viernes, 3 de julio de 2015

Émilie de Choin, segunda esposa del Gran Delfín


Marie Thérèse Émilie de Joly de Choin había nacido el 2 de agosto de 1670 en el seno de una familia de antigua nobleza saboyana. Émilie fue la decimosexta entre la numerosa prole del gran bailío de Bourg-en-Bresse, y sobrina de la condesa de Bury, que en su momento la llamó a la corte. La condesa era dama de compañía de la princesa de Conti —hija de Luis XIV y Madame de La Vallière—, y consiguió idéntico puesto para Émilie, que había recibido una esmerada educación.

Liselotte decía de ella que era baja, fea y que tenía “rostro redondo, nariz corta y respingona, una gran boca llena de dientes podridos que desprendían tan mal olor que llegaba al otro extremo de la cámara”, pero añadía que “tenía el busto más grande que he visto. Esto agradaba a mi señor, pues le permitía acariciarlo como si de un timbal se tratara”.

La opinión de Saint-Simon no es más caritativa: afirma que tenía muy mala figura y que era “gorda, achaparrada, de tez oscura, fea, nariz aplastada”. “Veía constantemente a monseigneur, que no se movía de los aposentos de la princesa de Conti. Ella le divertía, y, sin darse cuenta, fue logrando su confianza”. 

Otros, en cambio, más halagadores, opinaban que tenía bonitos ojos, que era muy dulce, magnífica conversadora y dotada de una gran dignidad. “En una palabra, Mademoiselle de Choin más que agradar, encantaba”. Y es que, aun siendo tal vez la menos hermosa de cuantas damas rodeaban a la princesa de Conti, todos quedaban seducidos por el encanto que desprendía. 

La princesa de Conti

Luis, el Gran Delfín, pronto quedó prendido en sus redes. No fue el físico de la dama lo que le atrajo, sino los gustos que tenían en común. Por entonces era ya viudo, y libre para acudir con frecuencia a casa de su hermanastra y disfrutar de la compañía de Émilie. Pero era tal la asiduidad de sus visitas y el exceso de su presencia junto a la princesa, que los peor intencionados imaginaron que era ella quien lo tenía subyugado, comenzando así a difundirse absurdos rumores de incesto.

Luis enviaba cartas de amor a Émilie, pero ella permanece inconmovible y le muestra los mensajes a la princesa. Esta, incómoda por el asunto, decide alejar a Mademoiselle de Choin, que se retira al convento de las Hermanas Hospitalarias de París.

El Delfín se disgusta tanto que su hermana, apoyada por Madame d’Epinoy y por la propia tía de Émilie, la reclama de nuevo a su lado. Sin embargo, ella se niega a regresar y no cambia de parecer hasta que interviene la mismísima Madame de Maintenon, que acude a entrevistarse con ella en el convento y la persuade para que vuelva a ocupar su antiguo puesto.

Luis no cabe en sí de gozo y reanuda la interrumpida correspondencia amorosa con la dama. Pero la corte era un nido de víboras en el que las conspiraciones estaban a la orden del día…


lunes, 29 de junio de 2015

El ángel


Otro de los amoríos del Gran Delfín fue mademoiselle Maurin, conocida como “el ángel” debido a una curiosa anécdota. Un día, mientras paseaba en Normandía por la orilla del mar, estalló una furiosa tormenta, de esas que llegan sin anunciarse. En medio de la descomunal borrasca, una ráfaga de viento la izó por los aires y la arrastró a doscientos pasos a través de un bosque para luego hacerla aterrizar suavemente y sin daño alguno. En recuerdo de este vuelo peculiar, en adelante el Delfín la llamó “mon ange". 

Pero la Maurin no gozaba de buena reputación, y los cortesanos se burlaban de ella haciendo un juego con la palabra “élevée”, que en francés tiene dos significados: “elevada” y “educada”; decían que así había podido saber, por una vez en su vida, lo que era estar “bien élevée”.



martes, 23 de junio de 2015

Françoise Pitel, amante del Gran Delfín


El Gran Delfín había heredado de su padre una inclinación excesiva y mal controlada hacia el sexo opuesto. Una vez viudo de su primera esposa, ya no había freno que lo contuviera ni sentía la misma necesidad de guardar discreción.

