martes, 29 de julio de 2014

Amable, bella y buena


La viuda se retira por un tiempo en compañía de una servidora al convento de la Plaza Real, donde una amiga suya, madame d’Aumont, posee un apartamento. Recibe alguna propuesta de matrimonio: un marqués, hombre muy rico, agotado y enfermo por su vida licenciosa, pide su mano, pero Françoise lo rechaza. Aunque convertirse en su esposa hubiera solucionado sus problemas económicos, procurándole un título nobiliario y una vida de lujos, no quiere a semejante hombre por marido. Obviamente ella no busca riquezas; en lugar de eso prefiere disfrutar de su recién encontrada libertad, y, aunque su situación es precaria, cuenta con el apoyo de mucha gente que la aprecia. La propia madame de Sévigné la invita con frecuencia, y escribe sobre ella “Su conversación es deliciosa; tiene un carácter maravillosamente recto. Se viste modesta y magníficamente. Es amable, bella y buena”. 

Una de las razones por las cuales era tan amada por sus amigas es su lealtad inconmovible. Incluso con las personas desconocidas tiene gestos enormemente altruistas: en una ocasión se le vio velar sin descanso a una joven a la que apenas conocía y que había contraído la viruela. En aquel tiempo el gesto suponía arriesgar la propia vida o, cuando menos, la belleza, pues era fácil quedar desfigurado por la enfermedad.

La viuda también frecuentaba el hôtel d’Albret, hogar de César Phoebus, d’Albret, conde de Miossens y primo de la marquesa de Montespan. Las malas lenguas atribuían a Françoise una relación con él, aunque nada se puede probar más allá de una gran amistad. Albret y otros buenos amigos de Françoise logran conmover a Ana de Austria, que le concede a la viuda una pensión de dos mil libras. No era mucho, pero le permite vivir más decentemente. Puede así abandonar su alojamiento en el convento y trasladarse a una vivienda en el Marais. 

Demasiado cerca del marqués de Villarceaux.


El corazón de Françoise había elegido hacía tiempo a Louis de Mornay, marqués de Villarceaux. No se había permitido ir más allá de un sentimiento platónico en vida de su esposo, pero ahora, libre de esa atadura, comienza una relación con él. Ambos pasan unos días juntos en el hogar de unos primos de él, y después solían reunirse en casa de Ninon de Lenclos. La propia anfitriona nos cuenta que “a menudo les presté mi habitación amarilla a ella y a Villarceaux”. 

También Françoise vive su amor en el château de Villarceaux. El amante, artista de talento, la pintó allí desnuda, y en aquella habitación de la torre luce aún el retrato. 

La relación, sin embargo, no duró mucho, porque ella se debatía con sus problemas de conciencia y al final estos ganaron la partida. De modo que al cabo de tres años Françoise le escribe a su amante: “No quiero volver a veros aquí ni en ningún otro lugar durante un año, y después volveremos a encontrarnos como viejos amigos, pero la puerta de mi alcoba permanecerá cerrada para siempre.” 

Curiosamente decían que Louis de Mornay se parecía físicamente al rey, y él, divertido por la circunstancia, se complacía en resaltar cuanto podía el parecido. 


La situación de la viuda volvió a complicarse a la muerte de Ana de Austria, porque Françoise perdía así la pequeña pensión que ella le pagaba. Constantemente ella y sus amigos dirigían peticiones a Luis XIV para que se le continuara concediendo una, pero en vano. El rey está harto de ese continuo bombardeo por parte de la viuda de Scarron con escritos interminables e indigestos. Se agobia; la detesta. ¡Esa mujer es como una pesadilla! 

—¿Oiré siempre hablar de la viuda de Scarron? —exclama desesperado. 


martes, 22 de julio de 2014

Inalcanzable


La sociedad parisina no le puso las cosas fáciles a Madame Scarron. La consideraban una especie de advenediza, una intrusa a la que no perdonan sus orígenes. Françoise debe desplegar todo su encanto para ir ganándose sus simpatías, hasta conseguir que poco a poco toda la corte fuera mudando de opinión.

