martes, 9 de febrero de 2016

Asunto de Estado


Una noche, a comienzos de agosto de 1643, Madame de Montbazon recibía a sus amigos como de costumbre en su casa de la rue de Béthisy cuando uno de los presentes recogió del suelo dos cartas. Era obvio que los papeles habían caído del bolsillo de alguno de los presentes, aunque nadie se percató de cuál. Las cartas no llevaban firma, pero estaban escritas con caligrafía femenina y estaban inequívocamente dirigidas a una persona del sexo contrario, hacia la cual la autora de aquellas líneas demostraba albergar tiernos sentimientos.

En el salón se comenzó a especular acerca de la identidad de ambos, y Madame de Montbazon aprovechó la oportunidad para afirmar que esa letra era de Madame de Longueville y que habían caído del bolsillo de su admirador, Maurice de Coligny, que acababa de abandonar la casa. 

El contenido de las cartas ha llegado hasta nosotros gracias a Mademoiselle de Montpensier. Mostramos aquí una de ellas:

"Lamentaría mucho más el cambio en vuestra conducta si creyera merecer menos continuar en vuestro afecto. Os confieso que mientras lo creí fuerte y sincero, el mío os procuró todas las muestras que podríais desear. Ahora no esperéis otra cosa de mí que la estima que debo a vuestra discreción. Tengo demasiado amor propio para seguir compartiendo la pasión que tantas veces me habéis jurado, y no quiero castigar vuestra negligencia en visitarme de otro modo que no sea privándoos por completo de mi compañía. Os ruego que no me visitéis más, puesto que ya no está en mi poder ordenaros venir."


Parece ser que las cartas eran auténticas, pero que habían sido escritas por Madame de Fouqueroles al guapo marqués de Maulevrier, que por no exponer a su dama no se atrevía a reconocer que habían caído de su bolsillo. Lo que hizo, en cambio, fue acudir al príncipe de Marsillac, posteriormente duque de La Rochefoucauld, amigo suyo y de Madame de Montbazon al mismo tiempo. El marqués le pidió que empleara sus buenos oficios para resolver aquel asunto. Marsillac acudió a ver a su amiga y la convenció de que era mejor atajar aquel escándalo entregándole a él las cartas, y luego las mostró a los príncipes de Condé, a Madame de Sablé y Madame de Rambouillet, todos los cuales declararon que la caligrafía no se parecía en absoluto a la de Madame de Longueville. Establecida así la inocencia de la dama, los papeles fueron quemados en presencia de la reina.

Todo habría ido bien si el asunto hubiera terminado ahí, tal como aconsejaba el duque de Longueville, marido de la ofendida y amante de la ofensora. Igualmente ansiosa de ponerle fin estaba Madame de Longueville, encinta por entonces. Para escapar a los ecos de ese escándalo, Anne Geneviève había ido a alojarse con los du Vigean en La Barre. Por desgracia para ambos, su madre, la princesa de Condé, no era de la misma opinión. Ella pretendía una reparación pública por parte de aquella mujer a la que detestaba, y llegó a amenazar con retirarse de la corte con todos sus parientes si la reina y el gobierno no defendían el honor de la familia Condé.


Aquellas cartas se habían convertido en asunto de Estado. Beaufort, Guisa y los Importantes, utilizaban todo su poder para apoyar a Madame de Montbazon, que era de su bando, y persuadir a la reina de que rechazara dar satisfacción a las exigencias de la princesa. Pero Mazarino, cuya estrella ascendía imparable, tomaba el partido contrario para contrarrestar la influencia de un bando que le era hostil y buscaba su caída. Apoyando las pretensiones de la princesa, calculaba que ganaría la gratitud de los Condé, cuyo apoyo necesitaba.

Mazarino expuso a Ana de Austria que, en atención a la gravedad de la provocación y a los grandes servicios militares que había rendido a Francia el hermano de Madame de Longueville, las pretensiones de su madre eran bastante razonables, y que, en cualquier caso, a la Corona le convenía congraciarse con esa familia por la paz de la Regencia...


miércoles, 3 de febrero de 2016

Madame de Longueville y Madame de Montbazon

Madame de Longueville

Al posicionarse del lado de Mazarino, los Condé se habían atraído la enemistad de los Importantes. Esta inquina, sin embargo, no se extendía a Madame de Longueville, que hasta la época de la Fronda no había mostrado apenas interés por la política. Pero las cosas cambiaron cuando la duquesa encontró una rival formidable en Marie d’Avaugour, Madame de Montbazon.

