viernes, 18 de abril de 2014

La misión de Lauzun

Jacobo Estuardo, "El Viejo Pretendiente"

El Príncipe de Gales, de apenas seis meses, había sido enviado a Portsmouth, donde Jacobo II contaba con tropas irlandesas leales; pero el 15 de diciembre el rey escribía lo siguiente a Lord Dartmouth, quien se encontraba al mando de la flota:

“Creo que mi hijo no está seguro donde está, tal como van las cosas, y por tanto considero necesario trasladarlo lo antes posible. A tal fin he escrito a Lady Powis. Si el camino está despejado por tierra, utilizará esa vía, y he enviado tropas a su encuentro y ordenado a Lord Dover [el gobernador de Portsmouth] que se ponga al frente. Si las tropas del Príncipe de Orange se encuentran en el camino a Portsmouth, entonces debe venir por mar y en un yate, y vos debéis enviar el número de navíos que estiméis suficientes para acompañarlo hasta Margate... Debéis aseguraros de que salga con el primer viento favorable, ya que así no se enfrentará al peligro de que supone Herbert y sus barcos holandeses.”

Pero Lord Dartmouth no quiso permitir que el niño viajara por mar, declarando que, al considerarse responsable de su seguridad ante la nación, no tomaría parte en su salida de Inglaterra.

María de Módena

Esto causó un gran trastorno entre Jacobo y sus consejeros, pues ya se había acordado que la reina se reuniría con su hijo en Dover, y que harían juntos la travesía. La huida de la reina estaba prevista para el día siguiente, y apenas había tiempo para cambiar los planes. Al final la propia María de Módena sugirió que el niño fuera traído a Londres, para así poder estar junto a él. Tendrían que huir desde allí.

Mientras tanto Lauzun, a quien había sido confiada la arriesgada misión de conducir a la reina y al pequeño príncipe a Francia, se sumergía en una frenética actividad. Había despachado un correo a Luis XIV, solicitándole un puerto seguro para los fugitivos, algo que le fue concedido de inmediato. Él había anunciado públicamente que iba a abandonar Inglaterra, y dado instrucciones para que se aprestaran dos yates en Gravesend. Supuestamente uno era para trasladarlo a él y otro para una dama italiana.

A las once de la noche se reunió con Jacobo y decidieron que los fugitivos abandonarían el palacio de Whitehall por el jardín privado, a cuya puerta habría un carruaje aguardando. El coche los conduciría a Horseferry, donde encontrarían un bote y remarían por el Támesis hasta Lambeth.

Los preparativos tenían que ser muy minuciosos hasta en los más mínimos detalles. Si eran descubiertos, dado el estado de excitación en que se encontraba el populacho, podía significar la muerte para la reina y el niño, y posiblemente desencadenaría una masacre entre los franceses e italianos papistas que apoyaban su causa.



sábado, 12 de abril de 2014

La causa de los Estuardo

María de Módena


Lauzun se dirigió directamente a reunirse con el ejército en Salisbury. Para disgusto de los ingleses, adquirió gran peso en los consejos, un error más de Jacobo, que no tenía el menor tacto. Tendría que haber comprendido que, para ganarse las simpatías de los suyos, lo último que debía hacer era dar un papel tan preponderante a un hombre que no solo era un extranjero, sino precisamente súbdito de la odiada Francia. Pero es que en realidad el rey tenía poca elección, traicionado por todos. Tenía la impresión de que solo podía confiar en él, como explica Madame de Sévigné:

“El rey de Inglaterra es traicionado continuamente, incluso por sus propios oficiales; no tiene a nadie excepto a Monsieur de Lauzun, y no se separa de él”.

Mientras tanto el marqués enviaba mensajes a Luis XIV relatándole fielmente la marcha de los acontecimientos. Estos se desarrollaban con rapidez, y pronto Lauzun se vio envuelto en un asunto que uniría indisolublemente su destino al de los Estuardo.

