lunes, 17 de noviembre de 2014

LA CORTE DEL DIABLO: MI PRIMERA NOVELA


Queridos cortesanos, hoy tenemos un nuevo motivo de celebración, y no precisamente pequeño. Tengo el placer de anunciarles que Ediciones Áltera publicará próximamente mi primera novela, que llevará por título La Corte del Diablo. La acción transcurre en tiempos de Catalina de Médicis, durante el reinado de Carlos IX, una época convulsa y propicia a la intriga, la conspiración y la aventura. Tanto o más que la que nos ocupa en este espacio.

La fecha de lanzamiento estimada es el 27 de enero, dato que confirmaré más adelante. Ya iré informando mejor y ofreciéndoles alguna primicia a medida que se acerque el día. Y, por supuesto, no firmaré como Diana de Méridor, sino como Montserrat Suáñez.

Espero contar con su apoyo. Realmente voy a necesitarlo, así que les pido que me ayuden a divulgar la publicación cuando llegue el momento. Y, si a alguno de ustedes les interesa el tema, por favor, no se gasten en Navidad todo su presupuesto para libros y reserven un poco para hacerse con un ejemplar de La Corte del Diablo más adelante. A cambio puedo prometerles que no se aburrirán. Saldrá tanto en papel como en formato ebook, por lo que aquellos que no residen en España, en caso de que no pudieran hacerse con un ejemplar, también encontrarán otro modo de leer la novela.

Muchísimas gracias a todos.

viernes, 14 de noviembre de 2014

El hermano de Madame de Maintenon

Madame de Maintenon

El hermano de Madame de Maintenon se ha enamorado de Geneviève Piètre, hija de Simeón Piètre, procurador del rey y de la villa de París; es decir, una burguesa, y además sin fortuna. Empeñado en el matrimonio contra viento y marea, Charles d’Aubigné logra su propósito. De esa unión iba a nacer una hija que sería educada por su tía desde la más tierna infancia. No olvidaría Françoise procurarle un magnífico matrimonio con el conde de Ayen, posteriormente mariscal de Noailles.

Charles era la oveja negra. O más bien debería decir una de ellas, pálida sombra de la que había sido su propio padre. El hermano de Françoise, aunque con un fondo bondadoso y honesto, era un manirroto. Una de las pocas virtudes que tenía era la sinceridad, pero de bien poco le servía, porque la llevaba a extremos que le hacían caer en abierta indiscreción, o incluso podríamos decir impertinencia. Ella se moría de vergüenza cuando Charles, en plena galería de Versalles, osaba emplear el término “cuñado” para referirse al rey.

Charles, “loco de atar”, como lo definía Saint-Simon, no había pasado de ser capitán de infantería, aunque sus ambiciones le hacían anhelar el cargo de mariscal. No lo consiguió, pues por muy hermano que fuera de Madame de Maintenon, Luis no lo veía capacitado.

Françoise lo tomaba como una cruz que había de sobrellevar, siempre pendiente de que no se descarriara. Él, en general, se dejaba manejar por su hermana, pero se mantuvo inflexible con respecto a la cuestión de su matrimonio. Los planes de Madame de Maintenon para casarlo con alguna viuda madura y acaudalada se vieron frustrados, lo cual no le habría causado tanto disgusto si la elección de su hermano se hubiera ajustado más a lo razonable. Cuando Françoise conoce a la novia y pasa unos días junto a ella, su opinión empeora. La encuentra frívola, egoísta y maleducada. Ni siquiera le parece bonita y no entiende qué ha visto Charles en ella. Una vez aconsejó a su cuñada comprar un vestido de interior para el verano que fuera sencillo y liso, y Geneviève exclamó:

—¡Cómo! ¿Sin oro ni plata?

Madame de Maintenon no precisó de más para catalogarla, y dirige a su hermano una carta en la que le expresa abiertamente su opinión, con esa falta de tacto que podía ser característica de él, pero rara vez de ella:

“Vuestra esposa necesitaría pasar más tiempo aquí, pues es una criatura que ha sido muy mal criada, y si no apoyáis los consejos que yo le doy, os arrepentiréis algún día, pues no será aceptada por las personas decentes.

