miércoles, 17 de septiembre de 2014

Los celos de Madame de Montespan

Madame de Maintenon con el duque de Maine y el duque de Vexin

Madame de Maintenon no había tenido hijos. Sin embargo, era ella quien desempeñaba la función de madre para los hijos del rey con Madame de Montespan. Fue ella quien acompañó al duque de Maine hasta Bélgica para que el niño fuera tratado de su cojera por un médico que Amberes que gozaba de gran reputación. Lamentablemente el tratamiento, que resultaba muy doloroso, no dio resultado, lo cual consternaba a la institutriz.

“No dejo de afligirme, y siempre es algo terrible ver sufrir a los que se ama. Nada más tonto que amar con exceso a un niño que no es mío”.

Desde Saint-Germain, Françoise pasó con los niños a ocupar los apartamentos de Madame de Montespan en Versalles. Ello provoca constantes tensiones y desacuerdos entre ambas, una situación que empeoraba progresivamente. A Françoise le resulta tan desagradable que piensa incluso en abandonar su puesto.

“Madame de Montespan y yo tuvimos hoy una conversación muy viva, y, como yo soy la parte que sufre, he llorado mucho, y ella se lo contó al rey a su manera. Os confieso que me cuesta mucho permanecer en una situación en la que todos los días tendría estas aventuras, y que me sería muy grato recuperar mi libertad… No puedo comprender que la voluntad de Dios sea que yo soporte a Madame de Montespan. Ella es incapaz de una amistad y yo no puedo carecer de ella. Habla de mí al rey como se le antoja, y me hace perder su estima. Me encuentro pues ante él en una situación extraña que debo manejar con cuidado. No me atrevo a hablarle directamente, pues ella no me lo perdonaría jamás…”

Luis Augusto de Borbón, duque de Maine

Madame de Maintenon está a punto de marcharse de la corte cuando un acontecimiento imprevisto se lo impide: la salud del duque de Maine empeora; sufre unas fiebres durante las cuales la institutriz no se aparta ni un instante de su lado. Los otros hijos del rey tampoco atraviesan sus días más saludables: el conde de Vexin padece trastornos intestinales, y Mademoiselle de Nantes también cae enferma. Es Françoise, siempre ella y nunca Madame de Montespan, quien sostiene la manita de Maine mientras éste delira por la fiebre; es ella quien atiende solícita los vómitos de Vexin mientras vela también a su hermana. Madame de Maintenon reconsidera entonces su decisión de abandonar a los niños en manos de su madre.

“El cariño que siento por estos niños me convierte en insoportable para sus padres. La imposibilidad de ocultar lo que pienso me hace odiosa para las personas con las que paso mi vida, y a las que no quisiera disgustar, aunque no fueran lo que son. He decidido no poner tanto esmero en lo que hago, y dejar estos niños al cuidado de su madre, pero siento escrúpulos de ofender a Dios con ese abandono, y vuelvo a ocuparme de lo que me manda mi amistad y que, al estar recluida con ellos, me proporciona mil ocasiones de dolores y de penas”.

Françoise intenta convencerse a sí misma de que es sólo por los niños, y en especial por el duque de Maine, por lo que se queda, pero esto es sólo una parte de la verdad. Lo cierto es que le causa un hondo sufrimiento el modo en que se ha ido enfriando su relación con el rey debido a las maquinaciones de Athénaïs.


miércoles, 10 de septiembre de 2014

Con dulzura

Luis XIV y Madame de Maintenon

Cuando el 28 de diciembre de 1673 el Parlamento de París registra las cartas de legitimación de los hijos del rey, los niños pasan a residir con Madame de Maintenon en el château de Saint-Germain. Luis pensaba que así lograría más fácilmente sus propósitos respecto a la viuda, y despliega a tal efecto una serie de maniobras galantes que no pasaban desapercibidas para sus cortesanos. Algunos estaban convencidos de que Françoise sería pronto la nueva favorita.

Mientras tanto, los propios sentimientos de Françoise la van aproximando cada vez más a Luis, del que se expresa en estos términos en una carta a su hermano Charles: “Me parece que es placentero servir a un héroe, y a un héroe que vemos de cerca”. 

