La situación aún iba a empeorar más para Mademoiselle de Montpensier. Al día siguiente Péguilin se presentó ante ella para decirle lo que nunca hubiera querido escuchar:
—He venido a rogaros humildemente que no volváis a hablarme. Soy lo bastante desdichado para haber disgustado ya a Monsieur a causa de haber sido el obediente servidor de su difunta esposa. Ahora pensará que soy también el causante de todas las dificultades que estáis poniendo a ese matrimonio. Es preciso que yo no vuelva a tener el honor de dirigiros la palabra. No preguntéis por mí, esté donde esté, porque no responderé. No me escribáis. Estoy desesperado por tener que comportarme de este modo, pero debo hacerlo por el amor que siento por vos.
De nada sirvieron las protestas de Mademoiselle, que insistía en que nunca se casaría con Philippe; que ella tan solo aspiraba a ser feliz, y que estaba satisfecha con el rango que le daba su propio nacimiento, sin aspirar a nada más. Pero Péguilin se mantuvo firme y acabó por aconsejarle que fuera a Forges a tomar las aguas.
—Al menos si tenéis algo en la cabeza, la imagen de alguien a quien deberíais olvidar rápidamente, lo lograréis con más facilidad si dejáis de verle y hablarle, y si él es lo bastante sensato para hacer cuanto esté en su mano por ser olvidado.
La llorosa Mademoiselle siguió su consejo y viajó a Forges. El único consuelo que recibió fue el de enterarse de que Péguilin había protestado con suma indignación ante la sugerencia de que se casara con Luisa de La Vallière:
—El rey nunca ha deshonrado a nadie, y no comenzará por deshonrarme a mí —había dicho el marqués.
Lo cual, si recordamos al pobre Monsieur de Montespan, no era totalmente cierto, pero indica claramente qué opinaba Péguilin acerca de la propuesta.
Cuando Mademoiselle regresó, Philippe la recibió con cortesía, pero sin ninguna efusión. Al parecer Monsieur había sido persuadido para casarse con ella a condición de que, si el matrimonio no tenía hijos, como así parecía dada la edad de Mademoiselle, la herencia iría a parar a la hija mayor de Philippe y Minette, la cual se esperaba entonces que un día se casaría con el Delfín y, por tanto, llegaría a ser reina de Francia. Lógicamente Mademoiselle se sintió ofendida por esta cláusula, y protestó que un hombre solo hacía propuestas semejantes a una persona inferior a él, mientras que ella era, por rango, su igual.
Y entonces ocurrió algo que dejó patente que el rey sabía mucho más de lo que aparentaba acerca de lo que estaba sucediendo. Luis le dijo de pronto:
—A propósito, ¿es cierto que cuando murió Madame vos ibais a decirme al día siguiente el nombre de la persona con la que deseabais casaros, y a pedirme permiso para hacerlo?
—Si alguien ha contado eso a Vuestra Majestad, es cierto. Y si no lo hicieron, no lo es.
La reina preguntó:
—¿Qué queréis decir?
Pero el rey se echó a reír y dijo:
—No, en realidad no sé nada. ¿Es Monsieur de Longueville?
—No.
—¿Quién puede ser? —preguntó la reina— Porque vos solo consentiríais en casaros con un príncipe.
El rey guardó silencio, lo que nuevamente indicaba que sabía más de la cuenta, y fácil es imaginar cómo y por quién.
—Tengo suficiente dinero y posición para convertir a mi esposo, si yo quisiera, en un príncipe más alto que el hijo menor de la Casa de Lorena —replicó ella—, y encontraría un esposo con más méritos, y uno que sirviera mejor al rey. Y como el rey ha consentido el matrimonio de mi hermana, me atrevo a esperar que deseará también complacerme a mí y no me obligará a casarme con Monsieur.
—Desde luego que no os obligaré —concedió él—. Os dejaré en libertad de obrar como gustéis en este asunto. Vos sabéis que nunca he obligado a nadie a contraer matrimonio.
Los favoritos de Monsieur, mientras tanto, recibían el proyecto matrimonial con sentimientos encontrados: por un lado, temían la influencia de la nueva esposa y su carácter demasiado resuelto; pero, por otra parte, su enorme fortuna era una tentación irresistible. Uno de ellos, el caballero de Beuvron, fue enviado por la camarilla ante Mademoiselle para comunicarle que aprobaban el enlace, puesto que su dinero serviría para mantener bien a Monsieur, el cual recibiría, además, muchos regalos del rey, cosas valiosas que podrían acabar en manos de aquella pandilla de indeseables.
En definitiva, el caballero se expresó con tan poco tacto que esto fue lo que Mademoiselle sacó en claro, y su indignación alcanzó elevadas cimas. Nada dispuesta a tolerarlo, fue a quejarse al rey.
—Os ha hablado como el tonto que es —dijo Luis—. Es una lástima que mi hermano se divierta en compañía de semejantes personas.
El rey se encontraba tan abochornado por lo sucedido que Mademoiselle estimó que era el momento oportuno para rogarle que no volviera a hablarse de su matrimonio con Monsieur, pues estaba segura de que no serían felices juntos. Recibió con gran alivio la reacción de Luis, que no se mostró molesto, sino que se limitó a preguntarle si era el matrimonio en general lo que rechazaba o simplemente un matrimonio con su hermano.
Monsieur se irritó bastante al saber que ella lo rechazaba. No le volvía loco la idea de casarse con ella, pero no resultaba grato constatar que la novia lo encontraba tan desagradable que se negaba al enlace. ¡Él no le gustaba! Philippe agarró una pequeña pataleta y dijo que “sabía bien quién había obstaculizado ese asunto; que había tres hombres en la corte que eran amigos de Mademoiselle, pero no suyos”. Aunque también prometió al rey mantener las buenas relaciones con su prima a pesar de todo.