Casi todo el país era partidario del Príncipe de Orange. Jacobo, después de escapar al peligro de ser entregado por Lord Churchill en manos del invasor, se retiró a Londres. La corte estaba consternada, y los consejeros no se ponían de acuerdo acerca de lo que convenía hacer. La mayoría opinaba que la reina y el Príncipe de Gales corrían un grave riesgo y debían salir de Inglaterra, pero otros consideraban que eso sería desastroso para la causa de Jacobo.

Lauzun estaba de parte de aquellos que estimaban demasiado peligroso que la familia del rey permaneciera en el país. Aconsejó la huida, algo que era deseado al mismo tiempo por Luis XIV. El marqués decidió salvar a la reina y a su hijo aunque fuera a costa de su propia vida...



martes, 8 de abril de 2014

"Tras las huellas de Arsenio Lupin", ya a la venta


Ya está a la venta la antología de género negro “Tras las huellas de Arsenio Lupin”, en la que participo con el relato titulado "Gambito Veneciano". 

El libro, con prólogo de Miguel Ángel de Rus, reúne historias de Maurice Leblanc, Marcel Schwob, Ambrose Bierce, Arthur Conan Doyle y Guillaume Apollinaire junto con otras de autores contemporáneos de España e Hispanoamérica. Todas ellas están ambientadas entre mediados del siglo XIX y la Belle Époque. 

“Volvemos a encontrarnos con los más extraordinarios detectives y los más sublimes delincuentes. Regresamos a aquella época en que el interés se centraba en el argumento, la trama se aclaraba mediante el método deductivo, interesaban la explicación psicológica de los hechos y el estudio del comportamiento de los personajes.”

Se puede encargar un ejemplar a través de la librería de la editorial, pinchando en este enlace.

Espero que disfruten de la lectura. ¡Muchas gracias!



domingo, 6 de abril de 2014

El regreso a Inglaterra

Jacobo II de Inglaterra

De regreso en Francia, Lauzun volvió a sumirse en una oscura existencia, si bien no tan discreta como para apaciguar a Mademoiselle, que se queja de él en sus memorias porque daba “mucho que hablar, y con frecuencia por cosas que me molestaban”. De vez en cuando él volvía a insistir en verla, pero ella se mostraba obstinada al respecto. El marqués se sirvió de Monsieur para que intercediera en su favor, aunque nada obtuvo de sus buenas gestiones. Mademoiselle respondió indignada que Lauzun era un ingrato, que no quería verlo y que daría cualquier cosa por no haberlo visto nunca.

—Sé muy bien por qué quiere verme: espera de mí que solicite al rey que permita su regreso a la corte. Pero nunca lo mencionaré para nada. No lo merece.

Durante un tiempo los acontecimientos en Inglaterra se mantuvieron relativamente tranquilos, lo que desbarataba sus esperanzas de obtener allá la notoriedad que le estaba vedada en Francia. Pero en 1688 las desavenencias entre Jacobo II y sus súbditos habían alcanzado un punto álgido. Jacobo los había irritado de todas las formas posibles: se rodeaba de jesuitas y capuchinos, había atacado las libertades de la Universidad de Oxford y puso la guinda al pastel arrestando a siete obispos. Parecía claro que pretendía colocar a su pueblo bajo el yugo de Roma, y eso era lo último que los ingleses hubieran deseado. 

Jacobo tenía muchos enemigos dispuestos a servirse de cualquier arma. Una de ellas, y no la menos poderosa, eran los rumores y las calumnias. Comenzó a circular la historia de que el hijo que la reina había dado a luz el 10 de junio no era en realidad del matrimonio, sino un impostor que presentaban como propio ante la imposibilidad de María de Módena de traer al mundo a un hijo sano.

Guillermo III de Orange

Mientras tanto el príncipe de Orange contemplaba con suma complacencia las tribulaciones de su suegro mientras se ocupaba en fletar unos navíos con los que supuestamente prestaría ayuda al emperador, pero que en realidad destinaba al asunto inglés. Guillermo aguardaba pacientemente su oportunidad para apoderarse del trono.

El 5 de noviembre desembarcaba en Torbay, con consecuencias desastrosas para Jacobo: su ejército comenzaba a abandonarlo para pasarse al bando del príncipe de Orange.

