lunes, 25 de mayo de 2015

Las hijas de Condé


El rey no era partidario de permitir que su hijo ilegítimo contrajera matrimonio y fuera origen de un nuevo linaje, pero Madame de Maintenon ejerció su influencia para ablandarlo y conseguir que cediera a las inclinaciones del joven duque de Maine. 

Se consideró la posibilidad de un compromiso con una hija de los duques de Orleáns, lo cual hubiera sido demasiado para la pobre Liselotte. Finalmente Luis resolvió casarlo con una hija del príncipe de Condé, y nieta, por tanto, del Gran Condé.

El príncipe se frotaba las manos ante tan brillantes perspectivas. Tenía tres hijas entre las que elegir, y Maine eligió a Luisa Benedicta, Mademoiselle de Charolais, que era la más atractiva y superaba un poco en estatura a sus hermanas, demasiado bajitas. Esto causó el disgusto de la hermana mayor, Mademoiselle d’Enghien, que había esperado ser la elegida. En realidad Mademoiselle d’Enghien también era una joven bonita e inteligente que deseaba encontrar esposo para escapar de la autoridad paterna, un poder que Condé ejercía con tiranía e incluso con malos tratos hacia la esposa y el servicio. La desdichada Ana María nunca lograría su objetivo: aunque se le buscaron otros candidatos, iba a fallecer soltera con solo 25 años. 

Las principales virtudes de la futura duquesa de Maine eran el ingenio y la sinceridad, pero tenía un carácter muy fuerte que controlaba a duras penas. En realidad la diferencia de estatura entre Luisa Benedicta y el resto de sus hermanas no iba más allá de dos o tres centímetros. Era tan bajita que en lugar de llamarla princesse du sang (princesa de la sangre), la llamaban poupée du sang (muñeca de la sangre). Liselotte era menos caritativa y la llamaba “pequeño sapo”. Pero claro, ya sabemos cómo era nuestra Liselotte. Por ella conocemos algunos detalles más acerca de su físico: se maquillaba en exceso, tenía hermosos ojos, un buen cutis y espléndido cabello, pero “es necesario que mantenga cerrada la boca; pues cuando la abre, la abre mucho, y muestra sus dientes irregulares”.


Muchas gracias a la revista Actualidad Literatura por su estupenda reseña de La corte del diablo:

"...Esta novela es una de las más divertidas que he leído nunca. La trama principal está llena de divertidas intrigas palaciegas que te harán reír muchísimo. A mí, personalmente, algunas escenas me han hecho estallar en carcajadas. Es, a la vez, una novela que explora los sentimientos y que pone de manifiesto lo más básico de la naturaleza humana. Tampoco está exenta de momento dramáticos. Suáñez crea escenarios de tensión realmente intensos, llenos de acción y emoción...."

Podrán acceder a la reseña completa en este enlace:



Aviso que el kindle vuelve a estar de oferta en Amazon.



martes, 19 de mayo de 2015

El mal bailarín


Al día siguiente al de la ceremonia de la boda, hubo otro gran baile en el que un cortesano tuvo el detalle de hacer el ridículo y causar la hilaridad de todos los presentes. Era hijo del conde de Montberon, antiguo teniente de los mosqueteros negros y protegido de Louvois. Al joven le habían preguntado si era buen bailarín, y él respondió afirmativamente, y con tales aires de suficiencia que hizo desear a todo el mundo a su alrededor que les diera ocasión de criticarlo. No iban a quedar defraudados.

El bailarín perdió el ritmo ya en los primeros pasos. Para disimular, intentó distraer la atención del público con movimientos afectados y elevando los brazos con extravagancia, con lo que solo conseguía hacer el ridículo. Los observadores, por respeto a la presencia del rey, intentaban contenerse, pero al final no pudieron más y reventaron en carcajadas. Como Luis tampoco fue capaz de reprimirse, todos se sintieron más libres para expresarse y terminaron aullando de risa.

Al día siguiente, en lugar de desaparecer discretamente, Montberon empeoró las cosas al tratar de disculparse diciendo que se había puesto nervioso debido a la presencia del rey, pero que en el próximo baile demostraría su destreza.

Tan pronto como se presentó la ocasión, los que estaban cerca se levantaron para hacerle corro, y los que se encontraban más lejos trataban de meter la cabeza para ver también el espectáculo. Las carcajadas fueron aún más sonoras, y hasta hubo aplausos burlones para el patán.

Montberon se rindió esta vez y desapareció de la corte para no regresar en mucho tiempo.