La más famosa de sus amantes por esa época fue Françoise Pitel de Longchamp, actriz y viuda a su vez de un actor. 

Françoise había nacido en Grenoble el 17 de enero de 1662 en el seno de una familia dedicada al teatro. Su padre dirigía una compañía de cómicos itinerantes. Cuando ella era apenas una adolescente de quince años, durante un viaje a Londres, triunfó sobre los escenarios. Decían que incluso había llamado la atención de Carlos II, aunque, dada la especial fascinación que las actrices ejercían sobre el rey de Inglaterra, no es que sea este un dato relevante.

Quince meses después los comediantes regresaban a Francia y el 27 de noviembre de 1679 Françoise contraía matrimonio con un actor muy de moda por entonces: Jean-Baptiste Siret-Raisin, con fama de ser hombre muy honesto, hijo de un organista de Troyes y discípulo de Molière. Con seis años ya representaba papeles infantiles, por todo lo cual en adelante siempre lo llamaron “el pequeño Molière”. 


Él y su esposa trabajaban en el teatro de Ruan, pero sus éxitos hicieron que fueran contratados en París y pasaran poco después a formar parte de la Comédie Française, creada por Luis XIV mediante un decreto el 8 de agosto de 1680. Por esas fechas el repertorio consistía en obras de Molière y Racine junto con unas cuantas de Corneille, Scarron y Jean Rotrou.

A Françoise la llamaban Fanchon. Tenía talento para la escena, tanto en la comedia como en la tragedia; los autores se la disputaban y escribían papeles para ella. Además fue una de las actrices más hermosas de su tiempo. Tenía unos bonitos ojos y, aunque la boca era un poco grande para el gusto de la época, exhibía una dentadura magnífica, blanquísima y perfectamente alineada. Bois-Jourdan nos describe así a Françoise:

“Era una mujer corpulenta y bella, con mucho busto y enormes posaderas, características de las que el príncipe parecía estar muy enamorado. Se sintió atraído un día en el teatro…”

Cuando el Delfín comenzó su relación con Françoise, ella era ya viuda de Jean-Baptiste, al que había dado ocho hijos; él, por su parte, había contraído un segundo matrimonio, morganático esta vez, con Emilie de Joly de Choin. De su unión con la actriz nacerían tres hijas, la mayor de ellas fallecida durante la infancia. La segunda, Anne-Louise, se casaría con el marqués de Avaugour.

La marquesa de Avaugour, hija del Gran Delfín y de Françoise Pitel

Luis XIV transigió con la situación, pero, como no encontraba adecuado que la amante del Delfín “continuara sirviendo de diversión al público”, le propuso a Françoise que renunciara al teatro a cambio de una buena renta. Ella aceptó y abandonó los escenarios en 1701.

La relación con el Delfín era difícil, porque él, profundamente religioso, se atormentaba con frecuentes remordimientos por vivir en pecado. Entonces se empeñaba en que los dos tenían que hacer penitencia juntos y le imponía “ayunos rigurosos que él también observaba, y con frecuencia pasaban muchos días encerrados los dos sin otras provisiones que pan, agua, nueces y queso”.

La unión, sin embargo, se mantuvo hasta la muerte del Delfín en 1711. A partir de ese momento Françoise dejó de percibir su pensión, y solo pudo recuperar una más modesta cuando el Regente se la concedió al cabo de cinco años.