Estos acontecimientos eran seguidos en Francia con el máximo interés, y en octubre Lauzun había obtenido permiso para desplazarse nuevamente a Inglaterra. En apariencia lo hacía por su propia cuenta, como voluntario, pero en realidad llevaba un regalo de 20.000 pistolas, un apoyo económico que Luis XIV ofrecía como regalo a su primo el rey de Inglaterra.


sábado, 29 de marzo de 2014

Lauzun en Inglaterra

María de Módena, reina de Inglaterra

Lauzun, nuestro marqués de Péguilin, estaba ansioso por encontrar una ocasión de demostrar aún su valía y, seguramente recordando cómo durante su juventud había combatido a las órdenes de Jacobo II cuando éste era duque de York, le pareció que en la revuelta Inglaterra hallaría ahora su oportunidad. Así pues, Péguilin solicitó y obtuvo permiso de Luis XIV para desplazarse hasta allá.

Jacobo II no se parecía al rey de Francia. Ni siquiera se parecía a su difunto hermano, Carlos II. El duque de Buckingham había establecido muy bien la diferencia entre ambos cuando dijo: “El rey [Carlos] podría atender sus asuntos si quisiera, y el duque [Jacobo] los atendería si pudiera”. Péguilin calculaba que el nuevo rey sería mucho más manejable y podría influir sobre él, y no se equivocó, porque se convirtió en su principal consejero.

Pero no era solo el interés personal lo que llevó a Péguilin a Inglaterra. Él realmente deseaba servir a Jacobo y a la joven segunda esposa del rey, María de Modena, por quien sentía gran respeto y admiración.

Jacobo II

María de Modena era muy delgada y pálida, con el rostro demasiado alargado para ser considerada una belleza clásica, pero resultaba bonita. Su porte era elegante, poseía unos grandes ojos oscuros y una dulzura capaz de agradar, de modo que no dejaba indiferente a nadie que tuviera ocasión de tratarla. Aunque aún no había vivido sus mayores desdichas, ya había atravesado por múltiples penalidades. Su salud era delicada, estaba continuamente enferma y los hijos que traía al mundo se le iban muriendo uno tras otro. Además había descubierto que su esposo le era infiel. Cierto que esta circunstancia la igualaba a la mayoría de las reinas de Europa, pero María, a diferencia de algunas otras, amaba apasionadamente a su marido y, para empeorar las cosas, era orgullosa y devota, dos rasgos que incrementaban la mortificación que le causaba la deslealtad de Jacobo. La reina indudablemente despertaba en Péguilin su espíritu caballeresco. La belleza, unida a la desdicha, se convertía en un poderoso acicate que lo impulsaba a tratar de asistirla.

Lauzun no tuvo un papel especialmente destacado durante esa primera visita a Inglaterra, aunque combatió en el ejército del rey contra las tropas del duque de Monmouth. Sin embargo la rebelión fue aplastada con tal rapidez que apenas tuvo ocasión de señalarse. 

A su regreso, envió a un caballero con una carta para Mademoiselle, pero ella se negó a prestarle atención o a recibir personalmente las curiosidades procedentes de la China que le traía como regalo. En lugar de eso envió a Choisy para que las aceptara en su nombre…


jueves, 20 de marzo de 2014

La ejecución del duque de Monmouth

La Torre de Londres en el siglo XVII

A las diez de la mañana el duque de Monmouth fue conducido a Tower Hill, en compañía de una fuerte escolta con instrucciones de dispararle si había algún intento por rescatarlo. Subió al cadalso sin aparentar ningún temor y entre las lágrimas del pueblo, para el que aún era un ídolo. Les dirigió una breve despedida, y después de decir que moría en la fe de la Iglesia de Inglaterra, comenzó a hablarles de su amada Henrietta, a quien describió como una virtuosa y buena mujer. Los obispos le recordaron su pecado de adulterio, lo que él volvió a negar obstinadamente. Luego rezaron por él, y Monmouth se arrodilló y se unió a ellos. Concluyeron con una breve oración por el rey. El duque vaciló, pero finalmente dijo “Amén”. 