El miércoles de ceniza puso fin a las celebraciones, pero a partir de ese momento había que ocuparse en los preparativos de un nuevo matrimonio: el duque de Maine, también hijo del rey y de Madame de Montespan, deseaba casarse.


jueves, 14 de mayo de 2015

El matrimonio de los duque de Chartres


Para celebrar el compromiso del duque de Chartres con la hija del rey, hubo un gran baile en el que debutaba el duque de Borgoña, el mayor de los hijos del Gran Delfín. Días más tarde se firmaba el contrato matrimonial en el gabinete del rey y en presencia de toda la corte. Durante esa misma jornada se designó cuál sería el séquito de la futura duquesa de Chartres, con tanta ceremonia como si se hubiera tratado de una hija legítima del rey. Entre los caballeros el principal era Villars, hombre apuesto y galante y un magnífico espadachín que había pertenecido al servicio del príncipe de Conti. Villars, por su discreción, gozaba de las simpatías de Madame de Maintenon.

La mariscala de Rochefort fue nombrada dama de honor. Era una viuda, miembro de la Casa de Montmorency, mujer mundana, bella e inclinada a la galantería y las intrigas. Tuvo la rara habilidad de hacer amistad con cada nueva amante del rey, y cuando fue el turno de la princesa de Soubise, esta aguardaba en los aposentos de la mariscala, con las puertas cerradas, a que llegara el fiel Bontemps para conducirla discretamente hasta Luis. Igualmente fue amiga de Luisa de La Valière y de Madame de Montespan, y posteriormente de Madame de Maintenon.

Otra de las damas del entorno de Madame de Maintenon, la condesa de Mailly, también obtuvo un puesto de importancia junto a la duquesa de Chartres.


Con ocasión del matrimonio, Luis XIV regaló a su hermano el Palais-Royal, el lugar donde residía ya por entonces, pero que no era aún de su propiedad. Además el rey prometió un importante cargo militar para el novio y regaló cien mil libras al Caballero de Lorena por sus buenos oficios.

Francisca y Felipe se casaron el 18 de febrero de 1692 en la capilla del palacio de Versalles. La novia aún no había cumplido 15 años. La ceremonia fue oficiada por el cardenal de Bouillon, que unos años antes se había negado a tomar parte en el matrimonio de Mademoiselle de Nantes, hermana de Francisca, con el duque de Borbón. Su negativa le había valido el destierro, pero fue reclamado de nuevo en esta ocasión.

Tras la ceremonia se sirvió un banquete en la sala de los espejos, con la asistencia de todos los príncipes de la sangre. Además estuvieron presentes el exiliado Jacobo II de Inglaterra y su esposa María de Modena, quien esa noche fue la encargada de entregar la camisa de dormir a la recién casada. 

Madame de Montespan no fue invitada a la boda de su hija.


sábado, 9 de mayo de 2015

El anuncio del compromiso

Felipe II de Orleáns, duque de Chartres

Durante el invierno la corte dedicaba tres noches por semana a presenciar obras de teatro, y otras tres a celebrar reuniones, quedando el domingo libre. Durante estas reuniones, toda la corte se daba cita en el gran salón de siete a diez, hora en que el rey se sentaba a cenar. Después de la cena continuaban las diversiones, con música y mesas de juego y una de billar. Luis acudía con cierta frecuencia y hubo un tiempo en que también jugaba, pero había dejado de hacerlo. Él prefería pasar esas horas con Madame de Maintenon, trabajando con sus ministros.

Esa noche, al terminar la música, el rey envió a buscar a Monsieur, al duque de Chartres y a Mademoiselle de Blois. Chartres estaba jugando al ajedrez, y Francisca María también se encontraba entre los cortesanos. Era una jovencita muy tímida, y apenas comenzaba a aparecer en sociedad. Como no sabía nada de los planes que se urdían para ella, pensaba que su padre querría verla para reprenderla por alguna cosa, y estaba tan asustada que Madame de Maintenon tuvo que sentarla sobre sus rodillas e intentar sosegarla.