Madame de Maintenon procura utilizar su influencia para procurar un buen puesto a su hermano en Alsacia, pero no lo consigue. Charles no será nombrado gobernador de Belfort hasta casi diez años más tarde. Mientras tanto, ella no deja de darle consejos en sus cartas: “Os recomiendo a los católicos y os ruego no ser inhumano con los hugonotes. Hay que atraer a la gente con dulzura”. Y en otra ocasión se queja: “Me han dado quejas de vos que no os honran: maltratáis a los hugonotes, buscáis los medios para hacerlo, provocáis las ocasiones; eso no es propio de un hombre de calidad. Apiadaos de personas más desdichadas que culpables: están en el error en que nosotros mismos estuvimos, y del que nunca nos hubiese sacado la violencia”.

La vida sonríe a Françoise, cuya pensión, antaño un tanto exigua, se ha multiplicado por cinco. Ya no tiene que preocuparse por su futuro, y, sin embargo, no es feliz; hay algo que la tiene muy inquieta. No puede desairar al rey, pero tampoco está dispuesta a ceder. “Los días transcurren en una esclavitud que impide hacer lo que quisiera; siempre estoy bastante triste, y las cosas toman un aspecto que no me conviene”. Y más explícitamente: “Los que dicen que yo quisiera ponerme en el lugar de madame de Montespan, no conocen mi alejamiento de esa clase de relaciones, ni el alejamiento que desearía inspirar al rey.”

Athénaïs, por supuesto, escucha los rumores. Aunque no los hubiera escuchado, tiene ojos que perciben perfectamente el problema que ha llegado a representar para ella la hermosa viuda. Como no puede atacar por ese frente, decide utilizar a sus hijos para contrariarla, oponiéndose por sistema a cuantas opiniones vierte Françoise al respecto. Sabe que los niños quieren mucho a la institutriz, y eso le molesta. Athénaïs intenta competir con este afecto, colma a sus hijos de unas caricias que nunca les había prodigado, los atiborra de dulces. Todo ello suscita las protestas de Madame de Maintenon, que considera que los está malcriando. Françoise se muestra inflexible cuando se trata del bien y la salud de sus pupilos. El duque de Maine, raquítico y cojo, era sometido por los médicos a un régimen draconiano que su madre interrumpía constantemente, y cuando la institutriz protestaba, Athénaïs, para quien la crueldad era como una segunda piel, le replicaba:

—¿Cómo podéis pretender saber más que yo lo que conviene a los niños? ¡Tendríais que haber hecho la experiencia! [de ser madre]



sábado, 30 de agosto de 2014

"Con ésta no me atrevería"

Madame de Maintenon hacia 1684

Cuando en 1673 el rey legitima a los hijos que había tenido de Madame de Montespan, la posición de la institutriz mejora ostensiblemente, y puede comenzar a llevar una vida con más lujos y comodidades. Poco antes Luis había recibido a los niños en sus apartamentos de Saint-Germain, pero, aunque los acompañaba la nodriza, él no quiso recibir también a Françoise. En cambio, aprovechó la ocasión para asegurarse que durante todo ese tiempo había sido discreta y digna de la confianza que habían depositado en ella. Para ello preguntó directamente a la nodriza de quién eran aquellos niños.

—Seguramente de la dama que vive con nosotros —respondió ella, refiriéndose a Françoise—, al menos a juzgar por su agitación ante la menor indisposición que sufren.

—¿Y quién creéis que sea el padre?

—Por mi fe, no lo sé, pero imagino que debe de ser algún duque o presidente del Parlamento.

Luis quedó muy satisfecho con estas respuestas, y, de hecho, su opinión sobre la viuda comenzó a cambiar a partir de ese momento. Sus visitas a la casita donde se educaban los niños se van haciendo frecuentes, y allí se deja ganar por el carácter de Françoise, tan diferente del de la altiva Montespan: Madame Scarron es dulce y comprensiva, mientras Athénaïs es cada vez más soberbia y colérica. La había juzgado sin conocerla; la había creído mojigata, severa y beata, pero lo que encuentra le desconcierta. El rey comprueba que, en efecto, se trata de una dama muy inteligente, y además, aunque mayor que él, es muy bella. Poco a poco ambos comienzan a mantener conversaciones que van más allá de las meras preguntas acerca de la salud y el progreso de los niños.


