domingo, 19 de octubre de 2014

Vuelve Madame de Montespan


Cuando Madame de Maintenon regresa de Barèges, el rey recibe la más grata de las sorpresas, algo recogido en la correspondencia de Madame de Sévigné:

“Nada fue más agradable que la sorpresa que se le dio al rey. No esperaba al señor duque de Maine hasta el día siguiente; lo vio entrar a su habitación llevado solamente de la mano por Madame de Maintenon. Fue un transporte de alegría”.

Ver al niño caminar por sí mismo cuando nadie esperaba que volviera a hacerlo, fue más de lo que Luis esperaba, y sabía muy bien que ello había sido posible, sobre todo, debido a los intensivos cuidados de la institutriz más que al tratamiento. Toda la corte comenzaba a tratarla con una deferencia que la situaba incluso por encima del alto puesto que ocupaba; le rinden unos honores que, sin embargo, no parecen impresionar a Françoise. “Los unos le besan la mano, los otros el vestido, y ella se burla de todos”, nos cuenta Madame de Sévigné.

Madame de Maintenon se siente cada vez más inquieta por los avances del rey, poco inclinado hacia una relación platónica, que sería la única que ella admitiría. “Es algo muy difícil de acomodar, y me paso la vida en turbaciones que me quitan todos los placeres del mundo y la paz necesaria para servir a Dios”. Françoise desea abandonar la corte, huir. De vez en cuando se refugiaría en sus tierras de Maintenon, pero pronto el deber la reclamaba de nuevo junto a los niños.

Luis XIV vestido para un baile de disfraces

Luis presiona, acorrala, intensifica su cerco. Tiene 37 años y amplia experiencia acumulada en estas lides, mientras que Françoise, por el contrario, tan solo cuenta con su virtud como arma para afrontar sus estrategias. Se siente al borde del abismo; teme claudicar. El 27 de junio de 1676 escribe a su confidente, el abate Gobelin:

“Deseo más ardientemente que nunca estar fuera de aquí, y me afianzo más y más en la opinión de que aquí no puedo servir a Dios”.

Madame de Montespan, mientras tanto, no daba la partida por perdida. Se había retirado temporalmente a su mansión de Clagny, próxima a Versalles. Madame de Maintenon sabía que su vida se complicaría aún más si su rival lograba recuperar el favor del rey. “Seguramente no ha habido falta por mi parte, y, no obstante, si alguien tiene motivo de arrepentimiento, es ella. Es cierto que ella puede decir “yo soy la causa de su encumbramiento. Yo soy quien hizo que el rey la conociese y gustase de ella; luego se convierte en favorita y yo soy expulsada”. Por otra parte, ¿cometí un error al darle buenos consejos y haber tratado, en la medida de mis posibilidades, de desbaratar sus manejos?”

El alejamiento de Madame de Montespan tan solo duró unos meses. A finales de verano regresaba y recuperaba a Luis sin ningún esfuerzo. Por deseo de él, la entrevista entre ambos había sido pública. No tenía intención de dedicarle mucho tiempo durante ese encuentro, apenas el necesario para intercambiar unas palabras de bienvenida; sin embargo, en cuanto la vio su voluntad flaqueó y la pasión que le inspiraba volvió a arrebatarlo. Ambos terminaron de nuevo en el lecho, y el reencuentro iba a traer como consecuencia un nuevo embarazo de Athénaïs cuando todos la daban por acabada.



domingo, 12 de octubre de 2014

La estancia en Barèges


Madame de Maintenon no tiene tiempo ni ánimos para alegrarse de la ausencia de Athénaïs: la dolencia que el pequeño duque de Maine padece en la pierna empeora y ya casi no puede caminar. Entre todos los hijos del rey, es él quien le inspira la más profunda devoción. Ama a ese niño por encima de todas las cosas, y por esas fechas no hay otro asunto capaz de ocupar su cabeza. 