Madame de Caylus escribió que “esa joven persona, con sus maneras honestas y modestas, inspiró tanto respeto que ninguno de los jóvenes que frecuentaba la casa se atrevió jamás a pronunciar ante ella una palabra de doble sentido, y uno de ellos declaró: “Si hubiera que tomarse libertades con la reina o con madame Scarron, yo no dudaría: ¡me las tomaría más bien con la reina!”. 

Y es que, en efecto, son muchos los galanes que acuden a su casa del Marais con la decidida intención de seducir a la bella, esperando que, privada de los placeres del amor conyugal, no tardaría en sucumbir. Pero todos ellos acababan descubriendo que se trataba de una misión imposible.

Scarron se mostraba terriblemente celoso de los hombres que se acercaban a su esposa, pero muy especialmente de Louis de Mornay, marqués de Villarceaux, quien ya había pasado una temporada en la Bastilla por haber seducido a una joven. El marqués, casado por conveniencia con una mujer mucho mayor que él, no parecía tener intención de renunciar a sus costumbres de seductor impenitente. Amante de Ninon de Lenclos, tuvo de ella un hijo que fue conocido como el Caballero de La Boissière. La propia Madame Scarron mantuvo una estrecha amistad con la cortesana, a la que acudía a visitar en su casa de la rue des Tournelles. Llegó a decirse que su relación fue bastante íntima. 


Pero, si Scarron está particularmente celoso del marqués de Villarceaux, es porque cree detectar que esta vez a su esposa le agrada demasiado el galán. Era cierto. Françoise no iba a serle infiel a su marido inválido, pero eso poco consolaba al poeta si era otro el que tenía su corazón. 

Durante el otoño de 1657 Scarron y su esposa conocen a la reina Cristina de Suecia. Françoise resulta muy de su agrado, y más aún Ninon, tanto que al parecer, y dados sus gustos un tanto eclécticos, llega a insinuársele, “prometiéndole la fortuna y el amor”. Pero la cortesana le responde sonriente: 

—Que Vuestra Majestad me perdone, pero haré mi felicidad por las vías ordinarias. 

El 26 de agosto de 1660 asiste desde una ventana a la entrada en París de Luis XIV y María Teresa, recién casados. Para entonces Scarron está muy enfermo. El dolor es insoportable y no le permite conciliar el sueño. Las constantes dosis de opio ya no le hacen efecto, pero mantuvo su humor hasta el último aliento. 

El poeta fallece entre el 6 y el 7 de octubre. Sobre su tumba, en la iglesia de Saint-Gervais, pidió que se grabara este epitafio: 

Este que aquí ahora duerme hizo sentir más piedad que envidia, y padeció mil veces la muerte antes de perder la vida. 

Paseantes, no hagáis ruido Por temor a que despierte, Pues es la primera noche En que el pobre Scarron duerme. 

A punto de cumplir 25 años, Françoise se quedaba viuda y en la ruina. Los acreedores de Scarron invadían su hogar... 


lunes, 14 de julio de 2014

El Matrimonio de Scarron


La tutora de Aubignette, Madame de Neuillant, decide llevarla consigo cuando acude a París para concertar el matrimonio de su hija con el duque de Navailles. Fue así como la futura Madame de Maintenon conoció a Scarron durante el transcurso de una visita al hogar del poeta. Paul Scarron, después de una juventud agitada y libertina, a sus cuarenta años se veía reducido por la espondiloartritis: era un inválido con los huesos deformados y sufría terribles dolores que no hacían mella en su sentido del humor ni lograban agriar su carácter.

El lujoso tren de vida que llevaba Paul Scarron hacía que siempre estuviera arruinado. Sus obras obtenían éxito, pero él se apresuraba a gastar los beneficios. Su hogar era frecuentado por intelectuales y por los más importantes personajes de la corte, entre ellos la marquesa de Sévigné. Era un anfitrión generoso, y la gente buscaba con afán una invitación a sus cenas.