Monmouth entregó su anillo y su reloj con instrucciones de que se enviaran a Henrietta. Luego dio seis guineas al verdugo y dispuso que fuera recompensado con otras cuatro si cumplía bien con su trabajo. Le rogó que fuera más clemente con él que con el difunto Lord Russell, que había necesitado varios golpes antes de morir. No iba a ser así. 

Tras negarse a que le vendaran los ojos, se arrodilló y puso la cabeza sobre el tajo. Entonces dio la señal. El verdugo descargó un golpe tan débil que Monmouth, para horror de cuantos contemplaban la escena, levantó la cabeza y lo miró acusador. Siguieron dos nuevos intentos antes de que el hombre se declarara incapaz de acabar con el condenado. Las autoridades lo obligaron a levantar el hacha y continuar. Fueron precisos dos golpes más para separar la cabeza del tronco. La muchedumbre estaba tan furiosa que tuvo que ser contenida para impedir que se abalanzaran sobre el verdugo. 

El duque de Monmouth retratado después de su muerte

Finalmente los restos mortales se colocaron en un féretro y fueron transportados hasta la capilla de la Torre. Era el 15 de julio de 1685. El que fuera un día el brillante duque de Monmouth fallecía a los 36 años. 

Henrietta Wentworth, inconsolable, moría pocos meses después, dicen que de pena. 

El pueblo se negaba a aceptar que Monmouth hubiera muerto. Muchos prefirieron creer en la leyenda que hablaba de cinco personas físicamente idénticas al duque, cada una de las cuales había jurado hacerse pasar por Monmouth y morir por él si era necesario. Decían que era uno de ellos quien había sido ejecutado ese día en Tower Hill. 

La leyenda fue más lejos: se llegó a afirmar que el rey no había querido derramar la sangre de su sobrino, y que el verdadero Monmouth había sido entregado en Francia para que languideciera allí en una prisión. El duque de Monmouth sería, según esta versión, el Hombre de la Máscara de Hierro.


martes, 11 de marzo de 2014

Las últimas horas del duque de Monmouth


Después de la entrevista con el rey, Monmouth fue conducido a la Torre. El coronel que le acompañaba en el carruaje hasta la prisión tenía órdenes de apuñalarlo al instante si el pueblo intentaba rescatarlo. 

Al día siguiente Jacobo II despachaba una carta a su yerno, el príncipe de Orange: 

“El duque de Monmouth parece muy preocupado y deseoso de vivir, y no se comportó tan bien como yo esperaba, ni como cabe esperar de cualquiera que pretenda ser rey. He firmado su orden de ejecución para mañana.” 

Mientras tanto su sobrino aún se aferraba a una última esperanza, y, consciente del punto débil de Jacobo, le hizo creer que se convertiría al catolicismo. Desde la Torre escribió una carta al rey solicitándole un día más de vida “para poder abandonar este mundo como debería hacerlo un cristiano”. Se decía que Monmouth depositaba mucha fe en las predicciones de un adivino que le dijo que si lograba sobrevivir al día de San Swithin, sería un gran hombre. Y San Swithin era precisamente el 15 de julio, el día fijado para su ejecución. 

Ciertamente el duque era muy supersticioso, como demuestra el hecho de que cuando fue capturado le encontraron un papel con hechizos y conjuros escritos por su propia mano. El arzobispo Tenison contó que también detrás de la piedra de su anillo había un conjuro que se supone que servía para protegerlo en la batalla o contra algún peligro inminente. 

La noche antes de la ejecución su esposa expresó el deseo de despedirse de él, a pesar de que otra mujer había ocupado su lugar en el corazón de Monmouth, e incluso convivía con él como verdadera esposa. Esa mujer era Henrietta Wentworth, su gran amor y el último nombre que pronunciaron sus labios antes de morir. 