Los médicos recomiendan las aguas de Barèges, en los Pirineos, y hacia allá parte la institutriz en compañía de Maine. La comitiva debía detenerse frecuentemente, porque eran muchos los que deseaban agasajar al niño. El mariscal d’Albret les salió al paso para escoltarlos hasta Burdeos, donde los aguardaban grandes festejos.

El viaje, sin embargo, no carecería de sinsabores, porque durante el niño cayó gravemente enfermo durante el trayecto. La inquietud fue enorme hasta verlo recuperar la salud y poder así emprender de nuevo el camino.

Una vez llegados a sus destino, permanecerán tres meses en una casa sin apenas comodidades, tan pequeña que el niño y ella debían compartir la única habitación. Françoise continúa muy contenta con su misión, como escribe a sus amistades:

“ Me parece que hace mil años que no oigo hablar de la corte y de París. No me he aburrido ni un momento. El señor duque de Maine es un delicioso compañero. Necesita cuidados continuos, pero la ternura que siento por él me los hace muy agradables.”

Luis XIV

Mientras tanto, no cesa de recibir cartas del rey interesándose por el progreso de su hijo y, al parecer, continuando con el asedio a la plaza. “No recibo cartas más que de un solo hombre… cuya amistad es más viva de lo que deseamos. Son unas cartas que, lamentablemente, no podemos leer hoy, porque Françoise las quemó antes de morir.

El tratamiento arroja pronto resultados esperanzadores y que indican que el niño podrá volver a caminar:

“Aunque no sea muy vigorosamente, cabe esperar que pueda caminar como nosotros. No imagináis toda la ternura que siento por él, pero me conocéis bastante para no dudar de que este afortunado éxito de mi viaje me procura un gran placer”.

Maine, en efecto, ya no será un inválido, aunque cojeará toda la vida.


sábado, 4 de octubre de 2014

La venganza de Madame de Maintenon

Madame de Maintenon


Es la propia Madame de Maintenon quien nos cuenta cómo se vengó de Madame de Montespan: 

«Me vi bastante bien con el rey, como para hablarle libremente, un día de recibo en los apartamentos, y tuve el honor de pasearme con él mientras los demás jugaban o hacían otra cosa. Me detuve cuando estuve a distancia de no ser escuchada:

»—Sire, vos amáis mucho a vuestros mosqueteros; eso es lo que os ocupa y os entretiene hoy. ¿Qué haríais si vinieran a deciros que uno de esos mosqueteros, que vos amáis tanto, ha tomado a la mujer de un hombre vivo y cohabita actualmente con ella? Estoy segura de que esta noche misma lo haríais salir del cuartel de los mosqueteros y que ya no dormiría allí, por tarde que fuese.»

El dardo apuntaba certero. Françoise le representaba al rey una situación que era precisamente la que él vivía junto a Madame de Montespan, una mujer casada con uno de sus súbditos. Aunque hacía tiempo que el matrimonio se había separado, dicha separación se había producido a causa de la relación de Athénaïs con el rey, pública y notoria. La astuta viuda le hacía ver que el rey no podía observar una conducta que castigaba en otros. Una actitud muy osada por su parte, puesto que podía resultar que se produjese el efecto contrario al esperado e incurriera en su disgusto. Todo ello parece indicar que había llegado a conocer muy bien a Luis y que estaba perfectamente segura de su estima.

El rey se hizo el tonto y se limitó a reírse, pero había entendido perfectamente. Piensa que Françoise tiene razón, y que, además, mientras retenga a Madame de Montespan a su lado no va a tener ninguna posibilidad de lograr conquistarla a ella.

Bossuet se une con sus sermones a esta campaña contra la favorita, y finalmente aquel frente común comienza a ganar la batalla. Luis termina por pedirle a Athénaïs que abandone la corte...


jueves, 25 de septiembre de 2014

Ella sabe amar


“Ella sabe amar. Sería placentero ser amado por ella”. (Luis XIV)


Luis XIV entrega a la institutriz de sus hijos una suma con la que podrá comprar unas tierras y adquirir así un título. Ella aseguraba que todo lo debía al pequeño duque de Maine, que tanto la elogiaba ante su padre y no dejaba de testimoniarle su cariño. Una parte de los cortesanos, sin embargo, estaban convencidos de que el rey había tenido este rasgo de generosidad para tratar de retenerla en un puesto que estaba resuelta a abandonar, mientras que otros sospechaban que Françoise había acabado cediendo y convirtiéndose en su amante. Nunca podremos saberlo con certeza, aunque esta última teoría no parece armonizar bien con su psicología, con el tono de queja que reflejan sus cartas por esas fechas ni con otros detalles que iremos analizando. 