Pero Aubignette no iba preparada para lo que encontró. Su espanto al verlo fue tan grande que no fue capaz de controlar sus propias reacciones. La adolescente estalló en llanto y, avergonzada, se escondió en un rincón. Scarron no logró arrancarle ni una palabra ese día, pero no se ofendió por ello. Él era capaz de reírse de todo, incluso de sí mismo. 



Durante su estancia en París, Aubignette trabó amistad con una vecina de Scarron, y una vez de regreso en Niort mantiene correspondencia con ella. La dama encontró tan maravillosamente escrita la carta de la jovencita que se la mostró al poeta, y él, divertido y admirado, tomó la pluma para responderle. Comienza así un intercambio epistolar entre ambos, una actividad que le resultaba muy grata a Aubignette, y no menos a Scarron, que va quedando totalmente subyugado.

Cuando ella regresa a París, Scarron ha tomado su decisión. La joven carece de dote, por lo que no le sería fácil encontrar esposo a pesar de sus muchos dones y su belleza. “El fuego que brilla en sus ojos no es un fuego fácil de pintar”, escribirá él. También Mademoiselle de Scudéry nos ha dejado una descripción muy elocuente: 

“Es alta y de buen talle, cutis muy liso y hermoso, cabellos de un castaño claro y muy agradable, nariz bella, boca bien dibujada, aire dulce, noble, alegre, modesto, y, para hacer su belleza más perfecta y radiante, tiene los ojos más hermosos del mundo, negros, brillantes, dulces, apasionados, llenos de espiritualidad. En ellos solía aparecer la dulce melancolía con todos los encantos que la acompañan casi siempre. La jovialidad se dejaba ver a su vez, con los atractivos que la alegría puede inspirar.” 


Scarron no está dispuesto a permitir que el único destino que aguarde a Aubignette sea un convento, de modo que se ofrece a pagar él mismo la dote o, como alternativa, se propone como novio. Esto último era, en realidad, el deseo del poeta y la única salida honorable para la joven: aceptar su dinero para casarse con otro después de que él mismo se hubiera ofrecido, era impensable.

Aubignette acepta ser su esposa. No está enamorada, por supuesto, ni tampoco lo finge, pero a su lado podría vivir veladas inolvidables junto a los más reputados artistas e intelectuales del momento, conocer a grandes personajes y disfrutar de un mundo que nunca hubiera esperado poder compartir. Era mucho mejor que el convento.

El 4 de abril de 1652 se celebra la boda, un matrimonio que, dada la penosa salud del novio, lo fue sólo de mero nombre, y nunca se consumó. Un día, años más tarde, Françoise escribiría a su hermano: “Sabes que jamás estuve casada”. “Era una unión en la que el corazón intervenía poco, y el cuerpo, en verdad, nada”.


sábado, 21 de junio de 2014

Una estrella ascendente


Había en la corte una mujer cuya fortuna giró aún más que la de Lauzun, aunque, al contrario que en su caso, la suya llevó siempre una dirección ascendente. Se trataba de Madame de Maintenon, cuya infancia y primera juventud ya había sido objeto de atención por nuestra parte, pero que preferimos resumir a continuación antes de retomar el relato de su vida.

Françoise d’Aubigné, Madame de Maintenon, nació el 24 de noviembre de 1635 en la prisión de Niort. El acontecimiento no tuvo lugar en un calabozo, sino en la conserjería. Su padre, Constant d’Aubigné, había sido encarcelado por deudas, y también, al parecer, bajo la acusación de haber intentado falsificar dinero. 

El abuelo paterno de Françoise era el célebre poeta y ardiente calvinista Agrippa d’Aubigné, nada satisfecho con el hijo que le había tocado en suerte. 