Al poco tiempo Françoise abandonaba París y pasaba a residir con su hermana, que vivía en el campo, cerca de Falaise. Esa nueva etapa solo duró un par de años, hasta que un accidente acabó con su vida. Un día, cuando venía de hacer una visita, su carruaje volcó y se golpeó en la cabeza con tan mala fortuna que fallecía a consecuencia del mismo el 30 de septiembre de 1721. La noticia de su muerte aparecía recogida en el Mercure de France: “Ha muerto mademoiselle Raisin el pasado 30 de septiembre, a los 60 años de edad, una pérdida muy lamentada, en especial por los pobres, a los que asistía en toda ocasión”.



jueves, 18 de junio de 2015

La nueva aventura


Tengo el placer de comunicarles que he aceptado la propuesta de M.A.R. Editor para convertirme en la editora literaria de su nuevo proyecto. Tal como les anunciaba ayer en el tablero, se trata de una tercera antología de Mujeres en la Historia. Esta vez nos adentraremos en la Ilustración para centrarnos en aquellas mujeres que destacaron en diversos ámbitos durante el siglo XVIII, llamado de las Luces.

Ya hemos comenzado con la labor. Nos esperan unos meses de grato trabajo, un tiempo que trataremos de agilizar para que pronto se vea materializada la obra. Para mí se trata de una aventura fascinante, un nuevo reto que me divertirá abordar. 

Muchas gracias a Miguel Ángel de Rus y Vera Kujareva por la hermosa misión que me han encomendado. Espero no defraudaros.

Este fin de semana continuaré con la actividad del blog, si me es posible. Por favor, sean indulgentes si ven que escasean temporalmente mis visitas.

Muchas gracias.



domingo, 14 de junio de 2015

María Ana Victoria de Baviera

María Ana Victoria de Baviera

La Delfina, hermana del Elector Maximiliano II de Baviera, no logró ser feliz en Versalles. Como esposa del Delfín, María Ana Victoria era la segunda dama más importante después de la reina, y cuando esta falleció, ocupó el primer puesto. Recibía el tratamiento de Alteza Real, pero su rango no la ayudó a brillar en sociedad. Cierto que contaba con cualidades: era inteligente, virtuosa y había recibido una educación esmerada en su Munich natal; hablaba correctamente el francés y el italiano además de saber latín.

Desde que tenía ocho años se le inculcó que un día se convertiría en Delfina de Francia. Como descendiente del rey Enrique IV a través de su madre, el matrimonio que se le destinaba no solo la complacía, sino que era para ella motivo de orgullo. María Ana llegó cargada de buena voluntad y dispuesta a agradar, pero no lo consiguió. Carecía de belleza en un Versalles repleto de jóvenes hermosas. Liselotte llegó a decir de ella que era “terriblemente fea”. Demasiado morena para el gusto de la época, su nariz no contribuía a favorecerla. Más benévola se muestra Madame de Sévigné, que, aunque reconoce que no es bonita, sabe ver más allá y le concede un gran encanto personal. 

Su salud era tan frágil que con frecuencia se hallaba demasiado indispuesta para atender a sus obligaciones protocolarias. Según Saint-Simon, “Su corta vida fue una continua enfermedad”. Esto era mal tolerado por el rey, convencido de que sus múltiples males eran imaginarios y una mera excusa para no cumplir unas funciones que obviamente no le agradaba desempeñar.

El Gran Delfín

María Ana se aislaba cada vez más en sus aposentos, donde hablaba en su lengua alemana con una de sus damas, algo que no era bien visto en la corte, como nos cuenta Madame de Caylus:

“El rey, por una condescendencia de la que más tarde se arrepintió, había dejado junto a Madame la Delfina a una dama alemana que se había criado con ella, y aproximadamente de su edad. Esta joven, llamada Bessola… fue la culpable de que Madame la Delfina, por la libertad que tenía de conversar en alemán con ella, llegó a aborrecer todo otro tipo de conversación, y nunca se adaptó a este país”.