La esposa volvió a verlo a la mañana siguiente en compañía de sus hijos, y esta vez fue recibida con menos frialdad. El rey había enviado a la duquesa un mensaje invitándola a desayunar con él esa mañana, y ella aceptó creyendo que la invitación era para anunciarle el perdón de su marido. No era así, aunque Jacobo tuvo al menos la generosidad de devolverle las propiedades confiscadas al duque. Fue una de las últimas peticiones de Monmouth: que al menos sus hijos no se arruinaran por su causa. 

Cuando el rebelde se convenció de que no podría eludir su destino, recuperó la serenidad y se preparó para el final con la fortaleza que le había caracterizado en otro tiempo. Pero los obispos que trataron de arrancarle el arrepentimiento por su adulterio, nada consiguieron. Él consideraba a Henrietta su verdadera esposa; decía que estaban casados por la ley de la tierra. “A la mañana siguiente les dijo que había rezado para que, si estaba en un error respecto a ese asunto, Dios le convenciera de ello; pero Dios no le había convencido, y por tanto creía que no era ningún error.” Los obispos se negaron entonces a administrarle el sacramento, un castigo que no hizo mella en él: Monmouth se limitó a responder que lo lamentaba. 

Confesó por escrito que el difunto rey, su padre, le había dicho que nunca se había casado con su madre, y luego recibió la visita de Tenison, que lo instó a reconciliarse con su esposa antes de morir. Cuando llegaron al tema de Henrietta, el duque le dijo que había oído que no era pecado tener una esposa ante los ojos de la ley y otra ante Dios*. Luego extrajo un reloj de oro y le rogó que lo llevase en su nombre a Henrietta, a lo cual Tenison se negó en rotundo.

***

*Se supone que Dios junta al hombre y la mujer que hacen pacto entre sí y con Él para ser esposos, ratifican o hacen público en alguna forma su propósito de casarse y luego cohabitan. Se debe cumplir en cuanto sea posible con la ley y contraer matrimonio tan pronto como las circunstancias lo permitan —en el caso de Monmouth, separado de su mujer, no podría completar los requisitos hasta la extinción de su matrimonio por fallecimiento de la esposa o cualquier otra razón prevista por la ley—; pero los que hacen este voto sagrado no viven en pecado, porque mediante él son juntados por Dios para ser esposos, y tienen verdadera voluntad de serlo.


viernes, 7 de marzo de 2014

La rendición del duque de Monmouth


El duque de Monmouth apenas había cabalgado veinte millas cuando su caballo se desplomó por la fatiga. Solo en territorio hostil, cambió sus ropas por las de un campesino para evitar ser reconocido y continuó camino a pie. Dos días después de la batalla un sirviente lo encontró oculto en una zanja, tratando de camuflarse bajo unos helechos. Monmouth no opuso resistencia cuando el hombre, asustado, gritó en demanda de ayuda. Pronto acudieron unos soldados, y con ellos su destino quedó sellado. Dicen que temblaba violentamente cuando fue descubierto, y que estalló en llanto. Las únicas provisiones que llevaba encima eran unos guisantes que había recogido en un campo vecino. 

“El alegre y galante Monmouth, que había buscado y ganado fama en el campo de batalla, era incapaz de anticipar sin horror la solemnidad del cadalso.” 

Desde Ringwood escribió al rey el 8 de julio en el más humilde de los tonos y rogándole que le concediera una entrevista:

“Tengo que deciros, señor, que espero que tengáis un reinado largo y feliz. Estoy seguro de que cuando me escuchéis os convenceréis del cuidado que me he tomado en vuestra conservación, y qué sinceramente me arrepiento de lo que he hecho… Confío, señor, en que Dios todopoderoso tocará vuestro corazón con un sentimiento de compasión hacia mí, como ha puesto en el mío el aborrecimiento hacia mis propios actos… Espero vivir suficiente para mostraros con cuánto celo estaré a vuestro servicio…” 

Y firmaba como el más humilde y obediente súbdito de Su Majestad. Después dirigió también una carta a la viuda de su padre, con la que siempre había estado en buenos términos. 