“…Puesto que Dios no concede Sus gracias según la carne y la sangre, mi hijo mayor, llamado Constant, no se me parece, aunque tuve todos los cuidados necesarios para su educación. Lo crié con tanta aplicación y gastos como si hubiese sido un príncipe. Pero ese miserable se entregó primero al juego y a la embriaguez, en Sedán, adonde lo había enviado a las Academias [protestantes], habiéndose desinteresado enseguida del estudio. Luego, de regreso a Francia, se casó sin mi consentimiento con una desdichada a la que después mató”. 

Y es que Constant había sorprendido a su primera esposa en compañía de su amante, y los mató a ambos a puñaladas, un asunto del que pudo salir bien librado gracias a la influencia del poderoso Agrippa. El anciano caballero aún habría de llevarse otro buen disgusto al enterarse de que su hijo contraía un nuevo matrimonio con una mujer católica, Jeanne de Cardilhac, de la que tuvo a Françoise.

Jeanne llamaba a su hija cariñosamente Aubignette. Con el cabeza de familia en prisión, fue furo para ella criar a sus hijos. Seguramente no hubiera conseguido salir adelante sin la ayuda de su cuñada Arthemise, que recogió a los niños en su castillo de Mursay y los educó en la religión protestante. Allí permaneció Aubignette hasta cumplir siete años, momento en que su padre obtuvo la libertad.


En 1644 la familia se embarca rumbo a la isla de Guadalupe. Tras una travesía repleta de peripecias en la que no faltó el ataque de los piratas ingleses, llegaron a su destino tan sólo para encontrar que las esperanzas de Constant de obtener allí un buen puesto se veían frustradas. El padre de Aubignette deja a su familia en la Martinica y emprende el regreso a Francia.

Durante tres años la niña permanece en la isla, un periodo que le valdría posteriormente el sobrenombre de La Bella Indiana. Al cabo de ese tiempo su madre, que no puede seguir haciendo frente a los gastos, decide embarcarse hacia La Rochelle. Aún no sabía que su esposo había muerto.

Cuando llegan a Francia, su situación era tan desesperada que se ven obligados a mendigar comida ante las puertas de los jesuitas. Françoise aún no ha cumplido doce años cuando, ante la imposibilidad de su madre para hacerse cargo de ella, regresa con su tía Arthemise. Allí hubiera permanecido si no fuera porque la esposa del gobernador de Niort cayó en la cuenta de que la niña estaba siendo educada por una hugonote, y obtuvo una orden de Ana de Austria para retirarle la custodia a Arthemise y hacerse cargo de Aubignette, que no salió ganando con el cambio: en casa del gobernador era considerada una sirvienta y debía ocuparse de los animales.

Como Aubignette se resiste a aceptar las enseñanzas católicas, la dama decide enviarla al convento de las ursulinas. Allí conoció a la hermana Celeste, la primera persona que le ofrece cariño después de mucho tiempo. Pero la simpatía que Françoise siente por ella no se extiende al resto del convento. Las monjas no saben cómo afrontar y aplacar su rebeldía, y llegan a pedir a la esposa del gobernador que se la lleve. Así sucede finalmente, puesto que la señora no estaba dispuesta a seguir pagando los excesivos gastos de su manutención en el convento.

Aubignette estaba a punto de cumplir quince años cuando la esposa del gobernador se traslada a París llevándola consigo. Allí la envía a otro convento que resultó un infierno insufrible para ella, como escribe en una carta a su tía:

“¡La vida es peor que la muerte! ¡Ah, mi señora tía!, no imagináis el infierno que es esta casa supuestamente de Dios, ni los malos tratos, durezas y crueldades de quienes han sido encargadas de cuidar mi cuerpo y mi alma…” 

Para salir de ese infierno, finalmente acepta recibir la comunión y adoptar la fe católica, aunque en aquel tiempo lo hacía sin convicción, simplemente porque no podía seguir resistiendo. De ese modo pudo por fin regresar al hogar de su tutora. Aubignette se había convertido en una bellísima joven llena de encanto e inteligencia.