“Me parece que es una joven a la que se ha mimado como hija única y como burguesa, que es la gente que peor educa a sus hijos. Es desordenada en todo: desayuna a las once y no puede almorzar. Come dulces en las colaciones… En fin, es la imagen de la burguesía, lo que se llama una parlanchina de París. Habla como en el mercado, pero ése es el menor inconveniente, pues aprenderá a hablar bien francés. La encuentro muy dedicada a su persona, y los tontos de sus padres parecen creerla bella; está muy lejos de serlo y yo ya se lo he dicho; hay que persuadirla, para que no caiga en el ridículo en ese aspecto”.

***

La próxima semana haré un importante anuncio que ya he adelantado en mi otro blog, una noticia que hace tiempo que anhelaba compartir con todos ustedes.


viernes, 7 de noviembre de 2014

El ramillete del rey

Anne-Julie de Rohan-Chabot, Princesa de Soubise

Madame de Montespan no se inquieta por esas aventuras pasajeras del rey. Aún se siente poderosa y hace alarde de ello ante toda la corte dejando que la vean con la cabeza apoyada sobre los hombros de Luis. Tal vez no sabe que para él ya apenas es algo más que la fuerza de la costumbre lo que sigue llevándolo hasta ella. La pasión se extingue, y ahora es otra quien la inflama. 

Como no puede satisfacer sus deseos, los ojos del rey continúan volviéndose hacia todas aquellas bonitas novedades que pueblan la corte. Después de Mademoiselle de Théobon, de la condesa de Louvigny o de la princesa de Soubise, Luis fue a fijarse en una rival que se revelaría más peligrosa que todas ellas: Mademoiselle de Ludres, a quien en su momento dedicamos varios capítulos en esta corte. 

Athénaïs comenzó a preocuparse el día en que vio cómo todas las damas se ponían en pie cuando la jovencita entraba en el salón. Eso significaba que todos le habían otorgado ya su mismo rango. La reina, en cambio, para entonces hacía tiempo que se hallaba sumida en la resignación, curtida la piel por mil historias previas. Al tomar conciencia de esta nueva preferencia de su esposo, se limitó a encogerse de hombros y a comentar, no sin cierto sentido del humor, que “el problema concernía a Madame de Montespan”.

Probablemente Isabelle de Ludres hubiera constituido un serio peligro de haber sido más inteligente, pero su propia imprudencia la perdió. La joven se jactaba de su nueva posición y se atrevía a escribirle personalmente al rey cuando éste partió con el ejército. Dicho comportamiento irritaba a Luis y fue causa de la ruptura entre ambos.

La princesa de Soubise

Madame de Maintenon, mientras tanto, se enfrenta a la desdicha de perder a uno de sus grandes amigos, el duque de Albret, tan unido a ella que algunos pensaban que en un tiempo había sido su amante. Su muerte la afectó mucho. “Me escribió una hora antes de expirar, en un estilo que prueba su espiritualidad y la amistad que sentía por mí. Es una pérdida irreparable y que me entristece mortalmente”.

Además el estado del duque de Maine volvía a agravarse, hasta el punto de que los médicos habían perdido toda esperanza de recuperación. Madame de Maintenon obtiene permiso para regresar con él a Barèges, pero esta vez no se producen los mismos resultados casi milagrosos del primer viaje.

Un nuevo problema se sumaría a los anteriores causando su disgusto: su hermano, Charles d’Aubigné, se ha enamorado a sus 44 años de una jovencita de sólo 16, una simple burguesa que carece de fortuna y a la que Françoise no encuentra ni siquiera bonita.



jueves, 30 de octubre de 2014

La condesa de Louvigny


Marie Charlotte de Louvigny, tercera y última de las hijas del marqués de Castelnau, era diez años más joven que el rey. Cuando tenía 19 años se enamoró durante el transcurso de un baile en la corte de Antoine Charles de Gramont, quien por entonces ostentaba el título de conde de Louvigny. Antoine era hermano de la princesa de Mónaco y del famoso Guiche, que tantas páginas ocupó en esta corte en relación con Minette. 

Al igual que su hermano, Louvigny era un hombre extremadamente galante y, según Saint-Simon, tenía “el rostro más hermoso que pudiera contemplarse, y el más masculino”. Gramont dirigió pronto sus atenciones hacia Charlotte con notable éxito. Parece que la pasión entre ambos se desbordó, porque el mismo Saint-Simon nos narra que “se casó con la hija del mariscal de Castelnau, con la cual había llevado un poco lejos la galantería. Su hermano, que murió más tarde convirtiéndola en una rica heredera, no se tomaba a broma esos asuntos y se ocupó de casarlos”.

