Condé abandonó París para aliarse con España y someter a sangre y fuego la Guyenne. Dudó mucho antes de tomar esa decisión, pero finalmente venció sus escrúpulos y dijo lo siguiente a sus hermanos y demás líderes de la Fronda:
—Puesto que queréis la guerra, preciso será hacerla. Pero recordad, al menos, que he desenvainado la espada a mi pesar y que tal vez sea el último en volver a envainarla.
El mariscal de Hocquincourt envió a Mazarino ocho mil hombres con los que hacer posible su vuelta del exilio, unos soldados a los que el cardenal pagó con lo que quedaba de su fortuna personal. La hermana de Condé, Madame de Longueville también disponía de su propio ejército, y así parecía que se volvía a los tiempos medievales en los que cada señor tenía sus propios soldados.
Madame de Longueville
El regreso del cardenal reavivó la Fronda y el Parlamento puso precio a su cabeza. Por si fuera poco el Papa, que también lo detestaba, para fastidiarlo concedió el capelo cardenalicio a Gondi, que ahora por fin se convertía en el cardenal de Retz.
La cosa estaba al rojo vivo entre los propios rebeldes, debido, cómo no, a los devaneos de madame de Longueville. En esta ocasión la bella concedió sus favores a Nemours, para gran desesperación de su hermano Conti. En Burdeos, donde se encontraban, Conti estalló contra ella, según nos cuenta madame de Motteville, “con un ataque de ira y de celos más excusable en un amante que en un hermano”.
Mazarino, informado por sus agentes, seguía con ansiedad las maniobras del príncipe de Condé y desde su retiro en Brühl trataba de defender la corona del niño. Las cartas de amor que le envía a Ana en esas fechas están llenas de consejos políticos, escritos en clave. Cada mañana, o casi, la reina recibía su ración de ternura y directrices que le permitían luchar eficazmente contra la Fronda. Y así Ana, de acuerdo con el cardenal, jugó su baza en una atrevida maniobra para zanjar el asunto.
El 5 de septiembre de 1651 Luis XIV cumplió 13 años. Dos días más tarde se lo declaraba mayor de edad atendiendo a las circunstancias especiales que afligían al reino. Ya no había razón para protestar contra la regencia, porque a partir de ese momento el rey, en teoría, asumía el gobierno y no precisaba tutela.
La reina, los príncipes de la sangre, los duques, los pares y los mariscales acudieron a besar la mano del rey. Sólo Condé faltó. Encargó a su hermano Conti que llevara una carta en su nombre para justificar su ausencia. Pero esa carta nunca fue abierta.
Luis XIV
—¡Yo pereceré o Monsieur le Prince perecerá! —exclamó la furiosa Ana de Austria.
Luis XIV, con un manto bordado de flores de lis, se dirigió a caballo al Parlamento entre las aclamaciones del pueblo, para cumplir con la ceremonia.
—Señores, he venido a deciros que, de acuerdo con la ley de mi Estado, quiero tomar yo mismo la gobernación y espero de la bondad de Dios que sea con piedad y justicia.
Después de eso su madre debía devolverle simbólicamente sus poderes de regente, y entonces Luis la abrazó y le dijo:
—Señora, os agradezco los cuidados que os habéis tomado con mi educación y la gobernación de mi reino. Os ruego que continuéis prodigándome vuestros buenos consejos y deseo que continuéis a mi lado como jefe de mi Consejo.
El Parlamento había exigido de la regente dos declaraciones para mantener la paz: una reconociendo la inocencia de Condé y otra proclamando la culpabilidad de Mazarino y confirmando su exilio. El propio cardenal da instrucciones a Ana para que ceda en apariencia.
Una de las cartas que formaba parte de la correspondencia entre Ana de Austria y Mazarino durante el exilio de éste cayó en manos de la Fronda. Los rebeldes lo tomaron a gran escándalo y cubrieron de reproches a la reina. Le dijeron que parecía que Mazarino la hubiera embrujado, o que estuvieran casados. Ana se limitó a responder con el aplomo y la seguridad que mostraba en los momentos difíciles:
—El cardenal tiene en gran estima al Estado, al rey y a mí.