Françoise elige el castillo de Maintenon, cercano a Versalles, un lugar al que tenía pensado retirarse cuando llegase su vejez. El 27 de diciembre de 1674 pasa a ser de su propiedad, pero aún no puede disfrutar de él. “No soy dueña de mi tiempo. Tenéis algunas pruebas de mi esclavitud, pero no lo habéis visto todo. Hace dos meses que solicito ir a Maintenon por un día y no he podido obtenerlo. Eso me irrita y no logro calmarme. Estoy haciendo allí obras sin que me sea permitido ayudar.”

En febrero de 1675 Luis la autoriza a adoptar el nombre de sus tierras. En adelante la viuda de Scarron será Madame de Maintenon. Naturalmente las relaciones con Madame de Montespan estaban destinadas a empeorar. La favorita no podía ver con buenos ojos el ascenso de su antigua protegida. “Ocurren cosas terribles entre Madame de Montespan y yo; el rey fue testigo de ello ayer”.

Francisca-Luisa de Borbón, Mademoiselle de Nantes y su hermano Luis Augusto de Borbón, duque de Maine, hijos de Luis XIV y Madame de Montespan. 


Françoise toma entonces una determinación. Harta de las falsedades que Athénaïs vertía constantemente en los oídos del rey con intención de desprestigiarla, su rival reúne valor suficiente para solicitar a Luis hablarle a solas. Él accede, y por fin puede escuchar de sus labios la otra versión de la historia, un relato pormenorizado de todas las vilezas que ha venido padeciendo desde que ocupa tan alto puesto. 

Esta solicitud es otro de los argumentos que descartan una relación íntima entre Françoise y el rey. Si ella hubiera sido su amante por entonces, Luis estaría perfectamente al tanto de sus quejas, que la viuda habría podido formularle en la intimidad. Si fue necesaria esta petición era, lógicamente, porque no tenía otras ocasiones de hablarle a solas.

A Luis no le agradan las acusaciones contra la madre de sus hijos; intenta defenderla, convencido de la sensibilidad de Athénaïs. Le recuerda a Françoise lo fácilmente que se conmovía madame de Montespan, y cómo asomaban las lágrimas a sus ojos ante un relato emotivo. Françoise aprieta los labios. No quiere decirle que está completamente ciego y engañado; que cuanto cree ver es falso, que es sólo una gran actriz sobre un gran escenario.

Luis resopla y comenta en tono desenfadado que le cuesta más esfuerzo imponer la paz entre ambas que restablecerla en Europa. Obligadas por él, ambas deben darse un beso con el que sellar ese forzado armisticio; pero en cuanto él desaparece, vuelven las hostilidades.

“La he considerado por todos los lados imaginables, pero su fondo no vale nada. Sólo es buena para las humoradas”, sentencia Françoise.

La viuda preparaba su venganza, y la iba a tener…


miércoles, 17 de septiembre de 2014

Los celos de Madame de Montespan

Madame de Maintenon con el duque de Maine y el duque de Vexin

Madame de Maintenon no había tenido hijos. Sin embargo, era ella quien desempeñaba la función de madre para los hijos del rey con Madame de Montespan. Fue ella quien acompañó al duque de Maine hasta Bélgica para que el niño fuera tratado de su cojera por un médico que Amberes que gozaba de gran reputación. Lamentablemente el tratamiento, que resultaba muy doloroso, no dio resultado, lo cual consternaba a la institutriz.

“No dejo de afligirme, y siempre es algo terrible ver sufrir a los que se ama. Nada más tonto que amar con exceso a un niño que no es mío”.