La boda se celebró el 15 de mayo de 1668, y de ese matrimonio nacerían dos hijos: la mayor, Catherine Charlotte, sería la futura duquesa de Boufflers, y el menor fue Antoine, duque de Gramont.

Lamentablemente su unión, aunque hecha por amor, no trajo la felicidad a Charlotte, porque el esposo era un jugador empedernido que no parecía capaz de renunciar a su comportamiento libertino de siempre. Ella debió de considerar que, dadas las circunstancias, no habría inconveniente en que dejara de ser una esposa fiel. 

Antoine Charles de Gramont, conde de Louvigny

El rey, desde luego, no fue su primer amante. En 1672 circulaba por la corte una canción satírica que señalaba claramente el amor de la dama por el conde de Marsan, de la segunda compañía de mosqueteros del rey. Marsan era el hermano menor del malvado Caballero de Lorena. 

Más curiosos fueron sus amores con el marqués de Manicamp, uno de los favoritos de Monsieur y que, según la misma canción, tenía fama de “mépriser fort le devant”, es decir, de ser un sodomita redomado. Pero como en esta corte todo solía ser tan ambiguo y los amantes de Monsieur podían serlo también de Madame, en este caso Manicamp dedicaba sus atenciones a la condesa de Louvigny, y no le agradó enterarse de hacia qué caballero se orientaban las preferencias de Charlotte. Sin embargo, al cabo de algún tiempo logró desbancar al conde en sus afectos. 

El esposo de la condesa, por su parte, amaba a Mariana Mancini, duquesa de Bouillon, la menor de las sobrinas del cardenal Mazarino. Para rizar el rizo, el propio Manicamp era el confidente de esos amores. No sé si alguno de ustedes se habrá perdido ya.

Parece ser que fue cuatro años después de este enredo cuando la dama comenzó una relación con el rey, tan intrascendente que casi pasó desapercibida. Se trataba, precisamente, de la época en la que Athénaïs aguardaba el nacimiento de su hija, Mademoiselle de Blois. De todos modos, el asunto no duró mucho: todo terminó cuando la favorita regresó a la corte tras reponerse de las fatigas del parto.

Poco después fallecía el suegro de Charlotte, y de ese modo ella y su esposo se convertían en el duque y la duquesa de Gramont. La dama aún viviría 16 años más, hasta fallecer el 29 de enero de 1694. El viudo volvió a contraer matrimonio, aunque no de modo inmediato. Tenía casi 70 años cuando se casó con Anne Baillet de la Cour.


domingo, 26 de octubre de 2014

Mademoiselle de Théobon

Château de Maintenon

Françoise no debió de sentirse muy cómoda durante el año que siguió al regreso de Madame de Montespan, porque Athénaïs, durante su embarazo, se retiraba de vez en cuando a Maintenon para reponerse de los ajetreos de la corte. Fue allí precisamente donde, en mayo de 1677, eligió dar a luz a su hija Françoise, la segunda Mademoiselle de Blois, aquella que un día se convertiría en la esposa del Regente. 

Seguramente su elección fue deliberada, calculada para recordarle a su rival quién seguía ostentando el primer lugar. Y, sin embargo, Athénaïs se equivocaba. En esos momentos era para Luis tan sólo una especie de premio de consolación: seguía con ella porque no podía tener a la que él hubiera deseado. Madame de Maintenon, en efecto, no cede a sus pretensiones. Sabemos por una carta que ella escribió al abate Gobelin que “Se me ha demostrado ternura, pero, si he de deciros la verdad, no se me ha persuadido, y no podría renunciar al proyecto que elaboré con vos”. Ese proyecto era el de abandonar la corte.

Con Athénaïs frecuentemente apartada debido a su próxima maternidad y Françoise siempre esquiva, el rey buscaba aventura en otros lugares, romances pasajeros que no dejaban huella, como fue el caso de Lydie de Rochefort-Théobon, una belleza morena del Périgod hija del marqués de Rochefort-Théobon, y miembro, por tanto, de una familia cuyo rancio abolengo se remontaba a la Edad Media, si bien por parte de su madre descendía de judíos sefarditas.

