de Mazarin, études de mœurs et de caractères au XVIIe siècle
*Martha Walker Freer – The married life of Anne of Austria
*Cécile Vincens – Louis XIV et la Grande Mademoiselle
*A. Chérouel – Histoire de France pendant la minorité de Louis XIV
*Pierre Clément – Madame de Montespan et Louis XIV : étude historique
*Paul de Noailles – Histoire de Madame de Maintenon et des principaux événements du règne de Louis XIV




Pueden incluir tambien la modesta aportación de mis propias memorias.

lunes, 9 de marzo de 2009

El Capitán de la Guardia

Luis XIII

Hacía poco tiempo que el rey, exultante, había tomado al recién nacido en sus brazos para salir al balcón y mostrarlo a la multitud. Sólo habían pasado cuatro años y medio desde el nacimiento del Delfín, pero todo había cambiado para él. Aquella alegría se había trocado en sufrimiento por causa de los dolores y el malestar que lo tenían postrado en el lecho.


La ceremonia solemne del bautismo debió de hacerle recordar con nostalgia aquellos buenos días, cuando, ebrio de felicidad, condujo al niño hasta el obispo de Meaux y demás prelados que habían estado rezando por la reina en torno a un improvisado altar. Durante meses habían continuado recibiendo muestras de cariño y felicitaciones de todas partes. En julio incluso había llegado un mensajero del Papa. Traía la bendición del Santo Padre, y unos pañales igualmente bendecidos por él. Eran prendas de extraordinaria riqueza, con bordados de oro y plata. Venían dentro de un par de cofres forrados de terciopelo rojo, y causaron la admiración de los orgullosos reyes.


Pero no todo era alegría, ni siquiera entonces: Luis estaba preocupado por la seguridad del pequeño. Temía que su hermano, al verse desplazado por este inesperado nacimiento, tratara de dañar al Delfín. Sus relaciones con Gastón eran deplorables, aunque no así las de la reina, que congeniaba bien con su cuñado. Esto sólo servía para aumentar el disgusto de su esposo.


Gastón de Orleáns


Una compañía de guardias al mando del capitán Montigni protegía el castillo, y Madame de Laussac era la gobernanta del Delfín, como también lo fue después de Felipe. Gastón vivía en París. Madame de Laussac había recibido órdenes de Luis en el sentido de que, si Monsieur visitaba a la reina, los miembros de su Casa debían rodear de inmediato al Delfín para su protección. Además no se le debía permitir la entrada a palacio si iba en compañía de más de tres personas.


Montigni, el capitán de la guardia, había recibido del rey la mitad de una moneda de oro de la que Su Majestad se quedaba con la otra mitad. Tenía órdenes de vigilar a los príncipes con el mayor celo. En caso de que recibiera órdenes de trasladarlos o entregarlos en otras manos, no debía obedecer, ni aunque la orden estuviese escrita por el rey en persona, a menos que al mismo tiempo recibiera la otra mitad de la moneda rota. Era obvio que Luis estaba obsesionado con la seguridad de sus hijos. Cada vez que pensaba en Gastón debía de recordar la historia de Ricardo III y sus pobres sobrinos.


El capitán cumplió a la perfección con su cometido durante esos años, y así había llegado aquella importante fecha en la vida del niño: la de la ceremonia solemne del bautismo. El día anterior hubo otra no menos importante para él: temiendo el próximo fallecimiento del monarca y queriendo dejar los cabos bien atados, por voluntad de éste el Delfín fue jurado como rey, con el título de Luis XIV, bajo la regencia de su madre.


He ahí el motivo de la confusión del pequeño cuando su padre le preguntó por su nuevo nombre.



Bibliografía:

Louis XIV - John S. C. Abbott

viernes, 6 de marzo de 2009

Doble Bautismo


La reina amaba al Delfín con locura. Era un orgullo ser la madre del heredero de la corona, pero aún mayor que su orgullo era su alegría por tener por fin a alguien en quien volcar sus sentimientos de ternura, reprimidos durante tanto tiempo.


Dos años después, el 21 de septiembre de 1640, nacería Felipe, el segundo hijo de los reyes. Felipe llevó el título de duque de Anjou hasta la muerte de su tío, cuando pasó a ser duque de Orleáns. Este nacimiento, por supuesto, también fue motivo de alegría para ella, pero no podía compararse a la devoción que le inspiraba el pequeño Luis.



Era costumbre francesa que los vástagos reales fueran bautizados en una ceremonia íntima al poco de nacer, y más tarde rebautizados solemnemente, por lo general a los siete años, por ser considerada “la edad de la razón”, aunque en el caso de Luis iba a ser antes, el 21 de abril de 1643, cuando contaba sólo cuatro. Su madrina fue Charlotte de Montmorency, princesa de Condé, y el padrino el cardenal Mazarino. Fue entonces cuando se añadió el nombre de Dieudonné al de Luis.


Tras la ceremonia, el niño acudió a ver a su padre, vestido aún con su traje de paño de plata. El rey, que ya se encontraba muy enfermo, en su lecho de muerte, le preguntó:


—¿Cómo te llamas ahora?


—Luis XIV, papá —respondió él.


—¡Todavía no! —repuso el rey sin ocultar su irritación por la confusión del pequeño.


Seguramente en ese momento comprendió que ya no iba a abandonar el lecho. Luis XIII se puso a rezar.


—Señor, hacedle la merced de que reine en paz después de mí, y como verdadero cristiano.



Bibliografía:

Louis XIV - Philippe Érlanger