Luis XIV trató de remediar ese progresivo aislamiento siguiendo el consejo de Madame de Maintenon, con quien la joven mantenía buenas relaciones. Para animarla organizaba loterías y juegos en sus aposentos. Algunos de los que estaban más de moda se jugaban exclusivamente allí, para asegurarse de atraer a los cortesanos y distraer así a María Ana; pero nada producía resultado. La Delfina no se animaba con nada, cada vez más sumida en su depresión, de modo que Luis acabó desistiendo. “La dejó en la soledad en la que ella deseaba estar, y toda la corte la abandonó con él”.

Su matrimonio produjo tres hijos varones con los que se creía sobradamente asegurada la sucesión, pero no fue una unión feliz. El carácter depresivo de María Ana acabó alejando definitivamente al esposo. Primero él se consolaba con la caza, pero un día comenzó a buscar otro tipo de presas. Según Madame de Caylus:

“Monseigneur la amaba, y tal vez no hubiera amado a ninguna otra si el mal humor y el aburrimiento que le causaba no lo hubieran impulsado a buscar consuelo y diversión en otra parte… Es fácil de comprender que un joven príncipe como era Monseigneur entonces, debió de aburrirse infinitamente entre madame su esposa y la Bessola, sobre todo porque ellas dos hablaban siempre en alemán, lengua que él no comprendía, y sin importarles que estuviera presente. Resistió durante un tiempo, sin embargo, por la amistad que le inspiraba Madame la Delfina; pero, llevado al límite, buscó diversión en casa de Madame la princesa de Conti, hija del rey, y de Madame de La Vallière… Ella se afligió cuando vio que el daño ya no tenía remedio… Las protestas que le hacía a menudo a Monseigneur solo lograban el efecto contrario. Si nuestros príncipes son benevolentes, también son obstinados; una vez se escapan, es una huida sin retorno. Madame de Maintenon lo había previsto, y advirtió inútilmente a Madame la Delfina”.

La familia del Gran Delfín

A partir del nacimiento de su tercer hijo en 1686, la salud de la Delfina empeoró. Cuando ponían en duda sus continuas indisposiciones, María Ana, desesperada, llegó a exclamar:

—¡Tendré que morirme para que me crean!

Palabras que resultaron proféticas. En abril de 1690 fallecía en Versalles. Solo tenía 29 años. Además de las complicaciones y secuelas del último parto, padecía tuberculosis y un absceso en el vientre que resultó decisivo. La autopsia reveló que la pobre María Ana había tenido todas las razones del mundo para lamentarse.


miércoles, 10 de junio de 2015

Las jaquecas de la duquesa de Chartres


El matrimonio de los duques de Chartres fue un desastre desde un comienzo. La hija de Madame de Montespan era una jovencita perezosa, indolente y sumamente vanidosa. Nunca olvidaba que su padre era el rey, ni permitía que nadie lo olvidase. Su orgullo desmedido obviaba el hecho de que su nacimiento había sido ilegítimo, y, en palabras de Saint-Simon, Francisca era “grande de Francia hasta en el sillico”. Según Arsène Houssaye, “no amaba más que el lecho y el espejo. Casi siempre acostada, era la más altiva y perezosa de las mujeres. Se levantaba para ir a misa y embellecerse, pero tan pronto como terminaba de rezar volvía a quedar inmóvil como un armario sobre un sofá, de donde nada ni nadie la arrancaban, salvo a la hora de volver a la cama”.

Además a la duquesa no le agradaba recibir a su joven esposo en el lecho. Cuando él la visitaba con intención de atender a sus deberes dinásticos, ella solía pretextar algún dolor de cabeza. Sin embargo, alguna vez debió de encontrarse la dama con mejor predisposición, puesto que el matrimonio tuvo nueve hijos.

Cuando aparecían las inoportunas jaquecas de Francisca, al principio el esposo tenía la esperanza de que con el tiempo ella le deparara mejor recibimiento, pero pronto comprendió que nunca iba a ser así. Felipe aceptó el problema como venía; indiferente, se limitaba a saludar a su esposa y acudir a otros lugares más cálidos y acogedores. El duque de Chartres comenzaba así a coleccionar una amplia variedad de amantes. Había iniciado el camino que un día le llevaría a convertirse en el mayor libertino de Francia, organizador de orgías que escandalizarían a toda Europa.