Cuando ella y Chartres salieron de su entrevista con el rey, se hizo el anuncio del compromiso. Los rostros de los cortesanos no podían ocultar su stupor mientras Liselotte se paseaba por la galería con Chateauthiers, pañuelo en mano, gesticulando y llorando con desconsuelo. Monsieur, mientras tanto, reanudaba el juego de cartas que había dejado interrumpido para acudir a la llamada de su hermano. Parecía avergonzado, y su hijo sumido en la desesperación. La novia no estaba más alegre; se la veía incómoda siendo centro de atención, y su semblante reflejaba tristeza. Era un magnífico matrimonio para ella, desde luego. Si el novio perdía, ella ganaba; pero Francisca comprendía perfectamente la situación y sabía lo que todos pensaban, incluido el novio. No eran cosas capaces de hacerla feliz.

Francisca María de Borbón, Segunda Mademoiselle de Blois

Durante la cena Luis se veía satisfecho. Se había quitado un peso de encima con la resolución de ese asunto; pero Liselotte continuaba derramando lágrimas de vez en cuando. No miraba a su hijo, cuyos ojos también estaban enrojecidos, ni tampoco a su esposo. Ninguno de los tres comió mucho esa noche. El rey trataba de ser amable con ella; la trataba con especial cortesía y le ofrecía cuantos platos le presentaban a él, pero su cuñada los rechazaba con una rudeza poco encubierta.

Cuando todos se levantaron de la mesa, Luis hizo una reverencia muy marcada a Liselotte, a lo que ella respondió con otra tan brusca y rápida que cuando él volvió a levantar la cabeza ella ya se había vuelto y le daba la espalda de camino hacia la puerta.

A la mañana siguiente, al acudir a misa del rey, Chartres se acercó a su madre para besar su mano como hacía habitualmente y, según la versión de Saint-Simon, fue en ese momento en el que ella le propinó el famoso tremendo bofetón, tan sonoro que se oyó a varios pasos de distancia.


sábado, 2 de mayo de 2015

La bofetada

Francisca María de Borbón, duquesa de Chartres 

Luis XIV se preocupaba por el futuro de sus hijas ilegítimas, y parte importante de esas cuitas era el asunto de concertar buenos matrimonios. Ya había casado a dos con príncipes de la sangre. Una de ellas era la princesa de Conti, ahora viuda y sin descendencia, habida de su relación con Luisa de La Vallière. La otra era la mayor de las hijas de Madame de Montespan. El rey la había casado con Luis de Borbón, “Monsieur le Duc”, primogénito del príncipe de Condé.

Madame de Maintenon no se mostraba menos ansiosa por encontrar buen acomodo a la progenie del rey, y por estas fechas pensaba que Mademoiselle de Blois, la segunda hija de Luis y Madame de Montespan, sería la esposa adecuada para Felipe, duque de Chartres. El proyecto era sumamente ambicioso, porque el duque era el único sobrino del rey. Hacía el número seis en el orden de sucesión a la corona, lo cual lo situaba muy por encima de los otros príncipes de la sangre. Si los anteriores matrimonios de las hijas del rey habían escandalizado al mundo, la indignación que despertaría este sería inconmensurable, y Luis no lo ignoraba. Por eso quería meditarlo cuidadosamente. Llevaba cuatro años dando vueltas al asunto, tanteando el terreno y dando tímidos pasos para su consecución.

La primera dificultad estribaba en los propios padres del novio. Monsieur era un hombre sumamente orgulloso de su rango, y seguramente se sentiría insultado con la propuesta. Su esposa, Liselotte, había recibido una estricta educación protestante que aborrecía los nacimientos ilegítimos y cualquier pequeño desvío del camino recto, y además estaba en posesión de un carácter fuerte y decidido del que cabía esperar toda clase de oposición al proyecto.

El Caballero de Lorena

Luis decidió recurrir al hermano del Caballero de Lorena, favorito de Monsieur. Ambos hermanos accedieron a hacer de mediadores y arrancarle el consentimiento al duque de Orleáns. Además el instructor del joven duque de Chartres, el futuro cardenal Dubois, debía su nombramiento al Caballero de Lorena, y demostró su gratitud persuadiendo a su pupilo de las bondades de dicho matrimonio. Era suficiente para que Luis se atreviera a seguir adelante.

Pero Liselotte no sería tan fácil de reducir. Barruntando lo que se cocinaba, mantuvo una conversación con su hijo y se mostró indignada. Logró arrancarle a Felipe la promesa de que nunca daría su consentimiento a semejante proyecto, y así el joven se encontraba entre la espada a la pared, queriendo complacer al mismo tiempo a su madre y a su preceptor y sin saber cómo hacerlo.