Jacobo II

Jacobo le concedió esa entrevista, seguramente a instancias de la reina viuda y tal vez pensando en obtener información acerca de los cómplices de su sobrino, así como su propia confesión.

El 13 de julio llegaba Monmouth a Vauxhall, y desde allí era trasladado por el río a Whitehall. Cuando compareció ante el rey, cayó de rodillas intentando abrazar las de Jacobo II, “y olvidando el personaje de héroe que durante tanto tiempo había pretendido ser, se comportó del modo más abyecto que se pueda imaginar, sin omitir ninguna humillación ni fingimiento de pena y arrepentimiento, para mover al rey a la compasión y el perdón.” 

Como el relato procede de sus enemigos, hay que suponer que contiene algo de exageración. En cualquier caso, es cierto que se arrodilló y suplicó clemencia. Confesó entre lágrimas que merecía la muerte, pero pidió al rey que perdonara una vida que estaría en adelante enteramente dedicada a su servicio. 

—Recordad que soy el hijo de vuestro hermano, y si me quitáis la vida, derramáis vuestra propia sangre. 

La reina, María de Modena, lo insultó “del modo más arrogante y despiadado”, y el rey aprovechó la ocasión para arrancarle una admisión de su ilegitimidad. Pero, eso sí, al menos Monmouth nada reveló acerca de sus amigos.


domingo, 2 de marzo de 2014

La batalla de Sedgemoor

Monmouth

El duque de Monmouth había confiado en que la popularidad de su nombre llenaría de soldados sus filas, y no se engañó. En cuatro días había reunido dos mil. Uno de sus primeros pasos fue emitir una declaración escrita para inflamar al pueblo. En ella hablaba del rey Jacobo, a quien seguía dando el título de duque de York, como su mortal enemigo, y le acusaba de todos los crímenes imaginables y de todos los planes futuros capaces de causar la miseria de su pueblo. El incendio de Londres, el asesinato del conde de Essex, el envenenamiento del difunto rey y disparates semejantes le eran alegremente atribuidos a Jacobo II sin el menor empacho ni rubor. 

Mientras tanto el rey no permanecía ocioso, y además contaba con el apoyo del Parlamento. Se aprobó condenar a Monmouth por alta traición, y se ofreció una recompensa de 5000 libras por capturarlo vivo o muerto. 

El día 18 llegaba Monmouth a Taunton. Las casas lucían flores y colgaduras para recibirlo, y las calles estaban tan abarrotadas de gente que quería verlo que apenas lograba avanzar. Sus colores habían sido tejidos por las jóvenes de la ciudad, y le fueron presentados solemnemente de manos de las más entusiastas. El regalo iba acompañado de una Biblia. 

—He venido a defender las verdades contenidas en este libro —declaró él—, y, de ser necesario, para sellarlo con mi sangre. 

Jacobo II

Sus seguidores ascendían ahora a seis mil, y hubiera podido seguir creciendo de haber contado con armas suficientes. Embriagado por su triunfo, cometió la locura de asumir el título de rey y llegó al extremo de poner él mismo precio a la cabeza de su tío, Jacobo II. 

El rey había reunido una fuerza considerable para detener su avance. Monmouth supo, también, que su amigo Argyle había sido derrotado en Escocia. No contaba con suficiente artillería, ni tampoco con fondos suficientes para financiar una campaña capaz de hacer frente a las tropas de Jacobo. Pensó en renunciar, pero en el último momento no quiso abandonar a sus seguidores a su suerte, de modo que se dirigió a la ciudad de Bridgewater para hacer un último intento desesperado. 

El conde de Feversham, que mandaba las tropas del rey, se había establecido en una posición débil en el cercano pueblo de Sedgmoor. Aprovechando esta circunstancia, se decidió que lo mejor era un ataque nocturno sin dilación contra las tropas comandadas por Feversham y por Churchill, el gran duque de Marlborough. 