Desde Saint-Germain, Françoise pasó con los niños a ocupar los apartamentos de Madame de Montespan en Versalles. Ello provoca constantes tensiones y desacuerdos entre ambas, una situación que empeoraba progresivamente. A Françoise le resulta tan desagradable que piensa incluso en abandonar su puesto.

“Madame de Montespan y yo tuvimos hoy una conversación muy viva, y, como yo soy la parte que sufre, he llorado mucho, y ella se lo contó al rey a su manera. Os confieso que me cuesta mucho permanecer en una situación en la que todos los días tendría estas aventuras, y que me sería muy grato recuperar mi libertad… No puedo comprender que la voluntad de Dios sea que yo soporte a Madame de Montespan. Ella es incapaz de una amistad y yo no puedo carecer de ella. Habla de mí al rey como se le antoja, y me hace perder su estima. Me encuentro pues ante él en una situación extraña que debo manejar con cuidado. No me atrevo a hablarle directamente, pues ella no me lo perdonaría jamás…”

Luis Augusto de Borbón, duque de Maine

Madame de Maintenon está a punto de marcharse de la corte cuando un acontecimiento imprevisto se lo impide: la salud del duque de Maine empeora; sufre unas fiebres durante las cuales la institutriz no se aparta ni un instante de su lado. Los otros hijos del rey tampoco atraviesan sus días más saludables: el conde de Vexin padece trastornos intestinales, y Mademoiselle de Nantes también cae enferma. Es Françoise, siempre ella y nunca Madame de Montespan, quien sostiene la manita de Maine mientras éste delira por la fiebre; es ella quien atiende solícita los vómitos de Vexin mientras vela también a su hermana. Madame de Maintenon reconsidera entonces su decisión de abandonar a los niños en manos de su madre.

“El cariño que siento por estos niños me convierte en insoportable para sus padres. La imposibilidad de ocultar lo que pienso me hace odiosa para las personas con las que paso mi vida, y a las que no quisiera disgustar, aunque no fueran lo que son. He decidido no poner tanto esmero en lo que hago, y dejar estos niños al cuidado de su madre, pero siento escrúpulos de ofender a Dios con ese abandono, y vuelvo a ocuparme de lo que me manda mi amistad y que, al estar recluida con ellos, me proporciona mil ocasiones de dolores y de penas”.

Françoise intenta convencerse a sí misma de que es sólo por los niños, y en especial por el duque de Maine, por lo que se queda, pero esto es sólo una parte de la verdad. Lo cierto es que le causa un hondo sufrimiento el modo en que se ha ido enfriando su relación con el rey debido a las maquinaciones de Athénaïs.


miércoles, 10 de septiembre de 2014

Con dulzura

Luis XIV y Madame de Maintenon

Cuando el 28 de diciembre de 1673 el Parlamento de París registra las cartas de legitimación de los hijos del rey, los niños pasan a residir con Madame de Maintenon en el château de Saint-Germain. Luis pensaba que así lograría más fácilmente sus propósitos respecto a la viuda, y despliega a tal efecto una serie de maniobras galantes que no pasaban desapercibidas para sus cortesanos. Algunos estaban convencidos de que Françoise sería pronto la nueva favorita.

Mientras tanto, los propios sentimientos de Françoise la van aproximando cada vez más a Luis, del que se expresa en estos términos en una carta a su hermano Charles: “Me parece que es placentero servir a un héroe, y a un héroe que vemos de cerca”. 

Madame de Maintenon procura utilizar su influencia para procurar un buen puesto a su hermano en Alsacia, pero no lo consigue. Charles no será nombrado gobernador de Belfort hasta casi diez años más tarde. Mientras tanto, ella no deja de darle consejos en sus cartas: “Os recomiendo a los católicos y os ruego no ser inhumano con los hugonotes. Hay que atraer a la gente con dulzura”. Y en otra ocasión se queja: “Me han dado quejas de vos que no os honran: maltratáis a los hugonotes, buscáis los medios para hacerlo, provocáis las ocasiones; eso no es propio de un hombre de calidad. Apiadaos de personas más desdichadas que culpables: están en el error en que nosotros mismos estuvimos, y del que nunca nos hubiese sacado la violencia”.