sábado, 14 de junio de 2014

Lo he visto vivo, lo he visto muerto

Mademoiselle de Montpensier

Lauzun hizo un último intento por aplacar a Mademoiselle de Montpensier. Le escribió una carta en la que le manifestaba lo arrepentido que estaba de su comportamiento pasado y le hacía toda clase de promesas de enmienda para el futuro, mas todo fue en vano: cuando Mademoiselle la recibió, en uno de sus arrebatos de furia la arrojó al fuego sin siquiera abrirla. El servidor que se la había entregado logró rescatarla a tiempo de las llamas y le rogó que al menos la leyera antes. Ella la recogió con desprecio, se retiró a sus aposentos privados y al cabo de unos minutos regresó para comunicarle que la había destruido sin leerla.

A Lauzun se le abría otro frente: Charost, el gobernador de Calais, con quien tan malas relaciones había entablado desde su desembarco, llegaba ahora a la corte. Charost mantuvo una conversación privada con el rey y justificó el asunto a su manera, dejando en muy mal lugar a Lauzun. La corriente de opinión poco a poco iba girando en contra del marqués.

Bussy-Rabutin resumió muy bien lo que fue su vida cuando escribió este párrafo a su prima, Madame de Sévigné: 

“La fortuna, que es una loca, nunca ha dado pruebas tan evidentes de serlo como en la vida de Lauzun. Es uno de los hombres más pequeños que Dios ha creado jamás, tanto de mente como de cuerpo; sin embargo, lo hemos visto de favorito, lo hemos visto ahogarse, y aquí está saliendo a flote de nuevo. Ya conoces ese juego en el que uno dice: “Lo he visto vivo, lo he visto muerto, lo he visto vivo después de muerto”. He ahí su retrato”.

Pero ahora vamos a dejar a Lauzun gozar de su regreso triunfal a la corte mientras retomamos las vidas de otros cortesanos que también habían visto alzarse su estrella durante aquellos años. Por ejemplo, Madame de Maintenon…



sábado, 7 de junio de 2014

Del amor al odio


María de Módena, al igual que Lauzun, deseaba regresar para compartir el destino de su esposo, pero Luis fue tajante al respecto: la reina y el Príncipe de Gales debían permanecer en Francia a toda costa. El 1 de enero de 1689, Louvois dirigía a Lauzun este mensaje:

"A las ocho de la mañana he recibido la carta que me hicisteis el honor de escribirme. El rey no puede creer que haya nada capaz de inducir al rey de Inglaterra a escribir ordenando el regreso de la reina a Inglaterra con el Príncipe de Gales; pero si, contra todo pronóstico, eso sucediera, Su Majestad me ha encargado que os haga saber a vos y a Monsieur le Prince que su intención es que la reina sea conducida a Vincennes con el Príncipe de Gales, con los pretextos más corteses que podáis ofrecerle”.

Lauzun debía acompañarla hasta la corte. Seguramente él aún pensaba en volver a Inglaterra tras cumplir con la misión que se le había confiado, pero de camino a París llegaron noticias de que Jacobo había logrado escapar y desembarcaba por entonces en Francia. La reina no reprimió su alegría.

—¡Dios mío, soy la mujer más dichosa del mundo! —exclamó al enterarse.


Luis XIV y todos los cortesanos salieron a su encuentro en la llanura de Saint-Germain, donde ella misma presentó a su libertador. El rey deparó a Lauzun el mismo cálido recibimiento que a la reina, y le autorizó a aparecer por la corte. La emoción de Lauzun fue inmensa. En su primera entrevista con Luis, arrojó al suelo guantes y sombrero y se postró de rodillas ante él. El rey le ordenó levantarse, pero Péguilin replicó que no lo haría hasta haber obtenido su perdón. Luis, de buen talante, respondió que no sólo lo perdonaba, sino que volvía a gozar de su aprecio y favor. Como prueba de ello, lo condujo a su gabinete privado y permaneció hablando con él por espacio de una hora.