Luis, por supuesto le pone cerco. Está decidido a conseguirla, pero pronto se dará cuenta de que ésa es una misión imposible. Ella no es así. No hay forma de que recompense sus avances con una sonrisa, con una mirada, siquiera con una palabra. Él se vuelve insistente, pero es en vano, y eso le desconcierta. Es el rey; ninguna mujer, fuera gran dama o servidora, ha osado rechazarlo.

Un día Luis se divertía tirando las sillas de las damas para así disfrutar del espectáculo que ofrecían sus faldas levantadas, pero entonces llegó Françoise y se detuvo en seco.

—¡Ah, con ésta no me atrevería! —exclamó.



martes, 26 de agosto de 2014

Tolya finalista del Premio Internacional Sexto Continente del relato de ciencia-ficción


Vaya, vaya, vaya. Miren por dónde tengo el honor de anunciar que el peculiar Gélido Tolya, autor del blog Civilización o Barbarie, ha sido uno de los finalistas del XV Premio Internacional Sexto Continente del relato de ciencia-ficción. En esta ocasión el tema debía estar relacionado con Rusia y la extinta Unión Soviética, y claro, qué mejor fuente de inspiración para nuestro Tolya. Monsieur se animó a participar y ha sido seleccionado entre 94 autores de 15 países diferentes, por lo que su relato podrá formar parte de una próxima antología dedicada precisamente a dicho género.

Obtendrán más información sobre el fausto acontecimiento en esta página:


Felicito efusivamente a Monsieur Tolya por este merecido reconocimiento a su talento. Y, desde luego,  los invito a todos a celebrar este éxito de uno de los estimados miembros de nuestra Orden. Esta noche tendremos uno de nuestros jolgorios en el château de Fontainebleau. ¡Pónganse sus mejores galas para recibir al homenajeado!


jueves, 7 de agosto de 2014

Por orden del rey


Desde un principio Françoise había mostrado su disgusto por la delicada tarea que le había sido encomendada. Cuando Madame de Montespan le pidió que se hiciera cargo de sus hijos, ella hubiera querido negarse. No encontraba ningún honor en semejante misión; por el contrario, le parecía que aceptar y ayudar a preservar el secreto la convertía en cómplice de algo indigno, pero ése era un desaire que no se le podía hacer al soberano. Al hacerle Athénaïs  la propuesta por medio de su hermano, Françoise le da la siguiente respuesta, recogida en una carta, y en la que deja claro que sólo una orden del rey logrará arrancarle su consentimiento:

“Soy muy sensible al honor que se desea hacerme, pero os confieso que no me creo apropiada en absoluto. Vivo tranquila. ¿Me conviene sacrificar mi reposo y mi libertad? Por otra parte, ese misterio, ese profundo secreto que se me exige, sin darme positivamente la clave, pueden hacer pensar a mis amigos que se me está tendiendo una trampa. Sin embargo, si los hijos son del rey, lo haré gustosa. Pero no me encargaría sin escrúpulos de los de Madame de Montespan. Así pues, será necesario que me lo ordene el rey. Es mi última palabra.”

A Luis le sorprendía la simpatía que Athénaïs sentía por la viuda, que a él le resultaba insoportable, pero no se opone.

—Ah, sí, vuestra dama culta —se limita a comentar ante la propuesta.