Ambas damas estaban consideradas las más hermosas de la corte. Marie era hija del conde de Vertus, descendiente de un hermanastro de la reina Ana de Bretaña. Cuando tenía 17 años la casaron con Hercule de Rohan, duque de Montbazon, mucho mayor que ella. Para él se trataba del segundo matrimonio, y de su unión anterior tenía una hija cuyas andanzas la habían hecho célebre: la duquesa de Chevreuse, conspiradora nata. Marie era incluso diez años más joven que su hijastra.

Con una unión tan desigual, a nadie podía sorprenderle que el hecho de tener un esposo no significara demasiado para la joven duquesa de Montbazon. Vanidosa y superficial, era taimada y no tenía escrúpulos a la hora de lograr sus objetivos. El cardenal de Retz, que la conoció bien, dijo de ella: “No amaba nada excepto su propio placer, y por encima de su placer, su interés. Nunca he visto una persona que mostrara tan poco respeto por la virtud”.

Madame de Montbazon

Tenía esa clase de belleza opuesta a la de su rival. Analizada rasgo por rasgo, no es que fuera una belleza clásica, pero resultaba muy atractiva. Su figura era impresionante, pues era muy alta y algo opulenta. Sus ojos de mirada penetrante resultaban fascinantes, y su cabello negro azabache contrastaba con la blancura inmaculada de un cutis muy admirado. Los labios eran finos, y la nariz demasiado larga, lo que parecía ser el único defecto en un rostro, por lo demás, armonioso. Incluso sus modales, su osadía y la libertad con la que se expresaba contrastaban con los de Madame de Longueville, mucho más refinada y cortés.

Ambiciosa en grado sumo, Marie utilizaba su belleza para alcanzar influencia. Se tomaba grandes cuidados por realzarla y preservarla, lo que logró con notable éxito incluso durante su madurez. Pero Madame de Longueville le hacía sombra, y no podía ocultar su resentimiento hacia ella. Su vanidad resultaba mortalmente herida cada vez que la veía. Anne Genevieve, más joven, también era hermosa, tenía un gran nombre, era inteligente y encantadora; cautivaba todos los corazones y amenazaba con destronarla. Pero había algo más, algo que no podía perdonarle: el duque de Longueville había sido su amante antes de casarse con ella. Marie incluso había acariciado la idea de desposarlo tan pronto como su anciano esposo falleciera, lo que no podía tardar muchos años en suceder; pero ese inoportuno matrimonio del duque había dado al traste con todos sus planes.

Sin embargo, su afán de venganza tal vez no hubiera sido tan feroz si Madame de Longueville, no contenta con haberle arrebatado al hombre con el que esperaba unirse, también hubiera podido arrebatarle a otro de sus amantes, el duque de Beaufort, que había sido rechazado por Anne Genevieve como candidato a su mano. Y Beaufort también guardaba cierto resentimiento por este rechazo. Madame de Montbazon manipulaba a la Casa de Vendôme a través de él, y a la no menos poderosa Casa de Lorena a través del duque de Guisa, también su amante. Tenía todas las armas a su alcance para atacar a Madame de Longueville; tan solo le faltaba un pretexto, y pronto encontró uno…


martes, 26 de enero de 2016

Las mujeres de la Ilustración


Con motivo del lanzamiento del volumen de Mujeres en la historia dedicado a la Ilustración, M.A.R Editor me ha entrevistado en su página, donde encontrarán también información sobre la obra y un poema de Mary Chudleigh contra el matrimonio.


Se trata de relatos de ficción acerca de personajes reales femeninos que vivieron durante el Siglo de las Luces. Por sus páginas desfilan, entre otras, Olympe de Gouges, Catalina la Grande, la pirata Mary Read, la modista de María Antonieta, la madre de Napoleón, la marquesa de Sade, Madame du Châtelet, Rosalba Carriera, Mary Wollstonecraft y la duquesa de Alba. El lector se familiarizará con historias de mujeres que fueron revolucionarias, intelectuales, guerrilleras, feministas, artistas, aventureras; mujeres que dejaron su impronta y su testimonio en una época crucial para la conquista de la igualdad.

Pero además contamos con textos clásicos, obras de Madame de La Fayette, Mary Montagu, Mary Chudleigh y la Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana, de Olympe de Gouges.

La antología ya está a la venta. Pueden adquirirla SIN GASTOS DE ENVÍO a través de este link:


También a través de Amazon, Casa del Libro o El Corte Inglés

Muchas gracias a quienes ya lo han hecho. Me llegan noticias de la editorial que dicen que durante la primera jornada, que fue ayer, hemos batido récords en la librería.


sábado, 23 de enero de 2016

Mazarino contra los Importantes

Duquesa de Chevreuse

La cábala de los Importantes contaba con un personaje que esperaba aún más del favor de la regente que el duque de Guisa: el obispo de Beauvais. Ya había sido distinguido con el cargo de ministro y la petición del capelo cardenalicio, y ahora esperaba sustituir a Mazarino como jefe del gabinete. El obispo era un gobernante totalmente incapaz, como no deja de observar el cardenal de Retz cuando escribe: 

“De todos los idiotas que he conocido, él era el mayor”.