Lydie tenía la misma edad del rey y ya en el pasado había mantenido una relación con él, algo que, aunque no muy serio, se mantuvo durante dos años, en una época en la que ella era dama de honor de la reina María Teresa.

Tuvo un hermano llamado Charles, caído en la guerra contra Holanda. Sintió tanto su muerte que fue a encerrarse una temporada en el convento de las hermanas de la Visitación, en la rue Saint-Antoine. También tenía una hermana, Mademoiselle de Loubès, dama de honor de la Princesa Palatina pero que resultó ser una espía al servicio del Caballero de Lorena.

Château de Chambord

La relación de Lydie con Luis da comienzo en Chambord en 1670, poco antes de la representación de la obra de Molière que lleva por título El burgués ennoblecido. Pero Madame de Montespan permanecía alerta a cuantos peligros pudieran presentarse para ella entre las damas de la reina y no se detuvo hasta conseguir que aquellas que podrían llegar a amenazar sus intereses fueran alejadas de la corte. Empleó para ello todas sus armas, lo que nunca excluyó la falsedad y la calumnia que tan bien manejaba. Finalmente, el 26 de noviembre de 1673 logró su propósito. Las más bonitas y casquivanas, entre ellas Lydie, fueron sustituidas por otras damas de corte más devoto y piadoso. Mademoiselle de Théobon pasaba a ser dama de la segunda esposa de Monsieur, la Princesa Palatina, de quien pronto se convirtió en amiga y confidente.

En 1676 Madame de Sévigné hace alusión en una carta a su hija de la reanudación de las atenciones que el rey dedicaba a Lydie. Por entonces Mademoiselle de Théobon tenía planes de casarse con el futuro teniente general del Languedoc, aunque finalmente sus proyectos se vieron frustrados. Fue otra dama, Mademoiselle de Coëtlogon, quien se casó con Louis de Cavoye. Lydie acabará contrayendo matrimonio en 1678 con el conde de Beuvron, capitán de la guardia de Monsieur, del que enviudaría diez años más tarde.

Debido a la amistad y lealtad que mostró siempre hacia la Princesa Palatina, se involucró con frecuencia en los asuntos que eran causa de desacuerdo entre Liselotte y Monsieur, lo que le valió ser expulsada por él en 1682.

Lydie había sido educada en la fe calvinista, pero tres años más tarde, tras la revocación del Edicto de Nantes, se convirtió al catolicismo.

Liselotte

Con el tiempo se encontró viuda, sin hijos y arruinada, una situación que la Princesa Palatina se apresuró a remediar al conseguir de Luis XIV que aumentara considerablemente su pensión.

En 1694, y para poder regresar a la corte, Lydie se mostró dispuesta a contraer un segundo matrimonio, esta vez con el marqués de Effiat, uno de los favoritos de Monsieur. Pero Liselotte prohibió este matrimonio que le parecía demasiado escandaloso. La dama no pudo regresar entonces, pero lo hizo unos años después, en 1701, a la muerte de Monsieur, cuando la Princesa Palatina volvió a tomarla a su servicio.

El 23 de octubre de 1708 fallecía en el château de Marly Lydie de Rochefort-Théobon, condesa de Beuvron, a la que Saint-Simon describió una vez como “muy amable y una amiga buena y leal”. Decían, también, que a sus 70 años aún podía percibirse la mujer hermosa que había sido un día.


domingo, 19 de octubre de 2014

Vuelve Madame de Montespan


Cuando Madame de Maintenon regresa de Barèges, el rey recibe la más grata de las sorpresas, algo recogido en la correspondencia de Madame de Sévigné:

“Nada fue más agradable que la sorpresa que se le dio al rey. No esperaba al señor duque de Maine hasta el día siguiente; lo vio entrar a su habitación llevado solamente de la mano por Madame de Maintenon. Fue un transporte de alegría”.

Ver al niño caminar por sí mismo cuando nadie esperaba que volviera a hacerlo, fue más de lo que Luis esperaba, y sabía muy bien que ello había sido posible, sobre todo, debido a los intensivos cuidados de la institutriz más que al tratamiento. Toda la corte comenzaba a tratarla con una deferencia que la situaba incluso por encima del alto puesto que ocupaba; le rinden unos honores que, sin embargo, no parecen impresionar a Françoise. “Los unos le besan la mano, los otros el vestido, y ella se burla de todos”, nos cuenta Madame de Sévigné.