Así pues, la orden acabó llegando, y Françoise hubo de abordar la magna tarea cuyo secreto debía preservar aunque le causara mil tormentos, como ella misma narra:

“Esta especie de honor, bastante singular, me ha costado trabajos y cuidados infinitos. Me subía a una escalera para hacer el trabajo de los tapiceros porque ellos no debían entrar. Las nodrizas no ayudaban en nada, por miedo a cansarse y que su leche fuera peor. Yo iba a menudo de la una a la otra a pie, disfrazada, llevando bajo el brazo ropa limpia, carne, y solía pasar las noches junto a uno de esos niños enfermos… . Regresaba por la mañana por la puerta de atrás y, después de vestirme, subía al carruaje para dirigirme al palacete de Albret o de Richelieu, a fin de que mis conocidos habituales no se dieran cuenta de nada ni sospecharan siquiera que tenía un secreto que guardar. Yo adelgazaba, pero no se podía adivinar la causa”.



sábado, 2 de agosto de 2014

Amigas y rivales

Madame de Maintenon

La amistad con los Albret sería decisiva a la hora de solucionar los problemas económicos de Françoise. Ellos tenían una prima inmejorablemente situada en la corte: Athénaïs de Montespan. Athénaïs frecuentaba su casa, y fue allí donde la conoció. Gratamente impresionada por el carácter y cualidades de la viuda, decide intervenir ella misma para que le sea concedida una pensión. Ante tan poderosa valedora no cabía oposición, de modo que Françoise no sólo obtiene lo que solicita, sino que a partir de entonces es invitada frecuentemente a la corte. Como goza de tan buena reputación, Madame de Montespan la elige para atender a la hija que acaba de tener con el rey.

Françoise se traslada con la niña al faubourg St-Germain, lejos de las miradas indiscretas de los cortesanos y dispuesta a guardar el secreto acerca del origen de aquella criatura confiada a su custodia. Durante los primeros meses, cada vez que recibía una visita, la viuda se sonrojaba violentamente ante lo embarazoso de la situación, temiendo que acabara por descubrirse el secreto real. Para tratar de evitar estos delatores sonrojos, tuvo la curiosa idea de hacerse sangrar, una medida que no sirvió de nada. 

Obviamente, a pesar de las precauciones que fue capaz de tomar Françoise, al poco tiempo todo el mundo estaba enterado de aquello que se intentaba disimular. Todos a excepción, como siempre, de la despistada reina María Teresa.

Cuando al año siguiente nace el duque de Maine, también es confiado a sus cuidados. La viuda no se atrevió a recoger personalmente al niño en el apartamento de las damas en St-Germain, pues en aquel tiempo su persona no resultaba del agrado del rey. Como era tan recta, seguramente Luis percibía en ella un tácito reproche hacia su adulterio, una pureza que le hacía sentir incómodo. Eso sí, todo ello era precisamente la razón de que la encontrara sumamente adecuada para hacerse cargo de la educación de sus hijos.


Françoise aguardó en el interior de un carruaje junto a la verja del parquecito de St-Germain. Hasta ella llegó Lauzun con el niño envuelto en una capa y, hecha la entrega, se dirigió con él al palacio de Vaugirard, una casa que había sido comprada por Luis para facilitar la labor de crianza del pequeño y de su hermana.

Cuando los hijos del rey fueron legitimados, Françoise pasó a residir con ellos en la corte, y en 1674 Luis recompensó sus buenos servicios otorgándole el dominio de Maintenon. La viuda se convertía así en Madame de Maintenon.

En ese momento Athénaïs y el rey habían tenido seis hijos, aunque no todos vivían. Era evidente que Luis había ido modificando sustancialmente la opinión que tenía sobre la institutriz; demasiado sustancialmente para el gusto de Madame de Montespan, que comienza a inquietarse por su presencia. Para deshacerse de ella pretende hacerle el honor de casarla con el duque de Brancas. Para su incredulidad, Françoise rechaza convertirse en duquesa, pues no tiene buena opinión sobre el novio: 

“Viudo de sus dos primeras esposas, no posee otro mérito que su título de duque. Es una fuente de desagrado y de molestia en la cual sería imprudente arrojarme. Pero, si lo rechazo, es sobre todo a causa de mi gran ternura por los príncipes, a quienes no podría abandonar”.