La vida sonríe a Françoise, cuya pensión, antaño un tanto exigua, se ha multiplicado por cinco. Ya no tiene que preocuparse por su futuro, y, sin embargo, no es feliz; hay algo que la tiene muy inquieta. No puede desairar al rey, pero tampoco está dispuesta a ceder. “Los días transcurren en una esclavitud que impide hacer lo que quisiera; siempre estoy bastante triste, y las cosas toman un aspecto que no me conviene”. Y más explícitamente: “Los que dicen que yo quisiera ponerme en el lugar de madame de Montespan, no conocen mi alejamiento de esa clase de relaciones, ni el alejamiento que desearía inspirar al rey.”

Athénaïs, por supuesto, escucha los rumores. Aunque no los hubiera escuchado, tiene ojos que perciben perfectamente el problema que ha llegado a representar para ella la hermosa viuda. Como no puede atacar por ese frente, decide utilizar a sus hijos para contrariarla, oponiéndose por sistema a cuantas opiniones vierte Françoise al respecto. Sabe que los niños quieren mucho a la institutriz, y eso le molesta. Athénaïs intenta competir con este afecto, colma a sus hijos de unas caricias que nunca les había prodigado, los atiborra de dulces. Todo ello suscita las protestas de Madame de Maintenon, que considera que los está malcriando. Françoise se muestra inflexible cuando se trata del bien y la salud de sus pupilos. El duque de Maine, raquítico y cojo, era sometido por los médicos a un régimen draconiano que su madre interrumpía constantemente, y cuando la institutriz protestaba, Athénaïs, para quien la crueldad era como una segunda piel, le replicaba:

—¿Cómo podéis pretender saber más que yo lo que conviene a los niños? ¡Tendríais que haber hecho la experiencia! [de ser madre]



sábado, 30 de agosto de 2014

"Con ésta no me atrevería"

Madame de Maintenon hacia 1684

Cuando en 1673 el rey legitima a los hijos que había tenido de Madame de Montespan, la posición de la institutriz mejora ostensiblemente, y puede comenzar a llevar una vida con más lujos y comodidades. Poco antes Luis había recibido a los niños en sus apartamentos de Saint-Germain, pero, aunque los acompañaba la nodriza, él no quiso recibir también a Françoise. En cambio, aprovechó la ocasión para asegurarse que durante todo ese tiempo había sido discreta y digna de la confianza que habían depositado en ella. Para ello preguntó directamente a la nodriza de quién eran aquellos niños.

—Seguramente de la dama que vive con nosotros —respondió ella, refiriéndose a Françoise—, al menos a juzgar por su agitación ante la menor indisposición que sufren.

—¿Y quién creéis que sea el padre?

—Por mi fe, no lo sé, pero imagino que debe de ser algún duque o presidente del Parlamento.

Luis quedó muy satisfecho con estas respuestas, y, de hecho, su opinión sobre la viuda comenzó a cambiar a partir de ese momento. Sus visitas a la casita donde se educaban los niños se van haciendo frecuentes, y allí se deja ganar por el carácter de Françoise, tan diferente del de la altiva Montespan: Madame Scarron es dulce y comprensiva, mientras Athénaïs es cada vez más soberbia y colérica. La había juzgado sin conocerla; la había creído mojigata, severa y beata, pero lo que encuentra le desconcierta. El rey comprueba que, en efecto, se trata de una dama muy inteligente, y además, aunque mayor que él, es muy bella. Poco a poco ambos comienzan a mantener conversaciones que van más allá de las meras preguntas acerca de la salud y el progreso de los niños.


Luis, por supuesto le pone cerco. Está decidido a conseguirla, pero pronto se dará cuenta de que ésa es una misión imposible. Ella no es así. No hay forma de que recompense sus avances con una sonrisa, con una mirada, siquiera con una palabra. Él se vuelve insistente, pero es en vano, y eso le desconcierta. Es el rey; ninguna mujer, fuera gran dama o servidora, ha osado rechazarlo.