Madame de Maintenon se siente cada vez más inquieta por los avances del rey, poco inclinado hacia una relación platónica, que sería la única que ella admitiría. “Es algo muy difícil de acomodar, y me paso la vida en turbaciones que me quitan todos los placeres del mundo y la paz necesaria para servir a Dios”. Françoise desea abandonar la corte, huir. De vez en cuando se refugiaría en sus tierras de Maintenon, pero pronto el deber la reclamaba de nuevo junto a los niños.

Luis XIV vestido para un baile de disfraces

Luis presiona, acorrala, intensifica su cerco. Tiene 37 años y amplia experiencia acumulada en estas lides, mientras que Françoise, por el contrario, tan solo cuenta con su virtud como arma para afrontar sus estrategias. Se siente al borde del abismo; teme claudicar. El 27 de junio de 1676 escribe a su confidente, el abate Gobelin:

“Deseo más ardientemente que nunca estar fuera de aquí, y me afianzo más y más en la opinión de que aquí no puedo servir a Dios”.

Madame de Montespan, mientras tanto, no daba la partida por perdida. Se había retirado temporalmente a su mansión de Clagny, próxima a Versalles. Madame de Maintenon sabía que su vida se complicaría aún más si su rival lograba recuperar el favor del rey. “Seguramente no ha habido falta por mi parte, y, no obstante, si alguien tiene motivo de arrepentimiento, es ella. Es cierto que ella puede decir “yo soy la causa de su encumbramiento. Yo soy quien hizo que el rey la conociese y gustase de ella; luego se convierte en favorita y yo soy expulsada”. Por otra parte, ¿cometí un error al darle buenos consejos y haber tratado, en la medida de mis posibilidades, de desbaratar sus manejos?”

El alejamiento de Madame de Montespan tan solo duró unos meses. A finales de verano regresaba y recuperaba a Luis sin ningún esfuerzo. Por deseo de él, la entrevista entre ambos había sido pública. No tenía intención de dedicarle mucho tiempo durante ese encuentro, apenas el necesario para intercambiar unas palabras de bienvenida; sin embargo, en cuanto la vio su voluntad flaqueó y la pasión que le inspiraba volvió a arrebatarlo. Ambos terminaron de nuevo en el lecho, y el reencuentro iba a traer como consecuencia un nuevo embarazo de Athénaïs cuando todos la daban por acabada.



domingo, 12 de octubre de 2014

La estancia en Barèges


Madame de Maintenon no tiene tiempo ni ánimos para alegrarse de la ausencia de Athénaïs: la dolencia que el pequeño duque de Maine padece en la pierna empeora y ya casi no puede caminar. Entre todos los hijos del rey, es él quien le inspira la más profunda devoción. Ama a ese niño por encima de todas las cosas, y por esas fechas no hay otro asunto capaz de ocupar su cabeza. 

Los médicos recomiendan las aguas de Barèges, en los Pirineos, y hacia allá parte la institutriz en compañía de Maine. La comitiva debía detenerse frecuentemente, porque eran muchos los que deseaban agasajar al niño. El mariscal d’Albret les salió al paso para escoltarlos hasta Burdeos, donde los aguardaban grandes festejos.

El viaje, sin embargo, no carecería de sinsabores, porque durante el niño cayó gravemente enfermo durante el trayecto. La inquietud fue enorme hasta verlo recuperar la salud y poder así emprender de nuevo el camino.

Una vez llegados a sus destino, permanecerán tres meses en una casa sin apenas comodidades, tan pequeña que el niño y ella debían compartir la única habitación. Françoise continúa muy contenta con su misión, como escribe a sus amistades:

“ Me parece que hace mil años que no oigo hablar de la corte y de París. No me he aburrido ni un momento. El señor duque de Maine es un delicioso compañero. Necesita cuidados continuos, pero la ternura que siento por él me los hace muy agradables.”

Luis XIV

Mientras tanto, no cesa de recibir cartas del rey interesándose por el progreso de su hijo y, al parecer, continuando con el asedio a la plaza. “No recibo cartas más que de un solo hombre… cuya amistad es más viva de lo que deseamos. Son unas cartas que, lamentablemente, no podemos leer hoy, porque Françoise las quemó antes de morir.