Luisa Francisca de Borbón, Mademoiselle de Nantes, hija de Luis XIV y Madame de Montespan

Seguramente en aquel momento Madame de Maintenon estaba aún menos dispuesta a abandonar a Luis. Convertida en su confidente y consejera, sueña con salvar su alma, con rescatarlo de las garras de una mujer que lo estaba arrastrando al infierno. Y, por sutil que fuera, su rival percibía el peligro.

En cualquier caso, ante la negativa de Françoise, Athénaïs no tuvo más remedio que forzar una sonrisa condescendiente que ya no engañaba a nadie. Como observa la sagaz Madame de Sévigné, “Esa hermosa amistad entre Madame de Montespan y su amiga es una verdadera aversión… es una acritud, una antipatía”.


martes, 29 de julio de 2014

Amable, bella y buena


La viuda se retira por un tiempo en compañía de una servidora al convento de la Plaza Real, donde una amiga suya, madame d’Aumont, posee un apartamento. Recibe alguna propuesta de matrimonio: un marqués, hombre muy rico, agotado y enfermo por su vida licenciosa, pide su mano, pero Françoise lo rechaza. Aunque convertirse en su esposa hubiera solucionado sus problemas económicos, procurándole un título nobiliario y una vida de lujos, no quiere a semejante hombre por marido. Obviamente ella no busca riquezas; en lugar de eso prefiere disfrutar de su recién encontrada libertad, y, aunque su situación es precaria, cuenta con el apoyo de mucha gente que la aprecia. La propia madame de Sévigné la invita con frecuencia, y escribe sobre ella “Su conversación es deliciosa; tiene un carácter maravillosamente recto. Se viste modesta y magníficamente. Es amable, bella y buena”. 

Una de las razones por las cuales era tan amada por sus amigas es su lealtad inconmovible. Incluso con las personas desconocidas tiene gestos enormemente altruistas: en una ocasión se le vio velar sin descanso a una joven a la que apenas conocía y que había contraído la viruela. En aquel tiempo el gesto suponía arriesgar la propia vida o, cuando menos, la belleza, pues era fácil quedar desfigurado por la enfermedad.

La viuda también frecuentaba el hôtel d’Albret, hogar de César Phoebus, d’Albret, conde de Miossens y primo de la marquesa de Montespan. Las malas lenguas atribuían a Françoise una relación con él, aunque nada se puede probar más allá de una gran amistad. Albret y otros buenos amigos de Françoise logran conmover a Ana de Austria, que le concede a la viuda una pensión de dos mil libras. No era mucho, pero le permite vivir más decentemente. Puede así abandonar su alojamiento en el convento y trasladarse a una vivienda en el Marais. 

Demasiado cerca del marqués de Villarceaux.


El corazón de Françoise había elegido hacía tiempo a Louis de Mornay, marqués de Villarceaux. No se había permitido ir más allá de un sentimiento platónico en vida de su esposo, pero ahora, libre de esa atadura, comienza una relación con él. Ambos pasan unos días juntos en el hogar de unos primos de él, y después solían reunirse en casa de Ninon de Lenclos. La propia anfitriona nos cuenta que “a menudo les presté mi habitación amarilla a ella y a Villarceaux”. 

También Françoise vive su amor en el château de Villarceaux. El amante, artista de talento, la pintó allí desnuda, y en aquella habitación de la torre luce aún el retrato. 

La relación, sin embargo, no duró mucho, porque ella se debatía con sus problemas de conciencia y al final estos ganaron la partida. De modo que al cabo de tres años Françoise le escribe a su amante: “No quiero volver a veros aquí ni en ningún otro lugar durante un año, y después volveremos a encontrarnos como viejos amigos, pero la puerta de mi alcoba permanecerá cerrada para siempre.” 

Curiosamente decían que Louis de Mornay se parecía físicamente al rey, y él, divertido por la circunstancia, se complacía en resaltar cuanto podía el parecido. 


La situación de la viuda volvió a complicarse a la muerte de Ana de Austria, porque Françoise perdía así la pequeña pensión que ella le pagaba. Constantemente ella y sus amigos dirigían peticiones a Luis XIV para que se le continuara concediendo una, pero en vano. El rey está harto de ese continuo bombardeo por parte de la viuda de Scarron con escritos interminables e indigestos. Se agobia; la detesta. ¡Esa mujer es como una pesadilla! 