Pero también había damas entre los Importantes, igual que en todas las intrigas de la época. Las cabecillas eran dos de las que se habían contado entre las mejores amigas de la reina: la duquesa de Chevreuse y Marie de Hautefort. Ambas habían incurrido en la enemistad de Richelieu, quien las había desterrado de la corte, pero ahora que Ana de Austria era libre para hacer lo que deseara, se apresuró a llamarlas a su lado.

Aunque las dos damas tenían personalidades muy diferentes, estaban unidas en su odio a Mazarino, al que veían como la criatura de su enemigo Richelieu y heredero de su política. Por tanto, estaban dispuestas a mover cielo y tierra con tal de lograr su destitución.

Marie de Hautefort

Otro miembro importante de la cábala era el duque de Vendôme, padre de Beaufort e hijo ilegítimo de Enrique IV y Gabriela d’Estrées. A él se unía el marqués de Châteauneuf y la duquesa de Montbazon, que contaba varios de los líderes del partido entre sus amantes actuales o pasados.

Mazarino dejó constancia en numerosos escritos de estar al tanto de las intrigas de sus enemigos y de la inseguridad de su posición.

“Beauvais trabaja constantemente para hacer amigos y quitarme los míos. Maniobra en mi contra cada vez que tiene ocasión. Recibe a Châteauneuf y se arroja en brazos de Beaufort y de Madame de Montbazon.”

“Los enemigos se alían para perjudicarme; Madame de Chevruse los inspira a todos. Es cierto que continúan reuniéndose en el jardín de las Tullerías.”

Contra esta facción poderosa Mazarino contaba con los partidarios de Richelieu y muy especialmente con los Condé y las familias relacionadas con ellos mediante matrimonio o amistad. Pero sus escritos demuestran lo poco que confiaba en el apoyo del príncipe de Condé.

“Beaufort y Beauvais forman una liga contra mí. Me resulta muy difícil mantenerme, porque soy constantemente perseguido, pudiendo decir, sin vanidad, que Condé primero, y después muchos otros, piensan que estarían en mejores términos con Su Majestad si a ella no la aconsejara una persona tan desinteresada y firme como yo.”

Mazarino

Para asegurar su posición era preciso que Mazarino obtuviera no solo el favor y confianza de la reina, sino también su corazón, forjando así un lazo indestructible. “Cuando uno posee el corazón, lo posee todo”, escribiría años más tarde. Y lo logró, más allá incluso de sus mejores expectativas. Pero mientras tanto, durante muchas semanas su destino osciló en la balanza, unas jornadas en las que plasmaba con su pluma las quejas acerca del disimulo de la reina y de su negativa a otorgarle su plena confianza. “Pensaría que había ganado su corazón si no fuera porque Su Majestad solo me habla de asuntos de Estado”. “Si Su Majestad desea retenerme a su servicio, que se quite la máscara”.


martes, 19 de enero de 2016

Ya está aquí Mujeres en la historia 3


Llega ya el tercer volumen de la antología Mujeres en la historia, dedicado esta vez a la época de la Ilustración. Su lanzamiento está previsto para el lunes 25 de enero

Me complace anunciar que hemos logrado reunir a un importante elenco de autoras contemporáneas muy galardonadas y que se han entusiasmado con este proyecto. Todas ellas colaboran con sus relatos de ficción sobre personajes reales femeninos del Siglo de las Luces, y a sus textos hemos añadido algunos de autoras clásicas, como Madame de La Fayette o la Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana, de Olympe de Gouges.

El lector se encontrará con personajes injustamente olvidados, pero también con nombres conocidos: Catalina la Grande, la duquesa de Alba, la marquesa de Sade, la madre de Napoleón, la pirata Mary Read o la modista de María Antonieta son algunas de las mujeres que hemos convertido en protagonistas de esta antología.


Agradezco a M.A.R. Editor la confianza que depositó en mí al designarme como editora literaria, y que espero no haber defradudado. Para mí ha sido una experiencia apasionante dirigir la obra y redactar el prólogo al tiempo que participaba con uno de los relatos.



domingo, 10 de enero de 2016

La Fronda de los Importantes

Ana de Austria

Meses después de la muerte de Richelieu, Luis XIII le seguía a la tumba. Dejaba un rey de tan solo cuatro años, la regencia en manos de una reina española asistida por un Consejo dividido y mal constituido y la frontera norte de Francia amenazada por España.

