viernes, 4 de septiembre de 2015

La madre de la dama

Charlotte Marguerite de Montmorency

Apenas comenzaba el año 1609 cuando el rey Enrique IV, al atravesar uno de los corredores del Louvre, se encontró con un ramillete de damiselas de la corte que practicaban los pasos de un ballet. Eran, en aquel momento, ninfas de Diana, armadas para la cacería. El duque de Bellegarde, que acompañaba al rey, le hizo reparar en una jovencita de unos quince años, especialmente digna de admiración entre todas ellas. Bellegarde informó a Enrique: la joven era Charlotte Marguerite de Montmorency, hija del condestable de Montmorency.

De pronto, ante una concertada señal, las ninfas alzaron sus jabalinas e hicieron ademán de arrojarlas contra ellos. Enrique se hallaba situado justo frente a Charlotte cuando ella ejecutó aquel movimiento, con tal gracia que el rey se declaró realmente herido en el corazón y a punto de desvanecerse.

Aquel ballet se había convertido ya en fuente de disgustos para la reina, María de Médicis. Enrique había sostenido la pretensión de que su amante por entonces, la condesa de Moret, tomara parte en él, mientras su esposa mostraba igual determinación en oponerse. La reina, naturalmente, no tuvo más remedio que rendirse ante la voluntad del soberano, y mostró su disgusto encerrándose en sus apartamentos sin querer asistir a los ensayos. No fue una buena idea, pero no podía adivinar que de aquellos ensayos aún habrían de surgir problemas mayores para ella.

Charlotte era, según testimonios de sus contemporáneos, una mujer de extraordinaria belleza. Madame de Motteville asegura que continuó siendo una de las damas más hermosas de la corte hasta el día de su muerte, y que despertó sincera admiración incluso tras perder la juventud. “Era rubia y blanca, de ojos azules y una belleza perfecta. Su porte era digno y lleno de majestad, y toda su persona, puesto que su trato era encantador, siempre agradaba, excepto cuando ella misma lo impedía mostrando un rudo orgullo lleno de amargura hacia aquellas personas que no le gustaban”. Entonces cambiaba por completo y, con la misma facilidad que inspiraba amor, podía convertirse en odiada.

François de Bassompierre

Poco después de aquel encuentro, Enrique sufrió un ataque de gota. Varias damas de la corte acudían a visitarlo, y entre las más asiduas se encontraba Diana de Francia, duquesa de Angulema, hija natural del difunto Enrique II y casada con el hermano mayor del condestable de Montmorency. Durante estas visitas, la duquesa iba siempre acompañada de su sobrina, Charlotte. El rey contaba ya 55 años, pero continuaba siendo el mismo picaflores que cuando tenía 20, y desde el principio mostró un excesivo interés por la jovencita, un asunto que iba a acabar llegando mucho más lejos de lo que él mismo imaginaba.

Charlotte ya estaba prometida, con la aprobación de Enrique, a François de Bassompierre, un atractivo joven de Lorena que gozaba del favor del rey y era uno de los más notables seductores de la corte. De hecho, el matrimonio ya se habría celebrado unas semanas antes de no haberlo impedido una indisposición del condestable.

Ahora el rey decidió que esa boda no podía llevarse a cabo, porque quería a la dama solo para él. Era preciso romper el compromiso…



jueves, 3 de septiembre de 2015

Nuevo rumbo


Queridos cortesanos. Ante todo les pido disculpas por mi prolongada ausencia de la corte. Como algunos de ustedes ya saben, me encuentro inmersa en el último proyecto de M.A.R. Editor, la nueva antología de Mujeres en la historia, dedicada a la época de la Ilustración y de la que soy editora literaria. La tarea me mantiene ocupada, y a ello se suman algunas cuestiones de otro tipo que han venido a complicar mis días, pero nada de ello significa que vaya a abandonar la corte.

Les anuncio que en cuanto me sea posible, y espero que sea ya esta misma semana, retomaremos la historia, pero tras este paréntesis volveremos atrás para repasar la apasionante vida de algunos cortesanos que se nos han ido quedando en el tintero. Comenzaremos con una dama muy intrigante...

No diré más aún. 