—¿Oiré siempre hablar de la viuda de Scarron? —exclama desesperado. 


martes, 22 de julio de 2014

Inalcanzable


La sociedad parisina no le puso las cosas fáciles a Madame Scarron. La consideraban una especie de advenediza, una intrusa a la que no perdonan sus orígenes. Françoise debe desplegar todo su encanto para ir ganándose sus simpatías, hasta conseguir que poco a poco toda la corte fuera mudando de opinión.

Madame de Caylus escribió que “esa joven persona, con sus maneras honestas y modestas, inspiró tanto respeto que ninguno de los jóvenes que frecuentaba la casa se atrevió jamás a pronunciar ante ella una palabra de doble sentido, y uno de ellos declaró: “Si hubiera que tomarse libertades con la reina o con madame Scarron, yo no dudaría: ¡me las tomaría más bien con la reina!”. 

Y es que, en efecto, son muchos los galanes que acuden a su casa del Marais con la decidida intención de seducir a la bella, esperando que, privada de los placeres del amor conyugal, no tardaría en sucumbir. Pero todos ellos acababan descubriendo que se trataba de una misión imposible.

Scarron se mostraba terriblemente celoso de los hombres que se acercaban a su esposa, pero muy especialmente de Louis de Mornay, marqués de Villarceaux, quien ya había pasado una temporada en la Bastilla por haber seducido a una joven. El marqués, casado por conveniencia con una mujer mucho mayor que él, no parecía tener intención de renunciar a sus costumbres de seductor impenitente. Amante de Ninon de Lenclos, tuvo de ella un hijo que fue conocido como el Caballero de La Boissière. La propia Madame Scarron mantuvo una estrecha amistad con la cortesana, a la que acudía a visitar en su casa de la rue des Tournelles. Llegó a decirse que su relación fue bastante íntima. 


Pero, si Scarron está particularmente celoso del marqués de Villarceaux, es porque cree detectar que esta vez a su esposa le agrada demasiado el galán. Era cierto. Françoise no iba a serle infiel a su marido inválido, pero eso poco consolaba al poeta si era otro el que tenía su corazón. 

Durante el otoño de 1657 Scarron y su esposa conocen a la reina Cristina de Suecia. Françoise resulta muy de su agrado, y más aún Ninon, tanto que al parecer, y dados sus gustos un tanto eclécticos, llega a insinuársele, “prometiéndole la fortuna y el amor”. Pero la cortesana le responde sonriente: 

—Que Vuestra Majestad me perdone, pero haré mi felicidad por las vías ordinarias. 

El 26 de agosto de 1660 asiste desde una ventana a la entrada en París de Luis XIV y María Teresa, recién casados. Para entonces Scarron está muy enfermo. El dolor es insoportable y no le permite conciliar el sueño. Las constantes dosis de opio ya no le hacen efecto, pero mantuvo su humor hasta el último aliento. 

El poeta fallece entre el 6 y el 7 de octubre. Sobre su tumba, en la iglesia de Saint-Gervais, pidió que se grabara este epitafio: 

Este que aquí ahora duerme hizo sentir más piedad que envidia, y padeció mil veces la muerte antes de perder la vida. 

Paseantes, no hagáis ruido Por temor a que despierte, Pues es la primera noche En que el pobre Scarron duerme. 

A punto de cumplir 25 años, Françoise se quedaba viuda y en la ruina. Los acreedores de Scarron invadían su hogar... 


lunes, 14 de julio de 2014

El Matrimonio de Scarron


La tutora de Aubignette, Madame de Neuillant, decide llevarla consigo cuando acude a París para concertar el matrimonio de su hija con el duque de Navailles. Fue así como la futura Madame de Maintenon conoció a Scarron durante el transcurso de una visita al hogar del poeta. Paul Scarron, después de una juventud agitada y libertina, a sus cuarenta años se veía reducido por la espondiloartritis: era un inválido con los huesos deformados y sufría terribles dolores que no hacían mella en su sentido del humor ni lograban agriar su carácter.