Pero la Fronda continuaba. Condé, que acababa de ser liberado, volvía con ganas de revancha. Se habían acabado los escrúpulos y las contemplaciones; ahora iría a por todas.
Gastón, el tío del rey, desempeñaba ahora las funciones del primer ministro. Su entorno le aconsejaba que encerrara a la reina en Val-de-Grâce, tomara a su sobrino bajo su protección y se hiciera proclamar regente. Era mucho pedir al pusilánime duque de Orleáns, incapaz de decidirse nunca por nada ni de comprometerse demasiado con un asunto.
Luis de Condé
Luis de Condé, por su parte, intentaba encontrar el medio de prolongar la mayoría de edad real hasta los 18 años (por entonces los reyes la alcanzaban a los 14). Hay que recordar que Condé era un príncipe de sangre real. Su abuelo y el de Luis XIV eran primos hermanos, y tal vez en alguna ocasión se le ocurrió la posibilidad de desplazar del trono a los niños y hacer que la Corona pasara a esa otra rama de los Borbón, de la que él era el cabecilla. Aunque por delante de él estaba Gastón, éste tenía una cierta edad y ninguna descendencia masculina, de modo que el siguiente sería Condé. Era difícil, sí; pero al menos podía lograr hacerse con la regencia si maniobraba bien. El problema es que el rey ya tenía 12 años, y en cuanto se lo declarara mayor de edad se acabaría la regencia. Por eso había que intentar retardar el momento.
El 31 de julio ocurrió un incidente que demuestra a qué grado de arrogancia había llegado Condé. El rey regresaba de darse un baño en el Sena, como tenía costumbre de hacer cada día, cuando se cruzó con el príncipe y su séquito. Luis de Condé lo saludó sin salir de su carroza, lo que era en aquel tiempo un insulto imperdonable e injustificado, casi un sacrilegio. El rey apenas podía contener su rabia.
—¡Si hubiera tenido a mis guardias cerca de mí, había dado un gran susto a Monsieur le Prince!
Condé no sólo no se disculpó, sino que declaró simplemente que él no había buscado aquel encuentro y que no creía que el tiempo fuera demasiado propicio para el baño de Su Majestad.
En una carta con fecha del 22 de agosto de 1651, Mazarino le confía a la reina lo siguiente:
Ni siquiera tengo el consuelo de escribiros con la libertad que desearía. No es poco alivio poder abrir el corazón a un amigo verdadero en tiempos de aflicción, pero, según tengo entendido, están intentando por todos los medios interceptar nuestras cartas, de modo que sería un acto de gran imprudencia arriesgarse a mencionar cualquier cosa de naturaleza privada; es tiempo de sufrimiento para ambos, y debemos soportarlo. Ojalá Dios hubiera querido que sólo yo padeciera esta pena, y que a 22 [el número que representaba a la reina] le hubiera sido evitada…
Cuando el cardenal tiene conocimiento de la declaración que el rey y la regente se han visto obligados a hacer ante el Parlamento, decretando su exilio perpetuo, escribe una carta llena de desesperación. Está fechada el 26 de septiembre:
Diez veces he tomado la pluma en mi mano sin haber sido capaz de escribiros, y estoy tan fuera de mí con el golpe recibido que no sé si las palabras que escribo tienen algún sentido. El rey y la reina me han declarado traidor. Mi espíritu ya no halla el reposo. Estoy seguro de que en cuanto la reina conozca el deplorable estado al que me veo reducido se llenará de compasión, ¡pero eso no impedirá que toda Europa se entere, dentro de quince días, de que el cardenal Mazarino es el más abominable de los hombres! Os juro que en el estado en que me encuentro me avergüenza incluso aparecer ante mis servidores. Ya no duermo. De hecho, apenas me reconoceríais. Está en manos de la reina tomar de inmediato las medidas oportunas para impedir que esta noticia se extienda. Cuento entre mis desgracias el verme obligado a importunarla, pero ¿qué otra cosa puedo hacer? ¿A quién más puedo exponerle mis cuitas?