Un día Luis se divertía tirando las sillas de las damas para así disfrutar del espectáculo que ofrecían sus faldas levantadas, pero entonces llegó Françoise y se detuvo en seco.

—¡Ah, con ésta no me atrevería! —exclamó.



martes, 26 de agosto de 2014

Tolya finalista del Premio Internacional Sexto Continente del relato de ciencia-ficción


Vaya, vaya, vaya. Miren por dónde tengo el honor de anunciar que el peculiar Gélido Tolya, autor del blog Civilización o Barbarie, ha sido uno de los finalistas del XV Premio Internacional Sexto Continente del relato de ciencia-ficción. En esta ocasión el tema debía estar relacionado con Rusia y la extinta Unión Soviética, y claro, qué mejor fuente de inspiración para nuestro Tolya. Monsieur se animó a participar y ha sido seleccionado entre 94 autores de 15 países diferentes, por lo que su relato podrá formar parte de una próxima antología dedicada precisamente a dicho género.

Obtendrán más información sobre el fausto acontecimiento en esta página:


Felicito efusivamente a Monsieur Tolya por este merecido reconocimiento a su talento. Y, desde luego,  los invito a todos a celebrar este éxito de uno de los estimados miembros de nuestra Orden. Esta noche tendremos uno de nuestros jolgorios en el château de Fontainebleau. ¡Pónganse sus mejores galas para recibir al homenajeado!


jueves, 7 de agosto de 2014

Por orden del rey


Desde un principio Françoise había mostrado su disgusto por la delicada tarea que le había sido encomendada. Cuando Madame de Montespan le pidió que se hiciera cargo de sus hijos, ella hubiera querido negarse. No encontraba ningún honor en semejante misión; por el contrario, le parecía que aceptar y ayudar a preservar el secreto la convertía en cómplice de algo indigno, pero ése era un desaire que no se le podía hacer al soberano. Al hacerle Athénaïs  la propuesta por medio de su hermano, Françoise le da la siguiente respuesta, recogida en una carta, y en la que deja claro que sólo una orden del rey logrará arrancarle su consentimiento:

“Soy muy sensible al honor que se desea hacerme, pero os confieso que no me creo apropiada en absoluto. Vivo tranquila. ¿Me conviene sacrificar mi reposo y mi libertad? Por otra parte, ese misterio, ese profundo secreto que se me exige, sin darme positivamente la clave, pueden hacer pensar a mis amigos que se me está tendiendo una trampa. Sin embargo, si los hijos son del rey, lo haré gustosa. Pero no me encargaría sin escrúpulos de los de Madame de Montespan. Así pues, será necesario que me lo ordene el rey. Es mi última palabra.”

A Luis le sorprendía la simpatía que Athénaïs sentía por la viuda, que a él le resultaba insoportable, pero no se opone.

—Ah, sí, vuestra dama culta —se limita a comentar ante la propuesta.


Así pues, la orden acabó llegando, y Françoise hubo de abordar la magna tarea cuyo secreto debía preservar aunque le causara mil tormentos, como ella misma narra:

“Esta especie de honor, bastante singular, me ha costado trabajos y cuidados infinitos. Me subía a una escalera para hacer el trabajo de los tapiceros porque ellos no debían entrar. Las nodrizas no ayudaban en nada, por miedo a cansarse y que su leche fuera peor. Yo iba a menudo de la una a la otra a pie, disfrazada, llevando bajo el brazo ropa limpia, carne, y solía pasar las noches junto a uno de esos niños enfermos… . Regresaba por la mañana por la puerta de atrás y, después de vestirme, subía al carruaje para dirigirme al palacete de Albret o de Richelieu, a fin de que mis conocidos habituales no se dieran cuenta de nada ni sospecharan siquiera que tenía un secreto que guardar. Yo adelgazaba, pero no se podía adivinar la causa”.