El tratamiento arroja pronto resultados esperanzadores y que indican que el niño podrá volver a caminar:

“Aunque no sea muy vigorosamente, cabe esperar que pueda caminar como nosotros. No imagináis toda la ternura que siento por él, pero me conocéis bastante para no dudar de que este afortunado éxito de mi viaje me procura un gran placer”.

Maine, en efecto, ya no será un inválido, aunque cojeará toda la vida.


sábado, 4 de octubre de 2014

La venganza de Madame de Maintenon

Madame de Maintenon


Es la propia Madame de Maintenon quien nos cuenta cómo se vengó de Madame de Montespan: 

«Me vi bastante bien con el rey, como para hablarle libremente, un día de recibo en los apartamentos, y tuve el honor de pasearme con él mientras los demás jugaban o hacían otra cosa. Me detuve cuando estuve a distancia de no ser escuchada:

»—Sire, vos amáis mucho a vuestros mosqueteros; eso es lo que os ocupa y os entretiene hoy. ¿Qué haríais si vinieran a deciros que uno de esos mosqueteros, que vos amáis tanto, ha tomado a la mujer de un hombre vivo y cohabita actualmente con ella? Estoy segura de que esta noche misma lo haríais salir del cuartel de los mosqueteros y que ya no dormiría allí, por tarde que fuese.»

El dardo apuntaba certero. Françoise le representaba al rey una situación que era precisamente la que él vivía junto a Madame de Montespan, una mujer casada con uno de sus súbditos. Aunque hacía tiempo que el matrimonio se había separado, dicha separación se había producido a causa de la relación de Athénaïs con el rey, pública y notoria. La astuta viuda le hacía ver que el rey no podía observar una conducta que castigaba en otros. Una actitud muy osada por su parte, puesto que podía resultar que se produjese el efecto contrario al esperado e incurriera en su disgusto. Todo ello parece indicar que había llegado a conocer muy bien a Luis y que estaba perfectamente segura de su estima.

El rey se hizo el tonto y se limitó a reírse, pero había entendido perfectamente. Piensa que Françoise tiene razón, y que, además, mientras retenga a Madame de Montespan a su lado no va a tener ninguna posibilidad de lograr conquistarla a ella.

Bossuet se une con sus sermones a esta campaña contra la favorita, y finalmente aquel frente común comienza a ganar la batalla. Luis termina por pedirle a Athénaïs que abandone la corte...


jueves, 25 de septiembre de 2014

Ella sabe amar


“Ella sabe amar. Sería placentero ser amado por ella”. (Luis XIV)


Luis XIV entrega a la institutriz de sus hijos una suma con la que podrá comprar unas tierras y adquirir así un título. Ella aseguraba que todo lo debía al pequeño duque de Maine, que tanto la elogiaba ante su padre y no dejaba de testimoniarle su cariño. Una parte de los cortesanos, sin embargo, estaban convencidos de que el rey había tenido este rasgo de generosidad para tratar de retenerla en un puesto que estaba resuelta a abandonar, mientras que otros sospechaban que Françoise había acabado cediendo y convirtiéndose en su amante. Nunca podremos saberlo con certeza, aunque esta última teoría no parece armonizar bien con su psicología, con el tono de queja que reflejan sus cartas por esas fechas ni con otros detalles que iremos analizando. 

Françoise elige el castillo de Maintenon, cercano a Versalles, un lugar al que tenía pensado retirarse cuando llegase su vejez. El 27 de diciembre de 1674 pasa a ser de su propiedad, pero aún no puede disfrutar de él. “No soy dueña de mi tiempo. Tenéis algunas pruebas de mi esclavitud, pero no lo habéis visto todo. Hace dos meses que solicito ir a Maintenon por un día y no he podido obtenerlo. Eso me irrita y no logro calmarme. Estoy haciendo allí obras sin que me sea permitido ayudar.”

En febrero de 1675 Luis la autoriza a adoptar el nombre de sus tierras. En adelante la viuda de Scarron será Madame de Maintenon. Naturalmente las relaciones con Madame de Montespan estaban destinadas a empeorar. La favorita no podía ver con buenos ojos el ascenso de su antigua protegida. “Ocurren cosas terribles entre Madame de Montespan y yo; el rey fue testigo de ello ayer”.