El lujoso tren de vida que llevaba Paul Scarron hacía que siempre estuviera arruinado. Sus obras obtenían éxito, pero él se apresuraba a gastar los beneficios. Su hogar era frecuentado por intelectuales y por los más importantes personajes de la corte, entre ellos la marquesa de Sévigné. Era un anfitrión generoso, y la gente buscaba con afán una invitación a sus cenas.

Pero Aubignette no iba preparada para lo que encontró. Su espanto al verlo fue tan grande que no fue capaz de controlar sus propias reacciones. La adolescente estalló en llanto y, avergonzada, se escondió en un rincón. Scarron no logró arrancarle ni una palabra ese día, pero no se ofendió por ello. Él era capaz de reírse de todo, incluso de sí mismo. 



Durante su estancia en París, Aubignette trabó amistad con una vecina de Scarron, y una vez de regreso en Niort mantiene correspondencia con ella. La dama encontró tan maravillosamente escrita la carta de la jovencita que se la mostró al poeta, y él, divertido y admirado, tomó la pluma para responderle. Comienza así un intercambio epistolar entre ambos, una actividad que le resultaba muy grata a Aubignette, y no menos a Scarron, que va quedando totalmente subyugado.

Cuando ella regresa a París, Scarron ha tomado su decisión. La joven carece de dote, por lo que no le sería fácil encontrar esposo a pesar de sus muchos dones y su belleza. “El fuego que brilla en sus ojos no es un fuego fácil de pintar”, escribirá él. También Mademoiselle de Scudéry nos ha dejado una descripción muy elocuente: 

“Es alta y de buen talle, cutis muy liso y hermoso, cabellos de un castaño claro y muy agradable, nariz bella, boca bien dibujada, aire dulce, noble, alegre, modesto, y, para hacer su belleza más perfecta y radiante, tiene los ojos más hermosos del mundo, negros, brillantes, dulces, apasionados, llenos de espiritualidad. En ellos solía aparecer la dulce melancolía con todos los encantos que la acompañan casi siempre. La jovialidad se dejaba ver a su vez, con los atractivos que la alegría puede inspirar.” 


Scarron no está dispuesto a permitir que el único destino que aguarde a Aubignette sea un convento, de modo que se ofrece a pagar él mismo la dote o, como alternativa, se propone como novio. Esto último era, en realidad, el deseo del poeta y la única salida honorable para la joven: aceptar su dinero para casarse con otro después de que él mismo se hubiera ofrecido, era impensable.

Aubignette acepta ser su esposa. No está enamorada, por supuesto, ni tampoco lo finge, pero a su lado podría vivir veladas inolvidables junto a los más reputados artistas e intelectuales del momento, conocer a grandes personajes y disfrutar de un mundo que nunca hubiera esperado poder compartir. Era mucho mejor que el convento.

El 4 de abril de 1652 se celebra la boda, un matrimonio que, dada la penosa salud del novio, lo fue sólo de mero nombre, y nunca se consumó. Un día, años más tarde, Françoise escribiría a su hermano: “Sabes que jamás estuve casada”. “Era una unión en la que el corazón intervenía poco, y el cuerpo, en verdad, nada”.


sábado, 21 de junio de 2014

Una estrella ascendente


Había en la corte una mujer cuya fortuna giró aún más que la de Lauzun, aunque, al contrario que en su caso, la suya llevó siempre una dirección ascendente. Se trataba de Madame de Maintenon, cuya infancia y primera juventud ya había sido objeto de atención por nuestra parte, pero que preferimos resumir a continuación antes de retomar el relato de su vida.

Françoise d’Aubigné, Madame de Maintenon, nació el 24 de noviembre de 1635 en la prisión de Niort. El acontecimiento no tuvo lugar en un calabozo, sino en la conserjería. Su padre, Constant d’Aubigné, había sido encarcelado por deudas, y también, al parecer, bajo la acusación de haber intentado falsificar dinero. 

El abuelo paterno de Françoise era el célebre poeta y ardiente calvinista Agrippa d’Aubigné, nada satisfecho con el hijo que le había tocado en suerte. 