Veo que responde a lo de 61 (Siron) y dice que él y 35 (Madame d’Aiguillon) son mis mayores enemigos, y que trabajan junto con 57 (Chavigny), y con acceso a * (símbolo del presidente Viole), y que hay grandes cábalas en la corte. También que se ha sugerido que 26 (Mazarino) debería viajar a Roma. Sin embargo mantengo mi palabra de que nada puede alterar mi amor hacia P (la reina) ni aunque firmara mi condena a muerte. Y estoy convencido de que ella alberga los mismos sentimientos hacia mí, y soy siempre su devoto servidor, con la misma pasión de antaño. Hasta mi último aliento soy **, y un millón de veces **, y mi mayor alegría es saber que estos sentimientos no os disgustan, y que vos sois siempre **.
El 22 de octubre el cardenal escribe una carta que ha sido citada muchas veces en apoyo a la teoría de que él y Ana de Austria habían contraído matrimonio secreto. Éste es el párrafo:
Estoy convencido de que el corazón de la reina y el mío están unidos por lazos que no pueden ser deshechos ni por el tiempo ni por los esfuerzos de los hombres. He visto una carta de la reina en la que me decía que su último pensamiento sería para mí. No podéis imaginar de qué modo permanece ese sentimiento por siempre en mi corazón. Dios debe haber inspirado esas palabras, pues en aquel momento me hallaba yo en un estado de extrema postración y necesitaba ayuda. Es extraño verme casado y separado al mismo tiempo, y siempre perseguido por tantos obstáculos como se ponen a este matrimonio. Espero, al menos, que nada me impida ver a quien me es más querida que mi propia vida.
De Chauvigny fue recibido en la corte como futuro primer ministro en ausencia de Mazarino, para gran disgusto de Châteauneuf, que había esperado obtener el cargo. Pero la reina sentía un gran desagrado hacia él. El momento más amargo para Ana probablemente fue cuando se vio obligada a escribir un documento estableciendo que el rey, la regente, asistidos por el duque de Orleáns, los príncipes, los duque y pares del reino, deseaban hacer constar la resolución que habían tomado de que el cardenal Mazarino debería ser desterrado de Francia para siempre.
Ana se sentía desamparada sin el hombre que había sido su único apoyo durante esos tiempos difíciles. Temía no ser capaz de afrontar en solitario los problemas que se agolpaban. Pero el cardenal, aun en la distancia, le procuraba su guía y consejo mediante una abundante correspondencia. Mazarino continuaba moviendo los hilos.
Las cartas que le dirigió a la reina durante este periodo arrojan más luz que cualquier otro documento sobre lo íntima que era la relación entre ambos. Fueron escritas parcialmente en clave cifrada, pero en 1836 se publicaron con la clave que las hacía inteligibles. La edición fue autorizada por el Consejo de la Sociedad de la Historia de Francia, lo que garantiza su autenticidad.
No cabe la menor duda de que las cartas de Mazarino son las de un amante, y no las de un mero primer ministro. La clave, que sólo Ana poseía, no era muy complicada. Mazarino habla, por ejemplo, por ejemplo, de aquellos que constantemente ponen obstáculos en su camino para que ella le olvide y no vuelvan a reunirse nunca, dice que su odio hacia ellos es proporcional al amor que le tiene a la reina, y que se equivocan si esperan lograr algo con una separación tan prolongada.
…Creo todo cuanto me escribís acerca de vuestro cariño, pero mejor opinión tengo aún del mío, que me reprocha incesantemente el no daros suficientes pruebas de su sinceridad, y me llena de ideas extrañas y me hace idear un sinfín de planes locos y temerarios para reunirme con vos. Si no los llevo a cabo es porque unos son imposibles y otros me producen temor de dañaros. De no ser por eso abandonaría toda precaución y hubiera tentado ya mil vidas sólo por veros una vez más. Si nuestras desdichas no encuentran un rápido remedio, no respondo de conservar la cordura hasta el final, pues una pasión como la mía no puede contenerse…
Pero, ¡oh!, qué injusto soy al decir que vuestro amor no puede compararse al mío. Ruego mil perdones. Vos hacéis más por mí en este momento de lo que yo podría hacer por vos en cien años, y si pudierais daros cuenta de cómo me conmueven las palabras que escribís, por piedad omitiríais algunas de ellas, pues me desespera contar con tan tierno y constante afecto mientras estoy condenado a permanecer ausente de vuestro lado.