Muchas gracias y hasta pronto.

martes, 11 de agosto de 2015

El complot del herrero (II)


El rey hizo que enviaran a Barbezieux a entrevistarse con aquel curioso personaje, pero entonces el herrero, en su papel de Juana de Arco, se echó a reír y preguntó si pretendían burlarse de él. Los cortesanos parecían intrigados ahora. “Lo que más sorprendió fue que un herrero, que acababa de llegar de un lugar de donde jamás antes había salido, no deseara entenderse con Barbezieux, alegando que él había solicitado ser enviado a un ministro de Estado, cosa que no era Barbezieux. Añadió que no hablaría más que a un ministro”. 

Luis envió esta vez a Pompone. Ambos mantuvieron una larga conversación que obtuvo los frutos deseados: al día siguiente el rey se entrevistaba con el herrero. Saint-Simon nos hace un detallado relato: “No se escondió para ello, pues lo vio en su despacho. Algunos días después lo volvió a recibir; ambas entrevistas duraron aproximadamente una hora y el soberano tomó la precaución de que nadie estuviera en las proximidades. Al día siguiente de la primera entrevista ocurrió que, mientras descendía para salir de cacería, M. de Duras, que gozaba de la confianza real hasta el punto de poder expresarse libremente, mantuvo una opinión despectiva sobre el herrero, en el sentido de que, o bien el rey estaba a punto de perder su buen juicio o bien aquel hombre estaba loco. Al oír esto, el soberano, que estaba en su compañía, se detuvo y dirigiéndose al mariscal de Duras dijo:

“—Pues bien, he perdido el buen juicio, pues además de haberle escuchado largamente, me ha hablado con inteligencia. Os aseguro que se encuentra muy lejos de la locura.

“Estas palabras fueron pronunciadas con tal gravedad y profundidad que sorprendieron a los asistentes, que se aprestaron inmediatamente a seguir contemplando los hechos con las orejas y los ojos bien abiertos.”

No era para menos. Luis había llegado a la conclusión de que no estaba en presencia de un loco visionario, sino de alguien que sabía bien lo que hacía y que seguía un plan preconcebido.


Durante la segunda entrevista, el herrero mostró sus bazas y se atrevió con la historia. Le habló de aquel incidente ocurrido en el pasado y que supuestamente solo Luis conocía, y a continuación le narró cómo Dios enviaba a la pobre María Teresa, muerta hacía catorce años. El rey escuchó cómo ella se le había aparecido vestida con ese estilismo que parecía inspirado en un cuadro de Murillo. Al parecer la muerte cambiaba mucho el carácter de las personas: la difunta reina de Francia, en vida tan dulce y discreta, decidía ahora aparecerse en las inmediaciones de Marsella y hablar con un herrero al que amenazó reiteradamente si no le repetía el misterioso mensaje que, ya puestos, podría haberle dado al propio Luis sin necesidad de intermediarios ni complicaciones. 

Y ahí se acabó todo. El rey dio por finalizado el asunto y Francisco Michel regresaba a Provenza. Aunque vivió aún casi treinta años, jamás regresó a Versalles.

La cuestión estriba en conocer el contenido de aquel supuesto mensaje. “Ningún ministro ha querido desde entonces hablar de ello. Amigos íntimos han intentado una y otra vez obtener alguna noticia, pero todos ellos, con idéntico lenguaje, han dado la vuelta al asunto, bromeando, sin aclarar un solo punto.”

Los cortesanos comenzaron a especular. Algunos se mostraron convencidos de que todo había formado parte de un plan para que Madame de Maintenon pudiera ser reina. Decían que ella estaba detrás del complot, con la complicidad de una amiga de la infancia, Madame Arnoul, esposa del intendente de marina en Marsella.

“La visión y encargo para el rey fue un tejemaneje de esta mujer, y el asunto del que fue informado el herrero de Salon no era otro que obligar al rey a declarar a Madame de Maintenon reina de Francia.”

Liselotte comparte esta opinión. En una carta del 21 de septiembre de 1715 dice: “Siempre he creído que la aventura del herrero era una historia arreglada por esta dama, pues no existe nada más artificioso”.