Su estrella volvía a brillar. Para horror de los ministros, y en especial de su enemigo Louvois, se le prometió alojamiento en Versalles. Pero aún con mayor resentimiento recibía la noticia Mademoiselle de Montpensier, llena de amargura y rencor hacia el hombre que una vez tanto había amado. Cuando Seignelay llegó a su palacio del Luxemburgo para transmitirle las noticias, Mademoiselle se enfureció y exclamó:

—¡Ésta es, pues, la gratitud que merece cuanto he hecho por los hijos del rey!

Estaba tan arrebatada por la rabia que su discurso apenas era coherente, y Seignelay no podía seguirla. Lo único que sacaba en claro era el intenso resentimiento que sentía hacia Lauzun. Cuando logró calmarse un poco, Mademoiselle habló de lo infame que había sido el trato que había recibido de él, después de todo lo que ella había hecho en su favor. Dijo que esperaba que al menos el rey continuara prohibiendo que Lauzun apareciera cuando ella estuviera presente, porque no estaba dispuesta a volver a verlo.

Y todo el mundo en la corte apoyaba las palabras de Mademoiselle de Montpensier, como si odiaran y temieran al mismo tiempo al imprevisible Lauzun.


sábado, 31 de mayo de 2014

Jugando a Sir Lancelot


La alegría de Lauzun fue inmensa cuando la reina de Inglaterra le entregó la carta de Luis XIV. En ella decía que el servicio que había hecho le obligaba a olvidar cualquier pasado agravio, que esperaba que también Lauzun olvidara y que deseaba que acompañara a la reina cuando hiciera su entrada en la corte, pues estaba ansioso por verlo. Y luego hacía el siguiente comentario: 

Ha transcurrido mucho tiempo desde la última vez que Lauzun vio mi caligrafía. Estaba muy acostumbrado en el pasado, y creo que será una gran alegría para él volver a verla.

El marqués de Puyguilhem y conde de Lauzun apenas se atrevía a creer que lo hubiera conseguido. Cuando parecía que su nombre ya estaba enterrado para todos los miembros de la corte, aún le aguardaban grandes honores. Unos años más tarde, en 1692, su condado se erigiría en ducado, y a partir de esa fecha sería duque de Lauzun.

Para no dar un paso en falso, escribió una carta a Seignelay adelantándole sus planes acerca de la organización de todo el asunto y solicitando confirmación sobre la buena disposición de Luis. Recibió la siguiente respuesta:

“Acabo de leerle al rey vuestra última carta, y Su Majestad continúa aprobando lo que habéis dispuesto con respecto a la reina de Inglaterra. Puedo aseguraros, señor, y deciros con sumo contento que seréis bien recibido cuando vengáis, y que las intenciones del rey son tan favorables como las vuestras”.


Pero al mismo tiempo las cosas no iban del todo bien para él en Calais, porque Charost y Lauzun discutían continuamente, algo que no favorecía al marqués. Los largos años en prisión parecían haber minado su capacidad de autocontrol. El gobernador continuaba poniéndole obstáculos y llevándole la contraria en todo. Había cerrado las puertas de la ciudad y dio órdenes de que no se proporcionara a los fugitivos caballos de posta hasta recibir instrucciones de París. Y cuando Lauzun quiso que se denegara el permiso al capitán del navío para regresar a Inglaterra, Charost anunció que había recibido órdenes de no mostrar violencia hacia los ingleses, así que lo único que podía hacer era entretener al capitán y tratar de persuadirlo para que se quedara. Para disgusto de Lauzun, el inglés insistió en zarpar y regresó a su tierra sin más demora.