Todo lo que me contáis sobre el Confidente [el rey] me encanta, y creo de veras que al final recibiremos satisfacción, pero honestamente os digo que si mis asuntos no mejoran a ojos del Estado, temo que la buena voluntad del Confidente no servirá de mucho. Os aseguro que aquellos que os dan esperanzas respecto a mi regreso, y que os dicen que tengáis paciencia, trabajan en realidad para impedir la posibilidad de tal regreso…
Os escribo con más libertad de la usual porque sé que puedo enviaros esta carta con toda seguridad, pero me resisto a soltar la pluma, pues me hace muy feliz escribiros. Sin embargo, temo cansaros, así que ** [símbolos que significan el amor de Mazarino] adiós, hasta mañana. Sed siempre [símbolos que significan el amor de la reina] con el Amigo [el propio Mazarino] hasta la muerte.
La carta, enviada desde Brühl, tiene fecha del 11 de mayo de 1651.
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Quiero agradecer a monsieur René de Vignerot, a quien tengo el honor de contar entre las personas que visitan asiduamente esta página, que me haya enviado un ejemplar de la biografía de la cual es autor sobre la duquesa d’Aiguillon, sobrina del cardenal Richelieu. Su regalo tiene doble valor por cuanto es la única biografía existente sobre este personaje, si exceptuamos un trabajo bastante incompleto realizado a mediados del siglo XIX. Por todo ello, añado también mi felicitación por su importante labor, que viene a arrojar luz sobre una mujer incomprensiblemente olvidada. Estoy muy feliz ante tan amable y generoso gesto.
Monsieur René, encore une fois, merci de votre présence et de votre amitié.
“Ojala fuera siempre de noche, porque, aunque no puedo dormir, el silencio y la soledad me consuelan; porque al menos entonces no veo los rostros traidores de falsos amigos. Ah, madame de Motteville, ¿dónde estoy? ¿En qué lugar no estaría mejor que aquí? ¿Puede alguien sorprenderse de que ansíe tanto alejarme de esta ciudad?”
Así se lamentaba la reina tras aquella dura jornada en la que la muchedumbre no sólo había rodeado el palacio, sino que habían llegado hasta la alcoba en la que dormía el pequeño rey.
Los cabecillas de la fronda, además de Ana Gonzaga, eran por entonces Gondi, la inevitable madame de Chevreuse, la duquesa de Châtillon, los duques de Nemours y de Beaufort, y los presidentes Viole y Bellièvre. Los duques de Bouillon y La Rochefoucauld dudaban al principio, pero acabaron por sumarse a la revuelta. Entre todos hacían y deshacían, preparaban alianzas. Además del compromiso de mademoiselle de Chevreuse con el príncipe de Conti, el hijo de Condé iba a ser prometido a una hija de Gastón, aún niña como él.
Gondi, cardenal de Retz
Con respecto a Marie de Rohan, duquesa de Chevreuse, Mazarino había tenido ocasión de conocer antes de su exilio su nuevo cambio de bando. Marie le había dicho a la reina que consideraba su deber advertir a Su Majestad que la aversión que sentía la gente por el cardenal era tal que nada de lo que hiciera agradaría o sería apreciado, y que por consiguiente la reina continuaría siendo desdichada mientras lo mantuviera a su servicio. Ana de Austria, enojada, la despidió con cajas destempladas e informó a Mazarino de esa conversación. El cardenal, al enterarse, había arrojado el sombrero al suelo con gran furia, lanzando toda clase de maldiciones contra la perfidia de la duquesa.