Todo en vano. Madame de Maintenon continuó siendo la esposa, pero no la reina.


sábado, 8 de agosto de 2015

El complot del herrero


En la localidad de Salon vivía un herrero llamado Francisco Michel, cuya familia materna estaba emparentada con la de Nostradamus. Era hombre piadoso, y acudía con frecuencia a una capilla situada en las afueras, en la ruta de Marsella. Saint-Simon nos relata una curiosa aventura con la que se pretendió realizar una hábil maniobra destinada a convertir en reina a Madame de Maintenon. Según su relato, una tarde, al regresar de sus devociones, el herrero se vio envuelto en una luz intensa junto a un gran árbol. De pronto se le apareció una hermosa mujer, rubia y vestida de blanco, que sujetaba una antorcha en la mano. Lo llamó por su nombre y afirmó ser la difunta reina María Teresa. El hombre, espantado, quiso emprender la huida, pero la visión, que no se sabe si podía ser tocada pero parece que sí podía tocar, lo retuvo por los hombros y le anunció que acudía nada menos que en nombre de Dios. Le dijo que debía acudir a Versalles y entrevistarse con el rey, y para que Luis estuviera bien cierto de que la misión que lo llevaba hasta allí era realmente divina, le contaría un episodio que solo él conocía: treinta años atrás, mientras cazaba un ciervo en el bosque, Su Majestad había encontrado un ser sobrenatural que encabritó su caballo mientras le instaba a abandonar su vida escandalosa.

Después susurró en su oído el mensaje que debía transmitirle, pero advirtiéndole que solo debía decírselo al rey en persona. Si osaba desobedecer o no cumplía adecuadamente con su cometido, sería castigado con la muerte.

El herrero, según sigue contando Saint-Simon, “se comprometió, desapareciendo inmediatamente la reina y dejándolo en la oscuridad. Sin saber si soñaba o estaba despierto, se apresuró a regresar a su casa convencido de que todo era ilusión o locura, por lo que se abstuvo de hacer relato de ello a nadie.

“Dos días después, pasando por el mismo lugar, la revelación se repitió y se renovaron las mismas peticiones. Seguramente las amenazas se reiteraron incrementadas a causa de su indecisión. La imagen insistió en la necesidad de trasladarse a Versalles, pasando previamente por el intendente de la región, quien, a la vista del relato, proporcionaría los medios necesarios para el viaje.”


Pero el herrero no lograba reunir la audacia suficiente para desempeñar su cometido. Por un lado le decían que moriría si no lo hacía, pero por otro temía que Luis lo hiciera colgar si se presentaba ante él con la historia. Al cabo de ocho días, “se decidió finalmente a no hacer el viaje; pero pasando una vez más por el mismo lugar, vio y oyó las mismas cosas, unidas a amenazas tan terribles que ya no deseó más que partir. Dos días después fue a encontrar en Aix al intendente provincial, quien, sin dudar, le exhortó a proseguir viaje, dándole con qué tomar el vehículo público”.

Francisco Michel llegaba a Versalles el 9 de abril de 1697. Al solicitar hablar en privado con el rey, todos se rieron de él, pero no dejó que esto lo desanimara, sino que regresó cada día con tal insistencia que Luis XIV acabó por ser informado. En vano, pues el rey se negó a recibir a un hombre que ni siquiera comunicaba cuál era el asunto del que quería hablarle.

El herrero dijo que le contaría “cosas secretas, conocidas solo por su conciencia”, en lo cual vería Su Majestad una señal divina.

Naturalmente no fue lo mejor para hacer que Luis cambiara de opinión.

Viendo que el rey persistía en su negativa, Francisco propuso que le enviara a uno de sus ministros…


viernes, 31 de julio de 2015

Émilie de Choin, segunda esposa del Gran Delfín (II)

Châteu de Meudon

Los complots proliferaban en los salones de Versalles, y Émilie se vio implicada en uno de ellos, lo que causó un nuevo alejamiento de la corte. Fue enviada a la abadía de Port-Royal, pero pronto obtiene autorización para salir y alojarse con una prima suya. El Delfín, mientras tanto, continúa asediándola, por lo que Émilie decide mudarse en secreto al Faubourg Saint-Jacques. A Luis le lleva un tiempo encontrar su nuevo domicilio, pero cuando al fin da con ella y se presenta ante su puerta, su amada había abandonado la casa para evitar el encuentro. Pacientemente, el Delfín aguarda en la calle durante buena parte de la noche, hasta que ella regresa.