Francisca-Luisa de Borbón, Mademoiselle de Nantes y su hermano Luis Augusto de Borbón, duque de Maine, hijos de Luis XIV y Madame de Montespan. 


Françoise toma entonces una determinación. Harta de las falsedades que Athénaïs vertía constantemente en los oídos del rey con intención de desprestigiarla, su rival reúne valor suficiente para solicitar a Luis hablarle a solas. Él accede, y por fin puede escuchar de sus labios la otra versión de la historia, un relato pormenorizado de todas las vilezas que ha venido padeciendo desde que ocupa tan alto puesto. 

Esta solicitud es otro de los argumentos que descartan una relación íntima entre Françoise y el rey. Si ella hubiera sido su amante por entonces, Luis estaría perfectamente al tanto de sus quejas, que la viuda habría podido formularle en la intimidad. Si fue necesaria esta petición era, lógicamente, porque no tenía otras ocasiones de hablarle a solas.

A Luis no le agradan las acusaciones contra la madre de sus hijos; intenta defenderla, convencido de la sensibilidad de Athénaïs. Le recuerda a Françoise lo fácilmente que se conmovía madame de Montespan, y cómo asomaban las lágrimas a sus ojos ante un relato emotivo. Françoise aprieta los labios. No quiere decirle que está completamente ciego y engañado; que cuanto cree ver es falso, que es sólo una gran actriz sobre un gran escenario.

Luis resopla y comenta en tono desenfadado que le cuesta más esfuerzo imponer la paz entre ambas que restablecerla en Europa. Obligadas por él, ambas deben darse un beso con el que sellar ese forzado armisticio; pero en cuanto él desaparece, vuelven las hostilidades.

“La he considerado por todos los lados imaginables, pero su fondo no vale nada. Sólo es buena para las humoradas”, sentencia Françoise.

La viuda preparaba su venganza, y la iba a tener…


miércoles, 17 de septiembre de 2014

Los celos de Madame de Montespan

Madame de Maintenon con el duque de Maine y el duque de Vexin

Madame de Maintenon no había tenido hijos. Sin embargo, era ella quien desempeñaba la función de madre para los hijos del rey con Madame de Montespan. Fue ella quien acompañó al duque de Maine hasta Bélgica para que el niño fuera tratado de su cojera por un médico que Amberes que gozaba de gran reputación. Lamentablemente el tratamiento, que resultaba muy doloroso, no dio resultado, lo cual consternaba a la institutriz.

“No dejo de afligirme, y siempre es algo terrible ver sufrir a los que se ama. Nada más tonto que amar con exceso a un niño que no es mío”.

Desde Saint-Germain, Françoise pasó con los niños a ocupar los apartamentos de Madame de Montespan en Versalles. Ello provoca constantes tensiones y desacuerdos entre ambas, una situación que empeoraba progresivamente. A Françoise le resulta tan desagradable que piensa incluso en abandonar su puesto.

“Madame de Montespan y yo tuvimos hoy una conversación muy viva, y, como yo soy la parte que sufre, he llorado mucho, y ella se lo contó al rey a su manera. Os confieso que me cuesta mucho permanecer en una situación en la que todos los días tendría estas aventuras, y que me sería muy grato recuperar mi libertad… No puedo comprender que la voluntad de Dios sea que yo soporte a Madame de Montespan. Ella es incapaz de una amistad y yo no puedo carecer de ella. Habla de mí al rey como se le antoja, y me hace perder su estima. Me encuentro pues ante él en una situación extraña que debo manejar con cuidado. No me atrevo a hablarle directamente, pues ella no me lo perdonaría jamás…”

Luis Augusto de Borbón, duque de Maine

Madame de Maintenon está a punto de marcharse de la corte cuando un acontecimiento imprevisto se lo impide: la salud del duque de Maine empeora; sufre unas fiebres durante las cuales la institutriz no se aparta ni un instante de su lado. Los otros hijos del rey tampoco atraviesan sus días más saludables: el conde de Vexin padece trastornos intestinales, y Mademoiselle de Nantes también cae enferma. Es Françoise, siempre ella y nunca Madame de Montespan, quien sostiene la manita de Maine mientras éste delira por la fiebre; es ella quien atiende solícita los vómitos de Vexin mientras vela también a su hermana. Madame de Maintenon reconsidera entonces su decisión de abandonar a los niños en manos de su madre.