Mientras tanto la reina llevaba una vida sumamente retirada. Había caído en un estado de profunda depresión, aunque en público lograba aparentar tranquilidad. Lauzun la acompañaba durante su primera visita tras desembarcar en Francia, cuando asistió a una misa de los frailes capuchinos. María de Módena confiaba en su salvador y sentía por él un sincero afecto. El marqués, por su parte, admiraba a esta mujer que se había mostrado a sus ojos afectuosa, valiente y tranquila en la desdicha.


Poco después María recibía la noticia del arresto de su esposo. Su preocupación era una auténtica agonía al pensar que Jacobo iba a tener el mismo final que había tenido su padre, el rey Carlos I.

Y entonces volvió a brillar ese rasgo caballeresco de Lauzun. A pesar de que había alcanzado al fin aquello que durante largos años había deseado, quería dejarlo todo, renunciar al recibimiento que le aguardaba en la corte y arriesgar de nuevo su vida regresando a Inglaterra para salvar a su amigo o compartir su suerte. 



viernes, 23 de mayo de 2014

El triunfo de Lauzun

María de Módena

Los fugitivos acogieron con enorme alivio la noticia de que los cañonazos anunciaban la retirada de las fragatas británicas que Lord Dartmouth había puesto para proteger la desembocadura del Támesis. Sin embargo, durante todo el tiempo que permanecieron anclados, el peligro persistió. La flota holandesa estaba en el canal, y de hecho el navío de Guillermo de Orange pasó tan cerca que todos pudieron oír las campanas que llamaban a la oración.

Pero finalmente lograron continuar la travesía y, ya a la vista de la costa francesa, el capitán le dijo a Lauzun que había sabido todo el tiempo cuál era la verdadera identidad de los pasajeros, y que se sentía orgulloso de haber contribuido a la salvación de la familia real inglesa.

Eran las 9 de la mañana del 21 de diciembre cuando el barco llegaba a Calais. La reina deseaba permanecer en el más estricto anonimato, de modo que envió a Lauzun para que llevara el asunto con toda discreción. Este desembarcó y se dirigió a Charost, el gobernador, que era conocido suyo, solicitándole alojamiento para dos damas que habían escapado con él de Inglaterra. El duque de Charost accedió, aunque, curioso, trató de que le fuera revelado el nombre de las dos mujeres. Tras alguna vacilación, finalmente Lauzun decidió confiarse a él y le confesó que una de ellas era la reina de Inglaterra, añadiendo que era expreso deseo suyo el no ser reconocida, por lo cual no debería recibir honor ni consideración especial alguna.

María de Módena

Al principio Charost no daba crédito a la historia. Una vez se persuadió, insistía en enviarle unos guardias a María de Módena y despachar rápidamente un correo a Luis XIV para informarle de la llegada. Esto causó la irritación de Lauzun, que se quejó de que así lo estropearía todo.

El gobernador era sumamente obstinado. Le anunció con terquedad que se limitaba a cumplir con su deber, y que era indispensable proceder de tal forma. Lo único que obtuvo Lauzun fue autorización para enviar él también otra carta.

Se puso a la tarea lleno de agitación y ansiedad y redactó un conciso mensaje para Seignelay. En él decía que se había comprometido con el rey de Inglaterra, bajo juramento, a entregar personalmente al Príncipe de Gales y a la reina en manos del rey de Francia. Le comunicaba que no se le permitía hacerlo, y explicaba quién se haría cargo de ambos en adelante. Esperaba de Seignelay que se lo comunicara así a Jacobo, y que éste le dispensara del juramento hecho.

Mientras tanto María de Módena escribía a Luis XIV intercediendo por su liberador. Decía que en medio de su alegría por verse a fin a salvo bajo la protección del rey de Francia, tenía la pena de no poder conducir hasta él al hombre al que debía su salvación y la de su hijo.

Luis respondió diciéndole que se sentía igualmente obligado hacia Lauzun, y que estaba deseando mostrar su gratitud recibiéndolo y devolviéndole el favor en que lo había tenido en otro tiempo.