Su fama estaba condenada a ser tanto más notoria en cuanto en aquel momento se respiraba en la corte el ambiente puritano impuesto por Madame de Maintenon. Versalles se había convertido en un lugar en el que se decía que “incluso un calvinista se sentiría molesto”. Las conversaciones ya no fluían tan libremente entre hombres y mujeres, por miedo a sufrir alguna mirada censora de la esposa del rey. Los vestidos se habían vuelto sobrios, sin escotes, respondiendo al escrito del abate Boileau titulado Sobre el abuso del desnudo en el pecho. “¿Qué necesidad hay para que las mujeres descubran su cuello y hombros? ¿Qué motivo puede obligarlas, a no ser el criminal, a mostrar lo que deberían esconder”.

Era todo aburrido, tremendamente aburrido. Como válvula de escape, la gente organizaba en secreto grandes orgías en sus casas de París. El duque de Chartres era uno de esos jóvenes que se asfixiaba respirando la atmósfera de la corte, pero, por ser quien era, tenía más difícil lograr el anonimato o pasar desapercibido, de modo que pronto se labró la reputación que después lo iba a acompañar siempre y que, ciertamente, mereció.


domingo, 7 de junio de 2015

La grosería de la duquesa de Orleáns


La inapropiada libertad, la indelicadeza y la rudeza de sus modales, le valieron a Liselotte algunas reprimendas por parte del rey, como prueba una carta escrita de puño y letra de la duquesa:

«El rey ha enviado a su confesor a encontrarse con el mío. Por él me ha dado un repaso terrible por tres asuntos. Primero, porque teniendo la lengua suelta, le he dicho a mi señor el Delfín: “Os vería desnudo de pies a cabeza y, todo entero, no me tentaríais”. Segundo, por permitir a mis damas de compañía tener galanes. Tercero, por haber bromeado con la princesa de Conti a propósito de sus amantes. Las tres cosas han desagradado de tal modo al rey que me hubiera expulsado de la corte de no ser yo su cuñada. 


»He respondido que por lo que concierne a mi señor el Delfín me responsabilizaba ciertamente de lo dicho, pero que no hubiera jamás imaginado que debía sentirme avergonzada de no ser tentada. Por lo que se refiere a la libertad con la que he hablado de su… y de sus…*, la falta es del rey más que mía. Le he oído decir mil veces que se podía hablar de todo en familia. Si ahora ha cambiado de opinión, debería habérmelo advertido.»


*Donde la duquesa de Orleáns pone puntos suspensivos, la palabra que omite es, en el primer caso, “hija”, pues la princesa de Conti era hija del rey y de Luisa de La Vallière. Los segundos puntos suspensivos representan la palabra “amantes”.


El vocabulario que empleaba, además, podía llegar a ser abiertamente rudo y grosero, como cuando se le habló por primera vez del proyecto de matrimonio para su hijo con otra de las bastardas del rey:

—No quiero que mi hijo se case con una bastarda hija de puta —declaró sin pestañear, y luego añadió, refiriéndose a Madame de Maintenon: —Es esa vieja basura quien ha tenido la idea.

La franqueza con la que se expresaba constituía una falta de refinamiento que casaba mal con la etiqueta de Versalles, pero es que además sus modales llegaban a ser tan groseros como su discurso. Tenía por costumbre recibir a sus amistades mientras se sentaba sobre la chaise percée y hacía sus necesidades. La señora se tomaba su tiempo y mantenía allí largas conversaciones que seguramente sus acompañantes hubieran deseado que fueran más breves.


Desde México me preguntan cómo leer La Corte del Diablo. Pues bien, en México también hay Amazon, y pueden descargarla en esa página. Este es el enlace.

He decidido poner en la columna de la derecha una lista con los enlaces para unos cuantos países. Así no tendrán que andar preguntando. Muchas gracias.