“El cariño que siento por estos niños me convierte en insoportable para sus padres. La imposibilidad de ocultar lo que pienso me hace odiosa para las personas con las que paso mi vida, y a las que no quisiera disgustar, aunque no fueran lo que son. He decidido no poner tanto esmero en lo que hago, y dejar estos niños al cuidado de su madre, pero siento escrúpulos de ofender a Dios con ese abandono, y vuelvo a ocuparme de lo que me manda mi amistad y que, al estar recluida con ellos, me proporciona mil ocasiones de dolores y de penas”.

Françoise intenta convencerse a sí misma de que es sólo por los niños, y en especial por el duque de Maine, por lo que se queda, pero esto es sólo una parte de la verdad. Lo cierto es que le causa un hondo sufrimiento el modo en que se ha ido enfriando su relación con el rey debido a las maquinaciones de Athénaïs.


miércoles, 10 de septiembre de 2014

Con dulzura

Luis XIV y Madame de Maintenon

Cuando el 28 de diciembre de 1673 el Parlamento de París registra las cartas de legitimación de los hijos del rey, los niños pasan a residir con Madame de Maintenon en el château de Saint-Germain. Luis pensaba que así lograría más fácilmente sus propósitos respecto a la viuda, y despliega a tal efecto una serie de maniobras galantes que no pasaban desapercibidas para sus cortesanos. Algunos estaban convencidos de que Françoise sería pronto la nueva favorita.

Mientras tanto, los propios sentimientos de Françoise la van aproximando cada vez más a Luis, del que se expresa en estos términos en una carta a su hermano Charles: “Me parece que es placentero servir a un héroe, y a un héroe que vemos de cerca”. 

Madame de Maintenon procura utilizar su influencia para procurar un buen puesto a su hermano en Alsacia, pero no lo consigue. Charles no será nombrado gobernador de Belfort hasta casi diez años más tarde. Mientras tanto, ella no deja de darle consejos en sus cartas: “Os recomiendo a los católicos y os ruego no ser inhumano con los hugonotes. Hay que atraer a la gente con dulzura”. Y en otra ocasión se queja: “Me han dado quejas de vos que no os honran: maltratáis a los hugonotes, buscáis los medios para hacerlo, provocáis las ocasiones; eso no es propio de un hombre de calidad. Apiadaos de personas más desdichadas que culpables: están en el error en que nosotros mismos estuvimos, y del que nunca nos hubiese sacado la violencia”.

La vida sonríe a Françoise, cuya pensión, antaño un tanto exigua, se ha multiplicado por cinco. Ya no tiene que preocuparse por su futuro, y, sin embargo, no es feliz; hay algo que la tiene muy inquieta. No puede desairar al rey, pero tampoco está dispuesta a ceder. “Los días transcurren en una esclavitud que impide hacer lo que quisiera; siempre estoy bastante triste, y las cosas toman un aspecto que no me conviene”. Y más explícitamente: “Los que dicen que yo quisiera ponerme en el lugar de madame de Montespan, no conocen mi alejamiento de esa clase de relaciones, ni el alejamiento que desearía inspirar al rey.”

Athénaïs, por supuesto, escucha los rumores. Aunque no los hubiera escuchado, tiene ojos que perciben perfectamente el problema que ha llegado a representar para ella la hermosa viuda. Como no puede atacar por ese frente, decide utilizar a sus hijos para contrariarla, oponiéndose por sistema a cuantas opiniones vierte Françoise al respecto. Sabe que los niños quieren mucho a la institutriz, y eso le molesta. Athénaïs intenta competir con este afecto, colma a sus hijos de unas caricias que nunca les había prodigado, los atiborra de dulces. Todo ello suscita las protestas de Madame de Maintenon, que considera que los está malcriando. Françoise se muestra inflexible cuando se trata del bien y la salud de sus pupilos. El duque de Maine, raquítico y cojo, era sometido por los médicos a un régimen draconiano que su madre interrumpía constantemente, y cuando la institutriz protestaba, Athénaïs, para quien la crueldad era como una segunda piel, le replicaba:

—¿Cómo podéis pretender saber más que yo lo que conviene a los niños? ¡Tendríais que haber hecho la experiencia! [de ser madre]