Ana de Austria contaba con el apoyo de Mazarino y del duque de Enghien, futuro Gran Condé. El primero afrontaba los asuntos políticos mientras el segundo se enfrentaba al enemigo en el campo de batalla. Enghien acababa de recibir el mando del ejército en Flandes, prometido por Richelieu en reconocimiento a su fidelidad durante la conspiración de Cinq-Mars. Un correo especial le informó de la muerte del rey cuando los españoles sitiaban Rocroi, una ciudad de gran importancia estratégica, pues su caída dejaría la puerta abierta a la invasión. Contrariamente a los consejos recibidos, decidió presentar combate sin demora y obtuvo una gran victoria que consagró su reputación militar.

Aquellos personajes que habían sido exiliados por Richelieu comenzaban a regresar a la corte, y ahora que había desaparecido el temible enemigo esperaban obtener buenos beneficios. Despreciaban a Mazarino y pensaban encontrar en Ana de Austria otra María de Médicis.

Pronto surgió un grupo que aspiraba a hacerse con el poder. Eran los llamados “Importantes”, tanto por sus pretensiones como por sus aristocráticos orígenes. Se trataba de un partido muy influyente en la corte, en los salones, en el Parlamento y en provincias. Al frente se situaban las siempre belicosas Casas de Vendôme y de Guisa. El duque de Beaufort, segundo hijo de César de Vendôme, había aspirado a la mano de Madame de Longueville. Era un joven muy apuesto a sus 27 años, con largos bucles dorados muy admirados por las damas. Ya era el ídolo del pueblo de París, y parecía que se convertiría también en el de la reina. 

Mazarino

El día de la muerte del rey fue a Beaufort a quien Ana de Austria buscó para que la protegiera frente la multitud de cortesanos que perseguían su favor, una preferencia que había desencadenado una disputa entre el duque y el príncipe de Condé. Durante las primeras semanas de la Regencia pareció apoyarse en Beaufort, pero el joven se mostraba demasiado arrogante, impulsivo e incapaz de procurarle a la regente la asistencia que precisaba en cuestiones políticas. Además, sabiendo que Ana era coqueta y gustaba de halagos, cumplidos y miradas lánguidas, el duque se las había prodigado en exceso.

Aliado de Beaufort era Enrique de Lorena, jefe de la Casa de Guisa, célebre por sus amoríos, su valor temerario y su espíritu aventurero. Nacido en 1614, su familia había decidido destinarlo a la Iglesia, y con quince años el pobre chico se vio convertido en arzobispo de Rheims, un puesto que había llegado a ser algo casi hereditario en su familia, pero que casaba mal con sus aspiraciones y su vocación. De haber continuado siendo un hombre de Iglesia, y en palabras de Noel Williams, “su vida hubiera sido motivo de escándalo incluso en la Italia de los Borgia”. 

Enrique nunca se detuvo ante ninguna consideración a la hora de perseguir a una mujer, sin importarle siquiera que fuera monja. Cuando se enamoró de Ana Gonzaga, futura Princesa Palatina y una de las hijas del duque de Nevers, contrajo un matrimonio secreto con ella. Pero, aunque la dama siempre lo consideró una ceremonia válida, se trató más bien de una promesa de matrimonio hecha ante el altar, algo que en aquel tiempo obligaba a cumplir tan pronto como las circunstancias lo hicieran posible, y que él refrendó en una carta escrita con su sangre. El obstáculo que impedía la celebración de la boda en aquel entonces era que necesitaban una dispensa del Papa, porque él aún no se había librado de sus votos y además ambos eran parientes. Debido a la oposición de su madre a esa relación, la dispensa era difícil de conseguir, y cuando finalmente el camino quedó despejado, Enrique ya estaba enamorado de otra.

Enrique II de Lorena, duque de Guisa

Fue a la muerte de su hermano en 1639 cuando dejó el arzobispado para ocupar su lugar. Tomó entonces el título de duque de Guisa y se lanzó a conspirar contra Richelieu. Sofocada la rebelión, tuvo que huir a Bruselas. Ana Gonzaga lo siguió, pero no fue una idea feliz por su parte, porque de ese modo descubrió que había contraído otro matrimonio con la hermosa viuda del conde de Bossu. De ella también se cansó al cabo de dos años y pretendió anular su unión, así que regresó a París reclamado como esposo por dos mujeres y sin que él reconociera a ninguna como tal.

Bien, ya estaba de vuelta, y, sin nada mejor que hacer, se unió al partido de los Importantes…