En cuanto a Gondi, había permanecido en las sombras en medio de aquella tormenta que él mismo había provocado. Al ver que no había dado resultado la maniobra y que la regente logró manejar la situación, se presentó entonces en el palacio de Luxemburgo, la residencia de Monsieur. Su intención era la de persuadir a Gastón de que debía lanzarse un asalto contra el palacio real y apoderarse de la persona del rey, con el pretexto de que la huida del monarca significaría la ruina del reino.
Palacio de Luxemburgo
Monsieur ignoraba aún lo ocurrido la noche anterior, pues como siempre que estaba previsto que hubiera jaleo, se había encerrado en sus aposentos y había dado órdenes estrictas de que nadie entrara en la alcoba hasta después de las nueve. Gondi se entrevistó con él pasada esa hora. Gastón, como había pasado ya el peligro, se mostró dispuesto a colaborar en todo y a sumir sobre sí la responsabilidad del asunto. Volvía a estar a la cabeza de la Fronda, e incluso sancionó una orden que impedía al rey abandonar el palacio excepto si era escoltado por él mismo.
Gastón fue aclamado camino del Parlamento. Al entrar en la cámara anunció formalmente que había ordenado la inmediata puesta en libertad de los príncipes. Molé, el presidente del Parlamento, se levantó de su asiento y exclamó:
—Monsieur le Prince*, decís, está en libertad, pero el rey, el rey nuestro señor, permanece prisionero.
Estando Mazarino en casa del obispo de Colonia vino un caballero a hablarle en nombre del rey de España, que estaba muy interesado en tener al cardenal a su servicio y deseaba hacerle una generosa oferta. Después de todo Mazarino ni siquiera era francés, y puesto que además lo habían expulsado de Francia, nada le impedía aceptar y cambiar de campo. Pero no lo hizo.
—Terminaré mis días sirviendo a Francia de pensamiento si no puedo hacerlo de otro modo —respondió.
La reina, mientras tanto, parecía haber enloquecido. Concibió el proyecto insensato de ir al encuentro de Giulio. No podía vivir sin él. Así lo confesó a algunos íntimos, de modo que los frondistas no tardaron en estar informados de sus planes. Gondi, una vez más, alertó a la población y pidió a Gastón de Orleáns que hiciera cerrar las puertas de París para impedir que Ana de Austria abandonara la ciudad. Como Gastón, según era habitual en él, no se decidía, fue su esposa quien firmó la orden. Una marea de gente comenzó a rodear el palacio real.
Ante la amenaza que esto representaba, Ana mostró toda su astucia y reaccionó rápidamente. Mandó acostar al pequeño rey, que ya estaba vestido y preparado para el viaje, y a continuación ordenó a los guardias abrir las puertas principales y dejar entrar a todo el mundo. El pueblo se lanzó a los salones y ella, lejos de mostrar el menor asomo del temor que sentía, los acogió sonriendo.
—Os he hecho entrar porque los enemigos me rodean y no me siento segura más que entre vosotros —les dijo con todo su aplomo.
Con esas palabras consiguió desarmar a la mayoría, pero quedaba alguno que pedía cuentas de sus actos:
—Se nos ha dicho que tenéis idea de marcharos esta noche y que el rey ya está vestido para el viaje. ¿Es cierto eso?
Ana esperaba esta pregunta. Haciendo acopio de toda su sangre fría y temiendo que los latidos de su corazón resultaran audibles de tan fuerte como golpeaban contra su pecho, condujo a la gente hasta la habitación real. Tenía la garganta reseca, pues era consciente de lo decisivo de aquel momento y del peligro que entrañaba, pero seguía pareciendo sosegada cuando les mostró al niño.
Luis, con no menos aplomo, fingía dormir apaciblemente. Los manifestantes, impresionados y persuadidos, se retiraron despacio y en silencio.
Después de esta experiencia Ana de Austria comprendió que su apasionado amor por Mazarino había estado a punto de hacerla cometer un error enorme, y renunció a reunirse con él.