Las noticias no tardan en llegar al rey, quien, para atajar un asunto que empezaba a ser preocupante, decide enviar a Émilie a un convento de provincias. Pero Madame de Maintenon hace que mude de parecer. La virtud de la que había hecho gala la dama al resistir con tal tenacidad los avances del Delfín le habían granjeado su estima, y Françoise hizo ver al rey que no había motivo para alejarla. Puesto que no había ninguna relación pecaminosa entre ellos hasta ese momento, sería difícil que el joven pusiera sus ojos en otra muchacha con más méritos. Si debía haber una, mejor que fuera ella.


Émilie se percata de que los sentimientos de Luis eran sinceros. Comprende que es amada, y no simplemente deseada, y accede a recibirlo. Pero, antes de ir más lejos, solicita el permiso del rey. Ambos volverán a encontrarse en el château de Meudon. Allí vivirán plenamente su relación y recibirán visitas, pero nadie los verá juntos fuera de aquel lugar. El matrimonio, secreto y morganático, se celebró en Meudon en 1695. De su unión nació un hijo que no superó la infancia.

La nueva esposa ejercía una buena influencia sobre el carácter del Delfín. Si antes Luis era derrochador y cometía excesos a la mesa, ahora se modera, aparece más sosegado e inclinado a las obras piadosas. El rey y Madame de Maintenon, muy satisfechos, invitan a la pareja a Marly, pero ellos, siempre discretos, optan por no acudir para no suscitar la curiosidad de los cortesanos y animar las habladurías. Cuando era el rey quien acudía a visitarlos en Meudon, ella desaparecía con la misma discreción. 

Émilie nunca se mezclaría en política ni aceptaría ningún dinero. Su esposo, cuando iba a partir con el ejército, en previsión hizo un testamento en el que le atribuía una generosa renta. Ella rompió el documento y dijo que solo lo quería a él.
En 1711, cuando el Delfín cae enfermo, no puede permanecer a su lado. El catorce de abril se entera de su fallecimiento por un rumor que corre por el château. Émilie abandona el lugar y va a instalarse con una prima en compañía de una única servidora. El rey, agradecido, le concede una pensión anual que ella destinará en su mayor parte a obras de caridad.

Marie-Thérèse Émilie de Joly de Choin fallece durante la primavera de 1732, tan silenciosamente como había vivido.


jueves, 16 de julio de 2015

El mayor festival literario de Europa



El sábado 18 de julio a las 20h tendré el honor de estar con M.A.R. Editor en la Semana Negra de Gijón, el mayor festival literario al aire libre de Europa. 

Allí, en el espacio A Quemarropa, se hablará de novela negra y de la lucha de las mujeres contra el nazismo. Presentaré la antología Mujeres en la historia 2 junto a Miguel Ángel de Rus, Vera Kujareva, Pedro Antonio Curto y tres autores de género negro que también darán a conocer sus obras durante el transcurso del evento: Óscar Fernández Camporro, José Luis Caramés Lage y Salvador Robles Miras.


¡Os esperamos por el norte!

Y después nos tomaremos unos días de vacaciones. Regresaremos por aquí a finales de mes.



Hasta pronto.

Montserrat Suáñez


jueves, 9 de julio de 2015

Presentación de Mujeres en la Historia 2


El sábado 18 de julio a las 20h estaré en el festival literario conocido como la Semana Negra, en Gijón, para presentar Mujeres en la historia 2 con M.A.R. Editor. Participaré en un acto junto a distinguidos autores de novela negra: Camarés Lage, Oscar Fernández Camporro y Salvador Robles Miras. Y, por supuesto, estará Miguel Ángel de Rus en persona. Os espero a todos los que estéis por la ciudad, y a los que no lo estáis pero teníais pensado visitar la feria.


Montserrat Suáñez