Un día Felipe entró en el gabinete del rey, que se hallaba en esos momentos a solas con Monsieur. El rey dijo a su sobrino que deseaba verlo casado, y que, en prueba del afecto que sentía por él, le ofrecía la mano de su hija, aunque no tenía intención de obligarlo, sino que lo dejaba decidir libremente. Pero Felipe, quién lo iba a decir, era por entonces un adolescente muy tímido, balbuceante ante la majestad del rey. Lo único que pudo hacer fue escaquearse del asunto delegando la responsabilidad en sus progenitores.

—Señor, el rey es el amo, pero la voluntad de un hijo depende de la de sus padres.

—Es muy acertado lo que decís —asintió Luis—, pero si vos aceptáis mi propuesta, vuestros padres no se opondrán. ¿No es así, hermano? —añadió volviéndose hacia Monsieur.

Felipe I de Orleáns, Monsieur

El duque de Orleáns asintió, de modo que solo restaba consultar la opinión de Liselotte, a la que llamaron de inmediato. Cuando se presentó en el gabinete, Luis la puso al corriente del asunto que debatían y le dijo que daba por sentado que no se opondría a lo que tanto su esposo como su hijo habían decidido. Ella, que contaba con la promesa que le había hecho el joven Felipe, pensaba que al menos él se habría negado. Al comprender que no había sido así, les dirigió una furiosa mirada a ambos.

—Si es lo que desean, nada tengo que decir —repuso con mal talante, y a continuación hizo una reverencia y se fue.

Su hijo salió tras ella para tratar de explicarle su conducta, pero Liselotte, con lágrimas en los ojos, se negó a escucharlo, le propinó una tremenda bofetada ante toda la corte y lo echó de sus aposentos. Cuando Monsieur llegó poco después, recibió más o menos el mismo trato, aunque sin bofetón.


domingo, 26 de abril de 2015

Vuestra Solidez


Luis XIV continuaba confiando en la sensatez de su esposa. Le consultaba todos los asuntos y no decidía hasta haber escuchado su parecer. Esto no significa que lo siguiera siempre, puesto que no interrumpió las dragonadas por más que ella se hubiera manifestado públicamente en contra.

Un día, durante una reunión del Consejo, el rey dijo a Madame de Maintenon:

—Se llama a los Papas Vuestra Santidad, a los reyes Vuestra Majestad, a los príncipes Vuestra Gracia, y a vos, señora, deberían llamaros Vuestra Solidez.

Y en adelante Luis solía llamarla así, para desconcierto de los embajadores extranjeros.

Si bien Madame de Maintenon poco o nada tuvo que ver con las dragonadas, sí se aprovechó de la desgracia de los hugonotes, como resulta patente en una de las cartas que dirige a su hermano en 1681:

“Emplead útilmente el dinero del que dispongáis. Las tierras en Poitou se consiguen por nada: la desolación de los hugonotes favorecerá aún más la venta. Podéis fácilmente estableceros a vuestro gusto…”.

Diez años más tarde el papel de Françoise sería decisivo a la hora de concertar el matrimonio de la Segunda Mademoiselle de Blois, hija de Luis XIV y Madame de Montespan. El elegido era un personaje fascinante, aunque en aquel momento se trataba tan solo de un adolescente de apenas 16 años. Hijo de Monsieur y de su segunda esposa, la Princesa Palatina, su juventud no impedía que se hubiera iniciado ya en la senda del libertinaje, según cuenta su propia madre:

“A los trece años mi hijo ya era un hombre. Una noble dama lo había instruído.”


jueves, 23 de abril de 2015

Feliz día del libro


Este año celebro con especial ilusión esta fecha, ustedes entenderán la razón. Y nada mejor para iniciar nuestra fiesta que pasar por el château de Valvert (nuestro Docmanuel) y leer la divertidísima reseña que ha escrito sobre La Corte del Diablo. Está narrada, en buena parte, por el propio protagonista de la novela, que da unas cuantas pistas sobre lo que encontrará el lector en sus páginas.

Me ha encantado el detalle, en especial porque Manuel consigue trasladarnos lo mucho que ha disfrutado con estas aventuras en otra corte que es al menos tan apasionante como esta.

Me alegra que le haya gustado, y le agradezco mucho el estupendo artículo, tan oportuno en un día como hoy, en el que celebramos el día del libro.

Lo encontrarán aquí:


Y ya saben que hoy, por ser la fecha que es, en Casa del Libro y El Corte Inglés tenéis un 10% de descuento. Y si lo encargan ustedes a través de las respectivas webs no se cobrarán gastos de envío:

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¡Feliz día del libro a todos!