El tenaz Péguilin había logrado rehabilitarse a sus ojos.


lunes, 19 de mayo de 2014

Sin que sirva de precedente


Aunque ya he publicado la crónica de la presentación de "Mujeres en la historia" en mi otro château, aquí la tienen también los seguidores de la corte. Les parecerá extraño verme sin mis vestidos barrocos. Esto no servirá de precedente; en adelante volveré a vestirme comme il faut y a ponerme el antifaz. Ustedes me harán la merced de olvidar que me han visto de esta guisa.


Al fondo, Curto y yo antes de comenzar. Ya había ido llegando bastante gente no solo de Gijón, sino que también venían desde Oviedo y Avilés. Aunque algunos, por razones laborales, no lo lograron hasta cerca de las siete y media, fue suficiente para que pudieran presenciar buena parte del acto y llevarse a casa su ejemplar dedicado. Agradezco y valoro enormemente su esfuerzo por conseguir estar. 


Me llevo un montón de buenos recuerdos e incontables achuchones, abrazos de oso, besos a destajo y efusiones varias, todo ello reflejo del auténtico entusiasmo con el que fuimos acogidos. 

Y es que la antología está teniendo tanto éxito que YA VAMOS POR LA SEGUNDA EDICIÓN. ¡Y eso que aún no ha llegado a todas partes!


Muchísimas gracias a nuestro editor, Miguel Ángel de Rus, por haber confiado en mí, tanto para éste como para otros proyectos de la editorial; a la librería La Central de Gijón, por facilitar nuestra labor con una organización perfecta; a Curto, por haber tenido la generosidad de presentar conmigo la obra, y, por supuesto, a todos aquellos que asistieron a un momento precioso. Mi mayor recompensa fue ver en sus rostros cómo también ellos estaban disfrutando de la fiesta. Y luego algunos optaron por continuarla con una sidrina en la vecina plaza del ayuntamiento.



sábado, 10 de mayo de 2014

Los peligros de la fuga

Bonnie Prince Charlie

Afortunadamente para los fugitivos, los guardias no alcanzaron a oír los gritos de sus perseguidores, y el carruaje pudo continuar su camino sin ser detenido. Pero no terminaban ahí sus penalidades: un poco más adelante un carro les disputó el paso, hasta que tuvo que ser apartado por los jinetes que seguían al coche.

Los viajeros optaron por mantenerse fuera de la ruta habitual y seguir por caminos menos transitados, para disminuir así las probabilidades de ser reconocidos y el riesgo de dejar alguna pista. Cuando finalmente llegaron a las proximidades de Gravesend, tres capitanes irlandeses acudieron a su encuentro. Iban a embarcarse con ellos, preparados para hacerse cargo del navío si el capitán inglés daba muestras de reconocer a la reina y no estar de su parte. De ser así, el capitán sería arrojado por la borda.

El barco había sido dispuesto para que una italiana que atendía al nombre de Donna Vittoria Montecuccoli viajara con su séquito a Francia. Lauzun subió el primero a bordo y ofreció una fuerte suma de dinero al capitán si aceptaba que unos fugitivos franceses se unieran al grupo. Al mismo tiempo le dio conversación para distraerlo todo lo que pudo mientras la reina y el Príncipe de Gales subían a bordo. Donna Vittoria, que había llegado antes, representaba su papel tratando a María de Módena como si fuera su hermana, y regañándola en presencia de todo el mundo por haberla hecho esperar tanto.

El grupo de fugitivos se componía en total de 23 personas, todos dispuestos a asesinar al capitán antes que arriesgar la vida de la reina y del pequeño príncipe. Al principio el viento era favorable, pero al anochecer fue necesario echar el ancla debido a la fuerza de la tormenta que se desencadenó, y que hizo temer que el navío fuera arrojado contra la costa.

Tuvieron que permanecer anclados durante un tiempo que hubiera sido precioso para ponerse a salvo. Al cabo de unas horas Lauzun escuchó con desesperación cómo se disparaban dos cañones…