Monmouth
El 5 de julio a las 11 de la noche, con el mayor sigilo posible y dirigidos por un guía de toda confianza, Monmouth comenzó el avance. La suerte no le acompañó, y el ruido producido por un mosquete al dispararse accidentalmente puso en guardia al enemigo. Las tropas de Monmouth eran indisciplinadas y se lanzaron furiosamente sin que hubiera forma de contenerlos y ordenarlos. Los realistas los estaban esperando. Monmouth se batió con desesperado valor al frente de su infantería, y a punto estuvo de lograr hacer ceder a las veteranas tropas del rey. Pero la cobardía de Lord Grey decidió la contienda al huir con la caballería, dejando que la del enemigo atacara a Monmouth por la retaguardia. 

Sin municiones y rodeado por todas partes, sostuvo un combate de tres horas, al cabo de las cuales se vio obligado a rendirse. Habían muerto mil quinientos hombres, y otros tantos fueron hechos prisioneros. El día en que llegaron a Londres las noticias de su derrota en la batalla de Sedgemoor, su esposa fue enviada a la Torre con dos de sus hijos. 

Monmouth había logrado escapar con dos de sus seguidores de los que después se separó para tomar el camino de Lymington, donde esperaba encontrar amigos que le facilitaran la huida…


jueves, 27 de febrero de 2014

La Rebelión de Monmouth

Monmouth

Carlos II fallecía el 6 de febrero de 1685. Su hermano el duque de York le sucedía en el trono como Jacobo II. El nuevo rey tenía suficiente influencia sobre su yerno, el príncipe de Orange, para procurar la expulsión de Holanda del duque de Monmouth, quien se retiró a Bruselas en compañía de su amante, Henrietta Wentworth. 

Durante ese periodo Monmouth parecía resignarse a una vida tranquila. Fue un tiempo que aprovechó para suplir las deficiencias de su educación y aplicarse con interés al estudio. Pero antes de que transcurrieran cuatro meses, sus amigos volvían a tentarlo para meterse de lleno en otra intriga. El plan era invadir Inglaterra. Por sus cartas sabemos que no estaba en su ánimo lanzarse a conspirar de nuevo: 

Os ruego que no penséis que es producto de la melancolía, pues ese nunca fue mi mayor defecto, si os digo que en estas tres semanas de retiro en este lugar no solo he mirado hacia atrás, sino hacia delante; y cuanto más considero nuestras actuales circunstancias, más desesperadas me parecen, a menos que suceda algún accidente imprevisto que no puedo adivinar ni esperar… Por Dios, pensad en las dificultades que aguardan en nuestro camino; no sea que por luchar con nuestras cadenas las hagamos más fuertes y pesadas… Y para descubriros mis pensamientos sin tapujos, estoy tan encantado con mi vida de retiro que por nada del mundo me gustaría abandonarla.

Jacobo II

Pero, como de costumbre, al final prevalecieron sus peores inclinaciones, y el 24 de mayo de 1685 zarpaba desde Texel con escasas fuerzas y notable precipitación. Solo le acompañaba una fragata de 32 cañones, tres navíos pequeños y 82 personas, aunque traía armas para unos cinco mil. 

Tras pasar en el mar 19 días entre tormentas y vientos contrarios, llegó a Lyme, en Dorsetshire, el 11 de junio. Lo primero que hizo fue congregar a sus seguidores en torno a sí y, ordenando silencio, se postró de rodillas en la playa y rogó al Cielo que protegiera su empresa. Luego desenvainó la espada y, seguido por sus hombres, los condujo hasta la ciudad, donde plantó su estandarte azul en la plaza del mercado sin ninguna oposición...



He abierto en pinterest una galería donde voy reuniendo los retratos de cuantos personajes pululan por la corte del Rey Sol. La encontrarán en http://www.pinterest.com/dianademeridor/


sábado, 22 de febrero de 2014

Por encima de todas las cosas

Carlos II

La sumisión de Monmouth fue un severo golpe para su partido. Sus amigos le imploraban que continuara siendo leal a ellos; inflamaban su ánimo con esperanzas de lograr la corona e insinuaban que debía recuperar el honor que había perdido al someterse. 