sábado, 2 de agosto de 2014

Amigas y rivales

Madame de Maintenon

La amistad con los Albret sería decisiva a la hora de solucionar los problemas económicos de Françoise. Ellos tenían una prima inmejorablemente situada en la corte: Athénaïs de Montespan. Athénaïs frecuentaba su casa, y fue allí donde la conoció. Gratamente impresionada por el carácter y cualidades de la viuda, decide intervenir ella misma para que le sea concedida una pensión. Ante tan poderosa valedora no cabía oposición, de modo que Françoise no sólo obtiene lo que solicita, sino que a partir de entonces es invitada frecuentemente a la corte. Como goza de tan buena reputación, Madame de Montespan la elige para atender a la hija que acaba de tener con el rey.

Françoise se traslada con la niña al faubourg St-Germain, lejos de las miradas indiscretas de los cortesanos y dispuesta a guardar el secreto acerca del origen de aquella criatura confiada a su custodia. Durante los primeros meses, cada vez que recibía una visita, la viuda se sonrojaba violentamente ante lo embarazoso de la situación, temiendo que acabara por descubrirse el secreto real. Para tratar de evitar estos delatores sonrojos, tuvo la curiosa idea de hacerse sangrar, una medida que no sirvió de nada. 

Obviamente, a pesar de las precauciones que fue capaz de tomar Françoise, al poco tiempo todo el mundo estaba enterado de aquello que se intentaba disimular. Todos a excepción, como siempre, de la despistada reina María Teresa.

Cuando al año siguiente nace el duque de Maine, también es confiado a sus cuidados. La viuda no se atrevió a recoger personalmente al niño en el apartamento de las damas en St-Germain, pues en aquel tiempo su persona no resultaba del agrado del rey. Como era tan recta, seguramente Luis percibía en ella un tácito reproche hacia su adulterio, una pureza que le hacía sentir incómodo. Eso sí, todo ello era precisamente la razón de que la encontrara sumamente adecuada para hacerse cargo de la educación de sus hijos.


Françoise aguardó en el interior de un carruaje junto a la verja del parquecito de St-Germain. Hasta ella llegó Lauzun con el niño envuelto en una capa y, hecha la entrega, se dirigió con él al palacio de Vaugirard, una casa que había sido comprada por Luis para facilitar la labor de crianza del pequeño y de su hermana.

Cuando los hijos del rey fueron legitimados, Françoise pasó a residir con ellos en la corte, y en 1674 Luis recompensó sus buenos servicios otorgándole el dominio de Maintenon. La viuda se convertía así en Madame de Maintenon.

En ese momento Athénaïs y el rey habían tenido seis hijos, aunque no todos vivían. Era evidente que Luis había ido modificando sustancialmente la opinión que tenía sobre la institutriz; demasiado sustancialmente para el gusto de Madame de Montespan, que comienza a inquietarse por su presencia. Para deshacerse de ella pretende hacerle el honor de casarla con el duque de Brancas. Para su incredulidad, Françoise rechaza convertirse en duquesa, pues no tiene buena opinión sobre el novio: 

“Viudo de sus dos primeras esposas, no posee otro mérito que su título de duque. Es una fuente de desagrado y de molestia en la cual sería imprudente arrojarme. Pero, si lo rechazo, es sobre todo a causa de mi gran ternura por los príncipes, a quienes no podría abandonar”.

Luisa Francisca de Borbón, Mademoiselle de Nantes, hija de Luis XIV y Madame de Montespan

Seguramente en aquel momento Madame de Maintenon estaba aún menos dispuesta a abandonar a Luis. Convertida en su confidente y consejera, sueña con salvar su alma, con rescatarlo de las garras de una mujer que lo estaba arrastrando al infierno. Y, por sutil que fuera, su rival percibía el peligro.

En cualquier caso, ante la negativa de Françoise, Athénaïs no tuvo más remedio que forzar una sonrisa condescendiente que ya no engañaba a nadie. Como observa la sagaz Madame de Sévigné, “Esa hermosa amistad entre Madame de Montespan y su amiga es una verdadera aversión… es una acritud, una antipatía”.