“…Puesto que Dios no concede Sus gracias según la carne y la sangre, mi hijo mayor, llamado Constant, no se me parece, aunque tuve todos los cuidados necesarios para su educación. Lo crié con tanta aplicación y gastos como si hubiese sido un príncipe. Pero ese miserable se entregó primero al juego y a la embriaguez, en Sedán, adonde lo había enviado a las Academias [protestantes], habiéndose desinteresado enseguida del estudio. Luego, de regreso a Francia, se casó sin mi consentimiento con una desdichada a la que después mató”. 

Y es que Constant había sorprendido a su primera esposa en compañía de su amante, y los mató a ambos a puñaladas, un asunto del que pudo salir bien librado gracias a la influencia del poderoso Agrippa. El anciano caballero aún habría de llevarse otro buen disgusto al enterarse de que su hijo contraía un nuevo matrimonio con una mujer católica, Jeanne de Cardilhac, de la que tuvo a Françoise.

Jeanne llamaba a su hija cariñosamente Aubignette. Con el cabeza de familia en prisión, fue furo para ella criar a sus hijos. Seguramente no hubiera conseguido salir adelante sin la ayuda de su cuñada Arthemise, que recogió a los niños en su castillo de Mursay y los educó en la religión protestante. Allí permaneció Aubignette hasta cumplir siete años, momento en que su padre obtuvo la libertad.


En 1644 la familia se embarca rumbo a la isla de Guadalupe. Tras una travesía repleta de peripecias en la que no faltó el ataque de los piratas ingleses, llegaron a su destino tan sólo para encontrar que las esperanzas de Constant de obtener allí un buen puesto se veían frustradas. El padre de Aubignette deja a su familia en la Martinica y emprende el regreso a Francia.

Durante tres años la niña permanece en la isla, un periodo que le valdría posteriormente el sobrenombre de La Bella Indiana. Al cabo de ese tiempo su madre, que no puede seguir haciendo frente a los gastos, decide embarcarse hacia La Rochelle. Aún no sabía que su esposo había muerto.

Cuando llegan a Francia, su situación era tan desesperada que se ven obligados a mendigar comida ante las puertas de los jesuitas. Françoise aún no ha cumplido doce años cuando, ante la imposibilidad de su madre para hacerse cargo de ella, regresa con su tía Arthemise. Allí hubiera permanecido si no fuera porque la esposa del gobernador de Niort cayó en la cuenta de que la niña estaba siendo educada por una hugonote, y obtuvo una orden de Ana de Austria para retirarle la custodia a Arthemise y hacerse cargo de Aubignette, que no salió ganando con el cambio: en casa del gobernador era considerada una sirvienta y debía ocuparse de los animales.

Como Aubignette se resiste a aceptar las enseñanzas católicas, la dama decide enviarla al convento de las ursulinas. Allí conoció a la hermana Celeste, la primera persona que le ofrece cariño después de mucho tiempo. Pero la simpatía que Françoise siente por ella no se extiende al resto del convento. Las monjas no saben cómo afrontar y aplacar su rebeldía, y llegan a pedir a la esposa del gobernador que se la lleve. Así sucede finalmente, puesto que la señora no estaba dispuesta a seguir pagando los excesivos gastos de su manutención en el convento.

Aubignette estaba a punto de cumplir quince años cuando la esposa del gobernador se traslada a París llevándola consigo. Allí la envía a otro convento que resultó un infierno insufrible para ella, como escribe en una carta a su tía:

“¡La vida es peor que la muerte! ¡Ah, mi señora tía!, no imagináis el infierno que es esta casa supuestamente de Dios, ni los malos tratos, durezas y crueldades de quienes han sido encargadas de cuidar mi cuerpo y mi alma…” 

Para salir de ese infierno, finalmente acepta recibir la comunión y adoptar la fe católica, aunque en aquel tiempo lo hacía sin convicción, simplemente porque no podía seguir resistiendo. De ese modo pudo por fin regresar al hogar de su tutora. Aubignette se había convertido en una bellísima joven llena de encanto e inteligencia.