Jacobo fue a ver al rey y le pidió que le devolviera el papel. Carlos le respondió que, así como no había sido obligado a firmarlo, tampoco retendría el documento contra la voluntad de su hijo, pero le advirtió que considerara seriamente el paso que estaba dando, y le dejó que lo pensara hasta la mañana. 

Al día siguiente Monmouth renovó su petición aún con más vehemencia. Carlos, apenado, le entregó la carta al tiempo que lo desterraba de la corte. 

Desde entonces vivió sobre todo en Holanda, donde era tratado con hospitalidad y respeto. El príncipe de Orange lo admitía entre su círculo más íntimo y hacía lo posible por hacerle la estancia agradable. Incluso persuadió a su esposa María, hija del duque de York, de que aprendiera a patinar para cumplir un capricho del duque. 

El rey escribía frecuentemente a su hijo descarriado, e incluso le proporcionaba dinero. Aún le amaba por encima de todas las cosas. Al final de su vida era evidente que sus sentimientos habían ganado todo el terreno a la razón y que tenía intención de volver a llamarlo a su lado, como refleja el propio diario del duque de Monmouth.

jueves, 13 de febrero de 2014

El perdón del rey

-Carlos II-

Mientras el duque de Monmouth permaneció oculto tras el complot de Rye-House, no solo enviaba al rey, su padre, los mensajes más cariñosos, sino que incluso mantuvo alguna entrevista secreta con él. Y Welwood cuenta en sus memorias que “la noche en que el duque apareció por fin en la corte tras la reconciliación, el rey Carlos tuvo tan poco dominio de sí que no pudo disimular una enorme alegría en su expresión, y en todo lo que decía o hacía.” 

La situación se había arreglado después de una carta que Monmouth dirigió a su padre rey:

No hay nada en el mundo que me haya lastimado tanto el corazón como la acusación de haber intentado asesinaros, señor, a vos y al duque. A Dios pongo por testigo, y que me muera en este mismo instante, si alguna vez pasó por mi mente o dije la menor cosa a alguien que pudiera hacer pensar que desearía algo así. Estoy seguro de que no puede haber tales villanos sobre la tierra como para decir que alguna vez lo hice.

Lo cual tal vez era cierto, pero no significaba que no hubiera conspirado para provocar una rebelión contra su padre con el objetivo de alcanzar el trono que él ocupaba. 

Monmouth

A esta carta siguió otra más afectuosa y llena de palabras de sumisión. El orgullo de Monmouth debió de sufrir un severo golpe cuando se vio obligado a humillarse también ante el duque de York: “Ni tampoco imagino recibir vuestro perdón si no es por la intercesión del duque, a quien reconozco haber ofendido, y estoy dispuesto a someterme de la más humilde de las maneras”. Por otra parte, durante las negociaciones del perdón Jacobo estipulaba que no delataría a sus amigos, y que en ningún caso podría ser citado como testigo para declarar en contra de los implicados. 

Después de haber negociado en privado, Carlos reunió al consejo en sesión extraordinaria y expresó su firme convicción de que su hijo estaba arrepentido de sus actos. De ese modo Monmouth recuperaba el favor y volvía a ser recibido en la corte como si nada hubiera sucedido. 

Pronto resultó evidente que Jacobo distaba de sentir cualquier clase de remordimiento. Sus viejos amigos, “hostiles a la tranquilidad de la nación”, continuaban agrupándose en torno a él, y las palabras humildes que Monmouth había tenido con su padre en privado eran muy diferentes a las que manifestaba cuando estaba en compañía de esas amistades. Los rumores del doble discurso del duque llegaron hasta el rey, y este habló con él y le expresó sus inquietudes. Le pidió que reconociera sus errores también públicamente e incluso redactó a tal efecto una carta que su hijo firmó sin vacilar. El contenido era el mismo que podía encontrarse en las que antes había dirigido a Carlos: admitía la parte que había tenido en el complot, pero negaba cualquier intención de asesinar al rey. Concluía expresando la esperanza de que sus ofensas serían perdonadas, y con la promesa de que nunca más volvería a incurrir en las mismas faltas.


Feliz cumpleaños, Guiomar, allá donde estés